Si bien Creta y otras islas del Egeo recibieron el mayor impacto de los distintos fenómenos producidos por la erupción de Santorín en la Edad del Bronce, algunos de sus efectos pudieron causar consternación o caos en lugares más distantes del mundo mediterráneo. Egipto, aproximadamente a quinientas millas (ochocientos kilómetros) de Santorín, y precisamente en el paso de los vientos dominantes del noroeste (véase fig. 33), no pudo dejar de experimentar una serie de espectaculares manifestaciones. Comparándolo con Krakatoa, cabe suponer, sin temor a equivocarse, que al menos el Bajo Egipto se oscureció durante cierto tiempo debido a la nube de cenizas que acompañó a los paroxismos mayores, y que todo Egipto debió de escuchar el ruido o experimentar el golpe de las olas que seguían a tales explosiones. Más aún: cualquier tsunami debió de llegar hasta las costas del país. Además, los egipcios eran cultos, de modo que sería sorprendente que ningún escrito hiciera mención de un fenómeno tan inusual que podía ser interpretado como un efecto, directo o no, de la erupción minoica. Y aun sería más sorprendente si los egipcios que registraron el fenómeno se dieran cuenta de la conexión de éste con un hecho tan alejado, aunque más tarde oyeran hablar de él.
Sin embargo, no hay textos que se refieran a esta época particular de la historia egipcia, que se produjo durante la dinastía XVI11 (véase tabla 2). Se ha dicho que muy poco de la literatura de ese tiempo se ha preservado, debido a que Akhenatón (Amenofis IV), el rey que trató infructuosamente de imponer una religión monoteísta en Egipto, ordenó destruir la totalidad de las antiguas escrituras en un esfuerzo por borrar toda mención de los nombres de antiguos dioses. Sin embargo, algunas inscripciones y papiros posteriores se refieren a hechos que debieron de suceder en la dinastía XVIII.
En el papiro del Hermitage, en Leningrado, hay pasajes como el siguiente:
«El Sol queda velado y no brilla a la vista del hombre. Nadie puede vivir cuando el Sol queda velado por las nubes.
»Nadie sabe que es el mediodía... su sombra no se percibe. No hay brillo cuando él (el Sol) está oculto... está en el cielo como la Luna.
»El río está seco, incluso el río de Egipto.
»El viento del sur soplará contra el viento del norte.
»La Tierra está cayendo en la desdicha.
»Esta tierra debe de estar perturbada.
»Te enseñaré una tierra que está cabeza abajo: en ella sucede lo que nunca ha ocurrido antes.»
Y en el papiro de Ipuwer, del museo de Leiden, se dice:
«La plaga se extiende por toda la Tierra.
»La sangre se halla en todas partes. El río está rojo. Los hombres se acobardan tras probarlo... y tienen sed después del agua (de beber).
»¡Todo está en ruinas! Puertas, columnas y muros se consumen por el fuego. Las ciudades están destruidas. ¡Oh, que cese el ruido de la Tierra y no haya más tumultos!
»Los árboles están destruidos. No se encuentran frutas ni hierbas... hambre... los granos han muerto por doquier.
»Todos los animales, sus corazones lloran... el ganado se lamenta. Mirad, el ganado se ha extraviado y no hay nadie que lo reúna.
»La tierra está sin luz.»
Y. finalmente, una inscripción en un altar de El Arish, que se ha indicado como perteneciente a la época de Ptolomeo, o a los tiempos helenísticos, relata hechos que sucedieron durante el reinado de un rey Thom (o Thoum):
«La tierra está muy afligida. La maldad ha caído sobre esta Tierra...
»Hubo un gran trastorno en la morada...
»Nadie dejó el palacio durante nueve días, y en esos nueve días de trastornos hubo una tempestad que ni los hombres ni los dioses veían la cara de su vecino.»
Sin duda, parece haber sucedido algo que no tenía precedentes, incluyéndose fenómenos que hacían una referencia directa a una nube de cenizas que produjo un oscurecimiento, y que se escuchó el sonido y el choque de las olas del paroxismo más importante de la erupción de la Edad del Bronce. También se sugiere algo de un terremoto.
Tan pronto como se descifraron estos escritos egipcios fragmentarios, se resaltó la similitud que existía con la descripción bíblica de las plagas de Egipto. Hay que admitir que algunos de los paralelos son muy próximos cuando se comparan pequeños extractos fuera del contexto, pero son demasiado similares para descartarlos como mera coincidencia. Recientemente. J. G. Bennett señaló que ambos, el relato bíblico y el escrito egipcio, tienen muchos rasgos comunes con el informe sobre la erupción de Tambora, de 1815, así como la mejor documentada de Krakatoa en 1883. En su relato del desastre de Tambora en su History of Jaua (Historia de Java), sir Stamford Raffles menciona el oscurecimiento del Sol, una lluvia de piedras y granizo, plagas de insectos, un remolino de viento, la destrucción de las cosechas (por las cenizas caídas) y de los animales (por falta de forrajes), y las epidemias, atribuyéndolo todo, de un modo u otro, a los efectos de la erupción. Bennett cree que las plagas de Egipto que prepararon el camino del Éxodo fueron, en realidad, efectos de la erupción de Santorín cuando ésta se percibió a cientos de kilómetros de distancia.
Los eruditos sobre la Biblia no están de acuerdo acerca de la probable fecha en que se produjo el Éxodo, pero una de las posibilidades lo sitúa en 1446-1447 a.C. (la otra, alrededor del 1200 a.C.). Esta fecha se basa en una frase del Libro de los Reyes 6:1, que dice que Salomón comenzó a construir el templo de Jerusalén en el cuarto año de su reinado, 480 años después del Éxodo. El reinado de Salomón se ha fijado, con aceptable grado de certeza, entre 970-930 a.C. Supongamos por un momento que 1447 a.C. es la fecha correcta, y examinemos las plagas de Egipto a la luz de su posible conexión con la erupción minoica.
1. «...Y todas las aguas que estaban en el río se volvieron de sangre. Y los peces que estaban en el río murieron, y el río apestaba y los egipcios no podían beber del agua del río; y había sangre en toda la tierra de Egipto» (Éxodo 7:20-21).
Galanopoulos, elaborando el pensamiento de Bennett, ha indicado que lluvias cargadas con cenizas rojizas pudieron caer sobre Egipto. Es verdad que las cenizas minoicas más profundas de Santorín son de un color rosa pálido y que algunas cenizas finas de esa fase de la erupción pudieron llegar hasta Egipto. Sin embargo, la mayor parte del material que llegó tan lejos habría sido la pumita superficial, que es más blanca. Tanto el relato bíblico como el egipcio acentúan el aspecto sangriento de las aguas, pero incluso cantidades mayores de cenizas rosadas es muy difícil que sugieran sangre, ni siquiera en forma figurada. Y si durante una tormenta cayó material rojizo o rosado en tan grandes cantidades como para que las aguas del río se tiñeran sensiblemente, ¿no hubiera sido la lluvia misma más colorida y más idónea para inspirar un relato de una lluvia de sangre?
Hay un modo más fácil de que las aguas tomen un color rojo sangre. A lo largo de la historia se han registrado muchos casos en que las aguas se han enrojecido. Las algas, de agua salada o dulce, producen pigmentos rojos, y lo mismo ocurre con algunos protozoarios. En su texto sobre Modera Microbiólogo (Microbiología moderna). W. Umbreit afirma: «Ninguna (de las algas) provoca enfermedades, pero algunas, al crecer, secretan sustancias venenosas. A veces se desarrollan con tal vigor que originan mareas venenosas que pueden ser verdes, rojas, amarillas o marrones. De hecho, este tipo de crecimiento de las algas pudo muy bien ser una de las plagas de Egipto...»
No sólo cabe que se diese una proliferación de las algas o de otros organismos que secreten pigmentos que tiñeran de color «sangre» las aguas del río y las lagunas, sino que existe una remota posibilidad de que dicha proliferación se relacione con la erupción de Santorín. En 1850. C. G. Ehrenberg registró más de cincuenta casos de lluvias y nieves «sangrientas» desde 730 a.C. hasta 1850. e hizo una lista de varias algas que. en algunos casos específicos, las producen. Muchos de estos sucesos coincidieron con lluvias meteóricas y otros fenómenos anormales. Sería muy interesante investigar la posibilidad de descubrir si el régimen meteorológico normal de todo el Mediterráneo oriental fue alterado por la erupción de Santorín. y si esto provocó condiciones favorables para que se desarrollara algún tipo de organismo que secretara pigmentos, en el caso de Egipto. Pero esto es tarea para un «biomitólogo».
2. «...Y salieron las ranas y cubrieron el suelo de Egipto» (Éxodo 8:6).
Gaianopoulos piensa que las perturbaciones meteorológicas ocasionadas por la erupción levantaron remolinos de viento que, al pasar sobre los lagos y los ríos, arrastraron a las ranas a otra zona. Hay casos en que, literalmente, han «llovido» ranas y otros pequeños animales. Pero, una vez más, creo que hay una explicación más simple para aclarar la presencia de tales batracios.
En Nuevo México vi directamente, durante un verano, cómo una humedad anormal en el desierto es capaz de lanzar, desde el suelo, miles de ranas. Un día, después de un aguacero que se había producido a varios kilómetros de distancia, en la montaña, un arroyo, normalmente seco, se desbordó en cuestión de minutos inundando el suelo. El agua permaneció allí bastante tiempo antes de absorberse, ¡y de pronto había ranas por todas partes! Sin duda estaban en el suelo, en un estado de vida latente, esperando la humedad para emerger y alimentarse. No eran tantas como las ranas bíblicas, pero sin duda constituyeron una plaga, con su coro incesante, día y noche. En pocos días, las aguas se secaron y las ranas desaparecieron tan súbitamente como habían aparecido.
¿Cómo resultado indirecto y remoto de la erupción de Santorín se produjeron lluvias especialmente fuertes que fueron la causa de la plaga de ranas de Egipto?
3. «...Y el polvo de la tierra... se transformó en piojos en los hombres y en las bestias; todo el polvo del suelo se transformó en piojos en todos los lugares de Egipto» (Éxodo 8:17).
4. «...Y llegó un gran enjambre de moscas hasta la casa del faraón y a las casas de sus sirvientes y en toda la tierra de Egipto: el suelo se echó a perder por el enjambre de moscas» (Éxodo 8:24).
Si las condiciones anormales de humedad pueden producir ranas, también pueden favorecer la reproducción de los piojos y las moscas, que explicarían las plagas tres y cuatro.
5. «...Y todo el ganado de Egipto murió, pero no el ganado de los hijos de Israel» (Éxodo 9:6).
6. «...Y cogieron las cenizas del horno y se pusieron de pie delante del faraón; y Moisés las espolvoreó hacia el cielo; y se transformaron en hervor sobre los hombres y los animales, que se llenaron de llagas» (Éxodo 9:10).
Decididamente, la «peste de las bestias» recuerda a las ovejas envenenadas de Islandia en 1947 y 1970 a causa de las erupciones del Hekla. Durante las primeras dos horas de las erupciones relativamente menores, que comenzaron el 5 de mayo de 1970, las violentas explosiones lanzaron lluvias de cenizas sobre alrededor de veinte mil kilómetros cuadrados a la redonda hacia el norte y nordeste del volcán. Las malditas partículas, que cayeron cerca del volcán, contenían cien partes por millón de flúor: las partículas más finas, que cayeron sobre algunos de los terrenos de pastos más importantes del país, contenían dos mil partes por millón. Las ovejas que comían la hierba con polvo que contenía las cenizas venenosas murieron al cabo de unos pocos días si la dosis ingerida era lo suficientemente alta; en caso contrario morían por hambre cuando los nocivos efectos impedían que pudieran comer hierba. Afortunadamente. la mayor parte de los granjeros siguieron las indicaciones oficiales y pudieron conservar sus vacas, y tantas ovejas como fue posible, cobijándolas bajo techo hasta que las lluvias eliminaron el nocivo polvo de las hierbas. Sin embargo, se perdieron por lo menos 6.000 corderos y 1.500 ovejas.
Las tóxicas cenizas de esta erupción relativamente menor llegaron a más de mil doscientos kilómetros de su origen, si bien no se conoce el límite exacto que alcanzaron, puesto que cayeron en el mar. En la mayor parte de los puntos en que se depositaron tenían sólo un poco más de un milímetro de espesor, como término medio. No resulta, por tanto, descabellado suponer que las cenizas minoicas, que provenían de un magma algo más rico en sílice, contenían flúor o alguna sustancia capaz de envenenar al ganado. De cualquier modo, por supuesto, pudo haber presencia de flúor, o de algo parecido, en las cenizas que cayeron en Creta, aunque allí las concentraciones acaso no fueron tan altas como para sumarse al daño de la lluvia de cenizas per se. Sólo las cenizas más finas llegaron hasta Egipto, y en el caso de Hekla eran las cenizas más finas las que contenían la mayor concentración de flúor.
Por supuesto, es difícil que ésta o cualquier otra desgracia afectara el ganado egipcio y. al mismo tiempo, no al de los israelitas, de modo que cabe presumir que este detalle se debe a una exageración chauvinista por parte del que narraba la tradición: a no ser que, por alguna razón, los israelitas hubieran puesto a resguardo su ganado y lo alimentaran directamente durante el período crítico.
Incluso no resulta descabellado estimar que gente que no estaba acostumbrada a bañarse, y los animales otro tanto, comenzaran a «hervir y llenarse de ampollas» si el polvo de cenizas contenía sustancias irritantes. Las implicaciones de la lluvia de cenizas que caen del cielo son también un poco sugestivas, aun cuando se advierta que antes fueron lanzadas hacia el cielo por Moisés.
7. «Y Moisés prolongó su camino hacia el cielo: y el Señor envió trueno y granizo, y el fuego se extendió sobre los campos... De modo que hubo granizo, y el fuego se mezcló con el granizo, muy horrible, y como ése nunca hubo otro igual en la tierra de Egipto desde que era una nación. Y el granizo castigó todas las tierras de Egipto, todo lo que estaba en los campos, tanto hombres como bestias: y el granizo castigó a todas las hierbas del campo y a todos los árboles» (Éxodo 10:23-26).
Muy frecuentemente, el granizo se asocia a una lluvia de cenizas porque las partículas de ceniza actúan como un núcleo alrededor del cual se condensa el hielo. Más aún, toda la clase de fenómenos eléctricos es factible que se asocien con una lluvia de cenizas, incluso en lugares muy alejados de la erupción. Por ejemplo, cuando se produjo la erupción del Hekla en 1766, el aire estaba tan cargado de electricidad en Skagafjördur, situado a trescientos veinte kilómetros del volcán, que la veleta de hierro del tejado de una iglesia parecía que lanzaba lenguas de fuego, y en Holar, que está en el mismo territorio, las pértigas y los bastones brillaban con una luz fosforescente. También se observaron precipitaciones radiactivas fosforescentes en la atmósfera a cincuenta millas (ochenta kilómetros) de la erupción del Krakatoa.
8. «Y el Señor envió un viento del este sobre la tierra durante todo el día, y toda aquella noche; y cuando llegó la mañana, el viento del este trajo la langosta... y no quedó nada verde... en toda la tierra de Egipto» (Éxodo 10:13, 15).
Es difícil, de alguna forma, relacionar la plaga de langostas con la erupción minoica. a no ser que el viento del este que las trajo fuera parte de los efectos meteorológicos. De otro modo, las langostas serían sólo una coincidencia que añadiría el insulto al agravio. Por supuesto, las desastrosas plagas de langostas no son raras en esta parte del mundo.
9. «Y hubo una espesa oscuridad en toda la tierra de Egipto durante tres días: nadie veía a los demás, ni tampoco nadie se movió en tres días del sitio en que estaba...» (Éxodo 10:22).
¿Qué mejor descripción podría hacerse de la densa oscuridad que se produjo como consecuencia de la erupción de Santorín, semejante a la del Krakatoa? Las discrepancias entre la versión egipcia y la bíblica, en cuanto a la duración del oscurecimiento, puede atribuirse fácilmente al hecho de que ambas crónicas se recopilaron cientos de años después del suceso.
10. Y sucedió que a medianoche el Señor aniquiló a todos los primogénitos de Egipto... y a todos los primogénitos del ganado» (Éxodo 12:29).
La enfermedad y muerte de las gentes y de los animales pudo deberse a los efectos indirectos de la erupción, porque los piojos y las moscas criados en las condiciones excepcionalmente húmedas fueron capaces de provocar enfermedades. Aunque en las erupciones históricas de Santorín los gases tóxicos produjesen náuseas en las personas, o incluso violentos trastornos, a distancias de hasta sesenta millas (noventa y seis kilómetros) en la dirección de los vientos, no es probable que dichas emanaciones llegaran hasta Egipto, y menos aún tan concentradas como para matar a todos los jóvenes o a los débiles. En cualquier caso, la selectividad que supone el afectar únicamente a los primogénitos sólo puede considerarse figurativamente.
En resumen, la plaga de la oscuridad es la que más fuertemente puede estar ligada a la erupción de Santorín. En realidad, es difícil explicarla, excepto como consecuencia de los efectos de una nube de cenizas. Todos los otros posibles vínculos son exclusivamente especulativos. Componen una tambaleante pirámide invertida de condicionantes: si la erupción influyó sobre el clima de una amplia región (como puede haber sucedido, al menos en el sentido de provocar más lluvias que las habituales) y si, como consecuencia, hubo tormentas eléctricas y granizo, y suficientes lluvias para que todo tuviera un grado de humedad mucho mayor al de una tierra normalmente muy seca, en ese caso se pudieron crear las condiciones apropiadas para que algunas de las plagas se produjeran. No es posible probar la presencia de flúor en las cenizas, ni tampoco el que no lo hubiera y, por tanto, continúa siendo una mera posibilidad. Pero, sea lo que fuere lo que sucedió con respecto a la historia de Egipto, la erupción minoica debe haber sido la causa de una serie de manifestaciones muy alarmantes, desagradables en extremo e incluso totalmente inusuales, que parecieron de origen sobrenatural. Si tales manifestaciones tuvieron lugar cuando Moisés agitaba a las gentes en favor de la liberación del cautiverio de los israelitas, pudieron constituir la razón por la cual el faraón se decidió, finalmente, a permitir que se marcharan.
La idea de que el Éxodo y la erupción minoica estuvieron relacionados está en parte sostenida por el hecho de que muchos de los primeros padres de la Iglesia, como Agustín. Eusebio e Isidoro, arzobispo de Sevilla, trataron de emparentar a Deucalión y a Ogyges de las tradiciones griegas sobre inundaciones, con las figuras bíblicas. Isidoro consideró a Ogyges contemporáneo de Jacob, y a
Deucalión de Moisés. Julio Africano, por su parte, consideró a Ogyges como contemporáneo de Moisés. Todos ellos aceptaban la tradición firmemente establecida de que la inundación de Ogyges era la más antigua. Velikovsky, cuya teoría de la colisión cósmica requiere dos catástrofes en que la primera fue más fuerte que la segunda, relaciona a Deucalión con el Éxodo y traslada la inundación de Ogyges hasta los tiempos de Josué.
La parte más impresionante de la historia del Éxodo es el milagro de la división de las aguas del mar Rojo. En este caso, otra vez, la similitud entre la Biblia y la inscripción de El Arish no deja ninguna duda de que algo muy anormal sucedió, y que sus consecuencias fueron desastrosas para los faraones egipcios. La inscripción cuenta que durante el tiempo de la oscuridad y de las tempestades, el rey Thom (o Thoum) condujo a sus fuerzas a luchar contra los «compañeros de Apopi» (el dios egipcio de la Oscuridad), y que se perdió en un remolino en un lugar denominado Pi-Kharoti. Este es, sin la menor duda, el mismo que Pi-ha-Hiroth (o -Khiroth), donde los israelitas acamparon justo antes de cruzar las aguas. Desgraciadamente. no se sabe dónde estaba Pi-ha-Hiroth. Ni tampoco la Biblia aclara qué faraón gobernaba Egipto en el momento del Éxodo. Su nombre se menciona como «Rameses», del que muchos estudiosos piensan se refiere a Ramsés 111, que reinó alrededor del 1200 a.C. Sin embargo, si el Éxodo comenzó 480 años antes de que Salomón iniciara la construcción de su templo, el faraón no pudo ser Ramsés III ni ningún otro Ramsés, porque, según la actual cronología aceptada, fue Tuthmosis III el que reinaba entonces. El argumento de que era Tuthmosis III coincide con lo que afirman las fuentes egipcias: el historiador egipcio Manetho se refiere a un rey llamado «Tutimacus» o «Timaios», en cuyo tiempo cayó sobre Egipto la desaprobación divina. (¿Podría ser «Thom» o «Thoum» otra versión del nombre de Tuthmosis? La versión de Manetho ha sobrevivido sólo como cita de otros escritores posteriores.)
Se ha dicho que Tuthmosis III era un gobernante demasiado fuerte como para permitir que los israelitas dejaran Egipto e invadieran Canaán, una región que controlaba Egipto en ese momento, mientras que, bajo el reinado más débil de Ramsés III, Egipto había comenzado a desintegrarse. Este argumento ha sido refutado por Bennett, que señala que el Libro del Éxodo define sin lugar a dudas al faraón como un gobernante poderoso que sólo podía vacilar frente a un terror bajo el cual se sintiera indefenso.
