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jueves, 14 de diciembre de 2017

La mujer porfiada

Dicen que ésta era una mujer muy pero muy porfiada.
Una vez, enterada de que se hacía un baile de Carnaval en Cafayate, le pidió a su marido que la llevara.
—No podemos ir —le contestó su marido—, el río está muy crecido y no podemos cruzar; es peligroso.
—Pero yo quiero ir y voy a ir al baile —retrucó la mujer.
—Te digo que es muy peligroso.
—No, yo quiero ir.
—Bueno, entonces te voy a ensillar el caballo manso.
—No —insistió la mujer—, quiero el potro.
—Está bien, pero el bombo lo llevo yo para que puedas dirigirlo mejor.
—No, el bombo lo llevo yo.
—¡Está bien! —exclamó el hombre ya bastante fastidiado— pero me vas a hacer caso cuando crucemos el río, yo te voy a decir por dónde tenes que ir.
El marido hizo todo lo que su mujer quería y salieron al otro día bien temprano.
Cuando llegaron al río, le indicó por dónde tenía que pasar para que no la arrastrara la corriente.
Pero la mujer cruzó por donde ella quiso y como se lo había advertido su esposo, la corriente la llevó aguas abajo.
El hombre maldiciendo el carácter porfiado de su mujer trató de sacarla. El río pudo más; entonces comenzó a caminar por la orilla para ver si la encontraba.
Al otro día un vecino lo vio y le preguntó:
—Amigo, ¿qué anda haciendo?
—Estoy buscando a mi mujer, ayer se la llevó la corriente.
—Pero cómo la busca río arriba, tiene que ir río abajo.

—Mi amigo, conozco a mi mujer, es tan porfiada que seguro debe haber tomado para el lado contrario.

Domingo siete

Érase que eran dos compadres, uno rico y el otro pobre; el rico se llamaba Ramón, y el pobre, Laureano.
Laureano era tan pobre que a veces tenía que recurrir a la ayuda de su compadre; pero éste era bastante avaro y siempre le ponía miles de excusas para no prestarle dinero.
Un día Laureano salió en busca de trabajo pues las necesidades eran muchas y dinero tenía muy poco. Esta vez decidió no ir por el camino de siempre y salió en dirección opuesta.
—"Puede que me cambie la suerte" —pensó y se puso en marcha.
Anduvo hasta casi el atardecer y ya perdía las esperanzas cuando a lo lejos divisó una casa; rápidamente se dirigió hacia allí.
Al llegar, comprobó que se trataba de una casa abandonada y desilusionado pensó: "Creo que hoy no conseguiré nada. Mejor me vuelvo antes de que anochezca".
De pronto sintió que venía gente. Tuvo miedo; a una casa abandonada sólo pueden llegar ladrones o maleantes.
—Me esconderé hasta que se vayan —dijo y no encontró nada mejor que un tirante en el techo; trepó en él y se quedó bien callado para que no lo descubrieran.
Eran unos gauchos desconocidos; jamás los había visto por el lugar.
Entraron en la casa como si fuera suya, prendieron fuego, se sentaron y comenzaron a tocar la guitarra y a cantar:
—Lunes y martes, y miércoles tres, jueves y viernes, y sábado seis...
La reunión se iba animando cada vez más y entusiasmados por la música comenzaron a bailar, mientras repetían una y otra vez los mismos versos:
—Lunes y martes, y miércoles tres, jueves y viernes, y sábado seis...
Laureano se divertía mucho viéndolos desde su escondite pero le aburría escuchar siempre la misma canción hasta que de pronto se le ocurrió que le podría agregar algo y al llegar a "sábado seis" gritó:
—¡A las cuatro semanas se ajusta el mes!
Los gauchos pararon de cantar, miraron hacia arriba desde donde venía la voz y descubrieron al intruso.
—Baje, mi amigo, ¿qué hace ahí? —le dijeron.
—Oí venir gente y me asusté.
—Amigo, somos gente buena, baje tranquilo.
Cuando Laureano bajó, los gauchos muy contentos le dijeron:
—Estamos muy agradecidos porque nos alargó el verso —y en recompensa le dieron mucho dinero en onzas de oro.
Contento como no lo había estado nunca, volvió a su casa y le dijo a su esposa que lo estaba esperando:
—Mujer, mira lo que traigo, ve a lo de mi compadre y pídele prestado el almud* para medir las onzas.
Ramón, intrigado por el pedido de su compadre, comentó a su mujer:
—¿Qué estará por medir Laureano tan pobre como es? Vamos a poner una cosa que lo pegue al almud para ver qué mide.
Así lo hizo y se lo mandó.
Laureano midió su oro y devolvió enseguida el almud a su compadre.
Cuando Ramón lo tuvo en sus manos, observó que tenía pegada una onza de oro; inmediatamente fue a la casa de su compadre y le preguntó:
—¿De dónde has sacado esta onza?
Mientras Laureano le contaba lo que le había sucedido, en Ramón crecía la codicia. Él iba a hacer lo mismo.
Al otro día fue a la casa abandonada; se trepó al tirante como lo había hecho su compadre y esperó.
Ya anochecía cuando llegaron los gauchos y, como era su costumbre, prendieron el fuego y se pusieron a cantar. Ahora el verso era un poco más largo con el agregado de Laureano.
—Lunes y martes, y miércoles tres, jueves y viernes, y sábado seis, a las cuatro semanas se ajusta el mes...
Escuchó varias veces la canción y de pronto se dio cuenta de que faltaba el domingo. Esperó a que llegaran a "sábado seis" y gritó:
—¡Falta domingo siete!
Esta interrupción no les gustó nada porque les había descompuesto el verso y lo bajaron del tirante con la intención de darle una paliza por entrometido.
Por suerte Ramón pudo zafarse de los irritados gauchos y salió corriendo con todo lo que le daban sus piernas.
—¡Qué atrevido! —exclamaron—. Venir a arruinarnos el canto; mejor que no aparezca más por aquí.
Por supuesto Ramón no apareció más por ahí y se cuidó muy bien de no comentar nada.
Pero la historia igual corrió de boca en boca, se conoció en todo el lugar y más lejos también, y desde aquel día, quedó la costumbre de que cuando alguien dice algo inoportuno exclaman:
—¡Ya salió con un domingo siete!

