Entre las leyendas místicas de los kollas existe la de un misterioso personaje, a quien no le consideran un dios, pero le conceden la facultad de hacer milagros. Le llaman Thunnupa, y dicen que vino del norte acompañado de cinco discípulos, trayendo sobre sus hombros una cruz grande de madera y que se presentó en el pueblo de Carabuco, entonces residencia del célebre Makuri, el más famoso de sus conquistadores y héroes legendarios, que ha sobrevivido en la memoria colectiva de los pueblos, junto con otro igualmente notable, aunque de tiempos relativamente posteriores, llamado Tacuilla. Estos dos nombres son los únicos recitados en sus cantares y aun mencionados por los indios viejos, ellos los tienden a desaparecer, porque los más de los indígenas ya no se dan cuenta.
Thunnupa, a quien se la dan también los nombres de Tonapa, Tunapa, Taapac, según los padres agustinos que escribieron sobre él, era un hombre venerable en su presencia, zarco, bárbaro, destocado y vestido de cuxma, sobrio, enemigo de la chicha y de la poligamia. Reconvino a Makuri por las devastaciones que hacía en los pueblos enemigos, por su sed de conquistas y su crueldad con los vencidos, pero éste no hizo aprecio de sus palabras, y lo más que pudo fué permitirle residir en sus vastos dominios sin molestarlo. Makuri era demasiado poderoso y soberbio para darle importancia. La presencia de Thunnupa, parece que a los únicos que tenía preocupados era a los sacerdotes y brujos de su imperio, quienes le hicieron guerra encarnizada sin perder ocasión para denigrarle.
Thunnupa se dirigió el pueblo de los sucasucas, hoy Sicasica, donde les predicó sus doctrinas. Los indios alarmados de sus enseñanzas, comenzaron a hostilizarle y, por último, prendieron fuego a la paja en la que dormía; logrando salvar del incendio regresó a Carabuco. Aquí las circunstancias habían variado durante su ausencia, debido a uno de sus discípulos, llamado Kolke huynaka, que enamorado de Khana-huara, hija de Makuri, logró persuadirla para que se convirtiese a las doctrinas de su maestro y cuando éste regresó hizo que la bautizara. Sabedor el padre de lo que había ocurrido con su hija, ordenó que Thunnupa y sus discípulos fuesen apresados. A los discípulos los hizo martirizar y como Thunnupa, les reprochase de esa crueldad, lo atormentaron hasta dejarlo exánime, «echaron el cuerpo bendito en una balsa de junco o totora», dice el P. Calancha, «y lo arrojaron en la gran laguna dicha [el Titicaca] y sirviéndole las aguas mansas de remeros y los blandos vientos de piloto, navegó con tan gran velocidad que dejó con admiración espantada a los mismos que lo mataron sin piedad; y crecióles el espanto, porque no tiene casi corriente la laguna y entonces ninguna... Llegó la balsa con el rico tesoro en la playa de Cachamarca, donde agora es el Desaguadero. Y es muy asentada en la tradición de los Indios, que la misma balsa rompiendo la tierra, abrió el Desaguadero, porque antes nunca le tuvo y desde entonces corre, y sobre las aguas que por allí encaminó se fué el santo cuerpo hasta el pueblo de Aullagas muchas leguas distante de Chucuito y Titicaca hacia a la costa de Arica».[11] A este mismo personaje, vuelto en sí, se le hace peregrinar en las tradiciones indígenas por Carangas, donde vió junto a un cerro que lleva su nombre, entre los Calchaquies, Chuquisaca y Paraguay.
La cruz que había traído consigo, dicen que trataron de destruirla, sin poder lograr su objeto, ni con la acción de los golpes; que entonces quisieron echar la agua y como no se sumergiese al fondo, la enterraron en un pozo, de donde la extrajeron en 1569.[12]
A Thunnupa se le ha confundido con Huirakhocha, y aun con Pacha Achachi, sin embargo de ser tan distintas las leyendas que rodean a cada uno de estos personajes, y de ser completamente diferentes los mitos que representan, o la esfera de acción en que se desenvuelven. Uniforme, con ligeras variantes en los detalles, es la tradición que hace surgir a Huirakhocha del lago Titicaca y marchar hacia el Norte, hasta desaparecer en Puerto Viejo; en cambio, a Thunnupa se le hace descender del norte hacia el pueblo de Carabuco, que está en la ribera oriental del Titicaca, y, después, caminar hacia el sud y al oeste.
Es un afán manifiesto en varios cronistas, el acumular en una sola creación mítica, todos los nombres de la variada teogonía indígena; particularmente con Huirakhocha se ha hecho esa aglomeración, en una forma en que, si a ello se diera entero asentimiento, resultaría que los primitivos pueblos de esta parte del continente americano, no tuvieron sino una divinidad, que fué Huirakhocha; puesto que a él también se le llama Kon, Tisi, Ekako, Thunnupa, Pachacamak, Pachayachachic, Pacchacan, etc., etc.
Rastreando con algún cuidado los restos de tradiciones que aún quedan, y comparándolos con los relatos de los cronistas, se comprende que la conquista española sobrevino, cuando los incas hacían un esfuerzo de identificación y fusión de los dioses de los pueblos conquistados con los suyos propios, y que los españoles, lejos de separarlos los confundieron más, guiados por los prejuicios religiosos de encontrar la concepción del misterio de la Trinidad en los nombres de Con, Tisi, Huirakhocha, y la obra del diablo en otros; llegando así a convertir el politeísmo indígena, en imitación borrosa de la religión católica, y a embarullar y confundir en la mente de los indios sus divinidades con las cristianas. Huirakhocha, Ekako y Thunnupa son los que más han sufrido las consecuencias de este sistema, el cual se ha tratado de evitar en lo posible en los presentes estudios.
[11] Crónica Moralizada, volumen I, página 337 y 388.
[12] Este descubrimiento cuenta el P. Ramos de la manera siguiente: «En un día del Corpus (Christi) los Urinsayas que estaban de guerra con los Anansayas, se retaron unos a otros, los Anansayas dijeron a los Urinsayas, que estos eran inmorales (viciosos); brujos y que sus antepasados habían lapidado un santo, intentando quemar una cruz que consigo cargaba, y que ellos la guardaron la cruz en lugar secreto, no queriendo mostrarla. Habiéndose traslucido esto por algunos muchachos, se lo comunicaron al padre Sarmiento que era el cura. Este descubrió la cruz en tres pedazos y una plancha de cobre (una hoja) con la cual la cruz estaba forrada (ceñida), con la cruz se encontraron solamente dos clavos. El señor don Alfonso Ramírez de Vergara, Obispo de Charcas, mandó hacer nuevas excavaciones y encontróse el tercer clavo que lo tomó, y a su muerte el Licenciado Adolfo Maldonado, Presidente de la Audiencia (de la Plata o Charcas) lo tuvo en herencia y llevóselo a España. Cuando se hizo la división de los obispados, éstos (asímismo) se partieren la cruz, aserrándola en dos partes, haciendo dos de ella, una de las cuales quedó en Carabuco y la otra está en la catedral de la Plata (Sucre)». Historia del célebre y milagroso Santuario de la insigne imagen de Nuestra Señora de Copacabana—Lima, 1621.—Cita tomada del importante trabajo de Adolfo F. Bandelier, titulado: La Cruz de Carabuco en Bolivia, traducido al castellano por don Manuel V. Ballivián.
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jueves, 28 de febrero de 2019
El Ekeko y su historia
El Ekako, popularizado con el nombre alterado de Ekeko, era el dios de la prosperidad de los antiguos kollas. Algún cronista lo ha confundido con Huirakhocha: Bertonio lo llamaba también Thunnupa, en la creencia de corresponder ambas denominaciones a una sola persona, cuando fueron distintas, con leyendas diferentes, como se verá en su lugar.