En todo caso. Galanopoulos ha indicado que cabe explicar no sólo las plagas de Egipto, sino también el milagro del cruce del mar Rojo en términos de la erupción de Santorín, es decir, por el tsunami producido por la caída de la caldera que sería responsable de la inundación de Deucalión. De ser así. Pi-ha-Hiroth debió de estar en la costa del Mediterráneo. Los estudiosos de la Biblia hace mucho que sostienen que la masa de agua que cruzaron los israelitas no era el mar Rojo que hoy conocemos como tal, sino una masa de agua salina. El nombre hebreo en el manuscrito original es «Jam Suf», que significa «Reed Sea» («mar del Cañaveral»), y las cañas no crecen en agua salada. En las costas de la península de Sinaí. a lo largo de la cual ha existido desde lejanos tiempos una ruta principal desde Egipto hasta los países del Mediterráneo oriental, hay una laguna que en la actualidad se llama Sebkha el Bardawil, que, en los tiempos de Herodoto, se conocía con el nombre de Sirbonis Lake (lago Sirbonis) (fig. 38). Este es el lugar que han elegido algunos estudiosos como aquel por el que se cruzó y con el que coincide Galanopoulos. A corta distancia de la costa, las vallas y lenguas de tierra, cortadas por estrechos canales, separan las aguas de la laguna del mar abierto. Durante la retracción de las aguas que se produce antes de un tsunami, la laguna pudo vaciarse total o parcialmente, volviendo después las aguas pasando sobre las vallas. De este modo, los israelitas pudieron cruzar por un tramo del fondo de la laguna cuando las aguas se retiraron, mientras que los que los perseguían fueron atrapados por el mismo tsunami.
Sin duda un gran tsunami, uno particularmente grande originado por la caldera, pudo producir los efectos descritos para Sebkha el Bardawil y otras lagunas a lo largo de la costa. El problema principal que plantea esta hipótesis radica en el tiempo. En realidad, resulta una coincidencia de proporciones astronómicas que los israelitas estuvieran en el punto preciso en el momento exacto, lo que, al parecer, sólo la intervención divina podía determinar y. entonces, se ha tratado de sustituir otro milagro con una explicación científica. Sin embargo, pensándolo mejor, la coincidencia es algo menos asombrosa. Si se supone que la erupción minoica fue la causa básica de. al menos, algunas de las plagas que allanaron el camino para el Éxodo, y si la caída de una parte importante de la caldera se produjo poco después del clímax de la erupción, entonces los israelitas pudieron estar en la costa en el momento oportuno, suponiendo, claro está, que la ruta que tomaron fuera ésa. Es más. Sebkha el Bardawil no es el único lugar para el cual es válida la teoría. El mecanismo propuesto pudo funcionar lo mismo en la laguna de Manzala (véase fig. 38), otro de los lugares que los estudiosos consideran posible.
Fig. 38. Mapa del delta del Nilo y áreas adyacentes. Se indican los brazos del Nilo y la Sebkha el Bardawil tal como son hoy. Es probable que fueran algo distintos en el tiempo del Éxodo. La línea de puntos indica los lugares que se han propuesto como el verdadero punto en que las aguas del mar Rojo se separaron para que pasaran los israelitas.
Pero aun cuando sea factible situar a los israelitas en el punto y en el momento precisos, es difícil imaginar cómo se logró el paso en el tiempo de que se disponía entre el instante en que se retiraban las aguas y cuando retornaron. Generalmente, estos intervalos duran, como máximo, media hora. En el caso excepcional del tsunami de Santorín, dicho tiempo pudo prolongarse un poco más, pero todo el que se gane está compensado por el hecho de que las aguas de una laguna sólo tienen estrechos canales para su desagüe y. por tanto, no descienden tan rápidamente como en la costa abierta, aun cuando se dé el caso de que las aguas sean relativamente bajas. Sin embargo, cuando retorna la ola, no se verá obstaculizada por este inconveniente, ya que se vuelca sobre las fajas de arena que separan a la laguna del mar. O sea, que el intervalo entre la máxima exposición del fondo seco y la máxima inundación es menor que en la costa abierta. Aun cuando los Hijos de Israel fueran, en ese momento, sólo alrededor de seiscientos, como ha sugerido Ben Gurion, sería un problema conseguir cruzar lo que, posiblemente, era una extensión pantanosa en el limitado tiempo de que disponían y teniendo en cuenta que eran muchos hombres, mujeres y niños que llevaban sus ganados y sus posesiones indispensables para poder sobrevivir en el desierto. Sin embargo, no es imposible, especialmente si debían cruzar sólo un pequeño rincón de la laguna. El lugar marcado con una X en la figura 38, por ejemplo, pudo haber sido uno de los primeros sitios expuestos cuando las aguas se retiraron, mientras que el canal que une la laguna con el mar (el lugar sugerido por Galanopoulos y Bacon) sería el último sitio en secarse.
Por la configuración actual de Sebkha el Bardawil (si se acepta como el lugar, por el momento) es imposible determinar dónde pudieron acampar los israelitas, ni tampoco dónde, exactamente, cruzaron, porque los bancos de arena y las lenguas de tierra que enmarcan las lagunas son rasgos topográficos variables que se modifican constantemente debido a la acción de las olas y de las corrientes. Un mapa de Sebkha el Bardawil, publicado en 1875, muestra una forma diferente, con dos canales que lo comunican con el mar. El informe de Estrabón dice que sólo había un resquicio. ¿Quién es capaz de decir cómo era alrededor del 1447 a.C.? No obstante, las posibles diferencias de matiz no invalidan, de ningún modo, la premisa básica de este mecanismo del cruce, y si alguna vez se prueba que Pi-ha-Hiroth estaba en la costa, la teoría de Galanopoulos se verá sólidamente fortalecida. Hasta entonces, no pueden descartarse otros puntos propuestos.
La descripción que hace del sitio la Biblia carece de información hasta un grado increíble sobre dónde estaba éste. Se había instruido a los israelitas para que «giraran y acamparan delante de Pi-Hahiroth, entre Migdol y el mar, sobre Baalzephon: delante del cual acamparéis junto al mar» (Éxodo 14:2). Respecto del cruce mismo, dice: «...Y el Señor hizo que el mar se retirara por un fuerte viento toda la noche, y transformó el mar en tierra seca y se separaron las aguas» (Éxodo 14:21). Se cree que las inscripciones egipcias que se refieren a esta época también mencionan tempestades. Los vientos fuertes pueden hacer retroceder las aguas relativamente bajas en el nacimiento del golfo de Akaba o el de Suez, o en algunos de los lagos ahora unidos por el canal de Suez (véase fig. 38). Esto podría haber proporcionado a los israelitas hasta siete horas para efectuar el paso, en vez de bordear la masa de agua junto a la que acamparon; luego, una súbita disminución del viento, o un cambio en su dirección, permitió que las aguas volvieran rápidamente, ahogando a los egipcios. El nacimiento del golfo de Suez o el de Akaba son demasiado salados para ser el «Reed Sea»; los Bitter Lakes (lagos Amargos) constituyen una mejor elección. Por la forma de la línea costera (véase fig. 38) no es difícil imaginar que un fuerte viento del este separase las aguas del Great Bitter Lake (Gran lago Amargo) hacia su lado norte, dejando al descubierto el cerro bajo que lo separa del Little Bitter Lake (Pequeño lago Amargo) (en el que hay mucha menos agua, y en el cual, cualquiera que fuere la acumulación que se produjera, ésta habría sido contra la costa occidental. y no contra la colina que separa la cuenca). El lugar del Bitter Lake, propuesto hace algún tiempo por sir William Dawson, es, para mí, más adecuado a la idea de que las aguas se separaron como afirma la Biblia.
En la Biblia hay, además del Éxodo, por lo menos otros tres pasajes en que se alude específicamente a «Caphtor», que es el nombre con que los hebreos conocían a Creta. Uno menciona el hecho de que los filisteos emigraron de Creta, y los otros describen gráficamente una catástrofe que aplastó la «tierra de los filisteos» en términos que, sin lugar a equivocarse, indican dos de las principales consecuencias de la erupción minoica: la oscuridad y el tsunami. Amos 9:5-7 (escrito en el siglo IX a.C.) dice:
«Y el Señor, nuestro Dios de los Ejércitos, si toca la Tierra, ésta se fundirá, y todos los que allí viven se lamentarán y se elevará como una inundación: y morirán, como en la inundación de Egipto. Es Él, el que llamó a las aguas del mar y las dejó caer sobre la faz de la Tierra... ¿No he sacado Yo a Israel de la tierra de Egipto, y los filisteos de Caphtor, y los sirios de Kir?»
Esto ha sido interpretado como indicativo de que el Éxodo y la emigración de los filisteos fueron contemporáneos, pero también podría referirse a hechos que tuvieron lugar en momentos distintos.
(Nadie parece saber demasiado sobre los «sirios de Kir».) Zephaniah 1:15. 17 y 2:5 (siglo VII a.C.) nos dice:
«Ese día es un día de furia, un día de problemas y de desastres, un día de oscuridad y tristeza, un día de nubes y espesas tinieblas... Y deseo llevar dolor a los hombres, que caminen como ciegos... Infortunio sobre los habitantes de las costas., la tierra de los filisteos. Te destruiré incluso a ti, y no habrá habitantes.»
Jeremías 47:2. 4, escrito en el siglo VI a.C., se refiere en forma más específica a un tsunami:
«Mirad, las aguas se elevan desde el norte, y habrá una gran inundación, y cubrirá la Tierra. Porque llegará el día en que todos los filisteos serán desposeídos... porque el Señor despojará a los filisteos, los restos del país de Caphtor,»
Este pasaje parece implicar que el desastre afectó a «los restos del país de Caphtor» después de que se establecieran en Filistea (lo que sucedió alrededor del 1200 a.C.), y considerándolo aislado puede referirse a algún tsunami posterior al producido por la caída de Santorín. No obstante, las ciudades de Filistea se fundaron tierra adentro, no en las costas, en lugares que podían estar a salvo del mar. Además, las «aguas que se elevaron desde el norte» es una descripción más precisa de la aproximación de un tsunami a Creta, no a Filistea, cuyas costas se extienden, en general, de norte a sur. La «tierra de los filisteos», en el pasaje de Zephaniah, por supuesto, puede significar Caphtor, desde donde venían ellos, y describe muy bien las condiciones que debieron de predominar en Creta durante la erupción y en el momento de un tsunami. Cualquier discrepancia menor se resuelve fácilmente si se recuerda que los pasajes citados fueron escritos mucho después de que sucedieran los hechos (aunque en forma de profecía), que si son tradiciones relacionadas con la erupción minoica, la dispersión de los minoicos a otras tierras y el establecimiento de Filistea. Todas estas cosas debieron de parecer contemporáneas a los cronistas posteriores, aun cuando, en realidad, se desenvolvieron en un período que abarcó más de dos siglos.
No se sabe con seguridad si los filisteos llegaron directamente desde Creta el 1200 a.C. Los recientes hallazgos arqueológicos indican que es posible que deambularan durante quizá toda una generación antes de encontrar un lugar donde establecerse. Eran una de entre varias tribus (no relacionadas, necesariamente, pero todas desalojadas) de las «Gentes del Mar» (o, más exactamente, «gente de más allá del mar»), que emigraron a la región del Mediterráneo oriental, aproximadamente en la misma época. Las nuevas excavaciones realizadas sobre las ciudades filisteas, tanto tiempo abandonadas, han obligado a revisar antiguas opiniones sobre ellos. No eran semíticos, como se había pensado antes. Cualquiera que haya sido su lengua, no era hebrea, pero qué era no se sabe aún. Una de las hipótesis que se adelantaron es que podría ser luwita{60}, lo que resultó acertado, y que la Linear A minoica podría tener el mismo origen. También se aclaró que los filisteos no eran los palurdos incultos que describen la Biblia o los egipcios. Las excavaciones de Ashdod demuestran que llegaron a conocer refinamientos tales como las bañeras. Pero no cabe afirmar que las relaciones con los israelitas fueran cordiales, hasta el punto de que, antes de establecerse en Filistea, trataron de arrebatar violentamente el territorio que pertenecía a los egipcios. Por tanto, no es posible esperar que ninguno de estos dos pueblos los considerara con simpatía.
Existe una cierta confusión respecto del nombre Caphtor. Según la Encyclopaedia Britannica (Enciclopedia Británica), «se la debe identificar con la egipcia Ka(p)tar, que, en tiempos posteriores a Tolomeo, pareciera significar Fenicia, aunque el antiguo Keftiu denota a Creta». Alguien ha sugerido que los minoicos podrían ser los antecesores —espirituales, si no físicos— de los fenicios, pero éstos eran un pueblo semítico cuya historia se remonta al menos a 1600 a.C. Después de la caída de la Creta minoica es más que posible que algunos emigrados minoicos se asimilaran en el crisol de razas de Fenicia. Quizá fueron ellos los que infundieron a los fenicios lo que la Britannica llama su «extraño amor, no-semítico, al mar». De cualquier modo, fueron los fenicios los que, comenzando alrededor del 1200 a.C., emergieron como una nación marina, del mismo tipo que lo fueron los minoicos antes del 1450 a.C. Por otra parte, los filisteos, que se sabe llegaron desde Creta, aunque por qué y cómo no está completamente claro, evitaron la costa y establecieron sus ciudades en las más seguras zonas del interior. ¿Es que representan una migración posterior (durante los tiempos turbulentos de alrededor del 1200 a.C.) de un resto de minoicos que —aun cuando su cultura había sido sofocada, primero por las costumbres de sus dominadores micénicos y. luego, por aquellos con los que se encontraron cuando deambulaban antes de llegar a Filistea— todavía retenían en la memoria un terrible desastre que había llegado desde el mar? La respuesta a esta pregunta debe buscarse en la arqueología, no en la geología.
Hasta ahora, se han considerado las posibles relaciones entre la erupción de la Edad del Bronce hasta el diluvio de Deucalión, pasando por otras tradiciones griegas locales de inundaciones, llegando hasta la desaparición de la civilización minoica y el Éxodo. Hay aún otros mitos y tradiciones semihistóricas que también deben rastrearse hasta este momento. ¿Y por qué no? Seguramente, fue el más estupendo despliegue de las fuerzas de la naturaleza que nunca asombró al mundo mediterráneo.
Uno de esos mitos es el de Faetón. Faetón era el hijo de una ninfa. Clímene. Ridiculizado por sus compañeros de juego por no tener padre, su madre le aseguró que su padre no era otro que Helios (Apolo), el dios del Sol. Entonces Faetón se propuso encontrar a su padre y lograr que éste lo reconociera. Después de un largo viaje hacia el este llegó hasta el palacio del Sol, en el que fue recibido y tratado regiamente. Cuando su padre le prometió el regalo que quisiera. Faetón, decididamente, le pidió tener el privilegio de conducir el carro del Sol a través del cielo durante un día. Desalentado, porque sabía que las fuerzas del joven no eran suficientes para realizar esa tarea. Helios trató de disuadirlo, prometiéndole cualquier cosa en lugar de eso. Pero todo fue en vano: el testarudo joven insistió, y el dios tuvo que mantener su promesa. Como era de esperar. Faetón no pudo controlar los fieros corceles y éstos se lanzaron salvajemente a su recorrido. A cualquier lugar al que el carro se acercaba demasiado en la Tierra, manantiales y ríos se secaban —hasta el Nilo se apartó y escondió su cabeza— y todo se chamuscó. Cuando el carro se alejaba demasiado, la Tierra se cubría de hielo y nieve. La Tierra llamó a Zeus en su ayuda y Zeus golpeó con un rayo a Faetón, y éste cayó a la Tierra sobre el banco del Érídanus (Po), y fue enterrado allí por sus llorosas hermanas, que se transformaron en árboles que sudaban ámbar.
Con la posible excepción del fimbulvetr (véase capítulo 4). Faetón es, hasta donde yo sé, el único mito que se menciona en relación con cambios muy lentos en el medio del hombre. En el Timeo, en la discusión que precede el relato de la Atlántida, Platón hace que el sacerdote egipcio le diga a Solón que el mito de Faetón «realmente significa un descenso de los cuerpos que se mueven alrededor de la Tierra y en el cielo, y una gran conflagración de las cosas que están sobre la Tierra durante largos intervalos de tiempo...». Tomando esto como base, se ha dicho que cabe atribuir el mito a los cambios de clima que produjeron los varios avances y retrocesos de los glaciares continentales en el periodo del Pleistoceno, y al aumento generalizado de las temperaturas desde la última glaciación. Pero, como señala muy razonablemente Galanopoulos, el término medio del cambio de las temperaturas del océano Atlántico, desde el final del Pleistoceno, ha aumentado un grado centígrado cada mil años, lo que es suficiente para fundir las capas de hielo a lo largo de las centurias, pero demasiado lento como para que tal cambio fuera notado por el hombre. Si el mito tiene alguna base real, un hecho catastrófico significa una fuente mucho más adecuada.
Galanopoulos ha sugerido que los «arcos luminosos» o rayos que se ven durante una erupción, junto con el descenso de la temperatura asociado con la presencia de cenizas en la atmósfera, pueden atribuirse a Faetón. Los arcos luminosos, un fenómeno volcánico único que se origina en el cráter y que se expande en todas direcciones con la velocidad del sonido, se deben a ondas de sonido cuyos frentes de compresión y dilatación esféricos refractan la luz a distintas distancias, haciéndose así visibles. (El mismo fenómeno se observa desde detrás de un cañón.) También son comunes exhibiciones luminosas espectaculares cerca de los volcanes en erupción, particularmente los volcanes submarinos.
Si bien coincido con que Faetón puede ser el resultado de la erupción de Santorín, creo que hay una conexión más directa. Es bien sabido que después de la erupción del Krakatoa de 1883, el polvo volcánico permaneció suspendido en la alta atmósfera durante mucho tiempo, provocando durante bastante tiempo después sorprendentes ocasos flameantes en varias partes del mundo. Tan inusitado y brillante era el espectáculo el 30 de octubre de 1883, que las brigadas de los bomberos fueron llamadas en dos ciudades norteamericanas (Poughkeepsie. Nueva York, y New Haven. Connecticut) porque se temía que el fuego venía del oeste. Este tipo de puestas de Sol (que son especialmente notables cuando el tiempo es seco) se vislumbran desde mucho más lejos que ningún otro de los efectos de una erupción, y es posible que sea uno de éstos el que haya originado el mito de Faetón{61}. Piénsese en algunos individuos o grupos preocupados por las cosechas estropeadas por la sequía (o asfixiadas por las cenizas, si se tratara de Creta) contemplando, algún tiempo después de la erupción, este extraordinario ocaso. ¿No pensarían que el mundo entero estaba en llamas? Más aún, ocasos de este tipo se han observado próximos a un oscurecimiento o un apagón, con sus consiguientes descensos en las temperaturas. Para las gentes de aquellos días una desaparición del Sol debió de parecer una lógica explicación de estas manifestaciones anormales. La explicación de un carro enloquecido para esclarecer la causa de las luces y los arcos de fuego que se habían visto en el momento de la erupción (visto con mayor claridad cerca del volcán) no es fundamental, porque la idea de un carro siguiendo un recorrido prescrito a través del cielo pudo haber sido anterior a Faetón, y utilizarse como explicación del curso normal del Sol. Es el apartarse de la normalidad, no la existencia del carro del Sol per se, lo que requería una explicación desde el punto de vista de una alteración de la rutina habitual del dios Sol.
Una leyenda muy similar a la de Faetón se ha hallado entre los indios kwakiutl, de la Columbia Británica. El hijo del Sol ascendió una vez hasta el cielo, en donde su padre, encontrando la oportunidad de descansar un rato, confió al joven la nariz brillante y las joyas de las orejas que iluminaban al mundo y le pidió que, en su lugar, las llevara por el cielo durante un día. Advirtió al muchacho, por miedo a que provocase un fuego, que no se acercara demasiado a la Tierra. Todo fue bien hasta el mediodía, pero, entonces, el joven se impacientó y comenzó a correr, tomando un atajo. Todo habría ardido si no fuera porque el Sol despertó a tiempo para ver lo que sucedía. Se apresuró a alcanzar a su hijo, arrebató las joyas de su puño y lo lanzó al mar. E. S. Hartland empleaba esta narración para ilustrar la «integridad de la naturaleza humana». Como en el caso de las tradiciones sobre inundaciones, la semejanza entre esta leyenda y la de Faetón podría reflejar una respuesta parecida a la misma clase de estímulos. Los ocasos llameantes son comunes en áreas limitadas después de los incendios de bosques o de pequeñas erupciones, y en todo el mundo después de las grandes erupciones. Incluso resulta posible que la leyenda de los kwakiutl se inspirase también en el brillo ocasionado por la erupción minoica. Pero siempre existe la posibilidad de que Faetón fuese llevado a la Columbia Británica del mismo modo en que Beowulf llegó a Dakota del Sur (véase capítulo 7), sufriendo modificaciones adecuadas para ajustarse a alguna tradición existente sobre las joyas del Sol. Por ejemplo, ¿quién es capaz de asegurar que ningún buscador de oro no intercambió historias con los indios en algún momento antes de 1895, que es cuando la leyenda se registró por primera vez? Los nombres de muchos de los yacimientos en todo el Oeste son un claro testimonio de que la fiebre del oro atrajo una buena cantidad de gente que había recibido una educación clásica. No obstante. Galanopoulos y Bacon se refieren a un mito del tipo de! de Faetón en Guatemala. Por tanto, algún fenómeno que llegó a tener un alcance mundial puede hallarse en la base de los tres, y en verdad que nada se difunde más que el polvo atmosférico que aparece después de una erupción semejante a la del Krakatoa.
