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sábado, 31 de marzo de 2018

La flor del Lirolay

Dicen que en tiempos pasados había una flor milagrosa en nuestro país, la flor
del lirolay. Era una flor de color rojo encendido, que florecía a la medianoche y
que al abrir sus pétalos dejaba ver una perla que resplandecía con una luz
amarillenta.
Sin embargo, muy pocos lograban verla en todo su esplendor, pues sólo los
que tenían un corazón puro y los que pensaban en el bienestar de los demás la
podían encontrar.
Pero sucedió que una vez un príncipe la encontró. Era el hijo más joven del rey
Asportuma, que gobernaba en el vasto territorio de los incas, y sus reinos se
extendían por montañas y llanuras, de mar a mar.
Asportuma había sido un rey bueno y caritativo, pero ahora pasaba los días
lleno de tristeza. No podía ver lo que hacía su pueblo, pues había perdido la luz
de sus ojos.
-Un día apareció un anciano ante las puertas del palacio y les pidió a los
guardias que lo dejaran pasar, pues traía un remedio para la vista del rey. Los
guardias, aunque pensaron que era poco lo que el pobre hombre podía hacer
en favor de su rey, lo dejaron entrar y lo llevaron ante él. El viejo se arrodilló, y
mirándolo a los ojos le dijo: «Majestad, usted puede curarse con la milagrosa
flor del lirolay, pero tengo que advertirle que es muy difícil encontrarla. Sólo la
ven las personas buenas y generosas, y para encontrarla tienen que ir a las
montañas por donde se levanta el Sol».
Los tres hijos del rey habían escuchado las palabras del anciano, y decidieron
ir en busca de la flor. El rey los abrazó, y le prometió la corona a aquél que la
encontrara. Los muchachos marcharon juntos, subieron las montañas y
pasaron por desiertos llenos de piedras y de hielo, hasta que al fin vieron las
llanuras a sus pies. Entonces resolvieron separarse, tomando cada uno un
camino distinto, y quedaron en que volverían a encontrarse cuando la Luna
estuviera llena por tercera vez.
El mayor llegó a un país que se llamaba Jujuy. Le preguntaba a todo el mundo
si conocía esa flor milagrosa que se llamaba lirolay, pero nadie pudo darle
razón. Y así pasaron los meses hasta que el príncipe decidió regresar.
El segundo había llegado a un territorio que se llamaba Tucumán. Este también
le preguntaba a la gente que encontraba en las aldeas y pueblos si conocía
una flor llamada lirolay, pero nadie le supo decir nada, porque, además de no
saber hablar con la gente humilde, tenía una manera orgullosa de preguntar.
En eso se parecía mucho a su hermano mayor, que ya se creía rey. Así que
este príncipe también se cansó, y decidió regresar.
El más joven llegó a un país llamado Salta. Este muchacho era distinto de sus
hermanos; sonreía y sabía hablar con la gente humilde. A todos les contaba
que su padre había perdido la vista, y ellos, al oírlo, adivinaban que el hijo
amaba a su padre y que el rey, al igual que el hijo, debía de ser un hombre
bueno y generoso. Así que todos trataron de ayudarlo. Lo llevaron a donde los
médicos que entendían algo de plantas medicinales, pero ninguno conocía el
nombre de aquella flor. Sin embargo, el joven no se cansó y siguió buscándola.
Un día decidió abandonar el territorio donde vivía aquella gente, pues
recordaba que una anciana le había hablado de Pacha Mamma, la madre de la
Tierra, y también había oído hablar de un altar que estaba muy escondido en la
selva, entre grandes piedras. Estas piedras, según el cuento, habían sido
amontonadas en honor de aquella diosa de la vida y de la fertilidad.