Al Ekako se rendía culto constantemente; se le invocaba a menudo y cuando alguna desgracia turbaba la alegría del hogar. Su imagen fabricada de oro, plata, estaño y aun de barro, se encontraba en todas las casas, en lugar preferente o colgado del cuello. Se le daba la forma de un hombrecito panzudo, con un casquete en la cabeza unas veces y otras con un adorno de plumas terminadas en forma de abanicos, o bien cubierta por un chucu punteagudo; con los brazos abiertos y doblados hacia arriba, las palmas extendidas y el cuerpo desnudo y bien conformado. Los rasgos de su fisonomía denotaban serena bondad y completa dicha. Este idolillo, encargado de traer al hogar la fortuna y alegría y de ahuyentar las desgracias, era el mimado de las familias: el inseparable compañero de la casa. No había choza de indio, donde no se le viera cargado con los frutos menudos de la cosecha o retazos de telas y lanas de colores, siempre risueño, siempre con los brazos abiertos. Lo hacían de distintos tamaños, pero el más grande no pasaba de una tercia de largo. Los pequeñitos eran ensartados en collares y los llevan las jóvenes al cuello, para que les sirviese de amuletos contra las desdichas.
El P. Bertonio en su notable Vocabulario aymara, dice: «Ecaco I Thunnupa nombre de quien los indios cuentan muchas fábulas; y muchos en estos tiempos las tienen por verdaderas: y así sería bien procurar deshacer esta persuación que tienen, por embuste del demonio». En otra parte llaman Ecaco al «hombre ingenioso que tiene muchas trazas».
Esas fábulas, a las que se refiere Bertonio, son los milagros y recompensas que los indios contaban haberlos recibido del Ekako, y la ciega confianza que tenían en él, la cual no pudieron desvanecer los misioneros con sus prédicas ni persuaciones.
La fiesta consagrada al Ekako, se celebraba durante varios días, en el solsticio de verano. Le ofrecían los agricultores algunos frutos extraños de sus cosechas, los industriales objetos de arte, tales como utensilios de cerámica, tejidos primorosos, y pequeñas figuras de barro, estaño o plomo. El que nada podía dar de lo suyo adquiría esos objetos con piedrecitas, que recogía del campo y que se distinguían por alguna extraña particularidad. Nadie podía negarse a recibirlas en cambio de sus objetos, sino quería incurrir en el enojo del dios, a quien se conmemoraba; por cuyo motivo se hizo de uso corriente tal sistema de compra-ventas.
Durante el período colonial, continuaron los Ekakos imperando en las creencias populares y siendo objetos de veneración, sin embargo de los esfuerzos que hacían los misioneros para ridiculizarlos y arrancarlos de las costumbres. El Ekako salió victorioso de la dura prueba; se impuso a pesar de todo, y su fiesta siguió celebrándose.
Don Sebastián Segurola, Gobernador Intendente de La Paz, que había salvado a la ciudad del terrible asedio de indios de 1781, después de debelada la sublevación y firmado su triunfo, en acción de gracias a la Virgen de La Paz, cuyo devoto era y a quien atribuía la victoria, estableció la fiesta del 24 de enero, en su honor, ordenando que el mercado de miniaturas y dijes que se hacía en distintas ocasiones del año, se realizase únicamente esos días.
La fiesta se inauguró el 24 de enero de 1783, y para que ella tuviese toda la solemnidad posible, se mandó a los indios de los contornos de la población, trajesen los objetos pequeños, que en otras circunstancias acostumbraban ofrecerlos por monedas de piedras. Los indios más listos que el Gobernador, se aprovecharon de la licencia para tornar la fiesta de la Virgen en homenaje de su legendario Ekako, cuya imagen comenzaron a distribuir recibiendo en cambio piedras.
La fiesta comenzó a celebrarse con delirante entusiasmo de todas las clases sociales. En la noche, cuando las familias se encontraban en la plaza principal, espectando las luminarias y escuchando la música de bailarines, entraron por los cuatro ángulos, que eran, de chaulla-khatu, el colegio, el cabildo y la casa del judío, comparsas de jóvenes decentes disfrazados, golpeando cajas, piedras, tocando instrumentos músicos, llevando cada cual alguna chuchería, que la ofrecían en venta, con las palabras aymaras: alacita, alacita, es decir, cómprame, cómprame.
El estruendo y alboroto que estos disfrazados hicieron, era tal, que muchas jóvenes fueron arrancadas en medio de la confusión, de la compañía de sus familias y sólo regresaron al siguiente día...
Las indias y cholas sentadas al margen de las aceras de la plaza y calles contiguas, acostumbraron, desde entonces, a encender en fila sus mecheros y velas en homenaje a la Virgen, cuando en su interior, tal vez le consagraban a su predilecto Ekako, cuya imagen modelada de yeso y pintada de colores vivos, ofrecían en profusión los escultores indígenas en venta o permuta a los asistentes a la fiesta.
Algunos idolillos los hicieron sentados, con gorro triangular o cónico sobre la cabeza y vestido de una túnica hasta las rodillas, otros parados en la misma forma que los de Tiahuanacu, la cual persiste hasta hoy. Ambos tienen el aspecto risueño, de hombres satisfechos de la vida, gordos y bien comidos.
En los años sucesivos fueron modificándose las costumbres de adquirir objetos con piedras, a las que se daba valor sólo en esa fiesta, con botones amarillos de bronce, lucios y brillantes, y, por último, los botones fueron substituídos con moneda corriente, desde algunos años atrás.
La práctica consentida y generalmente celebrada, de permitir a los muchachos arrebatar a sus dueños las especies sobrantes de la venta del día, apenas tocaba la oración y comenzaban las sombras de la noche a cubrir la plaza, también ha desaparecido. Si antes en honor del Ekako, nadie debía regresar a su casa, lo que había destinado para vender o permutar ese día, los policías impiden al presente que tal merodeo se repita.
Lo que al principio tuvo un aspecto netamente religioso y pagano, se ha convertido poco a poco en feria industrial de miniaturas, y lo que es más singular, en una oportunidad para adquirir al legendario Ekako, que se encargue del cuidado de la casa del adquirente. El idolillo, que en tiempos pasados era objeto de veneración únicamente de los indios, hoy es acatado por todas las clases sociales. Rara será la familia que no tenga acomodado en sitio visible de sus habitaciones, un Ekako, cubierto de dijes y pequeños instrumentos y objetos de arte diminutos, y en quien confían los moradores de la casa que atraerá la buena suerte al hogar, y evitará que les sobrevengan infortunios. El diosecillo de la fortuna, es la única divinidad que ha triunfado de las persecuciones de los misioneros y del fanatismo católico.
A este ídolo que siempre se le representó solo, se le ha dado una compañera por los mestizos, que, como toda creación artificial, no tiene importancia ni el prestigio de aquél. A la mujer del ídolo, se la mira con desprecio y nadie se esfuerza por adquirirla, ni se la presta acatamiento. Falta para ella la fe de la multitud y cuando media este antecedente, una creación religiosa no tiene razón de ser.
