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domingo, 27 de octubre de 2013

El Mahabharata relatado en 15 episodios (XV)Yudhishthira y su perro

Llegó un día en el desarrollo del hinduismo en que la religión volvió su espalda a todas las deidades del poder y del bien mundano. El dios, como su adorador, debe evitar riquezas y beneficio material. Desde quinientos años antes de la era cristiana las órdenes budistas habían estado yendo entre la gente popularizando ciertas grandes concepciones de renunciación y desarrollo personal como el fm real de la religión. Cerca del momento de la era cristiana el conjunto de estas ideas estaba madurando para alcanzas una forma organizada, en la misma India, como una nueva fe. Pero la evolución no cesó en este punto con la emergencia de la adoración a Shiva. Algunos siglos más tarde una nueva fase de este hinduismo más elevado fue elaborada otra vez, y la adoración de Satya-Narayana apareció en su encamación como Krishna. Esta religión fue impuesta y promulgada en la forma de un gran poema épico —el poema épico nacional indio par excellence— que adoptó entonces su forma final, el Mahabharata.
En la opinión de algunos estudiosos tenemos aquí en el Mahabharata una recapitulación de todo el mundo maravilloso del primitivo observador celestial. Dioses, héroes y semidioses se abren paso a empujones en estas páginas, y de dónde vienen y cuál ha sido su historia previa no conocemos más que un nombre aquí, una luz lateral allá, que nos ayuda a descubrirlo. Como en cierto maravilloso tupiz, están aquí reunidos, en un caso pasa la batalla, en otro para la vida, y fuera del choque de los aceros enemigos, más allá de la lealtad de vasallos y compañeros, más allá de intereses opuestos e ideas en conflicto, es una de las más nobles escrituras del mundo. ¿Es cierto que, con la excepción de lo que ha sido agregado y moldeado por un poeta supremo, fusionando en una masa única las imágenes de eón antiguas, la mayor parte de los caracteres que se mueven con tanta soltura a través de estas inspiradas páginas han bajado del escenario del cielo de medianoche? Sea como sea, un cosa está clara:
la última escena que finaliza el largo panorama es la de un hombre subiendo a una montaña, seguido de un perro, y fmalmente, con su perro, es trasladado al cielo en carne y hueso.

La peregrinación de la muerte


Los cinco héroes reales en honor a los cuales es desarrollada y ganada la batalla de su tiempo, tuvieron el imperio de la India por unos treinta y seis años, y ahora, reconociendo que había llegado su momento final, ellos, con Draupadi, su reina, entregaron su trono a sus sucesores y partieron en su último viaje solemne —la peregrinación de la muerte— seguidos por un perro que no les abandonaría. Luego de rodear todo su gran reino en el último acto de adoración real, procedieron a ascender a las alturas del Himalaya, evidentemente en un intento por alcanzar su legítimo sitio entre las estrellas. Aquel que ha vivido en el mundo sin defecto puede al fmal aspirar a trasladarse. Pero grande como es la gloria de los hermanos Pandavas, sólo uno de ellos, Yudhishthira, el mayor, ha llevado una vida tan inmaculada como para merecer esto, el honor de alcanzar el cielo en persona. Uno a uno, los otros, Bhinia, Arjuna y sus mellizos Nakula y Sahadev, junto con Draupadi la reina, se desvanecen y caen y mueren. Y sin una mirada atrás, sin gemido ni suspiro, Yudhishthira y el perro siguieron solos. De repente un trueno detiene sus pasos, y en el medio de una masa de resplandor vieron al dios hidra, rey del cielo, en su carro. Él estaba allí para llevar a Yudhishthira de vuelta al cielo, e inmediatamente le pide que suba al carro.
Y es aquí, en la respuesta del emperador, donde podemos medir cuán lejos ha andado el pueblo indio desde la antigua adoración de deidades puramente cósmicas a la moralización y espiritualización de sus deidades y semidioses. Yudhishthira se niega a subir al carro a no ser que sus hermanos muertos fueran todos llamados a subir con él, y agrega, en su nombre, que ninguno aceptará la invitación a no ser que con ellos esté su reina Draupadi, quien fue la primera en caer. Sólo cuando Indra le asegura que sus hermanos y esposa le han precedido y los encontrará otra vez a su llegada en el estado de felicidad eterna, él consintió subir al carro divino, y se hizo a un lado para dejar al perro primero.

El perro


Pero aquí hidra se opuso. Para los hindúes el perro no es sagrado. ¡Es imposible contemplar la idea de un perro en el cielo! Por ello se pide a Yudhishthira que despida al perro. Curiosamente él se niega. Para él el perro aparece como uno que ha sido devoto, leal en tiempos de calamidad y desastre, amante y fiel en las horas de entera soledad. No puede imaginas la felicidad, ni siquiera en el cielo, obsesionado por la idea de que alguien tan leal haya sido dejado fuera.
El dios suplica y argumenta, pero cada palabra reafirma aún más al soberano. Su idea de hombría está complicada. «Abandonar a alguien que nos ha amado es infinitamente pecaminoso.» Pero también son provocados su orgullo personal y su honor como rey. Él aún no ha fallado a los aterrados o a los devotos, o a aquellos que han buscado el santuario con él, tampoco a aquel que ha pedido compasión, ni a alguno que era demasiado débil para prolegerse. Él no quebrantaría su propio honor meramente por su deseo de propia felicidad.
Entonces se presentan las más sagradas consideraciones para sostener la situación. Debe recordarse que los hindúes comen sobre el suelo, y entonces es fácil comprender el terror de que un perro entre a una habitación. Hay evidentemente un similar desagrado a ese mismo hecho en el cielo. «Tú sabes», insistió hidra, «que la presencia de un perro en el cielo sería profanadora.» Su mera visión priva a los sacramentos de su consagración. ¿Por qué, entonces, alguien que ha renunciado a su propia familia debe objetar tan enérgicamente abandonar a un perro?
Yudhishthira contesta amargamente que había sido forzado a abandonar a aquellos que no vivían a acompañarle en adelante, y, admitiendo que su resolución había probablemente ido creciendo a lo largo del debate, fmalmente declara que él no puede concebir un crimen que sería más nefasto que dejar al perro.
La prueba se termina. Yudhishthira ha rechazado el cielo por el perro, y éste se transforma en un radiante dios, el mismo Dharma, el dios de la Justicia. El mortal es aclamado por radiantes multitudes y, sentado en el carro de la gloria, entra en el cielo en su forma mortal.
Sin embargo, el poeta no ha aclarado todo lo que se requiere a un perfecto hombre para ser elevado a la posición de gran gloria. Yudhishthira, entrando en el cielo, contempla a sus enemigos, los héroes con los que ha luchado, sentados en tronos y radiantes. Ante esto el alma del emperador se ofende poderosamente. ¿Debe aceptar el mero júbilo de los sentidos, razona, como cualquier equivalente del deleite de buena compañía’? Donde estén sus compañeros será el cielo para él, un sitio habitado por los personajes que él ve frente a sus ojos merece un nombre diferente.
Yudhishthira, entonces, es conducido a una región de otro tipo. Aquí, entre horrores de oscuridad y tormentos, su energía se agota y ordena enojosamente a su guía sacarlo de allí. En ese momento se oyen susurros, viniendo de todas direcciones, pidiéndole que se quede. Con él llega un momento de alivio a todas las almas prisioneras en esa pena viviente de visión, sonido y tacto.