Después de mucho buscar, el joven encontró el sitio deseado, y colocó encima
de las piedras todo lo que llevaba: sus panes de maíz, las hojas de coca que lo
habían mantenido con vida, y, finalmente, el poncho de lana de llama que lo
había abrigado. A continuación, se puso a rezar, pidiéndole ayuda a la diosa de
estos territorios. De pronto se le apareció Pacha Mamma: era una mujer de
extraña belleza, llena de vida, de ojos risueños. Se quedó mirándolo como lo
hacía su madre, y el joven sintió que era igual a ella, que también era de
descendencia celestial, según le habían dicho.
«¡Hijo mío!», le dijo con voz suave y melodiosa, «sé que andas en busca de la
flor del lirolay. Tú la encontrarás. Sigue por este camino y penetra más y más
en la selva. No pienses en otra cosa, y repítete en todo momento que tienes
que llevarle a tu padre la flor del lirolay. No podrás dormir durante todos estos
días, porque sólo a la medianoche, cuando la flor esté abriendo sus pétalos,
lograrás verla».
El muchacho estaba arrodillado ante la señora, con la cabeza inclinada.
Cuando la levantó, Pacha Mamma había desaparecido. Al principio el
muchacho creyó que se trataba de un sueño, pero estaba seguro de haber
visto a la diosa, y al acercarse al altar encontró una canasta de deliciosos
alimentos: bizcochos de maíz y natas, frutas frescas y una bebida fuerte y
dulce que lo animó a seguir adelante.
No le fue fácil penetrar en aquella selva. Tuvo que luchar contra las
enredaderas y la vegetación que le cerraban el paso, pero no se dio por
vencido. Al fin llegó a un lago en el cual desembocaban algunos arroyos que
llevaban agua pura de los montes, y allí vio a una linda muchacha que se
estaba refrescando la frente. «¿Me puedes decir dónde puedo encontrar la flor
del lirolay?», le preguntó.
«Al otro lado del río», le respondió; «pero quédate conmigo, soy la dueña de
estos territorios y las aguas me obedecen».
El príncipe se sintió tentado. ¡Qué bella era aquella niña! Mas recordó que su
padre lo esperaba y le pidió a la joven que lo dejara pasar, pues no podía
demorarse. Debía atravesar el lago para proseguir, y al principio no le pareció
peligroso; pero al meterse entre las aguas, comenzó a hundirse. A lo lejos oía
las carcajadas de la muchacha, pero entonces le pidió ayuda a Pacha Marnma
y así pudo salvarse y seguir adelante.
El trayecto siguiente era todavía más difícil. Las enredaderas lo ahogaban y le
parecía oír voces por todos lados. «¿Qué selva será ésta?», se preguntaba, y
entonces se le ocurrió gritar: «Estoy buscando la flor del lirolay. ¿Es por aquí
por donde se encuentra?» Una voz le contestó:
«Sí, en esta selva florece esa flor; pero ¿por qué no te quedas con nosotras?
Somos las dueñas de la selva». Y al buscar de dónde provenía la voz, vio a
unas hermosas niñas de cabellos negros adornados con flores, que lo miraban
tiernamente. Nuevamente el joven se sintió tentado, mas cerró los ojos para no
dejarse convencer. Se liberó y quedó otra vez solo; se caía y se enredaba en la
vegetación continuamente, y tenía la impresión de que las niñas se burlaban de
él. «Pacha Mamína, no me desampares», gritaba en su desolación. Y sucedió
que apenas pronunció el nombre de la diosa, se acabaron sus penas y una luz
suave y bella alumbró a su alrededor.
La luz salía de una flor de pétalos rojos que llamaba al joven a su lado. Con
manos temblorosas la tomó y vio que ahora ella lo guiaba, y que el camino se
le abría sin tener que hacer ningún esfuerzo.
Sus hermanos lo estaban esperando, cuando por fin llegó al sitio en donde se
habían separado, cuatro meses antes; mas éstos no se alegraron cuando lo
vieron. No podían aceptar que el más joven hubiera encontrado la flor del
lirolay. No dijeron nada, pero comenzaron a urdir un plan para deshacerse de
él.