Al Ekako se rendía culto constantemente; se le invocaba a menudo y cuando alguna desgracia turbaba la alegría del hogar. Su imagen fabricada de oro, plata, estaño y aun de barro, se encontraba en todas las casas, en lugar preferente o colgado del cuello. Se le daba la forma de un hombrecito panzudo, con un casquete en la cabeza unas veces y otras con un adorno de plumas terminadas en forma de abanicos, o bien cubierta por un chucu punteagudo; con los brazos abiertos y doblados hacia arriba, las palmas extendidas y el cuerpo desnudo y bien conformado. Los rasgos de su fisonomía denotaban serena bondad y completa dicha. Este idolillo, encargado de traer al hogar la fortuna y alegría y de ahuyentar las desgracias, era el mimado de las familias: el inseparable compañero de la casa. No había choza de indio, donde no se le viera cargado con los frutos menudos de la cosecha o retazos de telas y lanas de colores, siempre risueño, siempre con los brazos abiertos. Lo hacían de distintos tamaños, pero el más grande no pasaba de una tercia de largo. Los pequeñitos eran ensartados en collares y los llevan las jóvenes al cuello, para que les sirviese de amuletos contra las desdichas.
El P. Bertonio en su notable Vocabulario aymara, dice: «Ecaco I Thunnupa nombre de quien los indios cuentan muchas fábulas; y muchos en estos tiempos las tienen por verdaderas: y así sería bien procurar deshacer esta persuación que tienen, por embuste del demonio». En otra parte llaman Ecaco al «hombre ingenioso que tiene muchas trazas».
Esas fábulas, a las que se refiere Bertonio, son los milagros y recompensas que los indios contaban haberlos recibido del Ekako, y la ciega confianza que tenían en él, la cual no pudieron desvanecer los misioneros con sus prédicas ni persuaciones.
La fiesta consagrada al Ekako, se celebraba durante varios días, en el solsticio de verano. Le ofrecían los agricultores algunos frutos extraños de sus cosechas, los industriales objetos de arte, tales como utensilios de cerámica, tejidos primorosos, y pequeñas figuras de barro, estaño o plomo. El que nada podía dar de lo suyo adquiría esos objetos con piedrecitas, que recogía del campo y que se distinguían por alguna extraña particularidad. Nadie podía negarse a recibirlas en cambio de sus objetos, sino quería incurrir en el enojo del dios, a quien se conmemoraba; por cuyo motivo se hizo de uso corriente tal sistema de compra-ventas.
Durante el período colonial, continuaron los Ekakos imperando en las creencias populares y siendo objetos de veneración, sin embargo de los esfuerzos que hacían los misioneros para ridiculizarlos y arrancarlos de las costumbres. El Ekako salió victorioso de la dura prueba; se impuso a pesar de todo, y su fiesta siguió celebrándose.
Don Sebastián Segurola, Gobernador Intendente de La Paz, que había salvado a la ciudad del terrible asedio de indios de 1781, después de debelada la sublevación y firmado su triunfo, en acción de gracias a la Virgen de La Paz, cuyo devoto era y a quien atribuía la victoria, estableció la fiesta del 24 de enero, en su honor, ordenando que el mercado de miniaturas y dijes que se hacía en distintas ocasiones del año, se realizase únicamente esos días.
La fiesta se inauguró el 24 de enero de 1783, y para que ella tuviese toda la solemnidad posible, se mandó a los indios de los contornos de la población, trajesen los objetos pequeños, que en otras circunstancias acostumbraban ofrecerlos por monedas de piedras. Los indios más listos que el Gobernador, se aprovecharon de la licencia para tornar la fiesta de la Virgen en homenaje de su legendario Ekako, cuya imagen comenzaron a distribuir recibiendo en cambio piedras.
La fiesta comenzó a celebrarse con delirante entusiasmo de todas las clases sociales. En la noche, cuando las familias se encontraban en la plaza principal, espectando las luminarias y escuchando la música de bailarines, entraron por los cuatro ángulos, que eran, de chaulla-khatu, el colegio, el cabildo y la casa del judío, comparsas de jóvenes decentes disfrazados, golpeando cajas, piedras, tocando instrumentos músicos, llevando cada cual alguna chuchería, que la ofrecían en venta, con las palabras aymaras: alacita, alacita, es decir, cómprame, cómprame.
El estruendo y alboroto que estos disfrazados hicieron, era tal, que muchas jóvenes fueron arrancadas en medio de la confusión, de la compañía de sus familias y sólo regresaron al siguiente día...
Las indias y cholas sentadas al margen de las aceras de la plaza y calles contiguas, acostumbraron, desde entonces, a encender en fila sus mecheros y velas en homenaje a la Virgen, cuando en su interior, tal vez le consagraban a su predilecto Ekako, cuya imagen modelada de yeso y pintada de colores vivos, ofrecían en profusión los escultores indígenas en venta o permuta a los asistentes a la fiesta.
Algunos idolillos los hicieron sentados, con gorro triangular o cónico sobre la cabeza y vestido de una túnica hasta las rodillas, otros parados en la misma forma que los de Tiahuanacu, la cual persiste hasta hoy. Ambos tienen el aspecto risueño, de hombres satisfechos de la vida, gordos y bien comidos.
En los años sucesivos fueron modificándose las costumbres de adquirir objetos con piedras, a las que se daba valor sólo en esa fiesta, con botones amarillos de bronce, lucios y brillantes, y, por último, los botones fueron substituídos con moneda corriente, desde algunos años atrás.
La práctica consentida y generalmente celebrada, de permitir a los muchachos arrebatar a sus dueños las especies sobrantes de la venta del día, apenas tocaba la oración y comenzaban las sombras de la noche a cubrir la plaza, también ha desaparecido. Si antes en honor del Ekako, nadie debía regresar a su casa, lo que había destinado para vender o permutar ese día, los policías impiden al presente que tal merodeo se repita.
Lo que al principio tuvo un aspecto netamente religioso y pagano, se ha convertido poco a poco en feria industrial de miniaturas, y lo que es más singular, en una oportunidad para adquirir al legendario Ekako, que se encargue del cuidado de la casa del adquirente. El idolillo, que en tiempos pasados era objeto de veneración únicamente de los indios, hoy es acatado por todas las clases sociales. Rara será la familia que no tenga acomodado en sitio visible de sus habitaciones, un Ekako, cubierto de dijes y pequeños instrumentos y objetos de arte diminutos, y en quien confían los moradores de la casa que atraerá la buena suerte al hogar, y evitará que les sobrevengan infortunios. El diosecillo de la fortuna, es la única divinidad que ha triunfado de las persecuciones de los misioneros y del fanatismo católico.
A este ídolo que siempre se le representó solo, se le ha dado una compañera por los mestizos, que, como toda creación artificial, no tiene importancia ni el prestigio de aquél. A la mujer del ídolo, se la mira con desprecio y nadie se esfuerza por adquirirla, ni se la presta acatamiento. Falta para ella la fe de la multitud y cuando media este antecedente, una creación religiosa no tiene razón de ser.
Pacha-Mama y su culto actual
El mito de Pacha-Mama, por los vestigios que aun quedan, debió referirse primitivamente al tiempo, tal vez vinculado en alguna forma con la tierra; al tiempo que cura los mayores dolores, como extingue las alegrías más intensas; al tiempo que distribuye las estaciones, fecundiza la tierra, su compañera; da y absorve la vida de los seres en el universo. Pacha significa originariamente tiempo en lenguaje kolla; sólo con el transcurso de los años y adulteraciones de la lengua y predominio de otras razas, ha podido confundirse con la tierra y hacerse que a ésta y no aquél se rinda preferente culto. El Saturno indígena no llegó, pues, a conservarse como personalidad independiente en la imaginación de sus prosélitos; al identificarse con la Démater india, desapareció de la mitología aborigen.
