Sucedió, pues, que Macinga fue a casarse con unas mujeres; todas tuvieron hijos, pero la principal no los tuvo, y las otras mujeres la pusieron en ridículo; su mismo marido se burlaba de ella y no le guardaba ninguna consideración.
Se fue al campo y encontró una paloma; la mujer lloraba.
La paloma le pregunta:
—¿Por qué lloras, madre mía?
—Lloro porque me persiguen; se burlan de mí porque no tengo hijos; todos los días se ríen de mí: dicen que no soy mujer.
¡Como si estuviera en la mano de alguien el no tener hijos! Nadie puede impedirlo. Si no los tengo, pues, la culpa no es mía.
La paloma le dice:
—¿Deseas tener un hijo?
—Sí.
—Regresa a tu casa.
Le da unas habas, maíz y guisantes. Le da también un paquetico de espinas, y le dice:
—Al llegar a tu casa, cuece todo esto. Cuando esté a punto, lo viertes en el cesto redondo, después perforas los granos con una espina y te los comes uno por uno. Cuando acabes, ve a dar vuelta a la marmita, al pie de la pared de la cabaña, y verás lo que pasa.
Una vez en su casa, la mujer hizo todo cuanto le habían mandado. Entonces ve que se halla encinta. También le habían dicho que, cuando estuviese encinta, debía repetir todos los días:
«Tú, hijo de mis entrañas, no hables». El niño no debía hablar hasta que llegase su hora. E incluso después de nacido, la madre debía repetir lo mismo. Por eso decía:
—Tú, hijo de mis entrañas, no hables.
Y cuando nació, continuaba diciéndole:
—Tú, hijo que andas, no hables.
Cuando fue mayor iba con su padre al trabajo; iba también con el criado que le habían puesto, porque se hicieron esta cuenta:
«Aunque sea mudo, le daremos un servidor». El criado le estaba muy sumiso.
Cierto día, el mancebo se fue con las gentes que iban a labrar.
Mientras cavaban, pasaron unos pájaros volando. Macinga, el padre, dijo a sus hijos:
—Lo que es yo, de joven, habría perseguido a esos pájaros.
Volvieron a la casa, y al siguiente día salieron a labrar.
Pasaron de nuevo unos pájaros. Macinga dijo:
—Lo que es yo, de joven, habría perseguido a esos pájaros.
Regresaron a la casa, y en llegando, dijeron a sus madres:
—Prepárennos comida para el camino.
Preparadas que fueron, Sikulumé tocó a su madre, y le mostró las provisiones, los panes, y le pidió que le preparase cerveza y le cociese un pan. Su madre le preparó la cerveza y le hizo un pan. Entonces su padre dijo:
—¡Cómo! ¿Te figuras acaso que eres ya bastante mayor para viajar?
El mozo designado para jefe de los jóvenes, Makumana, dijo a sus hermanos que se pusieran en camino. Partieron. Sikulumé y su criado los seguían. Sus hermanos, enojados, volvieron atrás y le golpearon la calabaza llena de cerveza. La calabaza se rajó.
Sikulumé andaba, pero las cervezas se vertían.
Cuando llegaron, se metieron en los cañaverales y mataron los pájaros; de noche, salieron y los desplumaron. Pero el trueno comenzó a retumbar con fuerza.
Entonces Sikulumé habló a su servidor y le dijo:
—Veremos qué hacen ahora.
El criado brincó de alegría al oír que su mano empezaba a hablar… Pero Sikulumé le dijo:
—¡Cállate! No seas causa de mi muerte, porque van a preguntarte que por qué bailas de alegría.
Cayó un fuerte aguacero. Los servidores de Makumana se guarecieron bajó un árbol, Sikulumé dijo:
—¿Cómo van a resistir, si su jefe no les construye siquiera una casa? —El criado de nuevo se puso a saltar y bailar de alegría. Sikulumé le ordenó—: Estate quieto.
Entonces, los otros se dirigieron hacia donde estaba Sikulumé, porque allí no llovía, e interrogaron al criado:
—¡Eh, amigo! ¿Por qué bailas así?
Se había perforado un pie con una espina y cuando le preguntaron, respondió:
—¿Por qué bailo? Amigos míos, porque me he clavado una espina en el pie, mírenla. Lo mejor que pueden hacer es sacármela. —Y le sacaron la espina.
Entonces, Sikulumé fue hacia su hermano Makumana y le preguntó:
—¿Dónde va a dormir esta gente? Los pájaros están desplumados, pero no veo lumbre.
Entonces uno de los servidores exclamó:
—Me hago de Sikulumé, cazador de gorriones.
Y otro dijo:
—Me hago de Sikulumé, matador de gorriones.
Todos dijeron lo mismo; dejaron al jefe con quien habían venido, en el cual habían tenido confianza.
Pero Sikulumé dijo:
—No necesito servidores. Tengo uno, y me basta.
Pero no pudo impedir que se pasaran a él.
Entonces comenzó a edificar una cabaña. Tomó una caña, la arrojó, y la caña se convirtió en una empalizada. Tomó una liana, la lanzó, y la liana se convirtió en techumbre. Tomó una bola de arcilla, la arrojó en la cabaña, y quedó guarnecida toda la pared.
Tomó un junco, lo disparó, y el junco se convirtió en cantidad de esteras. Tomó un carbón, lo arrojó en la cabaña, y se encendió lumbre. Entraron, se calentaron, y prosiguieron desplumando pájaros.
Sikulumé les dice:
—Corten las cabezas de los pájaros y déjenlas aquí.
Así lo hicieron. Cuando dormían Sikulumé tomó las cabezas de los pájaros y las colocó alrededor de la cabaña.
Durante la noche; un ogro vino a traerles comida, cantando:
El hombre tiene una pierna. ¡Anda que anda!
Pronto se irá la carne humana. ¡Anda que anda!
Vamos a buscarla. ¡Anda que anda!
Cuando llegó a la choza se comió las cabezas de pájaro, haciendo:
—¡Pfotio! ¡Me como una cabeza! ¡Crac! Me como un pájaro. —Al acabar de engullírselos, dijo—: ¡Uf! Ya puedo regresar. ¡Uf! Ya puedo regresar. Cuando me haya comido a Makumana, cuando me haya comido además a Sikulumé, cazador de gorriones, engordaré, engordaré hasta los artejos.
Ido el ogro, Sikulumé interrogó a sus servidores:
—¿Quién les ha dado las provisiones que están comiendo?
—¡Tú!
—De ningún modo. ¿De dónde iba a sacarlas? Yo no se las he dado; el ogro los sustenta. —Se negaron a creerlo, pero él les dijo—: Bien está. Ustedes verán.
Por la noche, cuando Sikulumé sintió llegar al ogro —les había atado un bramante a los dedos de los pies—, tiró del bramante. Se despertaron, y oyeron al ogro cantar las mismas palabras que la víspera:
—¡Cuando me haya comido a Makumana, cuando me haya comido además a Sikulumé, cazador de gorriones, engordaré, hasta los artejos!
Entonces empezaron a tener miedo, y dijeron:
—Volvámonos a casa.
Pero él les dijo:
—¿Qué temen? No tengan miedo. Quédense aquí hasta concluir lo que han venido a hacer.
Con el alba salieron a cazar pájaros y regresaron. Después, fabricados los airones de pluma que habían venido a buscar, Sikulumé les dijo durante la noche:
—Prepárense a huir y volvamos a casa.
Partieron, pues, muy de madrugada.
Sikulumé había dejado el airón de plumas en la puerta de la choza. Lo había dejado adrede en el momento de salir. Entonces dijo a sus servidores:
—He olvidado el airón. ¿Con cuál de ustedes puedo regresar a buscarlo?
Todos exclaman:
—Nos da miedo volver.
Uno de ellos dice:
—Te regalaré un buey que tengo en casa.
Y otro:
—Te daré a mi hermana.
Y otro:
—Puedes quedarte con mi mujer.
—Y otro:
—Te daré todas las cabras que hay en casa.
Entonces Sikulumé les dice:
—Puesto que se niegan a venir conmigo, escuchen: cuando se pongan en camino sigan el de la izquierda, no tomen el de la derecha. Si toman el camino de la derecha, verán que van a dar a una aldea grande.
Partieron, pues, y así que caminaron un poco, tomaron el de la derecha y llegaron a la vista de una aldea grande. Entonces comenzaron a temer y decían:
—Es lo que Sikulumé nos había dicho… Desandemos el camino.
Volvieron atrás, hasta el sitio en que se habían separado de Sikulumé.
En tanto, Sikulumé preguntó a su servidor:
—¿Vendrás conmigo, o tienes miedo?