«Nuestro hermano menor será el rey. Tendremos que obedecerle a un
muchacho. No podremos tolerar esto», dijeron. Y decidieron quitarle la flor para
llevársela a su padre, y dividir el reino entre ellos, siempre que lograran
deshacerse del hermano menor.
El joven no sospechaba nada. Estaba feliz con su flor. La llevaba como una
vela, cuidándola y acariciándola continuamente.
Una noche, después de pasar el alto de la cordillera, y habiendo acampado a
orillas de un río, los hermanos mayores agarraron al menor, mientras dormía, y
lo echaron al agua.
Después, tomaron la flor, se la llevaron al padre y la colocaron sobre su rostro,
haciéndole recobrar la vista. El rey les dio las gracias a sus hijos mayores, pero
no podía ocultar la pena que sentía por la pérdida del hijo menor. Los mayores
le habían dicho que lo habían perdido de vista al bajar la cordillera.
El rey lanzó entonces una proclama por todos sus territorios, ofreciendo una
gran recompensa a quien supiera algo del principe menor y le trajera noticias
de él. «El precio que he pagado por recobrar mi salud ha sido demasiado
caro», les decía a sus súbditos.
El hijo menor realmente había desaparecido. Las aguas del río lo habían
arrastrado hasta una laguna llena de cañas. Pero Pacha Mamm.a se había
enterado de lo sucedido y vino en ayuda del muchacho, a quien había tomado
mucho cariño. El joven volvió a respirar al ser sacado de las olas, pero no se
despertó. La diosa lo dejó dormir entre las cañas que se mecían con el viento.
Por esos días pasó por allí un pastor que venía a cortar una caña para hacer
una flauta. Cuál no sería su asombro cuando, al empezar a tocarla, escuchó
una voz que cantaba:
No me toques, pastorcito,
ni me dejes de tocar.
Mis hermanos me mataron
por la flor del lirolay
El pastor metió la flauta debajo del poncho y se encaminó al palacio. Los
guardias lo dejaron pasar cuando les dijo que tenía noticias del príncipe. Se
arrodilló ante el rey y le dio la flauta para que la hiciera sonar.
No me toques, padre mío,
ni me dejes de tocar.
Mis hermanos me mataron
por la flor del lirolay.
Cuando el rey escuchó la voz de su hijo y supo lo que había pasado, llamó a
sus hijos mayores y los obligó a tocar la f lauta.
«¿Para qué servirá?», le preguntaron,
pero pronto oyeron la voz de su hermano que cantaba:
No me toquen, hermanitos,
ni me dejen de tocar,
porque ustedes me mataron
por la flor del lirolay.
Cuando la flauta dejó de sonar, los hermanos confesaron lo que habían hecho
y le rogaron al rey que los perdonara. Pero éste no les contestó sino que les
ordenó que lo siguieran hacia la laguna, donde el pastor había encontrado
aquella caña que cantaba con la voz del príncipe. Una vez allí, y mientras
sostenía en sus manos la f lor del lirolay, el rey les pidió a sus hijos que
cortaran la caña y la sacaran a la orilla.
Al anochecer encontraron al príncipe. Todavía respiraba, pero tenía los ojos
cerrados. Entonces el rey le puso la flor milagrosa en el rostro, y su hijo recobró
la vida. Se levantó y abrazó a su padre.
No recordaba lo que había pasado.
«Ya recobraste la vida de tus ojos. Gracias a Pacha Marnma, gracias a las
selvas de Salta», fueron sus primeras palabras.
Una vez en palacio, contó sus aventuras. Nadie se dio cuenta de que los
hermanos mayores habían desaparecido. El padre y el hijo pasaron toda la
noche juntos, y cuando empezó a aclarar se acordaron de la flor del lirolay.
Volvieron al sitio donde el rey se la había puesto al príncipe en la cara, pero no
pudieroi i e, icontrarla. Tampoco volvieron a oír de los príncipes hermanos.
Nadie sabe si ellos se llevaron la flor cuando huyeron del reino o si lograron
atravesar la cordillera, pues el invierno estaba por empezar jamás se sabrá.
