Cuentan por ahí, que una mañana, Chaac, el Señor
de la Lluvia, sintió deseos de pasear y quiso recorrer los campos de El
Mayab. Chaac salió muy contento, seguro de que encontraría los
cultivos fuertes y crecidos, pero apenas llegó a verlos, su sorpresa fue
muy grande, pues se encontró con que las plantas estaban débiles y
la tierra seca y gastada. Al darse cuenta de que las cosechas serían
muy pobres, Chaac se preocupó mucho. Luego de pensar un rato,
encontró una solución: quemar todos los cultivos, así la tierra
recuperaría su riqueza y las nuevas siembras serían buenas.
Después de tomar esa decisión, Chaac le pidió a uno de sus
sirvientes que llamara a todos los pájaros de El Mayab. El primero en
llegar fue el dziú, un pájaro con plumas de colores y ojos cafés.
Apenas se acomodaba en una rama cuando llegó a toda prisa el
toh, un pájaro negro cuyo mayor atractivo era su larga cola llena de
hermosas plumas. El toh se puso al frente, donde todos pudieran verlo.
Poco a poco se reunieron las demás aves, entonces Chaac les
dijo:
—Las mandé llamar porque necesito hacerles un encargo tan
importante, que de él depende la existencia de la vida. Muy pronto
quemaré los campos y quiero que ustedes salven las semillas de todas
las plantas, ya que esa es la única manera de sembrarlas de nuevo
para que haya mejores cosechas en el futuro. Confío en ustedes;
váyanse pronto, porque el fuego está por comenzar.
En cuanto Chaac terminó de hablar el pájaro dziú pensó:
—Voy a buscar la semilla del maíz; yo creo que es una de las
más importantes para que haya vida.
Y mientras, el pájaro toh se dijo:
—Tengo que salvar la semilla del maíz, todos me van a tener
envidia si la encuentro yo primero.
Así, los dos pájaros iban a salir casi al mismo tiempo, pero el
toh vio al dziú y quiso adelantarse; entonces se atravesó en su camino
y lo empujó para irse él primero. Al dziú no le importó y se fue con
calma, pero muy decidido a lograr su objetivo.
El toh voló tan rápido, que en poco tiempo ya les llevaba
mucha ventaja a sus compañeros. Ya casi llegaba a los campos, pero
se sintió muy cansado y se dijo:
—Voy a descansar un rato. Al fin que ya voy a llegar y los
demás todavía han de venir lejos.
Entonces, el toh se acostó en una vereda. Según él sólo iba a
descansar mas se durmió sin querer, así que ni cuenta se dio de que
ya empezaba a anochecer y menos de que su cola había quedado
atravesada en el camino. El toh ya estaba bien dormido, cuando
muchas aves que no podían volar pasaron por allí y como el pájaro
no se veía en la oscuridad, le pisaron la cola.
Al sentir los pisotones, el toh despertó, y cuál sería su sorpresa
al ver que en su cola sólo quedaba una pluma. Ni idea tenía de lo
que había pasado, pero pensó en ir por la semilla del maíz para que
las aves vieran su valor y no se fijaran en su cola pelona.
Mientras tanto, los demás pájaros ya habían llegado a los
cultivos. La mayoría tomó la semilla que le quedaba más cerca,
porque el incendio era muy intenso. Ya casi las habían salvado todas,
sólo faltaba la del maíz. El dziú volaba desesperado en busca de los
maizales, pero había tanto humo que no lograba verlos. En eso, llegó
el toh, mas cuando vio las enormes llamas, se olvidó del maíz y
decidió tomar una semilla que no ofreciera tanto peligro. Entonces,
voló hasta la planta del tomate verde, donde el fuego aún no era
muy intenso y salvó las semillas.
En cambio, al dziú no le importó que el fuego le quemara las
alas; por fin halló los maizales, y con gran valentía, fue hasta ellos y
tomó en su pico unos granos de maíz.
El toh no pudo menos que admirar la valentía del dziú y se
acercó a felicitarlo. Entonces, los dos pájaros se dieron cuenta que
habían cambiado: los ojos del toh ya no eran negros, sino verdes
como el tomate que salvó, y al dziú le quedaron las alas grises y los
ojos rojos, pues se acercó demasiado al fuego.
Chaac y las aves supieron reconocer la hazaña del dziú, por lo
que se reunieron para buscar la manera de premiarlo. Y fue
precisamente el toh, avergonzado por su conducta, quien propuso
que se le diera al dziú un derecho especial:
—Ya que el dziú hizo algo por nosotros, ahora debemos hacer
algo por él. Yo propongo que a partir de hoy, pueda poner sus huevos
en el nido de cualquier pájaro y que prometamos cuidarlos como si
fueran nuestros.
Las aves aceptaron y desde entonces, el dziú no se preocupa
de hacer su hogar ni de cuidar a sus crías. Sólo grita su nombre
cuando elige un nido y los pájaros miran si acaso fue el suyo el
escogido, dispuestos a cumplir su promesa.