Hay aún otro mito clásico que tiene un detalle que podría constituir una memoria de la erupción minoica. Cuando Zeus atrajo a la fiel Alcmena y la llevó al lecho valiéndose de una treta, pues asumió la forma de su marido. Anfitrión (unión de la cual nacería Hércules), hizo que la noche durara tres días enteros para así escapar de los ojos de águila de su esposa Hera (y quizá para prolongar el placer). Marinatos cree que esto es una referencia al extenso y sin duda prolongado oscurecimiento que acompañó al clímax de la erupción.
El sumario de Luce de las posibles memorias de la erupción de Santorín en la literatura griega incluye varias menciones de islas flotantes. Se dice que. en particular, la isla de Delos originalmente flotaba por el Egeo, y sólo quedó inmóvil cuando Apolo nació allí. Las islas flotantes pueden ser el recuerdo de los bancos de pumita que, sin duda alguna, infectaron el mar después de la erupción, como los que se vieron en varias partes del océano Índico después del suceso de Krakatoa.
Se ha expresado la posibilidad de que el mito de Ícaro constituya otra repercusión de la erupción minoica. Ícaro era el hijo de Dédalo, aquel «hábil artífice» que construyó el laberinto de Cnosos para el rey Minos. Dédalo perdió el favor del rey y fue encerrado como prisionero en una torre, pero él logró fabricar con cera y plumas alas para sí y para su hijo Ícaro, y ambos escaparon por el aire. Sin embargo. Ícaro ignoró la advertencia de su padre de no volar demasiado cerca del Sol y. por tanto, la cera que sostenía las alas se derritió, de modo que Ícaro cayó al mar cerca de una isla que desde entonces lleva su nombre. Una roca que hay cerca de la costa sur de dicha isla se supone que es Ícaro convertido en piedra. Lo que se da como explicación es que una bomba volcánica de Santorín pudo inspirar el mito, pero, de ser así, no habría caído cerca de Icaria, pues aun cuando la erupción minoica fuese mucho más intensa que la del Krakatoa, ningún fragmento considerable pudo llegar hasta allí, ya que Icaria está precisamente en el límite de distribución de cenizas llevadas por el viento y encontradas en el fondo de los mares (véase fig. 33). La roca de Ícaro coincide con las de la costa, de las que es posiblemente un resto de una erosión. Probablemente, el mito se originó cuando alguien observó la caída de un meteoro en el mar. Y es posible también que sea una invención del ingenio. El nombre Ikaria es, en realidad, el equivalente fenicio del antiguo nombre Ichthyassa, que significa «isla del Pez». No obstante, la gente que vive allí hoy todavía cree que su roca es el Ícaro caído, y aún están más convencidos desde que el gobierno griego eligió el lugar para erigir una estatua en conmemoración del nacimiento de la aviación.
Antes de abandonar el Mediterráneo oriental y sus tradiciones con relación a Santorín, debemos mencionar otro ejemplo que podría constituir la evidencia de un tsunami en esa parte del mundo. Las excavaciones realizadas en Ugarit, la antigua ciudad que está cerca de la moderna Latakia, han demostrado que su puerto y la mitad de la ciudad quedaron destruidos alrededor del 1400 a.C. Un poema fenicio, encontrado en la biblioteca de Ugarit, habla de tempestad y tsunami, y se supone que hace referencia a aquel suceso. Ugarit sobrevivió al golpe, cualquiera que haya sido su causa, y continuó hasta el 1350 a.C., en que fue finalmente destruida por un terremoto. La fecha de esa ola destructiva está demasiado cercana a la erupción minoica, teniendo en cuenta la incertidumbre que rodea todas las fechas relacionadas con todo esto, y es muy posible que haya sido un tsunami producido por Santorín antes que un tsunami originado por algún terremoto
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miércoles, 6 de marzo de 2019
¿SE HA ENCONTRADO LA PERDIDA ATLÁNTIDA?
Las excavaciones en Cnosos acababan de dejar a la luz la tanto tiempo sepultada civilización minoica cuando ya se hacían conjeturas sobre la posible conexión entre Creta y la Atlántida, aunque tales suposiciones fueron pronto olvidadas. La renovación actual del interés es, esencialmente, un corolario de la hipótesis de destrucción volcánica de la Creta minoica. Pero, antes de analizar los argumentos a favor de la Atlántida egea, es necesario conocer el origen del relato sobre la Atlántida y sus rasgos esenciales, así como comprender las razones para negar la posibilidad de que el enclave de la Atlántida se encuentre en la zona.
Contrariamente a lo que se piensa en general, la Atlántida no es en absoluto un invento del folklore, es decir, no es parte de la tradición oral de ninguna cultura de parte alguna de la Tierra. Su mención emana de una, y sólo una fuente escrita{51}: los Diálogos de Platón y, más específicamente, los de Timeo y de Critias. El Timeo pretende registrar una conversación entre Sócrates. Timeo (un científico). Cutías (un historiador) y Hermócrates (un general), durante la cual discuten la naturaleza del Universo. Critias narra la historia de Atlántida, que se supone le contó Solón, el gran legislador de Atenas, que vivió unos doscientos años antes de Platón, a su abuelo. En su juventud. Solón visitó Sais, en el delta del Nilo, que entonces era la capital del Bajo Egipto (véase fig. 38, capítulo 10). Allí conversó con sacerdotes cultos y. en el curso de la conversación, descubrió que sabía muy poco de la historia antigua de su propio país. Para alentar a los sacerdotes a que relataran historias de la antigüedad. Solón comenzó a contarles el hecho más antiguo del que los atenienses tenían noticia, el Diluvio de Deucalión, lo que hizo que el más anciano de los sacerdotes exclamara: «Oh. Solón. Solón, vosotros los griegos sois como niños... Vuestras almas son jóvenes, no abarcan ni conclusiones derivadas de las tradiciones remotas, ni ninguna antigua disciplina de su existencia en otros períodos anteriores.» ¿Es que Solón no sabía que el Diluvio de Deucalión era la última de una serie de catástrofes, y que los atenienses descendían de una noble raza que vivió mucho tiempo antes de todo esto? De las numerosas y poderosas hazañas de estos antiguos atenienses, cuya ciudad había sido fundada nueve mil años antes de la conversación de Solón con los sacerdotes, lo más sobresaliente fue la derrota del poder guerrero del océano Atlántico.
Este poder guerrero provenía de una isla más grande que Libia y Asia juntas. La isla «proveía un paso fácil a otras islas vecinas, como también era fácil pasar desde ellas al continente que bordea el océano Atlántico». (Para comprender mejor esta geografía se recomienda al lector observar la figura 35. Para los griegos del tiempo de Solón, el mundo estaba compuesto por «Europa» y «Asia» —comprendiendo, esta última. Asia Menor y el norte de África— separadas por el Mediterráneo, y todo esto rodeado por la «corriente del Océano», que, a su vez, estaba cercado por un continente. En los tiempos de Platón se sabía ya que el Océano era mucho más grande que una corriente y se le llamó Atlántico, pero, hasta donde llegan mis conocimientos, no fue explorado por los griegos.) Cuando los reyes de Atlántida intentaron conquistar y esclavizar toda el área mediterránea, los antiguos atenienses encabezaron la lucha contra ellos y «consiguieron la más amplia libertad para todos nosotros que vivimos dentro de los pilares de Hércules». Con posterioridad, se produjeron grandes terremotos y diluvios y. en el transcurso de un día y una noche, la raza de los antiguos atenienses fue «sumergida debajo de la tierra», mientras que Atlántida desapareció bajo el mar, dejando sólo bajíos no navegables para señalar su emplazamiento.
ig. 35. El mundo, tal como lo conocían los antiguos griegos.
En el Critias, en un diálogo con los mismos cuatro participantes. Critias ofrece detalles completos sobre la historia, la geografía, la religión y la cultura de la Atlántida y. luego, continúa explicando cómo los habitantes de esas tierras habían degenerado gradualmente, hasta que Zeus pensó que su debilidad no debía permanecer sin castigo, por lo que llamó a todos los dioses y dijo... En este momento el diálogo termina bruscamente Algunos creen quo Platón murió antes de terminarlo, mientras que otros consideran que lo comenzó antes, pero después lo dejó de lado, ocupado en otras cuestiones, y nunca volvió a acercarse a él.
¿Describió Platón un lugar que pensaba real, o lo imaginó para probar un punto de vista filosófico? Si creía que era real, ¿qué parte de su relato es fiable? Los trabajos sobre la Atlántida son de tres tipos principales: los que tratan de probar que la descripción de Platón es literalmente cierta; los que conceden alguna distorsión en el tiempo o en el lugar, o en ambos; y los que rechazan de plano el aceptar que sea algo más que una ficción. Si ignoramos a los que basan sus argumentos en relaciones ocultas y fantasías similares y no se dejan confundir por los simples hechos, se verá que todos los que integran la primera teoría, y muchos de los de la segunda, han dicho sinceramente que creen que la evidencia científica es válida. Sin embargo, demasiado a menudo se han extraído conclusiones incorrectas a partir de hechos científicos establecidos, o se han basado las argumentaciones en teorías científicas anticuadas. El verdadero análisis científico, en cambio, ha apoyado invariablemente a aquellos que afirmaban que la Atlántida era una ficción y que, en el mejor de los casos, admitirían que pudiese estar basada, en parte, en hechos reales conocidos por Platón.
El concepto popular de la Atlántida se planteó en un libro de Ignatius T. T. Donnelly, un autodidacta de múltiples inquietudes: Atlantis: The Antediluvian World («Atlántida: El mundo antediluviano»), que se publicó por primera vez en 1882 y fue el primero de varios libros de éxito. (Otro que ha tenido el mismo permanente impacto, aunque en un campo muy distinto, es The Great Cryptogram [El gran criptograma], en el que trataba de probar que la obra de Shakespeare estaba literalmente salpicada de claves criptográficas que indicaban que el verdadero autor era sir Francis Bacon. Lo mismo que en el caso de la Atlántida, la idea original no era suya, pero su libro constituyó el trampolín para que los partidarios de este punto de vista lo transformaran en un culto permanente.) El concepto que Donnelly tenía sobre la Atlántida era el de un continente, en el océano Atlántico, habitado por una raza superior que existió hasta hace alrededor de 11.500 años, y que se desplomó en un gran cataclismo. Los supervivientes se abrieron camino hacia otras regiones, llevándose con ellos su importante cultura. Donnelly comienza por formular trece propuestas que trata de probar. Sus «pruebas» se basaban principalmente en la comparación de las civilizaciones del Viejo y Nuevo Mundo, en la distribución en el globo de las tradiciones sobre diluvios, y en supuestas referencias a la Atlántida en las mitologías del Viejo Mundo. Sólo tres de dichas propuestas mantienen una relación directa con nuestra perspectiva orientada hacia la geología:
1. Que antiguamente existía en el océano Atlántico, frente a la desembocadura del Mediterráneo, una gran isla formada por los restos del continente atlántico y que en el mundo antiguo se conocía como Atlántida.
2. Que la descripción que Platón hace de esa isla, que hasta ahora se había considerado una fábula, era historia real.
12. Que la Atlántida desapareció después de una terrible convulsión natural que sumergió a toda la isla en el océano y. con ella, a casi todos sus habitantes.
En relación con las propuestas 1 y 12, Donnelly invoca argumentos geológicos para demostrar: a) que existían grandes masas de tierra en el lugar en que Platón sitúa a Atlántida, y b) que era posible que un continente fuera destruido de la noche a la mañana. El primer argumento es razonable a la luz de los conocimientos geológicos de entonces. La sonda de profundidad ha revelado la existencia de una cordillera en el centro del Atlántico Norte, a la que se le ha dado el nombre de Dolphin Ridge (cordillera del Delfín) y que es la parte que está más al norte de la cresta dorsal del Atlántico medio. Se ha observado que la flora y la fauna en ambos lados del Atlántico Sur son similares, lo que indica que, en algún momento, existió algún tipo de conexión entre ellos. Pero las deducciones que hace Donnelly con respecto del segundo punto, tomando como base las pruebas geológicas de que disponía, son muy dudosas. Esencialmente, sus argumentos se reducen a los siguientes: a lo largo de los tiempos geológicos, los continentes han surgido y se han sumergido; se sabe de islas que desaparecieron súbitamente (se da como ejemplo a Santorín; Krakatoa, por supuesto, no había entrado aún en erupción ni había caído su caldera, cosa que ocurrió en 1882). En consecuencia, no hay nada extraño en la afirmación de Platón de que el continente Atlántida desapareciese con tanta rapidez como él sostiene.
Donnelly no tiene en cuenta el hecho de que mientras es cierto que los continentes surgen y desaparecen, lo hacen muy lentamente. Si una gran isla o un continente desaparecieran, el proceso precisaría muchos milenios: no puede suceder tan súbitamente como para dejar el recuerdo de un gran desastre, que es lo que cree Donnelly (como muchos otros, aún hoy) que sucedió con la tradición del diluvio. Las inundaciones, sin duda, pueden anegar extensas áreas con bastante rapidez, pero la más generalizada que pueda imaginarse, finalmente se escurrirá y dejará las tierras por encima de las aguas. Las únicas fuerzas geológicas capaces de producir un hundimiento súbito y permanente de la tierra son los terremotos y las erupciones de las calderas, pero, en tal caso, sólo afectan, como máximo, a unos pocos kilómetros cuadrados.
El ya fallecido Lewis Spence, un científico dedicado a los mitos, intentó conciliar el relato de Platón con los hechos geológicos como él los entendía, cambiando la época de la Atlántida. Hizo notar la incongruencia existente entre la cultura descrita como seguramente perteneciente a la Edad del Bronce y su destrucción hace alrededor de 11.500 años; porque la Edad del Bronce no comenzó hasta aproximadamente hace 5.000 años. En 1925 indicó que la destrucción de la Atlántida constituyó sólo el último hecho en la disolución de un inmenso continente que antes había ocupado todo el Atlántico Norte, o su mayor parte. Ese continente, afirmó, comenzó a desintegrarse en la época del Micènico tardío, «debido a sucesivos acontecimientos volcánicos y, también, a otras causas». Dos grandes restos, las Antillas y la Atlántida, persistieron, hasta hace 25.000 años, unidos por una cadena de islas. Las Indias Occidentales representan los restos de las Antillas; la Atlántida continuó desintegrándose hasta que el desastre final alcanzó los últimos restos hacia el año 10.000 a.C. La lenta desaparición de la Atlántida produjo sucesivas olas de migraciones durante mucho tiempo, y una de éstas coincide con la fecha que da Platón para la destrucción de ese continente. La raza superior era el Cro-Magnon, cuya avanzada cultura de la Edad de Piedra es similar a la de los antiguos habitantes de América Central.
En la época de Spence, los geólogos habían llegado aproximadamente a un acuerdo respecto a una antigua posible conexión entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Las similitudes entre los fósiles pre-Mesozoicos de la flora y la fauna a ambos lados del Atlántico Sur son demasiado sorprendentes como para que sean una coincidencia. Algunos sostienen que esta conexión fue un angosto puente de tierra, de existencia más o menos temporal, como, por ejemplo, el istmo de Panamá, mientras que otros consideran todavía que la cordillera del Delfín fue una gran masa de tierra que se hundió. En 1912 apareció una «evidencia» que fue lanzada como prueba de que, en algún momento, la cordillera del Delfín estuvo sobre el nivel del mar. Un eminente geólogo francés pronunció una conferencia en la que afirmó que fragmentos de roca rescatados en 1898 por el arpeo de un barco que buscaba un cable telegráfico que se había roto eran de cristal basáltico (taquilita), similar al que se formó en la erupción del Pelée en 1902. Se ha hecho notar que mientras la lava del monte Pelée se había solidificado al aire libre, era cristalina en su textura, pero que cuando se solidificó fuera de otra lava se formó el típico basalto de grano fino. El geólogo francés consideraba esto como una prueba de que la roca cristalina del fondo del océano se había formado bajo la presión atmosférica, y que, por tanto, una superficie que ahora estaba a dos millas (más de tres kilómetros) de profundidad, debió de estar antes sobre el nivel del mar.
Pero, por desgracia para esta argumentación, no es la presión, sino la velocidad de enfriamiento, lo que rige la cristalización del magma, un hecho que ya era conocido en el momento en que se dio la conferencia. Si el magma se enfría muy rápidamente, los cristales no tienen tiempo de crecer y. por tanto, la roca resultante no será vítrea. Nada cambia si el enfriamiento se produce por el contacto con el aire o con agua fría que esté en las profundidades del mar. Si se enfría más lentamente, como la lava del Pelée que no estuvo expuesta al aire, se formarán finos cristales, y si se enfría lentísimamente en las profundidades de la tierra, producirá rocas de grano grueso, como el gabro, en el que los cristales individuales son visibles a simple vista. En las islas Hawái se han observado cubiertas vidriosas sobre los basaltos recogidos a una profundidad de 17.000 pies (5.100 metros) o más, de modo que no hay razones para que la taquilita tomada de la cordillera del Delfín no se formara precisamente en el lugar en que fue recogida.
Algunos geólogos aún pretenden que plantas y animales pudieron cruzar puentes de tierra, aunque la cantidad de éstos es cada vez menor. La existencia de puentes de tierra que permitan el paso de seres humanos es fácilmente demostrable sólo en el caso de que las regiones estén casi contiguas, como sucede en el estrecho de Bering, o en la parte occidental de las islas Canarias{52} y África. Sin embargo, puentes de tierra sobre el Atlántico son sólo una conjetura y nunca se ha producido un acuerdo general respecto de dónde pudieron haber existido. De cualquier modo, aun en el caso en que existieran, la conexión se cortó hacia el final del período Mesozoico, hace 70 millones de años, porque, desde ese momento, las floras y las faunas a ambos lados del Atlántico se desarrollaron de forma independiente. Por tanto, los puentes de tierra, si es que existieron alguna vez, no sirven en absoluto de ayuda para demostrar la existencia de tierra en medio del Atlántico en tiempos tan recientes como hace 11.500 años.
Cuanto más se sabe sobre el fondo del océano Atlántico —y nuestro conocimiento se ha incrementado a pasos agigantados en las últimas décadas— se hace más difícil, yo diría que imposible, encontrar ningún lugar en el que pudiese existir una conexión por tierra. Se sabe que la corteza terrestre que está debajo de los océanos es esencialmente diferente de la que se encuentra bajo los continentes; es más delgada y falta el estrato «granítico» que tienen los continentes{53}. No hay ninguna corteza del tipo continental sumergida debajo de ningún océano, y tampoco existen estrechas franjas de este tipo de corteza que unan los márgenes opuestos de ningún océano.
Más aún, los conceptos geológicos actuales eliminan la necesidad de que existiera tierra de ningún tipo en ningún momento. Actualmente, la teoría del deslizamiento continental, que hasta hace una década no se tomaba en serio entre los geólogos de Estados Unidos, es respetada y gana partidarios día a día. Según esta teoría (formulada independiente y casi simultáneamente por Frank B. Taylor. geólogo norteamericano, y Alfred Wegener. meteorólogo alemán. alrededor de 1910-1911), los continentes estuvieron unidos y constituían uno o quizá dos supercontinentes que, posteriormente, se rompieron, formándose así dos bloques que se van separando entre sí lentamente durante los últimos 70 millones de años. El deslizamiento continental, además, explica fácilmente el que las líneas costeras en los lados opuestos del Atlántico encajen perfectamente cuando, en un mapa, se las recorta y junta entre sí, lo que también explica por qué el sistema de rocas de África se corresponde con el de América del Sur, como asimismo sucede con la edad de los fósiles; y explica por qué pueden eliminarse algunas diferencias en las direcciones paleomagnéticas{54} de las rocas anteriores al Terciario, desplazando los continentes hasta unirlos de nuevo.