Yudhishthira en el infierno


Involuntariamente el emperador se detuvo. Y al pararse y escuchar se dio cuenta con consternación que las voces que estaba escuchando le eran familiares. Aquí. en el infierno, estaban sus parientes y compañeros. Allí, en el cielo, había visto a los grandes entre sus enemigos. El enojo le encendió. Volviéndose al mensajero, que todavía no le había dejado: «¡Vete!», tronó en su enojo. «¡Vuelve a los grandes dioses, de donde vienes, y hazies saber que nunca alzaré la vista para mirar sus caras otra vez. ¡Qué! ¡Hombres malvados con ellos y estos mis parientes caídos en el infierno! ¡Infierno! ¡Esto es un crimen! Nunca volveré a aquellos que han provocado esto. Aquí con mis amigos en el infierno, donde mi presencia les ayudará, yo habitaré para siempre. ¡Vete!»
Sólo pasó un momento, y repentinamente la escena había sido cambiada. El cielo arriba se volvió brillante. Dulces aires comenzaron a soplar. Todo lo que había sido asqueroso y repulsivo desapareció. Y Yudhishthira, alzando la vista, se encontró a sí mismo rodeado por los dioses. «¡Bien hecho!», gritaron. «Oh señores de los hombres, vuestras pruebas han terminado y vosotros habéis luchado y ganado. Todos los reyes deben ver el infierno tanto como el cielo. Felices son aquellos que lo ven primero. Para vosotros y estos vuestros parientes no resta nada salvo la felicidad y la gloria. Entonces hundíos en el celestial Ganges y poned allí en su sitio vuestra mortal enemistad y pena. Aquí, en la Vía Láctea, vestíos con el cuerpo de la inmortalidad y entonces ascended a vuestro trono. Sentaos entre los dioses, tan grandes vosotros como hidra, aislados de los hombres mortales alzados al cielo en esta vuestra forma terrenal!»

La grandeza de la autoconquista


El proceso de espiritualización que vemos en su momento inicial en la historia de Daksha y Shiva es aquí visto en su punto culminante. Cuidadosamente emancipado de la primitiva adoración a la aprobación cósmica y el poder, el Héroe del Cielo no aparece más como un gran Prajapati, o Señor de la Creación, ni siquiera como un Salvaje Cazador, matando al sol invernal, sino completamente como un hombre, uno como nosotros mismos, sólo más noble. La imaginación hindú ha alcanzado ahora un punto en que no puede concebir nada en el universo que trascienda en grandeza de la conquista de hombre por sí mismo. Yudhishthira brilla entre los hombres en clemencia real y en humana lealtad y verdad, de la misma forma como ahora él brilla entre las estrellas. Primero renunció a cualquier cosa que viniera a él y finalmente aceptó en sus propios términos. Ésta era la demanda que el budismo, con la exaltación del carácter y objetividad, había enseñado a hacer al pueblo indio del hombre humano. La mayor de todas era la renuncia del monje; pero seguido a esto, y una misma expresión de la misma grandeza, era la aceptación de la vida y el mundo como su maestro, no como su esclavo.

No puede negarse que la historia de Yudhishthira, con su sutileza de incidentes y de descripción de caracteres, es minuciosamente moderna en tono y alcance. La particular concepción de lealtad que encama es profundamente característica del pueblo indio. Para ellos la lealtad es social más que una virtud militar o política, y es llevada a grandes distancias. Debemos recordar que la historia de Yudhishthira será en parte la descendencia y en parte el padre de esa calidad que encarna y exalta. Dado que este patrón era característico de la nación, encontró expresión en este poema épico. Dado que el poema épico ha predicado esto en cada pueblo, en canción, en sermón y en drama durante estos quince siglos pasados, ha moldeado el carácter indio e instituciones con ímpetu creciente, y llegado lejos para comprender y democratizar la forma de nobleza que proclama. ¿Si se les hubiera dejado desarrollar libremente, los mitos griegos hubieran pasado a través de los mismos procesos de moralización y espiritualización como los indios? ¿Debe ser India, de hecho, reconocida como el único miembro de las civilizaciones clásicas que ha dado un crecimiento normal y perfecto? ¿O debemos considerar que, en el genio helénico, la emergencia temprana de la idea de belleza y el esfuerzo hecho conciencia luego del efecto poético sobrepasa todo lo que se convierte en el indio en alta interpretación moral? Un cierto asoma de poesía no puede faltar en producciones que han comprometido siempre los más nobles poderes del hombre; pero éste en los indios parece ser siempre inconsciente, el resultado de la belleza de pensamiento y nobleza de significado, mientras que en los griegos estamos vivamente convencidos del deseo de un supremo artesano de belleza como un fin en sí mismo.

El Mahabharata relatado en 15 episodios (XIV) El gran anfitrión de la muerte

Éste era un momento terrible para los Pandavas, con sus propios corazones llenos de pena por la aflicción de la batalla; ellos tenían que presentarse ante el anciano Dhritarashtra y su reina Gandhari, quienes habían perdido la totalidad de su centenar de hijos. La victoria de Kurukshetra había hecho a Yudhishthira rey de todo el territorio, y Dhritarashtra reconoció este hecho anunciando su intención de dejar el mundo y retirarse con Gandhari y Pritha a las proximidades del Ganges, para vivir allí sus vidas con piedad y devoción. Durante el primer mes los príncipes Pandavas fueron hasta allí, y les acompañaron y se quedaron con ellos para rezar juntos por sus ilustres muertos. Y al finalizar el mes fueron visitados por Vyasa, el jefe de los sacerdotes reales, un hombre famoso por sus dotes de espiritualidad y conocimiento. Sentados con Vyasa, Gandhari, Kunti y Dhritarashtra hablaron de muchas viejas penas y buscaron la explicación de misterios que les tenían perplejos desde largo tiempo atrás. Entonces volviéndose a Gandhari, atendiendo a su tristeza que era la mayor que puede soportar una mujer y hablando al corazón que se había quedado sin palabras para pronunciar, Vyasa dijo: «¡Oye, oh reina! Tengo una bendición que ofrecer. Esta noche tú verás otra vez a tus hijos y parientes, como hombres que se levantan de un sueño. Así tu pena se aliviará y tu corazón podrá descansar.»
Entonces toda la gente allí reunida, creyendo escasamente que las palabras de Vyasa fueran cumplidas, cogieron sus sitios expectantes en las orillas del Ganges. El día pasó, pareciéndoles a ellos como un año, por su ansiedad por volver a ver a los príncipes fallecidos. Pero al final el Sol se puso y todos finalizaron su baño vespertino junto con sus rezos. Cuando llegó la noche y todos estaban sentados en grupos y en solitario en protegidos sitios a lo largo de las orillas del Ganges, Vyasa llamó con voz clara a los muertos de ambos bandos para concederles una vez más su visión a los mortales a fin de que sus corazones dolidos de pena pudieran ser consolados por un rato.

La procesión


Entonces un extraño sonido se oyó desde dentro de las aguas, y gradualmente, en sus tropas y compañías, con el esplendor de formas radiantes, y banderas y coches, surgieron todos los reyes y con ellos todas sus tropas. Allí estaban Duryodhana y todos los hijos de Gandhari y Dhritarashtra. Allí estaban Bhishma y Drona y Kama. Allí estaba Shikhandin y allí estaba Drupada, y allí había otros mil. Todos estaban vestidos con ropas celestiales y brillantemente adornados. Estaban libres de pena y odio y despojados de todos sus celos. La escena era como un gran festival de alegría, o parecía un cuadro pintado sobre un lienzo. Y Dhritarashtra el rey, ciego toda su vida, vio a sus hijos por primera vez, con el ojo de una aguda visión, y conoció en toda su intensidad el júbilo de la paternidad.
Y la muerte avanzó y se mezció con los vivos. No había pena, mii miedo, ni desconfianza, y no había descontento en esa noche sagrada. Karna aceptó a Kunti como madre y se reconcilió con los Pandavas como sus hermanos. Y la dolorosa pena de Gandhari por Duryodhana y el resto de sus hijos se apaciguó.
Y cuando llegó el amanecer, aquellas sombras de esos poderosos muertos se hundieron otra vez en el Ganges y fueron cada uno a su propia morada, y los vivos, con la pena aliviada, volvieron a sus obligaciones de la vida y se dedicaron a las tareas que se les presentaban.