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domingo, 24 de marzo de 2019
jueves, 14 de diciembre de 2017
La paloma torcaz
Era una de las más florecientes poblaciones de la región, y la
habitaban, por consecuencia, familias muy distinguidas. A una
de éstas pertenecía un joven guerrero, muy apuesto por cierto,
toda vez que había hecho furor entre las doncellas de la comarca,
a quienes se les iban los ojos tras él. Por otra parte, había
llevado a cabo tantas y tan espléndidas victorias, que su fama
se había extendido hasta más allá de los límites de las tierras que
habitaba el numeroso pueblo maya. Llevaba siempre, como emblema
de su bravura, una cabeza de tigre bordada en el pecho.
Este doncel frecuentemente visitaba los bosques de los contornos,
ya para ejercitarse en el manejo de las armas, ya para
recrearse, dando batidas en la selva, matando fieras, en cuyo ejercicio
era muy diestro. Un día, persiguiendo un hermoso ciervo,
al que había logrado clavar tres saetas, se perdió en lo más intrincado
del bosque. No hallaba qué hacer en tan apuradas circunstancias;
pero examinando el curso del sol, resolvió seguir
un rumbo determinado, creyendo con fundamento que no tardaría
en llegar a su ciudad natal o a una cualquiera de las poblaciones
circunvecinas. No contaba, sin embargo, con que el astro
del día lo abandonaría antes de que lograse llegar a parte alguna.
¿Cómo hacerlo entonces? ¿Qué lo guiaría para no torcer su
ruta? Perplejo ante tamaño inconveniente, se detuvo a reflexionar.
Felizmente pudo distinguir, a pesar de la luz crepuscular,
a Xnuc-ek, que seguía en aquella época el curso del sol. Fulguraba
hacia el ocaso sobre las cimas de las selvas un tanto ya sombrías.
Por este descubrimiento pudo continuar camino, y a poco
se encontró a la orilla de una fuentecita, que a la sazón estaba
crecida.
La magnífica perspectiva que se divisaba ante sus ojos, infundió
en el corazón del guerrero un encanto indefinible; mas ¿cuál
38
no sería su admiración al ver deslizarse sobre la superficie del
lago una elegante piragua? Su sorpresa fue mayor aún cuando,
al acercarse, vio que conducía a una mujer tan hermosa como
una hurí. Llevaba en la cabeza, a guisa de diadema, plumas de vivísimos
colores, bajo las cuales ondeaba su negra cabellera. Sobre
sus vestiduras de tela de algodón bordado, brillaban muchos
dijes de oro, y en su cuello y brazos llevaba también magníficas
joyas del mismo metal.
La frágil piragua cruzó rápidamente frente al joven, como impulsado
por el soplo de seres invisibles, y dirigiéndose al centro
del lago, se hundió en sus entrañas.
Cuando el astro rey desapareció al día siguiente, el cazador
encaminó sus pasos hacia el mismo lugar, anheloso de ver reaparecer
la visión misteriosa; pero sus esperanzas fueron fallidas.
No desesperó, sin embargo, y lo visitó por quince días consecutivos;
mas tampoco se dejó ver aquella hermosa visión. Entonces,
lo acometió una profunda tristeza. Huía de sus amigos y
hasta de sus padres, pasando días enteros suspirando en la soledad
de los bosques, en donde se hallaba el lenitivo de su dolor.
Este cambio tan repentino de costumbres y de carácter, afligió
a toda la comarca, cuyo bienestar quedaría perdido en el caso de
que una temprana muerte la privase de uno de sus más ilustres
guerreros. ¿Cuál era el motivo de tan extraña mutación? ¿Había
enloquecido? He aquí lo que todos se preguntaban; pero a
buen seguro que nadie hubiera podido acertar la causa si él
no la hubiese confiado a uno de sus amigos predilectos.
-Pues te aconsejo -le dijo éste, luego que hubo escuchado su
narración- que hagas saber de tus males a una X'men que yo
conozco. Es muy hábil, y no dudo que te dejará curado.
-Pero -replicó- el único remedio contra mi dolencia es que
me haga volver a verla: quiero adorarla, aunque sea de lejos.
Bien sé -continuó- que es un ser inmortal, y que no obstante
mi noble cuna, soy indigno de ella; pero ¿lo seré tanto, que no
me sea permitido mirarla siquiera? ¡Es tan hermosa!
Al terminar estas palabras, exhaló un prolongado suspiro y se
dejó caer sobre un gran tronco, al tiempo que le corrían dos lágrimas
ardientes sobre sus mejillas. El que no había doblado la
cerviz ante un grupo enorme de adversarios, lloraba entonces
como un niño.
Pero avergonzado por aquella muestra de debilidad, se secó
el rostro, procurando dar a su semblante una calma aparente.
