Agamenón, rey de Argos, era hijo de Plisteno, que lo era de Atreo (otros dicen que su hermano), por lo cual Agamenón y su hermano Menelao fueron denominados los Atridas. Casó con Clitemnestra, hija del rey de Esparta, y fue uno de los generales de los griegos en el sitio de Troya. Tuvo allí una célebre desavenencia con Aquiles por una esclava, denominada Briseida. Al ir hacia allá estuvo la expedición detenida en Táurida, a causa de los vientos contrarios, y para obtenerlos propicios intentó sacrificar a su propia hija Ifigenia a Minerva; pero en el momento de consumarse el sacrificio, esta diosa la arrebató, sustituyendo en su lugar una cierva. Vuelto a su reino después del sitio de Troya, fue muerto a manos de su mujer y de Egisto, amante de ésta.
Su hijo Orestes vengó el asesinato de su padre, matando, no sólo a Egisto sino también a su madre. Entonces las Furias, con las que han querido significar en esta ocasión los remordimientos, empezaron a perseguirle despiadadamente con encendidas teas en sus manos. Había sido Orestes educado por su tío Estrofio, rey de Fócida, con su primo Pílades, con el que contrajo tan tierna amistad, que fueron inseparables, quedando aquélla como proverbial. Fuese con éste a Atenas para someterse al juicio del Areópago famoso tribunal así llamado porque la primera causa que juzgó fue la de Marte (también llamado Ares), acusado por Neptuno de haber dado muerte a Alirocio, hijo de este dios, que para vengar a su padre del triunfo que sobre él había logrado Minerva al crear el olivo, se propuso cortar todos los de la campiña de Atenas. Fue Orestes absuelto por haberse interesado Minerva en su favor, pero no por eso dejaron las Furias de atormentarlo. Consultó con el oráculo de Delfos, que le dijo que fuese al Quersoneso, en Táurida, hoy día llamado la Crimea, y que trajese de allí la estatua de Minerva, que se adoraba en su templo. Trasladóse allí con su amigo Pílades; fueron presos por aquellos habitantes, que determinaron que uno de los dos fuese sacrificado. Entonces acaeció la famosa porfía en que cada cual quiso morir para salvar al amigo que amaba. Afortunadamente, Ifigenia, a quien Minerva había llevado allí y establecido en su templo por sacerdotisa, reconoció a su hermano y valiéndose tanto de su influencia como de engaños, pudo salvar a ambos, recoger la estatua de Minerva y huir con ellos llevándosela.
Orestes reinó entonces pacíficamente en Argos, y casó con Hermíone, hija de su tío Menelao y de la bella Elena su mujer. Casó también a Pílades con una de sus hermanas, llamada Electra. Ésta había sido forzada por su madre y por Egisto, su amante, a casarse con un hombre oscuro, pero tan honrado, que hizo un casamiento fingido con tal de proteger y amparar a la perseguida princesa, que devolvió con respeto a su hermano Orestes tan luego como volvió a subir al trono, y os refiero este hecho, niños míos, porque si bien en la fábula y en la historia griega abundan hechos heroicos, son muy escasos los generosos y delicados, como es consiguiente en almas e imaginaciones que carecen de la alta y noble cultura del Cristianismo.
Orestes, en un viaje que hizo a Arcadia, murió de resultas de la mordedura de una serpiente, a los noventa años de edad, después de haber reinado setenta.
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miércoles, 27 de febrero de 2019
jueves, 21 de febrero de 2019
Mitos y leyendas de Esparta
POR debajo de la historia convencional, y ajustada a metodologías que se presumen empíricas -puesto que manejan pruebas y datos avalados por la experiencia, y de los que se deducen unos hechos cuya peculiaridad esencial les viene dada por la convención, en muchos casos radical, de que merced a ellos se alcanza la categoría de lo objetivo y se vislumbra el aporte científico-, discurre la denominada intrahistoria. Su fluir va en dirección opuesta a todo orden racional o lógico y, de entre los vericuetos de su enmarañado cauce, surge el mito y revive la leyenda. Por esto, podemos colegir que no hay historia sin mito y leyenda, ni mito y leyenda sin historia. Así que, conocer Esparta, también desde la perspectiva del mito y la leyenda, puede resultar imprescindible si queremos que nuestras lucubraciones metodológicas alcancen un mínimo rigor. Para hablar de la Esparta mítica, debemos remontarnos a la descripción de la leyenda de Eurotas, rey de la región de Laconia y al que la tradición popular atribula la personificación del dios que lleva su nombre. Cuentan los narradores de mitos que este soberano se propuso aprovechar el agua estancada de la extensa región de Laconia, para lo cual construyó diques de contención que dieron en formar cauces de agua que desembocaron en una corriente común a la que se denominó, a partir de entonces, río Eurotas.
Respecto a los antepasados de Eurotas, la opinión más aceptada es que era hijo de Miles, de quien heredó el trono de Laconia, y nieto del mítico anciano Lélege, el célebre héroe que nació de la hermosa ninfa libia. Esta tenía como antepasado más significativo al dios-río Nilo y, según la tradición, estuvo unida a Poseidón, deidad que gobernaba sobre océanos y mares. Además, se la reconoce como la heroína epónima de la propia región de Libia.
LEYENDAS DEL RIO EUROTAS
ESPARTA es también la madre de varios héroes reconocidos por toda la tradición clásica como sus descendientes directos. De entre ellos conviene destacar a Hímero que, según algunas versiones, personificaba el ansia de amor y de afecto, por lo que puede aparecer asociado al propio Eros y, en ocasiones, se le ha considerado como una deidad menor. Formaba parte del cortejo de la hermosa diosa del amor, Afrodita/Venus. Otras versiones más asentadas en la tradición popular, veían en Hímero al más cualificado descendiente de Lacedemón y Esparta, los soberanos de la región de Laconia.
La leyenda más extendida relata que Hímero tenía una hermana llamada Asine -nombre que dio origen a una de las ciudades asentadas en terreno lacedemonio- con la que cometió incesto y, al tomar conciencia de su brutal acción, con grandes muestras de arrepentimiento, se tiró al río Eurotas con la intención de perecer ahogado bajo sus aguas. Desde entonces, y en memoria de un héroe que supo reconocer sus errores, arraigarla entre los ciudadanos de Lacedemonia la costumbre de llamar Hímero al antiguo río Eurotas. Como vemos, las dos versiones descritas difieren sustancialmente en cuanto a la forma de narrar ambas pero, no obstante, si las analizamos detenidamente llegaremos a concluir que coinciden en ciertos aspectos pasionales y amorosos. Todo esto significa que la distancia real entre una versión y otra es casi imperceptible y que, además, las dos juntas componen un claro aspecto animista del mito.
”LLUVIA DE ORO”
OTRO hijo de Lacedemón y Esparta fue Amidas que aparece siempre relacionado con su hermana Eurídice, y con el infortunado efebo Hiacinto. De la primera se dice que fue madre de la bella Dánae, y del segundo cuentan los relatos mitológicos que era un joven tan hermoso que hasta el propio dios Apolo se enamoró de él. En cuanto a Dánae, quién no ha escuchado alguna vez la encantadora leyenda de la ”lluvia de oro”? Pues bien, se cuenta que el poderoso Zeus, rey del Olimpo, se enamoró de una hermosa joven que vivía encerrada -por expreso deseo de sus progenitores, que habían seguido al pie de la letra las instrucciones del oráculo- en la más inaccesible de las torres del palacio en el que moraba. Otras versiones explicaban que la joven se hallaba recluida en una oscura y húmeda cueva oculta bajo el piso de palacio y a la que únicamente se accedía a través de unas sólidas puertas de bronce que siempre permanecían cerradas.
Sea como fuere, lo cierto es que a la muchacha no le estaba permitido salir de su encierro, ni tampoco podía hablar con persona alguna fuera de su guardián o su carcelero, Cierto día, cuando ya la pena le embargaba hasta lo indecible y se le hacía insoportable su congoja, obsceno que desde lo alto cala una especie de tamo reluciente, cual lluvia fina de color oro, que se introducía por todas las rendijas, y ocupaba todos los rincones de la sala en la que se hallaba cautiva. Su asombro fue en aumento, al observar que aquellas diminutas partículas se adherían a todos los poros de su cuerpo y se volvían consistentes hasta formar una especie de figura que a la joven se le antojó divinal. Sirviéndose de tan sofisticado ardid, Zeus había fecundado a la joven Dánae -sin que progenitores ni guardianes pudieran evitarlo. Nunca hubo otra ingeniosa historia de amor de similar catadura y, tal como aseguran los relatos de la época, el fruto de tan peculiar unión fue el famoso héroe Perseo.
EL ORIGEN DE LA HISTORIA
CON todo, el héroe más famoso de cuantos contribuyeron a formar la leyenda del origen mítico de Esparta, será Tindáreo. Se dice de él que era hijo de un célebre rey de Esparta, llamado Ebalo, y nieto de Lacedemón. Corrla la leyenda, por toda la región de Lacedemonia, de que Asclepio había resucitado, en cierta ocasión, a Tindáreo, razón por la cual se le tenía por uno de los héroes más ilustres de Esparta. Diversos avatares conforman la vida de Tindáreo, entre ellos cabe destacar la importancia de su relación con Leda, a la que conoció de forma casual, después de haber sido expulsado de Lacedemonia por Hipocoonte y sus hijos, los denominados hipocóntidas.
Leda era la hija del rey de Etolia, que había acogido a Tindáreo en su palacio cuando fue expulsado de Lacedemonia; después de casarse con tan preclaro huésped, Leda tuvo una descendencia bastante numerosa. Fue madre de personajes tan importantes como Clitemestra y Helena y, sobre todo, Cástor y Pólux; a estos últimos se les conocía con el sobrenombre de “Dioscuros”. Las narraciones míticas señalan, no obstante, que Helena y Pólux tenían por padre a Zeus y que, por tanto, sólo Cástor y Clitemestra serían hijos de Tindáreo. El dios del Olimpo, una vez más, había hecho gala de su sofisticado ingenio para conseguir los favores de la hermosa Leda ya que, convertido en un blanco y atractivo cisne, logró seducirla.
LOS JOVENES DEL MONTE HELICON
SIN embargo, de todos es sabido que los devaneos amorosos de Zeus no habrían producido más que resultados adversos de no mediar los “buenos ocios” de ciertos personajes míticos que, según opinión común de la época, bien pudiera catalogárseles como los primeros y más perfectos alcahuetes de todos los tiempos. Su cometido consista en entretener a Hera, la esposa del rey del Olimpo, y encubrir a éste para que llevara a cabo sus conquistas sin dar pie a que los celos de aquélla pudieran aflorar. Un personaje singular, la ninfa Eco, fue el más renombrado cómplice de Zeus en los menesteres descritos. Esta muchacha dicharachera, locuaz y ocurrente, entretenla con su charla a Hera mientras Zeus se dedicaba de lleno a sus conquistas entre las ninfas, dánaes, nereidas, musas, jóvenes hijas de los mortales, etc.
Mas, un día aciago para la infeliz Eco, Hera descubrió el ladino juego de la ninfa y la complicidad de la muchacha con su esposo Zeus y, entonces, presa de la más exacerbada cólera, la esposa humillada castigó a la ninfa y la condenó a no poder emitir nunca más palabra alguna con sentido.
Desde entonces, la infortunada ninfa sólo tenía capacidad para repetir las últimas palabras de sus interlocutores y, esto, la trajo consecuencias tan funestas como la imposibilidad de ser comprendida o amada. Recuérdase, al respecto, la leyenda del hermoso efebo Narciso que penó tanto por la ninfa Eco, al enamorarse de ella sin que ésta pudiera expresarle sus propios sentimientos, que decidió abandonarla. Eco, por mor de la maldición y el castigo de Hera, únicamente podía repetir las últimas palabras que su amado Narciso articulaba y se veía imposibilitada de comunicarle sus sentimientos. Todo terminó en tragedia para los dos jóvenes que moraban en el monte Helicón y, mientras Eco se transformaba en una voz que vagarla eternamente de montaña en montaña. Narciso estarla condenado para siempre a no poder amar a persona alguna fuera de sí mismo; acaso hay mayor tormento que éste?
LA CÓLERA DE AFRODITA
TINDÁREO no pasó mucho tiempo fuera de Esparta pues, según el relato tradicional, el gran héroe Hércules lo repuso en el trono después de vencer a Hipocoonte. Los ciudadanos de Esparta aclamaron a Tindáreo como a su rey y señor y hasta llegaron a considerarlo inmortal y semejante a las deidades, Este acogió en su corte a héroes famosos, como Agamenón y Menelao, que se habían visto obligados a huir de Micenas a la muerte de su padre, el mítico rey Atreo, para no caer en manos de peligrosos disputadores del trono micénico. Según ancestrales relatos, Atreo había llegado a gobernar en Micenas porque había vaticinado que el sol se pondría por el Este; hecho que sucedió, en efecto, merced a la ayuda del poderoso Zeus, que cambió el curso de las noches y los días para mostrar a los jueces de Micenas que Atreo era el preferido de los dioses, y no sus oponentes.
Sin embargo, acaso el soberano de Esparta pensaba en sus hijas al acoger a los descendientes de Atreo en su palacio. Se decía que Clitemestra y Helena se conducían de una manera en extremo frívola debido a que su padre, al hacer la ofrenda a los dioses, se había olvidado de evocar a Afrodita lo que provocó que ésta, plena de ira, decidiera castigar la acción de Tindáreo.
Por todo ello, no es extraño que el padre de ambas muchachas deseara buscarlas esposo para que cesaran en sus veleidades amorosas y, al propio tiempo, quedara sin efecto la maldición de Afrodita. Al fin y al cabo, la falta de Tindáreo había sido involuntaria y no se corresponda con la pena impuesta por Afrodita; no había que seguir soportando la vejación que todo ello suponla ante los ojos del pueblo Espartano y, el único modo de solucionar tan enojoso asunto era, en opinión de Tindáreo, buscar dos buenos esposos para sus dos hijas.
CORAZONES DE PIEDRA
SE decía que el héroe Agamenón -así como su célebre hermano Menelao- eran hijos de Atreo y de la princesa Aérope, hija del rey de Creta. Atreo poseía un vellocino de oro y pensaba ocupar un día el trono micénico pero, según la narración clásica, su mujer se apropió de él y se lo entregó a Tiestes, su amante y hermano menor de Atreo. Y es que para acceder al trono de Micenas era necesario presentar un vellocino de oro ante el jurado que iba a dilucidar cuál de los dos hermanos era el más idóneo para gobernar al pueblo micénico. Como Atreo descubriera el robo del vellocino de oro, perpetrado por su mujer, así como la infidelidad y el engaño de que era objeto por parte de Aérope, en un ataque de cólera la arrojó a las profundidades del mar y allí se ahogó.