Su servidor le respondió:
—¿Tendría yo el descaro de abandonarte aquí, en la selva, habiéndote servido siempre en casa? Desde que naciste te he servido. Iré contigo, ciertamente.
Cuando llegaron, Sukulumé halló en la choza gran número de ogros, porque los había convocado el mismo que llevó las provisiones a los jóvenes. Había, entre otros, una ogresa vieja, sentada al pie de la pared de la choza. Lo ogros se entretenían en pasarse de mano en mano el airón olvidado, y decían:
¡Tutchi! ¡Tutchi! Dámelo.
Los ogros pequeños decían (con voz infantil):
¡Tutchi! ¡Tutchi! Dámelo.
Y otros (los viejos) decían (con voz cascada):
¡Tutchi! ¡Tutchi! Dámelo.
La vieja decía también:
¡Tutchi! ¡Tutchi! Dámelo.
Unos dijeron:
—No se lo den.
Y otros:
—Dénselo.
Acabaron por dárselo.
Sikulumé, que se había escondido detrás de la empalizada, arrancó el airón de manos de la ogresa sin que ella lo notara, porque era muy vieja, y huyó. Entonces los otros preguntaron a la vieja:
—¿Dónde está el airón?
Ella respondió:
—¡Hizo zut!
Le preguntaron de nuevo:
—¡Hizo zut!
—Pretende que se lo han robado. Corramos en pos de nuestro pedacito de carne.
En tanto, Sikulumé llegó junto a sus compañeros y les preguntó:
—¿Por qué han abandonado el camino que les recomendé tomar? ¿Qué han encontrado?
—No hemos visto nada —respondieron.
Los ogros los perseguían cantando:
¡Se nos fue la carne! ¡Anda que anda!
¡Vamos a su alcance! ¡Anda que anda!
En efecto, alcanzaron a Sikulumé. Este les dijo:
—Bueno, pónganse en hilera.
Se pusieron en hilera. Entonces comenzó a cantar esta canción:
¡Oh! ¡En este país, en este país no acostumbramos comernos a la gente!
Los ogros cantaban también:
¡Oh! ¡En este país, en este país no acostumbramos comernos a la gente!
Unos exclamaron, no obstante:
—¿Vamos a consentir que nuestro pedacito de carne regrese a su casa?
Otros respondieron:
—Dejemos que se vaya, puesto que hemos aprendido esta canción; eso basta, porque en adelante la cantaremos al comer.
Cuando los ogros se fueron, los jóvenes se marcharon también y llegaron a la aldea grande. Todas las gentes del lugar fueron a saludarlos. Ellos no contestaron. Entonces una vieja dijo:
—¡Salud, señores míos!
Respondieron ellos:
—¡Ji-jí!
Los otros exclamaron:
—¡Anda! Sólo responden cuando les saluda una vieja.
Intentaron darles de nuevo la bienvenida. Pero ellos se callaron. Las gentes del lugar dijeron a la vieja:
—Repítelo, abuela.
La vieja lo repitió y dijo:
—¡Salud, señores míos!
Y ellos hicieron:
—¡Ji-jí!
Al ponerse el sol les mostraron una choza grande para que durmieran en ella; se negaron a entrar. Les llevaron a casa de la vieja y consintieron en quedarse allí.
Por la noche las gentes se concertaron para llevarles de comer.
Sikulumé tomó un poco de cada cosa y se lo ofreció al perro que lo acompañaba; el perro se negó a comerlo. Entonces desparramaron por el suelo aquella comida. La vieja les molió mijo, coció la masa y se la dio. Sikulumé tomó un pedazo y se lo ofreció al perro, que se lo comió. Entonces comieron ellos también.
Cuando llegó la noche, las gentes del lugar dijeron a sus hijas:
—Vayan a divertirse con esos pretendientes que han venido.
Y fueron a dormir con ellos en la choza. Entonces Sikulumé tomó el cobertor de una de las jóvenes y se tapó con él. Cuando las gentes de la aldea, durante la noche, quisieron matar a los jóvenes y buscaron a Sikulumé para asesinarlo, resultó que mataron a su propia joven; pero no se dieron cuenta de ello.
En tanto, el jefe de la aldea había convocado a sus gentes para ir a labrar el campo al siguiente día. Hallándose todos en la labranza, Sikulumé dijo a la vieja:
—¿Quieres un pastel?
La vieja le respondió:
—Sí.
Entonces molieron harina y la mezclaron con tabaco, cáñamo y otras drogas, y se lo dieron. Mientras comía, la vieja dijo:
—Esta es tu ración —y se la dio a su hijo—. Y esta es para ti —y se la dio al nieto. La vieja añadió. —Mira cómo lo devoran y se regalan y a mí no me dejan nada…
Respondieron ellos:
—Come y calla, abuela.
Cuando hubo comido perdió la cabeza.
Entonces Sikulumé dijo a sus servidores:
—¿Y si nos apoderásemos de los bueyes y nos los llevásemos?
En efecto, reunieron los ganados del país y se fueron.
Cuando las gentes de la aldea se hallaban labrando el campo, el criado del jefe le dijo:
—Cualquiera diría que aquella polvareda la levantan los bueyes.
Las gentes respondieron:
—No es polvareda de ganado. Es la polvareda que levantan los labradores.
El criado repitió:
—Cualquiera diría que es la polvareda de los bueyes.
Las gentes insitieron:
—¡Que no! Los bueyes están en la aldea con las gentes para las que estamos aquí labrando.
Pero como seguía sosteniendo la misma cosa, el jefe dijo al criado:
—Vete a ver, y acabamos; no haces más que molestar mientras trabajamos.
El criado fue a ver, en efecto, y en el camino encontró a la vieja. La interrogó:
—¿Adónde vas?
Pero ella no pudo responder nada. Cogió un puñado de tierra y la tiró al aire. Tenía las rodillas desolladas.
Cuando el criado llegó a la aldea ya no estaba el ganado: fue a decírselo a sus gentes, y regresaron todos.
Entonces el jefe les dijo:
—Gentes de Monombela, nuestro pedacito de carne se fue.
Provéanse de canastas y cuchillos.
Y se lanzaron a la persecución. El jefe, Monombela, hizo estallar una tormenta para detener a los fugitivos. Sikulumé dijo a sus servidores:
—Métanse debajo de los bueyes.
Reanudaron la fuga, y cuando las gentes de Monombela llegaron a aquellos sitios se encontraron con que Sikulumé y sus servidores los habían ya abandonado.
—¡Ah! Han estado aquí.
Siguieron corriendo tras ellos. Sikulumé hizo aparecer un río y los pasó con sus servidores y el ganado. Cuando llegaron los perseguidores gritaron a los fugitivos:
—¿Cómo han atravesado el río?
Sikulumé respondió:
—Por aquí, valiéndonos de esta cuerda.
Les lanzó la cuerda, y ellos la agarraron. Cuando los vio en medio del río soltó la cuerda, y se los llevó la corriente. Otra vez repitieron la prueba. Y entonces dijeron:
—Pronto habremos muerto todos. Volvamos atrás.
Pero Monombela gritó a Sikulumé:
—Si no quieres convertirte en elefante, ni en búfalo, ni en otro animal, transfórmate en cebra.
Sikulumé, en efecto, se convirtió en cebra y salió galopando:
¡Hua-huá! ¡Hua-huá!
Cuando regresaron a la aldea, las gentes de Monombela hallaron a la joven muerta y se la comieron.
En cuanto a Sikulumé, una vez que se transformó en cebra, su servidor se ciñó la cola, y la cebra partió a la carrera y llegó a la plaza de la aldea. El servidor dijo a su madre:
—Pon agua a cocer hasta que hierva.
Se la echó al animal, que volvió a ser hombre. Sikulumé reunió los bueyes y se fue con su ganado a casa de su tío materno.
Entonces sus hermanos fueron a decir a su padre:
—Para nosotros, ahora, Sikulumé es quien nos ha salvado.
Los servidores le dijeron:
—Te dijimos que al regreso te pagaríamos.
Pero él respondió:
—No me den nada. Es lo más natural que los haya salvado, como hijos de mi padre.
Sikulumé tomó, pues, sus ganados y fue a vivir en casa de sus tíos maternos.
Su padre quiso seguirlo; pero Sikulumé le dijo:
—¿No decías tú que no habías engendrado un hijo normal, sino un imbécil? No quiero vivir contigo.
Sin embargo, cuando le dieron excusas y su padre le explicó que desconocía que él fuese como los demás, Sikulumé consintió en vivir con él.
A su llegada, dieron a Sikulumé la realeza de la comarca. Su servidor recibió también su parte. Su padre ya no se ocupaba de negocios; los examinaba Sikulumé, que daba cuenta a su padre sólo después de resolverlos. Sus hermanos se marcharon y fueron establecidos de jefes de otras tantas pequeñas comarcas; lo mismo sucedió con Makumana, aquel que había dicho: «Este es el jefe».
