También este mito tiene como protagonistas a personajes que más tarde se transformaron en pájaros. Yo'ocalía —el tiuque— llegó a un campamento constituido por varias familias, donde descubrió a una hermosa joven. Tenía el propósito de contraer matrimonio con ella, pero se oponía a ello el hecho de que todos lo consideraban antipático. No obstante, ante su insistencia, la muchacha le prometió finalmente casarse con él. Pero cuando él trató de hacer efectivo el enlace, ella se negó a acceder, y se mofó de él, a igual que los demás.
Los varones salían frecuentemente de caza. Al matar guanacos, extraían de ellos las tripas, las invertían y empleaban para preparar morcilla con la sangre del animal. Cómo deseaban poner en ridículo a Yo'ocalía, llenaban la destinada a él con sangre extraída de sus propias narices, y se la ofrecían con significativos gestos, que todos entendían, menos él.
El pobre joven comenzó a enflaquecer de este modo, y finalmente inspiró lástima a dos buenas amigas que tenía, quienes le revelaron la mala jugada de que era víctima de parte de los cazadores.
Aburrido de la vida que llevaba, acordó finalmente retirarse del campamento. Dio a conocer ese propósito sólo a esas amigas, a quienes prometió premiarlas, mientras que los demás vecinos iban a ser castigados por él.
Sin que nadie se enterara de ello, se fue y dirigió a la choza de su padre, que era un famoso yécamush, como los yamanas llaman a sus magos, cuyas acciones son netamente sobrenaturales. Suponen que mediante un estudio especial logran preparar su quéspij (alma, ánima), capacitándolo para entrar en relación con un yefáchel, una especie de segundo yo, que pueda alejarse por el espacio, a fin de practicar telepatía, averiguando acontecimientos y dirigiendo a otras personas o animales, que de este modo realizan las órdenes que el yécamush les imparta. Pueden así también matar o hacer enfermarse a otra persona, de modo que actúan también como los calcus (brujos) de los araucanos, reuniendo las funciones de éstos y de los machis (que entre los mapuches —como luego se verá— se encuentran separadas).
Interrogado por la madre por qué llegaba tan flaco y de mal semblante, Yo'ocalía informó a su familia sobre el tratamiento que había recibido en el campamento, en que todos se mofaban de él, sin excluir a la joven que había prometido aceptarlo como esposo.
El padre, al saber todo eso, se indignó y prometió castigar a esa mala gente. No se levantó de su lecho, sino que se ensimismó y evocó la presencia de su yefáchel. Parecía estar durmiendo, pero en realidad su espíritu estaba activísimo. Dirigió su segundo yo a una gran ballena que estaba en la alta mar y la hizo vararse cerca del lugar del campamento. Hizo, finalmente, que su propio quéspij se trasladara a esa ballena, a fin de dirigir desde su interior el reparto de la carne.
Efectivamente, en la mañana siguiente, al observar la ballena varada, los ocupantes del campamento se dirigieron de inmediato a la playa y se dedicaron a despedazarla, repartiendo los trozos de carne y grasa. Hubo una alegre fiesta, y muchos recordaron la torpeza del joven Yo'ocalía y el engaño de que lo habían hecho víctima.
Pero Yo'ocalía padre hizo que los trozos de carne que habían ingerido
volvieran a adquirir vida. Todos sintieron repentinamente en sus estómagos una fuerza irresistible que los impulsaba a dirigirse a la ballena. Allá, los trozos que se le habían cortado volvieron a incorporarse a su cuerpo, y el animal recuperó la vida. Ahí estaban los cazadores, la novia infiel, todos los que se habían divertido a expensas del joven Yo'ocalía, y sólo las dos amigas que habían informado a éste de las bromas que se le estaban haciendo, permanecieron sanas y salvas en la playa.
Quien observe el dorso de una ballena, reconocerá de inmediato que está poblada de picos, choros, cholgas, erizos y muchos otros mariscos: son los castigados por el poderoso yécamush.