A continuación se ensañó con los tres hijos pequeños de Tiestes -a la sazón expulsado de la región micénica- y los mató para vengarse. No obstante su actual rivalidad, hubo un tiempo en que Atreo y Tiestes, instigados por su propia madre -la cruel Hipodamia, hija del rey de Pisa-, se confabularon para matar a su tercer hermano, el joven Crisipo. Las crónicas de la época cuentan que a causa de ello, su padre los maldijo y, desde entonces, fueron eternos rivales el uno para el otro y siempre albergaron en sus corazones de piedra un odio mutuo y cerval.
LADRÓN DE NÉCTAR Y AMBROSÍA
EL rey de Esparta prestó su ejército al héroe Agamenón para que consiguiera expulsar de Argos a los intrusos que allí se habían implantado. Como saliera victorioso de la prueba, el pueblo de la Argólide lo nombró su soberano y le rindió honores de héroe. Más tarde se casó con Clitemestra, una de las hijas de Tindáreo, aunque antes tuvo que matar a Tántalo, su anterior marido. Este personaje legendario aparece como protagonista de muchos de los castigos y penas que se infligen a los atormentados moradores de los dominios subterráneos de Hades/Plutón. Sin embargo, antes de que Tántalo fuera condenado a cruzar la laguna Estigia, a bordo de la barca del viejo Caronte, para arribar a las puertas mismas del Tártaro o Infierno, había sido mimado por los dioses e invitado a sus fiestas y ágape. Una versión muy difundida explica que Tántalo abusó de la hospitalidad de sus ilustres anfitriones y, de forma muy taimada, les robó cantidades sustanciales de néctar y ambrosía -alimentos exclusivos de los dioses-, y los distribuyó entre sus amigos los mortales.
Además, no supo guardar en secreto las deliberaciones y acuerdos que los dioses tomaban en reuniones y asambleas a las que Tántalo asistía como invitado. Por todo esto, y muchos otros desmanes más, Tántalo perdió el favor de los dioses del Olimpo y fue arrojado al Tártaro para, allí, sufrir los castigos a que se había hecho acreedor. Una de las penas impuestas consista en que Tántalo se hallaba inmerso hasta el cuello en un lago de agua cristalina; de su fondo emergían árboles frutales cuyas ramas aparecían cargadas de frutos apetecibles y, en apariencia, sabrosos. En cuanto Tántalo pretendía beber de las aguas del terso lago, éstas eran sumidas al instante por la tierra y, si quería alcanzar la fruta de los árboles que le rodeaban, enseguida un fuerte viento desviaba las ramas hasta situarlas fuera de su alcance. Todo esfuerzo por parte de Tántalo resultaba, una y otra vez, inútil y se hallaba condenado a contemplar el alimento y el agua sin que pudiera comer o beber.
Según otras versiones, el castigo consistía en que Tántalo se veía continuamente amenazado por una voluminosa piedra a punto de caer sobre su cabeza
AGAMENON Y CLITEMESTRA
DESPUÉS de los avatares narrados, Agamenón y Clitemestra contraen matrimonio. Pero, pronto se verá cómo la maldición de Afrodita sobre las hijas de Tindáreo acarreará desgracias sin cuento a quienes con ellas se relacionan.
”Rey de hombres Agamenón”, dice el gran cantor Homero. Y es que, en un corto espacio de tiempo, este héroe se convierte en el más poderoso de los soberanos griegos Micenas y Argos lo veneran, le rinden honores y lo encumbran hasta hacerle su dueño y señor. Y cuando ya las condiciones del mar son favorables para navegar, Agamenón parte al frente de la expedición contra los troyanos. La guerra de Troya constituirá uno de los hechos más funestos de su vida pues, a causa de ella, tiene que dejar sola a su mujer, sobre la que, no hay que olvidarlo, pesa la maldición de Afrodita. Después de salir ileso de todos los cruentos combates librados contra los troyanos, Agamenón regresa a la región de Argos y, ¡oh azaroso y ciego destino!, aquí es asesinado por el amante de su esposa Clitemestra pues, en ausencia de su marido, ésta había intimado con el átrida Egisto
A VENGANZA
OTRAS versiones que se ocupan del asesinato de Agamenón, explican que Egisto fue ayudado por su amante Clitemestra en ese siniestro menester de matar a un rival que, curiosamente, era el propio esposo de esta última. El relato de los hechos es importante para enjuiciar con objetividad la decisión de Clitemestra. Lo cierto es que cuando Agamenón regresa a su país trae consigo a una concubina que se le había asignado como parte del botín, y esto hace crecer el odio de Clitemestra hacia su marido, aunque finge alegrarse de su vuelta e, incluso, le recibe con gran pompa externa. Por ejemplo, le rinde pleitesía y extiende en su camino una alfombra púrpura, como si en verdad de una deidad, y no sólo de un héroe, se tratara. Una alfombra púrpura se extiende a sus pies, y en su honor se organizan fiestas y banquetes. Agamenón se prepara para asistir a estos actos, tiene intención de vestirse con sus mejores galas y toma en estos momentos un baño para relajarse; entonces entra el asesino y mata al héroe que no tiene a mano ningún arma para defenderse. La tradición clásica responsabiliza del luctuoso suceso a la pareja formada por Clitemestra y su amante Egisto pues, sin la complicidad de ambos, no hubiera podido llevarse a cabo tan vil asesinato. También los acompañantes del malogrado héroe -su compañera la concubina Casandra, y sus dos hijos- serán asesinados.
Sin embargo, hay otras versiones que exculpan a Clitemestra y mantienen que nada tuvo que ver con la muerte de su esposo Agamenón. Además, los sucesos de marras no se desarrollaron del modo antedicho, sino que fue durante el banquete ofrecido en honor del héroe cuando, tanto éste como sus acompañantes más allegados, murieron al ingerir su comida envenenada.
EL SACERDOTE DE APOLO
HABÍA transcurrido ya mucho tiempo desde que la expedición, al mando de Agamenón, saliera hacia Troya. La guerra duraba ya diez años y, según cuentan las crónicas, el héroe griego mantenla retenida en su campamento a la joven Criseida, hija del sacerdote del templo de Apolo, Crises. La joven se encontraba en la región de Misia cuando los aqueos la raptaron y se la entregaron a Agamenón que, al instante, la consideró su amante preferida. Cierto día se presentó en el campamento el padre de la muchacha para rogar a su poseedor que la liberara; incluso ofreció pagar cualquier rescate por ella. Mas, el orgulloso Agamenón ni siquiera se dignó recibir a Crises, y ordenó que lo expulsaran de su campamento sin miramiento alguno. El padre de la muchacha, herido y desairado, fue a refugiarse al templo de Apolo, y a solicitar el favor y la ayuda del dios. Este atendió la súplica de su servidor y súbdito y envió, como castigo, una terrible enfermedad al campamento griego. El pánico cundió entre los hombres de Agamenón, que ya no morían en combate, sino a consecuencia de la peste que el poderoso Apolo había hecho prender entre ellos y, puesto que sospechaban cuál era la raíz de tan terrible mal, fueron a consultar al adivino Calcante -que se había embarcado también en la expedición contra Troya, y tenía el deber de dejar su puesto cuando ya no fuera capaz de desvelar los enigmas que se le presentaran-, quien corroboró la certeza de sus temores. Encabezados por Aquiles, los aqueos presionaron a Agamenón para que pusiera en libertad a la joven Criseida. Contrariado Agamenón, accedió a poner en libertad a su preferida y permitió que la muchacha fuera devuelta a los suyos. Casi como por ensalmo, la enfermedad se alejó para siempre del campamento aqueo aunque, según los relatos clásicos, Criseida llevaba en sus entrañas un hijo de su raptor.
CASANDRA
ESTE personaje femenino aparece en todos los relatos mitológicos cargado de simbolismo, y envuelto en leyenda. Ya desde muy niña poseía el arte de la profecía y la adivinación. Apenas era una recién nacida cuando, en compañía de Heleno -su hermano gemelo-, fue abandonada en las inmensas y oscuras salas del templo de Apolo. Dos serpientes lamieron a las criaturas durante toda la noche y, desde entonces, ambos hermanos adquirieron el don de la predicción.
Las crónicas relatan que Heleno y Casandra permanecieron tanto tiempo solos porque los troyanos festejaron el nacimiento de los gemelos durante un día entero. A la mañana siguiente, cuando fueron a buscar a las infelices criaturas, hallaron en su compañía dos enormes serpientes que, con relativa parsimonia, lamían y limpiaban sus ojos y sus orejas para que así, libres de impurezas, los sentidos de Casandra y Heleno se afinaran tanto que, a partir de entonces, fueran capaces de ver y oír hasta las cosas ocultas que les estaban vedadas al resto de los mortales por tener atrofiados sus sentidos.
De Casandra se dice, también, que estaba especialmente dotada para la intriga y el contubernio; recordase su confabulación con Egisto, uno de sus amantes, contra su esposo Agamenón.
Otras versiones inciden en el hecho de que fue el propio dios Apolo quien concedió a Casandra el don de la profecía y la predicción. Pero la muchacha, en cuanto se vio revestida de tales poderes, olvidó todas sus anteriores promesas y dejó de lado su fidelidad para con la deidad. Entonces Apolo, encolerizado, escupió a Casandra en la boca para que, en lo sucesivo, sus profecías resultaran siempre desacertadas y nunca llegaran a cumplirse. De este modo, la credibilidad de la muchacha entre los suyos, se vio tan mermada que ya nadie volvió a confiar en sus premoniciones.
HELENA
LA otra hija de Leda y Tindáreo fue Helena -aunque algunas versiones, como ya sabemos, hacen a Helena hija del poderoso Zeus-, que se casó con un príncipe espartano llamado Menelao. Es célebre, esta muchacha porque soportó ser secuestrada por varios personajes míticos; primero la raptó el héroe Teseo, aunque luego la devolvió con los suyos. Y, después, fue de nuevo robada por el troyano Paris, lo cual provocó un conflicto de considerables dimensiones; nada menos que una guerra -la guerra de Troya- que duró diez años y dejó destrozada la ciudad de Troya.
Helena estaba considerada como la más bella entre todas las mujeres de aquel tiempo y, por lo mismo, tuvo muchos pretendientes. Algunos narradores de mitos le atribuyen, además de Menelao, cuatro maridos más; entre éstos destacan el gran héroe Teseo -célebre porque dio muerte al Minotauro-, Paris -que siempre fue protegido por Afrodita- y Menelao que, como ya sabemos, declaró la guerra a los troyanos porque Paris había raptado a su esposa Helena. También se añade, a veces, a Aquiles -el famoso hijo de Tetis que, al nacer, fue sumergido por su madre en la laguna Estigia para hacerlo invulnerable- quien, al parecer, había estado unido en secreto con Helena merced a la ayuda que le propiciaron Tetis y Afrodita.
Existen ciertas leyendas que muestran a Helena revestida de cualidades curativas y, al respecto, se cita la célebre anécdota que le acaeció a un poeta popular de aquel tiempo según la cual, éste, habría recobrado la vista -se había quedado ciego por haber recitado unos versos satíricos que ridiculizaban la figura de Helena- al componer una nueva oda que ensalzaba las virtudes y la belleza de la joven Helena.
Casi todos los narradores de mitos coinciden en afirmar que Helena fue deificada y llevada a la morada de los inmortales por el propio Apolo que, al parecer, cumplía un mandato del poderoso rey del Olimpo. Todo esto sucedió porque Orestes, que había vengado a su padre Agamenón y, para ello, había matado a su madre Clitemestra y a su amante Egisto, enloqueció a causa de las presiones a que fue sometido en el juicio que se siguió contra él por tan horribles crímenes. Según unos, Orestes -
que en todo momento había actuado con la anuencia y la complicidad de su hermana Electra- sólo debía haber matado al amante de su madre, Egisto y, por ende, deberla haber respetado la vida de su madre Clitemestra que le había dado el ser.
ORESTES Y ELECTRA
LO más característico de estos dos hermanos fue su común decisión de llevar a cabo una venganza tan cruel, que hasta alcanzarla a su propia madre. Ambos eran hijos de Agamenón y Clitemestra y fue Orestes quien ejecutó la terrible acción de matar a su madre para vengar a su padre. Electra había salvado a su hermano Orestes, cuando era un recién nacido, de la ira de Clitemestra; lo sacó del palacio escondido bajo su capa y sus vestidos y lo condujo hasta la casa de un maestro fiel para que lo enseñara y adoctrinara. Según el gran cantor de mitos Homero, la decisión de Orestes fue lícita, y hay que ensalzarle por ello, pues se hizo justicia y ni siquiera los dioses le perseguirán puesto que, según se muestra en algunas obras trágicas de aquel tiempo, fue el dios Apolo quien le ordenó a Orestes llevar a cabo una acción tan cruel. De lo contrario, éste no habría sido capaz de vencer sus escrúpulos, y su repugnancia, ante tan vil y cruel tarea.
Otros autores explican esta tragedia haciendo hincapié en la huida de Orestes, ante el horror que sintió, una vez cometido tan atroz crimen. Y explican que, después de matar a su madre, corrió despavorido a refugiarse en el templo de Apolo, pues las Furias habían salido de los infiernos para perseguir al culpable de tan espantoso crimen.
EN LOS BOSQUES DE ARICIA
ORESTES sólo pudo librarse de las Furias porque Apolo lo protegió en su templo de Delfos y, además, lo purificó con su delfico poder. Desde entonces pudo vivir en calma, y libre de todo tormento psíquico. Cuando ya tenía una edad bastante avanzada, el oráculo aconsejó a Orestes que se retirara a la mítica y maravillosa región de la Arcadia, lugar donde le sobrevino la muerte. Según algunas leyendas, sus restos fueron robados y expuestos a la contemplación de los espartanos.
Entre los romanos, no obstante, circulaba la leyenda de que los restos de Orestes yacían en el templo de Saturno en Roma y, según la tradición popular, el mítico héroe habría muerto en los bosques sagrados de la región de Aricia, lugar en el que se erigía el santuario de Diana. Orestes había huido hasta este atractivo lugar, en compañía de su hermana Electra y, según antiguos relatos, traía escondida una efigie de madera que representaba a Diana, entre las vides de un haz de leña. Desde entonces quedarla instituido el culto a Diana en los bosques de Aricia que, además, albergarían un límpido lago -el lago de Nemi- en el que se mirarla la diosa de los bosques y de la fertilidad. Por lo común, a este lago terso se le conocía con el nombre de “espejo de Diana” y, con frecuencia, fue escenario de ancestrales y atractivos sucesos que allí se desarrollaron durante mucho tiempo.