Pero el rey Asportuma y su hijo menor vivieron felices durante muchos, muchos
años, y cuando el príncipe, después de la muerte de su padre, se convirtió en
rey, gobernó con bondad y sabiduría, como lo había aprendido de su padre.

La elección del rey de los pajaros

Un día, hace mucho tiempo, todos los pájaros se reunieron para elegir rey.
Todos se creían capaces de ocupar tan alta dignidad, y cada cual habló de sus
virtudes y de lo que haría cuando fuese rey.
Después de mucho hablar, el majestuoso cóndor levantó la voz y dijo: «Si
continuamos así no llegaremos a ningún acuerdo. Sugiero que cada familia se
aparte y elija su representante. Haremos que estos representantes luchen entre
sí, y así sabremos cuál de ellos es el más capaz y el más fuerte».
La propuesta del cóndor fue aceptada, y de inmediato comenzaron a oírse
aletazos, unos poderosos y otros suavecitos, disputas furiosas y el gorjeo de
los pajaritos. Pasado un rato, se inició la lucha entre los elegidos.
El gran cóndor no quiso someterse a la prueba. «No deseo ser rey de
ustedes», manifestó; «a mí todo el mundo me respeta sin ser monarca. Los
hombres me retratan en sus templos y palacios y nadie disputa mi majestad en
las alturas de las cordilleras. ¡Que se elija el rey de las llanuras! Yo actuaré
como árbitro para que todo se haga en orden. ¡Empecemos con los más
pequeños!»
Pronto se vio que aunque entre las aves pequeñas había algunas
hermosísimas, que cantaban con voz dulce y suave, no tenían nada que les
permitiera destacarse:
volaban despacio y su dímínuto pico no les servía para defenderse. Era
evidente que sólo la fuerza y la agilidad contarían en esa prueba.
Ya sólo luchaban las aves de rapiña: los halcones, los halietos, los buitres y las
águilas, pues los pájaros bondadosos habían huido. Al cabo de un buen rato,
muchas se hallaban heridas y cubiertas de sangre y, al encontrarse solas y sin
quién les ayudara, tuvieron que retirarse, arrastrándose por sus propios
medios. La competencia por fin había terminado.
El águila venció, y el cóndor la proclamó rey de las llanuras. Se había
disputado el título con el halcón, pero éste también había caído herido de
muerte, y no hubo nadie que aclamara al águila como rey. Todos los pájaros se
habían marchado ya. No, no es cierto, no todos; los tordos todavía estaban allí.
Asustados al ver aquella sangrienta y cruel lucha, se habían escondido y
habían escuchado la proclamación del cóndor. Pero en vez de aclamar al
águila, como debía ser, procedieron a humillarla y a burlarse de ella. «Usted es
un rey muy extraño. ¡Su gente le tiene miedo y se ha ido! Ciertamente, su pico
es poderoso, pero a usted le falta bondad y sabiduría. Los gobernantes como
usted no duran en el poder. ¡Nadie los quiere y a nadie le gusta la tiranía!»
Al escuchar esto el águila se enfureció. Tal vez le parecía que los tordos tenían
razón y no quería oír más. Les pidió a sushijos que espantaran a los tordos, y
luego hizo una reunión para encontrar la manera de salvar su dignidad.
Algunos halcones que por allí andaban y a quienes el águila había sabido
conquistar, nombrándolos ministros de su majestad, participaron en la reunión
e hicieron la siguiente propuesta: «Los tordos mayores son difíciles de atrapar,
y habrá que esperar a que mueran, pero a los pequeños los podemos matar en
sus nidos; así castigaremos la falta de respeto de sus padres. ¡Cómo se
callarán y afligirán los viejos cuando vean morir a sus hijos!»
El águila aceptó y autorizó a los halcones para que quemaran los nidos de los
tordos.
La medida tuvo éxito. Cuando los tordos vieron que sus nidos ardían, trataron
de salvar a sus hijos, pero sus esfuerzos fueron en vano; sólo lograron cubrirse
de hollín y teñirse de negro, un color que jamás perdieron después de esa
lucha por sus hijos.