Al principio, el deslizamiento continental no se aceptó con entusiasmo porque el mecanismo que se propuso no era razonable. Describía bloques rígidos de un material liviano llamado «sial» (esencialmente granítico en su composición, con altas proporciones de silicato de aluminio) que flotaban como icebergs en una «sima» más densa y algo plástica (que era básicamente basáltica, con altas proporciones de silicatos de hierro y magnesio). Actualmente, aun cuando el mecanismo no se entiende totalmente, se dan dos tipos de evidencias independientes que hacen que resulte difícil creer que los continentes no se han movido uno con relación al otro. El último refinamiento de la teoría constituye el concepto de «placas tectónicas» que ha revolucionado el pensamiento geológico. Según tal planteamiento, la litosfera (la corteza terrestre y parte del manto; véase fig. 36) se divide en varias planchas (las opiniones sobre su espesor exacto difieren, pudiendo llegar a 200 kilómetros), creando en la cresta del centro del océano fosas que se deslizaron sobre una capa débil de la parte superior del manto, el que, a juzgar por el hecho de que las ondas sísmicas se retardan en él, está en un estado más plástico que el material que se encuentra por encima y por debajo de él: posiblemente, porque está parcialmente fundida. Esta débil capa se llama astenosfero{55}.
Fig. 36. El desplazamiento continental según una nueva tectónica global. Nuevo material del manto de la Tierra se levanta a lo largo de la cresta media oceánica, produciendo las placas (compuestas de la corteza y la parte superior del manto) que se separan. En este caso, una placa se desplaza hacia el oeste, arrastrando un continente (que podría ser Sudamérica), choca con una placa oceánica que se mueve hacia el este (placa del océano Pacífico), y. esta última, se hunde bajo el continente. Las reacciones físicas y químicas entre el material de la corteza que se hunde y el manto originan el vulcanismo y los terremotos. (Tomado de Takeuchi y de otros, 1967.)
Cuando chocan las placas se producen fenómenos desde el punto de vista geológico. Si dos placas que transportan continentes se encuentran, se origina un pliegue montañoso. El Himalaya, por ejemplo, se formó cuando la India se desplazó hacia el norte contra Asia. Cuando una placa oceánica choca contra un continente, como ocurrió cuando el nordeste del Pacífico chocó contra Asia y el sudeste del mismo océano lo hizo contra Sudamérica, se sumerge bajo la placa continental más liviana y su camino de descenso queda marcado por un plano inclinado de los hipocentros de los terremotos llamado (en honor al sismógrafo norteamericano Hugo Benioff) zona de Benioff, por un foso oceánico, mar adentro, y montañas encogidas, al borde del continente. Cuando el material que se hunde desciende a una profundidad considerable, se funde y. lentamente, se recicla, formando así una cresta en una acción de tipo de correa transportadora que, se supone, es arrastrada por las corrientes. La asociación del vulcanismo activo con el descenso de las placas no es casual, sino que se debe a que los materiales más livianos pierden el gas al hundirse. No todas las placas chocan de frente, sino que algunas giran un poco mientras se trasladan. El nordeste del Pacífico golpeó de refilón sobre la costa oeste de Estados Unidos y se sumergió bajo las islas Aleutianas, separando a la Baja California de México y produciendo la conocida falla de San Andrés y sus ramificaciones, a la que están ligados la mayor parte de los terremotos de la zona.
Las dos pruebas que sirven de base a la idea de que el fondo del océano se está expandiendo realmente son las “anomalías magnéticas" y la datación por el potasio-argón de las rocas del fondo del océano. Aunque la dirección del campo magnético de la Tierra —es decir, la localización geográfica de los polos magnéticos, que no coinciden totalmente con los polos geográficos— no ha cambiado sensiblemente desde los tiempos del comienzo del Terciario, su polaridad se ha invertido —o sea, que los polos magnéticos del norte y del sur se han hecho intercambiables— varias veces, de un modo brusco, a través de los tiempos geológicos. La última inversión conocida sucedió entre 13.500 y 17.500 años atrás. No se sabe ni cuándo ni por qué se produjo, aunque debe relacionarse de algún modo con el núcleo fluido exterior de la Tierra que creó el campo magnético principal cuando ésta giraba sobre su eje como una dinamo gigantesca. Cualquiera que haya sido la razón, las capas que se formaron a raíz de erupciones en las distintas épocas geológicas muestran alteraciones de la polarización normal e invertida{56}, polarización que puede estar en relación recíproca en todo el globo.
Se ha pronosticado que si el fondo de los océanos se está expandiendo desde las crestas medio-oceánicas, como afirma el concepto de las placas tectónicas, la dirección paleomagnética alternativa de las rocas que se han formado en épocas sucesivas de polaridad magnética alternativa debería mostrar anomalías en el esquema del campo magnético, tales como franjas paralelas a la cresta dorsal del centro del océano a ambos lados, cosa que se ha confirmado por las investigaciones magnéticas realizadas allí (para las que se utilizan magnetómetros aéreos o remolcados por barcos). La velocidad de esta expansión se ha estimado en. al menos, un centímetro por año, aunque algunos la elevan hasta ocho centímetros y. además, la velocidad no ha sido constante. Las pruebas de las anomalías magnéticas son confirmadas por los resultados de la datación de carbono-14 realizadas en las rocas del fondo del océano a distintas distancias de la Cresta Dorsal del Atlántico Medio. Las edades que se obtuvieron coinciden con las pronosticadas en las pruebas de polaridad, indicando un aumento uniforme desde el centro a ambos lados de la cresta.
No se necesitan, pues, más argumentos para probar que nunca existió una masa de tierra, o isla, en el océano Atlántico, al menos no desde el tiempo que el hombre está sobre el planeta. Pero aún hay otra comprobación, surgida desde el campo relativamente reciente de la paleoclimatología, que aporta otro grano de arena para confirmar que no existe una Atlántida sumergida en el océano Atlántico. Por medio de técnicas biogeoquímicas fundamentadas en las proporciones en que se halla el estable (es decir, no radiactivo) isótopo de oxígeno en las conchas de los organismos marinos, es posible determinar la temperatura del agua en la que viven dichos organismos y en la que secretan sus conchas. La mayoría de los átomos de oxígeno tienen un peso atómico de 16, pero algunos pocos —en el oxígeno de la atmósfera alrededor de dos sobre mil— tienen un peso de 18. Por estudios realizados sobre especies vivas se sabe que cuanto más fría está el agua, mayor es la proporción de oxígeno «pesado» (O18) que interviene en la composición del carbonato de la concha. Por tanto, midiendo las proporciones relativas de los dos isótopos de oxígeno en los fósiles de conchas, es posible calcular la temperatura de las aguas marinas de la antigüedad, lo que, a su vez, indica cómo era el clima en aquel entonces. (Este condensado esquema del método está muy simplificado, pero sirve para ofrecer una idea general del principio en que se basa.) De cualquier modo, las investigaciones paleoclimáticas indican que hace 11.500 años, el océano Atlántico, en una latitud media, era frío —precisamente en el punto en que se supone que estaba la Atlántida—, como podía esperarse, ya que esta época se sitúa hacia el final de las glaciaciones del Pleistoceno. Sin embargo, el clima que describe Platón en la Atlántida era suave y bastante parecido al del área del Mediterráneo en los últimos miles de años.
Tras eliminar, desde el punto de vista geológico, la posibilidad física de que existiera en alguna parte una antigua masa de tierra sobre el Atlántico, toda argumentación sobre la Atlántida basada en similitudes culturales y lingüísticas cae por su propio peso. Si estas similitudes no son simplemente casuales o imaginarias, deben de tener alguna otra explicación. (No obstante, estas preguntas van más allá de los fines de este horizonte geológico.) O bien la Atlántida existió en otra parte, o nunca existió, excepto en la imaginación de Platón.
Seleccionando con sensatez aquellas partes del relato de Platón que resultan apropiadas, y desechando las que aparecen como distorsiones o exageraciones, cabe suponer el enclave histórico de la Atlántida en cualquier parte del globo y. en verdad, es difícil encontrar ninguna zona de éste que no haya sido propuesta en uno u otro momento: el Ártico; varios lugares de Europa y del Mediterráneo; África del Norte y del Sur; América del Norte, del Sur y Central; Sri Lanka e, incluso, el Pacífico Sur. En muchos casos, la elección del punto revela una buena dosis de chauvinismo, y el que hace la propuesta trata de probar que su propio país constituyó el enclave real de la Atlántida. o que su nación desciende de los atlantes y, por tanto, sus miembros son superiores a los demás. Spence, por ejemplo, afirma:
«Si se le permite a un patriota escocés jactarse, diré que creo firmemente en la superioridad mental y espiritual de los escoceses, lo que se debe, en gran parte, al predominio de sangre Cro-Magnon que, seguramente, corre por las venas de sus gentes... Los ingleses también, sin duda, extraen su cordura, su poder físico y la marcada superioridad en las cosas mentales de la misma fuente y. si la mayor parte de su sangre es ibérica, ¿no deriva esto, también, de la Atlántida? A la mezcla de sangre Cro-Magnon e ibérica se debe el genio de Shakespeare y de Burns, de Massinger y de Ben Jonson, Milton, Scott y, para referirnos a nuestra época, H. G. Wells y Galsworthy son casi Cro-Magnon puros...»
Los vascos también reclaman el ser descendientes de los habitantes de la Atlántida y creen que su lengua, que no se relaciona con ninguna otra actual, es lo que queda de la lengua original de la Atlántida. El gran erudito sueco del siglo XIX Olaf Rudbeck creía, como muchos de sus contemporáneos, que su nombre se recordaría principalmente por un inmenso tratado inacabado en el que «probaba» que la Atlántida era la península escandinava, y Suecia el lugar de origen de la civilización. Sin embargo, se le recuerda, en realidad, como el descubridor del sistema linfático del cuerpo humano.
Cualquier tratado sobre todas las sugerencias de lugares alternativos para la Atlántida llenaría por sí solo un libro de considerables proporciones. El lector que se interese por más detalles puede consultar el completo trabajo de L. Sprague DeCamp que se titula Lost Continente (Continentes perdidos), publicado por primera vez en 1954 y reimpreso, tras ser revisado, en 1970. Sus disquisiciones geológicas son meditadas y sus argumentaciones son fundamentalmente sensatas{57}.
El mismo proceso de aceptación y rechazo que permite considerar las numerosas localizaciones alternativas de la Atlántida puede ser invocado con respecto al enclave de los egeos. Entonces, ¿por qué debe tomarse con más seriedad que otros? Porque, por primera vez, los dos elementos esenciales y absolutos del relato de la Atlántida —una civilización superior y una catástrofe natural— están presentes en ambas.
La primera persona que pensó que era posible que los minoicos fueran el prototipo de los habitantes de Atlántida fue el erudito K T. Frost, quien, primero en una carta anónima enviada al Times de Londres el 19 de enero de 1909, y luego en una exposición más detallada en que reconocía la autoría de la carta, enfatizaba que la leyenda tenía sentido si se la consideraba como histórica desde el punto de vista egipcio. A los egipcios, la desaparición de los minoicos, cuando parecían ser más fuertes y más seguros, les debió de parecer como si éstos se hubieran hundido en el mar. Pero los escépticos, que exigían una sumersión literal de la Atlántida, no tardaron en señalar que Creta está aún, en gran parte, sobre el nivel del mar. En 1928, un ruso, L. S. Berg, trató de localizar la Atlántida en el Egeo, cerca de Creta. El Egeo se formó en tiempos geológicos recientes (Cuaternario) por la subsidencia de un bloque de tierra («Aegeis») que en otros tiempos unía la península balcánica con Turquía. Pero hoy sólo quedan los puntos más altos sobre el nivel del mar que constituyen las islas del Egeo. Berg creía que el recuerdo de estas antiguas tierras podría haber sido transmitido a los minoicos, quienes, a su vez, las pudieron mencionar a los egipcios durante sus transacciones comerciales, y que estos últimos pudieron haber deducido del relato la tradición de una catástrofe. Esta teoría no es muy recomendable porque requiere que se recuerde el fin de los egeos después de diez o cien mil años, puesto que, en realidad, este fin se produjo gradual e inadvertidamente.
Cuando Marínatos propuso, en 1939, su teoría de la destrucción volcánica de la Creta minoica, se apresuró a reconocer sus implicaciones para con la Atlántida. En 1950 publicó un trabajo en el que demostraba que, posiblemente, el mito de la Atlántida había surgido de la fusión de varios episodios distintos que tuvieron lugar durante un espacio de tiempo de alrededor de novecientos años, pero que se centraban en «la destrucción de Thera acompañada por un fenómeno natural que se percibió en puntos tan lejanos como Egipto» originando «el mito de una isla, poderosa y rica más allá de lo imaginable, que terminó hundiéndose». Dado que este trabajo se publicó originariamente en griego (la versión inglesa no fue publicada hasta 1969, por el First International Scientific Congress on the Volcano of Thera (Primer Congreso Internacional sobre volcanes de Thera]), no recibió el general reconocimiento. El interés actual debe atribuirse a A. G. Galanopoulos, quien, en una serie de trabajos que comenzaron en 1960, se esfuerza en demostrar que las erupciones de la Edad del Bronce de Santorín no sólo explican la Atlántida, sino también varios otros mitos y tradiciones semihistóricas, incluido el diluvio de Deucalión.
Las teorías de Marínatos y de Galanopoulos representan dos caminos distintos que conducen desde la Creta minoica hasta la Atlántida. La ruta de Galanopoulos se basa en la creencia de que la confusa información histórica que existe sobre las erupciones de Santorín y sobre los minoicos fue llevada a Grecia desde Egipto por medio de Solón, que la tradujo, y que fue transmitida a Platón, quien la registró unos doscientos años después Para recorrer este itinerario es necesario encontrar una explicación lógica a las diferencias entre la descripción de Platón y lo que se sabe respecto de los minoicos y las erupciones de la Edad del Bronce.
Se comenzará por seguir !a ruta de Galanopoulos, aunque no necesariamente paso a paso. ¿Se puede ir desde Creta y Santorín hasta la Atlántida sin hallar algún obstáculo insuperable? La única forma de averiguarlo es considerar separadamente cada hito importante en la descripción de Platón (suponiendo, por el momento, que se basa en un documento real) y juzgar si encaja en la Creta minoica y/o Santorín y. de no ser así. si existe alguna explicación verosímil para conciliar las discrepancias.
1. Según Timeo, la antigua Atenas se fundó nueve mil años antes de los tiempos de Solón, y guerreó con la Atlántida en algún momento posterior no determinado; según Critias, la guerra fue nueve mil años antes de los tiempos de Solón. (Si Platón estaba en realidad informando, esta inconsistencia revela un cierto descuido por su parte.)
Uno de los argumentos fundamentales de Galanopoulos estriba en que todas las cifras por encima de 100 (en los textos griegos) se han exagerado diez veces como resultado de un error de traducción introducido cuando el sacerdote egipcio le comunicó el relato a Solón: al traducir la palabra o símbolo egipcio de 100 se registró como 1.000. Como se verá más adelante cuando se analicen otras medidas, esta idea tiene bastante sentido, ya que reduce todas las cifras —ya se refieran a tiempo, lugar o número de personas y barcos— a valores que son compatibles con lo que se sabe de la Creta minoica. Sólo alguien que haya tenido la oportunidad de comparar las traducciones con los originales puede apreciar la bella simplicidad y la lógica del argumento de un error de traducción. Como constante consumidora, a veces editora, y. en la actualidad, traductora profesional de textos técnicos, os puedo asegurar que un error como el que pretende Galanopoulos es trivial para la mayoría de la gente en comparación con algunos otros escritos que he visto, tanto publicados como inéditos.
Se sabe que Solón visitó Egipto cuando era joven. Por tanto, no es seguro el momento exacto de su visita. Se cree, sí, que acaeció en algún momento entre 593 y 583 a.C., pero también pudo haber sido después del 570 a.C. De cualquier forma, si se reemplaza 900 por 9.000 años, tanto la fundación de Atenas como la guerra con la Atlántida se sitúan dentro de los límites de error admitido de los datos obtenidos por el carbono-14 para las erupciones minoicas, y un conjunto de datos (después de 1470 a.C.) se aproxima a la datación arqueológica para el fin de la Creta minoica.
2. «Este poder vino desde el océano Atlántico... y había una isla que estaba frente al estrecho... llamada las Columnas de Hércules: la isla era más grande que Libia y Asia juntos...»
Galanopoulos piensa que Platón trasladó la Atlántida al océano Pacífico, comprendiendo que una isla de dimensiones tan exageradas no podía estar en el Mediterráneo. Entonces, presentó argumentos para probar que las «Columnas de Hércules» se referían al principio, no al estrecho de Gibraltar, sino a los cabos Malea y Taenarum (Matapán) (véase fig. 28). No veo la necesidad de falsear la geografía de las «Las Columnas de Hércules». Ya fuera el mismo Platón o algún antiguo egipcio el que ubicó la Atlántida en el océano Atlántico, esto significa que habría estado más allá del estrecho de Gibraltar, y Platón, naturalmente, utilizaba el nombre por el cual él conocía el estrecho.
3. «La isla... era el camino hacia otras islas y. desde allí, se podía pasar a todo el continente opuesto...»
No cabe duda de que Creta era un paso entre África del Norte. Asia Menor, las islas orientales del Mediterráneo y Europa. Como indica J. V. Luce, «desde el punto de vista egipcio, ésta es una descripción bastante exacta de Creta como puerta de entrada hacia las Cicladas y la parte continental de Grecia».
4. La Atlántida era un «reino grande y espléndido» que gobernaba también sobre otras islas y parte del continente y había dominado a parte de Libia dentro de las Columnas de Hércules «llegando hasta Egipto y. desde Europa, hasta Tirrenia».
Políticamente, los minoicos controlaron Creta, muchas de las islas egeas y parte de la Grecia continental, mientras que, desde el punto de vista económico, su influencia se extendió, por lo menos, hasta Libia, Egipto y Sicilia.
5. Después de que los atenienses derrotaron a los agresivos atlantes, «...se produjeron violentos terremotos e inundaciones, y en sólo un día y una noche... todos los guerreros se hundieron juntos en la tierra, y también la isla de Atlántida desapareció en las profundidades del mar».
Como ya se indicara, a causa de las erupciones minoicas se produjeron intensas lluvias, incluso a grandes distancias del volcán, y debido al efecto siembra de nubes de las cenizas en la parte alta de la atmósfera y un tsunami que se originó en la caída de Stronghyli (como se ha estado denominando a !a erupción previa de Santorín), pudieron calificarse como diluvio cuando y donde se hicieron sentir. La terminación de las explosiones principales pudo haberse interpretado como terremotos, como en el caso del Krakatoa, o cabe que un seísmo tectónico se produjese, dentro de un período razonable, después de la erupción. El clímax de la erupción, incluyendo la caída de la caldera, pudo producirse en un día y una noche. La noticia de la súbita desaparición de gran parte de una pequeña isla debe de haber circulado durante un cierto tiempo por todo el Mediterráneo, probablemente sin alteraciones. Al escucharla. ¿no es posible que los egipcios ataran cabos y la unieran a la desaparición más o menos brusca de los comerciantes minoicos? Pero, oyeran o no algo sobre la isla desaparecida, va qué agente podían atribuir los hogareños egipcios la errónea interpretación de la desaparición de toda Creta más que a un terremoto? Aún ahora, como ya se ha visto, la gente cree toda clase de cosas imposibles sobre los terremotos.
6. «...El mar en esa parte es imposible de pasar o penetrar porque en el camino hay un bajío pantanoso que se debe al hundimiento de la isla» (Timeo): «Y después de haber sido hundida por un terremoto (Atlántida) se transformó, para los viajeros de aquí que intentaban cruzar el océano que está más allá, en una infranqueable barrera de lodo» (Critias).
No hay bajíos en el Mediterráneo que puedan ser la base de esta teoría, pero tampoco hacen falta. Como ya señalara Galanopoulos, cuando se produjo la erupción minoica, el mar alrededor de Santorín debió de estar cubierto por una capa espesa de pumita. Probablemente fue más espesa que la que se formó alrededor del Krakatoa en 1883, y en ese caso llegó a tener más de diez pies (tres metros) de espesor. Para los pequeños barcos de la Edad del Bronce, el mar cubierto de piedra pómez resultaría verdaderamente imposible de navegar hasta que la pumita que flotaba se dispersase gradualmente gracias al viento y a las olas o cuando, saturada de agua, se hundiera hasta el fondo. Si la caída de la caldera se produjo cuando la pumita todavía formaba esta capa, es decir, como la culminación de una erupción, es más fácil comprender la conexión entre la isla que se hundía y el bajío enfangado de la descripción.
7. La Atlántida estaba dividida en diez partes, gobernadas por los descendientes de cinco pares de gemelos masculinos que habían nacido de Poseidón y de una mortal, Cleito. El mayor se llamaba Atlas y era «rey sobre los demás». Sus descendientes «poseyeron tal cantidad de riquezas como nunca habían poseído antes los reyes y los potentados... y tenían todo lo que necesitaban, tanto en la ciudad como en el campo, porque, debido a la magnitud de su imperio, muchas cosas se recibían desde el extranjero...»
Esto es compatible con lo que se sabe de la riqueza de los minoicos, comerciantes-marinos gobernados por una confederación de sacerdotes sometidos a la supremacía de Cnosos.
8. En la descripción de Platón, los detalles geográficos de la Atlántida no están del todo claros, y esto se demuestra por el hecho de que distintos traductores discrepan en cuanto a la versión precisa de varios pasajes. La parte del país en que vivía Cleito era donde luego se levantó la Metrópolis de Atlántida, que se describe como «el llano más bello y más fértil»; en el centro de éste había una colina baja, a cincuenta estadios{58}, aparentemente, desde el borde del llano. Pero, la misma ubicación de este valle es algo ambigua: dos traductores coinciden en que estaba hacia el mar; un tercero dice al borde del mar y extendiéndose hasta el centro de la isla.