El Mahabharata relatado en 15 episodios (XIII) Karna

El nacimiento del guerrero Karna había sido peculiar. Teniendo al Sol por padre, él había nacido de Kunti, o Pritha, la madre de los Pandavas, antes de su boda, y ella había rogado que el niño, si realmente era hijo de un dios, naciera con aros naturales en las orejas y escudo también natural como símbolo de su inmortalidad. Y esto ocurrió así; y estas cosas fueron los símbolos de que no podía ser muerto por enemigo mortal. Y Kunti, yendo con su criada, colocó al niño al final de la noche en una caja hecha de mimbre, llorando amargamente, y lo botaron con muchas tiernas despedidas sobre la corriente del río.
Y llevado por las olas, y con los símbolos de su origen divino, el bebé llegó a la ciudad de Champa, en el Ganges, y allí fue encontrado por Adiratha el cochero y su esposa, Radha, y ellos lo recogieron y lo adoptaron como su hijo mayor. Los años pasaron y Adiratha dejó Champa para ir a Hastinapura; entonces Karna creció entre los discípulos de Drona y contrajo amistad con Duryodhana y se convirtió en rival de Arjuna. Todos los hijos de Pntha habían tenido dioses por padres, y el padre de Arjuna era Indra. E Indra, viendo que Kama llevaba armadura y aros en las orejas que eran naturales, se preocupó por la protección de Arjuna, dado que se había dispuesto en la naturaleza de las cosas que uno de estos dos debía matar al otro.
Se supo que en el momento en que hacía sus rezos matinales al Sol, Karna no podía negar nada a un mendigo, si éste se lo pedía. Por ello, Indra un día, cogiendo la forma de un brahmán, se presentó ante él a esta hora y audazmente le pidió su armadura y aros.
Pero Karna no iba a perder fácilmente sus símbolos de invencibilidad. Y sonriendo dijo una y otra vez al brahmán que estas cosas eran parte de sí mismo. Por ello, era imposible para él deshacerse de ellos. Pero el suplicante brahmán se negaba a darse por satisfecho con cualquier otro deseo que se le concediese, entonces Karna se volvió de repente hacia él y le dijo: «¡Indra, te conozco! ¡Desde el primer momento te he reconocido! ¡Dame algo a cambio y tendrás mi armadura y aros! »
Indra respondió: «Excepto el rayo, pídeme lo que quieras!»
Entonces dijo Kama: «¡Un dardo invencible! ¡A cambio te daré mi armadura y aros! »

El aro de la muerte


Indra contestó: «iHecho! Te daré, oh Karna, este dardo llamado Vasava. Es incapaz de confundir el blanco, y lanzado por mí regresa a mi mano para matar cientos de enemigos. Arrojado por ti, sin embargo, matará sólo a un poderoso enemigo. ¡Y si, enloquecido de enojo, disparas este arco, mientras todavía quedan otras armas o mientras tu vida no esté en peligro mortal, rebotará y caerá sobre ti mismo!»
Entonces, cogiendo el dardo, Karna, sin pensarlo dos veces, comenzó a cortar su propia armadura natural y su propios aros vivientes, y los entregó al brahmán. E hidra, cogiéndolos, ascendió al cielo con una sonrisa. Y se corrió la noticia en todas partes de que Karna no era más invencible. Pero nadie sabía nada acerca de la flecha de la muerte que él atesoraba, para ser usada una vez contra un enemigo mortal.

La misión de Krishna


Sucedió antes del estallido de las hostilidades que Krishna había ido personalmente a Hastinapura para ver si era posible persuadir a Dhritarashtra de restituir la paz en Indraprastha pacíficamente y así evitar la guerra. Encontrando, sin embargo, que este plan no podía ser llevado a cabo, y dejando ya la capital kuru, él aún intentó una estratagema para evitar la contienda fratricida. Llevando a Kama a un lado, privadamente le contó el secreto de su nacimiento y le rogó que anunciara al mundo entero que era hijo de Pritha y, por tanto, el hermano mayor del mismo Yudhishthira; no sólo un príncipe por derecho de sangre tan espléndido como los mismos Pandavas, sino además, si la verdad se sabía, su actual líder y soberano.
Kama escuchó con su cortesía habitual, no poco conmovido por la pena. Él conocía desde hacía mucho tiempo su propio origen: que Pritha, la madre de los Pandavas, había sido su madre y el Sol su padre, y también sabía que ella lo había abandonado y lo había dejado en el río junto al cual había nacido. Pero no podía olvidar todo el amor y devoción de padres que realmente le habían dado el cochero y su esposa. Tampoco podía olvidar que ellos no tenían otro hijo, y que si los dejaba nadie quedaría para hacer sus ofrendas ancestrales. Además, se había casado en la casta de los cocheros y sus niños y nietos eran todos de ese rango. ¿Cómo podía, sin un mero deseo por el imperio, apartar su corazón de tan dulces lazos? Por encima de todo estaba la gratitud que debía a Duryodhana. Debido a su confianza y heroica amistad había disfrutado de un reino durante trece años sin preocupaciones. Su único deseo en la vida había sido el derecho a un enfrentamiento cara a cara con Arjuna, y era indudablemente el conocimiento de esto lo que había impulsado a Duryodhana a declarar la guerra. ¿Iba a retirarse ahora? Sería una traición a su amigo.
Por sobre todas las cosas era importante que Krishna no contara a nadie el secreto de esta conversación. Si Yudhishthira se enteraba de que su sitio era por derecho de Kama, seguramente no querría retenerlo para él. Y si la soberanía de los Pandavas caía en manos de Karna, él no podría hacer nada sino entregarla a Duryodhana. Era mejor, por ello, para ambas partes que el secreto se mantuviera como si nunca hubiera sido contado, y que él actuara como hubiese actuado si nunca hubiera sido revelado.
Así que, arrastrado por la corriente de su propia melancolía a un humor de profecía, el hijo del cochero dijo: «Ah, ¿por qué me tientas? ¿No he visto yo en una visión a Yudhishthira entrando con sus hermanos, todos de blanco, en un majestuoso salón? Esto no es una batalla sino un gran sacrificio de armas que está por celebrar, y Krishna mismo será su elevado sacerdote. Cuando Drona y Bhishma sean vencidos, entonces este sacrificio se suspenderá durante un intervalo. Cuando yo sea herido por Arjuna comenzará el fin, y cuando Duryodhana sea muerto por Bhima todo concluirá. Ésta es la gran ofrenda del hijo de Dhritarashtra. ¡No dejes que se frustre! ¡Mejor déjanos morir por armas nobles allí en el campo sagrado de Kurukshetra! » Permaneciendo callado por unos momentos, Kama alzó otra vez su vista y sonrió, y entonces, con las palabras: « ¡Después de la muerte nos encontramos otra vez!», se despidió silenciosamente de Krishna, y apeándose de su carro subió en el suyo propio y fue llevado en silencio de vuelta a Hastinapura.