A él también lo pusieron al frente de una pequeña comarca.
Aquí se acaba.
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jueves, 28 de febrero de 2019
Longoloka, el padre envidioso
Pues, señor, sucedió que Longoloka se casó. La mujer quedó encinta. Longoloka se lavaba todos los días y se contemplaba en un espejo. A los súbditos que estaban sentados en la plaza les preguntaba:
—¿Quién es más hermoso: yo, o el niño que está todavía en el seno de la madre?
Los súbditos respondían:
—Tú, nuestro jefe, eres feo. No puedes compararte con el niño que está en el seno de su madre. El niño es muy hermoso, porque tiene una estrella en la frente.
Longoloka respondía:
—Está bien. —Y se callaba.
La mujer pare un varón. Longoloka se lava de nuevo mira al espejo y pregunta a los súbditos:
—¿Quién es más hermoso: el niño o yo?
Responden:
—El niño, porque tiene una estrella en la frente.
Longoloka se calla, y espera a que el niño sea mayor.
Un día dice a su mujer:
—Prepárame cerveza, voy a ir de caza.
Su mujer prepara la cerveza. Longoloka invita a toda su gente para que lo acompañen en la cacería. Al ponerse en camino, Longoloka llama a su hijo y le da una calabaza de cerveza para que la lleve. Su madre le pone buenas ropas y le da tabaco en polvo, porque el joven gustaba de sorber polvo de tabaco.
Llegados a la manigua, Longoloka dice a sus servidores:
—Mi propósito no era cazar animales fieros; mi propósito es cazar a este hijo mío que aquí ven, porque es más hermoso que yo, que soy su padre.
Entonces, sus gentes se apoderan del hijo y lo matan.
Regresan todos a casa. Cuando llegan, la madre del joven pregunta a su marido:
—¿Qué es de mi hijo?
Longoloka responde:
—Se ha quedado en casa de sus tíos maternos.
La madre lo espera hasta la puesta del sol; el hijo no regresa.
Al día siguiente va a buscarlo a casa de sus tíos maternos, que contestan:
—No está aquí.
Entonces, ella vuelve a su casa.
El hermano de Longoloka dice a su cuñada:
—A tu hijo te lo han matado. Pero no vayas a decir a mi hermano esto que te cuento, porque podría matarme.
La mujer, en efecto, se calla, y guardó el caso para sí, en su corazón.
Otra vez la mujer queda encinta. Longoloka vuelve a lavarse y a mirarse al espejo, y pregunta a la gente:
—¿Quién es más hermoso: yo, o el niño que está todavía en el seno de su madre?
Le responden:
—El niño.
Longoloka se calla. Todos los días se lavaba y se miraba al espejo, y preguntaba a sus servidores:
—¿Quién es más hermoso: yo, o el niño que está todavía en el seno de su madre?
Los súbditos le decían:
—El niño.
La mujer pare otro varón. Longoloka interroga de nuevo a sus servidores, diciéndoles:
—¿Quién es más hermoso: mi hijo o yo?
Le responden:
—El hijo.
Longoloka se calla, y guarda a que el niño sea mayor.
Cierto día, dice a su mujer:
—Prepárame cerveza, voy a ir de caza.
En efecto, su esposa se la prepara, pero al mismo tiempo dice a su hijo:
—Hijo mío, te matarán en la cacería. Tu propio padre te matará.
El hijo pregunta a su madre:
—Mamá, ¿has tenido ya otro hijo, que te hayan matado?
Su madre responde:
—Sí. Tuve otro hijo, y tu padre lo mató.
El hijo añade:
—Poco importa. Lo principal es que sea nuestro padre quien nos mate, y no otro.
Longoloka reúne a su gente para la cacería. Se pone en camino. Longoloka da a su hijo una calabaza de cerveza para que la lleve. En el camino, el joven se detiene con el hermano de su padre; todos los demás se les adelantan. Entonces, el hermano de su padre le dice:
—Vete, huye, porque tu padre te va a matar; vete lejos, y no vuelvas sobre tus pasos.
El joven emprende la fuga; al marcharse, le deja la calabaza de cerveza a su tío. Este queda solo, y lleva la calabaza hasta reunirse con los cazadores.
Al llegar, Longoloka le pregunta:
—¿Dónde se ha quedado mi hijo?
—No lo sé —responde—. Estará rezagado.
Longoloka prosigue:
—¿Qué calabaza es ésa? ¿Dónde estaba mi hijo cuando tú la cogiste?
Responde:
—¡Oh!, sencillamente, la llevaba yo por él; estará por llegar.
No sé dónde puede estar.
Envían gente a buscarlo por el camino. Regresan sin encontrarlo y dicen:
—Señor, no lo hemos visto.
Vuelven todos a casa. Al regreso, el hermano de Longoloka dice a la madre del niño:
—No te preocupes por tu hijo; está vivo. Le dije que huyera.
La madre responde:
—Está bien.
En tanto, el joven fugitivo se detuvo en un lugar y se sentó, para sacarse las espinas que se le habían clavado en la carne. El sol iba a ponerse. Quitadas las espinas, el joven vuelve a caminar, y ve una choza en la que no había nadie. Se acerca a ella, y se sienta enfrente. De pronto, el personaje que estaba en la choza lo llama por su nombre. El muchacho responde:
—Sí, padre mío.
El joven se levanta y entra en la choza. Se sienta, pero no ve a nadie. Después, aquel ser oculto comienza a hacerle preguntas:
—¿Llegas aquí huyendo del sitio de donde vienes?
—Sí, padre mío; he llegado huyendo.
—¿Es cierto que tu padre quería matarte?
—Sí, padre mío, quería matarme.
—Entonces, ¿tú tío te ha salvado?
—Sí, padre mío; él me ha salvado.
Entonces, el personaje agrega:
—Hijo mío, tu corazón es bueno, porque has tenido ánimo para llegar a esta casa y penetrar en ella, siendo así que nadie quiere entrar.
—¡Oh, padre mío! Mi corazón no es mejor que el de otro cualquiera.
El personaje prosigue:
—Digo que es bueno, porque has tenido ánimo para entrar en esta casa y sentarte, y para hablar conmigo, aunque no me ves.
—Le dice luego—: Sal. —El joven sale. Le trae comida y le dice de nuevo—: Hijo mío.
—¿Padre? —responde el muchacho.
—Toma tu comida.
Y el joven come en la choza.
Cuando acaba de comer, la voz le dice:
—Sal.
Y sale. Cuando ha salido, el ser prepara las ropas y lo llama.
El joven responde:
—Sí, padre mío.
Entra en la choza y se echa a dormir, porque ya se ha puesto el sol.
De mañana, el muchacho se apresura a salir. Cuando el sol calienta, el personaje lo llama y quiere darle un encargo:
—Ve al campo, y busca a los pastores y las cabras; cuando los encuentres, toma una cabra y me la traes.
Se va en busca de la cabra y se la trae, después, llegado a la aldea, la suelta en la plaza. Al verlo de regreso, el personaje lo llama para comer. Responde:
—Sí, padre mío. —Y va a comer. Cuando ha comido, dice—: Padre mío, he comido.
—Está bien, hijo mío —dice el otro—. Sal.
Y cuando el joven sale, el otro coloca los utensilios en su sitio. Lo llama de nuevo:
—Sí, padre mío —responde el joven, que penetra en la choza, y se sienta.
El ser le pregunta entonces por qué su padre quiere matarlo.
—Quiere matarme porque dice que soy más hermoso que él.
A la mañana siguiente le da esta orden:
—Ve a la aldea a buscar un buey que me pertenece. A la gente que encuentres en la aldea le dirás cuando llegues: «Me manda a buscar un buey».
El joven va a la aldea, llega, y habla así. Toman un buey, se lo dan, regresa con él, y lo ata en la plaza. De tarde, el invisible lo llama para comer. Responde:
—Sí, padre mío. —Entra, y come. Después, acabada la comida, dice—: Padre mío, he comido.
—Está bien, hijo mío; sal —responde el otro, que toma los utensilios, los coloca en su sitio, prepara la cama y lo llama. El joven se echa a dormir.
A la mañana siguiente, el joven sale. El personaje lo llama.
Responde:
—Sí, padre mío.
Entonces, le da esta orden:
—Ve a la aldea donde estuviste ayer, y toma dos doncellas.
Al llegar, di a las gentes de la aldea que reúnan cuantas doncellas haya, y eliges a tu gusto.
Llegado a la aldea, cumple el encargo que lleva. Hicieron como estaba ordenado; le traen muchas jovencitas. Eligió dos y regresó con ellas. Llega a la choza y se sientan los tres fuera. El otro lo llama, diciendo:
—Hijo mío.