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sábado, 16 de marzo de 2019
EL HABILOSO OMORRA
Sobre el arrecife de Huéacuf, situado cerca de la desembocadura del río Douglas, en la costa occidental de la isla Navarino, vivía un feroz elefante marino. Toda piragua que pasara por aquel paraje era atacada de inmediato por él: la destrozaba y mataba a los tripulantes, llevándoselos a la playa para devorarlos. Había muchas familias que lamentaban la pérdida de sus parientes.
El pequeño Omorra, conocido como extremadamente ágil, diestro e inteligente, y por eso consultado por casi todos aquellos deudos, les expresó que le parecía que todos éstos habían sufrido la misma suerte, pues en ningún caso hubo sobrevivientes. A instancias de ellos, se dedicó a observar lo que ocurría. Para este objeto trepó a un cerro y siguió con la vista el viaje de una piragua. Lleno de espanto pudo ver cómo fue atacada por un elefante marino de enorme estatura, que luego devoró a todos los tripulantes. Informó de inmediato sobre lo que había visto, y los parientes de las víctimas se colocaron luego en el cuerpo la pintura negra que exterioriza el luto.
Omorra, que era capaz de elaborar los mejores arpones y hondas, se dedicó de inmediato a prepararse para atacar a esa foca. Ya en situación de hacerlo, llamó a cuatro mujeres para que bogaran rápidamente la piragua en dirección a aquella roca. Tan pronto llegaron allá, la bestia se les acercó, pero Omorra le disparó una piedra con su honda, destrozándole un ojo. Al segundo disparo, ella quedó ciega y gritó lastimosamente. Luego el pequeño héroe tomó el arco, disparó una flecha y se la incrustó en el corazón. El animal alcanzó la orilla del mar y fue capaz de trepar hasta el arrecife de Huéacuf, donde falleció y se petrificó. Debido a ello, todavía lo reconocerá sin dificultad quien pase frente al lugar. Todos manifestaron a Omorra sus agradecimientos por su valiente actitud.
Otro hecho notable lo destacó poco después. Quihuagu, la gaviota negriblanca, que se asemeja a un dominico, por lo cual los científicos así la llaman (Larus dominicanus), había enviudado y vivía con una hermosa hija. Quetela, el traro, se enamoró de ambas y se desposó con ellas, llevándolas a su choza (en aquel tiempo todavía no eran animales). Era muy habiloso en la elaboración de arpones, y salía frecuentemente con Quihuagu a pescar peces y recoger jaibas, quedando sola en el hogar la mujer, que era de tierna edad.
Dos hermanos Huashénim (cormoranes negros) se enamoraron de ella y le hicieron la corte, pero la joven rechazó todos sus requerimientos. Y cuando en otra ocasión trataron de apoderarse de ella por la fuerza, ella los resistió e insultó, y como aquellos hermanos nada lograron, se vengaron matándola.
Al emprender la fuga, ellos se encontraron con Quihuagu, y se comportaron de una manera tan insegura y rara, que la mujer sospechó de inmediato que habían cometido alguna maldad a su hija. Corrió a la choza, pero la joven no contestaba a sus gritos, y luego la encontró muerta. Estaba desconsolada.
Más allá, los hermanos Huashénim se encontraron con Quetela, sentado en una colina y trabajando en la terminación de un arpón. Se le acercaron en son de burla y lo golpearon con una vara en la cabeza, por lo cual el traro la tiene plana. Se apresuró éste a llegar a su choza, donde se enteró de la desgracia ocurrida.
Pronto se reunió allá una numerosa parentela, pues —como se sabe— la de las gaviotas es muy grande. Ni siquiera faltaron en esa manifestación de luto los
hermanos Huashénim, pero su mala conciencia los hizo mantenerse a cierta distancia, encima del barranco de Lashahuaya, situado sobre la isla Hoste, frente al canal Molinare.
Al avistarlos, los presentes se irritaron por la insolencia de los asesinos y dispararon sus hondas para castigarlos. Estaban, empero, demasiado distantes, y las piedras no los alcanzaban.