La conversación continuó sobre el mismo tema, y quedó por
fin acordado que visitarían a la hechicera al día siguiente. A la
hora señalada partieron, y enterada la vieja de lo que pasaba, exclamó
con voz cavernosa por su avanzada edad:
-Deseas, ¡oh joven!, una cosa bien difícil. Mas no importa:
yo sabré sacarte del triste estado en que te encuentras. Los seres
inmortales -continuó después de haber recapacitado- se manifiestan
a los hombres alguna vez, como a ti te ha sucedido; mas
para los animales siempre son visibles. Gustan, sobre todo, del
canto de los pájaros, que escuchan con deleite. ¿Quieres, pues,
que te convierta en palomo?
-j Sí, sí! -exclamó el guerrero.
-Pero nunca más volverás a ser hombre -replicó la hechicera
con acento misterioso y solemne-: tu brillante carrera de soldado
se acabará el día que eches a volar por los aires. ¿Aceptas?
-Acepto -dijo resueltamente.
Se dirigió entonces la vieja hacia un rincón de su cabana, y
transcurrido un instante, volvió profiriendo palabras incomprensibles.
Traía entre sus descarnados dedos una espina verde, procedente
de cierto arbusto muy común en estos parajes.
-Mañana -dijo- deberá tener lugar el plenilunio, noche en
que las deidades salen a contemplar las bellezas de la naturaleza
a los rayos de este astro de los cielos. Si quieres, pues, ver
a tu hermosa, si quieres gozar de sus amores, habla.
-¡Sí que quiero! -exclamó el joven entusiasmado.
Se acercó entonces la hechicera, le clavó la espina en la nuca,
y, convirtiéndose instantáneamente en un bello palomo, echó a
volar.
La noche del día siguiente se presentó más encantadora que
otras. Hacia el oriente, y rozando la cima de los bosques, se veía
a la luna derramando raudales de luz suave y misteriosa sobre
el pequeño lago.
De improviso surgió de su fondo una piragua que comenzó a
surcar la superficie, y dejaba una estela luminosa: era la piragua
conocida, que salía de su mansión misteriosa.
Al llegar frente al árbol secular en que se apoyó el guerrero la
primera noche, resonó entre sus ramas el dulce y melancólico
arrullo de una paloma torcaz. Se detuvo la navecita, y la mujer
escuchó con delicia aquellas melodías, tan llenas de encanto y
de tristeza, que penetraban hasta lo más profundo de su corazón.
Calló la arrulladora ave, y continuando su marcha, la piragua se
hundió en el manantial.
Desde entonces, tuvieron lugar en las noches del plenilunio
escenas iguales a éstas. Una noche en que el palomo cantó con
más dulzura y sentimiento, extendió los brazos hacia él entusiasmada
la mujer: alzó entonces el ave el vuelo, posándose en la
proa de la navecita, prorrumpió en sus sentidos cantares. La
mujer lo cogió, lo estrechó contra su corazón, haciéndole mil caricias.
Le pasaba por centésima vez la mano sobre el moño,
cuando tropezó con un objeto duro: lo asió entre sus dedos, y
extrajo una espina verde.
En aquel mismo instante, el bello palomo se transformó en
un joven gallardo, que cayó al fondo de la piragua pálido y moribundo.
j Era el joven guerrero
!
Aquel exceso de peso no pudo soportarlo la piragua, que comenzó
a zozobrar. . . La mujer, en tan críticos momentos, tomó
una heroica determinación: se clavó la espina en la nuca, y
echó a volar.
Centenares de años han transcurrido desde que sucedieron estos
acontecimientos y, sin embargo, cuando la luna muestra toda
su faz iluminada, surge del fondo de esta fuentecita una piragua
que conduce el cadáver de un joven guerrero.
Se detiene siempre en el mismo sitio, y se escucha enseguida
el arrullo tristísimo de una paloma torcaz que llora a su perdido
amante. Cuando ésta acaba de exhalar sus melancólicos cantos,
la piragua, continuando camino, se hunde bien pronto en el
fondo de las aguas.
De ahí la afición que tienen estas hermosas aves de anidar en
los bosques inmediatos a los lagos, a los ríos y a los manantiales
que frecuentan.
habitaban, por consecuencia, familias muy distinguidas. A una
de éstas pertenecía un joven guerrero, muy apuesto por cierto,
toda vez que había hecho furor entre las doncellas de la comarca,
a quienes se les iban los ojos tras él. Por otra parte, había
llevado a cabo tantas y tan espléndidas victorias, que su fama
se había extendido hasta más allá de los límites de las tierras que
habitaba el numeroso pueblo maya. Llevaba siempre, como emblema
de su bravura, una cabeza de tigre bordada en el pecho.