CASTOR Y POLUX
AL tándem formado por los gemelos Cástor y Pólux se le conocía con el nombre de “Dioscuros”, término que significaba “hijos de Zeus”. Habían nacido de uno de los dos huevos que Leda depositó después de ser fecundada por el rey del Olimpo, cuando éste, para conquistarla, se transformó en cisne.
Ambos hermanos poseían una belleza excepcional y, según la tradición más común, se habían criado en la ciudad de Esparta, en el palacio de Tindáreo, su padre mortal.
Cástor y Pólux tomaron parte en la expedición que partió en busca del Vellocino de Oro y, a su regreso, se dedicaron a limpiar de malhechores y piratas toda la región espartana. También tomaron parte activa en la invasión de Atenas cuando se descubrió que la bella Helena de Troya había sido raptada por el héroe Teseo. Cástor halló la muerte a manos de sus adversarios, en un cruel combate librado al pie del monte Taigeto, en Laconia, Otras versiones del mito de los Dioscuros narran la muerte de Cástor de muy diverso modo. Según parece, murió al protestar por el reparto de un robo de reses que había perpetrado en compañía de un personaje legendario de nombre Idas. Este era primo de los Dioscuros, y les había invitado a la celebración de su boda con una de las sacerdotisas del templo de Atenea. Idas estaba considerado como el más poderoso y fuerte de entre los mortales y, según el relato de los funestos hechos, pretendió también acabar con Pólux pero, como por ensalmo, Zeus envió su rayo contra él y lo fulminó. De aquí arranca la leyenda que establece cómo Cástor era mortal, mientras que Pólux gozaba de la inmortalidad. Sin embargo, cuando Cástor murió, su hermano gemelo Pólux no pudo soportar la soledad y pidió al poderoso rey del Olimpo que le permitiera, también a él, morir para, así, morar en el mismo insondable abismo que su hermano Cástor. El poderoso Zeus, no obstante, resolvió devolver a la vida a Cástor y concederle también la inmortalidad. Desde entonces, ambos hermanos quedaron divinizados y realizaron un sinnúmero de hazañas y proezas. Esparta los consideró siempre como sus héroes nacionales y, por lo general, los artistas clásicos los representaron en sus obras siempre en plena juventud, y cabalgando sobre dos fogosos caballos blancos. Ancestrales leyendas han identificado, a través de los tiempos, a los Dioscuros con la constelación de Géminis.
Respecto a los antepasados de Eurotas, la opinión más aceptada es que era hijo de Miles, de quien heredó el trono de Laconia, y nieto del mítico anciano Lélege, el célebre héroe que nació de la hermosa ninfa libia. Esta tenía como antepasado más significativo al dios-río Nilo y, según la tradición, estuvo unida a Poseidón, deidad que gobernaba sobre océanos y mares. Además, se la reconoce como la heroína epónima de la propia región de Libia.
LEYENDAS DEL RIO EUROTAS
ESPARTA es también la madre de varios héroes reconocidos por toda la tradición clásica como sus descendientes directos. De entre ellos conviene destacar a Hímero que, según algunas versiones, personificaba el ansia de amor y de afecto, por lo que puede aparecer asociado al propio Eros y, en ocasiones, se le ha considerado como una deidad menor. Formaba parte del cortejo de la hermosa diosa del amor, Afrodita/Venus. Otras versiones más asentadas en la tradición popular, veían en Hímero al más cualificado descendiente de Lacedemón y Esparta, los soberanos de la región de Laconia.
La leyenda más extendida relata que Hímero tenía una hermana llamada Asine -nombre que dio origen a una de las ciudades asentadas en terreno lacedemonio- con la que cometió incesto y, al tomar conciencia de su brutal acción, con grandes muestras de arrepentimiento, se tiró al río Eurotas con la intención de perecer ahogado bajo sus aguas. Desde entonces, y en memoria de un héroe que supo reconocer sus errores, arraigarla entre los ciudadanos de Lacedemonia la costumbre de llamar Hímero al antiguo río Eurotas. Como vemos, las dos versiones descritas difieren sustancialmente en cuanto a la forma de narrar ambas pero, no obstante, si las analizamos detenidamente llegaremos a concluir que coinciden en ciertos aspectos pasionales y amorosos. Todo esto significa que la distancia real entre una versión y otra es casi imperceptible y que, además, las dos juntas componen un claro aspecto animista del mito.
”LLUVIA DE ORO”
OTRO hijo de Lacedemón y Esparta fue Amidas que aparece siempre relacionado con su hermana Eurídice, y con el infortunado efebo Hiacinto. De la primera se dice que fue madre de la bella Dánae, y del segundo cuentan los relatos mitológicos que era un joven tan hermoso que hasta el propio dios Apolo se enamoró de él. En cuanto a Dánae, quién no ha escuchado alguna vez la encantadora leyenda de la ”lluvia de oro”? Pues bien, se cuenta que el poderoso Zeus, rey del Olimpo, se enamoró de una hermosa joven que vivía encerrada -por expreso deseo de sus progenitores, que habían seguido al pie de la letra las instrucciones del oráculo- en la más inaccesible de las torres del palacio en el que moraba. Otras versiones explicaban que la joven se hallaba recluida en una oscura y húmeda cueva oculta bajo el piso de palacio y a la que únicamente se accedía a través de unas sólidas puertas de bronce que siempre permanecían cerradas.
Sea como fuere, lo cierto es que a la muchacha no le estaba permitido salir de su encierro, ni tampoco podía hablar con persona alguna fuera de su guardián o su carcelero, Cierto día, cuando ya la pena le embargaba hasta lo indecible y se le hacía insoportable su congoja, obsceno que desde lo alto cala una especie de tamo reluciente, cual lluvia fina de color oro, que se introducía por todas las rendijas, y ocupaba todos los rincones de la sala en la que se hallaba cautiva. Su asombro fue en aumento, al observar que aquellas diminutas partículas se adherían a todos los poros de su cuerpo y se volvían consistentes hasta formar una especie de figura que a la joven se le antojó divinal. Sirviéndose de tan sofisticado ardid, Zeus había fecundado a la joven Dánae -sin que progenitores ni guardianes pudieran evitarlo. Nunca hubo otra ingeniosa historia de amor de similar catadura y, tal como aseguran los relatos de la época, el fruto de tan peculiar unión fue el famoso héroe Perseo.
EL ORIGEN DE LA HISTORIA
CON todo, el héroe más famoso de cuantos contribuyeron a formar la leyenda del origen mítico de Esparta, será Tindáreo. Se dice de él que era hijo de un célebre rey de Esparta, llamado Ebalo, y nieto de Lacedemón. Corrla la leyenda, por toda la región de Lacedemonia, de que Asclepio había resucitado, en cierta ocasión, a Tindáreo, razón por la cual se le tenía por uno de los héroes más ilustres de Esparta. Diversos avatares conforman la vida de Tindáreo, entre ellos cabe destacar la importancia de su relación con Leda, a la que conoció de forma casual, después de haber sido expulsado de Lacedemonia por Hipocoonte y sus hijos, los denominados hipocóntidas.
Leda era la hija del rey de Etolia, que había acogido a Tindáreo en su palacio cuando fue expulsado de Lacedemonia; después de casarse con tan preclaro huésped, Leda tuvo una descendencia bastante numerosa. Fue madre de personajes tan importantes como Clitemestra y Helena y, sobre todo, Cástor y Pólux; a estos últimos se les conocía con el sobrenombre de “Dioscuros”. Las narraciones míticas señalan, no obstante, que Helena y Pólux tenían por padre a Zeus y que, por tanto, sólo Cástor y Clitemestra serían hijos de Tindáreo. El dios del Olimpo, una vez más, había hecho gala de su sofisticado ingenio para conseguir los favores de la hermosa Leda ya que, convertido en un blanco y atractivo cisne, logró seducirla.
LOS JOVENES DEL MONTE HELICON
SIN embargo, de todos es sabido que los devaneos amorosos de Zeus no habrían producido más que resultados adversos de no mediar los “buenos ocios” de ciertos personajes míticos que, según opinión común de la época, bien pudiera catalogárseles como los primeros y más perfectos alcahuetes de todos los tiempos. Su cometido consista en entretener a Hera, la esposa del rey del Olimpo, y encubrir a éste para que llevara a cabo sus conquistas sin dar pie a que los celos de aquélla pudieran aflorar. Un personaje singular, la ninfa Eco, fue el más renombrado cómplice de Zeus en los menesteres descritos. Esta muchacha dicharachera, locuaz y ocurrente, entretenla con su charla a Hera mientras Zeus se dedicaba de lleno a sus conquistas entre las ninfas, dánaes, nereidas, musas, jóvenes hijas de los mortales, etc.
Mas, un día aciago para la infeliz Eco, Hera descubrió el ladino juego de la ninfa y la complicidad de la muchacha con su esposo Zeus y, entonces, presa de la más exacerbada cólera, la esposa humillada castigó a la ninfa y la condenó a no poder emitir nunca más palabra alguna con sentido.
Desde entonces, la infortunada ninfa sólo tenía capacidad para repetir las últimas palabras de sus interlocutores y, esto, la trajo consecuencias tan funestas como la imposibilidad de ser comprendida o amada. Recuérdase, al respecto, la leyenda del hermoso efebo Narciso que penó tanto por la ninfa Eco, al enamorarse de ella sin que ésta pudiera expresarle sus propios sentimientos, que decidió abandonarla. Eco, por mor de la maldición y el castigo de Hera, únicamente podía repetir las últimas palabras que su amado Narciso articulaba y se veía imposibilitada de comunicarle sus sentimientos. Todo terminó en tragedia para los dos jóvenes que moraban en el monte Helicón y, mientras Eco se transformaba en una voz que vagarla eternamente de montaña en montaña. Narciso estarla condenado para siempre a no poder amar a persona alguna fuera de sí mismo; acaso hay mayor tormento que éste?
LA CÓLERA DE AFRODITA
TINDÁREO no pasó mucho tiempo fuera de Esparta pues, según el relato tradicional, el gran héroe Hércules lo repuso en el trono después de vencer a Hipocoonte. Los ciudadanos de Esparta aclamaron a Tindáreo como a su rey y señor y hasta llegaron a considerarlo inmortal y semejante a las deidades, Este acogió en su corte a héroes famosos, como Agamenón y Menelao, que se habían visto obligados a huir de Micenas a la muerte de su padre, el mítico rey Atreo, para no caer en manos de peligrosos disputadores del trono micénico. Según ancestrales relatos, Atreo había llegado a gobernar en Micenas porque había vaticinado que el sol se pondría por el Este; hecho que sucedió, en efecto, merced a la ayuda del poderoso Zeus, que cambió el curso de las noches y los días para mostrar a los jueces de Micenas que Atreo era el preferido de los dioses, y no sus oponentes.
Sin embargo, acaso el soberano de Esparta pensaba en sus hijas al acoger a los descendientes de Atreo en su palacio. Se decía que Clitemestra y Helena se conducían de una manera en extremo frívola debido a que su padre, al hacer la ofrenda a los dioses, se había olvidado de evocar a Afrodita lo que provocó que ésta, plena de ira, decidiera castigar la acción de Tindáreo.
Por todo ello, no es extraño que el padre de ambas muchachas deseara buscarlas esposo para que cesaran en sus veleidades amorosas y, al propio tiempo, quedara sin efecto la maldición de Afrodita. Al fin y al cabo, la falta de Tindáreo había sido involuntaria y no se corresponda con la pena impuesta por Afrodita; no había que seguir soportando la vejación que todo ello suponla ante los ojos del pueblo Espartano y, el único modo de solucionar tan enojoso asunto era, en opinión de Tindáreo, buscar dos buenos esposos para sus dos hijas.
CORAZONES DE PIEDRA
SE decía que el héroe Agamenón -así como su célebre hermano Menelao- eran hijos de Atreo y de la princesa Aérope, hija del rey de Creta. Atreo poseía un vellocino de oro y pensaba ocupar un día el trono micénico pero, según la narración clásica, su mujer se apropió de él y se lo entregó a Tiestes, su amante y hermano menor de Atreo. Y es que para acceder al trono de Micenas era necesario presentar un vellocino de oro ante el jurado que iba a dilucidar cuál de los dos hermanos era el más idóneo para gobernar al pueblo micénico. Como Atreo descubriera el robo del vellocino de oro, perpetrado por su mujer, así como la infidelidad y el engaño de que era objeto por parte de Aérope, en un ataque de cólera la arrojó a las profundidades del mar y allí se ahogó.
A continuación se ensañó con los tres hijos pequeños de Tiestes -a la sazón expulsado de la región micénica- y los mató para vengarse. No obstante su actual rivalidad, hubo un tiempo en que Atreo y Tiestes, instigados por su propia madre -la cruel Hipodamia, hija del rey de Pisa-, se confabularon para matar a su tercer hermano, el joven Crisipo. Las crónicas de la época cuentan que a causa de ello, su padre los maldijo y, desde entonces, fueron eternos rivales el uno para el otro y siempre albergaron en sus corazones de piedra un odio mutuo y cerval.
LADRÓN DE NÉCTAR Y AMBROSÍA
EL rey de Esparta prestó su ejército al héroe Agamenón para que consiguiera expulsar de Argos a los intrusos que allí se habían implantado. Como saliera victorioso de la prueba, el pueblo de la Argólide lo nombró su soberano y le rindió honores de héroe. Más tarde se casó con Clitemestra, una de las hijas de Tindáreo, aunque antes tuvo que matar a Tántalo, su anterior marido. Este personaje legendario aparece como protagonista de muchos de los castigos y penas que se infligen a los atormentados moradores de los dominios subterráneos de Hades/Plutón. Sin embargo, antes de que Tántalo fuera condenado a cruzar la laguna Estigia, a bordo de la barca del viejo Caronte, para arribar a las puertas mismas del Tártaro o Infierno, había sido mimado por los dioses e invitado a sus fiestas y ágape. Una versión muy difundida explica que Tántalo abusó de la hospitalidad de sus ilustres anfitriones y, de forma muy taimada, les robó cantidades sustanciales de néctar y ambrosía -alimentos exclusivos de los dioses-, y los distribuyó entre sus amigos los mortales.