Alrededor de la colina, Poseidón había creado zonas alternativas, perfectamente circulares, de mar y tierra. Todos los traductores están de acuerdo en que la isla central, en la que se construyeron el palacio real y otros edificios, tenía cinco estadios de diámetro; la zona interior de mar, un estadio: las zonas de mar y tierra que seguían, dos estadios cada una; y la zona exterior de mar y tierra, tres estadios cada una. Los posteriores reyes de Atlántida construyeron puentes sobre las zonas de mar y dragaron un canal desde el mar hasta el puerto interior. El canal tenía trescientos pies (noventa metros) de ancho, cien pies (treinta metros) de profundidad (tres plethra y un plethrum, en griego) y cincuenta estadios de longitud. Si dibujamos un plano siguiendo estas especificaciones, se obtendrá un esquema como el de la figura 37.
La descripción del campo circundante es menos clara. La traducción de Jowett dice que toda la campiña era elevada y escarpada del lado del mar, pero rodeando inmediatamente a la ciudad había un valle oblongo y llano, rodeado de montañas que descendían hasta el mar. Según la traducción de Taylor, cada sitio cercano al mar era elevado y abrupto, pero alrededor de la ciudad había un llano circular «bordeado y encerrado por las montañas» que se extendían hasta el mar. Y. finalmente, la versión de Loeb cuenta que toda la región «se elevaba perpendicularmente desde el mar hasta una gran altura, pero que la ciudad estaba en un suave valle.... circundado por montañas, que se dilataba hasta el mar». Todos coinciden en que el llano tenía tres mil estadios de longitud y dos mil de anchura. ¿«Esta parte de la isla miraba al sur y estaba protegida del norte» (Jowett): o es que «toda la isla estaba orientada hacia el sur, pero sus extremos lo estaban hacia el norte» (Taylor); o tal vez «esta región, a lo largo de toda la isla, miraba hacia el sur y estaba protegida de los vientos del norte» (Loeb)?
{51} Algunos piensan que hubo escritos anteriores que se refieren a la Atlántida. Homero y Hesíodo aluden a la antigua idea de que, en algún lugar lejano del oeste, más allá de los límites de la tierra habitada, existe un paraíso para los héroes que han muerto: el Jardín de las Hespérides, con sus manzanas de oro. (El Avalón de !a leyenda de Arturo parece ser un eco de la de las Hespéridas: en realidad, el nombre Avalón deriva del significado celta de manzana.) Algunos creen que el paraíso occidental de la mitología clásica es una referencia a las islas de Atlántida como las Azores, o incluso al Nuevo Mundo, vistas por marinos sacudidos por la tormenta que, de algún modo, lograron encontrar el camino de regreso y contar la historia. Este puede muy bien ser el origen de la idea de un paraíso más allá del mar occidental, pero los dos elementos esenciales del relato de la Atlántida —una nación superior sufriendo un fin catastrófico- están notoriamente ausentes. Ellos también se perdieron en Ogygia, la isla que estaba en el medio del océano en que Odiseo flirteó con la hija de Alias. Calipso, en sus vagabundeos, lo que también se ha sugerido como una referencia pre-platónica a la Atlántida
{52} Desde hace tiempo, las islas Cananas han sido unas de las señaladas como el emplazamiento de la Atlántida, y Spence creía que la última ola de migración de Atlántida llegó a través de esas islas. Pero las Canarias no representan, en su conjunto, los restos de una masa de tierra que se hundió; por el contrario, las islas occidentales de dicho conjunto se han formado desde el fondo de! mar, debido al vulcanismo, durante los últimos diez millones de años
{53} La mayor parte de lo que sabemos sobre las partes de la Tierra que son demasiado profundas como para investigarlas directamente por medio de sondas (lo que significa todo, menos la «piel» de la Tierra) se infiere por el comportamiento de las ondas sísmicas cuando se propagan desde los terremotos hasta las estaciones sísmicas por todo el mundo tras las explosiones, grandes o pequeñas, en los instrumentos sísmicos en tierra o en buques Las ondas sísmicas se desplazan a distintas velocidades según los materiales, y las velocidades para todos los tipos de rocas se han medido en los laboratorios; por tanto, la velocidad de las ondas sísmicas que se propagan en diferentes capas terrestres es una indicación de la clase de roca que constituye esas capas.
{54} Mientras algunas rocas se encuentran en proceso de formación, las partículas magnéticas se imantan en la dirección del campo magnético de la Tierra que prevalezca en ese momento y. en condiciones normales, retienen esa magnetización aunque se cambie fundamentalmente la posición de la roca en relación con el citado campo. Existen varias formas de estos remanentes o imantación de los fósiles. La más útil, porque es muy estable, es la magnetización termorremanente, que es del tipo que toma la lava al enfriarse. Las rocas volcánicas, como el basalto, que tiene una alta proporción de minerales que contienen hierro, incluso magnetita, el material que se imanta más fácilmente, adquirirán un remanente magnetizado que se mide con facilidad. Las rocas sedimentarias que contienen una gran cantidad de óxido de hierro, como la arenisca roja, también sirven, porque sus granos de óxido de hierro se alinean con el campo geomagnético al depositarse. Si se recogen con cuidado muestras de estas rocas, observando su posición exacta en el espacio, la dirección de su fragmento magnetizado se puede, después de la preparación adecuada, medir en el laboratorio y por esta dirección, es posible determinar la posición de los polos magnéticos de la Tierra en el momento en que se formaron. Las medidas paleomagnéticas también registran la desviación polar, que es un tipo diferente de los polos magnéticos. En la desviación polar se produce un movimiento de toda la Tierra (o, al menos, de su «envoltura» exterior) con respecto del polo: o del polo respecto de la Tierra. En el caso que sólo se produzca la desviación polar, no habrá movimientos relativos de los continentes de uno con relación al otro.
{55} El prefijo asteno deriva del griego, de una palabra que significa débil.
{56} El magnetismo «normal» significa que los polos magnéticos norte y sur caen, respectivamente, cerca de los polos geográficos norte y sur, como ocurre en la actualidad El «inverso» es cuando el polo norte magnético está cerca del polo sur geográfico, y viceversa.
{57} Es muy interesante la forma en que DeCamp, con estas palabras, descartó, en 1954, la posibilidad de que los continentes se desplazaran: «En suma, quizá sea mejor situar la teoría de Wegener en la estantería marcada como “muy dudosa” y dejarla allí por el momento» (página 162). En la edición de su obra de 1970 la había sacado de esa estantería, la había sacudido y la desplegó en toda su nueva respetabilidad.
Contrariamente a lo que se piensa en general, la Atlántida no es en absoluto un invento del folklore, es decir, no es parte de la tradición oral de ninguna cultura de parte alguna de la Tierra. Su mención emana de una, y sólo una fuente escrita{51}: los Diálogos de Platón y, más específicamente, los de Timeo y de Critias. El Timeo pretende registrar una conversación entre Sócrates. Timeo (un científico). Cutías (un historiador) y Hermócrates (un general), durante la cual discuten la naturaleza del Universo. Critias narra la historia de Atlántida, que se supone le contó Solón, el gran legislador de Atenas, que vivió unos doscientos años antes de Platón, a su abuelo. En su juventud. Solón visitó Sais, en el delta del Nilo, que entonces era la capital del Bajo Egipto (véase fig. 38, capítulo 10). Allí conversó con sacerdotes cultos y. en el curso de la conversación, descubrió que sabía muy poco de la historia antigua de su propio país. Para alentar a los sacerdotes a que relataran historias de la antigüedad. Solón comenzó a contarles el hecho más antiguo del que los atenienses tenían noticia, el Diluvio de Deucalión, lo que hizo que el más anciano de los sacerdotes exclamara: «Oh. Solón. Solón, vosotros los griegos sois como niños... Vuestras almas son jóvenes, no abarcan ni conclusiones derivadas de las tradiciones remotas, ni ninguna antigua disciplina de su existencia en otros períodos anteriores.» ¿Es que Solón no sabía que el Diluvio de Deucalión era la última de una serie de catástrofes, y que los atenienses descendían de una noble raza que vivió mucho tiempo antes de todo esto? De las numerosas y poderosas hazañas de estos antiguos atenienses, cuya ciudad había sido fundada nueve mil años antes de la conversación de Solón con los sacerdotes, lo más sobresaliente fue la derrota del poder guerrero del océano Atlántico.
Este poder guerrero provenía de una isla más grande que Libia y Asia juntas. La isla «proveía un paso fácil a otras islas vecinas, como también era fácil pasar desde ellas al continente que bordea el océano Atlántico». (Para comprender mejor esta geografía se recomienda al lector observar la figura 35. Para los griegos del tiempo de Solón, el mundo estaba compuesto por «Europa» y «Asia» —comprendiendo, esta última. Asia Menor y el norte de África— separadas por el Mediterráneo, y todo esto rodeado por la «corriente del Océano», que, a su vez, estaba cercado por un continente. En los tiempos de Platón se sabía ya que el Océano era mucho más grande que una corriente y se le llamó Atlántico, pero, hasta donde llegan mis conocimientos, no fue explorado por los griegos.) Cuando los reyes de Atlántida intentaron conquistar y esclavizar toda el área mediterránea, los antiguos atenienses encabezaron la lucha contra ellos y «consiguieron la más amplia libertad para todos nosotros que vivimos dentro de los pilares de Hércules». Con posterioridad, se produjeron grandes terremotos y diluvios y. en el transcurso de un día y una noche, la raza de los antiguos atenienses fue «sumergida debajo de la tierra», mientras que Atlántida desapareció bajo el mar, dejando sólo bajíos no navegables para señalar su emplazamiento.
ig. 35. El mundo, tal como lo conocían los antiguos griegos.
En el Critias, en un diálogo con los mismos cuatro participantes. Critias ofrece detalles completos sobre la historia, la geografía, la religión y la cultura de la Atlántida y. luego, continúa explicando cómo los habitantes de esas tierras habían degenerado gradualmente, hasta que Zeus pensó que su debilidad no debía permanecer sin castigo, por lo que llamó a todos los dioses y dijo... En este momento el diálogo termina bruscamente Algunos creen quo Platón murió antes de terminarlo, mientras que otros consideran que lo comenzó antes, pero después lo dejó de lado, ocupado en otras cuestiones, y nunca volvió a acercarse a él.
¿Describió Platón un lugar que pensaba real, o lo imaginó para probar un punto de vista filosófico? Si creía que era real, ¿qué parte de su relato es fiable? Los trabajos sobre la Atlántida son de tres tipos principales: los que tratan de probar que la descripción de Platón es literalmente cierta; los que conceden alguna distorsión en el tiempo o en el lugar, o en ambos; y los que rechazan de plano el aceptar que sea algo más que una ficción. Si ignoramos a los que basan sus argumentos en relaciones ocultas y fantasías similares y no se dejan confundir por los simples hechos, se verá que todos los que integran la primera teoría, y muchos de los de la segunda, han dicho sinceramente que creen que la evidencia científica es válida. Sin embargo, demasiado a menudo se han extraído conclusiones incorrectas a partir de hechos científicos establecidos, o se han basado las argumentaciones en teorías científicas anticuadas. El verdadero análisis científico, en cambio, ha apoyado invariablemente a aquellos que afirmaban que la Atlántida era una ficción y que, en el mejor de los casos, admitirían que pudiese estar basada, en parte, en hechos reales conocidos por Platón.
El concepto popular de la Atlántida se planteó en un libro de Ignatius T. T. Donnelly, un autodidacta de múltiples inquietudes: Atlantis: The Antediluvian World («Atlántida: El mundo antediluviano»), que se publicó por primera vez en 1882 y fue el primero de varios libros de éxito. (Otro que ha tenido el mismo permanente impacto, aunque en un campo muy distinto, es The Great Cryptogram [El gran criptograma], en el que trataba de probar que la obra de Shakespeare estaba literalmente salpicada de claves criptográficas que indicaban que el verdadero autor era sir Francis Bacon. Lo mismo que en el caso de la Atlántida, la idea original no era suya, pero su libro constituyó el trampolín para que los partidarios de este punto de vista lo transformaran en un culto permanente.) El concepto que Donnelly tenía sobre la Atlántida era el de un continente, en el océano Atlántico, habitado por una raza superior que existió hasta hace alrededor de 11.500 años, y que se desplomó en un gran cataclismo. Los supervivientes se abrieron camino hacia otras regiones, llevándose con ellos su importante cultura. Donnelly comienza por formular trece propuestas que trata de probar. Sus «pruebas» se basaban principalmente en la comparación de las civilizaciones del Viejo y Nuevo Mundo, en la distribución en el globo de las tradiciones sobre diluvios, y en supuestas referencias a la Atlántida en las mitologías del Viejo Mundo. Sólo tres de dichas propuestas mantienen una relación directa con nuestra perspectiva orientada hacia la geología:
1. Que antiguamente existía en el océano Atlántico, frente a la desembocadura del Mediterráneo, una gran isla formada por los restos del continente atlántico y que en el mundo antiguo se conocía como Atlántida.
2. Que la descripción que Platón hace de esa isla, que hasta ahora se había considerado una fábula, era historia real.
12. Que la Atlántida desapareció después de una terrible convulsión natural que sumergió a toda la isla en el océano y. con ella, a casi todos sus habitantes.
En relación con las propuestas 1 y 12, Donnelly invoca argumentos geológicos para demostrar: a) que existían grandes masas de tierra en el lugar en que Platón sitúa a Atlántida, y b) que era posible que un continente fuera destruido de la noche a la mañana. El primer argumento es razonable a la luz de los conocimientos geológicos de entonces. La sonda de profundidad ha revelado la existencia de una cordillera en el centro del Atlántico Norte, a la que se le ha dado el nombre de Dolphin Ridge (cordillera del Delfín) y que es la parte que está más al norte de la cresta dorsal del Atlántico medio. Se ha observado que la flora y la fauna en ambos lados del Atlántico Sur son similares, lo que indica que, en algún momento, existió algún tipo de conexión entre ellos. Pero las deducciones que hace Donnelly con respecto del segundo punto, tomando como base las pruebas geológicas de que disponía, son muy dudosas. Esencialmente, sus argumentos se reducen a los siguientes: a lo largo de los tiempos geológicos, los continentes han surgido y se han sumergido; se sabe de islas que desaparecieron súbitamente (se da como ejemplo a Santorín; Krakatoa, por supuesto, no había entrado aún en erupción ni había caído su caldera, cosa que ocurrió en 1882). En consecuencia, no hay nada extraño en la afirmación de Platón de que el continente Atlántida desapareciese con tanta rapidez como él sostiene.
Donnelly no tiene en cuenta el hecho de que mientras es cierto que los continentes surgen y desaparecen, lo hacen muy lentamente. Si una gran isla o un continente desaparecieran, el proceso precisaría muchos milenios: no puede suceder tan súbitamente como para dejar el recuerdo de un gran desastre, que es lo que cree Donnelly (como muchos otros, aún hoy) que sucedió con la tradición del diluvio. Las inundaciones, sin duda, pueden anegar extensas áreas con bastante rapidez, pero la más generalizada que pueda imaginarse, finalmente se escurrirá y dejará las tierras por encima de las aguas. Las únicas fuerzas geológicas capaces de producir un hundimiento súbito y permanente de la tierra son los terremotos y las erupciones de las calderas, pero, en tal caso, sólo afectan, como máximo, a unos pocos kilómetros cuadrados.
El ya fallecido Lewis Spence, un científico dedicado a los mitos, intentó conciliar el relato de Platón con los hechos geológicos como él los entendía, cambiando la época de la Atlántida. Hizo notar la incongruencia existente entre la cultura descrita como seguramente perteneciente a la Edad del Bronce y su destrucción hace alrededor de 11.500 años; porque la Edad del Bronce no comenzó hasta aproximadamente hace 5.000 años. En 1925 indicó que la destrucción de la Atlántida constituyó sólo el último hecho en la disolución de un inmenso continente que antes había ocupado todo el Atlántico Norte, o su mayor parte. Ese continente, afirmó, comenzó a desintegrarse en la época del Micènico tardío, «debido a sucesivos acontecimientos volcánicos y, también, a otras causas». Dos grandes restos, las Antillas y la Atlántida, persistieron, hasta hace 25.000 años, unidos por una cadena de islas. Las Indias Occidentales representan los restos de las Antillas; la Atlántida continuó desintegrándose hasta que el desastre final alcanzó los últimos restos hacia el año 10.000 a.C. La lenta desaparición de la Atlántida produjo sucesivas olas de migraciones durante mucho tiempo, y una de éstas coincide con la fecha que da Platón para la destrucción de ese continente. La raza superior era el Cro-Magnon, cuya avanzada cultura de la Edad de Piedra es similar a la de los antiguos habitantes de América Central.
En la época de Spence, los geólogos habían llegado aproximadamente a un acuerdo respecto a una antigua posible conexión entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Las similitudes entre los fósiles pre-Mesozoicos de la flora y la fauna a ambos lados del Atlántico Sur son demasiado sorprendentes como para que sean una coincidencia. Algunos sostienen que esta conexión fue un angosto puente de tierra, de existencia más o menos temporal, como, por ejemplo, el istmo de Panamá, mientras que otros consideran todavía que la cordillera del Delfín fue una gran masa de tierra que se hundió. En 1912 apareció una «evidencia» que fue lanzada como prueba de que, en algún momento, la cordillera del Delfín estuvo sobre el nivel del mar. Un eminente geólogo francés pronunció una conferencia en la que afirmó que fragmentos de roca rescatados en 1898 por el arpeo de un barco que buscaba un cable telegráfico que se había roto eran de cristal basáltico (taquilita), similar al que se formó en la erupción del Pelée en 1902. Se ha hecho notar que mientras la lava del monte Pelée se había solidificado al aire libre, era cristalina en su textura, pero que cuando se solidificó fuera de otra lava se formó el típico basalto de grano fino. El geólogo francés consideraba esto como una prueba de que la roca cristalina del fondo del océano se había formado bajo la presión atmosférica, y que, por tanto, una superficie que ahora estaba a dos millas (más de tres kilómetros) de profundidad, debió de estar antes sobre el nivel del mar.
Pero, por desgracia para esta argumentación, no es la presión, sino la velocidad de enfriamiento, lo que rige la cristalización del magma, un hecho que ya era conocido en el momento en que se dio la conferencia. Si el magma se enfría muy rápidamente, los cristales no tienen tiempo de crecer y. por tanto, la roca resultante no será vítrea. Nada cambia si el enfriamiento se produce por el contacto con el aire o con agua fría que esté en las profundidades del mar. Si se enfría más lentamente, como la lava del Pelée que no estuvo expuesta al aire, se formarán finos cristales, y si se enfría lentísimamente en las profundidades de la tierra, producirá rocas de grano grueso, como el gabro, en el que los cristales individuales son visibles a simple vista. En las islas Hawái se han observado cubiertas vidriosas sobre los basaltos recogidos a una profundidad de 17.000 pies (5.100 metros) o más, de modo que no hay razones para que la taquilita tomada de la cordillera del Delfín no se formara precisamente en el lugar en que fue recogida.
Algunos geólogos aún pretenden que plantas y animales pudieron cruzar puentes de tierra, aunque la cantidad de éstos es cada vez menor. La existencia de puentes de tierra que permitan el paso de seres humanos es fácilmente demostrable sólo en el caso de que las regiones estén casi contiguas, como sucede en el estrecho de Bering, o en la parte occidental de las islas Canarias{52} y África. Sin embargo, puentes de tierra sobre el Atlántico son sólo una conjetura y nunca se ha producido un acuerdo general respecto de dónde pudieron haber existido. De cualquier modo, aun en el caso en que existieran, la conexión se cortó hacia el final del período Mesozoico, hace 70 millones de años, porque, desde ese momento, las floras y las faunas a ambos lados del Atlántico se desarrollaron de forma independiente. Por tanto, los puentes de tierra, si es que existieron alguna vez, no sirven en absoluto de ayuda para demostrar la existencia de tierra en medio del Atlántico en tiempos tan recientes como hace 11.500 años.
Cuanto más se sabe sobre el fondo del océano Atlántico —y nuestro conocimiento se ha incrementado a pasos agigantados en las últimas décadas— se hace más difícil, yo diría que imposible, encontrar ningún lugar en el que pudiese existir una conexión por tierra. Se sabe que la corteza terrestre que está debajo de los océanos es esencialmente diferente de la que se encuentra bajo los continentes; es más delgada y falta el estrato «granítico» que tienen los continentes{53}. No hay ninguna corteza del tipo continental sumergida debajo de ningún océano, y tampoco existen estrechas franjas de este tipo de corteza que unan los márgenes opuestos de ningún océano.