Respondió:
—Sí, padre mío.
—¿Estás de vuelta?
—Sí.
Entonces, una de las jóvenes siente miedo, y dice:
—No estoy acostumbrada a vivir en casa de un ser invisible.
La otra, más animosa, decide quedarse. El personaje llama a las jóvenes para comer. Cuando acaban, el joven dice:
—Padre mío, hemos comido.
—Bien, salgan.
Entonces la joven medrosa discute con su hermana, y dice:
—Yo no quiero quedarme.
El personaje invisible la oye, y dice al muchacho:
—Acompáñala a su casa, y toma otra en su lugar.
La acompaña, elige otra y vuelve con ella. El dueño de la choza le da ropas, y le dice:
—Dáselas a tus esposas.
Permanece allí, y el otro no le envía ya a ninguna parte.
En fin, propone al joven que elija. Le dice:
—Escoge lo que prefieras; si quieres, te daré un ejército para ir a matar a tu padre y a todos los habitantes del país, menos a tu tío y a tu madre.
Responde:
—Quiero ir a matar a toda la gente de mi país, incluso a mi padre; pero no a mi madre, ni a mi tío, que me ha salvado.
El personaje invisible le procura un ejército; sale con él, para matar a todas las gentes, incluido su padre. Sólo deja con vida a su madre y a su tío, que le ha salvado. Regresa con ellos. Cuando volvió, el ser invisible le dio una aldea en la que vivió con su tío y su madre. El joven ha continuado en la aldea de aquel ser.
Aquí se acaba.
—¿Quién es más hermoso: yo, o el niño que está todavía en el seno de la madre?
Los súbditos respondían:
—Tú, nuestro jefe, eres feo. No puedes compararte con el niño que está en el seno de su madre. El niño es muy hermoso, porque tiene una estrella en la frente.
Longoloka respondía:
—Está bien. —Y se callaba.
La mujer pare un varón. Longoloka se lava de nuevo mira al espejo y pregunta a los súbditos:
—¿Quién es más hermoso: el niño o yo?
Responden:
—El niño, porque tiene una estrella en la frente.
Longoloka se calla, y espera a que el niño sea mayor.
Un día dice a su mujer:
—Prepárame cerveza, voy a ir de caza.
Su mujer prepara la cerveza. Longoloka invita a toda su gente para que lo acompañen en la cacería. Al ponerse en camino, Longoloka llama a su hijo y le da una calabaza de cerveza para que la lleve. Su madre le pone buenas ropas y le da tabaco en polvo, porque el joven gustaba de sorber polvo de tabaco.
Llegados a la manigua, Longoloka dice a sus servidores:
—Mi propósito no era cazar animales fieros; mi propósito es cazar a este hijo mío que aquí ven, porque es más hermoso que yo, que soy su padre.
Entonces, sus gentes se apoderan del hijo y lo matan.
Regresan todos a casa. Cuando llegan, la madre del joven pregunta a su marido:
—¿Qué es de mi hijo?
Longoloka responde:
—Se ha quedado en casa de sus tíos maternos.
La madre lo espera hasta la puesta del sol; el hijo no regresa.
Al día siguiente va a buscarlo a casa de sus tíos maternos, que contestan:
—No está aquí.
Entonces, ella vuelve a su casa.
El hermano de Longoloka dice a su cuñada:
—A tu hijo te lo han matado. Pero no vayas a decir a mi hermano esto que te cuento, porque podría matarme.
La mujer, en efecto, se calla, y guardó el caso para sí, en su corazón.
Otra vez la mujer queda encinta. Longoloka vuelve a lavarse y a mirarse al espejo, y pregunta a la gente:
—¿Quién es más hermoso: yo, o el niño que está todavía en el seno de su madre?
Le responden:
—El niño.
Longoloka se calla. Todos los días se lavaba y se miraba al espejo, y preguntaba a sus servidores:
—¿Quién es más hermoso: yo, o el niño que está todavía en el seno de su madre?
Los súbditos le decían:
—El niño.
La mujer pare otro varón. Longoloka interroga de nuevo a sus servidores, diciéndoles:
—¿Quién es más hermoso: mi hijo o yo?
Le responden:
—El hijo.
Longoloka se calla, y guarda a que el niño sea mayor.
Cierto día, dice a su mujer:
—Prepárame cerveza, voy a ir de caza.
En efecto, su esposa se la prepara, pero al mismo tiempo dice a su hijo:
—Hijo mío, te matarán en la cacería. Tu propio padre te matará.
El hijo pregunta a su madre:
—Mamá, ¿has tenido ya otro hijo, que te hayan matado?
Su madre responde:
—Sí. Tuve otro hijo, y tu padre lo mató.
El hijo añade:
—Poco importa. Lo principal es que sea nuestro padre quien nos mate, y no otro.
Longoloka reúne a su gente para la cacería. Se pone en camino. Longoloka da a su hijo una calabaza de cerveza para que la lleve. En el camino, el joven se detiene con el hermano de su padre; todos los demás se les adelantan. Entonces, el hermano de su padre le dice:
—Vete, huye, porque tu padre te va a matar; vete lejos, y no vuelvas sobre tus pasos.
El joven emprende la fuga; al marcharse, le deja la calabaza de cerveza a su tío. Este queda solo, y lleva la calabaza hasta reunirse con los cazadores.
Al llegar, Longoloka le pregunta:
—¿Dónde se ha quedado mi hijo?
—No lo sé —responde—. Estará rezagado.
Longoloka prosigue:
—¿Qué calabaza es ésa? ¿Dónde estaba mi hijo cuando tú la cogiste?
Responde:
—¡Oh!, sencillamente, la llevaba yo por él; estará por llegar.
No sé dónde puede estar.
Envían gente a buscarlo por el camino. Regresan sin encontrarlo y dicen:
—Señor, no lo hemos visto.
Vuelven todos a casa. Al regreso, el hermano de Longoloka dice a la madre del niño:
—No te preocupes por tu hijo; está vivo. Le dije que huyera.
La madre responde:
—Está bien.
En tanto, el joven fugitivo se detuvo en un lugar y se sentó, para sacarse las espinas que se le habían clavado en la carne. El sol iba a ponerse. Quitadas las espinas, el joven vuelve a caminar, y ve una choza en la que no había nadie. Se acerca a ella, y se sienta enfrente. De pronto, el personaje que estaba en la choza lo llama por su nombre. El muchacho responde:
—Sí, padre mío.
El joven se levanta y entra en la choza. Se sienta, pero no ve a nadie. Después, aquel ser oculto comienza a hacerle preguntas:
—¿Llegas aquí huyendo del sitio de donde vienes?
—Sí, padre mío; he llegado huyendo.
—¿Es cierto que tu padre quería matarte?
—Sí, padre mío, quería matarme.
—Entonces, ¿tú tío te ha salvado?
—Sí, padre mío; él me ha salvado.
Entonces, el personaje agrega:
—Hijo mío, tu corazón es bueno, porque has tenido ánimo para llegar a esta casa y penetrar en ella, siendo así que nadie quiere entrar.
—¡Oh, padre mío! Mi corazón no es mejor que el de otro cualquiera.
El personaje prosigue:
—Digo que es bueno, porque has tenido ánimo para entrar en esta casa y sentarte, y para hablar conmigo, aunque no me ves.
—Le dice luego—: Sal. —El joven sale. Le trae comida y le dice de nuevo—: Hijo mío.
—¿Padre? —responde el muchacho.
—Toma tu comida.
Y el joven come en la choza.
Cuando acaba de comer, la voz le dice:
—Sal.
Y sale. Cuando ha salido, el ser prepara las ropas y lo llama.
El joven responde:
—Sí, padre mío.
Entra en la choza y se echa a dormir, porque ya se ha puesto el sol.
De mañana, el muchacho se apresura a salir. Cuando el sol calienta, el personaje lo llama y quiere darle un encargo:
—Ve al campo, y busca a los pastores y las cabras; cuando los encuentres, toma una cabra y me la traes.
Se va en busca de la cabra y se la trae, después, llegado a la aldea, la suelta en la plaza. Al verlo de regreso, el personaje lo llama para comer. Responde:
—Sí, padre mío. —Y va a comer. Cuando ha comido, dice—: Padre mío, he comido.
—Está bien, hijo mío —dice el otro—. Sal.
Y cuando el joven sale, el otro coloca los utensilios en su sitio. Lo llama de nuevo:
—Sí, padre mío —responde el joven, que penetra en la choza, y se sienta.
El ser le pregunta entonces por qué su padre quiere matarlo.
—Quiere matarme porque dice que soy más hermoso que él.