Además, no supo guardar en secreto las deliberaciones y acuerdos que los dioses tomaban en reuniones y asambleas a las que Tántalo asistía como invitado. Por todo esto, y muchos otros desmanes más, Tántalo perdió el favor de los dioses del Olimpo y fue arrojado al Tártaro para, allí, sufrir los castigos a que se había hecho acreedor. Una de las penas impuestas consista en que Tántalo se hallaba inmerso hasta el cuello en un lago de agua cristalina; de su fondo emergían árboles frutales cuyas ramas aparecían cargadas de frutos apetecibles y, en apariencia, sabrosos. En cuanto Tántalo pretendía beber de las aguas del terso lago, éstas eran sumidas al instante por la tierra y, si quería alcanzar la fruta de los árboles que le rodeaban, enseguida un fuerte viento desviaba las ramas hasta situarlas fuera de su alcance. Todo esfuerzo por parte de Tántalo resultaba, una y otra vez, inútil y se hallaba condenado a contemplar el alimento y el agua sin que pudiera comer o beber.
Según otras versiones, el castigo consistía en que Tántalo se veía continuamente amenazado por una voluminosa piedra a punto de caer sobre su cabeza
AGAMENON Y CLITEMESTRA
DESPUÉS de los avatares narrados, Agamenón y Clitemestra contraen matrimonio. Pero, pronto se verá cómo la maldición de Afrodita sobre las hijas de Tindáreo acarreará desgracias sin cuento a quienes con ellas se relacionan.
”Rey de hombres Agamenón”, dice el gran cantor Homero. Y es que, en un corto espacio de tiempo, este héroe se convierte en el más poderoso de los soberanos griegos Micenas y Argos lo veneran, le rinden honores y lo encumbran hasta hacerle su dueño y señor. Y cuando ya las condiciones del mar son favorables para navegar, Agamenón parte al frente de la expedición contra los troyanos. La guerra de Troya constituirá uno de los hechos más funestos de su vida pues, a causa de ella, tiene que dejar sola a su mujer, sobre la que, no hay que olvidarlo, pesa la maldición de Afrodita. Después de salir ileso de todos los cruentos combates librados contra los troyanos, Agamenón regresa a la región de Argos y, ¡oh azaroso y ciego destino!, aquí es asesinado por el amante de su esposa Clitemestra pues, en ausencia de su marido, ésta había intimado con el átrida Egisto
A VENGANZA
OTRAS versiones que se ocupan del asesinato de Agamenón, explican que Egisto fue ayudado por su amante Clitemestra en ese siniestro menester de matar a un rival que, curiosamente, era el propio esposo de esta última. El relato de los hechos es importante para enjuiciar con objetividad la decisión de Clitemestra. Lo cierto es que cuando Agamenón regresa a su país trae consigo a una concubina que se le había asignado como parte del botín, y esto hace crecer el odio de Clitemestra hacia su marido, aunque finge alegrarse de su vuelta e, incluso, le recibe con gran pompa externa. Por ejemplo, le rinde pleitesía y extiende en su camino una alfombra púrpura, como si en verdad de una deidad, y no sólo de un héroe, se tratara. Una alfombra púrpura se extiende a sus pies, y en su honor se organizan fiestas y banquetes. Agamenón se prepara para asistir a estos actos, tiene intención de vestirse con sus mejores galas y toma en estos momentos un baño para relajarse; entonces entra el asesino y mata al héroe que no tiene a mano ningún arma para defenderse. La tradición clásica responsabiliza del luctuoso suceso a la pareja formada por Clitemestra y su amante Egisto pues, sin la complicidad de ambos, no hubiera podido llevarse a cabo tan vil asesinato. También los acompañantes del malogrado héroe -su compañera la concubina Casandra, y sus dos hijos- serán asesinados.
Sin embargo, hay otras versiones que exculpan a Clitemestra y mantienen que nada tuvo que ver con la muerte de su esposo Agamenón. Además, los sucesos de marras no se desarrollaron del modo antedicho, sino que fue durante el banquete ofrecido en honor del héroe cuando, tanto éste como sus acompañantes más allegados, murieron al ingerir su comida envenenada.
EL SACERDOTE DE APOLO
HABÍA transcurrido ya mucho tiempo desde que la expedición, al mando de Agamenón, saliera hacia Troya. La guerra duraba ya diez años y, según cuentan las crónicas, el héroe griego mantenla retenida en su campamento a la joven Criseida, hija del sacerdote del templo de Apolo, Crises. La joven se encontraba en la región de Misia cuando los aqueos la raptaron y se la entregaron a Agamenón que, al instante, la consideró su amante preferida. Cierto día se presentó en el campamento el padre de la muchacha para rogar a su poseedor que la liberara; incluso ofreció pagar cualquier rescate por ella. Mas, el orgulloso Agamenón ni siquiera se dignó recibir a Crises, y ordenó que lo expulsaran de su campamento sin miramiento alguno. El padre de la muchacha, herido y desairado, fue a refugiarse al templo de Apolo, y a solicitar el favor y la ayuda del dios. Este atendió la súplica de su servidor y súbdito y envió, como castigo, una terrible enfermedad al campamento griego. El pánico cundió entre los hombres de Agamenón, que ya no morían en combate, sino a consecuencia de la peste que el poderoso Apolo había hecho prender entre ellos y, puesto que sospechaban cuál era la raíz de tan terrible mal, fueron a consultar al adivino Calcante -que se había embarcado también en la expedición contra Troya, y tenía el deber de dejar su puesto cuando ya no fuera capaz de desvelar los enigmas que se le presentaran-, quien corroboró la certeza de sus temores. Encabezados por Aquiles, los aqueos presionaron a Agamenón para que pusiera en libertad a la joven Criseida. Contrariado Agamenón, accedió a poner en libertad a su preferida y permitió que la muchacha fuera devuelta a los suyos. Casi como por ensalmo, la enfermedad se alejó para siempre del campamento aqueo aunque, según los relatos clásicos, Criseida llevaba en sus entrañas un hijo de su raptor.
CASANDRA
ESTE personaje femenino aparece en todos los relatos mitológicos cargado de simbolismo, y envuelto en leyenda. Ya desde muy niña poseía el arte de la profecía y la adivinación. Apenas era una recién nacida cuando, en compañía de Heleno -su hermano gemelo-, fue abandonada en las inmensas y oscuras salas del templo de Apolo. Dos serpientes lamieron a las criaturas durante toda la noche y, desde entonces, ambos hermanos adquirieron el don de la predicción.
Las crónicas relatan que Heleno y Casandra permanecieron tanto tiempo solos porque los troyanos festejaron el nacimiento de los gemelos durante un día entero. A la mañana siguiente, cuando fueron a buscar a las infelices criaturas, hallaron en su compañía dos enormes serpientes que, con relativa parsimonia, lamían y limpiaban sus ojos y sus orejas para que así, libres de impurezas, los sentidos de Casandra y Heleno se afinaran tanto que, a partir de entonces, fueran capaces de ver y oír hasta las cosas ocultas que les estaban vedadas al resto de los mortales por tener atrofiados sus sentidos.
De Casandra se dice, también, que estaba especialmente dotada para la intriga y el contubernio; recordase su confabulación con Egisto, uno de sus amantes, contra su esposo Agamenón.
Otras versiones inciden en el hecho de que fue el propio dios Apolo quien concedió a Casandra el don de la profecía y la predicción. Pero la muchacha, en cuanto se vio revestida de tales poderes, olvidó todas sus anteriores promesas y dejó de lado su fidelidad para con la deidad. Entonces Apolo, encolerizado, escupió a Casandra en la boca para que, en lo sucesivo, sus profecías resultaran siempre desacertadas y nunca llegaran a cumplirse. De este modo, la credibilidad de la muchacha entre los suyos, se vio tan mermada que ya nadie volvió a confiar en sus premoniciones.
HELENA
LA otra hija de Leda y Tindáreo fue Helena -aunque algunas versiones, como ya sabemos, hacen a Helena hija del poderoso Zeus-, que se casó con un príncipe espartano llamado Menelao. Es célebre, esta muchacha porque soportó ser secuestrada por varios personajes míticos; primero la raptó el héroe Teseo, aunque luego la devolvió con los suyos. Y, después, fue de nuevo robada por el troyano Paris, lo cual provocó un conflicto de considerables dimensiones; nada menos que una guerra -la guerra de Troya- que duró diez años y dejó destrozada la ciudad de Troya.
Helena estaba considerada como la más bella entre todas las mujeres de aquel tiempo y, por lo mismo, tuvo muchos pretendientes. Algunos narradores de mitos le atribuyen, además de Menelao, cuatro maridos más; entre éstos destacan el gran héroe Teseo -célebre porque dio muerte al Minotauro-, Paris -que siempre fue protegido por Afrodita- y Menelao que, como ya sabemos, declaró la guerra a los troyanos porque Paris había raptado a su esposa Helena. También se añade, a veces, a Aquiles -el famoso hijo de Tetis que, al nacer, fue sumergido por su madre en la laguna Estigia para hacerlo invulnerable- quien, al parecer, había estado unido en secreto con Helena merced a la ayuda que le propiciaron Tetis y Afrodita.
Existen ciertas leyendas que muestran a Helena revestida de cualidades curativas y, al respecto, se cita la célebre anécdota que le acaeció a un poeta popular de aquel tiempo según la cual, éste, habría recobrado la vista -se había quedado ciego por haber recitado unos versos satíricos que ridiculizaban la figura de Helena- al componer una nueva oda que ensalzaba las virtudes y la belleza de la joven Helena.
Casi todos los narradores de mitos coinciden en afirmar que Helena fue deificada y llevada a la morada de los inmortales por el propio Apolo que, al parecer, cumplía un mandato del poderoso rey del Olimpo. Todo esto sucedió porque Orestes, que había vengado a su padre Agamenón y, para ello, había matado a su madre Clitemestra y a su amante Egisto, enloqueció a causa de las presiones a que fue sometido en el juicio que se siguió contra él por tan horribles crímenes. Según unos, Orestes -
que en todo momento había actuado con la anuencia y la complicidad de su hermana Electra- sólo debía haber matado al amante de su madre, Egisto y, por ende, deberla haber respetado la vida de su madre Clitemestra que le había dado el ser.
ORESTES Y ELECTRA
LO más característico de estos dos hermanos fue su común decisión de llevar a cabo una venganza tan cruel, que hasta alcanzarla a su propia madre. Ambos eran hijos de Agamenón y Clitemestra y fue Orestes quien ejecutó la terrible acción de matar a su madre para vengar a su padre. Electra había salvado a su hermano Orestes, cuando era un recién nacido, de la ira de Clitemestra; lo sacó del palacio escondido bajo su capa y sus vestidos y lo condujo hasta la casa de un maestro fiel para que lo enseñara y adoctrinara. Según el gran cantor de mitos Homero, la decisión de Orestes fue lícita, y hay que ensalzarle por ello, pues se hizo justicia y ni siquiera los dioses le perseguirán puesto que, según se muestra en algunas obras trágicas de aquel tiempo, fue el dios Apolo quien le ordenó a Orestes llevar a cabo una acción tan cruel. De lo contrario, éste no habría sido capaz de vencer sus escrúpulos, y su repugnancia, ante tan vil y cruel tarea.
Otros autores explican esta tragedia haciendo hincapié en la huida de Orestes, ante el horror que sintió, una vez cometido tan atroz crimen. Y explican que, después de matar a su madre, corrió despavorido a refugiarse en el templo de Apolo, pues las Furias habían salido de los infiernos para perseguir al culpable de tan espantoso crimen.
EN LOS BOSQUES DE ARICIA
ORESTES sólo pudo librarse de las Furias porque Apolo lo protegió en su templo de Delfos y, además, lo purificó con su delfico poder. Desde entonces pudo vivir en calma, y libre de todo tormento psíquico. Cuando ya tenía una edad bastante avanzada, el oráculo aconsejó a Orestes que se retirara a la mítica y maravillosa región de la Arcadia, lugar donde le sobrevino la muerte. Según algunas leyendas, sus restos fueron robados y expuestos a la contemplación de los espartanos.
Entre los romanos, no obstante, circulaba la leyenda de que los restos de Orestes yacían en el templo de Saturno en Roma y, según la tradición popular, el mítico héroe habría muerto en los bosques sagrados de la región de Aricia, lugar en el que se erigía el santuario de Diana. Orestes había huido hasta este atractivo lugar, en compañía de su hermana Electra y, según antiguos relatos, traía escondida una efigie de madera que representaba a Diana, entre las vides de un haz de leña. Desde entonces quedarla instituido el culto a Diana en los bosques de Aricia que, además, albergarían un límpido lago -el lago de Nemi- en el que se mirarla la diosa de los bosques y de la fertilidad. Por lo común, a este lago terso se le conocía con el nombre de “espejo de Diana” y, con frecuencia, fue escenario de ancestrales y atractivos sucesos que allí se desarrollaron durante mucho tiempo.
CASTOR Y POLUX
AL tándem formado por los gemelos Cástor y Pólux se le conocía con el nombre de “Dioscuros”, término que significaba “hijos de Zeus”. Habían nacido de uno de los dos huevos que Leda depositó después de ser fecundada por el rey del Olimpo, cuando éste, para conquistarla, se transformó en cisne.
Ambos hermanos poseían una belleza excepcional y, según la tradición más común, se habían criado en la ciudad de Esparta, en el palacio de Tindáreo, su padre mortal.
Cástor y Pólux tomaron parte en la expedición que partió en busca del Vellocino de Oro y, a su regreso, se dedicaron a limpiar de malhechores y piratas toda la región espartana. También tomaron parte activa en la invasión de Atenas cuando se descubrió que la bella Helena de Troya había sido raptada por el héroe Teseo. Cástor halló la muerte a manos de sus adversarios, en un cruel combate librado al pie del monte Taigeto, en Laconia, Otras versiones del mito de los Dioscuros narran la muerte de Cástor de muy diverso modo. Según parece, murió al protestar por el reparto de un robo de reses que había perpetrado en compañía de un personaje legendario de nombre Idas. Este era primo de los Dioscuros, y les había invitado a la celebración de su boda con una de las sacerdotisas del templo de Atenea. Idas estaba considerado como el más poderoso y fuerte de entre los mortales y, según el relato de los funestos hechos, pretendió también acabar con Pólux pero, como por ensalmo, Zeus envió su rayo contra él y lo fulminó. De aquí arranca la leyenda que establece cómo Cástor era mortal, mientras que Pólux gozaba de la inmortalidad. Sin embargo, cuando Cástor murió, su hermano gemelo Pólux no pudo soportar la soledad y pidió al poderoso rey del Olimpo que le permitiera, también a él, morir para, así, morar en el mismo insondable abismo que su hermano Cástor. El poderoso Zeus, no obstante, resolvió devolver a la vida a Cástor y concederle también la inmortalidad. Desde entonces, ambos hermanos quedaron divinizados y realizaron un sinnúmero de hazañas y proezas. Esparta los consideró siempre como sus héroes nacionales y, por lo general, los artistas clásicos los representaron en sus obras siempre en plena juventud, y cabalgando sobre dos fogosos caballos blancos. Ancestrales leyendas han identificado, a través de los tiempos, a los Dioscuros con la constelación de Géminis.
