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domingo, 24 de marzo de 2019

CHAMPA MAKANACUI

HACE tiempo que vienen introduciéndose en nuestro idioma, susceptible como
todas las cosas de modificarse y evolucionar, por más que protesten los
académicos rancios, una serie de palabras tomadas de las lenguas indígenas y que con
mayor ó menor propiedad sirven para expresar pensamientos ó situaciones puramente
nuestras ó americanas.
En castellano, por ejemplo, se llama charlatán al individuo que habla mucho
insustancialmente ó que se ocupa de descubrir asuntos propios de otros ó que dice
disparates que á nada conducen. Á ese tipo se le llama vulgarmente en Buenos Aires,
Macaneador y á fé que el tal clasificativo no está mal aplicado.
Macana ó Mackana es palabra Quichua aun que algunos autores sostienen que fué
introducida al continente americano por los primeros conquistadores españoles que la
aprendieron en las Antillas. Llámase así á un arma de combate que es tan terrible
como simple, pues consiste en un garrote corto y pesado, hecho de madera dura y que
manejan algunos salvajes con particular destreza.
El Champá Makanacui es una fiesta bárbara especie de batalla desordenada, con
que los indígenas festejan la entrada del nuevo año.
Trátase de un torneo especial que dura seis ú ocho días y al que los indios
concurren disfrazados de animales, retobados en cuero de tigre, pintados de carmin ó
negro y emplumados ó adornados de la manera más excéntrica ó extravagante que les
ha sido posible.

Elíjese para lugar de la fiesta un sitio llano cualquiera y el festejo del año
comienza con bailes, cantos y livaciones de chicha, aloja ú otras bebidas.
Á los dos días los mocetones divididos en grupos, apilan frutas diversas en sitios
adecuados, y con una puntería y agilidad admirables, valiéndose de la honda, las
arrojan á grandes distancias y al medio de otros grupos.
El zumbido de las Guaracas (hondas) tiene también sus encantos para el que en
aquel momento abandona las danzas y las armonías de la quena.
No tardan en formarse dos ó más bandos que tocan largas trompetas hechas con
cañas tacuaras y vuelan por el aire las frutas escogidas pegando formidables golpes
en las cabezas ó en los cuerpos de los combatientes.
Durante la acción se aumentan los disfrazados y atruenan los aires salvajes
alaridos. Las hondas ya no se cargan más que con guijarros aptos para herir, y se
oscurece la luz del Sol con tanta piedra arrojada de una á otra parte.
La fiesta tradicional no tiene interés mientras no han habido brazos rotos y cabezas
ensangrentadas. Es que entonces ha funcionado la formidable mackana y después que
ha pasado la gran batahola, los heridos se muestran satisfechos y contentos, porque
dicen que el Sol les ha hecho purgar alguna culpa con aquella herida, tal como no
haber derramado licor en el suelo en ofrenda á la tierra, ó no haber sacrificado el fruto
de su trabajo en honor de alguna otra fiesta de sus dioses.
Desde ese día el indio Quichua se prepara para festejar mejor el año venidero y
hacer algo notable en honor del genio invisible que aquel día lo ha herido. Así
termina la fiesta del Champa makanacui que ha dado origen al peculiar epíteto
moderno.
Que el gran Pachacamac, que conoce el fondo de nuestras buenas intenciones, nos
proteja en la vida de los embates inesperados de los Champa-Makanacuis!

LA APACHETA

EL Quichua es supersticioso en todo los actos de su vida, su espíritu está bajo
esa influencia dominadora cuando come, cuando duerme, cuando trabaja ó
cuando viaja.
En los interminables caminos de las montañas se encuentra en las alturas una
especie de mojones de piedra blanca, ó pequeños promontorios de guijarros
superpuestos; esos son los altares que el caminante indígena levanta á Pachacamac,
espíritu invisible y superior que rige el mundo.
Los mojones están situados á la distancia de dos ó tres leguas unos de otros y el
chasqui ó correo indio á quien los Incas colmaban de favores por la ventaja de sus
pies que nunca se cansan, detiene su marcha y se inclina reverente al llegar á esos
sitios y diciendo en alta voz Pachacamac-Pac, arroja al montón de piedras el acullico
ó bocado de coca, que ha venido gustando en su camino.
La invocación que hace el indio al inclinarse y levantar los brazos quiere decir:
«Ofrenda á Pachacamac, para vigorizar á nuestra madre la tierra, que es la que nos
sustenta.»
Después de las largas jornadas suele el viajero descansar un instante en la
Apacheta. En ese lugar sagrado, la madre tierra le da nuevamente aliento y fuerzas
para seguir su marcha y si el granizo y la tempestad está vecina, no se alejará de allí,
donde cree estar seguro contra los rayos y los furores del cielo.
Tranquilo esperará que calme la borrasca por que en ninguna parte se esta mejor
en esos casos que al pié del altar humilde, levantado al gran espíritu.

IDILIO DE LAS MONTAÑAS

EL río llamado de Tumusla por los castellanos, nace en la Cordillera de los
frailes, cadena de elevados cerros, desprendida de la Gran Cordillera y
bañando fértiles comarcas vá á unirse al grande de Cinti, provincia del Sur de Bolivia
habitada por Quichuas legítimos que conservan el tipo clásico y las costumbres
originales de cuando reinaban los Incas.
En medio de esas montañas la naturaleza hace gala de expléndidos paisajes y aquí
se levantan cerranías cubiertas de nieve perpetua y cuyas cumbres se pierden en las
nubes, allí, se tienden hondos valles, por donde serpentean torrentes bulliciosos,
cuyas linfas logra á veces desviar el indio para fertilizar el verde sembradío que
alegra las proximidades de su choza.
El pastor indígena es humilde, melancólico y triste hasta cuando ama; sus
canciones y la música de su flauta tienen una expresión sencilla y vaga que toman al
torrente, imitando sus quejumbrosas notas.
Cuando Quilla la Diosa Luna alumbra silenciosa los solitarios valles, y duermen
en el aprisco las llamas rumiaduras, la noche aviva el sentimiento triste y el indio se
aproxima lentamente al río sagrado, donde se arrastran los cristales del agua en
murmuradora y apacible calma.