Los indios antes de su contacto con los españoles llamaban en el Kolla-suyu, Pacha Achachi a esta deidad; después se sustituyó el Achachi, que quiere decir viejo y también cepa de una casa o familia, con la palabra mama, que significa grande, inmenso, cuando se refiere a los animales o cosas, y superior, cuando a las personas. En este caso, tiene aplicación la palabra, únicamente con las del sexo femenino. Los términos mamatay y mamay, con los que en aymara y kechua, respectivamente, se designa al presente a la madre, es de introducción posterior a la conquista española; parece que proviene del mamá castellano. Probable es que algún misionero la introdujo en el habla indígena, por no encontrar otra palabra más expresiva para el vulgo, con que nombrar a la Virgen María, a quien la plebe, llama siempre con unción y ternura, mama. Matay era el nombre que daba el indio a la madre o señora principal, aunque prefería y era de uso más común el llamarla tayca, como se escucha actualmente. De manera que Pacha-Mama, según el concepto que tiene entre los indios, se podría traducir en sentido de tierra grande, directora y sustentadora de la vida.
La fiesta de Pacha, la celebran los naturales en un día determinado del año, que después ha venido a concuasar con la del Espíritu Santo. Consiste ella al presente, en sacar la víspera del Espíritu, en la noche, las joyas de los habitantes de una casa, el dinero que han ganado ese año, y exponerlos en una mesa colocada en medio patio al aire libre; invocar la protección de la Pacha-Mama, derramando en su homenaje aguardiente en el suelo y antes de probar ellos siquiera una gota. Al contorno de la mesa colocan braseros encendidos, sobre los cuales, ponen el momento preciso, ramas de kkoa o póleo silvestre (Mentha pulegium), con pedazos de feto seco de llama, cordero o vaca, porque dicen que los animales son puros en este estado; agregan a esas especies, tallos y hojas de cardo santo, millu, confites, mixtura, y cuando comienza a arder todo esto, desocupan los presentes la casa, a fin de no recibir el humo; porque mantienen la creencia de que reduciéndose los males en humo, debe evaporarse y perderse para siempre en el espacio, sin allegarse a una persona, a cuyo cuerpo penetraría en caso contrario, haciendo que adquiera alguna enfermedad, o sea víctima de constantes desgracias. Después de que las brasas se han consumido y extinguídose el fuego, vuelven a la casa, y en señal de contento derraman en el suelo confites y flores.
Esta ceremonia conocida con el nombre de kkoaña, es muy popular y la celebran las familias, además de la fecha expresada, toda vez que tienen que trasladarse de una casa a otra, aunque no con las solemnidades anteriores, concretándose a sahumar, con hojas del arbusto mencionado y trozos de feto las habitaciones que se han de ocupar, con lo que tienen por expulsados a los malos espíritus y los males que pudieran haber dejado los anteriores ocupantes.
El martes de Carnaval, también en homenaje a la Pacha-Mama, acostumbran derramar en todas las habitaciones de la casa, flores, confites y mixtura; pidiéndole conserve con salud a sus dueños y la propiedad permanezca en poder de estos.
Por lo regular las ofrendas no deben levantarse del suelo y aprovecharse de ellas, porque, quien tal hace, atrae sobre sí el enojo de la deidad honrada, que puede mandarle en castigo de su desacato, la muerte, o una enfermedad, o alguna desgracia. Lo ofrecido a la Pacha-Mama debe destruirse y consumirse por la acción del tiempo.
Los pastores acostumbran a su vez degollar cada año, uno o dos corderos tiernos, con objeto de que su sangre sea ofrecida a esta deidad, empapando con ella el suelo en su honor y esparciéndola antes en direcciones distintas. Este acto llamado huilara, lo tienen por obligatorio y a él le dan suma importancia para la conservación y aumento del ganado.
Samiri, descansadero, es el sitio señalado como morada, originaria de los antepasados, sea de los hombres o animales y que por esta circunstancia ha quedado localizado en el lugar, una extraña fuerza vital, que toda vez, que el descendiente va allí recibe un soplo vivificador y regresa alentado. En ese sitio ha sido reservada semejante virtud por la Pacha-Mama, que no quiso dar a sus moradores de entonces todo lo que dar podía, con la morada que a sus hijos, mientras durase la vida, mientras existiese el mundo, no les faltare algún remedio a sus desalientos, o al desgaste de sus fuerzas. Ese sitio es una madre que reanima al ser viviente, que le implora ayuda. A estos lugares, tenidos por sagrados, los veneran y les ofrecen sacrificios.
Mi samiri, dice el indio, y muestra una prominencia, cerrito, campo o cueva. El samiri de mi ganado es aquel otro paraje, e indica otros lugares parecidos, por más que a ellos jamás haya ido.
Los indios antes de su contacto con los españoles llamaban en el Kolla-suyu, Pacha Achachi a esta deidad; después se sustituyó el Achachi, que quiere decir viejo y también cepa de una casa o familia, con la palabra mama, que significa grande, inmenso, cuando se refiere a los animales o cosas, y superior, cuando a las personas. En este caso, tiene aplicación la palabra, únicamente con las del sexo femenino. Los términos mamatay y mamay, con los que en aymara y kechua, respectivamente, se designa al presente a la madre, es de introducción posterior a la conquista española; parece que proviene del mamá castellano. Probable es que algún misionero la introdujo en el habla indígena, por no encontrar otra palabra más expresiva para el vulgo, con que nombrar a la Virgen María, a quien la plebe, llama siempre con unción y ternura, mama. Matay era el nombre que daba el indio a la madre o señora principal, aunque prefería y era de uso más común el llamarla tayca, como se escucha actualmente. De manera que Pacha-Mama, según el concepto que tiene entre los indios, se podría traducir en sentido de tierra grande, directora y sustentadora de la vida.
La fiesta de Pacha, la celebran los naturales en un día determinado del año, que después ha venido a concuasar con la del Espíritu Santo. Consiste ella al presente, en sacar la víspera del Espíritu, en la noche, las joyas de los habitantes de una casa, el dinero que han ganado ese año, y exponerlos en una mesa colocada en medio patio al aire libre; invocar la protección de la Pacha-Mama, derramando en su homenaje aguardiente en el suelo y antes de probar ellos siquiera una gota. Al contorno de la mesa colocan braseros encendidos, sobre los cuales, ponen el momento preciso, ramas de kkoa o póleo silvestre (Mentha pulegium), con pedazos de feto seco de llama, cordero o vaca, porque dicen que los animales son puros en este estado; agregan a esas especies, tallos y hojas de cardo santo, millu, confites, mixtura, y cuando comienza a arder todo esto, desocupan los presentes la casa, a fin de no recibir el humo; porque mantienen la creencia de que reduciéndose los males en humo, debe evaporarse y perderse para siempre en el espacio, sin allegarse a una persona, a cuyo cuerpo penetraría en caso contrario, haciendo que adquiera alguna enfermedad, o sea víctima de constantes desgracias. Después de que las brasas se han consumido y extinguídose el fuego, vuelven a la casa, y en señal de contento derraman en el suelo confites y flores.
Esta ceremonia conocida con el nombre de kkoaña, es muy popular y la celebran las familias, además de la fecha expresada, toda vez que tienen que trasladarse de una casa a otra, aunque no con las solemnidades anteriores, concretándose a sahumar, con hojas del arbusto mencionado y trozos de feto las habitaciones que se han de ocupar, con lo que tienen por expulsados a los malos espíritus y los males que pudieran haber dejado los anteriores ocupantes.
El martes de Carnaval, también en homenaje a la Pacha-Mama, acostumbran derramar en todas las habitaciones de la casa, flores, confites y mixtura; pidiéndole conserve con salud a sus dueños y la propiedad permanezca en poder de estos.