A la mañana siguiente le da esta orden:
—Ve a la aldea a buscar un buey que me pertenece. A la gente que encuentres en la aldea le dirás cuando llegues: «Me manda a buscar un buey».
El joven va a la aldea, llega, y habla así. Toman un buey, se lo dan, regresa con él, y lo ata en la plaza. De tarde, el invisible lo llama para comer. Responde:
—Sí, padre mío. —Entra, y come. Después, acabada la comida, dice—: Padre mío, he comido.
—Está bien, hijo mío; sal —responde el otro, que toma los utensilios, los coloca en su sitio, prepara la cama y lo llama. El joven se echa a dormir.
A la mañana siguiente, el joven sale. El personaje lo llama.
Responde:
—Sí, padre mío.
Entonces, le da esta orden:
—Ve a la aldea donde estuviste ayer, y toma dos doncellas.
Al llegar, di a las gentes de la aldea que reúnan cuantas doncellas haya, y eliges a tu gusto.
Llegado a la aldea, cumple el encargo que lleva. Hicieron como estaba ordenado; le traen muchas jovencitas. Eligió dos y regresó con ellas. Llega a la choza y se sientan los tres fuera. El otro lo llama, diciendo:
—Hijo mío.
Respondió:
—Sí, padre mío.
—¿Estás de vuelta?
—Sí.
Entonces, una de las jóvenes siente miedo, y dice:
—No estoy acostumbrada a vivir en casa de un ser invisible.
La otra, más animosa, decide quedarse. El personaje llama a las jóvenes para comer. Cuando acaban, el joven dice:
—Padre mío, hemos comido.
—Bien, salgan.
Entonces la joven medrosa discute con su hermana, y dice:
—Yo no quiero quedarme.
El personaje invisible la oye, y dice al muchacho:
—Acompáñala a su casa, y toma otra en su lugar.
La acompaña, elige otra y vuelve con ella. El dueño de la choza le da ropas, y le dice:
—Dáselas a tus esposas.
Permanece allí, y el otro no le envía ya a ninguna parte.
En fin, propone al joven que elija. Le dice:
—Escoge lo que prefieras; si quieres, te daré un ejército para ir a matar a tu padre y a todos los habitantes del país, menos a tu tío y a tu madre.
Responde:
—Quiero ir a matar a toda la gente de mi país, incluso a mi padre; pero no a mi madre, ni a mi tío, que me ha salvado.
El personaje invisible le procura un ejército; sale con él, para matar a todas las gentes, incluido su padre. Sólo deja con vida a su madre y a su tío, que le ha salvado. Regresa con ellos. Cuando volvió, el ser invisible le dio una aldea en la que vivió con su tío y su madre. El joven ha continuado en la aldea de aquel ser.
Aquí se acaba.
Nuahungukuri
Un hombre llamado Nuahungukuri toma mujer; pero no ha construido una choza junto a las de la otra gente. Se la lleva a su casa, aparte. Pues bien: este hombre era caníbal.
Un día mata a su mujer. Se come una parte de la carne, y deja guardada una pierna; después se pone en camino, y dice:
«Voy a ir a casa de los padres de mi mujer».
Cuando esta aún en camino, un pájaro comienza a cantar:
¡Toto-hi! ¡Toto-hi! ¡Ay, madre mía!
Nuahunguruki ha embrujado el cielo…
Ya lo has visto, cielo. Pájaro, ya lo has visto
Ha matado a su mujer, y despedazado su carne,
¡oh cielo!
Dice que es carne de alce.
Ya lo has visto, cielo. Pájaro, ya los has visto.
Al oírlo, Nuahungukuri persigue al pájaro; después lo atrapa y lo mata. Pero el pájaro resucita. El hombre prosigue su camino; el pájaro va con él, y canta, canta sin cesar, hasta el momento en que llega al pueblo de la mujer.
Cuando el hombre llega, las gentes se dicen: «Vengan; hoy nos regalaremos con carne». Le hacen entrar en la choza, y toman sitio en ella. El pájaro se encarama sobre la corona de paja, en lo alto de la choza, y vuelve a cantar:
¡Toto-hi! ¡Toto-hi! ¡Ay, madre mía!
Nuahunguruki ha embrujado el cielo…
Ha matado a su mujer, y despedazado su carne,
¡Oh cielo!
Dice que es carne de alce.
Ya lo has visto, cielo. Pájaro, ya los has visto.
Los parientes se dicen:
—¡Escuchen, escuchen lo que se oye ahí afuera!
Nuahungukuri no se azora; sale, da caza al pájaro, y lo mata otra vez. Pero el pájaro vuelve a resucitar, y canta de nuevo.
Los suegros, entonces, se ponen a pensar, y se dicen:
—Nuestra hija ya no existe. Nuahungukuri la ha matado.
Lo encierran en la choza, pero se escapa. Y huye veloz, dejándolos muy atrás. Lo persiguen, pero no dan con él.
Aquí se acaba.
Un día mata a su mujer. Se come una parte de la carne, y deja guardada una pierna; después se pone en camino, y dice:
«Voy a ir a casa de los padres de mi mujer».
Cuando esta aún en camino, un pájaro comienza a cantar:
¡Toto-hi! ¡Toto-hi! ¡Ay, madre mía!
Nuahunguruki ha embrujado el cielo…
Ya lo has visto, cielo. Pájaro, ya lo has visto
Ha matado a su mujer, y despedazado su carne,
¡oh cielo!
Dice que es carne de alce.
Ya lo has visto, cielo. Pájaro, ya los has visto.
Al oírlo, Nuahungukuri persigue al pájaro; después lo atrapa y lo mata. Pero el pájaro resucita. El hombre prosigue su camino; el pájaro va con él, y canta, canta sin cesar, hasta el momento en que llega al pueblo de la mujer.
Cuando el hombre llega, las gentes se dicen: «Vengan; hoy nos regalaremos con carne». Le hacen entrar en la choza, y toman sitio en ella. El pájaro se encarama sobre la corona de paja, en lo alto de la choza, y vuelve a cantar:
¡Toto-hi! ¡Toto-hi! ¡Ay, madre mía!
Nuahunguruki ha embrujado el cielo…
Ha matado a su mujer, y despedazado su carne,
¡Oh cielo!
Dice que es carne de alce.
Ya lo has visto, cielo. Pájaro, ya los has visto.
Los parientes se dicen:
—¡Escuchen, escuchen lo que se oye ahí afuera!
Nuahungukuri no se azora; sale, da caza al pájaro, y lo mata otra vez. Pero el pájaro vuelve a resucitar, y canta de nuevo.
Los suegros, entonces, se ponen a pensar, y se dicen:
—Nuestra hija ya no existe. Nuahungukuri la ha matado.
Lo encierran en la choza, pero se escapa. Y huye veloz, dejándolos muy atrás. Lo persiguen, pero no dan con él.
Aquí se acaba.
El Retozón de la llanura
I
Un hombre y una mujer tuvieron primero un hijo, después una hija. Cuando la hija fue comprada en casamiento, mediante una dote, los padres dijeron al hijo:
—Ahora tenemos un rebaño a tu disposición; es el momento de que tomes mujer. Vamos a buscarte una esposa bonita, hija de gentes honradas.
Pero él se negó en redondo:
—No —dijo—, no se tomen ese trabajo. No me gustan las muchachas de por aquí. Si he de casarme, iré yo mismo a buscar la que quiero.
—Haz como gustes —le dijeron los padres—; pero, si el día de mañana te ocurre una desgracia, no nos eches la culpa.
Partió, dejó su país, fue lejos, muy lejos a tierra desconocida.
Llegando a una aldea, vio a unas jóvenes que machacaban maíz y otras que lo cocían. Eligió una, para sus adentros, y se dijo: «Aquella me conviene». Después se dirigió a los hombres de la aldea:
—Buenos días, padres míos.
—Buenos días, joven. ¿Qué deseas?
—He venido a ver vuestras jóvenes, porque quiero tomar mujer.
—Bien, bien; te las enseñaremos y elegirás.
Conducidas todas a su presencia, designó la que quería.
Consintieron todos; ella también.
—Tus padres vendrán a vernos, ¿no es eso?, y traerán la dote —dijeron los padres de la muchacha.
—De ningún modo —respondió—. Yo mismo traigo la dote. Aquí la tienen, tómenla.
—Entonces —añadieron—, vendrán más tarde a buscar a tu esposa y llevársela a su casa.
—No, no; temo que exhorten con dureza a mi esposa y los agravien. Permítanme que me la lleve enseguida.
Los padres de la recién casada consintieron; pero, llevándola aparte en una cabaña, le hicieron las advertencias usuales: sé buena con tus suegros, cuida a tu marido. Le ofrecieron una chicuela para que la ayudase en los quehaceres domésticos.