El cuadro no está alumbrado por la luz, explendorosa del Dios antiguo que preside
el día, sino por la luz velada y apacible de la eterna confidente de los afectos tiernos
del corazón.
El Guainamunay, enamorado, acompañado de su guitarrilla de cinco cuerdas ó de
su quena, se interna en la corriente y escucha en medio de la quietud, las cuitas
eternas y las sentidas quejas del agua que remueve los guijarros.
Al eco de las guairas (auras) se conmueven las ondas y con los tintes vagos del
recuerdo se reflejan en la penumbra los contornos intangibles de la mujer amada. En
el oído se avivan las tiernas y melodiosas notas de la canción del agua é imitando sus
ecos suena una nueva música, que interpretan estos versos:
¿Maytacc chay sumacc uyaiqui?
¡Tica gina panchimusca!
¿Maytacc chay sumacc ñahuiqui?
¡Iscay chasca gina cahuahuacniqui!
¿Maytacc chay sumacc simiqui?
¡Coral gina muchahuaccniqui!
¿Maytacc chacc sumacc quiruiqui?
¡Huallqui gina canihuaccniqui!
¿Maymi chay sumacc maquiqui?
¡Pichca yuracc tíca gina Hancahuaccniqui!
¿Maytacc chay sumacc sinturaiqui?
¡Palmacc gina munaccchuaccníqui!
¿Maytacc chay llapacc sumacc? ¿Maytacc chay?
¿Maypitacc canqui aumacc urpi?
¡Manaña camquichu huillacunaipa!
Huaccacuscaita llaquicuscaita.
¡Huillacunaipa pacha ucumpi cauquí!
¡Huinay! ¡¡¡Huinaypa!!!
Ese es canto sencillo de amor triste que ha traducido admirablemente nuestra
distinguida literata Sra. Juana Manuela Gorriti, en las siguientes estrofas que
trascribimos para embellecer nuestro trabajo:
¿Dónde está tu hermoso rostro
que las rosas envidiaban?
¿Dónde están tus bellos ojos
luceros que me alumbraban?

¿Dónde tu boca divina
que el coral avergonzaba,
y que en besos deliciosos
mis tristezas encantaba?
¿Dónde tus dientes cual perlas
que la risa iluminaban?
¿Donde están las azucenas
que amantes me acariciaban?
¿En dónde tu blanco seno
que turgente palpitaba?
¿Dónde tus largos cabellos
que en sus ondas me ocultaban?
¿Y tu hechicera cintura
que con gracia se cimbreaba?
¿Do las gracias misteriosas
que á mi alma contentaban?
¿Donde estás, tórtola hermosa?
¿Donde estás, mi dulce amada?
Más ¡ay! que aun cuando te llamo
no oyes mis quejas amargas,
porque duermes, para siempre,
en la mansión de las almas!

DESCUBRIMIENTO DEL POTOSÍ

EL Inca Huayna Capac, tal vez el más poderoso y sábio de los que produjo la
familia real incásica, salió una vez del Cozco, acompañado de un ejército de
30,000 guerreros y se dirigió al Sur, proponiéndose conquistar nuevas comarcas y
reinos que agrandasen el poderoso imperio de los hijos del Sol.
Llegados á el alto Perú, muchas fueron las naciones que voluntariamente se
sometieron al vasallaje; conocían perfectamente que eran invencibles las armas de los
conquistadores y sabían que del sometimiento voluntario solo les resultarían
beneficios.
En sus excursiones llegó á Tarapaya y después de bañarse en las aguas de la gran
laguna sagrada hecha construir por el Inca Maita Capac pasó á situarse en
Cantumarca, pueblo que existe aún en las proximidades de la ciudad de Potosí, donde
mandaba entonces una reina llamada Colla ó Coilla (Mina de Plata).
Asegurada con facilidad la soberanía del Inca en la comarca; que era el tal
gobernante muy diestro en someter á su capricho las beldades reinantes de los
pueblos convecinos, admiró el gran cerro que tenía á su frente, cuya hermosa
configuración y las tonalidades multicolores de sus faldas, sombrean á veces
caprichosas nubes, dejando ver en lo alto la elevada cúspide coronada de nieves
eternas.
La belleza del cuadro y el significativo nombre de Potoxi, que daban al cerro los
naturales y que quiere decir Manantial de plata picó la curiosidad del Inca, que
mandó varias expediciones compuestas de vasallos á explorar aquellas cumbres.
Los naturales avisaron á los expedicionarios que el cerro era sagrado y que no
tardaría en manifestar su enojo, porque hubiesen hombres tan audaces que se
permitieran escalar sus faldas y averiguar sus secretos.
Huayna Capac insistió en su orden, haciendo presente que su voluntad y su poder
emanaban de Pachacamac y que era hijo del Sol. Estas afirmaciones parecieron
tranquilizar un tanto á los naturales de Cantumarca, pero apenas los expedicionarios
habían empezado á escalonar las cuestas, una tormenta se formó en la altura y se
desencadenaron relámpagos y rayos acompañados de ruidos aterradores que
resonaban siniestramente dilatando sus ecos por las hondas cavidades de los cerros.
La reina Colla aterrada, vino entonces á presencia del Inca y le dijo
afectuosamente: «Poderoso señor del gran Imperio, Pachacamac, espíritu del mundo,
ha destinado esas riquezas para otra gente llamada Viracocha y te pido no insistas en
mandar á las cumbres tus vasallos, pues el Sol dejará de alumbrarnos.»
Huayna Capac accedió al pedido de la
reina y mandando á su gente que volviera,
ordenó que ningún indio subiese á la
montaña en adelante.
Pasó mucho tiempo.
Una tarde el indio Hualpa (Gallo) que
no conocía la orden de Huayna Capac,
viajaba por las proximidades de Potosí y
perdió en esos caminos una llama; púsose
á buscarla y le tomó la noche en las
solitarias alturas. Resuelto el pobre mozo á
seguir buscando su bestia tan pronto como
amaneciera el día siguiente, juntó leña y
armó una fogata para calentar su cuerpo
durante aquella noche que era en exceso
fría. Cuando el nuevo día empezó á clarear
preparóse Hualpa para seguir el rastro de
su llama, cuando se apercibió que el fuego
había derretido una cantidad de mineral de
plata que formaba en el suelo una gran
plancha.
Hualpa encontró su llama y volvió á su
casa llevando con sigo la preciada carga y
por mucho tiempo conservó el secreto de
aquella rica mina; pero los españoles
viéndolo poseedor de un mineral cuyo
origen ignoraban lo espiaron y lo
siguieron á todas partes, llegando por fin á
descubrir y apoderarse del secreto del
indio.
Centeno fué el primer español que puso
sus pies en el cerro del Potosí, cuya
celebridad y riqueza ha llenado el mundo
por espacio de tres siglos y mucho nos
tememos que el Hualpa de que habla esta leyenda, sea, por su buena y rápida fortuna,
aquel Hualpa de Yocalla á quien la tradición le atribuye la gloria de haber hecho
construir un puente al Diablo sin que en retribución pudiese el espíritu de las
cavernas conquistarse su alma.