Este doncel frecuentemente visitaba los bosques de los contornos,
ya para ejercitarse en el manejo de las armas, ya para
recrearse, dando batidas en la selva, matando fieras, en cuyo ejercicio
era muy diestro. Un día, persiguiendo un hermoso ciervo,
al que había logrado clavar tres saetas, se perdió en lo más intrincado
del bosque. No hallaba qué hacer en tan apuradas circunstancias;
pero examinando el curso del sol, resolvió seguir
un rumbo determinado, creyendo con fundamento que no tardaría
en llegar a su ciudad natal o a una cualquiera de las poblaciones
circunvecinas. No contaba, sin embargo, con que el astro
del día lo abandonaría antes de que lograse llegar a parte alguna.
¿Cómo hacerlo entonces? ¿Qué lo guiaría para no torcer su
ruta? Perplejo ante tamaño inconveniente, se detuvo a reflexionar.
Felizmente pudo distinguir, a pesar de la luz crepuscular,
a Xnuc-ek, que seguía en aquella época el curso del sol. Fulguraba
hacia el ocaso sobre las cimas de las selvas un tanto ya sombrías.
Por este descubrimiento pudo continuar camino, y a poco
se encontró a la orilla de una fuentecita, que a la sazón estaba
crecida.
La magnífica perspectiva que se divisaba ante sus ojos, infundió
en el corazón del guerrero un encanto indefinible; mas ¿cuál
38
no sería su admiración al ver deslizarse sobre la superficie del
lago una elegante piragua? Su sorpresa fue mayor aún cuando,
al acercarse, vio que conducía a una mujer tan hermosa como
una hurí. Llevaba en la cabeza, a guisa de diadema, plumas de vivísimos
colores, bajo las cuales ondeaba su negra cabellera. Sobre
sus vestiduras de tela de algodón bordado, brillaban muchos
dijes de oro, y en su cuello y brazos llevaba también magníficas
joyas del mismo metal.
La frágil piragua cruzó rápidamente frente al joven, como impulsado
por el soplo de seres invisibles, y dirigiéndose al centro
del lago, se hundió en sus entrañas.
Cuando el astro rey desapareció al día siguiente, el cazador
encaminó sus pasos hacia el mismo lugar, anheloso de ver reaparecer
la visión misteriosa; pero sus esperanzas fueron fallidas.
No desesperó, sin embargo, y lo visitó por quince días consecutivos;
mas tampoco se dejó ver aquella hermosa visión. Entonces,
lo acometió una profunda tristeza. Huía de sus amigos y
hasta de sus padres, pasando días enteros suspirando en la soledad
de los bosques, en donde se hallaba el lenitivo de su dolor.
Este cambio tan repentino de costumbres y de carácter, afligió
a toda la comarca, cuyo bienestar quedaría perdido en el caso de
que una temprana muerte la privase de uno de sus más ilustres
guerreros. ¿Cuál era el motivo de tan extraña mutación? ¿Había
enloquecido? He aquí lo que todos se preguntaban; pero a
buen seguro que nadie hubiera podido acertar la causa si él
no la hubiese confiado a uno de sus amigos predilectos.
-Pues te aconsejo -le dijo éste, luego que hubo escuchado su
narración- que hagas saber de tus males a una X'men que yo
conozco. Es muy hábil, y no dudo que te dejará curado.
-Pero -replicó- el único remedio contra mi dolencia es que
me haga volver a verla: quiero adorarla, aunque sea de lejos.
Bien sé -continuó- que es un ser inmortal, y que no obstante
mi noble cuna, soy indigno de ella; pero ¿lo seré tanto, que no
me sea permitido mirarla siquiera? ¡Es tan hermosa!
Al terminar estas palabras, exhaló un prolongado suspiro y se
dejó caer sobre un gran tronco, al tiempo que le corrían dos lágrimas
ardientes sobre sus mejillas. El que no había doblado la
cerviz ante un grupo enorme de adversarios, lloraba entonces
como un niño.
Pero avergonzado por aquella muestra de debilidad, se secó
el rostro, procurando dar a su semblante una calma aparente.
La conversación continuó sobre el mismo tema, y quedó por
fin acordado que visitarían a la hechicera al día siguiente. A la
hora señalada partieron, y enterada la vieja de lo que pasaba, exclamó
con voz cavernosa por su avanzada edad:
-Deseas, ¡oh joven!, una cosa bien difícil. Mas no importa:
yo sabré sacarte del triste estado en que te encuentras. Los seres
inmortales -continuó después de haber recapacitado- se manifiestan
a los hombres alguna vez, como a ti te ha sucedido; mas
para los animales siempre son visibles. Gustan, sobre todo, del
canto de los pájaros, que escuchan con deleite. ¿Quieres, pues,
que te convierta en palomo?
-j Sí, sí! -exclamó el guerrero.
-Pero nunca más volverás a ser hombre -replicó la hechicera
con acento misterioso y solemne-: tu brillante carrera de soldado
se acabará el día que eches a volar por los aires. ¿Aceptas?