Mitos de la Argolide
IO vivía tranquila junto a su padre, el influyente dios de los ríos Inaco. Nada parecía poder romper su paz, salvo que era hermosa y eso, como tantas otras veces, era causa suficiente para atraer sobre una doncella la más peligrosa de las curiosidades, la del siempre atento Zeus. En efecto, éste se dio cuenta de su encanto y decidió apoderarse de la joven sin mediar compromiso matrimonial. Como siempre, lo peligroso para una virgen no era el ser poseída por Zeus, sino el hecho de ser el detonador que disparaba los peligrosos celos de la airada Hera, la cansada esposa del dios supremo. Desde luego, la joven Io sabía perfectamente a lo que se exponla, ya que, además de ser sacerdotisa de Hera y estar al tanto de lo que se debía hacer o evitar con respecto a una deidad de esa categoría, también debía estar impuesta en los ejemplos anteriores de castigo divino, ya que las horrendas venganzas de Hera eran de sobra conocidas en todo el Universo, bien fuera en su vertiente inferior terrena, o superior olímpica, puesto que lo desproporcionado del castigo lo convertía automáticamente en un relato que pasaba de boca en boca y a todos alcanzaba su noticia. Por si fuera poco el peligro, había que tener presente que la temible e inapelable maldición de Hera, por añadidura, en todas las ocasiones recala, desde luego, no sobre el omnipotente marido, sino sobre la pobre mujer amada, fuera o no culpable de tales relaciones extraconyugales (que solían ser involuntarias para las mujeres en la mayoría de los casos). En el caso de Io, no se iba a hacer excepción a la regla, pero veamos la historia de Io de una manera más detallada.
UN CONJURO DE IINGE
IINGE era aquella hija habida entre Pan y Eco, y ésa fue la mujer responsable del hechizo que acarreó el desastre de Io. En efecto, se cuenta que Iinge lanzó sobre el corazón de Zeus el deseo hacia la bella y virginal Io, la sacerdotisa que estaba al servicio de la esposa del dios, de la muy poderosa Hera. Zeus quedó instantáneamente prendado de Io y se decidió a hacerla suya, Pero la aventura quedó al descubierto y Hera hizo que la osada Iinge pagase su atrevimiento, transformándola en un pajarillo trepador. Después Hera se dirigió a su acostumbradamente infiel marido y le espetó la acusación de su enamoramiento, pero el escarmentado dios se hizo el inocente y negó toda relación con la joven. Como no estaba dispuesta a seguir con la conversación y, menos aún, a tener que sufrir las consecuencias previsibles de esa amenaza de otra nueva aventura, Hera amenazó con una espectacular operación de castigo a la doncella y, a la vista de cómo se estaban poniendo las cosas, Zeus transmutó a su amada en blanca ternera, o vaca también blanca, para protegerla de las iras de su mujer. El cambio no fue suficiente para aplacar o agradar a Hera y ésta se hizo con la ternera o vaca, y la puso maliciosamente bajo la custodia de la persona más indicada, ya que encomendó el trabajo al mejor vigilante conocido, a quien llamaban Argo Panoptes (el todo ojos), ya que poseía ojos en la cara y en la nuca, cien, decían unos y hasta mil, aseguraban otros. A Argos le indicó que aquella vaca de aspecto ordinario no era nada corriente, sino que se trataba de un animal muy peculiar al que había que cuidar con especial atención, dejándolo siempre amarrado a un árbol y sin que se dejara ver demasiado. Así, pues, la que fue Io, la hermosa doncella que fuera persona de linaje real y entregada a la adoración de Hera, había quedado reducida a ser tan sólo una bestia inmovilizada, sometida como propiedad exclusiva de Hera. Zeus, como de costumbre, tampoco estaba decidido a cejar en su deseo y llamó a Hermes para que éste le echara una mano en la liberación de Io, ya que el astuto y veloz Hermes era, sin lugar a dudas, quien mejor podía enfrentarse a la penetrante mirada de Argo Panoptes, del que se decía que ni durmiendo llegaba a cerrar todos sus ojos.
EL RESCATE DE IO
RECIBIDA la orden de su compañero Zeus, Hermes se llegó con presteza hasta los campos en los que Argo tenía bajo su custodia a la castigada Io, ya fuera en Micenas o en Nemea, puesto que en los dos lugares se sitúa el mítico campo, y allí, nada más posarse en un árbol cercano, Hermes, que viajaba transformado en pájaro, para no poner sobre aviso al guardián, empezó el artero dios a dejar oír la embriagadora música de su flauta, una deliciosa melodía que hizo caer rápidamente en un mágico trance al gigantesco vigilante de los cien ojos. Aunque del todo dormido no podía ser un peligro para el plan de rescate, Hermes no vaciló en machacar la cabeza del dormido centinela con una roca, y menos aún en arrancarla del tronco para demostrar cruelmente su triunfo, como era tan habitual de las deidades. Después de haber acabado con el infeliz Argo, a Hermes le fue sumamente sencillo llevarse consigo a la liberada Io. Pero no se podía siquiera suponer que fuera a ser tan fácil el que Hera dejase tranquila a quien ya había sido condenada, menos Todavía cuando se había desafiado su voluntad, y Zeus había hecho su voluntad, llevando en su acción adúltera al fiel Argo a una muerte despiadada. Más decidida que nunca a dar una lección definitiva a su marido y a sus cómplices de fechorías, Hera emprendió la persecución de Io, una larga y obstinada persecución que sería casi inacabable. Pero, antes de iniciar la venganza, Hera no se olvidó de tomar de la cabeza del decapitado Argo sus ojos y colocarlos - como homenaje a quien había muerto defendiendo sus intereses- en la cola de un pavo real, para que desde allí fueran vistos con admiración y respeto por todos los mortales hasta el fin de los tiempos.
LA LARGA HUIDA DE IO
LA blanca ternera que era ahora Io parecía haber recuperado la libertad, pero no había logrado recuperar su forma humana. Estaba en libertad, pero Hera ya había designado a su eterno perseguidor: un tábano que la irla picando en todo momento y lugar, como el doloroso y humillante recordatorio de que, al menos para Hera, ella no era más que una vaca de su rebaño. Pues bien, desde su liberación, Io fue recorriendo el mundo, primero marchando a Dodona, después a la orilla del mar que se llamarla como ella, en su honor, el Iónico o Jónico, como nosotros lo conocemos. Más tarde subió por el río Danubio, se acercó al mar Negro, cruzó desde Tracia al otro lado del paso del que se dice que se llamarla también Bósforo en su honor (pues eso es lo que significa tal toponímico, paso del buey, aunque ella fuera entonces encantada ternera) y siguió el cauce del río Hibristes, hasta llegar a sus fuentes en el Cáucaso. Regresó por la Cólquida, pasó por Asia camino de la Indias y dio la vuelta a su itinerario, por Frigia, Lidia, Cilicia y Fenicia, para llegarse hasta Etiopla, en una etapa más de su incesante y desesperado caminar; todo ello para poder acercarse más a su destino definitivo, hasta las mismas e ignotas fuentes del gran Nilo, en donde sí la esperaba la definitiva liberación. En esa región tan fabulosa como desconocida, la pobre Io recibió, al fin, el esperado y buscado doble premio del descanso a su martirizada huida y la caricia salvadora del apiadado Zeus, la caricia (y bastante más que una simple caricia) que le devolvió su aspecto humano y le permitió empezar una nueva vida, ya bajo el patrocinio y la tutela del buen Zeus, quien se había decidido a ayudar a la inocente doncella en todo lo que ella necesitara.
IO, MADRE DE EPAFO
EN Egipto, redimida de su castigo, Io encontró en Telégono el marido adecuado para su necesario matrimonio, puesto que -preñada por ese contacto salvador de Zeus- estaba a la espera de quien iba a ser su hijo Epafo, el futuro rey de Egipto. Parece ser que Hera, al enterarse del nacimiento de Epafo, ordenó a los demonios Curetos que se apoderasen de la criatura tan pronto naciera y la hicieran desaparecer. En ese momento Zeus, tan al quite como su esposa lo estaba al ataque, lanzó una sarta de sus potentes rayos y acabó con la amenaza de los Curetos; la atribulada Io, guiada por la mano de Zeus, recuperó al pequeño Epafo y en él siguió cumpliéndose el destino, hasta hacer de este hijo de Zeus y la sufrida Io un personaje de estirpe real, al que se hermanó con el sagrado buey y dios Apis, para completar el relato mitad divino y mitad animal de la historia de Io, que acabó -a su vez- identificándose también con otra deidad egipcia, la poderosa Isis, reina de los cielos.
ACRISIO, DANAE, ZEUS Y PERSEO
DÁNAE era la hija de Acrisio, un rey de Argos, y de Eurídice, nieta del mismo Zeus; conociendo la mitología, no es de extrañar que también fuera Dánae la amante de su tlo Preto, hermano gemelo del padre y enemigo suyo desde antes de su mutuo nacimiento. Con este y otros muchos motivos, Acrisio y Preto se enfrentaron abiertamente en una serie de inútiles peleas, hasta que decidieron repartirse el territorio heredado de su padre Abante, de modo que Acrisio quedó con Argos y Preto se fue a gobernar en Tarento. Pasado el lance, Acrisio quiso tener algún hijo varón a quien ceder su menguado reino y, para colmar su curiosidad, requirió los servicios de un adivino. Este le aseguró que no iba a tener descendencia masculina, pero que sí sucederla un día que un nieto le daría muerte. Como quiera que la única manera de que tal cosa sucediera pasaba por el hecho cierto de que fuera su única hija la que diera a luz a tan temible nieto, Acrisio encerró a Dánae en un calabozo con puertas de bronce, según unos, y un torreón construido enteramente de bronce, según otros cronistas más exagerados, en el que ni ventanas había, y que estaba rodeado por una jauría de perros de presa, para no dar ninguna posibilidad de cumplimiento al oráculo y salvaguardar así su amenazada vida futura. Zeus, que debía estar tranquilo en su celestial armonía, no dejó de ver las operaciones del padre y rey Acrisio y, cómo no, empezó a interesarse por una joven bella y de difícil acceso, que ya era un reto a su inteligencia amatoria. Pergeñó un sistema para hacerse con ella y, lo que era más interesante Todavía, un modo seguro de dejarla preñada de ese nieto tan temido por Acrisio y tan funestamente descrito por el oráculo. Como era de esperar, pronto encontró el versátil Zeus la manera de lograr sus dos propósitos.
LA LLUVIA DE ORO
TRAS una atenta observación del encierro de Dánae, el sagaz Zeus dio con una grieta en la construcción que encerraba a la princesa Dánae. Era muy pequeña, demasiado pequeña para poder darle paso bajo cualquiera de sus múltiples caracterizaciones animales, pero no lo suficiente como para no dejar que se filtrara como lo hace el agua. Esa fue la forma elegida, la de una fina lluvia, dorada, dada su categoría divina, que entrarla a la restringida cámara donde se ocultaba a la hermosa de la vista y del más temido contacto de todos, de todos menos del inquieto Zeus. Dentro de la cámara, como era de esperar, Zeus recuperó su encantadora apariencia y le fue sencillo lograr lo que ansiaba: los favores de Dánae. Ella, además, quedó encinta de un hijo que sería el mayor héroe de la Argólida. El padre, al correr del tiempo necesario para que ello fuera evidente, no pudo dejar de asombrarse al comprobar con sus propios ojos que la hija estaba embarazada a pesar de las cuidadosas precauciones adoptadas. Pensó que Preto había conseguido hacerse con el método para acceder a su hija y que ésta había reincidido en aquella relación odiada. Escuchó que era Zeus el padre de su nieto y no quiso creerlo ni se atrevió a dejar de creerlo. Así, no sabiendo que hacer con aquella situación, y no queriendo matarlos directamente, decidió arrojar a la hija y al nieto al mar, embarcados en una caja no pensada para navegar, precisamente; pero, tras una larga y angustiosa navegación a la deriva, madre e hijo dieron finalmente con la costa de la isla Sérifos, en donde fueron rescatados por Dictis, el pescador local que era, también, hermano del rey de la isla, Polidectes, quien se hizo cargo de la pareja y, más especialmente, de la educación del joven Perseo.
PERSEO SE ENFRENTA A SU PADRE ADOPTIVO
A medida que pasaba el tiempo y el joven crecía en tamaño y saber, la situación cambiaba en la pequeña isla, Polidectes, que se había mostrado tan hospitalario, quería ahora forzar su matrimonio con Dánae, quien no parecía dispuesta a descender a su nivel, después de haber sido amante del supremo Zeus. Para evitarse más complicaciones, Polidectes dejó creer a Perseo que él pensaba contraer matrimonio con Epidemia, la hija de Pélope y de aquella célebre y primera Epidemia, hija de Enómao, rey de Pisa, a la que tan difícil fue conquistar, por las mortales trabas que su padre ponla a los infelices aspirantes a su amor. Pues bien, el buen Perseo creyó en la explicación dada por Polidectes, en la que éste ponla de manifiesto la necesidad de ofrendar unos hermosos caballos a la amada, animales escasos en la isla. Perseo se ofreció a salir en busca de un ejemplar digno de un rey, y también se fue de la lengua en su generosidad y le dijo que era capaz de traerle la cabeza de Medusa además. Con aquel desliz, se le presentó una nueva oportunidad a Polidectes y le tomó la palabra, diciendo que esta terrorífica cabeza sí que era un regalo apreciado. Perseo, que estaba dispuesto a todo con tal de que se dejara a su madre en paz, partió, sin más remedio, a la caza de la espantosa Gorgona, sin saber cómo hacerse con la prometida cabeza. Afortunadamente, Perseo fue siempre un personaje mimado por los dioses y, en aquella ocasión, Atenea alcanzó a oír a tiempo el ofrecimiento del joven y, enemiga declarada de Medusa -ya que si ésta era monstruosa, lo era por la intervención anterior de Atenea-, se puso junto al muchacho y en compañía fueron los dos a dar caza a la terrorífica mujer.