LA MAGA DE LAS SERPIENTES

EL séptimo Inca del Perú llamado Llora-sangre, siendo príncipe, fué enviado
por su padre, al mando de 15,000 hombres de guerra, á la conquista de nuevas
tierras que agrandasen el Imperio.
El príncipe, bien aleccionado de lo que debía hacer internóse en las provincias de
los Antis, donde comunmente adoraban por Dioses á los tigres y á las culebras
grandes.
Decían los naturales de las culebras, que eran de un tamaño y monstruosidad
considerables, midiendo á veces más de veinticinco pies, eran las dueñas de la tierra
cuando ellos fueron á ocuparla y que como eran ferosísimas antes, hubo que
encantarlas para que no hiciesen mal, operación que practicó una maga que alcanzó
gran familiaridad con aquellos animales sagrados, adivinando el porvenir por lo que
las culebras le decían secretamente.
Cuando el príncipe Jahuar Huacac (Llora sangre), volvió al Cozco, después de
conquistada la provincia de los Antis y de imponer á los nuevos vasallos la adoración
al Sol, llevóse á la ciudad imperial muchas de las culebras sagradas y la maga que las
interpretaba, presentándole á su padre aquellos grandes reptiles que los sometidos
habían tenido por Dioses hasta entonces.

Inca Roca seguido de su corte,
quiso ver personalmente á la
maga y las culebras traídas por su
hijo y después de contemplarlas
dijo que era bien estraño que
hubieran hombres y naciones
capaces de adorar seres tan viles.
Ordenó sin embargo para solaz de
su corte y queriendo conmemorar la campaña de su hijo, que las serpientes quedasen
á cargo, de la maga en el barrio llamado hasta hoy Amaru Cancha, palabra que se
descompone en dos: Amaru, serpiente; Cancha, barrio ó gran recinto. En ese barrio
hubo siempre serpientes en épocas posteriores pues Inca Roca así lo dispuso y las
gentes del pueblo solían pedir baticinio á las magas que las cuidaban.
Parece que estas magas curaban las enfermedades de los ojos y propalaban una
superstición á propósito de las palpitaciones de los párpados, superstición que más
tarde llegó á ser una creencia, hasta para los mismos Incas.
Era buen agüero palpitar el párpado alto del ojo izquierdo, pero era mucho mejor
si palpitaba el mismo párpado del ojo derecho, aquello auguraba que se verían cosas
felicísimas y ocurrirían prosperidades, habría placeres y descanso mayor que lodos
los imaginables. Si al contrario eran los párpados bajos los que palpitaban, el derecho
significaba llanto y habían de sobrevenir cosas que diesen pena, enfermedades y
dolores. Si palpitaba el párpado bajo izquierdo ya era extremo de males los que
sobrevendrían pues anunciaba infinidad de lágrimas, desdichas y cosas tristísimas.

En este caso había otra superstición tan ridícula como la del mal agüero y que
servía para conjurar los males, consistiendo en una papita mojada con saliva, que la
maga pegaba sobre el mismo párpado bajo izquierdo. La paja impedía que corriesen
las lágrimas y deshacía el mal pronóstico, pero era indispensable que fuese colocada
por las propias manos de la maga de las serpientes.

EL ÁGUILA AGORERA

LOS últimos ocho años del reinado del Inca Huayna Capac fueron de verdaderos
sobresaltos, agüeros y malos vaticinios en todo el vasto Imperio.
Ocurrió en una ocasión, mientras se celebraban las suntuosas fiestas al Dios Sol,
que vieron venir por el aire á una gran águila real perseguida por aleones y otras aves
rapaces, las cuales cambiándose sucesivamente confundían á picotones á la gran
águila, no dejándola volar. La reina de los aires tan cruelmente perseguida vino
entonces á refugiarse en medio de las gentes que ocupaban la plaza mayor donde
estaban los Incas, quienes la tomaron y viendo que estaba enferma y despojada de
casi todas las plumas menores, la llevaron á palacio con gran solicitud, tratando de
alimentarla y proporcionarle cuanto pudiese necesitar, pues aquel accidente ocurrido
en medio de la fiesta había sido tomado por mal agüero y los Amautas, los adivinos y
el pueblo todo se había alarmado al ver bajar del cielo un águila en tan alarmante
estado.
Huayna Capac contrariado por aquel acontecimiento reunió á los adivinos que en
consecuencia hicieron cantidad de vaticinios tendentes todos á anunciar la próxima
destrucción del Imperio y la ruina de la familia real.