Más aún, los conceptos geológicos actuales eliminan la necesidad de que existiera tierra de ningún tipo en ningún momento. Actualmente, la teoría del deslizamiento continental, que hasta hace una década no se tomaba en serio entre los geólogos de Estados Unidos, es respetada y gana partidarios día a día. Según esta teoría (formulada independiente y casi simultáneamente por Frank B. Taylor. geólogo norteamericano, y Alfred Wegener. meteorólogo alemán. alrededor de 1910-1911), los continentes estuvieron unidos y constituían uno o quizá dos supercontinentes que, posteriormente, se rompieron, formándose así dos bloques que se van separando entre sí lentamente durante los últimos 70 millones de años. El deslizamiento continental, además, explica fácilmente el que las líneas costeras en los lados opuestos del Atlántico encajen perfectamente cuando, en un mapa, se las recorta y junta entre sí, lo que también explica por qué el sistema de rocas de África se corresponde con el de América del Sur, como asimismo sucede con la edad de los fósiles; y explica por qué pueden eliminarse algunas diferencias en las direcciones paleomagnéticas{54} de las rocas anteriores al Terciario, desplazando los continentes hasta unirlos de nuevo.
Al principio, el deslizamiento continental no se aceptó con entusiasmo porque el mecanismo que se propuso no era razonable. Describía bloques rígidos de un material liviano llamado «sial» (esencialmente granítico en su composición, con altas proporciones de silicato de aluminio) que flotaban como icebergs en una «sima» más densa y algo plástica (que era básicamente basáltica, con altas proporciones de silicatos de hierro y magnesio). Actualmente, aun cuando el mecanismo no se entiende totalmente, se dan dos tipos de evidencias independientes que hacen que resulte difícil creer que los continentes no se han movido uno con relación al otro. El último refinamiento de la teoría constituye el concepto de «placas tectónicas» que ha revolucionado el pensamiento geológico. Según tal planteamiento, la litosfera (la corteza terrestre y parte del manto; véase fig. 36) se divide en varias planchas (las opiniones sobre su espesor exacto difieren, pudiendo llegar a 200 kilómetros), creando en la cresta del centro del océano fosas que se deslizaron sobre una capa débil de la parte superior del manto, el que, a juzgar por el hecho de que las ondas sísmicas se retardan en él, está en un estado más plástico que el material que se encuentra por encima y por debajo de él: posiblemente, porque está parcialmente fundida. Esta débil capa se llama astenosfero{55}.
Fig. 36. El desplazamiento continental según una nueva tectónica global. Nuevo material del manto de la Tierra se levanta a lo largo de la cresta media oceánica, produciendo las placas (compuestas de la corteza y la parte superior del manto) que se separan. En este caso, una placa se desplaza hacia el oeste, arrastrando un continente (que podría ser Sudamérica), choca con una placa oceánica que se mueve hacia el este (placa del océano Pacífico), y. esta última, se hunde bajo el continente. Las reacciones físicas y químicas entre el material de la corteza que se hunde y el manto originan el vulcanismo y los terremotos. (Tomado de Takeuchi y de otros, 1967.)
Cuando chocan las placas se producen fenómenos desde el punto de vista geológico. Si dos placas que transportan continentes se encuentran, se origina un pliegue montañoso. El Himalaya, por ejemplo, se formó cuando la India se desplazó hacia el norte contra Asia. Cuando una placa oceánica choca contra un continente, como ocurrió cuando el nordeste del Pacífico chocó contra Asia y el sudeste del mismo océano lo hizo contra Sudamérica, se sumerge bajo la placa continental más liviana y su camino de descenso queda marcado por un plano inclinado de los hipocentros de los terremotos llamado (en honor al sismógrafo norteamericano Hugo Benioff) zona de Benioff, por un foso oceánico, mar adentro, y montañas encogidas, al borde del continente. Cuando el material que se hunde desciende a una profundidad considerable, se funde y. lentamente, se recicla, formando así una cresta en una acción de tipo de correa transportadora que, se supone, es arrastrada por las corrientes. La asociación del vulcanismo activo con el descenso de las placas no es casual, sino que se debe a que los materiales más livianos pierden el gas al hundirse. No todas las placas chocan de frente, sino que algunas giran un poco mientras se trasladan. El nordeste del Pacífico golpeó de refilón sobre la costa oeste de Estados Unidos y se sumergió bajo las islas Aleutianas, separando a la Baja California de México y produciendo la conocida falla de San Andrés y sus ramificaciones, a la que están ligados la mayor parte de los terremotos de la zona.
Las dos pruebas que sirven de base a la idea de que el fondo del océano se está expandiendo realmente son las “anomalías magnéticas" y la datación por el potasio-argón de las rocas del fondo del océano. Aunque la dirección del campo magnético de la Tierra —es decir, la localización geográfica de los polos magnéticos, que no coinciden totalmente con los polos geográficos— no ha cambiado sensiblemente desde los tiempos del comienzo del Terciario, su polaridad se ha invertido —o sea, que los polos magnéticos del norte y del sur se han hecho intercambiables— varias veces, de un modo brusco, a través de los tiempos geológicos. La última inversión conocida sucedió entre 13.500 y 17.500 años atrás. No se sabe ni cuándo ni por qué se produjo, aunque debe relacionarse de algún modo con el núcleo fluido exterior de la Tierra que creó el campo magnético principal cuando ésta giraba sobre su eje como una dinamo gigantesca. Cualquiera que haya sido la razón, las capas que se formaron a raíz de erupciones en las distintas épocas geológicas muestran alteraciones de la polarización normal e invertida{56}, polarización que puede estar en relación recíproca en todo el globo.
Se ha pronosticado que si el fondo de los océanos se está expandiendo desde las crestas medio-oceánicas, como afirma el concepto de las placas tectónicas, la dirección paleomagnética alternativa de las rocas que se han formado en épocas sucesivas de polaridad magnética alternativa debería mostrar anomalías en el esquema del campo magnético, tales como franjas paralelas a la cresta dorsal del centro del océano a ambos lados, cosa que se ha confirmado por las investigaciones magnéticas realizadas allí (para las que se utilizan magnetómetros aéreos o remolcados por barcos). La velocidad de esta expansión se ha estimado en. al menos, un centímetro por año, aunque algunos la elevan hasta ocho centímetros y. además, la velocidad no ha sido constante. Las pruebas de las anomalías magnéticas son confirmadas por los resultados de la datación de carbono-14 realizadas en las rocas del fondo del océano a distintas distancias de la Cresta Dorsal del Atlántico Medio. Las edades que se obtuvieron coinciden con las pronosticadas en las pruebas de polaridad, indicando un aumento uniforme desde el centro a ambos lados de la cresta.
No se necesitan, pues, más argumentos para probar que nunca existió una masa de tierra, o isla, en el océano Atlántico, al menos no desde el tiempo que el hombre está sobre el planeta. Pero aún hay otra comprobación, surgida desde el campo relativamente reciente de la paleoclimatología, que aporta otro grano de arena para confirmar que no existe una Atlántida sumergida en el océano Atlántico. Por medio de técnicas biogeoquímicas fundamentadas en las proporciones en que se halla el estable (es decir, no radiactivo) isótopo de oxígeno en las conchas de los organismos marinos, es posible determinar la temperatura del agua en la que viven dichos organismos y en la que secretan sus conchas. La mayoría de los átomos de oxígeno tienen un peso atómico de 16, pero algunos pocos —en el oxígeno de la atmósfera alrededor de dos sobre mil— tienen un peso de 18. Por estudios realizados sobre especies vivas se sabe que cuanto más fría está el agua, mayor es la proporción de oxígeno «pesado» (O18) que interviene en la composición del carbonato de la concha. Por tanto, midiendo las proporciones relativas de los dos isótopos de oxígeno en los fósiles de conchas, es posible calcular la temperatura de las aguas marinas de la antigüedad, lo que, a su vez, indica cómo era el clima en aquel entonces. (Este condensado esquema del método está muy simplificado, pero sirve para ofrecer una idea general del principio en que se basa.) De cualquier modo, las investigaciones paleoclimáticas indican que hace 11.500 años, el océano Atlántico, en una latitud media, era frío —precisamente en el punto en que se supone que estaba la Atlántida—, como podía esperarse, ya que esta época se sitúa hacia el final de las glaciaciones del Pleistoceno. Sin embargo, el clima que describe Platón en la Atlántida era suave y bastante parecido al del área del Mediterráneo en los últimos miles de años.
Tras eliminar, desde el punto de vista geológico, la posibilidad física de que existiera en alguna parte una antigua masa de tierra sobre el Atlántico, toda argumentación sobre la Atlántida basada en similitudes culturales y lingüísticas cae por su propio peso. Si estas similitudes no son simplemente casuales o imaginarias, deben de tener alguna otra explicación. (No obstante, estas preguntas van más allá de los fines de este horizonte geológico.) O bien la Atlántida existió en otra parte, o nunca existió, excepto en la imaginación de Platón.
Seleccionando con sensatez aquellas partes del relato de Platón que resultan apropiadas, y desechando las que aparecen como distorsiones o exageraciones, cabe suponer el enclave histórico de la Atlántida en cualquier parte del globo y. en verdad, es difícil encontrar ninguna zona de éste que no haya sido propuesta en uno u otro momento: el Ártico; varios lugares de Europa y del Mediterráneo; África del Norte y del Sur; América del Norte, del Sur y Central; Sri Lanka e, incluso, el Pacífico Sur. En muchos casos, la elección del punto revela una buena dosis de chauvinismo, y el que hace la propuesta trata de probar que su propio país constituyó el enclave real de la Atlántida. o que su nación desciende de los atlantes y, por tanto, sus miembros son superiores a los demás. Spence, por ejemplo, afirma:
«Si se le permite a un patriota escocés jactarse, diré que creo firmemente en la superioridad mental y espiritual de los escoceses, lo que se debe, en gran parte, al predominio de sangre Cro-Magnon que, seguramente, corre por las venas de sus gentes... Los ingleses también, sin duda, extraen su cordura, su poder físico y la marcada superioridad en las cosas mentales de la misma fuente y. si la mayor parte de su sangre es ibérica, ¿no deriva esto, también, de la Atlántida? A la mezcla de sangre Cro-Magnon e ibérica se debe el genio de Shakespeare y de Burns, de Massinger y de Ben Jonson, Milton, Scott y, para referirnos a nuestra época, H. G. Wells y Galsworthy son casi Cro-Magnon puros...»
Los vascos también reclaman el ser descendientes de los habitantes de la Atlántida y creen que su lengua, que no se relaciona con ninguna otra actual, es lo que queda de la lengua original de la Atlántida. El gran erudito sueco del siglo XIX Olaf Rudbeck creía, como muchos de sus contemporáneos, que su nombre se recordaría principalmente por un inmenso tratado inacabado en el que «probaba» que la Atlántida era la península escandinava, y Suecia el lugar de origen de la civilización. Sin embargo, se le recuerda, en realidad, como el descubridor del sistema linfático del cuerpo humano.
Cualquier tratado sobre todas las sugerencias de lugares alternativos para la Atlántida llenaría por sí solo un libro de considerables proporciones. El lector que se interese por más detalles puede consultar el completo trabajo de L. Sprague DeCamp que se titula Lost Continente (Continentes perdidos), publicado por primera vez en 1954 y reimpreso, tras ser revisado, en 1970. Sus disquisiciones geológicas son meditadas y sus argumentaciones son fundamentalmente sensatas{57}.
El mismo proceso de aceptación y rechazo que permite considerar las numerosas localizaciones alternativas de la Atlántida puede ser invocado con respecto al enclave de los egeos. Entonces, ¿por qué debe tomarse con más seriedad que otros? Porque, por primera vez, los dos elementos esenciales y absolutos del relato de la Atlántida —una civilización superior y una catástrofe natural— están presentes en ambas.
La primera persona que pensó que era posible que los minoicos fueran el prototipo de los habitantes de Atlántida fue el erudito K T. Frost, quien, primero en una carta anónima enviada al Times de Londres el 19 de enero de 1909, y luego en una exposición más detallada en que reconocía la autoría de la carta, enfatizaba que la leyenda tenía sentido si se la consideraba como histórica desde el punto de vista egipcio. A los egipcios, la desaparición de los minoicos, cuando parecían ser más fuertes y más seguros, les debió de parecer como si éstos se hubieran hundido en el mar. Pero los escépticos, que exigían una sumersión literal de la Atlántida, no tardaron en señalar que Creta está aún, en gran parte, sobre el nivel del mar. En 1928, un ruso, L. S. Berg, trató de localizar la Atlántida en el Egeo, cerca de Creta. El Egeo se formó en tiempos geológicos recientes (Cuaternario) por la subsidencia de un bloque de tierra («Aegeis») que en otros tiempos unía la península balcánica con Turquía. Pero hoy sólo quedan los puntos más altos sobre el nivel del mar que constituyen las islas del Egeo. Berg creía que el recuerdo de estas antiguas tierras podría haber sido transmitido a los minoicos, quienes, a su vez, las pudieron mencionar a los egipcios durante sus transacciones comerciales, y que estos últimos pudieron haber deducido del relato la tradición de una catástrofe. Esta teoría no es muy recomendable porque requiere que se recuerde el fin de los egeos después de diez o cien mil años, puesto que, en realidad, este fin se produjo gradual e inadvertidamente.
Cuando Marínatos propuso, en 1939, su teoría de la destrucción volcánica de la Creta minoica, se apresuró a reconocer sus implicaciones para con la Atlántida. En 1950 publicó un trabajo en el que demostraba que, posiblemente, el mito de la Atlántida había surgido de la fusión de varios episodios distintos que tuvieron lugar durante un espacio de tiempo de alrededor de novecientos años, pero que se centraban en «la destrucción de Thera acompañada por un fenómeno natural que se percibió en puntos tan lejanos como Egipto» originando «el mito de una isla, poderosa y rica más allá de lo imaginable, que terminó hundiéndose». Dado que este trabajo se publicó originariamente en griego (la versión inglesa no fue publicada hasta 1969, por el First International Scientific Congress on the Volcano of Thera (Primer Congreso Internacional sobre volcanes de Thera]), no recibió el general reconocimiento. El interés actual debe atribuirse a A. G. Galanopoulos, quien, en una serie de trabajos que comenzaron en 1960, se esfuerza en demostrar que las erupciones de la Edad del Bronce de Santorín no sólo explican la Atlántida, sino también varios otros mitos y tradiciones semihistóricas, incluido el diluvio de Deucalión.
Las teorías de Marínatos y de Galanopoulos representan dos caminos distintos que conducen desde la Creta minoica hasta la Atlántida. La ruta de Galanopoulos se basa en la creencia de que la confusa información histórica que existe sobre las erupciones de Santorín y sobre los minoicos fue llevada a Grecia desde Egipto por medio de Solón, que la tradujo, y que fue transmitida a Platón, quien la registró unos doscientos años después Para recorrer este itinerario es necesario encontrar una explicación lógica a las diferencias entre la descripción de Platón y lo que se sabe respecto de los minoicos y las erupciones de la Edad del Bronce.
Se comenzará por seguir !a ruta de Galanopoulos, aunque no necesariamente paso a paso. ¿Se puede ir desde Creta y Santorín hasta la Atlántida sin hallar algún obstáculo insuperable? La única forma de averiguarlo es considerar separadamente cada hito importante en la descripción de Platón (suponiendo, por el momento, que se basa en un documento real) y juzgar si encaja en la Creta minoica y/o Santorín y. de no ser así. si existe alguna explicación verosímil para conciliar las discrepancias.
1. Según Timeo, la antigua Atenas se fundó nueve mil años antes de los tiempos de Solón, y guerreó con la Atlántida en algún momento posterior no determinado; según Critias, la guerra fue nueve mil años antes de los tiempos de Solón. (Si Platón estaba en realidad informando, esta inconsistencia revela un cierto descuido por su parte.)
Uno de los argumentos fundamentales de Galanopoulos estriba en que todas las cifras por encima de 100 (en los textos griegos) se han exagerado diez veces como resultado de un error de traducción introducido cuando el sacerdote egipcio le comunicó el relato a Solón: al traducir la palabra o símbolo egipcio de 100 se registró como 1.000. Como se verá más adelante cuando se analicen otras medidas, esta idea tiene bastante sentido, ya que reduce todas las cifras —ya se refieran a tiempo, lugar o número de personas y barcos— a valores que son compatibles con lo que se sabe de la Creta minoica. Sólo alguien que haya tenido la oportunidad de comparar las traducciones con los originales puede apreciar la bella simplicidad y la lógica del argumento de un error de traducción. Como constante consumidora, a veces editora, y. en la actualidad, traductora profesional de textos técnicos, os puedo asegurar que un error como el que pretende Galanopoulos es trivial para la mayoría de la gente en comparación con algunos otros escritos que he visto, tanto publicados como inéditos.
Se sabe que Solón visitó Egipto cuando era joven. Por tanto, no es seguro el momento exacto de su visita. Se cree, sí, que acaeció en algún momento entre 593 y 583 a.C., pero también pudo haber sido después del 570 a.C. De cualquier forma, si se reemplaza 900 por 9.000 años, tanto la fundación de Atenas como la guerra con la Atlántida se sitúan dentro de los límites de error admitido de los datos obtenidos por el carbono-14 para las erupciones minoicas, y un conjunto de datos (después de 1470 a.C.) se aproxima a la datación arqueológica para el fin de la Creta minoica.
2. «Este poder vino desde el océano Atlántico... y había una isla que estaba frente al estrecho... llamada las Columnas de Hércules: la isla era más grande que Libia y Asia juntos...»
Galanopoulos piensa que Platón trasladó la Atlántida al océano Pacífico, comprendiendo que una isla de dimensiones tan exageradas no podía estar en el Mediterráneo. Entonces, presentó argumentos para probar que las «Columnas de Hércules» se referían al principio, no al estrecho de Gibraltar, sino a los cabos Malea y Taenarum (Matapán) (véase fig. 28). No veo la necesidad de falsear la geografía de las «Las Columnas de Hércules». Ya fuera el mismo Platón o algún antiguo egipcio el que ubicó la Atlántida en el océano Atlántico, esto significa que habría estado más allá del estrecho de Gibraltar, y Platón, naturalmente, utilizaba el nombre por el cual él conocía el estrecho.
3. «La isla... era el camino hacia otras islas y. desde allí, se podía pasar a todo el continente opuesto...»
No cabe duda de que Creta era un paso entre África del Norte. Asia Menor, las islas orientales del Mediterráneo y Europa. Como indica J. V. Luce, «desde el punto de vista egipcio, ésta es una descripción bastante exacta de Creta como puerta de entrada hacia las Cicladas y la parte continental de Grecia».
4. La Atlántida era un «reino grande y espléndido» que gobernaba también sobre otras islas y parte del continente y había dominado a parte de Libia dentro de las Columnas de Hércules «llegando hasta Egipto y. desde Europa, hasta Tirrenia».
Políticamente, los minoicos controlaron Creta, muchas de las islas egeas y parte de la Grecia continental, mientras que, desde el punto de vista económico, su influencia se extendió, por lo menos, hasta Libia, Egipto y Sicilia.
5. Después de que los atenienses derrotaron a los agresivos atlantes, «...se produjeron violentos terremotos e inundaciones, y en sólo un día y una noche... todos los guerreros se hundieron juntos en la tierra, y también la isla de Atlántida desapareció en las profundidades del mar».
Como ya se indicara, a causa de las erupciones minoicas se produjeron intensas lluvias, incluso a grandes distancias del volcán, y debido al efecto siembra de nubes de las cenizas en la parte alta de la atmósfera y un tsunami que se originó en la caída de Stronghyli (como se ha estado denominando a !a erupción previa de Santorín), pudieron calificarse como diluvio cuando y donde se hicieron sentir. La terminación de las explosiones principales pudo haberse interpretado como terremotos, como en el caso del Krakatoa, o cabe que un seísmo tectónico se produjese, dentro de un período razonable, después de la erupción. El clímax de la erupción, incluyendo la caída de la caldera, pudo producirse en un día y una noche. La noticia de la súbita desaparición de gran parte de una pequeña isla debe de haber circulado durante un cierto tiempo por todo el Mediterráneo, probablemente sin alteraciones. Al escucharla. ¿no es posible que los egipcios ataran cabos y la unieran a la desaparición más o menos brusca de los comerciantes minoicos? Pero, oyeran o no algo sobre la isla desaparecida, va qué agente podían atribuir los hogareños egipcios la errónea interpretación de la desaparición de toda Creta más que a un terremoto? Aún ahora, como ya se ha visto, la gente cree toda clase de cosas imposibles sobre los terremotos.
6. «...El mar en esa parte es imposible de pasar o penetrar porque en el camino hay un bajío pantanoso que se debe al hundimiento de la isla» (Timeo): «Y después de haber sido hundida por un terremoto (Atlántida) se transformó, para los viajeros de aquí que intentaban cruzar el océano que está más allá, en una infranqueable barrera de lodo» (Critias).