*Almud: medida de capacidad antigua que equivale a 1 litro y 76 centilitros, con la que se medían los frutos secos o granos; en el caso del cuento, las onzas.

La suegra del diablo

Esta era una vieja orgullosa y dominadora, que tenía una hermosa hija, la que sólo hacía su voluntad.
Cuando llegó a la edad de casarse, la vieja ya tenía todo calculado y le dijo:
—Mira hijita, yo quiero lo mejor para vos y sólo te dejaré casar con el hombre que tenga dientes de oro y un caballo con cola de plata, orejas negras y una montura bien chapeada.
Pasó el tiempo y un día apareció en la casa un caballero de buena estampa, y como reunía todos los requisitos que la vieja imponía, se casó con la joven.
Al principio todo fue bien, pero la vieja era tan dominadora y hacía trabajar tan duro a su yerno que un día, cansado, decidió hacer algo.
Como poseía habilidades que nadie sabía, comenzó a transformarse en distintos animales; una vez, en un perro; otras, en un burrito y así podía esconderse de su suegra por lo menos una buena parte del día.
La anciana al no encontrarlo comenzó a sospechar, y como no era tonta, enseguida descubrió que su yerno no era nada más ni nada menos que el mismísimo diablo.
Por supuesto que esto no la atemorizó y de inmediato buscó una botella vacía, un poco de cera virgen y lo llamó:
—Me di cuenta de lo que haces —le dijo; no te conocía estas habilidades. ¿A ver si sos capaz de convertirte en hormiga y meterte en esta botella? —lo desafió.
Y el diablo para no ser menos lo hizo tal como se lo había pedido su suegra.
La vieja sin perder el tiempo tapó la botella con la cera y mientras la sacudía con fuerza llenándolo de golpes le dijo:
—Así que me querías engañar, ahora te vas a quedar aquí hasta que yo quiera —llevó la botella al monte y la colgó en la rama de un árbol.
Al tiempo pasó por ahí un leñador, vio la botella colgada en el árbol y se acercó.
—¡Sáqueme de aquí, le voy a dar los dones que quiera! —oyó que le gritaban desde adentro.
Intrigado comenzó a observarla.
—¿Quién grita? —preguntó.
—¡Sáqueme de aquí, le voy a dar todos los dones que quiera! —volvió a oír. Intrigado descolgó la botella y la destapó.
Al instante salió de allí el diablo y le dijo:
—Cumpliré mi promesa, serás curandero, pronto curarás a la hija del Rey y te haré famoso.
Así sucedió; se enfermó la hija del Rey y la curó. Luego se enfermó otra gente del palacio y también la curó.
El leñador se hizo famoso como curandero pero a la vez se fue haciendo más ambicioso y esto al diablo no le gustó. Entonces se metió en el oído de la Reina y le produjo un fuerte dolor de cabeza.
Llamaron al curandero y éste, por más que hizo todo lo que se le ocurría para curarla, no pudo.
—No entiendo qué pasa —le dijo al Rey.
—Eso es cosa tuya, te ordeno que la cures sí o sí —le contestó.
Se puso a estudiar el caso y se dio cuenta de que lo que le producía el fuerte dolor de cabeza era el diablo que estaba metido en el oído.
—Salí de ahí —le ordenó.
—No voy a salir y mejor que desaparezcas, porque estoy por llevarte al infierno —le contestó.
La Reina se puso peor y el Rey muy enojado dijo al curandero:
—Tenés que curarla, porque en ello te va la vida.
Al curandero le temblaron las piernas de miedo, no sabía cómo hacer para sacar al diablo de ahí.
De pronto recordó algo que había oído en el pueblo; él mucho no lo creía pero igual pensó en un plan para deshacerse del diablo y lo puso en práctica.
Entonces reunió a un grupo de gente y les ordenó que fueran a hacer medio ruido en la habitación de la Reina. Todos creyeron que se había vuelto loco.
Después se acercó a la enferma, le pidió que tuviera un poco de paciencia y esperó.
Al rato se asomó el diablo por el oído de la mujer y preguntó:
—Che, ¿qué pasa?
—Pasa que ahí viene tu suegra —le contestó el curandero.
—Ah no, eso no lo aguanto, yo me voy —dijo el diablo y salió corriendo.