Sin embargo, aunque muchos torditos murieron, no todos fueron exterminados,
y los que quedaron supieron defenderse de la maldad del águila: ya no
construyeron sus propios nidos, sino que comenzaron a escoger los nidos de
otros pájaros para dejar sus huevos entre los de ellos. Así aseguraban la vida
de sus hijos, pues los padrastros los criaban como si fueran propios. Además,
apenas los torditos crecían y hacían contacto con los otros tordos, se ponían a
hablar mal del águila y a contar las barbaridades que había cometido. Y así han
seguido y seguirán burlándose de ella. Por eso el águila nunca pudo gozar de
su reino y jamás fue reconocida como rey de los pájaros.

La piedra movediza del tandil

Hace mucho tiempo Sol y Luna se habían unido en matrimonio. Habían creado
la pampa y regado las semillas del pasto; habían hecho llegar las nubes grises
para que lloviera en abundancia y crecieran las plantas.
¡Qué hermosa había quedado aquella pradera llena de flores! Tenía, incluso,
algunos árboles en la planicie; eran ombúes majestuosos, que permitían
orientarse en ese mar verde que era la pampa.
En ese momento todavía no había hombres sobre la Tierra, pero después,
cuando nacieron sus hijos, Sol y Luna los llevaron al hermoso jardín que ellos
habían cultivado.
Después crearon a los animales para que acompañaran a sus hijos, y aunque
les dieron permiso de cazarlos para que tuvieran comida en abundancia,
también les encargaron su cuidado.
Y los hijos de Sol y Luna aprendieron a manejar el arco y la flecha, y
aprendieron a usar el fuego para calentarse y para preparar sus comidas.
Cuando cazaban se movían con agilidad; corrían, saltaban y se escondían. Sus
toldos eran fáciles de armar y les prestaban abrigo, y también podían
transportarlos de un lugar a otro cuando se cansaban de una región, o cuando
ya no encontraban qué cazar ni qué comer.
Los hijos de Sol y Luna conocían toda la pampa, la dominaban, y eran felices
en las tierras que les habían regalado sus padres.
Sol y Luna habían vivido al lado de sus hijos y sus nietos por algún tiempo, y
les habían transmitido sus conocimientos y su sabiduría. Mas un día, se dieron
cuenta de que los hijos ya no los necesitaban, y entonces decidieron regresar
al cielo, no sin antes prometerles que les mostrarían la cara todos los días: Sol
los vigilaría de día y Luna de noche.
Pasaron los siglos y todo seguía igual. Los hijos de Sol y Luna no conocían
necesidades; la tierra les daba de todo. Y ellos, a su vez, bendecían a sus
padres y les agradecían tanta bondad, hasta que un día sucedió algo extraño;
¡algo que los habitantes de la pampa jamás habían visto! El Sol
resplandeciente se puso pálido y poco a poco fue perdiendo su color. ¿Qué
habla pasado? El terror se apoderó de los hombres y de los animales. Y
entonces se dieron cuenta de que un puma, conocido también como el león de
la pampa, se habla subido al cielo. Había perseguido a Sol durante todo el día,
y ahora estaba listo para agredirlo; ahora, en el preciso momento en que Sol
quedaba atrapado entre el cielo y la tierra, antes de desaparecer.
El puma abrió sus fauces, dejó entrever sus feroces dientes, y ya iba a atacar,
cuando los hijos del Sol acudieron en su ayuda.
Miles de flechas volaron hacia el cielo, y una de ellas atravesó a la fiera. El
puma cayó a la tierra, estremecido de dolor y herido de muerte. Nadie se
atrevía a acercarse para matarlo del todo. Mientras tanto, Sol, ya recuperado
del terror que le había causado el ataque del puma, volvió a mostrar su cara en
todo su esplendor, y antes de hundirse detrás del horizonte, enrojeció de
orgullo al recordar la valentía de sus hijos.