Se les ocurrió entonces llamar al pequeño Omorra, conocido como excelente cazador. Tardó en llegar a aquel sitio, pues en el camino se dedicó a ejercitarse en el uso de su honda, a fin de alcanzar a los asesinos. Disparó una gran piedra hacia el sur, la que abrió el canal Molinare y separó por medio de él las islas de Navarino y Hoste. Dos proyectiles disparados hacia el poniente abrieron los canales Noroeste y Suroeste del de Beagle. Una cuarta piedra arrojada hacia el oriente formó el curso recto del canal Beagle al Mar Antártico, pasando al norte de las islas Picton y Nueva. Otras piedras que disparó con su honda formaron los demás canales y fiordos de la región.
Muchos se rieron cuando llegó el pequeño Omorra con tres enormes piedras en las manos, que apenas podía acarrear. La primera que arrojó en dirección de los hermanos Huashénim pasó justamente entre ellos; las otras dos, sin embargo, dieron en las metas y mataron a los dos asesinos. Ambos fueron transformados en rocas, que se encuentran todavía allá, sobre el barranco de Lashahuaya y que todos conocen con el nombre de "Los dos Ancianos".
Estos —y muchos otros— son los hechos que dieron fama a Omorra, y si visitara con mayor frecuencia este remoto y aislado archipiélago del Cabo de Hornos, no cabe duda que -loa yamanas habrían hecho mayores progresos. Más tarde, aquel pequeño hombre tan habiloso se transformó en el picaflor, y es sabido que éste llega a Tierra del Fuego sólo durante una brevísima temporada de verano.
El pequeño Omorra, conocido como extremadamente ágil, diestro e inteligente, y por eso consultado por casi todos aquellos deudos, les expresó que le parecía que todos éstos habían sufrido la misma suerte, pues en ningún caso hubo sobrevivientes. A instancias de ellos, se dedicó a observar lo que ocurría. Para este objeto trepó a un cerro y siguió con la vista el viaje de una piragua. Lleno de espanto pudo ver cómo fue atacada por un elefante marino de enorme estatura, que luego devoró a todos los tripulantes. Informó de inmediato sobre lo que había visto, y los parientes de las víctimas se colocaron luego en el cuerpo la pintura negra que exterioriza el luto.
Omorra, que era capaz de elaborar los mejores arpones y hondas, se dedicó de inmediato a prepararse para atacar a esa foca. Ya en situación de hacerlo, llamó a cuatro mujeres para que bogaran rápidamente la piragua en dirección a aquella roca. Tan pronto llegaron allá, la bestia se les acercó, pero Omorra le disparó una piedra con su honda, destrozándole un ojo. Al segundo disparo, ella quedó ciega y gritó lastimosamente. Luego el pequeño héroe tomó el arco, disparó una flecha y se la incrustó en el corazón. El animal alcanzó la orilla del mar y fue capaz de trepar hasta el arrecife de Huéacuf, donde falleció y se petrificó. Debido a ello, todavía lo reconocerá sin dificultad quien pase frente al lugar. Todos manifestaron a Omorra sus agradecimientos por su valiente actitud.
Otro hecho notable lo destacó poco después. Quihuagu, la gaviota negriblanca, que se asemeja a un dominico, por lo cual los científicos así la llaman (Larus dominicanus), había enviudado y vivía con una hermosa hija. Quetela, el traro, se enamoró de ambas y se desposó con ellas, llevándolas a su choza (en aquel tiempo todavía no eran animales). Era muy habiloso en la elaboración de arpones, y salía frecuentemente con Quihuagu a pescar peces y recoger jaibas, quedando sola en el hogar la mujer, que era de tierna edad.
Dos hermanos Huashénim (cormoranes negros) se enamoraron de ella y le hicieron la corte, pero la joven rechazó todos sus requerimientos. Y cuando en otra ocasión trataron de apoderarse de ella por la fuerza, ella los resistió e insultó, y como aquellos hermanos nada lograron, se vengaron matándola.