LA CAZA DE MEDUSA
CON Atenea de compañera, Perseo llegó a Dicterión, en dónde la diosa le hizo ver las imágenes que allí se guardaban de las Gorgonas, de modo que no se pudiera luego confundir con sus otras dos hermanas, puesto que éstas, Esteno y Eurlale, eran inmortales, al contrario que la hermana buscada, lo que haría inútil cualquier intento de luchar contra ellas, También Atenea aprovechó este tiempo en Dicterión para adoctrinarle, de manera que supiera acercarse a ella sin caer en la mortal trampa de su mirada, pues Medusa mataba de espanto a quien la veía, ya que su rostro era el resumen de todos los horrores imaginables. Como arma, la industriosa Atenea le preparó un escudo tan brillante como un espejo y Hermes le hizo llegar una hoz de diamante, para que con ella segara la prometida cabeza y la llevara de vuelta a Sérifos. De todos modos, el arsenal no estaba completo, puesto que Todavía le faltaban elementos tales como el yelmo de Hades, que volvía invisible a quien lo usaba; unas sandalias aladas; y una bolsa especial en la que esconder la cabeza de Medusa, si lograba su objetivo de darle muerte. Estas cosas estaban bajo la custodia de las ninfas de Estigia, pero nadie sabía cómo encontrarlas; bueno, nadie no, las tres Grayas, las feas hermanas de las Gorgonas, sí lo sabían y a ellas se dirigió Perseo, en un pesado viaje que le llevó al monte Atlas, en donde ellas residían. Estas tres Grayas tenían que compartir un único ojo y otro único diente, puesto que era todo lo que tenían entre las tres para ver y comer. Perseo se deslizó tras ellas y esperó a que llegara el turno de cesión de tan insólito condominio, se apoderó de ambos de un golpe rápido y pidió, para su rescate, el emplazamiento de esas ninfas de Estigia. Las Grayas, sin otra solución que la delación, dijeron al raptor lo que deseaba oír y éste se fue sin más tardar a la guarida de las ninfas, sin que Perseo cumpliera su parte del trato, ya que se marchó dejándolas sin diente ni ojo. En Estigia vio a las ninfas y, sin más requisitos, recibió de ellas las sandalias, el zurrón y el yelmo que le eran imprescindibles para culminar su proeza, y conoció el lugar en el que podía hallar a su deseada presa.
ANTE MEDUSA
CON su equipo de combate al completo, Perseo fue volando con sus sandalias aladas hasta la temible tierra de los Hiperbóreos, poblada por las efigies en piedra de quienes antes habían sido seres vivos, y ahora estaban inmovilizados por el hechizo de la malvada Medusa. En Hiperbórea se encontraba el escondrijo de las Gorgonas. Allí estaban las tres hermanas, dormidas y a su alcance. Protegido de la vista de Medusa por el bruñido escudo y guiada su mano por Atenea, Perseo cortó de un solo tajo la cabeza a Medusa y se apresuró a guardarla, sin atreverse a verla, en la bolsa mágica. Al tiempo que Medusa expiraba, surgía de su cuello segado el mágico caballo Pegaso y el impetuoso Criasor, unos hijos que Medusa había tenido con Posidón y que no nacerían hasta la muerte de la madre.
Perseo, amparado por la invisibilidad del yelmo, huyó del lugar, mientras que Esteno y Eurlale se despertaban ante los gritos y piafados de caballo y guerrero, los hijos de su hermana muerta que ahora se daban a conocer de un modo tan sorprendente. Pero nada pudieron hacer, puesto que a nadie se divisaba por aquellos andurriales y ya Medusa estaba definitivamente perdida. Perseo siguió en su huida, cargando con la cabeza de Medusa, hasta las tierras de Etiopla. Pero, por el camino, le quedó tiempo para acercarse hasta la residencia de Atlante el titán, a quien, para vengarse de una anterior afrenta, le dejó ver la horrible cabeza, lo justo para que éste quedara convertido en una montaña digna de su tamaño. Después, mientras volaba sobre las arenas del desierto, dejó caer el diente y el ojo de las Grayas para rematar su faena con un sarcasmo final. Más adelante, en la costa de Filistea, Perseo se iba a encontrar con una sorpresa adicional.
LA INSOLITA APARICION DE ANDROMEDA
EN su mágico vuelo africano, Perseo acertó a ver a una mujer, hermosa, desnuda y encadenada. Se enamoró al instante de su espléndida y desvelada belleza y se propuso, naturalmente, liberarla de aquellas cadenas. Así que descendió al suelo y se acercó a ella para enterarse de la causa de aquella condena. Antes de llegar junto a ella, Perseo vio a una pareja de mayor edad que vigilaban preocupados el acantilado en donde estaba encadenada la hermosa, y les pidió una explicación a aquella extraña situación. De ellos escuchó asombrado Perseo lo que sucedía, al tiempo que se enteraba de que ellos eran los atribulados padres de la joven, el rey Cefeo de Yope y su esposa la bella Casiopea. Le contaron que la madre Casiopea se había atrevido un día a presumir de su belleza y de la de su hija, aduciendo que ambas eran mucho más guapas que la propia Hera, o que las Nereidas, que es el caso que ahora nos ocupa. Posidón, dios de mal genio y tremendas reacciones, se irritó al oír que sus criaturas marinas estaban enfadadas por aquella aseveración (que era cierta) de que las Nereidas quedaban postergadas ante la hermosura de Casiopea, y que ésta no se recataba en proclamarlo abiertamente a los cuatro vientos. Como lección, Posidón envió vendavales y olas tremendas al reino de Cefeo, monstruos y castigos. Cefeo se fue a los adivinadores de los designios divinos y por ellos pudo saber que la única salida a la situación pasaba por el sacrificio de su hija, que debía servir de alimento al monstruo enviado por Posidón. Así lo hicieron y ahora estaban aterrorizados, esperando que se cumpliera la amenaza, impotentes ante el funesto destino que aguardaba a su hija. Perseo pidió a Cefeo que le diera a su hija como esposa si la conseguía salvar de aquella muerte terrible, al tiempo que se comprometa a acabar también con el monstruo y con la amenaza de Posidón. El padre, sin ninguna otra opción, aprobó la petición del impetuoso Perseo y éste, de nuevo, se lanzó a dar muerte a un monstruo. Este se acercaba ya a su presa, pero Perseo descendió como un rayo sobre él y, con aquella hoz que Hermes le había entregado, cortó de un tajo certero su cabeza y desató a la que iba a ser su futura esposa, la amada Andrómeda.
LOS SUEGROS DESAGRADECIDOS
PERO Cefeo y Casiopea no querían a Perseo para su hija. Tuvieron que ceder ante su exigencia de matrimonio y éste se celebró inmediatamente. Poco duró la celebración, puesto que Agenor llegó a reclamar a Andrómeda para sí, mientras que Cefeo y Casiopea se ponían de su lado, aduciendo que Perseo les había forzado a una boda no querida. Perseo, que Todavía tenía cerca de sí el trofeo de la Gorgona, sacó de su bolsa la cabeza y los rivales quedaron convertidos en inmóviles piedras. Asqueados de aquella traición, los esposos regresaron al punto de partida de Perseo, a la corte de Polidectes, para encontrarse con otra traición. Dánae y Dictis estaban escondidos para eludir la persecución del pequeño rey, y éste se encontraba en palacio, festejando por anticipado su próximo enlace.
En palacio se presentó Perseo y, otra vez más, la cabeza de Medusa volvió a salir de su bolsa, para convertir en piedras inertes a Polidectes y sus amigos. Tras su venganza, Perseo puso la bolsa y su contenido en manos de Atenea, hizo que el fiel Dictis ocupara el trono vacante y marchó de la isla, camino de su desconocida patria Argólida. El rey Acrisio, al enterarse de que su nieto, el que había de matarle según el oráculo, se acercaba a sus costas, huyó a Tesalia, con la esperanza de hurtarse al destino. De nada le valió, Perseo también fue a Larisa, a participar en los juegos fünebres que organizaba Teutámides en honor de su padre. En el lanzamiento del disco, Perseo, movido por la voluntad de los dioses, hizo que su tiro alcanzara a Acrisios, sin siquiera saber que él estaba entre el público, y ese disco fue la causa de la muerte del abuelo. Perseo, al enterarse de lo sucedido, se ocupó de las honras fúnebres de Acrisio y, para no ocupar su puesto, cambió el reino de Argos por el de Tirinto, con la aquiescencia del hijo de Preto y, más tarde, se convirtió en soberano de toda la Argólida, reinando en ella junto con su esposa Andrómeda.
AGAMENON Y MENELAO
LOS hermanos Agamenón y Menelao, expulsados de Micenas por Egisto, que había asesinado a su padre, el rey Atreo, fueron a Esparta, en donde a la sazón reinaba Tindáreo, padre de los Dioscuros Cástor y Pólux, de Helena y Clitemnestra. Menebo casó con Helena y heredó la corona de Esparta. Agamenón, luchador imparable, también casó con otra hija de su protector Tindáreo, pero lo hizo por la fuerza, tras derrotar y matar a su marido, el rey Tátalo de Pisa. Después pidió y recibió de su suegro el permiso para mantener aquel forzado matrimonio. De él tuvieron un varón y tres hijas: Orestes, Electra, Ifigenia y Crisótemis. Hasta ahora nada parecía presuponer la importancia de los hijos de la pareja, pero el rapto de Helena por Paris dio comienzo a la larga e importante guerra de Troya y en su transcurso iban a verse enfrentados directamente los dioses, agrupados en las dos banderías opuestas que también oponían a los seres humanos. Menelao recuperarla posteriormente a su esposa Helena, mientras que Agamenón, tras su regreso de Troya, morirla a manos del asesino de su padre, Egisto, y su esposa Clitemnestra. Sus hijos Orestes y Electra habrían de vengar a Agamenón, aunque fuera al precio de dar muerte a su propia madre y de poner en peligro su salud mental. Ifigenia estuvo a punto de ser sacrificada por su madre, Clitemnestra, para obtener el favor divino y sólo la intervención de Artemis evitó su muerte. Este mito de las tres generaciones ligadas constantemente entre sí por la trama del destino es -sin lugar a dudas- una de las más asombrosas tragedias griegas, y de su contenido vamos a dar cuenta de una manera harto resumida, porque no podemos, ni de lejos, pretender mejorar lo que Esquilo y Eurípides, entre muchos otros, hicieran de manera magistral hace ya miles de años.
TRAICIONES Y VENGANZAS
EGISTO temía a Agamenón desde que éste se convirtió en mozo, pero la ocasión de acabar con sus temores se presentó al conocer que Clitemnestra, su esposa, estaba buscando un acompañante mientras que él peleaba en Troya. No lo pensó ni un segundo y se unió a ella, con la esperanza de poderla tener como cómplice frente al esposo odiado.
Al principio no fue fácil la conquista, puesto que Agamenón había mandado vigilar a Clitemnestra, ya que desconfiaba de ella lo suficiente, tras haber sabido que Nauplio (quien tenía razones suficientes para querer vengarse de Agamenón y los suyos) incitaba a las esposas al adulterio, y él mismo tampoco era un buen ejemplo de fidelidad ya que había establecido relaciones con Casandra en el mismo frente de batalla, habiendo tenido con ella dos hijos, Teledamo y Pélope. Consiguió Egisto deshacerse de la vigilancia puesta por el marido y ya no hubo obstáculos.
Pero Hermes avisó a Egisto que sus deseos de venganza eran una temeridad, porque el dios sabía que Orestes, cuando fuera un hombre, le daría muerte irremediablemente. Egisto prefirió ignorar la advertencia de Hermes y estableció el plan contra Agamenón y Casandra, para agradar más aún a Clitemnestra y tener mejor aliada. Fue ella quien preparó la serie de mecanismos que habría de avisar del regreso de Agamenón y, sabiendo ya que estaba pronta su vuelta, se preparó la celada que habría de acabar con él. En efecto, Agamenón llegó a palacio, su esposa lo recibió con signos de alegría; preparó para él el baño y, pretendiendo secarle amorosamente, lo envolvió en una tupida red de la que ya Agamenón no podría zafarse jamás. Egisto apareció entonces para clavarle la espada y Clitemnestra le cortó la cabeza con un hacha, con la misma con la que luego habría de cortar la cabeza de Casandra y Egisto mataba a los dos hijos de ambos. Ya se había consumado la doble y terrible venganza.
ORESTES Y ELECTRA
CLITEMNESTRA instituyó el día de la muerte de Agamenón como fiesta a recordar. Egisto, por su parte, trató de asesinar a Orestes en su cuna, para zafarse de la venganza anunciada por Hermes, pero la nodriza del niño sacrificó a su propio hijo para engañar a Egisto, dejando que éste creyese que el cadáver de la criatura era el de Orestes. Oculto durante años, Orestes creció protegido por el rey Estrofio de Crisa, y se educó en igualdad de condiciones que su hijo Pílades, de quien se hizo su mejor e inseparable amigo. Sus hermanas Electra y Crisóstemis, mientras tanto, vivían sometidas a la humillante tiranía de Egisto, quien no contaba en ellas y evitaba que se convirtieran en posibles duales, por lo que se las prohibió que celebrasen casamiento con alguna persona de alcurnia, que les pudiera dar el poder que él y Clitemnestra les negaban. Pero Electra, al contrario que Crisóstemis, no se resignaba y mantenla una secreta comunicación con Orestes, con la cual trataba de recordarle siempre la venganza debida a los asesinos de su padre. Cuando Orestes creció, se dirigió a Delfos para conocer el parecer de Apolo y éste le hizo saber que debía matar a su madre y al amante y, también, que debía estar preparado para rechazar los ataques de las Erinias, ya que ellas deberían, a su vez acosarle como castigo al asesinato de una madre, que él iba a realizar. Preparado para su misión sagrada y acompañado por Pllades, Orestes volvió clandestinamente a Micenas.
Junto a la tumba de su padre se reunió, de nuevo por mano de los dioses, con su hermana Electra, ambos se reconocieron al instante y trazaron el plan para entrar en palacio y ejecutar a la pareja. Orestes se hizo pasar por el mensajero que traía la urna con las cenizas de un supuestamente fallecido Orestes y eso llenó de alegría a Clitemnestra, quien mandó llamar a Egisto para regocijarse con la buena nueva. Junto a Orestes estaba Pílades y, en un momento, Egisto yacía muerto por la espada de Orestes, mientras Clitemnestra se desnudaba e imploraba piedad, pero ya la espada de Orestes se volvía a alzar para terminar decapitando a su propia madre.
