El minero que quiere hacer pacto con la Caá-Yarí espera la Semana
Santa, y si está cerca de un pueblo, entra en la iglesia y promete formalmente
que vivirá siempre en los montes, se amigará con ella, jurando
al mismo tiempo no tener trato alguno con otra mujer. Hecho este voto,
se encamina al monte, depositando en una mata de hierba un papel con
su nombre y la hora en que volverá a encontrarse con ella. El día de la
cita, el minero debe tener gran presencia de ánimo, pues la Caá-Yarí,
para probar su valor, antes de presentarse lanza sobre él víboras, sapos,
fieras y otros animales propios del monte, sin otro objeto que el de
probarlo. En recompensa a su serenidad, se aparece la Caá-Yarí, joven,
hermosa y rubia. Entonces el minero renueva sus juramentos de fidelidad
y desde aquel día, cuando va a cortar hierba, cae en dulce sueño,
durante el cual la Caá-Yarí le prepara el rairo con dieciocho a veinte
arrobas de peso, acompañándole al despertar y ayudándole a sostenerlo
por detrás, para llegar a la balanza. Como la Caá-Yarí es invisible para
todos, menos para él, se sube sobre el rairo, aumentando así su peso
al entregarlo. De esta manera la ganancia del minero es mayor, pues
trabaja a tanto la arroba. Pero ¡pobre del minero que le sea infiel con
otra mujer! La Caá-Yarí despechada, no perdona, mata. Y cuando algún
minero guapo muere por los hierbazales de cualquier enfermedad, si él
ha sido de carácter taciturno, los compañeros se susurran al oído: «Traicionó
a la Caá-Yarí. La Caá-Yarí se ha vengado».
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sábado, 16 de marzo de 2019
El fruto que da olvido a amores (mito paraguayo)
En lucha contra los españoles, los guaraníes hicieron un prisionero.
El cacique vencedor, Yaguatí, lo entregó a su hija Apicú. La joven y bella
india no ocultó su alegría. Pero el apuesto prisionero no correspondía
a sus sentimientos. Ella hizo mantas, adornos, y todo lo posible para
alegrarlo. Hasta lloró y le suplicó amor en vano. ¿Amaría él a otra, en
tierras lejanas? Desesperada, recurrió a la violencia, mandando que lo
ataran a una hoguera, sólo para convencerlo. Ante la muerte, él todavía
mostraba indiferencia y audacia. Ella cayó a sus pies, llorando avergonzada.
Él le confesó que no podía amarla, porque, en verdad, ya estaba
comprometido. Silenciosa, a la medianoche, Apicú partió en búsqueda
de la cuñá-payé (hechicera). Le narró sus penas, le pidió algo contra
el amor de su cautivo por la blanca española. La hechicera le dijo que
fuera al día siguiente con el cristiano, a la falda del primer cerro elevado
que encontrara. Allí le hablaría un ayarú (papagayo), preguntándole
qué deseaba. Ella debería contestarle que quería coger frutos del guavirá.
El papagayo la conduciría a donde crecen esos árboles y ella tendría
que dar a su amado muchos frutos de aquéllos. Al comerlos, el cristiano
olvidaría sus recuerdos. Y desde entonces sólo pensaría en Apicú. Así
sucedió.
Cuenta la tradición que a toda niña que se halle enamorada de un
extranjero, bríndale el guavirá, a fin de que la peligrosa nostalgia no
impulse al amante a su patria, dejando sin cumplimiento promesas y
juramentos.
El cacique vencedor, Yaguatí, lo entregó a su hija Apicú. La joven y bella
india no ocultó su alegría. Pero el apuesto prisionero no correspondía
a sus sentimientos. Ella hizo mantas, adornos, y todo lo posible para
alegrarlo. Hasta lloró y le suplicó amor en vano. ¿Amaría él a otra, en
tierras lejanas? Desesperada, recurrió a la violencia, mandando que lo
ataran a una hoguera, sólo para convencerlo. Ante la muerte, él todavía
mostraba indiferencia y audacia. Ella cayó a sus pies, llorando avergonzada.