Al emprender la fuga, ellos se encontraron con Quihuagu, y se comportaron de una manera tan insegura y rara, que la mujer sospechó de inmediato que habían cometido alguna maldad a su hija. Corrió a la choza, pero la joven no contestaba a sus gritos, y luego la encontró muerta. Estaba desconsolada.
Más allá, los hermanos Huashénim se encontraron con Quetela, sentado en una colina y trabajando en la terminación de un arpón. Se le acercaron en son de burla y lo golpearon con una vara en la cabeza, por lo cual el traro la tiene plana. Se apresuró éste a llegar a su choza, donde se enteró de la desgracia ocurrida.
Pronto se reunió allá una numerosa parentela, pues —como se sabe— la de las gaviotas es muy grande. Ni siquiera faltaron en esa manifestación de luto los
hermanos Huashénim, pero su mala conciencia los hizo mantenerse a cierta distancia, encima del barranco de Lashahuaya, situado sobre la isla Hoste, frente al canal Molinare.
Al avistarlos, los presentes se irritaron por la insolencia de los asesinos y dispararon sus hondas para castigarlos. Estaban, empero, demasiado distantes, y las piedras no los alcanzaban.
Se les ocurrió entonces llamar al pequeño Omorra, conocido como excelente cazador. Tardó en llegar a aquel sitio, pues en el camino se dedicó a ejercitarse en el uso de su honda, a fin de alcanzar a los asesinos. Disparó una gran piedra hacia el sur, la que abrió el canal Molinare y separó por medio de él las islas de Navarino y Hoste. Dos proyectiles disparados hacia el poniente abrieron los canales Noroeste y Suroeste del de Beagle. Una cuarta piedra arrojada hacia el oriente formó el curso recto del canal Beagle al Mar Antártico, pasando al norte de las islas Picton y Nueva. Otras piedras que disparó con su honda formaron los demás canales y fiordos de la región.
Muchos se rieron cuando llegó el pequeño Omorra con tres enormes piedras en las manos, que apenas podía acarrear. La primera que arrojó en dirección de los hermanos Huashénim pasó justamente entre ellos; las otras dos, sin embargo, dieron en las metas y mataron a los dos asesinos. Ambos fueron transformados en rocas, que se encuentran todavía allá, sobre el barranco de Lashahuaya y que todos conocen con el nombre de "Los dos Ancianos".
Estos —y muchos otros— son los hechos que dieron fama a Omorra, y si visitara con mayor frecuencia este remoto y aislado archipiélago del Cabo de Hornos, no cabe duda que -loa yamanas habrían hecho mayores progresos. Más tarde, aquel pequeño hombre tan habiloso se transformó en el picaflor, y es sabido que éste llega a Tierra del Fuego sólo durante una brevísima temporada de verano.
miércoles, 6 de marzo de 2019
El sapo y el urubú
¿Saben, niños, por qué el sapo tiene manchas y protuberancias en el lomo? Pues porque se golpeó.
Antes de tal accidente mostraba, sin duda, una espalda pulida y lustrosa, de la cual se enorgullecería ante los otros animales acuáticos, pues ya sabemos que el sapo anda siempre hinchado de vanidad.
Sucedió que el sapo y el urubú, o sea, el buitre, fueron invitados a una fiesta que se iba a realizar en el cielo de los animales.
El urubú, después de hacer sus preparativos, fue donde el sapo con el fin de burlarse de él. Lo encontró entre los juncos de un charco, croando de la manera más melodiosa que le era posible. Es que estaba adiestrando la voz.
—Compadre —le dijo el urubú—, me han contado que irás a la fiesta del cielo.
—Desde luego —contestó el sapo, muy satisfecho—, saldré mañana temprano hacia allá. Me invitan debido a mi gran habilidad de cantante…
—Yo también iré —afirmó el urubú, para que el sapo se dejara de jactancias ante un testigo que lo iba a sorprender mintiendo.
—¡Magnífico! —exclamó el sapo—, y espero que estarás ensayando tu instrumento.
Se refería a la guitarra, a la que era muy aficionado el urubú.