Por lo regular las ofrendas no deben levantarse del suelo y aprovecharse de ellas, porque, quien tal hace, atrae sobre sí el enojo de la deidad honrada, que puede mandarle en castigo de su desacato, la muerte, o una enfermedad, o alguna desgracia. Lo ofrecido a la Pacha-Mama debe destruirse y consumirse por la acción del tiempo.
Los pastores acostumbran a su vez degollar cada año, uno o dos corderos tiernos, con objeto de que su sangre sea ofrecida a esta deidad, empapando con ella el suelo en su honor y esparciéndola antes en direcciones distintas. Este acto llamado huilara, lo tienen por obligatorio y a él le dan suma importancia para la conservación y aumento del ganado.
Samiri, descansadero, es el sitio señalado como morada, originaria de los antepasados, sea de los hombres o animales y que por esta circunstancia ha quedado localizado en el lugar, una extraña fuerza vital, que toda vez, que el descendiente va allí recibe un soplo vivificador y regresa alentado. En ese sitio ha sido reservada semejante virtud por la Pacha-Mama, que no quiso dar a sus moradores de entonces todo lo que dar podía, con la morada que a sus hijos, mientras durase la vida, mientras existiese el mundo, no les faltare algún remedio a sus desalientos, o al desgaste de sus fuerzas. Ese sitio es una madre que reanima al ser viviente, que le implora ayuda. A estos lugares, tenidos por sagrados, los veneran y les ofrecen sacrificios.
Mi samiri, dice el indio, y muestra una prominencia, cerrito, campo o cueva. El samiri de mi ganado es aquel otro paraje, e indica otros lugares parecidos, por más que a ellos jamás haya ido.
El Huari y su leyenda
Huari, llamaban los antiguos kollas a un cuadrúpedo semejante a la llama, probablemente el Macrauchenia ya extinguido, y lo tenían por su dios totémico, representante del vigor y de la fuerza de la raza. Le erigieron templos en diversas partes y su imagen esculpida en piedra era objeto de culto muy solemne.
Al Huari lo consideraban como coetáneo del dios Huirakhocha, viviendo en la época en que las divinidades habitaban la tierra junto con los primeros hombres, a quienes se les llamaba huari-hakes gentes del huari, o sea descendientes de éste.
Los adoratorios del Huari se conocían con la denominación de Huari-uillcas y dos hubieron muy celebrados; una en la ribera del lago Titicaca, en el lugar que hoy ocupa el pueblo de Huarina y otro cerca al lago Poopó, donde después se fundó el pueblo Real de Huari. Las huacas que en ambos parajes existían, como en otros muchos sitios del altiplano, fueron destruídas por los misioneros quedando como recuerdo únicamente el nombre de la divinidad aplicado al lugar.
Se ha dado en confundir el huari con la huikcuña, la que es distinta de aquel. La huikcuña se la ha conocido siempre con este nombre y, además, con los de sayrakha y saalla. El de huari parece que se le dió posteriormente.
También acostumbran llamarlo Huari-uillca, sin tener en cuenta que la palabra uillca tiene distintas acepciones. Antiguamente llamaban uillca al sol y a los adoratorios que se le dedicaban, o se dedicaban a otros ídolos como el huari. Después se denominó uillca al sacerdote. En este sentido se expresa el anónimo autor de la Relación de las costumbres de los naturales del Perú, denominando uillcas y yanauillcas a los prelados y sacerdotes[10]. Existe además una yerba dedicada al sol que se llama uillca. Los brujos la emplean como purgante, con objeto después del efecto, de que la persona o que ha sufrido algún robo se duerma y en sueños descubra al ladrón, o este se presente por su propia voluntad, durante ese acto, a restituir lo robado. Dicen los naturales que este dón dió a la yerba el sol.
[10] Tres relaciones de antigüedades peruanas, publicadas por Marcos Jiménez de la Espada. Pag. 103.
Al Huari lo consideraban como coetáneo del dios Huirakhocha, viviendo en la época en que las divinidades habitaban la tierra junto con los primeros hombres, a quienes se les llamaba huari-hakes gentes del huari, o sea descendientes de éste.
Los adoratorios del Huari se conocían con la denominación de Huari-uillcas y dos hubieron muy celebrados; una en la ribera del lago Titicaca, en el lugar que hoy ocupa el pueblo de Huarina y otro cerca al lago Poopó, donde después se fundó el pueblo Real de Huari. Las huacas que en ambos parajes existían, como en otros muchos sitios del altiplano, fueron destruídas por los misioneros quedando como recuerdo únicamente el nombre de la divinidad aplicado al lugar.
Se ha dado en confundir el huari con la huikcuña, la que es distinta de aquel. La huikcuña se la ha conocido siempre con este nombre y, además, con los de sayrakha y saalla. El de huari parece que se le dió posteriormente.
También acostumbran llamarlo Huari-uillca, sin tener en cuenta que la palabra uillca tiene distintas acepciones. Antiguamente llamaban uillca al sol y a los adoratorios que se le dedicaban, o se dedicaban a otros ídolos como el huari. Después se denominó uillca al sacerdote. En este sentido se expresa el anónimo autor de la Relación de las costumbres de los naturales del Perú, denominando uillcas y yanauillcas a los prelados y sacerdotes[10]. Existe además una yerba dedicada al sol que se llama uillca. Los brujos la emplean como purgante, con objeto después del efecto, de que la persona o que ha sufrido algún robo se duerma y en sueños descubra al ladrón, o este se presente por su propia voluntad, durante ese acto, a restituir lo robado. Dicen los naturales que este dón dió a la yerba el sol.
[10] Tres relaciones de antigüedades peruanas, publicadas por Marcos Jiménez de la Espada. Pag. 103.
Achachilas, huacas y konopas
Mayor vitalidad que la de Huirakhocha ha tenido en la mitología indígena y sigue teniendo aún la creencia en los Achachilas, o sea la de considerar a las montañas, cerros, cuevas, ríos y peñas como puntos de donde se originaron los antecesores de cada pueblo, y que por este motivo nunca descuidan aquellos de velar por el bien de su prole.
Entre los Ackachilas, a unos los tienen como a principales troncos de grandes pueblos, tales eran el lago Titicaca, el Illampu, el Illimani, el Caca-hake o Huayna-Potosí y el Potosí; otros eran de menor importancia y cepa de tribus insignificantes. El Achachila de los urus, decían que era el fango, de donde estos habían brotado y que por eso eran despreciables, de poco entendimiento, ásperos y zahereños; que vivían en balsas de totora, contemplando constantemente desde la superficie de las aguas a su progenitor, el limo del lago.[6] Los lupi-hakes o lupakas, los umasuyus y pacajjas, se suponían de prosapia superior, nacidos de los amores del Illampu con el lago Titicaca. Al Potosí se le tenía como antecesor de los chayantas, y al Tata-Sabaya, los kara-cankas o carangas. El Sajama, y el Tunari, el río Cachimayu, el Pilcomayo, etc. etc., se les consideraba como Achachilas de los pueblos próximos a esas montañas o ríos.
Sin perjuicio de adorar el indio a su propio Achachila, cuando, al trasmontar una altura o doblar una ladera, ve por primera vez cualquiera de esas montañas, cerros o ríos, inmediatamente se pone de rodillas, se destoca el sombrero y se encomienda a ese Achachila, aunque no sea el suyo y en señal de reverencia, le ofrenda con la coca mascada que tiene en la boca, arrojándola al suelo, y dirigiéndose a aquél.
Cuando en 1898, Sir Martín Conway, trató de realizar su ascensión al Illampu, los indios quisieron sublevarse y atacarlo, porque temían que el extranjero profanase a su deidad y esta les enviará castigos, por lo que Conway sólo pudo efectuar a medias su intento, y en ausencia de los indios.