Cuando esto ocurría túvose noticia de que unos barcos grandes andaban por la
costa y que en ellos navegaban esforzados guerreros de piel blanca y grandes barbas.
El Inca llamó un día al capitán más viejo de su escolta que se llamaba Pechuta y
estaba acreditado por su juicio y prudencia, y preguntóle, haciendo de ello mérito,
cuál era su opinión á propósito de los augurios que ocurrían.
Pechuta contestó: «Gran señor, hijo del Sol y protector de pobres; un antiguo
oráculo tenido por verídico por nuestros antepasados, anunció que pasados tantos
Incas como los que en vos se cuentan, habían de venir gentes extrañas, jamás vistas,
las que dominarían el reino y destruirían nuestros Dioses.»
Afectóse más el soberano de lo que hasta entonces estaba, y resolvió dejar á su
heredero Huascar en el reino del Cozco retirándose él acompañado de Atahualpa, su
hijo habido en la princesa de Quitu á aquella ciudad donde debía dejarlo gobernando
ese reino después de su muerte. Pero allí tampoco lo abandonaron los malos augurios
y grandes cataclismos, temblores, terremotos, cometas y símbolos estraños,
ocurrieron en los cuatro elementos, llenando á todos de asombro y de temor. Entre
estos símbolos ocurrió que en una noche clara, apareció la luna rodeada por tres
círculos muy grandes; el primero era color de sangre, el segundo oscuro tirando á
verde y el tercero parecía formado de humo.
Un adivino llamado Llayca fué el primero que vió aquello y consultando con
Pechuta sobre el estraño caso, resolvieron decir á Huaina Capac lo que aquello
auguraba y asi, presentándose al Inca le hablaron de esta manera:
«¡Solo señor! Sabrás que tu madre la luna, como madre piadosa te avisa que
Pachacamac, creador y sustentador del mundo, amenaza á tu sangre real y á tu
imperio con grandes plagas que ha de enviar sobre los tuyos, porque aquel primer
cerco de color sangre, significa que después que hayas ido á descansar con tu padre el
Sol, habrá cruel guerra entre tus descendientes y mucho derramamiento de sangre
real, de manera, que en pocos años se acabará toda.
El segundo cerco negro nos dice, que después de las guerras y mortandad de los
tuyos, se destruirá nuestra religión y república y ocurrirá la enajenación de tu
Imperio, convirtiéndose todo en humo, como lo demuestra el cerco tercero.»
El Inca oyó aquello impresionado, mas por no demostrar flaqueza, ordenó á los
magos que se alejaran, diciéndoles que tal vez habían soñado aquella noche, lo que
decían era revelación de su madre la Luna y agrególes, porque los suyos no perdiesen
el ánimo con tan tristes pronósticos: «Si no me lo dice el mismo Pachacamac no
pienso dar crédito á vuestros dichos porque no es de imaginar que el Sol, mi padre,
aborrezca tanto su propia sangre, que permita la destrucción de sus hijos.»
Los oráculos empero consideraron que lo que habían vaticinado era lo que se
esperaba desde una muy remota antigüedad y que venían comprobando las novedades
y prodigios que cada día ocurrían y que aumentaban con la noticia del navío cargado
de gente nunca vista, que andaba por las costas. Los agoreros de todas las provincias
consultaban también sobre estos puntos á sus ídolos favoritos y el Inca no olvidó
consultar por medio de enviados al Diablo Rimac que era un ídolo de piedra tenido en
gran veneración por los naturales á causa de que contestaba á las preguntas que se le
hacía.
Rimac en este caso usó de política y astucia pues si bien no se animó á anunciar al
Inca cosa buena, tampoco auguró los grandes males vaticinados por otros y por los
Amautas.
Una tarde que Huayna Capac salía del baño sintió que un frío estraño se apoderaba
de todo su cuerpo, sobreviniéndole más tarde la fiebre y los temblores que
caracterizan la enfermedad llamada Chucchu, por los naturales.
El Inca comprendió que se llegaba el fin de su existencia, y reuniendo á sus
parientes y á la corte toda, hizo su testamento augurando la próxima llegada de gentes
nuevas no conocidas en sus tierras y que ganarían y sujetarían, no solamente su
imperio, sino muchos otros.
«Nuestro padre el Sol, dijo el Inca al morir, nos ha anunciado que después de doce
reyes de nuestra familia, vendrán esos hombres que en todo os harán ventaja y se
harán señores de nuestro Imperio. Yo os mando que les obedezcáis, pues su ley será
mejor que la nuestra y sus armas poderosas, invencibles para vosotros.
Pocos años hubo que esperar para que los Amautas que sobrevivieron á Atahualpa
y á Huascar, viesen cumplidas todas aquellas profecías y así que veían un águila ó un
Cuntur cernirse en las alturas, recordaban y repetían el caso que ocurrió á Huayna
Capac cuando celebró en el Cozco las últimas fiestas al Dios Sol.


LA PIEDRA CANSADA

ENTRE las maravillas del mundo, hechas por la mano del hombre puede bien
figurar la fortaleza que los Incas hicieron en la ciudad del Cozco; pues una
muralla como la de Babilonia ó la de China, una obra como la de las pirámides de
Egipto se esplica bien, por ser el resultado del trabajo y del esfuerzo común de
muchos hombres reunidos: mientras que la fortaleza que tratamos de describir era
notable por el enorme tamaño de las rocas que la formaban, á propósito de las que
dice un autor español del tiempo de la conquista: «Parecen más bien que piedras,
pedazos de sierra traídos hasta allí y amontonados unos sobre otros por obra de
encantamiento ó del Demonio que tenía familiaridad grande con aquellos infieles.»
El gran baluarte era formado por tres mesetas ó murallas superpuestas y estaba
situado en un cerro alto que está al setentrión de la ciudad, al que llaman
Sacsahuaman.
La ciudad llegaba hasta el pié del cerro y se tendía por ambos lados. El muro del
fuerte estaba cortado perpendicularmente sobre la población, pero del lado opuesto
tres grandes murallas en forma de escalera cerraban el recinto rodeando el cerro.
Parece que los Incas hubiesen querido mostrar por aquella obra la grandeza de su
poder.
Las enormes piedras rodadas, que formaban el muro más bajo, hacían increíble el
edificio para quien no lo había visto personalmente y sorprendía mucho al que lo
contemplaba por primera vez no acertando nadie á explicarse como sin grandes
maquinarias podían haber colocado esas rocas en forma de muralla, consultando con
gran maestría que los huecos y cavidades de unas, fuesen llenados por las partes
salientes de las otras.
Arriba de las tres murallas se extendía una plaza larga y angosta, donde hubo tres
fuertes torreones, siendo el mayor y principal el del centro que se llamaba Moya-
Marca, (que quiere decir fortaleza redonda). En su interior había una fuente de muy
buena agua, traída por subterráneos hasta hoy desconocidos.