No hay bajíos en el Mediterráneo que puedan ser la base de esta teoría, pero tampoco hacen falta. Como ya señalara Galanopoulos, cuando se produjo la erupción minoica, el mar alrededor de Santorín debió de estar cubierto por una capa espesa de pumita. Probablemente fue más espesa que la que se formó alrededor del Krakatoa en 1883, y en ese caso llegó a tener más de diez pies (tres metros) de espesor. Para los pequeños barcos de la Edad del Bronce, el mar cubierto de piedra pómez resultaría verdaderamente imposible de navegar hasta que la pumita que flotaba se dispersase gradualmente gracias al viento y a las olas o cuando, saturada de agua, se hundiera hasta el fondo. Si la caída de la caldera se produjo cuando la pumita todavía formaba esta capa, es decir, como la culminación de una erupción, es más fácil comprender la conexión entre la isla que se hundía y el bajío enfangado de la descripción.
7. La Atlántida estaba dividida en diez partes, gobernadas por los descendientes de cinco pares de gemelos masculinos que habían nacido de Poseidón y de una mortal, Cleito. El mayor se llamaba Atlas y era «rey sobre los demás». Sus descendientes «poseyeron tal cantidad de riquezas como nunca habían poseído antes los reyes y los potentados... y tenían todo lo que necesitaban, tanto en la ciudad como en el campo, porque, debido a la magnitud de su imperio, muchas cosas se recibían desde el extranjero...»
Esto es compatible con lo que se sabe de la riqueza de los minoicos, comerciantes-marinos gobernados por una confederación de sacerdotes sometidos a la supremacía de Cnosos.
8. En la descripción de Platón, los detalles geográficos de la Atlántida no están del todo claros, y esto se demuestra por el hecho de que distintos traductores discrepan en cuanto a la versión precisa de varios pasajes. La parte del país en que vivía Cleito era donde luego se levantó la Metrópolis de Atlántida, que se describe como «el llano más bello y más fértil»; en el centro de éste había una colina baja, a cincuenta estadios{58}, aparentemente, desde el borde del llano. Pero, la misma ubicación de este valle es algo ambigua: dos traductores coinciden en que estaba hacia el mar; un tercero dice al borde del mar y extendiéndose hasta el centro de la isla.
Alrededor de la colina, Poseidón había creado zonas alternativas, perfectamente circulares, de mar y tierra. Todos los traductores están de acuerdo en que la isla central, en la que se construyeron el palacio real y otros edificios, tenía cinco estadios de diámetro; la zona interior de mar, un estadio: las zonas de mar y tierra que seguían, dos estadios cada una; y la zona exterior de mar y tierra, tres estadios cada una. Los posteriores reyes de Atlántida construyeron puentes sobre las zonas de mar y dragaron un canal desde el mar hasta el puerto interior. El canal tenía trescientos pies (noventa metros) de ancho, cien pies (treinta metros) de profundidad (tres plethra y un plethrum, en griego) y cincuenta estadios de longitud. Si dibujamos un plano siguiendo estas especificaciones, se obtendrá un esquema como el de la figura 37.
La descripción del campo circundante es menos clara. La traducción de Jowett dice que toda la campiña era elevada y escarpada del lado del mar, pero rodeando inmediatamente a la ciudad había un valle oblongo y llano, rodeado de montañas que descendían hasta el mar. Según la traducción de Taylor, cada sitio cercano al mar era elevado y abrupto, pero alrededor de la ciudad había un llano circular «bordeado y encerrado por las montañas» que se extendían hasta el mar. Y. finalmente, la versión de Loeb cuenta que toda la región «se elevaba perpendicularmente desde el mar hasta una gran altura, pero que la ciudad estaba en un suave valle.... circundado por montañas, que se dilataba hasta el mar». Todos coinciden en que el llano tenía tres mil estadios de longitud y dos mil de anchura. ¿«Esta parte de la isla miraba al sur y estaba protegida del norte» (Jowett): o es que «toda la isla estaba orientada hacia el sur, pero sus extremos lo estaban hacia el norte» (Taylor); o tal vez «esta región, a lo largo de toda la isla, miraba hacia el sur y estaba protegida de los vientos del norte» (Loeb)?
Fig. 37. La Metrópolis de Atlántida, dibujada según las descripciones de Platón.
¡No cabe duda de que, como afirma Galanopoulos, Platón describía dos lugares distintos! El sugiere que la Metrópolis de Atlántida estaba en la isla de Stronghyli, y la Ciudad Real y el valle de sus alrededores en la parte continental de Creta, siendo la primera el centro comercial y la segunda el asiento del gobierno. En este contexto, los pasajes que describen Metrópolis podrían aplicarse a la época anterior a la caída de Santorín. Las dimensiones resultan acertadas: ninguna de las cifras es un número mayor que cien (en las unidades griegas), y. por tanto, no han estado sujetas a un posible error de traducción. Si por alguna razón Santorín era todavía una caldera antes de la erupción minoica, como lo era Krakatoa en 1883, y si esa caldera estuvo llena parcialmente en la siguiente erupción, lo mismo que se está llenando la caldera en la actualidad, sólo que un poco más, es posible, entonces, que el Stronghyli tuviera una depresión central con una pequeña colina en su centro. Pero, para que esto encaje literalmente con la descripción de la Metrópolis, el fondo de la supuesta caldera pre-minoica tuvo que ser lo suficientemente baja como para que el mar fluyera por el canal artificialmente excavado (lo que supondría una tremenda empresa de ingeniería aun en los depósitos piroclásticos), y esto no es coherente con la actual interpretación de la configuración del volcán antes de la caída. Hasta donde se sabe, se elevó desde el mar hasta formar un pico de altura desconocida. En cualquier caso, aun cuando existiera alguna vez, buscar, como se ha sugerido, los restos de la Metrópolis de Atlántida en la actual bahía de Santorín se trata de algo excesivamente optimista. Cualquier resto de obras humanas que pueda estar en el fondo del mar después de la caída, hace mucho tiempo que habrá quedado enterrado bajo los productos de la erupción que forman el actual Kamenis (véase fig. 31).
Por otra parte, la semejanza entre el valle alrededor de la Ciudad Real y el llano de Mesara, en Creta, es innegable. El valle de Mesara es ovalado y llano, se encuentra al lado sur de Creta, está protegido del norte y sus dimensiones se ajustan si se dividen por diez. Sin embargo, no es Cnosos la que está en el valle de Mesara, sino Festos. y si Creta era la isla principal de la Atlántida, sin duda, sería Cnosos la Ciudad Real. Luce desecha la idea de que la descripción de Platón de la Metrópolis de Atlántida se refiera a Stronghyli y sitúa la Metrópolis en Cnosos, que está en el montículo de Cefala, en un valle fértil y rico.
9. Se dice que Poseidón dotó a la isla central de Metrópolis con agua corriente fría y caliente por medio de dos manantiales.
El manantial cálido se ha esgrimido en favor de Santorín como el enclave de Metrópolis, ya que la actividad térmica se suele asociar con los volcanes. Como regla general, esto es cierto, pero la asociación se produce cuando ha habido actividad volcánica en el pasado geológico reciente, como es el caso del Yellowstone National Park (Parque nacional de Yellowstone): muy raramente (si es que alguna vez) se hallan inmediatos o alrededor de volcanes que aún están en actividad. Las áreas termales de Islandia, por ejemplo, están ligadas a la juventud geológica, pero en ellas actualmente las erupciones volcánicas se han extinguido, mientras que no hay manantiales cálidos en Hekla y otros volcanes vivos. En lo que a Creta se refiere, no es ni nunca ha sido volcánica. Hasta donde se sabe, no existen allí manantiales cálidos, ni siquiera del tipo que se debe a flujos surgentes que proceden del interior de la tierra (como los de Carlsbad) y no a antiguos volcanes extinguidos.
10. Poseidón hizo «que surgieran del suelo, y en abundancia, todo tipo de alimentos». Había gran cantidad de madera para el trabajo de los carpinteros, y todo lo necesario para mantener a los animales salvajes y domésticos. Toda clase de productos fragantes —raíces, hierbas, maderas o esencias destiladas de las frutas y las flores, también frutos cultivados y castaños—, «todo esto, agradable y maravilloso, lo tenía en infinita abundancia esta isla sagrada».
Esta descripción de una tierra de esplendoroso verdor no se parece en nada a la moderna y yerma Creta, y no hay fundamentos para suponer que el clima fuera sustancialmente diferente hace tres mil quinientos años. Seguramente, el Santorín de antes de la caída podría haber sido más húmedo si sus picos eran lo bastante altos como para lograr que las nubes dejaran caer la lluvia en sus flancos: y los árboles deben de haber sido más abundantes en Creta porque sus bosques proporcionaron cipreses para los navíos venecianos hasta los tiempos medievales. Creta llama la atención, aún hoy, por las plantas y las hierbas aromáticas: el tomillo salvaje crece en todas partes propagando en el aire su fragancia cuando se pisa al pasar; los líquenes comunes de Creta se han hallado en las tumbas egipcias y pudieron importarse hasta allí para ser empleados en perfumes, y los aceites aromáticos de Creta se usaban en Egipto para embalsamar. En la Creta actual, también se cultivan frutas. Las viñas crecen en todas partes y se utilizan para fabricar vino, para servir las uvas en la mesa o preparar pasas de uva; las naranjas se cultivan, pero en suelos irrigados; las higueras y los olivos también se hallan por doquier. Pero, por otra parte, las grandes extensiones de Creta seguramente fueron siempre improductivas, aun cuando la cantidad de tierra cultivada en los tiempos minoicos fuera la misma que en la actualidad. En 1948l el 8% del suelo era de labranza; el 10% lo constituían viñas, olivos y huertos; el 5%, barbecho; el 7%, forraje; el 2%, bosques, y un 48% era madara, es decir, tierra desnuda utilizada para pastoreo (especialmente ovejas y cabras); el restante 20% constituía la zona improductiva y montañosa. Al menos la mitad de la madera debió de constituir bosques vírgenes en los tiempos minoicos, pero los despeñaderos y los torrentes debieron de existir y ser como los actuales. Además, ahora, la mayor parte de los cultivos son posibles sólo gracias a los amplios terraplenes y. en realidad, no hay modo de saber si los minoicos utilizaron de forma semejante las escarpadas laderas de las colinas.
11. En la Atlántida «había toda clase de animales, tanto los que viven en lagos y pantanos y ríos como los que habitan en las montañas y en los llanos», y. entre los animales salvajes, se encontraba el «más grande y voraz de todos»; el elefante.
Los lagos y los pantanos casi no existen en Creta y sólo hay dos cursos de agua permanentes. Y si bien no resulta difícil imaginar que algunos elefantes pudieran importarse a Creta como curiosidad, la lógica rechaza la idea de que los rebaños erraran por allí. Un fresco egipcio muestra un mensajero cretense portando un colmillo de elefante. Sin embargo, se ha dicho que quizá los egipcios supusieron que el marfil venía de Creta, mientras que. en realidad, los minoicos pudieron cazar elefantes en el norte de África, o adquirirlos en sus relaciones comerciales con Siria, que se sabe que tenía elefantes en tiempos de Tuthmosis III de Egipto, que reinó hasta 1439 a.C.
12. Los atlantes «extraían de la tierra todo lo que allí se encontraba». incluso oricalco, «en aquellos días más preciado que nada, excepto el oro».
Los recursos minerales de Creta y de otras islas del Egeo son limitados Los minoicos debieron importar una gran parte de los metales que necesitaban. El oricalco. o «montaña de bronce», se supone que era una aleación de cobre y cinc —en otras palabras, latón— que se fabricaba empíricamente agregando «cadmio» (óxido de cinc) en polvo sobre el cobre fundido. Los antiguos desconocían el cinc como metal. No se sabe si los minoicos conocieron el oricalco, ni si se trata del oricalco mencionado en la descripción de la Atlántida, porque de este último se dice que «brillaba con una luz roja», o «resplandecía con ardiente esplendor», o «centelleaba como fuego», depende de qué traducción se lea: todo lo cual indica un tinte rojizo que el oricalco conocido no tiene , ya que es más blanquecino que el latón común.
13. El palacio real construido en el enclave de la colina de Cleito era suntuoso, ya que cada rey luchaba por sobrepasar a su predecesor en la ornamentación, «hasta que lograron que el edificio fuera una maravilla por su tamaño y por su belleza».
¿Cnosos a la perfección?
14. Cada área del centro de la Metrópolis de Atlántida estaba rodeada por un muro de piedra que se extraía de las profundidades de esas áreas. Una clase de piedra era «blanca, otra negra y una tercera roja». El muro alrededor de la isla central o acrópolis estaba cubierto con oricalco: el de la zona siguiente, con estaño; y el que bordeaba la zona exterior, con latón. A cincuenta estadios desde el puerto exterior «se llegaba a un muro que empezaba en el mar y seguía alrededor» de Metrópolis, «al final del cual se hallaba la desembocadura de un canal que llevaba hasta el mar».
Las piedras blancas, rojas y negras se encuentran en Santorín, pero también en cualquier sitio del Egeo. De cualquier modo, seguramente los minoicos no rodeaban sus asentamientos con murallas, ni las revestían con metales ni con cualquier otro material.
15. La acrópolis que había sido la colina de Cleito se vio favorecida no sólo por la instalación del palacio real, sino también por espléndidos templos, uno de Cleito y Poseidón y otro sólo de éste, en el que había diversas estatuas de oro, una inmensa del mismo dios, de pie en un carro romano, y otras imágenes «dedicadas por particulares», mientras que en la parte exterior, bordeando el templo, había estatuas de oro «a las que se les había dado los nombres de los diez reyes» y de sus mujeres.
Decididamente, los minoicos no construían templos ni erigían estatuas heroicas, ni tampoco, hasta donde se conoce, adoraban a un dios del mar. Su religión parece haberse centrado en una madre- diosa, de la cual sólo modelaban o tallaban pequeñas figuras de 30 a 60 centímetros de altura.
Í6. En torno a los manantiales de agua fría y caliente de que los había provisto Poseidón, los atlantes construyeron edificios y plantaron árboles. «También hicieron cisternas, algunas a cubierto y otras al aire libre, para usarlas en el invierno como baños calientes. Había baños para los reyes y baños para uso de la gente común... y había baños para las mujeres...»
Estos detalles se ajustan a la vida minoica de palacio. Los palacios estaban equipados con baños, no sólo para uso de sus habitantes sino también para los baños rituales de los visitantes, antes de que éstos llegaran a presencia del rey. En Cnosos al menos, la reina tenía su propio y elegante baño.
17. En el valle en derredor de la Ciudad Real había un foso que la bordeaba, de cien pies (treinta metros) de profundidad, trescientos pies (noventa metros) de anchura y treinta mil pies (nueve mil metros) de longitud, que se llenaba con los cursos de agua que descendían de las montañas, canalizados hasta el mar. Una red de canales que se comunicaban, alimentados por el canal principal, cruzaba el valle en varias direcciones y por ellos se enviaba la madera talada de las montañas, y también se transportaba a la ciudad los productos del valle. Dos veces al año «juntaban los frutos de la tierra, disfrutando de las ventajas de las lluvias en invierno y de las aguas que proveía la tierra en el verano, cuando se conectaban los cursos de agua a los canales».
Reduciendo en diez veces las dimensiones de este sistema de canales coincide con el valle de Mesara en Creta, pero, aunque la concentración de las lluvias en invierno está de acuerdo con el clima mediterráneo, el total de precipitaciones caídas que implica esta descripción es mucho más elevado que el que tiene Creta. Tampoco existen rastros de un sistema de irrigación en el valle de Mesara ni en ningún otro lugar, al menos hasta ahora.
18. Para fines militares, la Ciudad Real estaba dividida en sesenta mil lotes de diez estadios cuadrados, cada uno con un conductor que debía participar con hombres y materiales en caso de guerra: un carro romano por cada seis lotes, además de caballos y jinetes, soldados armados con armas pesadas y livianas (estos últimos incluían arqueros, hondero, lanzador de piedras y tiradores de jabalina) y marinos para complementar mil doscientos barcos. Los otros nueve gobiernos elevaban sus contribuciones de modo algo distinto que no se especifica.
Reduciendo estas grandes cantidades por el factor diez, la cantidad de barcos y carros desciende a proporciones más creíbles. Sin duda, el sacerdote-rey de la Creta minoica debió de compartir la responsabilidad para asegurar la defensa de la nación, posiblemente en líneas generales, tal como se describe.
19. Los reyes de la Atlántida se encontraban cada pocos años para discutir sus intereses comunes y para administrar justicia, y en esa ocasión aseguraban su lealtad en una ceremonia que se describe con algún detalle. Se soltaba a los toros en el templo y se los cazaba sólo con garrotes y lazos: el que se atrapaba era conducido al pilar sagrado en que estaban inscritos los preceptos de Poseidón y. luego, lo sacrificaban del modo habitual.
Si los minoicos asociaban al toro con el dios del mar, como hacían los griegos —y. hasta donde se sabe, no lo hacían—, o no. es obvio que lo creían sagrado, como demuestra el hecho de que el toro es uno de los motivos más frecuentes en su cultura. La caza de los toros con redes se describe en los vasos de oro minoicos hallados en Vapheio, en Esparta. La representación de los toros atados y listos para el sacrificio en el altar también se conoce. El salto del toro, aunque era un espectáculo para el público, debió asimismo de poseer un significado religioso, por lo menos en sus comienzos. La idea del pilar sagrado ofrece otro elemento de semejanza con los minoicos, y hace más posible que los atlantes fuesen los minoicos.
Suponiendo que cuando los comerciantes minoicos dejaron bruscamente de ir a Egipto, algunos sacerdotes egipcios recopilaran la información de que disponían respecto de la geografía, el gobierno. las costumbres de los minoicos y las circunstancias de su desaparición como gran poder, se puede esperar que su relato contenga alguna información que sea razonablemente precisa, mucha que estaba deformada en distintos grados y. posiblemente, algunos hechos que no pertenecían en absoluto a Creta o a los minoicos. Revisando la argumentación presentada en los apartados 1 a 19 que se detallan más arriba, se ve que 3. 4. 7. 13. 16, y especialmente el 19, se ajustan a la descripción general de la Creta minoica, y que 1, 2, 5, 6, 8, 9, 17 y 18 pueden encajar, con correcciones, a veces muy fácilmente, y otras sólo con argumentos tortuosos. Sin embargo. 11, 12, 14 y 15 resultan completamente opuestas a lo que se sabe. Y debajo de todo esto hay una pregunta insistente: si Solón estaba tan impresionado con el relato sobre la Atlántida que intentaba escribir un poema épico sobre ella, ¿por qué no se lo dijo a nadie, ni siquiera a su amigo más íntimo? ¿Temía que otro escritor le robara la idea? Sin embargo, esto continúa sin explicar por qué Critias. a su vez, guardó el relato para sí desde la edad de diez años, en que lo escuchó por primera vez, hasta que fue el hombre maduro que se supone compartía los Diálogos, porque él también proclamó que le había impresionado profundamente.
El terreno que se atraviesa en el camino alternativo desde la Atlántida hasta la Creta minoica se resalta por la premisa de que la descripción de Platón es esencialmente de su propia invención, pero que probablemente no la hizo a partir de nada. Según el sistema tradicional de los escritores, la tejió con trozos de mito y de tradiciones que conocía, y adornó el conjunto con detalles basados en su propia experiencia e imaginación. Si seguimos este camino no necesitamos preocuparnos por explicar las discrepancias entre Atlántida y Creta, aunque resulta interesante especular sobre las posibles fuentes de algunos detalles. Nuestra tarea principal, a estas alturas, estriba en explicar las semejanzas más importantes. ¿Cómo pudo Platón saber tanto sobre los minoicos, que, en su tiempo, eran los olvidados súbditos de un rey mítico?
El mito de Teseo incorpora uno de los dos ingredientes esenciales de la Atlántida y. además, algunos detalles de la vida minoica. La dominación minoica del Egeo se manifiesta en el hecho de que el mítico rey de Creta exigía tributos a Atenas. Los jóvenes y las doncellas que bailaban peligrosamente delante de los toros (frecuentemente, sin duda, con un final trágico) se transforman, en el mito, en ese tributo que se sacrifica a un toro-monstruo. El laberinto del Minotauro es, obviamente, el palacio de Cnosos. La victoria de Teseo sobre el Minotauro refleja el hecho de que los griegos lograron el dominio sobre Creta. Finalmente, el que los minoicos eran un poder marino se afirma directamente en Tucídides. De este modo. Tucídides y el mito, ambos bien conocidos por Platón, suministran la descripción de una nación marina, más fuerte que todos sus vecinos, en cuya cultura el toro desempeña un papel importante, y que fue sojuzgada por los antiguos griegos. O sea, si Platón eligió el supuesto mítico pueblo de Creta como el prototipo de los minoicos, ¿no era lo más lógico que diera a su país imaginario las características geográficas que le hiciesen semejante a Creta, aunque decidiera cambiar su situación y sus dimensiones? Las semejanzas geográficas permiten avanzar por este camino.
Al asignar una religión a sus ficticios marinos atlantes, era también natural que Platón los hiciera adorar al dios del mar sobre todos los otros, y que modelara su culto sobre el de los griegos —incluido el toro como símbolo sagrado (que ya era sobresaliente en el mito de Teseo) y la erección de templos y de estatuas heroicas— llegando a rastrear sus ancestros hasta el mismo Poseidón. En cuanto a los detalles del ritual atlante del toro, parece demasiada coincidencia que, sólo con la imaginación. Platón se haya aproximado tanto a la realidad. ¿Es posible que hubiese visto representaciones de la ceremonia minoica en obras de arte como las copas de Vapheio, objetos perdidos para nosotros, pero que él conocía como antigüedades de la antigua Creta, o incluso de origen desconocido?