Denominaban Huacas a las deidades particulares adoradas por un ayllu o pueblo, comúnmente formadas de piedra, algunas sin figura ninguna. Otras, dice el P. Oliva: «tienen diversas figuras de hombres, o mujeres de otras huacas; otras tienen figuras de animales y todas tienen sus nombres particulares, con que las invocan y está tan establecida esta adoración, que no hay muchacho en algunos pueblos o en algunas provincias, que en sabiendo hablar no sepa el nombre de la huaca de su ayllu, por cuanto cada parcialidad tiene su huaca principal y otras menos principales, y de ellas suelen tomar el nombre de aquel ayllu; algunas de estas las tienen como a guardas y patrones de sus pueblos, porque sobre el nombre propio, llaman Marca-aparac o Marcachara».[7]
Las Konopas y Khanapas[8], como pronunciaban los Kollas, eran dioses tutelares destinados a proteger las familias. Los fabricaban indistintamente de metal, de barro o de piedra, o solamente era alguna piedra preciosa u objeto raro. Tenían las más el aspecto de figuritas cuyos brazos y manos formaban sobre el pecho un ángulo recto, según la geometría mística y sacerdotal. Algunas eran de forma fálica, otras representaban pescados. El cronista citado dice: «Herédanse estas Konopas de padres a hijos y están siempre en el mayorazgo de la casa como vínculo principal de ella a cuyo cargo está guardar los vestidos de las Huacas que nunca entran en división entre los hermanos, porque son cosas dedicadas al culto. Entre estos Konopas solían tener algunas piedras vezares que los indios llamaban quicu y el P. Pablo Joseph certifica en su tratado que en algunas de las misiones que hizo se hallaron no pocas de ellas manchadas con la sangre de los sacrificios que les habían hecho».[9]
Konopas aún conservan las familias indígenas en sus casas con mucha veneración.
[6] A los uros les llaman también chancumankkeris, (comedores de ciertas plantas acuáticas de los géneros Myriophyllum, Potomogeton, Clanophora, Elodea y Chara). La tradición cuenta de ellos que fueron trasladados, en tiempos remotos, en calidad de esclavos de las costas del Pacífico, por el gran conquistador kolla Tacuilla, y distribuidos en las riberas de los lagos del altiplano, donde se les dedicó exclusivamente a la pesca. De aquí proviene que se nombre chancus, a los que aun quedan por aquellas regiones.
[7] Historia del Perú y varones insignes, etc., pag. 133.
[8] Esta palabra quiere decir: «su luz de él o su demostración de él». Se compone de dos voces, khana, que significa—«claridad, luz, día y también verdad y demostración de ella». La otra es la partícula pa, que es un sub-fijo positivo de la lengua aymara que significa «suyo, suya, su». De manera que khanapa es la luz de él o su demostración. ¿De quién? Del fenómeno producido o de su autor; del hecho moral o material que simboliza la figura representante y del cual es su demostración.
De este modo el pueblo aymara ha logrado trasmitir la memoria de los hechos de una manera constante y eterna, si se quiere, porque ese modo de ser social del Kolla hace parte integrante de sus propios hábitos y costumbres.
[9] Historia del Perú citada, pag. 135.
Entre los Ackachilas, a unos los tienen como a principales troncos de grandes pueblos, tales eran el lago Titicaca, el Illampu, el Illimani, el Caca-hake o Huayna-Potosí y el Potosí; otros eran de menor importancia y cepa de tribus insignificantes. El Achachila de los urus, decían que era el fango, de donde estos habían brotado y que por eso eran despreciables, de poco entendimiento, ásperos y zahereños; que vivían en balsas de totora, contemplando constantemente desde la superficie de las aguas a su progenitor, el limo del lago.[6] Los lupi-hakes o lupakas, los umasuyus y pacajjas, se suponían de prosapia superior, nacidos de los amores del Illampu con el lago Titicaca. Al Potosí se le tenía como antecesor de los chayantas, y al Tata-Sabaya, los kara-cankas o carangas. El Sajama, y el Tunari, el río Cachimayu, el Pilcomayo, etc. etc., se les consideraba como Achachilas de los pueblos próximos a esas montañas o ríos.
Sin perjuicio de adorar el indio a su propio Achachila, cuando, al trasmontar una altura o doblar una ladera, ve por primera vez cualquiera de esas montañas, cerros o ríos, inmediatamente se pone de rodillas, se destoca el sombrero y se encomienda a ese Achachila, aunque no sea el suyo y en señal de reverencia, le ofrenda con la coca mascada que tiene en la boca, arrojándola al suelo, y dirigiéndose a aquél.
Cuando en 1898, Sir Martín Conway, trató de realizar su ascensión al Illampu, los indios quisieron sublevarse y atacarlo, porque temían que el extranjero profanase a su deidad y esta les enviará castigos, por lo que Conway sólo pudo efectuar a medias su intento, y en ausencia de los indios.
Denominaban Huacas a las deidades particulares adoradas por un ayllu o pueblo, comúnmente formadas de piedra, algunas sin figura ninguna. Otras, dice el P. Oliva: «tienen diversas figuras de hombres, o mujeres de otras huacas; otras tienen figuras de animales y todas tienen sus nombres particulares, con que las invocan y está tan establecida esta adoración, que no hay muchacho en algunos pueblos o en algunas provincias, que en sabiendo hablar no sepa el nombre de la huaca de su ayllu, por cuanto cada parcialidad tiene su huaca principal y otras menos principales, y de ellas suelen tomar el nombre de aquel ayllu; algunas de estas las tienen como a guardas y patrones de sus pueblos, porque sobre el nombre propio, llaman Marca-aparac o Marcachara».[7]
Las Konopas y Khanapas[8], como pronunciaban los Kollas, eran dioses tutelares destinados a proteger las familias. Los fabricaban indistintamente de metal, de barro o de piedra, o solamente era alguna piedra preciosa u objeto raro. Tenían las más el aspecto de figuritas cuyos brazos y manos formaban sobre el pecho un ángulo recto, según la geometría mística y sacerdotal. Algunas eran de forma fálica, otras representaban pescados. El cronista citado dice: «Herédanse estas Konopas de padres a hijos y están siempre en el mayorazgo de la casa como vínculo principal de ella a cuyo cargo está guardar los vestidos de las Huacas que nunca entran en división entre los hermanos, porque son cosas dedicadas al culto. Entre estos Konopas solían tener algunas piedras vezares que los indios llamaban quicu y el P. Pablo Joseph certifica en su tratado que en algunas de las misiones que hizo se hallaron no pocas de ellas manchadas con la sangre de los sacrificios que les habían hecho».[9]
Konopas aún conservan las familias indígenas en sus casas con mucha veneración.
[6] A los uros les llaman también chancumankkeris, (comedores de ciertas plantas acuáticas de los géneros Myriophyllum, Potomogeton, Clanophora, Elodea y Chara). La tradición cuenta de ellos que fueron trasladados, en tiempos remotos, en calidad de esclavos de las costas del Pacífico, por el gran conquistador kolla Tacuilla, y distribuidos en las riberas de los lagos del altiplano, donde se les dedicó exclusivamente a la pesca. De aquí proviene que se nombre chancus, a los que aun quedan por aquellas regiones.
[7] Historia del Perú y varones insignes, etc., pag. 133.
[8] Esta palabra quiere decir: «su luz de él o su demostración de él». Se compone de dos voces, khana, que significa—«claridad, luz, día y también verdad y demostración de ella». La otra es la partícula pa, que es un sub-fijo positivo de la lengua aymara que significa «suyo, suya, su». De manera que khanapa es la luz de él o su demostración. ¿De quién? Del fenómeno producido o de su autor; del hecho moral o material que simboliza la figura representante y del cual es su demostración.