A MODO DE EPILOGO
LAS Erinias atacaron incesantemente a Orestes tras haber dado muerte a Clitemnestra, su madre, y estuvieron a punto de volverlo loco; mientras Tindáreo formó el tribunal que había de juzgar a Orestes y a Electra por aquella muerte de su madre. Menelao y Helena llegaron a la ciudad para asistir al juicio. El veredicto del tribunal fue tajante: Orestes y Electra debían darse ellos mismos muerte. Plades pidió unirse a ellos en ese suicidio sentenciado, no sin antes haber querido terminar infructuosamente con la vida de Helena, puesto que a ella se debía culpar en buena medida del desastre de la guerra de Troya: también intentaron prender fuego a palacio, pero todo terminó con la aparición del mismo Apolo, para hacer saber a todos que Orestes sólo había cumplido su orden. Ahora debía tomar el camino del destierro durante un año y purificarse, para después ir a Atenas a ser juzgado por el Areópago, con Apolo como su defensor. Absuelto gracias al voto decisivo de Atenea, Orestes pudo regresar a la Argólida, mientras que su hermana Electra casó con Pílades, el más fiel de los amigos.
UN CONJURO DE IINGE
IINGE era aquella hija habida entre Pan y Eco, y ésa fue la mujer responsable del hechizo que acarreó el desastre de Io. En efecto, se cuenta que Iinge lanzó sobre el corazón de Zeus el deseo hacia la bella y virginal Io, la sacerdotisa que estaba al servicio de la esposa del dios, de la muy poderosa Hera. Zeus quedó instantáneamente prendado de Io y se decidió a hacerla suya, Pero la aventura quedó al descubierto y Hera hizo que la osada Iinge pagase su atrevimiento, transformándola en un pajarillo trepador. Después Hera se dirigió a su acostumbradamente infiel marido y le espetó la acusación de su enamoramiento, pero el escarmentado dios se hizo el inocente y negó toda relación con la joven. Como no estaba dispuesta a seguir con la conversación y, menos aún, a tener que sufrir las consecuencias previsibles de esa amenaza de otra nueva aventura, Hera amenazó con una espectacular operación de castigo a la doncella y, a la vista de cómo se estaban poniendo las cosas, Zeus transmutó a su amada en blanca ternera, o vaca también blanca, para protegerla de las iras de su mujer. El cambio no fue suficiente para aplacar o agradar a Hera y ésta se hizo con la ternera o vaca, y la puso maliciosamente bajo la custodia de la persona más indicada, ya que encomendó el trabajo al mejor vigilante conocido, a quien llamaban Argo Panoptes (el todo ojos), ya que poseía ojos en la cara y en la nuca, cien, decían unos y hasta mil, aseguraban otros. A Argos le indicó que aquella vaca de aspecto ordinario no era nada corriente, sino que se trataba de un animal muy peculiar al que había que cuidar con especial atención, dejándolo siempre amarrado a un árbol y sin que se dejara ver demasiado. Así, pues, la que fue Io, la hermosa doncella que fuera persona de linaje real y entregada a la adoración de Hera, había quedado reducida a ser tan sólo una bestia inmovilizada, sometida como propiedad exclusiva de Hera. Zeus, como de costumbre, tampoco estaba decidido a cejar en su deseo y llamó a Hermes para que éste le echara una mano en la liberación de Io, ya que el astuto y veloz Hermes era, sin lugar a dudas, quien mejor podía enfrentarse a la penetrante mirada de Argo Panoptes, del que se decía que ni durmiendo llegaba a cerrar todos sus ojos.
EL RESCATE DE IO
RECIBIDA la orden de su compañero Zeus, Hermes se llegó con presteza hasta los campos en los que Argo tenía bajo su custodia a la castigada Io, ya fuera en Micenas o en Nemea, puesto que en los dos lugares se sitúa el mítico campo, y allí, nada más posarse en un árbol cercano, Hermes, que viajaba transformado en pájaro, para no poner sobre aviso al guardián, empezó el artero dios a dejar oír la embriagadora música de su flauta, una deliciosa melodía que hizo caer rápidamente en un mágico trance al gigantesco vigilante de los cien ojos. Aunque del todo dormido no podía ser un peligro para el plan de rescate, Hermes no vaciló en machacar la cabeza del dormido centinela con una roca, y menos aún en arrancarla del tronco para demostrar cruelmente su triunfo, como era tan habitual de las deidades. Después de haber acabado con el infeliz Argo, a Hermes le fue sumamente sencillo llevarse consigo a la liberada Io. Pero no se podía siquiera suponer que fuera a ser tan fácil el que Hera dejase tranquila a quien ya había sido condenada, menos Todavía cuando se había desafiado su voluntad, y Zeus había hecho su voluntad, llevando en su acción adúltera al fiel Argo a una muerte despiadada. Más decidida que nunca a dar una lección definitiva a su marido y a sus cómplices de fechorías, Hera emprendió la persecución de Io, una larga y obstinada persecución que sería casi inacabable. Pero, antes de iniciar la venganza, Hera no se olvidó de tomar de la cabeza del decapitado Argo sus ojos y colocarlos - como homenaje a quien había muerto defendiendo sus intereses- en la cola de un pavo real, para que desde allí fueran vistos con admiración y respeto por todos los mortales hasta el fin de los tiempos.
LA LARGA HUIDA DE IO
LA blanca ternera que era ahora Io parecía haber recuperado la libertad, pero no había logrado recuperar su forma humana. Estaba en libertad, pero Hera ya había designado a su eterno perseguidor: un tábano que la irla picando en todo momento y lugar, como el doloroso y humillante recordatorio de que, al menos para Hera, ella no era más que una vaca de su rebaño. Pues bien, desde su liberación, Io fue recorriendo el mundo, primero marchando a Dodona, después a la orilla del mar que se llamarla como ella, en su honor, el Iónico o Jónico, como nosotros lo conocemos. Más tarde subió por el río Danubio, se acercó al mar Negro, cruzó desde Tracia al otro lado del paso del que se dice que se llamarla también Bósforo en su honor (pues eso es lo que significa tal toponímico, paso del buey, aunque ella fuera entonces encantada ternera) y siguió el cauce del río Hibristes, hasta llegar a sus fuentes en el Cáucaso. Regresó por la Cólquida, pasó por Asia camino de la Indias y dio la vuelta a su itinerario, por Frigia, Lidia, Cilicia y Fenicia, para llegarse hasta Etiopla, en una etapa más de su incesante y desesperado caminar; todo ello para poder acercarse más a su destino definitivo, hasta las mismas e ignotas fuentes del gran Nilo, en donde sí la esperaba la definitiva liberación. En esa región tan fabulosa como desconocida, la pobre Io recibió, al fin, el esperado y buscado doble premio del descanso a su martirizada huida y la caricia salvadora del apiadado Zeus, la caricia (y bastante más que una simple caricia) que le devolvió su aspecto humano y le permitió empezar una nueva vida, ya bajo el patrocinio y la tutela del buen Zeus, quien se había decidido a ayudar a la inocente doncella en todo lo que ella necesitara.
IO, MADRE DE EPAFO
EN Egipto, redimida de su castigo, Io encontró en Telégono el marido adecuado para su necesario matrimonio, puesto que -preñada por ese contacto salvador de Zeus- estaba a la espera de quien iba a ser su hijo Epafo, el futuro rey de Egipto. Parece ser que Hera, al enterarse del nacimiento de Epafo, ordenó a los demonios Curetos que se apoderasen de la criatura tan pronto naciera y la hicieran desaparecer. En ese momento Zeus, tan al quite como su esposa lo estaba al ataque, lanzó una sarta de sus potentes rayos y acabó con la amenaza de los Curetos; la atribulada Io, guiada por la mano de Zeus, recuperó al pequeño Epafo y en él siguió cumpliéndose el destino, hasta hacer de este hijo de Zeus y la sufrida Io un personaje de estirpe real, al que se hermanó con el sagrado buey y dios Apis, para completar el relato mitad divino y mitad animal de la historia de Io, que acabó -a su vez- identificándose también con otra deidad egipcia, la poderosa Isis, reina de los cielos.
ACRISIO, DANAE, ZEUS Y PERSEO
DÁNAE era la hija de Acrisio, un rey de Argos, y de Eurídice, nieta del mismo Zeus; conociendo la mitología, no es de extrañar que también fuera Dánae la amante de su tlo Preto, hermano gemelo del padre y enemigo suyo desde antes de su mutuo nacimiento. Con este y otros muchos motivos, Acrisio y Preto se enfrentaron abiertamente en una serie de inútiles peleas, hasta que decidieron repartirse el territorio heredado de su padre Abante, de modo que Acrisio quedó con Argos y Preto se fue a gobernar en Tarento. Pasado el lance, Acrisio quiso tener algún hijo varón a quien ceder su menguado reino y, para colmar su curiosidad, requirió los servicios de un adivino. Este le aseguró que no iba a tener descendencia masculina, pero que sí sucederla un día que un nieto le daría muerte. Como quiera que la única manera de que tal cosa sucediera pasaba por el hecho cierto de que fuera su única hija la que diera a luz a tan temible nieto, Acrisio encerró a Dánae en un calabozo con puertas de bronce, según unos, y un torreón construido enteramente de bronce, según otros cronistas más exagerados, en el que ni ventanas había, y que estaba rodeado por una jauría de perros de presa, para no dar ninguna posibilidad de cumplimiento al oráculo y salvaguardar así su amenazada vida futura. Zeus, que debía estar tranquilo en su celestial armonía, no dejó de ver las operaciones del padre y rey Acrisio y, cómo no, empezó a interesarse por una joven bella y de difícil acceso, que ya era un reto a su inteligencia amatoria. Pergeñó un sistema para hacerse con ella y, lo que era más interesante Todavía, un modo seguro de dejarla preñada de ese nieto tan temido por Acrisio y tan funestamente descrito por el oráculo. Como era de esperar, pronto encontró el versátil Zeus la manera de lograr sus dos propósitos.
LA LLUVIA DE ORO
TRAS una atenta observación del encierro de Dánae, el sagaz Zeus dio con una grieta en la construcción que encerraba a la princesa Dánae. Era muy pequeña, demasiado pequeña para poder darle paso bajo cualquiera de sus múltiples caracterizaciones animales, pero no lo suficiente como para no dejar que se filtrara como lo hace el agua. Esa fue la forma elegida, la de una fina lluvia, dorada, dada su categoría divina, que entrarla a la restringida cámara donde se ocultaba a la hermosa de la vista y del más temido contacto de todos, de todos menos del inquieto Zeus. Dentro de la cámara, como era de esperar, Zeus recuperó su encantadora apariencia y le fue sencillo lograr lo que ansiaba: los favores de Dánae. Ella, además, quedó encinta de un hijo que sería el mayor héroe de la Argólida. El padre, al correr del tiempo necesario para que ello fuera evidente, no pudo dejar de asombrarse al comprobar con sus propios ojos que la hija estaba embarazada a pesar de las cuidadosas precauciones adoptadas. Pensó que Preto había conseguido hacerse con el método para acceder a su hija y que ésta había reincidido en aquella relación odiada. Escuchó que era Zeus el padre de su nieto y no quiso creerlo ni se atrevió a dejar de creerlo. Así, no sabiendo que hacer con aquella situación, y no queriendo matarlos directamente, decidió arrojar a la hija y al nieto al mar, embarcados en una caja no pensada para navegar, precisamente; pero, tras una larga y angustiosa navegación a la deriva, madre e hijo dieron finalmente con la costa de la isla Sérifos, en donde fueron rescatados por Dictis, el pescador local que era, también, hermano del rey de la isla, Polidectes, quien se hizo cargo de la pareja y, más especialmente, de la educación del joven Perseo.
PERSEO SE ENFRENTA A SU PADRE ADOPTIVO
A medida que pasaba el tiempo y el joven crecía en tamaño y saber, la situación cambiaba en la pequeña isla, Polidectes, que se había mostrado tan hospitalario, quería ahora forzar su matrimonio con Dánae, quien no parecía dispuesta a descender a su nivel, después de haber sido amante del supremo Zeus. Para evitarse más complicaciones, Polidectes dejó creer a Perseo que él pensaba contraer matrimonio con Epidemia, la hija de Pélope y de aquella célebre y primera Epidemia, hija de Enómao, rey de Pisa, a la que tan difícil fue conquistar, por las mortales trabas que su padre ponla a los infelices aspirantes a su amor. Pues bien, el buen Perseo creyó en la explicación dada por Polidectes, en la que éste ponla de manifiesto la necesidad de ofrendar unos hermosos caballos a la amada, animales escasos en la isla. Perseo se ofreció a salir en busca de un ejemplar digno de un rey, y también se fue de la lengua en su generosidad y le dijo que era capaz de traerle la cabeza de Medusa además. Con aquel desliz, se le presentó una nueva oportunidad a Polidectes y le tomó la palabra, diciendo que esta terrorífica cabeza sí que era un regalo apreciado. Perseo, que estaba dispuesto a todo con tal de que se dejara a su madre en paz, partió, sin más remedio, a la caza de la espantosa Gorgona, sin saber cómo hacerse con la prometida cabeza. Afortunadamente, Perseo fue siempre un personaje mimado por los dioses y, en aquella ocasión, Atenea alcanzó a oír a tiempo el ofrecimiento del joven y, enemiga declarada de Medusa -ya que si ésta era monstruosa, lo era por la intervención anterior de Atenea-, se puso junto al muchacho y en compañía fueron los dos a dar caza a la terrorífica mujer.