-Acepto -dijo resueltamente.
Se dirigió entonces la vieja hacia un rincón de su cabana, y
transcurrido un instante, volvió profiriendo palabras incomprensibles.
Traía entre sus descarnados dedos una espina verde, procedente
de cierto arbusto muy común en estos parajes.
-Mañana -dijo- deberá tener lugar el plenilunio, noche en
que las deidades salen a contemplar las bellezas de la naturaleza
a los rayos de este astro de los cielos. Si quieres, pues, ver
a tu hermosa, si quieres gozar de sus amores, habla.
-¡Sí que quiero! -exclamó el joven entusiasmado.
Se acercó entonces la hechicera, le clavó la espina en la nuca,
y, convirtiéndose instantáneamente en un bello palomo, echó a
volar.
La noche del día siguiente se presentó más encantadora que
otras. Hacia el oriente, y rozando la cima de los bosques, se veía
a la luna derramando raudales de luz suave y misteriosa sobre
el pequeño lago.
De improviso surgió de su fondo una piragua que comenzó a
surcar la superficie, y dejaba una estela luminosa: era la piragua
conocida, que salía de su mansión misteriosa.
Al llegar frente al árbol secular en que se apoyó el guerrero la
primera noche, resonó entre sus ramas el dulce y melancólico
arrullo de una paloma torcaz. Se detuvo la navecita, y la mujer
escuchó con delicia aquellas melodías, tan llenas de encanto y
de tristeza, que penetraban hasta lo más profundo de su corazón.
Calló la arrulladora ave, y continuando su marcha, la piragua se
hundió en el manantial.
Desde entonces, tuvieron lugar en las noches del plenilunio
escenas iguales a éstas. Una noche en que el palomo cantó con
más dulzura y sentimiento, extendió los brazos hacia él entusiasmada
la mujer: alzó entonces el ave el vuelo, posándose en la
proa de la navecita, prorrumpió en sus sentidos cantares. La
mujer lo cogió, lo estrechó contra su corazón, haciéndole mil caricias.
Le pasaba por centésima vez la mano sobre el moño,
cuando tropezó con un objeto duro: lo asió entre sus dedos, y
extrajo una espina verde.
En aquel mismo instante, el bello palomo se transformó en
un joven gallardo, que cayó al fondo de la piragua pálido y moribundo.
j Era el joven guerrero
!
Aquel exceso de peso no pudo soportarlo la piragua, que comenzó
a zozobrar. . . La mujer, en tan críticos momentos, tomó
una heroica determinación: se clavó la espina en la nuca, y
echó a volar.
Centenares de años han transcurrido desde que sucedieron estos
acontecimientos y, sin embargo, cuando la luna muestra toda
su faz iluminada, surge del fondo de esta fuentecita una piragua
que conduce el cadáver de un joven guerrero.
Se detiene siempre en el mismo sitio, y se escucha enseguida
el arrullo tristísimo de una paloma torcaz que llora a su perdido
amante. Cuando ésta acaba de exhalar sus melancólicos cantos,
la piragua, continuando camino, se hunde bien pronto en el
fondo de las aguas.
De ahí la afición que tienen estas hermosas aves de anidar en
los bosques inmediatos a los lagos, a los ríos y a los manantiales
que frecuentan.
La creación de los hombres de maíz
Y después dijeron los Progenitores, los Creadores y Formadores,
que se llamaban Tepeu y Gucumatz: «Ha llegado el tiempo
del amanecer, de que se termine la obra y que aparezcan los
que nos han de sustentar y nutrir, los hijos esclarecidos, los vasallos
civilizados. Que aparezca el hombre, la humanidad sobre
la superficie de la tierra.»!
Estos son los nombres de los animales que trajeron la comida:
Yac (el gato de monte), Utiú (el coyote), Quel (una cotorra
llamada chocoyo) y Hoh (el cuervo). Estos cuatro animales
les dijeron que fueran al pueblo de Paxil y les enseñaron el camino.
Y de esta manera se llenaron de alegría, porque habían descubierto
una hermosa tierra, llena de deleites, abundantes en
mazorcas amarillas y mazorcas blancas, y abundante también en
cacao y en innumerables zapotes, anonas, jocotes, nances, matasanos
y miel. Abundancia de sabrosos alimentos había en aquel
pueblo llamado de Paxil.
Había alimento de todas clases, alimentos pequeños y grandes,
plantas pequeñas y grandes. Los animales enseñaron el camino.
Y moliendo entonces las mazorcas amarillas y las mazorcas
blancas hizo Ixmucané, la diosa adivina, nueve bebidas. Y
de este alimento provinieron la fuerza y la gordura, y con él
crearon los músculos y el vigor del hombre. Esto hicieron los
Progenitores, Tepeu, dios creador, y Gucumatz, padre y madre de
todo lo que hay en el agua.