Al instante la Reina sanó, pero el curandero ya no quiso curar más a nadie y se fue a vivir tranquilo a su casa.

Don Roque y los cazadores

Lindando el río Paraná, iban dos cazadores con sus perros con la intención de cazar algunos carpinchos y nutrias.
Por el camino se encontraron con la casa de don Roque, un formoseño que vivía en compañía de varios perros.
Don Roque amaba mucho a los animales, no soportaba que se los maltratara y al ver a los cazadores les preguntó:
—¿Qué andan haciendo por aquí?
—Cazando animales pero sin resultado —le respondieron; ya es mediodía, ni siquiera cazamos un carpincho y tenemos hambre, ¿usted nos podría dar algo?
—Tengo comida si quieren —y acariciando a los perros preguntó—: ¿y a estos qué les dan?
—Huesos nomás.
—¿Les gustan?
—Sí, cómo no les van a gustar.
—Está bien —dijo don Roque y entró en la casa.
Al rato salió con dos fuentes, una con carne y la otra con huesos. La de carne se la dio a los perros y la de huesos a los cazadores.
—¿Qué nos da? —preguntaron asombrados—. ¿Huesos? ¡Cómo vamos a comer eso!
—Si a los perros les gusta, por qué no les va a gustar a ustedes —les contestó don Roque—. ¿No ven que a los perros también les gusta la carne?

El baile del zorro

Una vez, el zorro se encontró envuelto en una de las tantas trifulcas causadas por sus picardías.
Así fue que apareció por el pueblo, vaya a saber de dónde, perseguido por unos perros que le ladraban furiosos.
Todo el vecindario lo vio, como desesperado trataba de esquivar a sus perseguidores.
El compadre tigre también lo vio, que, sentado a la sombra de un árbol, cantaba una chamarrita acompañado de su guitarra.
Al oír el bochinche que hacían el zorro y los perros, dejó de cantar, apoyó la guitarra en el suelo y se puso a mirar tranquilamente cómo se las arreglaba su compadre para salir de ésta.
El zorro, fuera de sí, corría de un lado para otro, ya ni cuenta se daba por dónde pasaba; quería sacarse los perros de encima y corriendo delante de ellos gritaba:
—¡Dejen paso! ¡Dejen paso!
De pronto enderezó directamente hacia donde estaba sentado el tigre.
Todo sucedió tan rápido que no tuvo tiempo de salir del camino ni de sacar la guitarra.
El zorro corría como una flecha y como una flecha pasó sobre la guitarra, haciendo sonar las cuerdas con sus patas de tal manera, que cualquiera pudo pensar que el baile iba a comenzar.
El zorro sorprendido se paró en seco y miró al tigre, pero como los perros se acercaban cada vez más, se dio a la fuga velozmente mientras gritaba:
—¡Como para baile ando, compadre!