En aquel torreón se alojaban los reyes cuando subían á la fortaleza para recrearse;
y todas las paredes estaban adornadas con chapas de oro y plata, animales y plantas
del mismo metal, lo que constituía una especie de tapicería.
Á los otros dos torreones que eran cuadrados, los llamaban Paucas Marca y
Sacllac Marca, tenían muchos aposentos, probablemente destinados para la corte y
guardia de la familia real, compuestas de Incas privilegiados, pues las gentes del
pueble, no podían entrar en aquella fortaleza, que era casa del Sol, de armas y de
guerra.
Los tres torreones se comunicaban por subterráneos y era original el estudio de las
calles y caminos que cruzaban de una á otra parte, dando tantas vueltas y revueltas,
que el más avezado se perdía en aquel laberinto lleno de puertas encontradas, todas
de un tamaño, y colocadas á muy corta distancia unas de otras.
El Inca á quien atribuyen el plano ó proyecto de este edificio notable, fue Apu
Hualpa Rimachi, sucediéndole Maricanchi y después Acahuana, á quien atribuyen
también la dirección de muchos grandes edificios en Tiahuanacu.

El último de los Incas arquitectos ó directores se llamó Calla Cunchuy, y en
tiempo de éste, fue que se trajo la Piedra cansada, que está en un valle próximo al
Cozco.
Dicen los indios, que el mucho trabajo que pasó por el camino, hasta llegar allí,
cansó á la roca, que lloró sangre, no pudo llegar al edificio.
La piedra es tosca, naturalmente como estaba en el sitio de donde fué transportada
y una gran parte de ella está debajo de tierra, á causa de haberse hundido en las
excavaciones practicadas, por buscadores de los tesoros de Huascar, que no aciertan
á encontrar el sitio en donde están ocultas tantas riquezas, como las que se perdieron.
En una esquina alta de la roca, vése un agujero que sale por el lado opuesto.
Los naturales dicen que esos son los ojos de la piedra, y que por allí lloró sangre
cuando se cansó y no pudo subir la cuesta, siendo traída por más de 20,000 indios que
la arrastraban, valiéndose de grandes cuerdas.
Dicen también que una gran parte de la gente, tiraba de las maromas delanteras,
mientras que otros la sujetaban por medio de cuerdas á fin de que no rodase cuesta
abajo y fuese á parar donde no pudiesen sacarla.
En una cuesta empinada ocurrió durante la marcha, que los que la sostenían del
lado izquierdo no tiraron lo bastante, venciendo el peso de la peña á la fuerza de los
que la arrastraban, y soltándose cuesta abajo, mató más de 3,000 indios, que estaban
en la falda del lado derecho. Sin embargo de esa desgracia, siguieron forcejeando con
la roca los súbditos del Inca, hasta dejarla en el sitio en que se encuentra actualmente,
donde llora por haber sido abandonada y no llegar á formar parte de la muralla del
gran edificio.
Los vientos depositan en los agujeros de la roca el polvo rojo de que está
compuesto el terreno de la inmediación; y cuando después de las lluvias, chorrea el
agua depositada en las cavidades superiores, toman las goteras un color rojizo.
Cuando afirman los naturales que la piedra se cansó y que no pudo llegar,
atribuyen probablemente á la roca, el cansancio que ellos tuvieron.
Á la Piedra cansada, la llaman también Calla Cunchuy, en conmemoración del
último arquitecto que dirigió la obra de la fortaleza; y esta leyenda histórica, ha sido
narrada por los Amautas, escrita y comprobada por los historiadores de Indias que
visitaran el Perú en el siglo XVI.
Es lástima grande que los que sometieron á sus leyes el poderoso imperio de los
Incas, con el solo esfuerzo de su valor y arrojo, no hayan conservado después ese
baluarte y todas las obras jigantescas que caracterizaban la civilización Incásica; pues
la magnificencia, la grandeza y el poder del vencido, hubieran servido en los siglos
venideros de galardón eterno, que patentizase el varonil esfuerzo de los
conquistadores.