De este modo el pueblo aymara ha logrado trasmitir la memoria de los hechos de una manera constante y eterna, si se quiere, porque ese modo de ser social del Kolla hace parte integrante de sus propios hábitos y costumbres.
[9] Historia del Perú citada, pag. 135.
Huirakhocha y su actuación mística
En la cúspide de la mitología de los kollas se encuentra el dios Huirakhocha, a quien se le tiene por el hacedor de la luz, de la tierra y de los hombres. Diversas interpretaciones se han dado a la etimología de ese nombre: unos creen que proviene de las palabras kechuas vira, grasa y khocha, mar, o sea grasa del mar. Esta interpretación extravagante, no se confirma con el origen de la divinidad, que es kolla, y, por consiguiente, que debe buscarse su significado en la lengua de esta nación. Además, conviene no olvidar que el nombre primitivo, como ha ocurrido con el desenvolvimiento de las palabras en todos los idiomas, ha debido sufrir serias alteraciones con el transcurso del tiempo y el roce con pueblos de distinta índole y lenguaje, hasta llegar a tener la estructura y fonética, que actualmente conserva.
Uira, según Bertonio, es el suelo[3]. Esta acepción es la principal. Khocha, parece una alteración de jucha, pecado, negocio, pleito, según el mismo autor. Palabra que comprendía también al que hacía o ejecutaba alguna cosa: al hacedor por excelencia. De suerte que Uira-jjocha, convertido hoy en Huira-Khocha, por haberse kuichuizado la frase, podría decir hacedor del suelo, con más propiedad: hacedor de la tierra.
También pudo haber provenido de las palabras aymaras, juira, producto y kota lago, alterada después en khocha por los quechuas. Khocha y kkasahui son, en el lenguaje kolla, denominaciones del aluvión. Tal vez, nombre tan discutido, se ha formado de las palabras aymaras: uru, día, jake gente, jjocha hacedor, o sea, hacedor del día y de las gentes; convertidas por disimilaciones, metátisis y apentésis continuados, en Huairakhocha. Los nombres tienen su formación definitiva a través de siglos: son como las piedras, de los ríos, que para perder sus extremidades y asperezas, y ponerse lucias y redondeadas, tienen las corrientes que arrastrarlas por enormes distancias.
Según la tradición generalizada y aceptada comúnmente por los indios, con ligeros variantes, Huirakhocha surgió del Lago Titicaca, hizo el cielo y la tierra, creó a los hombres y dándoles un señor que debía gobernarlos regresó al lago. Pero como las gentes no habían cumplido los mandamientos que les impuso, volvió a salir del seno de las aguas del Titicaca, acompañado de otros hombres, y se dirigió a Tiahuanacu, en donde encolerizado por la desobediencia, redujo a piedras a los culpables, que hasta entonces habían vivido en la oscuridad; «mandó que luego saliesen el sol, luna y estrellas y se fuesen al cielo para dar luz al mundo y así fué hecho, y dicen que creó la luna con más claridad que el sol, y por eso el sol envidioso al tiempo que iban a subir al cielo, le dió con un puñado de ceniza en la cara y que de allí quedó oscurecida de la color que ahora parece»[4]. Creó en seguida numerosas gentes y naciones, haciéndolas de barro, pintando los trajes que cada uno debía tener, «y los que habían de traer, cabellos con cabellos y los que cortado cortó el cabello, y que concluído a cada nación dió la lengua que debía hablar, los cantos que había de cantar y las simientes y comidas que habían de sembrar. Y acabado de pintar y hacerlas dichas naciones y bultos de barro, dió ser y ánimo a cada uno por sí, así a los hombres como a las mujeres, y les mandó se sumiesen debajo de tierra, cada nación por sí; y que de allí cada nación fuese a salir a las partes y lugares que él les mandase; y así dicen que los unos salieron de las cuevas, los otros de cerros y otros desatinos de esta manera, y que por haber salido y empezado a multiplicar de estos lugares, en memoria del primero de su linaje que de allí procedió, y así cada nación se viste y trae el traje con que a su guaca vestían. Y dicen que el primero que de aquel lugar nació, y allí se volvió a convertir en piedras; y otros en halcones y cóndores y otros animales y aves; y así son de diferentes figuras los guacas que adoran y que usan».[5]
En esta tradición se encuentra el origen de los achachilas y adoración a las piedras, que aun persiste en las creencias de los indios.
Después ordenó Huirakhocha a sus compañeros que fuese cada cual a lugares determinados, de donde aquellas gentes debían de salir y les mandasen para que saliesen. Así fué que a la palabra de los comisionados fueron surgiendo de las cuevas, ríos, lagunas y cerros los llamados, poblando los sitios que se les señalaban. Mandó también Huirakhocha, a los dos últimos compañeros que habían quedado con él en Tiahuanacu, que el uno marchase hacia la parte de Condesuyo y el otro a la de Andesuyo, y dieran voces a las gentes que debían salir de esas regiones. En seguida él, en persona, se dirigió hacia el Kusco, llamando por el camino a los indios que vivían en cuevas y sierras. Cerca a Cacha, sus moradores salieron armados y desconociendo a Huirakhocha, trataron de matarlo, lo que dió lugar a que hiciera descender fuego del cielo, el que iba quemando y azolando los sitios ocupados por los indios rebeldes. Visto lo cual por estos, arrojaron amedrentados las armas y postrándose a los pies de Huirakhocha, le imploraron perdón por su atrevimiento. Viéndolos éste humillados y arrepentidos, tomó una vara y encaminándose hacia el fuego, con dos y tres golpes que le dió, hizo que se apagase. Los indios en señal de reconocimiento le erigieron allí un famoso templo, donde colocaron su estatua labrada de piedra y le ofrecían en ofrenda mucho oro y plata.
Siguió su camino Huirakhocha, y en el Tambo de Urcus se subió a una altura y de allí llamó a los indios que debían poblar aquella tierra. En esta cumbre y altura hicieron los indios otra muy rica huaca, donde sobre un escaño de oro colocaron la imagen de Huirakhocha. De ahí se dirigió al Kusco, donde creó un señor que gobernase a las gentes del lugar, nombrado Alcahuisa. De allí se fué hasta Puerto Viejo, donde juntándose con los suyos, que habían ido a esperarlo, se metió con ellos mar adentro, caminando sobre las aguas, como si estuvieran sobre la tierra y desapareció de la vista de los que lo contemplaron irse.
Tal es la relación que hicieron los indios a los cronistas de su divinidad suprema. Por eso cuando vieron por primera vez surgir a los españoles de la mar, creyeron que regresaban a la tierra Huirakhocha y sus compañeros y los recibieron con veneración, dándoles el nombre de su dios, nunca supieron, que estos les trajeran la esclavitud y la muerte, en vez de la vida y bienestar que el anterior les había prodigado.
Este dios tan popular y venerado en la antigüedad va desapareciendo de la imaginación de los indios actuales; pocos son los que al presente lo mencionan. Los más lo confunden con Jesucristo o el Padre Eterno y, por último, otros terminan por decir que no se acuerdan de él: que Huirakhocha es el blanco, que pudo más que aquél, destruyendo sus efigies y reduciendo a sus hijos a la más dura servidumbre. El Huirakhocha, pero terrible y desalmado huirakhocha, es para el indio, el blanco o el mestizo que ocupa su rango.
Los templos principales dedicados a esta célebre divinidad estaban situados en la isla o Huatta del Titicaca, sobre cuyas ruínas edificaron después los kechuas su templo al Sol; otro, el más famoso, en Tiahuanacu y otro en Cacha. Estos fueron los más célebres adoratarios de la antigüedad y de los que al presente no quedan sino ruínas.