Pero rehusó. Le ofrecieron dos, diez, veinte, para que escogiese; pasaron revista a todas las jóvenes, para proponerle una.
—¡No! —dijo—, han de darme el búfalo del país, nuestro búfalo, el Retozón de la llanura. Él me servirá.
—¡Cómo! Tú sabes que nuestra vida depende de la suya.
Aquí está bien alimentado, bien cuidado. ¿Qué va a ser de él en otro país? Pasará hambre, se morirá y moriremos con él.
—¡Que no! —respondió ella—. Lo cuidaré bien.
Antes de separarse de sus padres, tomó consigo una marmita pequeña con un paquete de raíces medicinales y, además, un cuerno para poner ventosas, un cuchillito para incisiones y una calabaza llena de grasa.
Se fue con su marido. El búfalo la seguía, pero sólo era visible para ella. El hombre no lo veía. No tenía la menor idea de que el búfalo acompañaba a su mujer como sirviente.
II
De regreso en la aldea del marido, toda la familia los acogió con exclamaciones de gozo.
—¡Hoyo, Hoyo-hoyo! ¡Anda —le dijeron los viejos—, has encontrado mujer! No quisiste a las que te propusimos nosotros; pero no le hace. Bien está. Has hecho tu gusto. Si te va mal no te quejes.
El marido acompañó a su mujer a los campos y le enseñó cuáles eran suyos y cuáles de su madre. Tomó nota de todo y volvió con él a la aldea. Pero en el camino dijo:
—Se me han caído las perlas en el campo, voy a buscarlas.
Era para ir a ver al búfalo.
Y le dijo:
—Ya ves la linde de los campos. No salgas de ella. También puedes esconderte en aquel bosque que hay allí.
—Respondió:
—Así lo haré.
Cuando la mujer quería traer agua, no hacía más que atravesar los campos cultivados y dejar el cántaro allí donde estaba el búfalo, el cual corría a sacar agua del lago y traía a su ama la vasija llena. Cuando la mujer necesitaba leña, el búfalo se metía en lo espeso, tronchaba árboles con los cuernos y traía todo lo necesario. La gente de la aldea se maravillaba:
—¡Qué fuerza tiene! —decían—. Enseguida vuelve del pozo. En un abrir y cerrar de ojos recoge un haz de leña.
Nadie sospechaba que la secundaba un búfalo, haciendo las veces de criado.
Pero el caso era que la mujer no le llevaba comida, porque no tenía nada más que un plato para ella y su marido. En tanto que allá, en su país, había un plato destinado al búfalo, y lo alimentaban con cuidado. Tuvo hambre. La mujer llegó con el cántaro y le envío por agua. El búfalo fue por ella, pero sentía el angustioso dolor del hambre.
La mujer le indicó un trozo de monte para desbrozar. En la noche, el búfalo tomó la azada y labró un campo enorme.
—¡Qué maña se da! —decía todo el mundo—. ¡Qué de prisa labra!
Pero, a la tarde, el búfalo dijo a su ama:
—Tengo hambre. ¿No me traes nada de comer? No podré trabajar.
—¡Ay! —respondió ella—. ¿Qué voy a hacer? En casa no hay más que un plato. Tenían razón nuestras gentes cuando dijeron que tendrías que robar. Pues bien, roba. Ven a mi campo, arrancas aquí una mata, allá otra. Luego te vas más lejos. No hagas mucho daño en un mismo sitio. Quizá los propietarios no se den mucha cuenta y no se les romperá de espanto el espinazo.
El búfalo llegó por la noche, arrambló aquí una judía, allá otra; saltó de un sitio a otro; después se escondió. De mañana, cuando las mujeres salieron al campo, no querían creer lo que veían sus ojos:
—¡Eh, eh, eeeh! ¿Qué es esto? Nunca se ha visto cosa igual.
Un animal fiero destroza las plantaciones; se pueden seguir sus huellas. ¡Oh! ¡Desdichado país!
Y se fueron a contar el caso en la aldea.
De tarde, la mujer fue a decir al búfalo:
—Se han asombrado, pero no tanto que les haya roto el espinazo. Esta noche vete a robar más lejos.
Así lo hizo. Los propietarios de los campos destrozados ponían el grito en el cielo. Rogaron a los hombres que se pusieran de guardia con sus fusiles.
El marido de la joven era buen tirador. Se dirigió a su campo y esperó. El búfalo, pensando que estarían al acecho en los campos que había robado la víspera volvió a comerse las judías de su ama en el mismo sitio que el primer día.
—¡Anda! —dijo el hombre—; es un búfalo. Nunca los habíamos visto por aquí. Es cosa rara.
Disparó. La bala entró cerca del conducto del oído, en la sien, y salió por el otro lado, en el sitio correspondiente. El Retozón de la llanura dio un brinco y cayó muerto.
—Buen tiro —exclamó el cazador—, y fue a contarlo a la aldea.
Al punto la mujer comenzó a gemir, a retorcerse:
—¡Ay! ¡Ay! ¡Me duele el vientre!
—¡Cálmate! —le decían.
Ella se fingía enferma, pero lo que buscaba era un pretexto para sus lágrimas y su espanto al oír que habían matado al Búfalo. Le dieron una medicina, pero la tiró sin que la viesen.
III
Todos se levantaron: las mujeres con sus canastas, los hombres con sus armas, para ir a descuartizar el búfalo. La mujer se quedó sola en la aldea, pero no tardó en ir a reunirse con todos, apretándose la cintura, gimiendo y gritando.
—¿A qué vienes aquí? —le dijo el marido—. Si estás enferma, quédate en casa.
—No, no quiero quedarme sola en la aldea.
Su suegra la reprendió, le dijo que no sabía lo que se hacía y que iba a matarse conduciéndose de aquel modo.
Cuando llenaron de carne las canastas, la mujer dijo:
—Dejen que lleve yo la cabeza.
—No, no. Estás enferma. Es mucho peso para ti.
—No, déjenme —replicó.
Cargó con la cabeza y partió.
Cuando llegó a la aldea, en lugar de ir a su casita, se metió en el cuchitril de las marmitas, allí depositó la cabeza, y allí se quedó, tercamente. Su marido fue a buscarla para que volviera a la cabaña donde se encontraría mejor.
—No me molestes —respondió ella duramente.
Su suegra fue también y le habló con dulzura.
—¿Por qué me fastidias? —respondió con acritud—. ¿No quieren dejarme dormir un poco?
Le llevaron alimentos y los apartó de sí. Llegó la noche. Su marido se acostó, pero no dormía: escuchaba.
La mujer fue a buscar lumbre, puso agua a hervir en una marmita pequeña y echó en ella el paquete de medicina que había traído de su país. Después tomó la cabeza del búfalo y le abrió con el cuchillo unas incisiones delante del oído en la sien, donde la bala había herido al animal. Aplicó en el sitio el cuerno de hacer ventosas y aspiró, aspiró con toda su fuerza. Consiguió extraer cuajarones de sangre; después, sangre líquida. Enseguida expuso el sitio mismo al vapor de agua que salía de la marmita, luego de untarlo con la grasa guardada en la calabaza. Hecho esto, la herida se alivió. Entonces la mujer canturreó lo que sigue:
¡Oh! ¡Padre mío! Retozón de la llanura.
Bien me lo dijeron, bien me lo dijeron.
Me dijeron: Tú, que vas por la oscuridad profunda
y deambulas durante la noche.
Tú eres la planta tierna de ricino que crece en las ruinas,
que muere antes de tiempo, devorada por el gusano roedor.
Tú derribas en tu carrera flores y frutos.
Una vez concluido el sortilegio, la cabeza se movió. Los miembros reaparecieron. El búfalo comenzó a sentirse revivir, movió la orejas, los cuernos, se irguió, estiró los miembros.
Pero en esto el marido, que no dormía, sale de su cabaña diciendo:
—¿Qué le sucede a mi esposa, que no se cansa de llorar? He de ver por qué da esos gemidos.
Entra en el cuchitril de las marmitas y la llama. La mujer responde con acento de cólera:
—Déjame.
Y la cabeza del búfalo se cae al suelo, muerto, perforada como lo estuvo antes.
El marido regresó a su cabaña sin comprender nada de aquello ni haber visto nada. Entonces la mujer tomó de nuevo la marmita, coció la medicina, abrió las incisiones, aplicó las ventosas, expuso la herida al vapor de agua y cantó como antes.
El búfalo se enderezó de nuevo. Sus miembros renacieron.
Comenzó a sentirse revivir, movió la orejas, sacudió los cuernos, se estiró. Pero el marido, inquieto, vuelve a ver lo que hacía su mujer. La mujer se enfadó con él. Entonces el marido se dirigió al cuchitril de las marmitas, para ver lo que ocurría. La mujer recogió la lumbre, la marmita y los demás utensilios y salió fuera.