Pritha y Karna


Pero Krishna no era la única persona que podía ver la importancia de Karna para la causa kuru. Fue a la mañana siguiente, junto al río, cuando acababa sus oraciones luego del baño, cuando Karna, al volverse, se encontró sorpresivamente con la anciana Pritha, la madre de los Pandavas, esperando detrás de él. Viviendo en la casa de Dhritarashtra, y oyendo constantemente preparaciones de guerra contra sus propios hijos, se le había ocurrido a su distraído corazón que si ella podía inducir al aliado de Duryodhana a luchar en el otro bando, en lugar de en su contra, podría incrementar inmensamente las posibilidades de victoria para ellos.
Karna estaba de pie con las armas en alto, mirando al Este, cuando ella se colocó detrás de él y esperó temblorosa en su sombra, pareciendo un loto marchito, hasta que fmalmente se volvió. Karna estaba sorprendido por el encuentro, pero controlándose a sí mismo se inclinó gravemente y dijo: «Yo, oh señora, soy Karna, el hijo de Adiratha el cochero. ¡Dime qué puedo hacer por ti! »
La pequeña y anciana mujer, a pesar de su dignidad real, se estremeció por estas palabras. «¡No, no!», exclamó ansiosa. «¡Tú eres mi propio hijo, y no el hijo de un cochero. ¡Oh, reconcfiiate con los Pandavas! ¡Te lo suplico, no te comprometas en una guerra contra ellos!» Y mientras ella hablaba una voz vino desde el mismo Sol diciendo: «¡Escucha, oh Karna, la palabras de tu madre!»
Pero el corazón de Kama era fiel a la rectitud, y ni siquiera los dioses podían desviarlo de ella. Él no vacilaba ahora, aun suplicándolo su madre y padre a un mismo tiempo.
«¡Ay de mí, mi madre!», dijo. «¡,Cómo podría ahora pedirme obediencia quien me abandonó tan tranquilamente cuando era un bebé para dejarme morir? Ni siquiera, oh mi madre, puedo abandonar a Duryodhana, a quien debo todo lo que tengo. Sin embargo, prometo una cosa: sólo lucharé con Arjuna. ¡El número de tus hijos será siempre cinco, ya sea conmigo y sin Arjuna, o con Arjuna y yo muerto!»
Entonces Pritha abrazó a Karna, cuya fortaleza permaneció impasible. «Recuerda», dijo, «me has hecho la promesa de salvación de cuatro de tus hermanos. ¡Recuerda esta promesa en el calor de la batalla!» Y dándole su bendición, desapareció silenciosamente.

Karna lidera la multitud


Quince días de batalla habían pasado, finalizando con la muerte del anciano Drona, y antes del amanecer del decimosexto día Duryodhana y sus oficiales se reunieron y nombraron a Kama comandante en jefe de la multitud kuru. Ésta era una guerra en la que la victoria dependía de la matanza del comando rival, y ahora que había perdido dos generales Duryodhana no podía dejarse tentar por el desánimo sobre todo pensando que el triunfo era esencial. Con cada gran derrota la muerte se deslizaba más y más cerca a él, y realmente pensaba que ahora la comandancia de Kama era su última apuesta, por lo que todo dependía de su éxito. Bhishma podía haber actuado con indebida imparcialidad hacia los hombres que él había amado de niños. Drona podía haber tenido secreta ternura hacia sus discípulos favoritos. Pero toda la vida de Karna se había orientado simplemente hacia un final de combate contra Arjuna hasta la muerte. Aquí había uno que bajo ningún concepto evadiría la rigurosa prueba. Y Karna, de verdad, estaba repitiendo el juramento de la destrucción de los Pandavas cuando cogió su sitio en la batalla. Ningún hombre puede ver claramente en el futuro, y ahora él había olvidado completamente la visión que había tenido, quedando el evento oculto como para cualquier otro. Sólo podía creer, como Arjuna, que él, y sólo él, estaba destinado a triunfar. El decimosexto día de la batalla comenzó y pasó. Karna había organizado a los kurus en la forma de un gran pájaro, y Arjuna había dispuesto a los Pandavas para oponerse a ellos en forma de Luna creciente. Pero aunque lo buscó ardientemente todo ese día a lo largo y a lo ancho del campo de batalla, Karna no fue capaz de encontrar a Arjuna cara a cara. Entonces cayó la noche y los dos ejércitos descansaron.
Al amanecer de la siguiente mañana Karna buscó a Duryodhana. Éste, declaró, sería el gran día del destino. Al caer la noche, sin lugar a dudas, los Pandavas dormirían entre los muertos y Duryodhana sería el indiscutido monarca de la Tierra. Él sólo debía recapitular los puntos de superioridad de cada bando. Y entonces procedió a relatar al rey las armas divinas que él y Arjuna poseían. Si Arjuna tenía a Gandiva, él tenía a Vijaya. Con respecto a sus arcos ellos no eran desiguales. Era cierto que los carcajs de Arjuna eran inextinguibles, pero Karna podía ser abastecido con un suministro de flechas tan abundante que esto no contaría como una ventaja. Finalmente, Arjuna tenía al mismo Krishna por cochero. Y Karna pidió tener a un cierto rey que era famoso en todo el mundo por sus conocimientos de caballos. Esto fue rápidamente dispuesto y, con un rey de auriga, Karna salió a dirigir la batalla el día destinado.
De aquí para allá corría Karna ese día en el campo, constantemente buscando el encuentro mortífero. Pero aunque encontró a cada uno de los Pandavas, teniéndolos a su merced, y tal vez recordando su promesa a Pritha, les permitía partir, él y Arjuna no se encontraron. No fue hasta después del mediodía cuando Arjuna, tensando su arco y lanzando una flecha, mató a Vrishasena, el hijo de su rival, mientras Karna, aunque a la vista, estaba aún demasiado lejos para intervenir. Al ver esto, lleno de cólera y pena, Karna avanzó en su carro hacia Arjuna, pareciendo al venir el oleaje del mar y disparando flechas como torrentes de lluvia a derecha e izquierda. Detrás de él ondeaba su estandarte con su mecanismo de cuerda de elefante. Sus corceles eran blancos y su coche estaba cubierto de filas de blancas campanas. Su figura se recortaba contra el cielo con todo el esplendor del mismo arco iris. Ante el sonido de Vijaya, su gran arco de cuerdas, todas las cosas se rompían y huían aterrorizadas. Siguió, con su auriga real, al sitio en que Arjuna esperaba el ataque. «¡Tranquilízate! ¡Tranquilízate!», murmuró Krishna al Pandava: «¡Ahora, realmente, tienes necesidad de tu anna divina!»

 