Él le confesó que no podía amarla, porque, en verdad, ya estaba
comprometido. Silenciosa, a la medianoche, Apicú partió en búsqueda
de la cuñá-payé (hechicera). Le narró sus penas, le pidió algo contra
el amor de su cautivo por la blanca española. La hechicera le dijo que
fuera al día siguiente con el cristiano, a la falda del primer cerro elevado
que encontrara. Allí le hablaría un ayarú (papagayo), preguntándole
qué deseaba. Ella debería contestarle que quería coger frutos del guavirá.
El papagayo la conduciría a donde crecen esos árboles y ella tendría
que dar a su amado muchos frutos de aquéllos. Al comerlos, el cristiano
olvidaría sus recuerdos. Y desde entonces sólo pensaría en Apicú. Así
sucedió.
Cuenta la tradición que a toda niña que se halle enamorada de un
extranjero, bríndale el guavirá, a fin de que la peligrosa nostalgia no
impulse al amante a su patria, dejando sin cumplimiento promesas y
juramentos.
El origen del sapo (mito paraguayo)
Cuéntase que Añá (el diablo) vio hacer a Tupá, el mainumby (el
colibrí) y se propuso imitarlo. Púsose el diablo en la tarea, acaso con la
mira secreta de crear un pajarito más primoroso que el concluido por
Tupá. Cuando terminó su obra y vio sin duda que era bella, la arrojó
al espacio para que ensayara el vuelo, pero el colibrí hecho por Añá,
en vez de volar, cayó al suelo y salió saltando grotescamente sobre el
césped.
Por eso el sapo, abortado picaflor, sin alas, se arrastra sobre la tierra.
colibrí) y se propuso imitarlo. Púsose el diablo en la tarea, acaso con la
mira secreta de crear un pajarito más primoroso que el concluido por
Tupá. Cuando terminó su obra y vio sin duda que era bella, la arrojó
al espacio para que ensayara el vuelo, pero el colibrí hecho por Añá,
en vez de volar, cayó al suelo y salió saltando grotescamente sobre el
césped.
Por eso el sapo, abortado picaflor, sin alas, se arrastra sobre la tierra.
El origen de la luciérnaga (mito paraguayo)
Bonía Chuá habitaba una caverna en el flanco del cerro Yby aty
pané, en el valle Mbocayá. Era una mujer fea, el rostro fláccido, la boca
desdentada, con bocio. En su gruta, atendía a la gente que quería remedios
para sus males de amor. Por las tardes, solía dirigirse al arroyo
Mbocayá, sentarse a la orilla del mismo, narrando casos, menospreciando
a las mujeres bellas y elogiando sus propios hechizos. Pero una
vez se apasionó por un joven que vino al arroyo, a limpiarse la sangre
de un venado que recién había cazado. A partir de entonces, la hechicera
hizo lo posible por atraer a Azucapé, el joven de aquella tarde. Nada
obtuvo por bien. Raptó a Avatí Ky, la joven esposa de Azucapé. La llevó
a su cueva y de un hachazo le cortó un brazo. La descuartizó. Puso
las partes en un tejido de fibras, salió de la caverna, tomó el atado con
las dos manos y lo tiró hacia la cumbre del cerro. Entonces, millares de
motas de luz volaron sobre las laderas, se desparramaron por el valle y
huyeron entre los cocoteros. Bonía Chuá tuvo miedo.
Éste fue el origen de las luciérnagas.
pané, en el valle Mbocayá. Era una mujer fea, el rostro fláccido, la boca
desdentada, con bocio. En su gruta, atendía a la gente que quería remedios
para sus males de amor. Por las tardes, solía dirigirse al arroyo
Mbocayá, sentarse a la orilla del mismo, narrando casos, menospreciando
a las mujeres bellas y elogiando sus propios hechizos. Pero una
vez se apasionó por un joven que vino al arroyo, a limpiarse la sangre
de un venado que recién había cazado. A partir de entonces, la hechicera
hizo lo posible por atraer a Azucapé, el joven de aquella tarde. Nada
obtuvo por bien. Raptó a Avatí Ky, la joven esposa de Azucapé. La llevó
a su cueva y de un hachazo le cortó un brazo. La descuartizó. Puso
las partes en un tejido de fibras, salió de la caverna, tomó el atado con
las dos manos y lo tiró hacia la cumbre del cerro. Entonces, millares de
motas de luz volaron sobre las laderas, se desparramaron por el valle y
huyeron entre los cocoteros. Bonía Chuá tuvo miedo.
Éste fue el origen de las luciérnagas.
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