Después arrancó yerba para hacer una hoguera, y por la tercera vez se puso a resucitar el búfalo.
Llegaba la aurora, y en esto apareció la suegra. La cabeza cayó de nuevo a tierra. Salió el sol, la herida se corrompió.
La mujer dijo:
—Déjeme ir sola al lago, para lavarme.
Le respondieron:
—¿Cómo podrás llegar si estás enferma?
Con todo, la mujer fue allí y volvió diciendo:
—En el camino he encontrado a un hombre de mi país. Me ha dicho que mi madre está muy mala, muy mala. Le he dicho que viniera a la aldea, pero se ha negado, porque, como le ofrecerían de comer, seguramente se retrasaría. Al instante se ha marchado, diciéndome que vaya a toda prisa, no sea que mi madre se muera antes de mi llegada. Y ahora, adiós, que me voy.
Todo ello era mentira. Había tenido la ocurrencia de ir al lago para armar esa historia y tener pretexto para ir a comunicar a los suyos la muerte de su búfalo.
IV
Con la canasta en la cabeza la mujer se fue, cantando por esos caminos el estribillo del Retozón de la llanura. Las gentes se agolpaban a su paso y la acompañaban hasta la aldea. Allí les hizo saber que el búfalo ya no existía.
Enviaron emisarios en todas direcciones para reunir a todos los habitantes del país. Hicieron muchos reproches a la mujer, diciéndole:
—Ya lo ves, bien te lo dijimos. Rechazabas todas las jovencitas que te ofrecíamos y te empeñaste en llevarte el búfalo. Nos has matado a todos.
En esto estaban cuando entró en la aldea el marido en pos de su mujer. Apoyó la frente en el tronco de un árbol y se sentó.
Entonces todos lo saludaron diciendo:
—Salud, criminal, salud. A todos nos has matado.
El marido no entendía y se preguntaba por qué le llamarían criminal.
—Todo lo que he hecho ha sido matar un búfalo.
—Sí, pero ese búfalo era el que ayudaba a tu mujer: iba por agua, cortaba leña, labraba la tierra.
El marido maravillado les dijo:
—¿Y por qué no se me dijo antes? No lo habría matado.
—Nuestra vida —añadieron— dependía de la suya.
Entonces empezaron a degollarse todos, la primera mujer gritando:
—¡Oh, padre mío, Retozón de la llanura!
Después sus padres, sus hermanos, sus hermanas, hicieron lo mismo, uno tras otro; uno dijo:
Tú que vas por la oscuridad profunda
Otro repuso:
¡Tú, que deambulas durante la noche!
Y otro:
Tú derribas en tu carrera flores y frutas.
Todos se cortaron el cuello y sacrificaron incluso a los niños que llevaban colgados a la espalda, en cuévanos de piel.
—¿Por qué? —decían—. ¿Para qué dejarlos vivir, si de todos modos habrían de enloquecer?
El marido volvió a su casa y contó cómo había venido a dar muerte a todos disparando al búfalo.
Sus padres le dijeron:
—Ya ves, ¿no te habíamos dicho que te ocurriría una desgracia? Cuando te ofrecíamos una joven formal y proporcionada para ti, preferiste hacer tu capricho. Ahora has perdido toda tu hacienda. ¿Quién va a devolvértela, si han muerto los padres de tu mujer a quien diste tu dinero?
Aquí se acaba.
Un hombre y una mujer tuvieron primero un hijo, después una hija. Cuando la hija fue comprada en casamiento, mediante una dote, los padres dijeron al hijo:
—Ahora tenemos un rebaño a tu disposición; es el momento de que tomes mujer. Vamos a buscarte una esposa bonita, hija de gentes honradas.
Pero él se negó en redondo:
—No —dijo—, no se tomen ese trabajo. No me gustan las muchachas de por aquí. Si he de casarme, iré yo mismo a buscar la que quiero.
—Haz como gustes —le dijeron los padres—; pero, si el día de mañana te ocurre una desgracia, no nos eches la culpa.
Partió, dejó su país, fue lejos, muy lejos a tierra desconocida.
Llegando a una aldea, vio a unas jóvenes que machacaban maíz y otras que lo cocían. Eligió una, para sus adentros, y se dijo: «Aquella me conviene». Después se dirigió a los hombres de la aldea:
—Buenos días, padres míos.
—Buenos días, joven. ¿Qué deseas?
—He venido a ver vuestras jóvenes, porque quiero tomar mujer.
—Bien, bien; te las enseñaremos y elegirás.
Conducidas todas a su presencia, designó la que quería.
Consintieron todos; ella también.
—Tus padres vendrán a vernos, ¿no es eso?, y traerán la dote —dijeron los padres de la muchacha.
—De ningún modo —respondió—. Yo mismo traigo la dote. Aquí la tienen, tómenla.
—Entonces —añadieron—, vendrán más tarde a buscar a tu esposa y llevársela a su casa.
—No, no; temo que exhorten con dureza a mi esposa y los agravien. Permítanme que me la lleve enseguida.
Los padres de la recién casada consintieron; pero, llevándola aparte en una cabaña, le hicieron las advertencias usuales: sé buena con tus suegros, cuida a tu marido. Le ofrecieron una chicuela para que la ayudase en los quehaceres domésticos.
Pero rehusó. Le ofrecieron dos, diez, veinte, para que escogiese; pasaron revista a todas las jóvenes, para proponerle una.
—¡No! —dijo—, han de darme el búfalo del país, nuestro búfalo, el Retozón de la llanura. Él me servirá.
—¡Cómo! Tú sabes que nuestra vida depende de la suya.
Aquí está bien alimentado, bien cuidado. ¿Qué va a ser de él en otro país? Pasará hambre, se morirá y moriremos con él.
—¡Que no! —respondió ella—. Lo cuidaré bien.
Antes de separarse de sus padres, tomó consigo una marmita pequeña con un paquete de raíces medicinales y, además, un cuerno para poner ventosas, un cuchillito para incisiones y una calabaza llena de grasa.
Se fue con su marido. El búfalo la seguía, pero sólo era visible para ella. El hombre no lo veía. No tenía la menor idea de que el búfalo acompañaba a su mujer como sirviente.
II
De regreso en la aldea del marido, toda la familia los acogió con exclamaciones de gozo.
—¡Hoyo, Hoyo-hoyo! ¡Anda —le dijeron los viejos—, has encontrado mujer! No quisiste a las que te propusimos nosotros; pero no le hace. Bien está. Has hecho tu gusto. Si te va mal no te quejes.
El marido acompañó a su mujer a los campos y le enseñó cuáles eran suyos y cuáles de su madre. Tomó nota de todo y volvió con él a la aldea. Pero en el camino dijo:
—Se me han caído las perlas en el campo, voy a buscarlas.
Era para ir a ver al búfalo.
Y le dijo:
—Ya ves la linde de los campos. No salgas de ella. También puedes esconderte en aquel bosque que hay allí.
—Respondió:
—Así lo haré.
Cuando la mujer quería traer agua, no hacía más que atravesar los campos cultivados y dejar el cántaro allí donde estaba el búfalo, el cual corría a sacar agua del lago y traía a su ama la vasija llena. Cuando la mujer necesitaba leña, el búfalo se metía en lo espeso, tronchaba árboles con los cuernos y traía todo lo necesario. La gente de la aldea se maravillaba:
—¡Qué fuerza tiene! —decían—. Enseguida vuelve del pozo. En un abrir y cerrar de ojos recoge un haz de leña.
Nadie sospechaba que la secundaba un búfalo, haciendo las veces de criado.
Pero el caso era que la mujer no le llevaba comida, porque no tenía nada más que un plato para ella y su marido. En tanto que allá, en su país, había un plato destinado al búfalo, y lo alimentaban con cuidado. Tuvo hambre. La mujer llegó con el cántaro y le envío por agua. El búfalo fue por ella, pero sentía el angustioso dolor del hambre.
La mujer le indicó un trozo de monte para desbrozar. En la noche, el búfalo tomó la azada y labró un campo enorme.
—¡Qué maña se da! —decía todo el mundo—. ¡Qué de prisa labra!
Pero, a la tarde, el búfalo dijo a su ama:
—Tengo hambre. ¿No me traes nada de comer? No podré trabajar.
—¡Ay! —respondió ella—. ¿Qué voy a hacer? En casa no hay más que un plato. Tenían razón nuestras gentes cuando dijeron que tendrías que robar. Pues bien, roba. Ven a mi campo, arrancas aquí una mata, allá otra. Luego te vas más lejos. No hagas mucho daño en un mismo sitio. Quizá los propietarios no se den mucha cuenta y no se les romperá de espanto el espinazo.