Ingale

Ingale era un muchacho que todo se lo creía.
Un día su madre lo mandó a cortar leña; Ingale tomó el hacha y salió hacia el bosque con su burro.
Cuando llegó se subió a la rama de un árbol y comenzó a cortarla con el hacha.
Estaba en eso cuando pasó un hombre y al verlo le dijo:
—Qué estás haciendo muchacho; cortando la misma rama en la que estás sentado; te vas a caer.
—Yo estoy bien donde estoy —le contestó Ingale—, usted no se meta.
El hombre se fue y el muchacho siguió, hasta que la rama se desprendió del tronco y cayó al suelo junto con Ingale.
—¡Ese hombre es adivino! —exclamó y salió corriendo para encontrarlo.
—Señor, usted es adivino —le dijo al verlo—; hágame el favor, dígame cuándo me voy a morir.
—¡Ah, bien! Te vas a morir cuando tu burro rebuzne tres veces —le contestó el hombre dispuesto a hacerle una broma y siguió su camino.
Agarró entonces una cuña de madera, la envolvió con un pañuelo para hacer un tapón y se la colocó en la boca del burro para que no pudiera rebuznar.
El animal se sentía muy incómodo y sacudía nervioso la cabeza para sacarse el tapón.
Ingale entre tanto juntó la leña, la colocó sobre el burro y tomando las riendas inició el camino de regreso a su casa.
El burro resoplaba y sacudía desesperadamente la cabeza.
—Quédate quieto burrito —le decía Ingale—, no hay otra, no ves que si rebuznas yo me muero.
El animal estaba enloquecido y tanto hizo por sacarse eso que tenía trabada su boca, que pegando un fuerte rebuzno logró hacer saltar el tapón.
Ingale en ese momento estaba parado frente a él observando lo que el animal hacía; el tapón salió con tanta fuerza que fue a pegarle justo en el pecho.
—Había sido verdad lo que dijo el adivino; el burro me mató, dijo y suspirando se dejó caer al suelo.
Al rato pasaron tres hombres y, creyendo que realmente estaba muerto, decidieron llevarlo al cementerio.
Ingale pesaba bastante y en la mitad del camino uno dijo:
—Mire mi amigo, estoy cansado, vamos por aquí, queda más cerca.
—No, no, mi amigo, más cerca es por acá —le contestó el otro.
—¿A mí me lo va a decir, que estoy cansado de hacer este camino? —y los dos se trabaron en una fuerte discusión.
Entonces Ingale se incorporó un poco y dijo:
—Miren, cuando yo estaba vivo iba por donde yo quería, ahora que estoy muerto llévenme por donde quieran.
Los hombres espantados lo tiraron al suelo y salieron corriendo.
Como nadie más pasó por allí, el muchacho tuvo que levantarse por sus propios medios y volvió a su casa.
La madre, al verlo sin el burro y sin la leña, lo reprendió y con unos cuantos coscorrones le ordenó que fuera a buscarlos.

Por más que Ingale insistió, no pudo convencer a su madre de que estaba muerto y tuvo que ir.

El árbol de la sal

Hay una planta en el norte de nuestro país, mal llamada árbol, que los mocovíes la conocen con el nombre de Iobec Mapic. Se trata de una especie de helecho que alcanza aproximadamente dos metros de altura.
La leyenda cuenta que cuando Cotaá (Dios) creó el mundo, también creó esta planta para que le sirviera de alimento al hombre.
Cuando la primera especie fue depositada en la tierra, ésta se multiplicó rápidamente en grandes matas y los nombres pudieron consumirla en abundancia.
Neepec (el diablo), que no perdía de vista a Cotaá espiando todo lo que hacía, sintió tanta envidia, que se propuso destruirlas de alguna manera.
Voló por el aire con la rapidez de un rayo hasta las salinas más cercanas, llenó un gran cántaro de agua salada y con la misma rapidez la arrojó sobre las matas con la intención de quemarlas con el salitre.
Sucedió entonces que las raíces absorbieron el agua; la sal se mezcló con la savia y las hojas tomaron el mismo gusto.
Una vez más, Neepec fue vencido con sus propias armas, porque la planta no perdió su utilidad, ya que con ella sazonan las carnes de los animales salvajes y otros alimentos.