La lucha suprema


Un momento después los dos héroes, que se parecían tanto el uno al otro en persona e importancia, como elefantes enojados, como toros furiosos, se enfrentaban en combate mortal. Y todos los espectadores contuvieron su aliento, y por un momento la batalla misma se mantuvo silenciosa, mientras involuntariamente en toda las mentes surgió la pregunta de quién de estos dos resultaría el vencedor. Karna era como un poste lanzado por los Kurus, y Arjuna por los Pandavas. Fue sólo por un momento, y entonces en ambos lados en el aire sonaron trompetas y tambores y aclamaciones, todo sonaba para dar coraje a uno u otro de los combatientes.
Ferozmente se desafiaron el uno al otro y ferozmente se encontraron en la lucha. Y se dijo que inclusp sus estandartes cayeron uno sobre otro y se unieron en la lucha.
Cada uno de los héroes, lloviendo flechas sobre el otro, oscureció todo el cielo. Y cada uno desconcertó las armas del otro con las suyas. Arma contra arma se asestaban golpes uno a otro, pero dado que no eran mortales ninguno parecía dolerse. Entonces las flechas de Arjuna cubrieron el carro de Karna de la misma forma en que una bandada de pájaros oscurece el cielo al volar al nido. Pero cada uno de esos disparos fue desviado por una flecha de Karna. Entonces Arjuna disparó un dardo de fuego. Y al hacer esto él mismo estuvo iluminado por la llama, y las prendas de los soldados a su alrededor estuvieron en peligro de incendiarse. Pero incluso esa flecha fue apagada por Karna disparando una de agua.
Entonces Gandiva descargaba flechas como navajas, flechas como lunas crecientes, flechas como manos unidas y como orejas de verraco. Y éstas atravesaban brazos y piernas, al carruaje y al estandarte de Karna. Entonces Karna en su momento recordó risueñamente el arma divina Bhargava, y con ella cortó las flechas de Arjuna y comenzó a amedrentar a toda la multitud Pandava. El hijo del cochero estaba en el medio haciendo llover innumerables dardos, con toda la belleza de una nube de tormenta descargando lluvia. Y, estimulados por los disparos de los que estaban a su alrededor, ambos pusieron energía redoblada.
De repente la cuerda de Gandiva se rompió con un fuerte ruido, y Kama descargó sus flechas con suave sucesión, cogiendo ventaja en el intervalo así dado. Para ese momento la tropa kuru, pensando que la victoria era ya de ellos, comenzó a dar vivas y a gritar. Esto sólo provocó más energía en Arjuna, que consiguió herir a Kama una y otra vez. Entonces Kama disparó cinco flecha doradas que eran en realidad cinco poderosas serpientes, seguidoras de Ashwasena, a cuya madre había matado Arjuna. Y estas flechas pasaron cada una por el blanco y hubiesen vuelto a la mano de Karna que las había lanzado. Entonces Arjuna disparó hacia ellas y las cortó en pedazos en el camino, y observó que ellas habían sido serpientes. Y su cólera se encendió de tal forma que gritó enojado y atravesó tan profundamente a Karna con sus dardos que el hijo del cochero tembló de dolor. En ese momento todos los kurus abandonaron a su líder y huyeron, pronunciando un gemido de derrota. Pero Karna, cuando se vio solo, no sintió miedo o amargura y se lanzó alegremente sobre su enemigo.
Ahora la poderosa serpiente Ashwasena, viendo el punto a que la contienda había llegado, y deseando gratificar su propio odio sobre Arjuna, entró en el carcaj de Karna. Y él, ansioso a cualquier costa por prevalecer sobre su enemigo, y sin advertir que Ashwasena se había metido entre sus dardos, puso su corazón sobre una particular flecha que había puesto en su carcaj para el disparo fatal.
Entonces su cochero dijo: «Esta flecha, oh Kama, no tendrá éxito. Busca otra que lo decapite!» Pero el guerrero respondió altaneramente: «Karna nunca cambia su flecha. ¡No busques manchar el honor de un soldado! »
Habiendo dicho estas palabras, apuntó con su arco y lanzó esa flecha que había adorado para este fin durante muchos años. Y ésta hizo una línea recta en el firmamento y se dirigió hacia Arjuna a través del aire.
Pero Krishna, entendiendo la naturaleza de la flecha. presionó su pie hacia abajo de modo que el carro de Arjuna se hundió un codo en la tierra. Los caballos también cayeron de rodillas, y la flecha arrancó la diadema de Arjuna pero no dañó a su persona.
Entones la flecha volvió a la mano de Karna y dijo en voz baja: «¡Lánzame una vez más y mataré a tu enemigo!»
Pero Karna contestó: «No, Kama no conquista de esa forma. ¡Nunca usaré la misma flecha dos veces!»
Entonces, habiendo llegado la hora de su muerte, la tierra misma comenzó a tragarse las ruedas dci carro de Karna, y el hijo del cochero, tambaleándose de dolor y cansancio, cogió otra arma divina. Pero Arjuna, viendo esto se adelantó y la desplazó con otra; y cuando Karna comenzó a encordar su arco de cuerdas, sin saber que tenía cien preparados, la facilidad con que reemplazó la cuerda rota le pareció magia a su enemigo.
En este momento la tierra se tragó completamente una de las medas del carro de Kama, y él gritó: «¡En nombre del honor, deja de disparar mientras levanto mi carro!»
Pero Arjuna respondió: «¿Dónde estaba el honor, oh Karna, cuando nuestra reina fue insultada’?», y no paró siquiera un instante.

Entonces Karna disparÓ una flecha que atravesó a Arjuna e hizo tambalear y caer al arco Gandiva. Tomando ventaja de la oportunidad, Karna saltó de su carro y se esforzó sin ayuda a extraer la rueda. Mientras hacía esto. Arjuna. recobrándose, apuntó una afilada flecha y derribó el estandarte de su enemigo, ese espléndido estandarte forjado en oro y con la cuerda de elefante. Al ver la bandera de su comandante caer los kurus que miraban fueron presa de la desesperación y un fuerte grito de fracaso se alzó en el aire. Entonces, dándose prisa para estar antes que Kama, Arjuna volvió a su sitio en el carro y cogió suavemente a Anjaiika, la mayor de todas las flechas, y, poniéndola sobre Gandiva, la disparó directamente a la garganta de su enemigo, y la cabeza de Karna se desprendió con el golpe. Los rayos del Sol naciente iluminaron esa hermosa cara mientras caía y se posaba, como un loto de mil pétalos, sobre la tierra teñida de sangre. Y los Pandavas estallaron en gritos de victoria. Y Duryodhana lloraba por el hijo del cochero, diciendo: «¡Oh, Karna!» ¡Oh, Karna!» Y cuando Karna cayó los ríos se detuvieron, el Sol palideció, las montañas con sus bosques comenzaron a temblar y todas las criaturas sintieron dolor; pero las cosas nocivas y los habitantes de la noche se llenaron de júbilo.

El Mahabharata relatado en 15 episodios (XII) La cama de flechas

Hemos visto que Bhishma fue golpeado con heridas mortales en el décimo día de una gran batalla. Éste fue el modo en que murió:
Hace mucho, mucho tiempo, en la juventud de Bhishma, cuando como sucesor al reino él había hecho la promesa de no casarse nunca, para que el trono fuera dejado a los hijos de la reina pescadora, su padre había pronunciado sobre él una gran bendición, diciendo que la muerte nunca le alcanzaría hasta que él diera permiso. Por esta razón, para Bhishma la guerra había sido toda su vida un juego. Y por ello, en la batalla de Kurukshetra, los días pasaban uno tras otro sin una victoria decisiva. Bhishma creía que la causa de los Pandavas era justa y que no podrían ser vencidos, y a pesar de ello luchaba con una habilidad y una alegría sin igual. Constantemente, con su lluvia de flechas, derribaba todo lo que se le opusiera. Tal como el Sol con sus rayos aspira las energías de todas las cosas durante el verano, así cogía Bhishma las vidas de los guerreros hostiles. Y los soldados, que lo enfrentaban sin esperanza y ni corazón, eran incapaces de mirarle a él en esta gran batalla, ¡a él que parecía el mismo Sol radiante en su propio esplendor! Así las cosas, pasó el noveno día de batalla y cayó la noche, y los Pandavas y sus amigos se reunieron con Krishna para celebrar un consejo de guerra. Entonces las reales necesidades de guerra luchaban en sus mentes con los sentimientos de veneración y afecto con los cuales, desde su misma infancia, Yudhishthira y sus hermanos miraban a Bhisbma. Además, ellos repetían constantemente que mientras Bhishma permaneciera imbatido la victoria no podría ser suya. Era necesario, por ello, matar a Bhishma y esto debía necesariamente ser hecho por Arjuna, quien había prometido tiempo atrás, con burla, que él traería al gran señor el medio para escapar de la vida. Sin embargo, ¿cómo iba a hacerse? Ninguno de los presentes podía ofrecer una insinuación. Bhishma era personalmente invencible. La misma muerte no podía aproximarse a él sin permiso. ¿Quién, por tanto, era competente para matarlo?
De repente Yudhishthira levantó su cabeza. «¡Ya lo tengo!», gritó. «Cuando nos estábamos preparando para la guerra el gran señor dijo que, aunque no podía luchar para nosotros, estaría dispuesto a damos consejo. ¡ Vayamos y preguntémosle por qué medio el podría ser muerto! ¡No puede haber duda de que él nos ayudará! »
La idea era digna de los caballerosos consejeros, y quitándose armaduras y annas, dejaron las tiendas y se dirigieron desarmados hacia el cuartel del general kuru. Cálida y cariñosa fue la bienvenida que dio Bhishma a sus nietos cuando entraron en su tienda, y ansiosamente les preguntó qué podía hacer por ellos.
Los hermanos y Krishna se detuvieron malhumorados frente a él en una fila y se pusieron serios. Finalmente, sin embargo, Yudhishthira rompió el silencio. « ¡Oh tú», exclamó, «cuyo arco está siempre en un circulo, dinos cómo podemos matarte y proteger a nuestra tropa de la constante matanza! »
La cara de Bhishma se encendió con repentina comprensión y luego se volvió grave. «Vosotros necesitáis realmente matarme», dijo suavemente, «si queréis conseguir la victoria en esta batalla. Mientras yo viva ésta no será vuestra. ¡No hay nada que podáis hacer sino matarme tan pronto como pueda ser!»
«¡Pero los medios!» dijo Yudhishthira. «¡Dinos los medios! ¡A nosotros nos parece que el mismo Indra sería más fácil de destruir que tú!»