A continuación entraron en pláticas acerca de la creación y la
formación de nuestra primera madre y padre. De maíz amarillo
y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron
los brazos y las piernas del hombre . . . Ünieamente masa de maíz
entró en la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueren
creados.
Se dice que ellos sólo fueron hechos y formados, no tuvieron
madre, no tuvieron padre. Sólo por un prodigio, por obra de encantamiento,
fueron creados y formados por el Creador, el Formador,
los Progenitores: Tepeu y Gucumatz. Y como tenían
la apariencia de hombres, hombres fueron. Hablaron, conversaron,
vieron y oyeron, anduvieron, agarraban las cosas. Eran
hombres buenos y hermosos y su figura era de varón.
Fueron dotados de inteligencia. Vieron y al punto se extendió
su vista, alcanzaron a conocer todo lo que hay en el mundo.
Cuando miraban, al instante veían a su alrededor y contemplaban
en torno a ellos la bóveda del cielo y la faz redonda de la tierra.
Las cosas ocultas por la distancia las veían todas, sin tener
primero que moverse; enseguida, veían el mundo desde el lugar
donde estaban. Grande era su sabiduría. Su vista llegaba hasta
los bosques, las rocas, los lagos, los mares, las montañas y los
valles.
Estos son los nombres de los primeros hombres que fueron
creados y formados: el primer hombre fue Balam-Quitzé; el segundo,
Balam-Acab; el tercero, Mahucutah; y el cuarto, Iqui-Balam.
Entonces les preguntaron el Creador y el Formador:
-¿Qué piensan de su estado? ¿No miran? ¿No oyen? ¿No son
buenos su lenguaje y su manera de andar? ¡Miren, pues! ¡Contemplen
el mundo, vean!
-Hemos sido creados, se nos ha dado una boca y una cara,
hablamos, oímos, pensamos y andamos. Sentimos perfectamente
y conocemos lo que está lejos y lo que está cerca. Vemos también
lo grande y lo pequeño en el cielo y en la tierra. Les damos
gracias, pues, por habernos creado, ¡oh, Creador y Formador!,
por habernos dado el ser, ¡oh, abuela nuestra!, ¡oh, nuestro abuelo!
-dijeron dando las gracias por su creación y formación.
Acabaron de conocerlo todo y examinaron los cuatro rincones
y los cuatro puntos de la bóveda del cielo y de la faz de la
tierra.
Pero el Creador y el Formador no oyeron esto con gusto.
-No está bien lo que dicen nuestras criaturas, nuestras obras.
Todo lo saben, lo grande y lo pequeño -dijeron.
Y así celebraron consejo nuevamente los Progenitores.
'-¿Óué haremos ahora con ellos? ¡óue su vista sólo alcance
a lo que esté cerca, que sólo vean un poco de la faz de la tierra
!
jNo está bien lo que dicen! ¿Acaso no son por su naturaleza
simples criaturas y hechuras? ¿Han de ser ellos también dioses?
¿Y si no procrean y se multiplican cuando amanezca, cuando
salga el sol? ¿Y si no se propagan? -así dijeron.
-Refrenemos un poco sus deseos, pues no está bien lo que
vemos. ¿Por ventura se han de igualar ellos a nosotros, sus autores,
que podemos abarcar grandes distancias, que lo sabemos
y vemos todo?
Entonces el Corazón del Cielo les echó un vaho sobre los
ojos, los cuales se empañaron. Sus ojos se velaron y sólo pudieron
ver lo que estaba cerca.
Así fue destruida su sabiduría y todos los conocimientos de los
cuatro hombres, origen y principio de la raza quiche.
Así fueron creados y formados nuestros abuelos, nuestros padres,
por el Corazón del Cielo, el Corazón de la Tierra.
Historia de Cabracán
El tercero de los soberbios era el segundo hijo de Vucub-Caquix,
que se llamaba Cabracán.
-¡Yo derribo las montañas! -decía.
Pero Hunahpú e Ixbalanqué vencieron también a Cabracán.
Huracán, Chipi-Caculhá y Raxa-Caculhá hablaron y dijeron a
Hunahpú e Ixbalanqué:
-Que el segundo hijo de Vucub-Caquix sea también vencido.
Ésta es nuestra voluntad. Porque no está bien lo que hace sobre
la tierra, exaltando su gloria, su grandeza y su poder, y no debe
ser así. Llévenlo con halagos allá donde nace el sol -les dijo
Huracán a los dos jóvenes.
-Muy bien, respetable Señor -contestaron éstos-, porque no
es justo lo que vemos. ¿Acaso no existes tú, tú que eres la paz,
tú, Corazón del Cielo? -dijeron los muchachos mientras escuchaban
la orden de Huracán.
Entretanto, Cabracán se ocupaba en sacudir las montañas. Al
más pequeño golpe de sus pies sobre la tierra, se abrían las montañas
grandes y pequeñas. Así lo encontraron los muchachos,
quienes preguntaron a Cabracán:
-¿A dónde vas, muchacho?