LA CAZA DE MEDUSA
CON Atenea de compañera, Perseo llegó a Dicterión, en dónde la diosa le hizo ver las imágenes que allí se guardaban de las Gorgonas, de modo que no se pudiera luego confundir con sus otras dos hermanas, puesto que éstas, Esteno y Eurlale, eran inmortales, al contrario que la hermana buscada, lo que haría inútil cualquier intento de luchar contra ellas, También Atenea aprovechó este tiempo en Dicterión para adoctrinarle, de manera que supiera acercarse a ella sin caer en la mortal trampa de su mirada, pues Medusa mataba de espanto a quien la veía, ya que su rostro era el resumen de todos los horrores imaginables. Como arma, la industriosa Atenea le preparó un escudo tan brillante como un espejo y Hermes le hizo llegar una hoz de diamante, para que con ella segara la prometida cabeza y la llevara de vuelta a Sérifos. De todos modos, el arsenal no estaba completo, puesto que Todavía le faltaban elementos tales como el yelmo de Hades, que volvía invisible a quien lo usaba; unas sandalias aladas; y una bolsa especial en la que esconder la cabeza de Medusa, si lograba su objetivo de darle muerte. Estas cosas estaban bajo la custodia de las ninfas de Estigia, pero nadie sabía cómo encontrarlas; bueno, nadie no, las tres Grayas, las feas hermanas de las Gorgonas, sí lo sabían y a ellas se dirigió Perseo, en un pesado viaje que le llevó al monte Atlas, en donde ellas residían. Estas tres Grayas tenían que compartir un único ojo y otro único diente, puesto que era todo lo que tenían entre las tres para ver y comer. Perseo se deslizó tras ellas y esperó a que llegara el turno de cesión de tan insólito condominio, se apoderó de ambos de un golpe rápido y pidió, para su rescate, el emplazamiento de esas ninfas de Estigia. Las Grayas, sin otra solución que la delación, dijeron al raptor lo que deseaba oír y éste se fue sin más tardar a la guarida de las ninfas, sin que Perseo cumpliera su parte del trato, ya que se marchó dejándolas sin diente ni ojo. En Estigia vio a las ninfas y, sin más requisitos, recibió de ellas las sandalias, el zurrón y el yelmo que le eran imprescindibles para culminar su proeza, y conoció el lugar en el que podía hallar a su deseada presa.
ANTE MEDUSA
CON su equipo de combate al completo, Perseo fue volando con sus sandalias aladas hasta la temible tierra de los Hiperbóreos, poblada por las efigies en piedra de quienes antes habían sido seres vivos, y ahora estaban inmovilizados por el hechizo de la malvada Medusa. En Hiperbórea se encontraba el escondrijo de las Gorgonas. Allí estaban las tres hermanas, dormidas y a su alcance. Protegido de la vista de Medusa por el bruñido escudo y guiada su mano por Atenea, Perseo cortó de un solo tajo la cabeza a Medusa y se apresuró a guardarla, sin atreverse a verla, en la bolsa mágica. Al tiempo que Medusa expiraba, surgía de su cuello segado el mágico caballo Pegaso y el impetuoso Criasor, unos hijos que Medusa había tenido con Posidón y que no nacerían hasta la muerte de la madre.
Perseo, amparado por la invisibilidad del yelmo, huyó del lugar, mientras que Esteno y Eurlale se despertaban ante los gritos y piafados de caballo y guerrero, los hijos de su hermana muerta que ahora se daban a conocer de un modo tan sorprendente. Pero nada pudieron hacer, puesto que a nadie se divisaba por aquellos andurriales y ya Medusa estaba definitivamente perdida. Perseo siguió en su huida, cargando con la cabeza de Medusa, hasta las tierras de Etiopla. Pero, por el camino, le quedó tiempo para acercarse hasta la residencia de Atlante el titán, a quien, para vengarse de una anterior afrenta, le dejó ver la horrible cabeza, lo justo para que éste quedara convertido en una montaña digna de su tamaño. Después, mientras volaba sobre las arenas del desierto, dejó caer el diente y el ojo de las Grayas para rematar su faena con un sarcasmo final. Más adelante, en la costa de Filistea, Perseo se iba a encontrar con una sorpresa adicional.
LA INSOLITA APARICION DE ANDROMEDA
EN su mágico vuelo africano, Perseo acertó a ver a una mujer, hermosa, desnuda y encadenada. Se enamoró al instante de su espléndida y desvelada belleza y se propuso, naturalmente, liberarla de aquellas cadenas. Así que descendió al suelo y se acercó a ella para enterarse de la causa de aquella condena. Antes de llegar junto a ella, Perseo vio a una pareja de mayor edad que vigilaban preocupados el acantilado en donde estaba encadenada la hermosa, y les pidió una explicación a aquella extraña situación. De ellos escuchó asombrado Perseo lo que sucedía, al tiempo que se enteraba de que ellos eran los atribulados padres de la joven, el rey Cefeo de Yope y su esposa la bella Casiopea. Le contaron que la madre Casiopea se había atrevido un día a presumir de su belleza y de la de su hija, aduciendo que ambas eran mucho más guapas que la propia Hera, o que las Nereidas, que es el caso que ahora nos ocupa. Posidón, dios de mal genio y tremendas reacciones, se irritó al oír que sus criaturas marinas estaban enfadadas por aquella aseveración (que era cierta) de que las Nereidas quedaban postergadas ante la hermosura de Casiopea, y que ésta no se recataba en proclamarlo abiertamente a los cuatro vientos. Como lección, Posidón envió vendavales y olas tremendas al reino de Cefeo, monstruos y castigos. Cefeo se fue a los adivinadores de los designios divinos y por ellos pudo saber que la única salida a la situación pasaba por el sacrificio de su hija, que debía servir de alimento al monstruo enviado por Posidón. Así lo hicieron y ahora estaban aterrorizados, esperando que se cumpliera la amenaza, impotentes ante el funesto destino que aguardaba a su hija. Perseo pidió a Cefeo que le diera a su hija como esposa si la conseguía salvar de aquella muerte terrible, al tiempo que se comprometa a acabar también con el monstruo y con la amenaza de Posidón. El padre, sin ninguna otra opción, aprobó la petición del impetuoso Perseo y éste, de nuevo, se lanzó a dar muerte a un monstruo. Este se acercaba ya a su presa, pero Perseo descendió como un rayo sobre él y, con aquella hoz que Hermes le había entregado, cortó de un tajo certero su cabeza y desató a la que iba a ser su futura esposa, la amada Andrómeda.
LOS SUEGROS DESAGRADECIDOS
PERO Cefeo y Casiopea no querían a Perseo para su hija. Tuvieron que ceder ante su exigencia de matrimonio y éste se celebró inmediatamente. Poco duró la celebración, puesto que Agenor llegó a reclamar a Andrómeda para sí, mientras que Cefeo y Casiopea se ponían de su lado, aduciendo que Perseo les había forzado a una boda no querida. Perseo, que Todavía tenía cerca de sí el trofeo de la Gorgona, sacó de su bolsa la cabeza y los rivales quedaron convertidos en inmóviles piedras. Asqueados de aquella traición, los esposos regresaron al punto de partida de Perseo, a la corte de Polidectes, para encontrarse con otra traición. Dánae y Dictis estaban escondidos para eludir la persecución del pequeño rey, y éste se encontraba en palacio, festejando por anticipado su próximo enlace.
En palacio se presentó Perseo y, otra vez más, la cabeza de Medusa volvió a salir de su bolsa, para convertir en piedras inertes a Polidectes y sus amigos. Tras su venganza, Perseo puso la bolsa y su contenido en manos de Atenea, hizo que el fiel Dictis ocupara el trono vacante y marchó de la isla, camino de su desconocida patria Argólida. El rey Acrisio, al enterarse de que su nieto, el que había de matarle según el oráculo, se acercaba a sus costas, huyó a Tesalia, con la esperanza de hurtarse al destino. De nada le valió, Perseo también fue a Larisa, a participar en los juegos fünebres que organizaba Teutámides en honor de su padre. En el lanzamiento del disco, Perseo, movido por la voluntad de los dioses, hizo que su tiro alcanzara a Acrisios, sin siquiera saber que él estaba entre el público, y ese disco fue la causa de la muerte del abuelo. Perseo, al enterarse de lo sucedido, se ocupó de las honras fúnebres de Acrisio y, para no ocupar su puesto, cambió el reino de Argos por el de Tirinto, con la aquiescencia del hijo de Preto y, más tarde, se convirtió en soberano de toda la Argólida, reinando en ella junto con su esposa Andrómeda.
AGAMENON Y MENELAO
LOS hermanos Agamenón y Menelao, expulsados de Micenas por Egisto, que había asesinado a su padre, el rey Atreo, fueron a Esparta, en donde a la sazón reinaba Tindáreo, padre de los Dioscuros Cástor y Pólux, de Helena y Clitemnestra. Menebo casó con Helena y heredó la corona de Esparta. Agamenón, luchador imparable, también casó con otra hija de su protector Tindáreo, pero lo hizo por la fuerza, tras derrotar y matar a su marido, el rey Tátalo de Pisa. Después pidió y recibió de su suegro el permiso para mantener aquel forzado matrimonio. De él tuvieron un varón y tres hijas: Orestes, Electra, Ifigenia y Crisótemis. Hasta ahora nada parecía presuponer la importancia de los hijos de la pareja, pero el rapto de Helena por Paris dio comienzo a la larga e importante guerra de Troya y en su transcurso iban a verse enfrentados directamente los dioses, agrupados en las dos banderías opuestas que también oponían a los seres humanos. Menelao recuperarla posteriormente a su esposa Helena, mientras que Agamenón, tras su regreso de Troya, morirla a manos del asesino de su padre, Egisto, y su esposa Clitemnestra. Sus hijos Orestes y Electra habrían de vengar a Agamenón, aunque fuera al precio de dar muerte a su propia madre y de poner en peligro su salud mental. Ifigenia estuvo a punto de ser sacrificada por su madre, Clitemnestra, para obtener el favor divino y sólo la intervención de Artemis evitó su muerte. Este mito de las tres generaciones ligadas constantemente entre sí por la trama del destino es -sin lugar a dudas- una de las más asombrosas tragedias griegas, y de su contenido vamos a dar cuenta de una manera harto resumida, porque no podemos, ni de lejos, pretender mejorar lo que Esquilo y Eurípides, entre muchos otros, hicieran de manera magistral hace ya miles de años.
TRAICIONES Y VENGANZAS
EGISTO temía a Agamenón desde que éste se convirtió en mozo, pero la ocasión de acabar con sus temores se presentó al conocer que Clitemnestra, su esposa, estaba buscando un acompañante mientras que él peleaba en Troya. No lo pensó ni un segundo y se unió a ella, con la esperanza de poderla tener como cómplice frente al esposo odiado.
Al principio no fue fácil la conquista, puesto que Agamenón había mandado vigilar a Clitemnestra, ya que desconfiaba de ella lo suficiente, tras haber sabido que Nauplio (quien tenía razones suficientes para querer vengarse de Agamenón y los suyos) incitaba a las esposas al adulterio, y él mismo tampoco era un buen ejemplo de fidelidad ya que había establecido relaciones con Casandra en el mismo frente de batalla, habiendo tenido con ella dos hijos, Teledamo y Pélope. Consiguió Egisto deshacerse de la vigilancia puesta por el marido y ya no hubo obstáculos.
Pero Hermes avisó a Egisto que sus deseos de venganza eran una temeridad, porque el dios sabía que Orestes, cuando fuera un hombre, le daría muerte irremediablemente. Egisto prefirió ignorar la advertencia de Hermes y estableció el plan contra Agamenón y Casandra, para agradar más aún a Clitemnestra y tener mejor aliada. Fue ella quien preparó la serie de mecanismos que habría de avisar del regreso de Agamenón y, sabiendo ya que estaba pronta su vuelta, se preparó la celada que habría de acabar con él. En efecto, Agamenón llegó a palacio, su esposa lo recibió con signos de alegría; preparó para él el baño y, pretendiendo secarle amorosamente, lo envolvió en una tupida red de la que ya Agamenón no podría zafarse jamás. Egisto apareció entonces para clavarle la espada y Clitemnestra le cortó la cabeza con un hacha, con la misma con la que luego habría de cortar la cabeza de Casandra y Egisto mataba a los dos hijos de ambos. Ya se había consumado la doble y terrible venganza.
ORESTES Y ELECTRA
CLITEMNESTRA instituyó el día de la muerte de Agamenón como fiesta a recordar. Egisto, por su parte, trató de asesinar a Orestes en su cuna, para zafarse de la venganza anunciada por Hermes, pero la nodriza del niño sacrificó a su propio hijo para engañar a Egisto, dejando que éste creyese que el cadáver de la criatura era el de Orestes. Oculto durante años, Orestes creció protegido por el rey Estrofio de Crisa, y se educó en igualdad de condiciones que su hijo Pílades, de quien se hizo su mejor e inseparable amigo. Sus hermanas Electra y Crisóstemis, mientras tanto, vivían sometidas a la humillante tiranía de Egisto, quien no contaba en ellas y evitaba que se convirtieran en posibles duales, por lo que se las prohibió que celebrasen casamiento con alguna persona de alcurnia, que les pudiera dar el poder que él y Clitemnestra les negaban. Pero Electra, al contrario que Crisóstemis, no se resignaba y mantenla una secreta comunicación con Orestes, con la cual trataba de recordarle siempre la venganza debida a los asesinos de su padre. Cuando Orestes creció, se dirigió a Delfos para conocer el parecer de Apolo y éste le hizo saber que debía matar a su madre y al amante y, también, que debía estar preparado para rechazar los ataques de las Erinias, ya que ellas deberían, a su vez acosarle como castigo al asesinato de una madre, que él iba a realizar. Preparado para su misión sagrada y acompañado por Pllades, Orestes volvió clandestinamente a Micenas.
Junto a la tumba de su padre se reunió, de nuevo por mano de los dioses, con su hermana Electra, ambos se reconocieron al instante y trazaron el plan para entrar en palacio y ejecutar a la pareja. Orestes se hizo pasar por el mensajero que traía la urna con las cenizas de un supuestamente fallecido Orestes y eso llenó de alegría a Clitemnestra, quien mandó llamar a Egisto para regocijarse con la buena nueva. Junto a Orestes estaba Pílades y, en un momento, Egisto yacía muerto por la espada de Orestes, mientras Clitemnestra se desnudaba e imploraba piedad, pero ya la espada de Orestes se volvía a alzar para terminar decapitando a su propia madre.
A MODO DE EPILOGO
LAS Erinias atacaron incesantemente a Orestes tras haber dado muerte a Clitemnestra, su madre, y estuvieron a punto de volverlo loco; mientras Tindáreo formó el tribunal que había de juzgar a Orestes y a Electra por aquella muerte de su madre. Menelao y Helena llegaron a la ciudad para asistir al juicio. El veredicto del tribunal fue tajante: Orestes y Electra debían darse ellos mismos muerte. Plades pidió unirse a ellos en ese suicidio sentenciado, no sin antes haber querido terminar infructuosamente con la vida de Helena, puesto que a ella se debía culpar en buena medida del desastre de la guerra de Troya: también intentaron prender fuego a palacio, pero todo terminó con la aparición del mismo Apolo, para hacer saber a todos que Orestes sólo había cumplido su orden. Ahora debía tomar el camino del destierro durante un año y purificarse, para después ir a Atenas a ser juzgado por el Areópago, con Apolo como su defensor. Absuelto gracias al voto decisivo de Atenea, Orestes pudo regresar a la Argólida, mientras que su hermana Electra casó con Pílades, el más fiel de los amigos.
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