La respuesta de Bhishma


«Ya veo, ya veo», dijo Bhishma pensativo y continuó: «Hay algunas personas con las que nunca lucharé. Contra un hombre desarmado, contra el vulgar o contra uno nacido como mujer, nunca cogeré las armas. Y estando protegido por uno de éstos, cualquiera podría matarme fácilmente. Sin embargo, os advierto que sólo por la mano de Krishna o de Arjuna puede ser disparada una flecha con la que consentiría morir. »
Entonces Arjuna, con su cara ardiendo de pena y vergüenza, estalló: «Oh, oh, ¿cómo podría matarlo a él que ha sido mi único abuelo? Cuando yo era un niño jugando subía a tus rodillas, oh Bhishma, y te llamaba “padre”. “¡No, no”; respondías, “no soy tu padre, pequeño, sino el padre de tu padre!” ¡Oh deja que mis armas se estropeen! Aunque la victoria o la muerte sean mías, ¿cómo puedo yo luchar con él que ha sido esto para nosotros?»
Pero Krishna recordó a Arjuna el deber eterno de la orden de caballeros: que aun sin ningún rencor ellos debían luchar, proteger a sus súbditos y ofrecer sacrificio. La muerte de Bhishma estaba ordenada desde antiguo a la mano de Arjuna; y a pesar de esto él iría a la morada de los dioses. Y así, tranquilizados y preparados para enfrentar la mañana, los príncipes reverentemente saludaron a Bhishma y se retiraron de su presencia.
Todavía antes del amanecer, el décimo día, la gran multitud estaba en movimiento. En la misma vanguardia de las tropas de los Pandavas estaba el caballero Shikhandin, mientras Bhima y Arjuna a derecha e izquierda eran los protectores de sus ruedas. Y similarmente, en el frente kuru estaba el mismo Bhishma, protegido por los hijos de Dhritarashtra.
La energía de los Pandavas, inspirados como ahora estaban por cierta ilusión de victoria, era inmensa, y ellos destrozaban despiadadamente a la tropas kuru. Bhishma, el comandante, no soportaba esa visión. Su propio deber era la protección de sus soldados y disparó una lluvia de flechas a la fuerza hostil. En todas direcciones caían oficiales, soldados, elefantes y caballos bajo sus poderosas flechas. Su arco parecía estar siempre en un circulo, y parecía a los príncipes Pandavas el destructor mismo devorando al mundo. A pesar del coraje y la violencia con la cual Bhima y Arjuna lo enfrentaban en todas partes, y centrado todo su ataque y arremetida sobre Bhishma mismo, el viejo gran señor tuvo éxito en destrozar a pedazos toda la división de Shikhandin. Entonces este oficial, alterado por la furia, tuvo éxito en atravesar a Bhishma con no menos de tres flechas en el centro de su pecho. Bhishma alzó la vista para vengarse, pero viendo que el disparo provenía de Shikhandin, en cambio se sonrió, y dijo: «¡Qué! ¿Shikhandini?» Y estas palabras fueron demasiado para el joven caballero.

Shikhandin y Bhishma


«Lo juro», gritó. «¡Yo te mataré! ¡Mira por última vez al mundo!» Y mientras hablaba envió cinco flechas directas al corazón de Bhishma.
Entonces tomando carrera como la misma muerte, Arjuna se abalanzó hacia adelante y Shikhandin disparó otras cinco flechas a Bhishma. Y todos vieron que Bhishma se rió y no respondió, pero Shikhandin, exaltado por la furia de la batalla, no se dio cuenta. Y Arjuna como protector de sus ruedas sembraba muerte en la tropa kuru en todos lados.
Pero Bhishma, pensando en una cierta arma divina, se precipitó hacia Arjuna con ella en sus manos. Pero Shikhandin se lanzó en medio, y Bhishma inmediatamente apartó el arma. Entonces el gran señor cogió una flecha que era capaz de podar una montaña y la arrojó como un rayo en llamas al carro de Arjuna; pero Arjuna con la rapidez de un rayo puso en su arco cinco flechas y cortó el dardo en cinco grandes fragmentos. Una y otra vez Shikhandin atacaba y el gran señor no respondía, ni mirando ni disparando; pero Aijuna, apuntando con Gandiva, el arco divino, disparó cientos de flechas y golpeó a Bhishma en sus partes vitales. Y siempre que el viejo general disparaba, el príncipe cortaba el curso de su flecha; y a las flechas que Arjuna le enviaba ya no podía escapar. Entonces sonriendo se volvió a uno que estaba a su lado y dijo: «¡Estos dardos que llegan hasta mí uno tras otro, como un mensajero de la cólera, no son de Shikhandin! » Entonces cogió su espada y su escudo y saltó de su carro para enfrentarse a Arjuna en combate individual. Pero en el momento en que él cogía su escudo las flechas de Arjuna lo cortaron en mil pedazos. Y también su carro fue acertado por los disparos, y por primera vez el poderoso hombre tembló.
Se vio entonces como un torbellino en la marea de la batalla se cerraba por encima y alrededor de Bhishma, y cuando otra vez hubo una abertura en la masa de combatientes él fue visto, como un estandarte roto, caído en el suelo.
Después se vio que, cubierto de flechas que lo atravesaban, su cuerpo no tocaba el suelo. Y una naturaleza divina tomó posesión del gran arquero, yaciendo así sobre esa espinosa cama. No permitió ni por un momento que sus sentidos se alteraran. A su alrededor se oían voces celestiales. Una fresca lluvia calló para refrescarlo, y él recordaba que éste no era un momento propicio para la lucha del alma. Entonces descendieron mensajeros de la madre Ganges desde el distante Himalaya, una bandada de cisnes que circulaba una y otra vez a su alrededor, trayendo memorias celestiales. Y Bhishma, indiferente a las penas del cuerpo, y teniendo a la muerte bajo su propio control, decidió quedarse en su cama de flechas hasta que el Sol entrara otra vez en su senda boreal y se abriera camino a la región de los dioses. Y la batalla se silenció, mientras los príncipes de ambas casas se paraban alrededor de su amado tutor. Él, dándoles una acogedora bienvenida, pidió una almohada. Entonces le trajeron todo tipo de almohadas blandas y hermosas. Pero él las apartó por no ser adecuadas a la cama de un héroe, y se volvió a Arjuna. Y Arjuna, tensando a Gandiva, disparó tres flechas en la tierra para sostener la cabeza de Bhishma. «Así debía dormir el héroe», dijo Bhishma, «en el campo de batalla. Aquí cuando el Sol vuelva otra vez hacia el Norte, partiré de la vida, como un querido amigo deja a otro. ¡Y ahora que la bendición y la paz esté con vosotros! ¡ Yo paso mi tiempo adorando! »

Con estas palabras puso a todos en marcha, y él, Bhishma, fue dejado solo para pasar la noche, yaciendo en su cama de flechas.