Luna, al salir, buscó por todas partes al animal que había tratado de darle
muerte a su esposo, hasta que lo divisó abajo. El puma no había muerto, sino
que seguía golpeando la arena con la cola y rugiendo que daba miedo.
Entonces Luna empezó a tirarle piedras a la fiera, tapándola por completo. Fue
así como se formaron las colinas del Tandil. La última piedra que arrojó Luna
cayó encima de una flecha y por eso sigue moviéndose. Parece que el animal
tampoco murió, porque en el momento en que Sol se levanta, la piedra
empieza a temblar.
El puma quiere atacarlo de nuevo; se levanta, luego se calma, y más tarde se
mueve otra vez. Y así continúa haciéndolo hasta hoy ...
¿Qué más se puede decir para probar que la leyenda es la pura verdad y que
así sucedió?

Como Tupa hizo crecer el maiz

Todo el país de los guaraníes sufría de una gran sequía. Los dos ríos que
pasaban por la región ya casi no llevaban agua y los peces habían muerto. Ya
no se extraía alimento. Ya no valía la pena arrojar atarrayas.
Los cazadores regresaban de la selva sin haber encontrado qué cazar. Los
pantanos se habían secado y los pájaros se habían ido por falta de agua.
Era la primera vez que los guaraníes aguantaban hambre. Le habían rogado a
Tupá que les mandara la lluvia, pero el cielo continuaba azul, y el Sol ardía y
quemaba lo poco verde que todavía se podía encontrar en los rincones
sombríos.
La tierra se había endurecido, y ahora se abría bajo las pisadas de los
hombres, que salían de la región en busca de comida. Pero en todas partes se
veía la misma miseria.
Muchos murieron. «Tupá no ayudará», decían los que quedaban,
desesperados. Entre éstos había dos guerreros solteros que marchaban
adelante de los demás.
A Avatí y Ñandé, que así se llamaban los guerreros, les daba lástima el llanto
de los niños, y estaban dispuestos a arriesgar su vida para salvarlos.
Un día estaban discutiendo las necesidades de los suyos, y nuevamente
aseguraron: «Daríamos nuestra vida para aliviar el hambre de nuestros
hermanos».
Apenas pronunciaron estas palabras, apareció ante ellos un hombre
desconocido, que les dijo: «Escuché sus palabras. Si hablaban en serio, Tupá
les ayudará. El me mandó a la Tierra a buscar a un hombre que esté dispuesto
a dar su vida por los demás; de su cuerpo nacerá la planta que les dará de
comer a todos. Crecerá en todas partes, si los hombres la cultivan cerca de sus
pueblos, y sus frutos se podrán guardar para tiempos de sequía. Con esta mata
divina ya no habrá miseria entre los guaraníes».
Al oír esto, ambos jóvenes se levantaron y dijeron: «Moriremos, si Tupá lo ha
dispuesto así».
«No es necesario que mueran ambos», contestó el desconocido. «Uno debe
quedar vivo y buscar un sitio al lado del río, cerca del pueblo. Allí aflojará la
tierra y enterrará a su amigo. De su cuerpo nacerá la planta de Tupá, que le
dará vida eterna por haberse sacrificado por los demás».
Los amigos buscaron el lugar y se dieron la mano. Ambos deseaban salvar a
su pueblo, pero Avatí fue el elegido por Tupá, y le tocó la muerte. Ñandé alistó
la tierra, y llorando lo enterró. Todos los días fue a visitarlo y a regar la tierra
con agua del río, y las palabras de Tupá se cumplieron. De la tierra salió un
vástago que Ñandé jamás había visto, y la planta creció, floreció y dio sus
primeros frutos, frutos en abundancia.
Entonces Ñandé llamó a su gente, le mostró la planta y le contó lo que había
sucedido. Cuando terminó su cuento, apareció aquel desconocido y exclamó:
«Ñandé les dijo la verdad: Avatí vivirá para siempre mientras ustedes siembren
los granos secos de esta mata y cuiden los surcos. Tupá mandará la lluvia y
nunca volverá a haber hambre entre los guaraníes».