El cumuri ó ARRIERO DE LAS MONTAÑAS

EL hombre de la Naturaleza, aprende á vivir en medio de las grandes luchas con
los elementos y templa su alma en el yunque eterno del trabajo y de las grandes
indigencias.
El Cumurí, es siempre el indio más joven y vigoroso de una familia de Quichuas.
Á él le toca tomar la vanguardia, arreando una docena de llamas, que van cargadas
atravesando las montañas, y á la distancia de unas cuantas cuadras del gran ahillo ó
tropa que guarda la familia.
Á veces en el invierno, en medio de los fríos rigurosos y las eternas nieves, se
desata la tempestad en las cordilleras. Entonces hay que sufrir con paciencia el frío de
la intemperie, el hambre, el cansancio y la sed!
El Cumurí, soporta resignado todos esos trabajos; y hasta parece que al soportarlos
goza un secreto placer.
Es que los padres anhelan que sus hijos, aprendan á sufrir para ser hombres y
lleguen al alto honor de ser alcaldes.
El Cumurí no piensa absolutamente en eso. Los cálculos especulativos están muy
lejos de su espíritu eminentemente romántico.
Va soñando una
suprema dicha que le
aguarda al regresar á sus
valles. Las necesidades
materiales se llenan de
cualquier manera; y un
puñado de maíz tostado ó
unas hojas de Coca, son
bastantes para alimentarse
durante las penosas
jornadas de su marcha á
pié. El crepúsculo de la
tarde con sus inimitables
coloraciones lo
sorprenderá acaso en las
faldas boscosas de esas jigantescas
montañas, que llenan de pavor al
que las contempla y reflexiona en
los grandes cataclismos geológicos
por que ha pasado la corteza del
globo.
El indio descarga á esa hora sus mansas llamas, fatigadas por la penosa marcha, y
mientras descansa en una peña, contemplando las brumas azules de la lejanía,
recordará tal vez la dulce amada de su corazón, que vió al despedirse, debajo del
alero de la choza paterna y que quedaba silenciosa, tejiendo en la Puska esos
interminables hilos blancos, plateados, que son como el emblema del recuerdo que no
se corta jamás!
La noche silenciosa no tardará en llegar, cargada de los perfumes de flores
misteriosas y desconocidas, que solo han sido cantadas por los poetas indios; el
Cumurí, se entrega en esas horas al melancólico placer de arrancar notas amorosas y
tristes á su flauta de caña; melodías que más tarde cuando regrese al valle, hará oír
desde lejos á su amada para que salga á la nocturna cita.
Las ofrendas de amor, son al regreso, el fruto de sus trabajos, y la joven india, al
día siguiente de aparecer su novio, amanece engalanada con sencillos adornos de
cuentas de colores, zarcillos, un prendedor ó un par de husutas, que han de tener los
tacos pintados de rojo y amarillo, colores que simbolizan la alegría, porque recuerdan
la sangre juvenil y la sabrosa chicha, que anima á los mortales en las alegres fiestas.
Pero si su amada ha desaparecido mientras él viajaba lejos del florido valle donde
está el terruño que constituye su patria, su bogar, su Dios, y el suntuoso templo de su
amor, los sentidos versos se unirán á la música de la Quena y una triste Vidalita
resonará tal vez vagamente perdiéndose en las montañas con inflexión análoga á la
del canto de una de esas aves agrestes que herida por traidora flecha vé apresar en el
bosque á su amorosa compañera.
Yo crié una paloma
al lado de mí,
mi único consuelo
desde que nací.
Urpilíta[1] blanca
que aprendió á volar
remontó su vuelo
a otro palomar.
Linda tortolita
que yo la crié,
se juntó con otra,
se voló y se fué.
Avecita blanca
de piquito azul,
¡nunca ví en paloma
tanta ingratitud!
Tal vez la amorosa chinita no ha podido resistir con vida los rigores de la ausencia
y su espíritu vaga en las regiones etéreas de lo desconocido. Entonces la quejumbrosa
guitarrilla ó charango, tristemente puntiado por la mano del que sufre, acompañará
esta otra queja que lleva el nombre de manchaypuito (canto triste).

No hay planta en el campo
que florida esté,
todos son despojos
desde que se fué.
Unos lloran penas,
otros el amor,
¡yo lloro la ausencia
que es mayor dolor!