-A ninguna parte -contestó-. Aquí estoy moviendo las montañas
y las estaré derribando para siempre -dijo en respuesta.
A continuación les preguntó Cabracán a Hunahpú e Ixbalanqué
:
-¿Qué vienen a hacer aquí? No conozco sus caras. ¿Cómo se
llaman? -dijo Cabracán.
-No tenemos nombre -contestaron aquéllos-. No somos más
que tiradores con cerbatana y cazadores con liga en los montes.
Somos pobres y no tenemos nada que nos pertenezca, muchacho.
Solamente caminamos por los montes pequeños y grandes,
muchacho. Y precisamente hemos visto una gran montaña, allá
donde se enrojece el cielo. Verdaderamente se levanta muy alto
y domina la cima de todos los cerros. Así es que no hemos podido
coger ni uno ni dos pájaros en ella, muchacho. Pero ¿es
verdad que tú puedes derribar todas las montanas, muchacho?
-le dijeron Hunahpú e Ixbalanqué a Cabracán.
-¿De veras han visto esa montaña que dicen? ¿En dónde está?
En cuanto yo la vea, la echaré abajo. ¿Dónde la vieron?
-Por allá está, donde nace el sol -dijeron Hunahpú e Ixbalanqué.
-Está bien, enséñenme el camino -les dijo a los dos jóvenes.
-¡Oh, no! -contestaron éstos-. Tenemos que llevarte en medio
de nosotros: uno irá a tu mano izquierda y otro a tu mano
derecha, porque tenemos nuestras cerbatanas, y si hubiere pájaros,
les tiraremos.
Y así iban alegres, probando sus cerbatanas; pero cuando tiraban
con ellas, no usaban el bodoque de barro en el tubo de
sus cerbatanas, sino que sólo con el soplo derribaban a los pájaros
cuando les tiraban, de lo cual se admiraba grandemente
Cabracán.
Enseguida hicieron un fuego los muchachos y pusieron a asar
los pájaros en el fuego, pero untaron uno de los pájaros con tizate,
y lo cubrieron de una tierra blanca.
-Esto le daremos -dijeron- para que se le abra el apetito
con el olor que despide. Este nuestro pájaro será su perdición.
Así como la tierra cubre este pájaro por obra nuestra, así daremos
con él en tierra y en tierra lo sepultaremos.
-Grande será la sabiduría de un ser creado, de un ser formado,
cuando amanezca, cuando aclare -dijeron los muchachos.
-Como el deseo de comer un bocado es natural en el hombre,
el corazón de Cabracán está ansioso -decían entre sí Hunahpú e
Ixbalanqué.
Mientras estaban asando los pájaros, éstos se iban dorando
al cocerse, y la grasa y el jugo que de ellos se escapaban despedían
el olor más apetitoso. Cabracán sentía grandes ganas de
comérselos; se le hacía agua la boca, bostezaba y la baba y la
saliva le corrían a causa del olor excitante de los pájaros.
Luego les preguntó:
-¿Qué es esa comida? Verdaderamente es agradable el olor
que siento. Denme un pedacito -les dijo.
Le dieron entonces un pájaro a Cabracán, el pájaro que sería
su ruina. Y en cuanto acabó de comerlo, se pusieron en camino y
llegaron al oriente, donde estaba la gran montaña. Pero ya entonces
se le habían aflojado las piernas y las manos a Cabracán,
ya no tenía fuerzas a causa de la tierra con que habían
untado el pájaro que se comió, y ya no pudo hacerles nada a
las montañas, ni le fue posible derribarlas.
Enseguida lo amarraron los muchachos. Le ataron los brazos
detrás de la espalda y le ataron también el cuello y los pies
juntos. Luego lo botaron al suelo, y allí mismo lo enterraron.
De esta manera fue vencido Cabracán tan sólo por obra de
Hunahpú e Ixbalanqué. No sería posible enumerar todas las cosas
que éstos hicieron aquí en la Tierra.
que se llamaba Cabracán.
-¡Yo derribo las montañas! -decía.
Pero Hunahpú e Ixbalanqué vencieron también a Cabracán.
Huracán, Chipi-Caculhá y Raxa-Caculhá hablaron y dijeron a
Hunahpú e Ixbalanqué:
-Que el segundo hijo de Vucub-Caquix sea también vencido.
Ésta es nuestra voluntad. Porque no está bien lo que hace sobre
la tierra, exaltando su gloria, su grandeza y su poder, y no debe
ser así. Llévenlo con halagos allá donde nace el sol -les dijo
Huracán a los dos jóvenes.
-Muy bien, respetable Señor -contestaron éstos-, porque no
es justo lo que vemos. ¿Acaso no existes tú, tú que eres la paz,
tú, Corazón del Cielo? -dijeron los muchachos mientras escuchaban
la orden de Huracán.