Los hombres se inclinaron ante el mensajero de Tupá y luego empezaron a
festejar el acontecimiento, bailando, cantando y alabando a su creador, y desde
entonces crece el maíz y los nutre a todos con sus frutos deliciosos.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Leyenda de Maitén y el dios del lago

En medio de los Andes Patagónicos, rodeada por la belleza natural de los lagos del sur, se hallaba enclavada la toldería.
Allí vivía Maitén, una hermosa india araucana que despertaba la admiración de los jóvenes del lugar.
Según las costumbres de la tribu, Maitén ya estaba prometida a Coyán, un joven indio que amaba a la muchacha y deseaba formar su familia con ella.
Pero sucedió que un día, dos indios pehuenches que se encontraban por los alrededores cazando vieron a Maitén a orillas del lago Nahuel Huapi y quedaron prendados de su belleza.
—Me casaré con esa muchacha —dijo uno de ellos.
—También yo quisiera casarme con ella —dijo el otro.
—¿Qué vamos a hacer entonces? ¿Pelear entre nosotros que somos hermanos de sangre, para conseguir su amor?
—No, nada de eso haremos; hablaremos con ella para que decida con cual de los dos se quedará. No olvides que pertenece a otra tribu y que, además de su elección, queda aún por saber si su familia está de acuerdo.
—Está bien, pero antes juremos respetar la decisión de esa joven, sin celos ni venganzas.
Se hicieron mutuamente el juramento y fueron a hablar con Maitén.
—Eso no puede ser posible —les contestó la muchacha conmovida—; mis mayores ya me prometieron a Coyán desde pequeña; nos queremos y cumpliremos con el deseo de nuestras familias.
Los indios se sintieron desairados y estaban dispuestos a no darse por vencidos. Entonces fueron a consultar a una vieja adivina.
—Es muy difícil lo que me piden —contestó la mujer—; Maitén y Coyán se quieren.
—No nos importa, uno de los dos se casará con ella, está decidido.
—Bien, en ese caso, sólo una cosa podré hacer; consultaremos al dios del lago.
Los dos pehuenches estuvieron de acuerdo. La adivina adormeció a la joven y la colocaron en una embarcación.
Luego la arrojaron al lago y comenzó a deslizarse suavemente en las azuladas aguas, hacia la morada del espíritu.
Los indígenas se quedaron apostados en la orilla, esperando impacientes.
De pronto, levantando gigantescas olas, el dios del lago emergió de las profundidades, bramando. El cielo se oscureció y un viento huracanado azotó los rostros de los dos indios.
Luego, las gigantescas olas se lanzaron con fuerza hacia la orilla abriendo un lecho en la tierra por donde se deslizó el agua formando un río.
Los pehuenches vieron asombrados cómo la embarcación donde estaba Maitén navegó segura por aquel río y a Coyán aferrado a ella.
Impulsados por la corriente se alejaron y no se los vio más por el lugar.
Cuentan los nativos que el dios del lago Nahuel Huapi los llevó a una hermosa tierra donde pudieran vivir felices y en paz y que, después de mucho tiempo, aparecieran transformados en “macá * plateados”.
Estas aves llegaban al caer la tarde, y después de sobrevolar el lago, se posaban unos instantes sobre sus aguas azules; dicen que en agradecimiento al espíritu del lago, por haberles brindado esta dicha.



* Macá: también se lo llama “zambullidor”. Es un pájaro acuático del tamaño y apariencia más o menos de una paloma y que tiene la característica de tener sus patas de dedos largos muy atrás, lo que hace que camine erguido; no tiene nada de cola y en su cabeza se destaca su largo y fino pico, sus ojos rojos y un penacho de plumitas blancas que sólo lucen los machos. Su caminar es torpe y gracioso por la ubicación de las patas, pero en el agua demuestra gran habilidad para nadar y bucear.