LOS JIGANTES

MUCHOS pueblos de la antigüedad y algunos de la época presente se atribuyen
origen de una raza de jigantes, aunque esto no lo comprueba la ciencia y solo
lo consigna la fábula ó la tradición, que abulta las cosas mucho más que la historia
misma, por la sencilla razón de que los que mienten en la historia son un número
limitado de personas, mientras que en la tradición el que narra lo que ha oído se cree
siempre obligado á agregar algo de su cosecha, ya sea por impresionar mejor ó
simplemente por redondear el cuento ó finalizarlo produciendo el efecto agradable
que se desea, etc. (Sirva esto de disculpa al autor en algún caso, y vamos á la
leyenda).
Cuando llegaron los españoles, que conquistaron el Perú, tenían los indios una
cantidad de tradiciones que decían ser verídicas por haberlas oído á sus antepasados;
una de las más curiosas era la que consigna el historiador D. Pedro de Cieça, que dice
haber estado en la misma punta de Sta. Elena, términos de Puerto Viejo, donde
aparecieron los jigantes.
En tiempos muy remotos vinieron de la mar en unos barcos de junco, construidos
á manera de grandes casas, unos hombres tan grandes, que media más cada uno de
ellos de la rodilla abajo que el más alto de los hombres comunes en todo su cuerpo;
sus brazos conformaban tan bien con la grandeza de sus cuerpos, que era cosa
admirable ver sus enormes cabezas y los largos cabellos que les llegaban á la espalda.
Los ojos eran del tamaño de platos y no tenían barbas; venían vestidos de pieles de
animales cosidas entre sí y otros desnudos; no trajeron mujeres y después de haber
hecho sus chozas á manera de pueblo y en el referido paraje, cavaron grandes pozos
buscando el agua que les faltaba. Fué esa obra digna de memoria, como ejecutada por
hombres tan extraordinarios, que los hicieron en medio de la roca viva, siendo el agua
tan clara, fresca y agradable, que era gran contento beberla.
Habiendo hecho su instalación los tales jigantes, se apoderaron de cuanta cacería
encontraron por la tierra inmediata y todo cuanto había en la comarca que ellos
podían ollar lo destruían.
Comían tanto, que uno solo de ellos consumía más carne que cincuenta naturales.
No fue bastante la comida que hallaron en tierra y tomaron de la mar, con sus
formidables redes, muchísimo pescado.
Vivían en gran aborrecimiento de los naturales pues pretendían quitarles las
mujeres y trataban de matarlos para lograr mejor su intento.
Los indios hicieron grandes juntas para exterminar á los invasores que ocupaban y
se enseñoreaban de su tierra, pero nunca se resolvieron á acometer la empresa.
Las mujeres indias huían de los jigantes por no cuadrarles su grandeza extremada,
y ellos, para entretener sus ocios, se entregaban á muy reprochables vicios; tendencia
que no se habría sospechado el lector, si no la hubiésemos consignado.
Vino entonces un castigo muy grande enviado por Pachacamac para exterminarlos
y se desató en el cielo y en el mar una borrasca formidable con lluvia de fuego y
rayos que los consumió sin dejar uno, lo que puede atestiguarse viendo las calaveras
y los huesos enormes que hay por aquel paraje.
«Esto dicen de los jigantes lo cual creemos que pasó» escribe candorosamente
Don Pedro de Cieça, «porqué he oído á españoles que en esta parte se han encontrado
y se hallan pedazos de muela que juzgan, á estar entera, pesara más de media libra
carnicera y también porqué se ha visto otro pedazo de hueso de una canilla, tomado
en donde estuvieron los pozos y cisternas y también porqué he oído antes de ahora
que en un antiguo sepulcro de la ciudad de México, ó en otra parte de aquel reino se
encontraron ciertos huesos de jigantes y aún podrían ser todos unos.»
En ese paraje vése una cosa verdaderamente interesante; hay actualmente unos
ojos ó manantiales de alquitrán caliente, que podrían abastecer para calafatear todos
los buques del globo.
En cuanto á los jigantes diremos nuestra opinión.
Creemos que en realidad habrá llegado á aquella costa en época remota algún
buque, después de una tempestad, y que habrán hecho provisiones en aquel paraje
siguiendo después su derrotero, pero que sus tripulantes no eran hombres
excepcionales sino simples marineros.
Los huesos de jigante deben ser esqueletos de fósiles que habrán allí, como hay en
toda nuestra América.
Á propósito del esqueleto de grandes animales, no han sido solo los indios del
Perú los que los han atribuido á jigantes, ya en el año de 1613 y según se consigna en
la obra «El mundo antes de la creación del hombre» escrita por Mr. Figuier y
M. Zimmermann; unos trabajadores escavando cerca del castillo de Chaumont en el
Delfinado, en la orilla izquierda del Ródano encontraron varios huesos algunos de los
cuales rompieron por ignorar que se trataba de los restos de un mamífero fósil cuya
existencia era entonces desconocida.
Al tener noticia de aquel hallazgo un cirujano del país llamado Mazuyer se
apoderó de los huesos y sacó de ellos un gran partido anunciando que los había
descubierto él mismo en un sepulcro de ladrillo de treinta pies de longitud por quince
de anchura, sobre el cual se veía la inscripción siguiente:
TEUTOBOCCHUS REX
Para dar más importancia al hecho Mazuyer agregaba que había encontrado en la
misma tumba cincuenta monedas con la efigie de Marius.
Teutobocchus fue un rey de los bárbaros que invadió la Galia á la cabeza de los
Cimbrios y fue al fin vencido en Agnae Sextiae por Marius, quien le condujo á Roma
en su carro triunfal y es el caso que el informe publicado por Mazuyer para acreditar
su cuento recordaba que según el testimonio de algunos autores romanos la cabeza
del rey teutónico era mucho mayor que todos los trofeos que se ponían en las lanzas.
Mazuyer viajó por todas las ciudades de Francia y de Alemania llevando consigo
el esqueleto del supuesto Teutobocchus que enseñaba haciéndose pagar muy bien y
presentó su reliquia á Luis XIII Rey de Francia quien contempló con interés aquella
extraordinaria maravilla.
El esqueleto dió lugar á una acalorada controversia y escitó la admiración del
vulgo y de los sábios, pero después se supo que un jesuita de Tournois llamado
Jacobo Tissot era el autor del falso informe publicado por Mazuyer así como también,
que las monedas de Marius eran falsas, pues tenían caractéres góticos.»
Hoy, cualquiera puede ver en los Museos, los restos del Rey Teutobocchus,
contemplando entre los esqueletos de los grandes mamíferos el que corresponde al
Mastodonte, y al mismo tiempo queda explicada la existencia de los huesos de
Jigante en la costa del Perú y en todas partes donde se encuentran fósiles.