El búfalo llegó por la noche, arrambló aquí una judía, allá otra; saltó de un sitio a otro; después se escondió. De mañana, cuando las mujeres salieron al campo, no querían creer lo que veían sus ojos:
—¡Eh, eh, eeeh! ¿Qué es esto? Nunca se ha visto cosa igual.
Un animal fiero destroza las plantaciones; se pueden seguir sus huellas. ¡Oh! ¡Desdichado país!
Y se fueron a contar el caso en la aldea.
De tarde, la mujer fue a decir al búfalo:
—Se han asombrado, pero no tanto que les haya roto el espinazo. Esta noche vete a robar más lejos.
Así lo hizo. Los propietarios de los campos destrozados ponían el grito en el cielo. Rogaron a los hombres que se pusieran de guardia con sus fusiles.
El marido de la joven era buen tirador. Se dirigió a su campo y esperó. El búfalo, pensando que estarían al acecho en los campos que había robado la víspera volvió a comerse las judías de su ama en el mismo sitio que el primer día.
—¡Anda! —dijo el hombre—; es un búfalo. Nunca los habíamos visto por aquí. Es cosa rara.
Disparó. La bala entró cerca del conducto del oído, en la sien, y salió por el otro lado, en el sitio correspondiente. El Retozón de la llanura dio un brinco y cayó muerto.
—Buen tiro —exclamó el cazador—, y fue a contarlo a la aldea.
Al punto la mujer comenzó a gemir, a retorcerse:
—¡Ay! ¡Ay! ¡Me duele el vientre!
—¡Cálmate! —le decían.
Ella se fingía enferma, pero lo que buscaba era un pretexto para sus lágrimas y su espanto al oír que habían matado al Búfalo. Le dieron una medicina, pero la tiró sin que la viesen.
III
Todos se levantaron: las mujeres con sus canastas, los hombres con sus armas, para ir a descuartizar el búfalo. La mujer se quedó sola en la aldea, pero no tardó en ir a reunirse con todos, apretándose la cintura, gimiendo y gritando.
—¿A qué vienes aquí? —le dijo el marido—. Si estás enferma, quédate en casa.
—No, no quiero quedarme sola en la aldea.
Su suegra la reprendió, le dijo que no sabía lo que se hacía y que iba a matarse conduciéndose de aquel modo.
Cuando llenaron de carne las canastas, la mujer dijo:
—Dejen que lleve yo la cabeza.
—No, no. Estás enferma. Es mucho peso para ti.
—No, déjenme —replicó.
Cargó con la cabeza y partió.
Cuando llegó a la aldea, en lugar de ir a su casita, se metió en el cuchitril de las marmitas, allí depositó la cabeza, y allí se quedó, tercamente. Su marido fue a buscarla para que volviera a la cabaña donde se encontraría mejor.
—No me molestes —respondió ella duramente.
Su suegra fue también y le habló con dulzura.
—¿Por qué me fastidias? —respondió con acritud—. ¿No quieren dejarme dormir un poco?
Le llevaron alimentos y los apartó de sí. Llegó la noche. Su marido se acostó, pero no dormía: escuchaba.
La mujer fue a buscar lumbre, puso agua a hervir en una marmita pequeña y echó en ella el paquete de medicina que había traído de su país. Después tomó la cabeza del búfalo y le abrió con el cuchillo unas incisiones delante del oído en la sien, donde la bala había herido al animal. Aplicó en el sitio el cuerno de hacer ventosas y aspiró, aspiró con toda su fuerza. Consiguió extraer cuajarones de sangre; después, sangre líquida. Enseguida expuso el sitio mismo al vapor de agua que salía de la marmita, luego de untarlo con la grasa guardada en la calabaza. Hecho esto, la herida se alivió. Entonces la mujer canturreó lo que sigue:
¡Oh! ¡Padre mío! Retozón de la llanura.
Bien me lo dijeron, bien me lo dijeron.
Me dijeron: Tú, que vas por la oscuridad profunda
y deambulas durante la noche.
Tú eres la planta tierna de ricino que crece en las ruinas,
que muere antes de tiempo, devorada por el gusano roedor.
Tú derribas en tu carrera flores y frutos.
Una vez concluido el sortilegio, la cabeza se movió. Los miembros reaparecieron. El búfalo comenzó a sentirse revivir, movió la orejas, los cuernos, se irguió, estiró los miembros.
Pero en esto el marido, que no dormía, sale de su cabaña diciendo:
—¿Qué le sucede a mi esposa, que no se cansa de llorar? He de ver por qué da esos gemidos.
Entra en el cuchitril de las marmitas y la llama. La mujer responde con acento de cólera:
—Déjame.
Y la cabeza del búfalo se cae al suelo, muerto, perforada como lo estuvo antes.
El marido regresó a su cabaña sin comprender nada de aquello ni haber visto nada. Entonces la mujer tomó de nuevo la marmita, coció la medicina, abrió las incisiones, aplicó las ventosas, expuso la herida al vapor de agua y cantó como antes.
El búfalo se enderezó de nuevo. Sus miembros renacieron.
Comenzó a sentirse revivir, movió la orejas, sacudió los cuernos, se estiró. Pero el marido, inquieto, vuelve a ver lo que hacía su mujer. La mujer se enfadó con él. Entonces el marido se dirigió al cuchitril de las marmitas, para ver lo que ocurría. La mujer recogió la lumbre, la marmita y los demás utensilios y salió fuera.
Después arrancó yerba para hacer una hoguera, y por la tercera vez se puso a resucitar el búfalo.
Llegaba la aurora, y en esto apareció la suegra. La cabeza cayó de nuevo a tierra. Salió el sol, la herida se corrompió.
La mujer dijo:
—Déjeme ir sola al lago, para lavarme.
Le respondieron:
—¿Cómo podrás llegar si estás enferma?
Con todo, la mujer fue allí y volvió diciendo:
—En el camino he encontrado a un hombre de mi país. Me ha dicho que mi madre está muy mala, muy mala. Le he dicho que viniera a la aldea, pero se ha negado, porque, como le ofrecerían de comer, seguramente se retrasaría. Al instante se ha marchado, diciéndome que vaya a toda prisa, no sea que mi madre se muera antes de mi llegada. Y ahora, adiós, que me voy.
Todo ello era mentira. Había tenido la ocurrencia de ir al lago para armar esa historia y tener pretexto para ir a comunicar a los suyos la muerte de su búfalo.
IV
Con la canasta en la cabeza la mujer se fue, cantando por esos caminos el estribillo del Retozón de la llanura. Las gentes se agolpaban a su paso y la acompañaban hasta la aldea. Allí les hizo saber que el búfalo ya no existía.
Enviaron emisarios en todas direcciones para reunir a todos los habitantes del país. Hicieron muchos reproches a la mujer, diciéndole:
—Ya lo ves, bien te lo dijimos. Rechazabas todas las jovencitas que te ofrecíamos y te empeñaste en llevarte el búfalo. Nos has matado a todos.
En esto estaban cuando entró en la aldea el marido en pos de su mujer. Apoyó la frente en el tronco de un árbol y se sentó.
Entonces todos lo saludaron diciendo:
—Salud, criminal, salud. A todos nos has matado.
El marido no entendía y se preguntaba por qué le llamarían criminal.
—Todo lo que he hecho ha sido matar un búfalo.
—Sí, pero ese búfalo era el que ayudaba a tu mujer: iba por agua, cortaba leña, labraba la tierra.
El marido maravillado les dijo:
—¿Y por qué no se me dijo antes? No lo habría matado.
—Nuestra vida —añadieron— dependía de la suya.
Entonces empezaron a degollarse todos, la primera mujer gritando:
—¡Oh, padre mío, Retozón de la llanura!
Después sus padres, sus hermanos, sus hermanas, hicieron lo mismo, uno tras otro; uno dijo:
Tú que vas por la oscuridad profunda
Otro repuso:
¡Tú, que deambulas durante la noche!
Y otro:
Tú derribas en tu carrera flores y frutas.
Todos se cortaron el cuello y sacrificaron incluso a los niños que llevaban colgados a la espalda, en cuévanos de piel.
—¿Por qué? —decían—. ¿Para qué dejarlos vivir, si de todos modos habrían de enloquecer?
El marido volvió a su casa y contó cómo había venido a dar muerte a todos disparando al búfalo.
Sus padres le dijeron:
—Ya ves, ¿no te habíamos dicho que te ocurriría una desgracia? Cuando te ofrecíamos una joven formal y proporcionada para ti, preferiste hacer tu capricho. Ahora has perdido toda tu hacienda. ¿Quién va a devolvértela, si han muerto los padres de tu mujer a quien diste tu dinero?
Aquí se acaba.
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