El Mahabharata relatado en 15 episodios (XI) Kurukshetra

Los trece años del exilio habían pasado, y los Pandavas una vez más se revelarían ante sus amigos por su habilidad en la batalla. Ahora se organizaba un gran consejo de reyes en la corte de uno de sus aliados, y Dhritarashtra, oyendo esto, envió un embajador cargado con vagas palabras de paz y amistad a los Pandavas, pero sin ningún poder para hacer alguna propuesta definitiva para devolverles su reino y propiedad. Todos estuvieron de acuerdo con Yudhishthira en que había sólo una respuesta para dar a este embajador: «¡O nos entregáis lndraprastha o prepararos para la batalla!»
Ahora estaba claro realmente a todos los hombres que no quedaba alternativa para esas familias sino la guerra. Las agresiones de Duryodhana habían sido excesivas y muy persistentes. Demasiado personales y ofensivos habían sido los insultos hechos en la partida de juego. Duryodhana, además, había tenido todas las oportunidades que él anhelaba. Durante trece años, mientras sus primos estaban en el exilio, había gozado de la posibilidad de hacer alianzas y distribuir beneficios. Ahora debería poner a prueba la fidelidad y el coraje de los amigos que había conseguido. Las nubes de la guerra colgaban espesas y oscuras sobre las casas rivales, y ambas sabían que ahora la contienda debía ser a muerte. Y Duryodhana puso el mando de las fuerzas de los Kauravas en las manos de Bhishma, mientras Karna, para que no se creara una facción separada en el ejército, prometió no luchar mientras no fuera muerto el gran señor. Las fuerzas de los Pandavas estaban bajo el mando del príncipe Panchala, el hermano de Draupadi, Dhrishtadyumna. Y Hastinapura, al aproximarse la batalla, poblada de reyes y hombres en armas, con elefantes y carros y miles de soldados a pie (de infantería), parecía el océano al salir la Luna. Y los Pandavas también juntaron sus fuerzas en la capital de Drupada, y ambos bandos marcharon a la gran llanura de Kurukshetra, la cual sería el escenario de batalla. Así entraron ambas partes a la mansión en que el juego sería la guerra, los apostadores serían los hombres y sus propias vidas las apuestas, y donde el tablero de juego sería el campo de batalla, cubierto de ejércitos, carros y elefantes. Desde el principio Duryodhana había dado órdenes de que Bhishma, como comandante, debía ser protegido de los peligros, y habiendo oído vagamente del mismo Bhishina que sólo Shikhandin podía traer su muerte, ordenó que a lo largo de Ea batalla debían hacerse todos los esfuerzos necesarios para matar a Shikhandin.
El ejército menor que marchaba bajo las banderas de los Pandavas y Panchalas estaba lleno de alegría y ánimo. Sus hombres parecían ebrios de deleite ante la idea de la batalla; sus mentes renacían ante el combate.
Mientras tanto, Bhishma percibió terribles augurios, y dondequiera que Duryodhana se sentaba a pensar en la batalla se lo oía suspirar.

La batalla


Cuando salió el sol en el día fatal los dos grandes ejércitos estaban cara a cara el uno frente al otro; con sus carros y corceles y sus espléndidos estandartes parecían dos ciudades rivales. Sonó la caracola y las trompetas de batalla, y con un enorme movimiento, como el de un maremoto sobre el océano o una tempestad barriendo sobre los bosques, las dos fuerzas se echaron una sobre otra, y el aire se llenó con los relinchos de los corceles y el ruido y los gemidos de los combatientes. Con rugidos leoninos y gritos clamorosos, con el estruendo de las trompetas y cuernos de vaca y el estrépito de los tambores y címbalos, los guerreros de ambos lados corrían unos sobre otros. Por un momento el espectáculo fue hermoso, luego se convirtió en furioso, y todo estaba escondido en su propio polvo y confusión. Los Pandavas y los Kurus lucharon como si estuvieran poseídos por demonios. Padre e hijo, hermano y hermano se olvidaron unos de otros. Los elefantes se desgarraban unos a otros con sus colmillos. Los caballos caían muertos y grandes carros caían aplastados sobre la tierra. Las banderas fueron hechas pedazos. Las flechas volaban en todas direcciones, y en cualquier sitio en que la oscuridad se aclaraba por un momento se veía el resplandor de las espadas y armas en mortífero encuentro.
Dondequiera que el combate era más intenso, allí estaba Bhishma, el líder kuru, con su blanca armadura sobre su carro plateado, como una Luna llena en una noche sin nubes. Sobre él flameaba su estandarte, con una palmera plateada sobre un suelo blanco. Y ningún guerrero a quien apuntara podía sobrevivir al disparo de su mortífera flecha. Y todos sus Óponentes temblaban, y uno tras otro derribó a oficiales demasiado confiados. Y como la oscuridad de la noche llegaba los comandantes rivales retiraron sus tropas para el descanso nocturno. Pero había pena en ambos bandos por los caídos en el combate durante el día. Pasaron un día tras otro, y entre la creciente ruina y carnicería los Pandavas vieron claro que mientras Bhishma viviera ellos no podrían vencer. En el décimo día, entonces, un combate fatal fue emprendido. Bhishma fue mortalmente herido, y el mando kuru recayó en Drona.
Bajo Drona los Kurus otra vez gozaron de un resplandor de victoria. La ciencia del viejo preceptor tenía su valor en permitirle disponer sus fuerzas adecuadamente para avanzar y conocer cuál era el punto acertado para atacar. Después de un tiempo se hizo evidente que, bajo su dirección, toda la fuerza kuru se estaba concentrando en el secuestro de la persona de Yudhishthira, dado que Drona, según se sabía, había hecho la promesa de capturar al rey Pandava. El enemigo, por otra parte, había tomado el desafío desde el comienzo del vencimiento personal de Drona; sólo era la voluntad de Arjuna que su viejo maestro fuera cogido con vida.

El engaño de Bhima


Este deseo no fue realizado. Mientras Ashvatthaman, el hijo de Drona, viviera se creía que su padre nunca sería vencido, dado que el amor e ilusión por su hijo eran suficientes para mantenerlo lleno de coraje y energía. Bhima, por tanto, empeñado en la derrota de Drona, eligió un elefante llamado Ashvatthaman y lo mató con sus propias manos, y entonces se lanzó con todo su poder hacia el frente de los kurus cerca de donde se encontraba Drona, gritando:
«¡Ashvatthaman está muerto! ¡Ashvatthaman está muerto!»
Drona escuchó las palabras, y durante el primer momento su fuerte corazón se abatió. No sería fácilmente que él aceptara la noticia que al final resultó ser su golpe mortal. A no ser que esto fuera confirmado por Yudhishthira, quien era, él decía, incapaz de mentir, aun por la soberanía de los tres mundos, él nunca creería que Ashvatthaman estaba muerto. Yendo hasta Yudhishthira, Drona le preguntó por la verdad, y éste contestó con una voz clara: «¡Sí, oh Drona! ¡Ashvatthaman está muerto!» Y esto lo repitió tres veces. Pero después de la palabra Ashvatthaman dijo indistinguiblemente cada vez «el elefante». Estas palabras, sin embargo, Drona no las oyó. Hasta ese momento los caballos y las ruedas del carro de Yudhishthira nunca habían tocado la tierra. Pero luego de esta mentira bajaron un palmo y fueron por el suelo. Entonces Drona, desesperado por la pérdida de su hijo, se volvió incapaz de pensar en sus armas divinas. Viendo entonces que el momento había llegado, instruyó a los grandes arqueros que estaban a su alrededor sobre cómo debían conducir la batalla, y dejando a un lado sus propias armas, se sentó en el frente de su carro, con la mente puesta en sí mismo. En ese momento Dhrishtadyumna, el general Pandava, había empuñado su espada y saltado al suelo para atacar a Drona en un combate personal. Pero antes de tocarlo el alma del general kuru se había marchado, y para los pocos que tuvieron la visión pareció por un momento como si el cielo tuviese dos soles al mismo tiempo. Pero nadie desvió el brazo de Dhrishtadyumna, y la espada alzada cayó y cortó la cabeza de Drona, y ésta fue alzada inmediatamente del suelo por su supuesto verdugo y lanzada como un balón a la mitad de la multitud kuru. Por un momento pareció como si el ejército se dispersara y huyera. La oscuridad llegó, y fatigados y afligidos todos se marcharon a sus cuarteles.
Todavía faltaban unos pocos días, y Karna cogió el mando. Pero con su muerte dos días después se hizo claro que los Pandavas iban a ser los ganadores. Sin embargo, Duryodhana permanecía con imbatible coraje; no avanzaba pero estaba decidido a no ceder terreno; y cuando él fue derrotado en una lucha individual por Bhima, y todos sus odios juveniles terminados con la muerte, recién entonces los Pandavas pudieron ser aclamados como victoriosos.
Entonces fmalmente los dieciocho días de batalla terminaron con la victoria de Yudhishthira y sus hermanos, y Duiyodhana y todos los hijos de Dhritarashtra fueron vencidos con la muerte, como una lámpara que se extingue al mediodía.