EL PUENTE DEL DIABLO

En las proximidades de la población de Yocalla pequeño distrito del
Departamento de Potosí, suele á veces detenerse sorprendido el viajero, cerca
de un torrente y ante la contemplación de un gran arco de piedra sólida que sirve de
puente y que sin embargo de su antigüedad, parece por su color blanco, que no ha
logrado ennegrecer el tiempo, que su construcción datara de una época reciente.
Los moradores de la proximidad ignoran la tradición castellana de aquella obra
curiosa, pero los indios, después de muchos rodeos, la esplican de la siguiente
manera:
En una época muy remota, Gualpa, (Gallo) joven tan gallardo como enamorado y
emprendedor, se conquistó á fuerza de ardides la voluntad y el cariño de Chasca-ñaui
(ojos de lucero) hija única del Curaca, y no tardaron los jóvenes en ponerse tan de
acuerdo, que apenas caía la noche, la muchacha abandonaba la choza paterna y
dirigía sus pasos á unas rocas que hay en la proximidad del puente actual, donde el
mancebo indio la esperaba seguramente, ensayando sencillas y amorosas melodías en
su flauta de caña.
Una noche, apercibido el Curaca de lo que ocurría, sorprendió á los amantes en
infraganti idilio, é indignado con el galán, le echo en cara su humilde posición, su
pobreza y su audaz atrevimiento para pretender nada menos que á la hija de un
Curaca.
El indio no se anodadó, sin embargo de las enérgicas frases del viejo, y éste,
pronto tuvo que convencerse de que no había procedido bien siendo tan severo, pues
su hija estaba locamente enamorada del galán y de su armoniosa flauta.
Es sabido que el cariño por los hijos hace convertir en mansos corderos á los
leones bravíos y el arrogante Curaca fué personalmente á los pocos días en busca de
Hualpa y convino amistosamente con éste, en darle un año de plazo para que se
educase como para llegar á ser Curaca y adquiriese fortuna.
El joven, con la inexperiencia de la edad y de las cosas de la vida, ó tal vez
confiando en su novia, aceptó el ausentarse de Yocalla, creyendo que era posible
adquirir cuantiosos bienes é instruirse en un tiempo tan corto.
Nadie supo de Hualpa durante aquel año y el viejo astuto realizó su propósito de
alejar los peligros que amenazaban á su hija, estando cerca el audaz enamorado.
El Curaca pensó, que la ausencia causa olvido, y proyectó casar á Chasca con el
hijo de otro Curaca vecino, que se había educado y había vivido mucho tiempo en la
Corte del Inca, lo que le daba gran importancia entre los indios que no habían tenido
la suerte de ver al hijo del Sol ó familiarizarse con las aristocráticas costumbres de los
habitantes de la ciudad real.
El amor de Chasca, sin embargo de su belleza y de su gran sensibilidad, era más
firme de lo que su padre creía y aunque todo estaba preparado para casarla con el hijo
del otro Curaca, ella esperaba silenciosa que Hualpa se presentara oportunamente.
Faltaba solo un día para que se cumpliese el plazo fijado por el viejo, y Hualpa no
aparecía ni se tenían noticias de él.
Todo se había preparado ya en el Villorrio para la suntuosa fiesta del casamiento
que tendría lugar al día siguiente.
De la casa de los dos Curacas llegaban y se cambiaban los presentes más valiosos
en festejo de tan ambicionada alianza.
Chasca, oía, callaba y aceptaba con paciencia, cuanto se hacía á su alrededor, pero
en lo íntimo de su alma, flotaba la dulce esperanza de que todos aquellos
preparativos, servirían para festejar su enlace con el que estaba ausente.
Llegó por fin la noche, después de un día nublado y se desató una espantosa
tormenta de granizo, que desplomándose por las faldas de las montañas, inundó los
valles y los campos.
La corriente arrastraba por el cauce del torrente ¡moles inmensas de piedra que
parecían flotar sobre las aguas como débiles leños. El ruido pavoroso en medio de la
oscuridad, se confundía con el estruendo de la borrasca que clareaba en las alturas
como queriendo abrir la bóveda infinita de los cielos.
Chasca desesperaba casi, de que pudiese aparecer su amante; pero este había
llegado en medio de la noche á la orilla del río Yocalla.
Al venir el día se cumpliría el plazo en que Hualpa debía presentarse en busca de
su amada, y no tenía fe en que se le esperase ni una hora, después de vencido el
tiempo fijado.
El torrente arrastraba
cada vez más volumen de
agua; y pretender
atravesarlo á nado, era
exactamente lo mismo
que arrojarse en brazos de la
muerte.
Esperar que las aguas
bajasen, hubiera sido someterse
voluntariamente al suplicio.
Hualpa dió algunos pasos
por la orilla del torrente en la más angustiosa desesperación, sin saber qué resolución
tomar. De pronto alzando al cielo los puños para prorrumpir en formidable
imprecación, invocó al espíritu del mal, llamó al que rige las borrascas, habló á
Supáy, el que ronca en las cavernas!
Supáy, no estaba lejos y pronto acudió á presencia del mancebo, tendiéndole los
brazos por entre los pliegues rojizos de su manto de fuego.
Hualpa le expuso su ansiedad y le dijo que, pues era el poderoso que tenía en
aquel instante en revolución al cielo y á la tierra, le pedía lo pasase á la otra orilla del
torrente, porque tenía que presentarse en casa de su amada.
¡Infeliz! dijo Supáy, si yo te tocara con mis manos de fuego habría llegado el
último momento de tu vida!… Pero á cambio de tu espíritu voy á construirte un
puente antes que amanezca el día con las rocas de estas montañas, para que llegues
por tus pies á donde está tu amada y venzas á tu rival que se prepara para poseerla
mañana mismo.
Después de convenir en el trato, Hualpa se sentó á esperar en una roca vecina, y el
espíritu de las cavernas en medio de pavorosos ruidos, dió principio á la obra,
trayendo y colocando las grandes piedras una sobre otra, de la manera que
actualmente se encuentran.
Cuando venía clareando el día, anunciando con orlas de luz la aparición del Dios
Sol que todo lo anima y vivifica, Supáy tenía casi concluido el puente, pero le faltaba
una piedra grandísima que debía ajustar en la parte alta las aberturas de las rocas.
Hualpa impaciente por llegar á Yocalla no esperó ver la completa terminación de
la obra y pasó de un salto, sin detener su marcha, hasta donde su amada lo esperaba.
Supáy no pudo detenerlo por que como es espíritu de las sombras, tuvo que huir del
Sol, en dirección opuesta y ocultarse en las cavernas. Ya el padre de la luz, salía
mostrando su disco esplendoroso, por entre las cumbres de las montañas.
Hualpa, llegó á tiempo y llegó rico, que la confianza en el propio esfuerzo, suele
hacer en esta vida maravillas.
Una vez entre los suyos pudo vanagloriarse de haber hecho construir un puente á
Supáy en medio de la noche.
El Curaca le entregó á la hermosa Chasca-ñaui, cuyo enlace se festejó con un
gran baile y un paseo hasta el hermoso puente, de que todos han seguido sirviéndose
para pasar el río y nadie se ha atrevido hasta la fecha á colocar en el gran arco, la
piedra que le falta, pues seria completar la obra de Supáy y hacerlo acreedor á el alma
de Hualpa, correspondiendo mal, al venturoso enamorado que hizo en vida el
beneficio de hacer construir un puente tan necesario.
Dicen algunos, que cuando Hualpa murió, Supáy quiso apoderarse de su espíritu y
llevarlo consigo á las cavernas, pero como la obra del puente no había sido concluida
por éste, un Dios justiciero protegió al indio contra el espíritu del mal, y Supáy tuvo
que resignarse á perderlo, quedando el alma de Hualpa entre los espíritus buenos é
invisibles que vagan en torno nuestro haciendo beneficios.