Cuento del Chaco

La apuesta

Un día la lechuza y el mono descubrieron sus costumbres.
El mono se rascaba continuamente por todo el cuerpo y la lechuza movía la cabeza para un costado y para el otro sin parar. Esto les provocó tanta risa que comenzaron a burlarse el uno del otro.
—Ja, ja, ja; tenga cuidado don Mono, no sea cosa que se le gasten las uñas —se burlaba la lechuza.
—Mejor cuídese usted, doña Lechuza —decía el mono—; cualquier día de estos se le cae la cabeza de tanto dar vueltas y los vecinos van a comentar.
—¿Y qué van a comentar los vecinos?, si se puede saber.
—Miren a doña Lechuza, no tiene cabeza.
Burla va, burla viene, al fin terminaban peleándose y cada uno se retiraba a su casa de mal humor. Sin embargo, al otro día, volvían a trabarse en una nueva discusión y los animales de la selva se preguntaban cuándo terminaría todo esto ya que estaban cansados de oírlos pelear.
Así pasó el tiempo, hasta que un día resolvieron hacer una apuesta. Se trataba de comprobar quién aguanta más, si el mono sin rascarse o la lechuza sin mover la cabeza.
Invitaron a todos los animales a presenciar el desafío. Una comadreja y un tucán serían los jueces.
El día fijado se acomodaron todos en un claro de la selva formando un círculo y, en el medio, el mono y la lechuza se pararon frente a frente.
El tucán dio la orden de empezar y el mono y la lechuza se miraron fijamente tratando de no moverse; así pasaron un buen rato.
Al fin el mono, no pudiendo aguantar más la picazón, dijo a la lechuza:
—Si viene un ladrón, yo saco un revólver... ¡y ahí viene uno! —gritó y aprovechó para rascarse mientras hacía el ademán de sacar el revólver.
—¡Yo ya lo estoy viendo! —gritó la lechuza que no quiso perder la oportunidad para mover la cabeza.
—¡Y los dos están perdiendo! —gritó el tucán.
Esto les causó tanta gracia a los animales que estaban presenciando la apuesta, que comenzaron a revolcarse por el suelo, muertos de risa.

Por supuesto el mono y la lechuza perdieron.

El gallo que se ensució el piquito

Había una vez un gallito que tenía que ir a la boda de su tío Perico.
Entonces se lavó y lustró bien el pico y las plumas. Cuando estuvo listo salió.
Iba cantando y caminando cuando de pronto encontró en un charquito un grano de trigo y se dijo:
—Si no pico pierdo el grano y si pico me mancho el pico y no puedo ir a la boda de mi tío Perico. ¿Qué hago? ¿Pico o no pico?
Miró y miró el grano de trigo hasta que por fin picó y gluc... se lo comió. El barro le ensució el pico y se puso a llorar.
Entonces pensó en pedirle ayuda al pasto y le dijo:
—Pasto, pastito, ¿me limpias el pico para ir a la boda de mi tío Perico?
Y el pasto le dijo:
—No.
—Mira que llamo a la vaca para que te coma. ¡Vaca... vaca!, come al pasto que no quiere limpiar mi pico, para ir a la boda de mi tío Perico.
Y la vaca le dijo:
—No.
—Mira que llamo al palo para que te pegue. ¡Palo... palo!, pégale a la vaca; que la vaca no quiere comer al pasto, que el pasto no quiere limpiar mi pico para ir a la boda de mi tío Perico.
Y el palo le dijo:
—No.
—Mira que llamo al fuego para que te queme. ¡Fuego... fuego!, quema al palo que no quiere pegar a la vaca, que la vaca no quiere comer al pasto, que el pasto no quiere limpiar mi pico para ir a la boda de mi tío Perico.
Y el fuego le dijo:
—No.
Entonces el gallito desconsolado se puso a llorar más fuerte. En ese momento pasaba por ahí el tío Perico que al verlo le preguntó:
—¿Por qué lloras gallito?
—Porque el fuego no quiere quemar al palo, el palo no quiere pegar a la vaca, la vaca no quiere comer al pasto y el pasto no quiere limpiar mi pico para ir a tu boda.
—Pero gallito, no seas tonto —dijo el tío Perico—, ven a mi casa, te lavas el pico y listo.

Y así fue, cuando llegó a la casa de su tío, se lavó el pico y después fue a la fiesta donde se divirtió mucho.