El Bhagavad Gita

El Bhagavad Gita es una declaración de Krishna, de inspiración en parte filosófica y en parte devocional, hecha por éste inmediatamente antes de la gran batalla entre los Kurus y los Pandavas, y dicha en respuesta a la protesta de Arjuna en que expresa su falta de voluntad de dar muerte a sus amigos y parientes. Este Gita, o canción, se ha convertido en un evangelio universalmente aceptado entre todas las sectas indias. Ningún trabajo de igual longitud expresa tan bien la tendencia del pensamiento indio, o tan completamente describe los ideales del carácter indio.
Habla de diversos caminos de salvación; esto es, escapando del yo y conociendo a Dios: por amor, por trabajo y por estudio. Dios tiene dos modos de ser: el no manifiesto y absoluto, y el manifiesto y no absoluto. Hay, en realidad, algunos que buscan la experiencia directa de lo absoluto; pero, como dice Shri Krishna:
«Excesivamente grande es la tarea de aquellos cuya mente está junto a lo no manifiesto, dado que el camino a lo no manifiesto es ganado penosamente por aquellos que visten el cuerpo.» Para todos aquellos que no están aún maduros para tan supremo esfuerzo Shri Krishna enseña una devoción pasional hacia él y un tenaz sva-dharma —esto es, acción de acuerdo a los deberes de cada individuo—. Hemos visto ya (Ramayana, pág. 10) que la moralidad o las reglas de conducta no son lo mismo para todos los individuos: la moralidad de un yogui es diferente a la de un caballero. Shri Kríshna enseña que hacer la acción para la cual un hombre es llamado, sin vínculos a los frutos de la acción —esto es, indiferente de el éxito o el fracaso, o a alguna ventaja o desventaja resultante a uno mismo—, es un cierto medio de progreso hacia el conocimiento de Dios. Y a aquellos a quienes el problema del sufrimiento consterna él les dice: «No te aflijas por la vida o muerte de los individuos, dado que es inevitable; los cuerpos por cierto van y vienen, pero la vida en su conjunto es inmortal e ilesa, no es muerta ni es matada» —nayam hanti na hanyate.
Por ello, cuando Arjuna protesta que él no desea matar a sus parientes en la batalla, Krishna contesta, como Brynhild a Sigurd:

¿Harás la acción y te arrepentirás? Mejor no hubieses nacido:
¿Harás la acción y la exaltarás? Entonces tú serás anticuado.
Tú harás la acción y la soportarás, y te sentarás en tu trono en alto,
Y mirarás al hoy y al mañana como aquel que nunca estará muerto.

El extracto siguiente expresa estas ideas en las palabras del mismo Gita:

Habla Arjuna:

«Oh Krishna, cuando veo mis parientes formados para la batalla, Gandiva cae de mis manos y mi mente está toda desordenada,
»Porque no ansío la victoria, oh Krishna, ni reino, ni deleites;
¿qué es el parentesco, qué es el placer, o aun la vida misma, oh Señor del Rebaño,
»Cuando aquellos para los cuales son queridos el parentesco, el placer y el deleite están aquí formados para la batalla, ¿abandonando vida y riqueza?
»No los mataré, aunque ellos buscarían matarme; no para el señorío de los tres mundos, mucho menos para el reino de la Tierra.
»¿Qué placer puedo encontrar, oh agitador de la gente, al matar al pueblo de Dhritarashtra? Estaremos manchados por el pecado si matamos a esos héroes.
»Sería mejor que los hijos de Dhritarashtra, arma en mano, me mataran sin resistencia y desarmado.»
Así el del lazo en el cabello habló al Señor del Rebaño, diciendo: «No lucharé.»

Krishna responde:
«Tú has dicho palabras que parecen sabias, pero sin embargo te apenas por aquellos por cuyo bien la pena no es adecuada. Los sabios de ninguna manera se apenan por los vivos o los muertos.
»Nunca en ningún momento he dejado de estar yo, ni tú, ni alguno de los príncipes de los hombres, ni realmente dejaremos alguna vez de estar en tiempos venideros.
»Como el habitante del cuerpo soporta la niñez, la juventud y la madurez, de la misma forma él pasa a otros cuerpos. El fuerte no se apena por esto.
»No son sino los sonidos de los instrumentos del sentido, oh hijo de Kunti, que traen el frío y el calor, el placer y la pena; son ellos los que vienen y se van, sin resistir; resiste a ellos, oh hijo de Bharata.
»Pero sabe que Eso que interpenetra todo es indestructible; nada puede destruir esos desafíos del Ser.
»No son sino estos cuerpos del habitante del cuerpo, eterno, infinito, inmortal, que tienen un fin; entonces lucha, oh hijo de Bharata.»

Entonces, todavía hablando de esa vida imperecedera, a que la vida y la muerte no tocan, Krishna continuó:

«Que no ha nacido, ni ha muerto, ni ha sido, ni dejará de ser; lo no nacido, eterno, perpetuo y antiguo, eso no es matado cuando un cuerpo muere.
»Sabiendo que Eso es imborrable, perpetuo, no nacido y no disminuido, ¿a quién o qué puede ser que un hombre pueda matar, o mediante qué puede el ser muerto?
»Como un hombre que se ha quitado sus prendas coge otras nuevas, el habitante del cuerpo, quitándose del cuerpo en desuso, entra en otro nuevo.
»No manifiesto, impensable, imperturbable es Eso. Sabiéndolo así, no deberías apenarte.
»Dado que este habitante del cuerpo podrá nunca en ningún cuerpo ser herido, oh hijo de Bharata; por ello, no deberías apenarte por ninguna criatura.
»Sino que, mirando a la tarea que tú tienes fijada [svadharma], no temas; dado que no hay nada mejor bienvenido para un caballero que una batalla justa.»

En los pasajes posteriores Shri Krishna proclama su propia naturaleza:

«Oye, oh niño de Pritha, cómo podrías tú conocerme completamente de verdad, practicando yoga, y tu mente unida a mí.
»Ocho componentes tienen mi naturaleza —tierra, agua, fuego y viento; espacio, cerebro y comprensión, y sentido de mí mismo.
»Eso es lo menor; tú también conoces mi otra naturaleza, la mayor —de alma elemental que sujeta al universo, tu poderoso héroe.
»Sabe que de estas dos parten todos los seres; en mí está el universo y en mí su disolución.
»No hay nada que sea mayor que yo, oh rico ganador; todo este universo parte de mí como filas de piedras preciosas sobre una hebra.
»Soy el sabor de las aguas, oh hijo de Kunti, y la luz en el Sol y la Luna; y en los Vedas soy el Orn, en el espacio soy el sonido, en el hombre soy la virilidad.
»Soy la pura fragancia de la tierra y la luz en el fuego; yo soy la vida en todos los seres vivos y el ascetismo de los ascetas.
»Sabe, niño de Pritha, soy la siembra eterna de uno y todos los seres; yo soy la razón de lo racional, el esplendor de lo espléndido.
»La fuerza del hombre fuerte soy yo, vacío de ansias y pasión; en las criaturas soy el deseo que no está en contra de la ley, oh Bharata señor.
»Sabe que de mí parten los humores y las bondades, la ferocidad y la melancolía; yo no estoy en ellos, sino ellos en mí.
»Desconcertado por este triple humor, todo este mundo no me conoce a mí, que estoy sobre los humores e imperturbable.
»Dado que a esta ilusión divina, nacida en los humores, es difícil atravesarla. Vienen a mí quienes pasan más allá de este encanto.

»Conozco los seres que pasaron, están presentes y por venir, Arjuna; pero nadie me conoce a mí.»