Entretanto, Cabracán se ocupaba en sacudir las montañas. Al
más pequeño golpe de sus pies sobre la tierra, se abrían las montañas
grandes y pequeñas. Así lo encontraron los muchachos,
quienes preguntaron a Cabracán:
-¿A dónde vas, muchacho?
-A ninguna parte -contestó-. Aquí estoy moviendo las montañas
y las estaré derribando para siempre -dijo en respuesta.
A continuación les preguntó Cabracán a Hunahpú e Ixbalanqué
:
-¿Qué vienen a hacer aquí? No conozco sus caras. ¿Cómo se
llaman? -dijo Cabracán.
-No tenemos nombre -contestaron aquéllos-. No somos más
que tiradores con cerbatana y cazadores con liga en los montes.
Somos pobres y no tenemos nada que nos pertenezca, muchacho.
Solamente caminamos por los montes pequeños y grandes,
muchacho. Y precisamente hemos visto una gran montaña, allá
donde se enrojece el cielo. Verdaderamente se levanta muy alto
y domina la cima de todos los cerros. Así es que no hemos podido
coger ni uno ni dos pájaros en ella, muchacho. Pero ¿es
verdad que tú puedes derribar todas las montanas, muchacho?
-le dijeron Hunahpú e Ixbalanqué a Cabracán.
-¿De veras han visto esa montaña que dicen? ¿En dónde está?
En cuanto yo la vea, la echaré abajo. ¿Dónde la vieron?
-Por allá está, donde nace el sol -dijeron Hunahpú e Ixbalanqué.
-Está bien, enséñenme el camino -les dijo a los dos jóvenes.
-¡Oh, no! -contestaron éstos-. Tenemos que llevarte en medio
de nosotros: uno irá a tu mano izquierda y otro a tu mano
derecha, porque tenemos nuestras cerbatanas, y si hubiere pájaros,
les tiraremos.
Y así iban alegres, probando sus cerbatanas; pero cuando tiraban
con ellas, no usaban el bodoque de barro en el tubo de
sus cerbatanas, sino que sólo con el soplo derribaban a los pájaros
cuando les tiraban, de lo cual se admiraba grandemente
Cabracán.
Enseguida hicieron un fuego los muchachos y pusieron a asar
los pájaros en el fuego, pero untaron uno de los pájaros con tizate,
y lo cubrieron de una tierra blanca.
-Esto le daremos -dijeron- para que se le abra el apetito
con el olor que despide. Este nuestro pájaro será su perdición.
Así como la tierra cubre este pájaro por obra nuestra, así daremos
con él en tierra y en tierra lo sepultaremos.
-Grande será la sabiduría de un ser creado, de un ser formado,
cuando amanezca, cuando aclare -dijeron los muchachos.
-Como el deseo de comer un bocado es natural en el hombre,
el corazón de Cabracán está ansioso -decían entre sí Hunahpú e
Ixbalanqué.
Mientras estaban asando los pájaros, éstos se iban dorando
al cocerse, y la grasa y el jugo que de ellos se escapaban despedían
el olor más apetitoso. Cabracán sentía grandes ganas de
comérselos; se le hacía agua la boca, bostezaba y la baba y la
saliva le corrían a causa del olor excitante de los pájaros.
Luego les preguntó:
-¿Qué es esa comida? Verdaderamente es agradable el olor
que siento. Denme un pedacito -les dijo.
Le dieron entonces un pájaro a Cabracán, el pájaro que sería
su ruina. Y en cuanto acabó de comerlo, se pusieron en camino y
llegaron al oriente, donde estaba la gran montaña. Pero ya entonces
se le habían aflojado las piernas y las manos a Cabracán,
ya no tenía fuerzas a causa de la tierra con que habían
untado el pájaro que se comió, y ya no pudo hacerles nada a
las montañas, ni le fue posible derribarlas.
Enseguida lo amarraron los muchachos. Le ataron los brazos
detrás de la espalda y le ataron también el cuello y los pies
juntos. Luego lo botaron al suelo, y allí mismo lo enterraron.
De esta manera fue vencido Cabracán tan sólo por obra de
Hunahpú e Ixbalanqué. No sería posible enumerar todas las cosas
que éstos hicieron aquí en la Tierra.
martes, 12 de julio de 2016
El "Popol Vuh"
El "Popol Vuh" es un Libro Sagrado, perteneciente a la cultura de los indios quichés de Guatemala.
El texto es básicamente una descripción del origen del mundo que incluye también la historia de los soberanos. Se identifican en el texto componentes históricos y míticos.
Si bien el texto se centra en las tradiciones mayas, puede observarse una clara influencia del cristianismo, por lo cual, se especula que el autor habría tenido contacto con misioneros católicos. Se estima que la obra fue elaborada a mediados del siglo XVI de nuestra era.
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