[3] Vocabulario Aymara.—Edición Platzman.—Segunda parte.—Página 388.
[4] Historia Indica de Sarmiento de Gamboa.—Cita tomada de la Colección de libros y documentos referentes a la Historia del Perú, por Horacio H. Urteaga y Carlos A. Romero.—Tomo I.—Página 7.
[5] Relación de las fábulas y ritos de los Incas, por Cristóbal de Molina, etc.—De la colección citada.—Tomo 1.—Página 6.
Uira, según Bertonio, es el suelo[3]. Esta acepción es la principal. Khocha, parece una alteración de jucha, pecado, negocio, pleito, según el mismo autor. Palabra que comprendía también al que hacía o ejecutaba alguna cosa: al hacedor por excelencia. De suerte que Uira-jjocha, convertido hoy en Huira-Khocha, por haberse kuichuizado la frase, podría decir hacedor del suelo, con más propiedad: hacedor de la tierra.
También pudo haber provenido de las palabras aymaras, juira, producto y kota lago, alterada después en khocha por los quechuas. Khocha y kkasahui son, en el lenguaje kolla, denominaciones del aluvión. Tal vez, nombre tan discutido, se ha formado de las palabras aymaras: uru, día, jake gente, jjocha hacedor, o sea, hacedor del día y de las gentes; convertidas por disimilaciones, metátisis y apentésis continuados, en Huairakhocha. Los nombres tienen su formación definitiva a través de siglos: son como las piedras, de los ríos, que para perder sus extremidades y asperezas, y ponerse lucias y redondeadas, tienen las corrientes que arrastrarlas por enormes distancias.
Según la tradición generalizada y aceptada comúnmente por los indios, con ligeros variantes, Huirakhocha surgió del Lago Titicaca, hizo el cielo y la tierra, creó a los hombres y dándoles un señor que debía gobernarlos regresó al lago. Pero como las gentes no habían cumplido los mandamientos que les impuso, volvió a salir del seno de las aguas del Titicaca, acompañado de otros hombres, y se dirigió a Tiahuanacu, en donde encolerizado por la desobediencia, redujo a piedras a los culpables, que hasta entonces habían vivido en la oscuridad; «mandó que luego saliesen el sol, luna y estrellas y se fuesen al cielo para dar luz al mundo y así fué hecho, y dicen que creó la luna con más claridad que el sol, y por eso el sol envidioso al tiempo que iban a subir al cielo, le dió con un puñado de ceniza en la cara y que de allí quedó oscurecida de la color que ahora parece»[4]. Creó en seguida numerosas gentes y naciones, haciéndolas de barro, pintando los trajes que cada uno debía tener, «y los que habían de traer, cabellos con cabellos y los que cortado cortó el cabello, y que concluído a cada nación dió la lengua que debía hablar, los cantos que había de cantar y las simientes y comidas que habían de sembrar. Y acabado de pintar y hacerlas dichas naciones y bultos de barro, dió ser y ánimo a cada uno por sí, así a los hombres como a las mujeres, y les mandó se sumiesen debajo de tierra, cada nación por sí; y que de allí cada nación fuese a salir a las partes y lugares que él les mandase; y así dicen que los unos salieron de las cuevas, los otros de cerros y otros desatinos de esta manera, y que por haber salido y empezado a multiplicar de estos lugares, en memoria del primero de su linaje que de allí procedió, y así cada nación se viste y trae el traje con que a su guaca vestían. Y dicen que el primero que de aquel lugar nació, y allí se volvió a convertir en piedras; y otros en halcones y cóndores y otros animales y aves; y así son de diferentes figuras los guacas que adoran y que usan».[5]
En esta tradición se encuentra el origen de los achachilas y adoración a las piedras, que aun persiste en las creencias de los indios.
Después ordenó Huirakhocha a sus compañeros que fuese cada cual a lugares determinados, de donde aquellas gentes debían de salir y les mandasen para que saliesen. Así fué que a la palabra de los comisionados fueron surgiendo de las cuevas, ríos, lagunas y cerros los llamados, poblando los sitios que se les señalaban. Mandó también Huirakhocha, a los dos últimos compañeros que habían quedado con él en Tiahuanacu, que el uno marchase hacia la parte de Condesuyo y el otro a la de Andesuyo, y dieran voces a las gentes que debían salir de esas regiones. En seguida él, en persona, se dirigió hacia el Kusco, llamando por el camino a los indios que vivían en cuevas y sierras. Cerca a Cacha, sus moradores salieron armados y desconociendo a Huirakhocha, trataron de matarlo, lo que dió lugar a que hiciera descender fuego del cielo, el que iba quemando y azolando los sitios ocupados por los indios rebeldes. Visto lo cual por estos, arrojaron amedrentados las armas y postrándose a los pies de Huirakhocha, le imploraron perdón por su atrevimiento. Viéndolos éste humillados y arrepentidos, tomó una vara y encaminándose hacia el fuego, con dos y tres golpes que le dió, hizo que se apagase. Los indios en señal de reconocimiento le erigieron allí un famoso templo, donde colocaron su estatua labrada de piedra y le ofrecían en ofrenda mucho oro y plata.
Siguió su camino Huirakhocha, y en el Tambo de Urcus se subió a una altura y de allí llamó a los indios que debían poblar aquella tierra. En esta cumbre y altura hicieron los indios otra muy rica huaca, donde sobre un escaño de oro colocaron la imagen de Huirakhocha. De ahí se dirigió al Kusco, donde creó un señor que gobernase a las gentes del lugar, nombrado Alcahuisa. De allí se fué hasta Puerto Viejo, donde juntándose con los suyos, que habían ido a esperarlo, se metió con ellos mar adentro, caminando sobre las aguas, como si estuvieran sobre la tierra y desapareció de la vista de los que lo contemplaron irse.
Tal es la relación que hicieron los indios a los cronistas de su divinidad suprema. Por eso cuando vieron por primera vez surgir a los españoles de la mar, creyeron que regresaban a la tierra Huirakhocha y sus compañeros y los recibieron con veneración, dándoles el nombre de su dios, nunca supieron, que estos les trajeran la esclavitud y la muerte, en vez de la vida y bienestar que el anterior les había prodigado.
Este dios tan popular y venerado en la antigüedad va desapareciendo de la imaginación de los indios actuales; pocos son los que al presente lo mencionan. Los más lo confunden con Jesucristo o el Padre Eterno y, por último, otros terminan por decir que no se acuerdan de él: que Huirakhocha es el blanco, que pudo más que aquél, destruyendo sus efigies y reduciendo a sus hijos a la más dura servidumbre. El Huirakhocha, pero terrible y desalmado huirakhocha, es para el indio, el blanco o el mestizo que ocupa su rango.
Los templos principales dedicados a esta célebre divinidad estaban situados en la isla o Huatta del Titicaca, sobre cuyas ruínas edificaron después los kechuas su templo al Sol; otro, el más famoso, en Tiahuanacu y otro en Cacha. Estos fueron los más célebres adoratarios de la antigüedad y de los que al presente no quedan sino ruínas.
[3] Vocabulario Aymara.—Edición Platzman.—Segunda parte.—Página 388.
[4] Historia Indica de Sarmiento de Gamboa.—Cita tomada de la Colección de libros y documentos referentes a la Historia del Perú, por Horacio H. Urteaga y Carlos A. Romero.—Tomo I.—Página 7.
[5] Relación de las fábulas y ritos de los Incas, por Cristóbal de Molina, etc.—De la colección citada.—Tomo 1.—Página 6.
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