Pero, ¿qué sucede con otro de los ingredientes esenciales del relato sobre la Atlántida, su catastrófica desaparición? Ninguno de los mitos y tradiciones referidos a la Creta minoica que podía conseguir Platón, hasta donde se sabe, contiene ni pizca de semejante idea. ¿Pudo sobrevivir algún eco del suceso de Santorín, al menos oralmente, hasta su tiempo, aunque no fuera necesariamente vinculado a Creta?
La erupción de la Edad del Bronce y la caída de la isla de Stronghyli debió resultar impresionante en aquella época, y es sorprendente que la memoria de dicho acontecimiento se hubiera desvanecido en los tiempos de Platón. En definitiva, los indios de Klamath han preservado la tradición de una erupción similar que sucedió hace más de 6.500 años (véase capítulo 6). No obstante, hay varias razones por las cuales el recuerdo de un acontecimiento egeo pudo quedar empañado más rápidamente. Los pobladores del área del Mediterráneo estaban organizados en sociedades mucho más complejas que las de los indios, y su forma de vida cambiaba rápidamente y. muchas veces, hasta con brusquedad. En el intervalo entre la erupción de Santorín y el tiempo en que Platón escribió los Diálogos se produjeron repetidas guerras y otros cataclismos. Frecuentemente, la atención se centraba en los «peligros presentes y reales», y olas de emigración llevaron a nuevos pueblos al antiguo ámbito. En cambio, los indios Klamath siguieron con los mismos esquemas de existencia de la Edad de Piedra en el mismo lugar durante varios miles de años, prácticamente sin cambios hasta la llegada del hombre blanco.
Probablemente, si los que estaban próximos a la escena hubieran sabido escribir, hubiesen redactado alguna crónica de la erupción de la Edad del Bronce, y quizá tal crónica hubiera resultado enigmática, como la de Oíd Mataram (Antiguo Mataram). Pero, en aquel entonces, los griegos no tenían escritura, y la escritura minoica Linear A sólo servía, aparentemente, para propósitos limitados a usos domésticos o comerciales. Sobre todo, los antiguos habitantes de Stronghyli no estaban oprimidos. Es posible que si no hubieran tenido tiempo de huir, el hecho se hubiese estimado digno de consideración, desde el punto de vista de sus contemporáneos, especialmente por aquellos que hubieran perdido amigos o familiares en el desastre. Así, con el tiempo, habría surgido un mito en el que se interpretara un justo castigo divino.
El recuerdo de la erupción pudo oscurecerse para la época de Platón, pero no había muerto por completo. Al menos, algunos ecos de ella han permanecido hasta nuestros tiempos, si bien bajo la forma de mitos y tradiciones semihistóricas que, obviamente, no guardan relación entre sí, ni tampoco con la erupción. Así hemos de suponerlo, ya que las consecuencias de la erupción se debieron de experimentar de un modo distinto a diferentes distancias de la fuente de perturbación, y los que estaban en lugares apartados entre sí no tenían forma de comparar sus impresiones y. por tanto, de entender o deducir que el fenómeno que estaban presenciando tenía un origen común. Y de todos los efectos producidos, el del tsunami, como el del Krakatoa, se debió de extender por todas partes, ya que era el más desastroso y. por tanto, más fácil de recordar que otros. Existe el diluvio de Deucalión, que, como ya se vio, cabe que sea un recuerdo del tsunami de Santorín: y es evidente que Platón tenía a Deucalión en la mente cuando escribió el Timeo, porque les hace mencionar a los sacerdotes egipcios su diluvio, considerándolo como una de entre otras muchas catástrofes.
En Grecia existen muchas tradiciones acerca de inundaciones, y algunas de ellas pudieron surgir a causa de la erupción minoica: Platón pudo tomar de cualquiera de ellas la idea del hundimiento, Apolodoro relata que, una vez. Atenea y Poseidón lucharon por la posesión de Ática (una narración que Luce cree que podría reflejar las tensiones entre los minoicos y los micénicos). Atenea creó el olivo, y Poseidón un manantial. Cuando se decidió que la invención más útil era la de Atenea. Poseidón, enfadado, inundó toda Ática, Pausanias dice que Poseidón perdió una contienda similar, con Hera, por la posesión de Argos y que, por esta razón, inundó el llano de Argive. Poseidón también luchó con Atenea sobre Trecén, el lugar de nacimiento de Teseo, con consecuencias similares: la ola era «el toro del mar» que arrolló a Hipólito, hijo de Teseo, como se describe en una novela de Mary Renault. Los tres lugares están situados en la parte este del Peloponeso, en donde el tsunami de Santorín debió de percibirse intensamente. Sin embargo, no debe culparse a la erupción de Santorín de la muerte del hijo de Teseo, ni de que los micénicos arrebataran el poder a Creta, lo que se manifiesta en la muerte del Minotauro a manos de Teseo, cuando éste era joven. Por tanto, o bien la tradición es inconsistente (hecho que se produce con suma frecuencia), o el «toro del mar» fue un terremoto común originado por un tsunami en una época posterior.
Luce cita algunas otras tradiciones que, incuestionablemente, hacen referencia a tsunamis, pero no necesariamente al de Santorín. En una región tan sísmica como ésta se deben de haber producido muchos terremotos causados por un tsunami que se habrían percibido con más fuerza que el de Santorín, aunque éste haya sido el peor. Cuando Belerofonte, el joven que poseía a Pegaso, el caballo alado, rechazó las insinuaciones de la mujer del rey Proteo, de Argos, ella lo acusó de pretender llamar su atención. Proteo no podía matar a alguien que era su huésped, de modo que envió a Belerofonte a Licia con una carta para el rey Yóbates pidiéndole que matara al portador de la misiva. Pero el rey ya había aceptado a Belerofonte como huésped antes de leer la carta y, por tanto, estaba obligado por el código de hospitalidad. Envió a Belerofonte a matar la Quimera que lanzaba fuego por la boca y que, supuestamente, era invencible (véase capítulo 4), esperando que el joven muriera en su intento. Después de matar al monstruo, hiriéndolo desde el lomo de Pegaso, que lo mantenía a una altura segura. Belerofonte oró a Poseidón para que castigara a Yóbates, y todo el valle de Lidia se inundó con una gran ola.
Estrabón cuenta que, durante el reino de Tántalo, un gran terremoto devastó Lidia y Jonia hasta llegar a Troya: los pantanos se transformaron en lagos y una ola marina inundó toda la región alrededor de Troya. El extraño detalle de la inundación de los pantanos puede ser, como sugiere Luce, el recuerdo remoto de las lluvias torrenciales que siguieron a la erupción, pero también es posible que la inundación de los pantanos se debiera a un terremoto que impidió el drenaje, como ocurrió con el Reelfoot Lake (lago Reelfoot) (véase capítulo 5), y que también pudo ocasionar un tsunami.
En una tradición de Rodas se mencionan específicamente unas intensas lluvias junto con una gran «inundación que vino del mar» -—lo que es una correcta descripción de un tsunami— que arrasó la ciudad de Cyrbe. Después de la destrucción, la región se dividió entre Lindos, Yaliso y Camiro, cada uno de los cuales fundó una ciudad con su nombre. Según el testimonio de Luce, hay pruebas arqueológicas en Triandra, en Rodas, de que, después de que ese asentamiento minoico quedó destruido, se implantó cerca una colonia micénica, probablemente en Yaliso. Los colonizadores minoicos reconstruyeron Triandra y coexistieron con los micénicos durante cierto tiempo, pero, finalmente, fueron dominados por estos últimos, coincidiendo, aproximadamente, con la destrucción final de Cnosos.
Hay otra leyenda griega sobre inundaciones que se origina en Samotracia y que relata un diluvio que sobrevino cuando las barreras que separaban el mar Negro del Mediterráneo se rompieron de pronto y el Bósforo y los Dardanelos fueron separados por el flujo de las aguas. En realidad, el pasaje desde el mar Negro al Mediterráneo quedó cortado a fines del Pleistoceno, lo que se debió a la normal erosión. Frazer denomina a esto «mito de observación», adjudicándolo al acierto de algún antiguo filósofo que «imaginó el origen del estrecho, sin poder explicárselo debido a la extremada lentitud del proceso por el cual la naturaleza lo ha excavado». No obstante, el historiador Diodoro Sículo narra que en sus tiempos (era contemporáneo de Julio César) los habitantes de Samotracia aún ofrecían sacrificios en los altares colocados en todo el país para marcar la línea hasta la que había llegado la gran inundación desde el mar, lo que indica que existió una verdadera inundación que dio base a la leyenda. Es posible que fuera el tsunami producido por el Santorín, como dice Luce, pero, sin embargo, pudo también ser algún otro.
Luce piensa que hay una referencia específica a la erupción de Santorín en el peán de Píndaro para Delos, compuesto por haberlo solicitado las gentes de Keos. Píndaro (522-428 a. C.) pone las palabras en boca de Euxantius, quien ensalza la seguridad de una pequeña isla al abrigo de las intrigas y rivalidades de un gran reino. Euxantius, hijo de Minos, rehusó, para poder permanecer en Keos, la séptima parte de Creta. Como un presagio ante la posibilidad de abandonar Keos, hace referencia a un antiguo desastre: «Temblé al oír el ruido de la batalla entre Zeus y Poseidón. En una ocasión, con un rayo y un tridente hundieron un trozo de tierra y toda una fuerza de combate al fondo del Tártaro, quedando sólo mi madre y la bien protegida casa.» El ruido de la batalla puede muy bien referirse a una erupción. Las explosiones de Krakatoa en 1883 fueron confundidas con el fuego de cañones en varios lugares alejados y. en la época en que el arco y la flecha eran las armas más poderosas de los hombres, tales ruidos sólo podían atribuirse a un conflicto de los dioses. La parte de tierra que se hundió en el Tártaro puede ser, según afirma Luce, la de Santorín que se sumergió, y la «fuerza de combate» el desastre de la marina minoica como resultado de la catástrofe.
Marinatos, en cambio, cree que la caída de un ejército al Tártaro se refiere a la devastación de la costa de Creta, y de otras partes, por el tsunami de Santorín. Personalmente, opino que se refiere más bien al daño producido en el mismo Keos. La destrucción, aparentemente injustificable, que revelan las excavaciones en el asentamiento minoico de Hagia Eirene en esa isla se ha atribuido al tsunami de Santorín: si la tierra y las gentes que cayeron al Tártaro fueron las partes más bajas de Keos y sus habitantes, y si la casa «bien protegida» (o con «poderosos muros») fue lo único que quedó sobre el nivel de la destrucción, entonces la yuxtaposición de estas ideas parece tener más sentido. Al mismo tiempo, resulta tentador pensar que la fuerza de combate a que se refiere fuese un cuerpo militar, y que Píndaro aludiera al mismo hecho que da base a la afirmación que hace Platón, en el Timeo, sobre «todos tus guerreros en un cuerpo» que se hundió en la tierra al mismo tiempo que se sumergió la Atlántida.
Además, hay un elemento adicional en el mito de Talos (véase capítulo 6) que podría ser un eco de la erupción minoica. Se dice que Talos tenía un hijo llamado Leucos («Blanco»), que expulsó al verdadero rey de Creta y mató a su hija Kleisthera («Llave de Thera»), con quien se había comprometido, y destruyó diez ciudades cretenses. Luce piensa que Leucos representa las blancas cenizas minoicas que «cubrieron las ciudades y los campos de Creta después de la “muerte” de Talos».
En la crónica de los Argonautas hay un episodio que es factible que implique el recuerdo de la erupción minoica. Cuando se alejaban de Creta por el mar, después de derrotar a Talos, los Argonautas se vieron envueltos por un «negro caos que venía del cielo, o algún otro tipo de oscuridad que surgía de las cavidades más profundas de la Tierra», y se desorientaron por completo. Jasón oró a Apolo, y el dios del Sol les guió, con el brillo de su arco dorado, a la isla de Anafi (a unos 20 kilómetros al este de Santorín). Supongo que algún barco griego se aventuró, acercándose demasiado, a Santorín durante alguna calma pasajera en la erupción minoica y que quedó atrapado en una densa nube de cenizas después de una inesperada y violenta explosión{59}; no durante uno de los paroxismos, porque, a esa altura, el mar que rodeaba a Santorín habría estado completamente lleno de pumita, lo que en absoluto habría permitido la navegación, sino otro menor, pero capaz de producir un total oscurecimiento que sólo fuese temporal y local. Este barco atracó en Anafi sólo por casualidad si estaban desorientados, y. habiendo salido con vida para poder contar la aventura, la tripulación agregó un detalle que podía incluirse en la historia de Jasón y de los Argonautas por los que, más tarde, relataron el suceso.
Un incidente final en la saga de los Argonautas indica que alguien sabía que la geografía de Santorín había sufrido un drástico cambio poco después del episodio del oscurecimiento. En una primera etapa del viaje de regreso a sus hogares, el Argo cruzó el lago Tritonis (que se cree que es el Chott Djerid. en Túnez), en donde el dios local. Tritón, se había presentado a Euphemus, uno de los pilotos del Argo, con un terrón de tierra. Cuando dejaban Anafi, en el último tramo de su viaje. Euphemus tiró el terrón sobre la borda y éste se transformó en la isla de Caliste, que hoy se conoce con el nombre de Thera.
En la Teogonia de Hesíodo hay un gráfico pasaje que describe la batalla entre Zeus y Tifón, que se mencionara en el capítulo 6; «Y el calor que emanaba de ellos tiñó de púrpura el mar, y se produjeron truenos y rayos y vientos de tormenta enfurecidos, y llameantes descargas de rayos. Y toda la Tierra y el firmamento y el mar comenzaron a bullir. Y largas olas se expandieron formando círculos ardientes que llegaron hasta las partes altas y estalló un inacabable terremoto.» Luce comenta que «este pasaje puede interpretarse como la descripción clásica de una erupción volcánica completada con tormentas eléctricas, terremotos y marejadas. Pero se debe admitir que no hay nada que haga suponer que se trate de Thera.» No estoy de acuerdo, hay algo que la liga a la erupción minoica más que a ninguna otra, y esto es «la marejada». Normalmente, los tsunamis no se asocian con las erupciones, sino con las erupciones submarinas, y sólo unas pocas de ellas. La única erupción de la antigüedad que pudo generar un tsunami, si la caída de la caldera fue súbita, es precisamente ¡la erupción de la Edad del Bronce de Santorín!
En resumen, la mitología y las tradiciones griegas que se refieren a los minoicos y a las erupciones de la Edad del Bronce pueden haber provisto los dos ingredientes básicos de la historia de la Atlántida, pero, como ideas independientes, requerían la fusión que realizó Platón, convirtiéndolas en la historia que relató. Porque aunque sabemos que los minoicos debieron de sufrir más que ningún otro pueblo las consecuencias de la erupción, no hay tradiciones que, específicamente, unan a los minoicos con la catástrofe, o. por lo menos, ninguna que haya sobrevivido hasta hoy.
Si las dos ideas básicas de la Atlántida, el poder de una nación y su hundimiento catastrófico, derivan de la yuxtaposición hecha por Platón, debemos considerar Egipto como la fuente, pero no a partir de un documento específico que Solón hubiese llevado a Grecia. Si se ha escrito alguna información sobre los minoicos y su virtual desaparición, tienen que haber sido los egipcios quienes lo hicieron. Por otra parte, es pedir demasiado que sus crónicas sean correctas, de modo que más bien cabe esperar que exista alguna distorsión. No es posible eliminar la posibilidad de que, directa o indirectamente, pero de algún modo a través de Egipto. Platón conociera la historia del catastrófico final del gran poder. Debido a la barrera del idioma y otras bases de confusión, pudo no haber reconocido a Creta, pero sí elegir a los míticos minoicos como prototipos de los atlantes, ya sea por la supuesta crónica o rumor que existía sobre la gente de Creta o porque (lo que no es sorprendente) le recordaba a la Creta que conocía, por el mito de Teseo y por su propia observación.
Tomando todo esto en consideración, si se cree en la realidad del documento egipcio «citado» por Platón en el Timeo y en Critias (que es dudoso), siguiendo así la ruta de Galanopoulos, o si creemos que Platón imaginó a la Atlántida a través de los mitos y de las tradiciones, algunas de las cuales venían desde Egipto, pero que él alteró arbitrariamente, y agregó detalles de su propia experiencia o su imaginación (lo que es muy posible), si, en definitiva, seguimos de este modo la senda de Marinatos, es factible llegar a la conclusión de que la Atlántida deriva de la Creta minoica. Este argumento no es más probable que ninguno de los otros considerados, pero es más verosímil que muchos de los existentes y. al menos, es menos refutable que otros. Ningún razonamiento que no sea prueba tangible y documentada zanjará la cuestión, y no es muy posible que esta prueba se descubra, aunque el argumento sea perfectamente válido. Aun en el caso en que la civilización minoica no hubiese recibido el golpe de gracia de Santorín, el argumento de una Atlántida minoica no queda eliminado, ya que los minoicos fueron un hecho, y la erupción y caída de Santorín acaeció y pudo haber sido Platón el que unió ambas realidades. De cualquier modo, es de esperar que la Atlántida continúe siendo tema de discusión durante muchos años más. No he encontrado ninguna forma mejor de resumir mi pensamiento que citar una afirmación de Bruce Heezen, uno de los autores del trabajo sobre las cenizas de Santorín, que sienta la teoría de la destrucción volcánica de la Creta minoica sobre una firme base científica: «En lo que se refiere a la Atlántida, es muy divertido, y podemos tener razón.
{52} Desde hace tiempo, las islas Cananas han sido unas de las señaladas como el emplazamiento de la Atlántida, y Spence creía que la última ola de migración de Atlántida llegó a través de esas islas. Pero las Canarias no representan, en su conjunto, los restos de una masa de tierra que se hundió; por el contrario, las islas occidentales de dicho conjunto se han formado desde el fondo de! mar, debido al vulcanismo, durante los últimos diez millones de años
{53} La mayor parte de lo que sabemos sobre las partes de la Tierra que son demasiado profundas como para investigarlas directamente por medio de sondas (lo que significa todo, menos la «piel» de la Tierra) se infiere por el comportamiento de las ondas sísmicas cuando se propagan desde los terremotos hasta las estaciones sísmicas por todo el mundo tras las explosiones, grandes o pequeñas, en los instrumentos sísmicos en tierra o en buques Las ondas sísmicas se desplazan a distintas velocidades según los materiales, y las velocidades para todos los tipos de rocas se han medido en los laboratorios; por tanto, la velocidad de las ondas sísmicas que se propagan en diferentes capas terrestres es una indicación de la clase de roca que constituye esas capas.
{54} Mientras algunas rocas se encuentran en proceso de formación, las partículas magnéticas se imantan en la dirección del campo magnético de la Tierra que prevalezca en ese momento y. en condiciones normales, retienen esa magnetización aunque se cambie fundamentalmente la posición de la roca en relación con el citado campo. Existen varias formas de estos remanentes o imantación de los fósiles. La más útil, porque es muy estable, es la magnetización termorremanente, que es del tipo que toma la lava al enfriarse. Las rocas volcánicas, como el basalto, que tiene una alta proporción de minerales que contienen hierro, incluso magnetita, el material que se imanta más fácilmente, adquirirán un remanente magnetizado que se mide con facilidad. Las rocas sedimentarias que contienen una gran cantidad de óxido de hierro, como la arenisca roja, también sirven, porque sus granos de óxido de hierro se alinean con el campo geomagnético al depositarse. Si se recogen con cuidado muestras de estas rocas, observando su posición exacta en el espacio, la dirección de su fragmento magnetizado se puede, después de la preparación adecuada, medir en el laboratorio y por esta dirección, es posible determinar la posición de los polos magnéticos de la Tierra en el momento en que se formaron. Las medidas paleomagnéticas también registran la desviación polar, que es un tipo diferente de los polos magnéticos. En la desviación polar se produce un movimiento de toda la Tierra (o, al menos, de su «envoltura» exterior) con respecto del polo: o del polo respecto de la Tierra. En el caso que sólo se produzca la desviación polar, no habrá movimientos relativos de los continentes de uno con relación al otro.
{55} El prefijo asteno deriva del griego, de una palabra que significa débil.
{56} El magnetismo «normal» significa que los polos magnéticos norte y sur caen, respectivamente, cerca de los polos geográficos norte y sur, como ocurre en la actualidad El «inverso» es cuando el polo norte magnético está cerca del polo sur geográfico, y viceversa.
{57} Es muy interesante la forma en que DeCamp, con estas palabras, descartó, en 1954, la posibilidad de que los continentes se desplazaran: «En suma, quizá sea mejor situar la teoría de Wegener en la estantería marcada como “muy dudosa” y dejarla allí por el momento» (página 162). En la edición de su obra de 1970 la había sacado de esa estantería, la había sacudido y la desplegó en toda su nueva respetabilidad.
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