Como éste lo mirara un tanto asombrado, pues no esperaba tales alardes, el sapo agregó, dándose importancia:
—Sí, compadre, iré. Una ascensión me será bastante útil para el vigor del cuerpo y el esparcimiento del espíritu, pues la vida rutinaria me disgusta…
En seguida volvió las espaldas al urubú y siguió croando a voz en cuello. Al oírlo se estremecían hasta los juncos.
El urubú se quedó convencido de que el sapo era un gran farsante.
Al otro día, muy de mañana, el urubú estaba posado en la rama de un arbusto y se alisaba las negras plumas, preparándose para el viaje, cuando se le presentó el sapo. La guitarra se encontraba en el suelo, ya lista, pues el urubú la estuvo templando durante la noche.
—Buenos días —saludó el sapo.
—Buenos días —le contestó el urubú, con cierto tono de burla.
—Como yo avanzo con mucha lentitud —exclamó el sapo—, he resuelto irme primero. Así es que ya nos veremos. Hasta luego…
—Hasta luego —respondió el urubú, sin mirar al sapo, y pensando que salía con esa propuesta para escabullirse por allí y no quedar en vergüenza.
Pero lo que hizo el sapo fue meterse, a escondidas, en la guitarra.
El urubú se pasó el pico por las plumas hasta que quedaron relucientes y, en seguida, cogió su instrumento y levantó el vuelo.
Entusiasmado como iba con la perspectiva de la fiesta, no advirtió que su guitarra tenía más peso que el de costumbre. Volaba impetuosamente, y pronto dejó tras sí las nubes y luego la luna y las estrellas.
Al llegar al cielo, que, como ya hemos dicho, era el cielo de los animales, le preguntaron por el sapo.
—¿Creen que va a venir? —contestó el urubú—. Veo que ustedes se han olvidado del sapo. Si en la tierra apenas marcha a saltos, ¿piensan que puede remontarse hasta esta altura? Es seguro que no vendrá…
—¿Por qué no lo trajiste? —demandó el pato, que tenía cierta simpatía por el sapo debido a su común afición al agua.
—Porque no acostumbro cargar piedras —respondió el urubú. Dicho esto, dejó a un lado su guitarra y, esperando que llegara el momento de la música, se puso a conversar con el loro.
Entonces el sapo salió de su escondite y apareció de improviso ante la concurrencia, más hinchado y orgulloso que de costumbre. Como es natural, lo recibieron con gran asombro, en medio de aplausos y felicitaciones. Al mismo tiempo, se reían del urubú. Alguien contó, por lo bajo, la forma en que viajó el sapo, y el urubú, al notar que rezongaban de él, se sentía muy incómodo.
Después comenzó la fiesta.
Repetimos que ése era el cielo de los animales. Todos estaban allí felices y contentos.
El burro ya no sufría los palos del amo ni el caballo los espolazos, pudiendo ambos estar quietos o galopando según su gusto.
El león conversaba tranquilamente con la oveja, que disfrutaba de un verde prado.
Del mismo modo, el puma se entendía bien con el venado, y el ñandú corría solamente cuando se le antojaba, pues no había allí gauchos que lo persiguieran con boleadoras.
Los monos tenían árboles cuajados de frutos, que compartían con pájaros felices, pues nadie les robaba sus nidos.
En fin, no había animal que se encontrara triste, por falta de alimentos o por la persecución de otro animal o del hombre.
Las palomas revoloteaban sobre ese cuadro de felicidad, llevando en el pico la rama del olivo de la paz con más éxito que en la tierra.
Para mejor, todos se dedicaban a cultivar el canto, el baile o el instrumento de su preferencia. Y era precisamente para lucir sus habilidades que se realizaba la fiesta.
Llegado el momento, el elefante soplaba el clarinete, los pájaros hacían sonar las flautas, la serpiente de cascabel agitaba uno muy grande, la jirafa se entendía con el saxófono, el grillo tocaba su violincito de una sola cuerda y la tortuga golpeaba el bombo con mucha compostura.
En cuanto a canto, el león rugía una melodía severa y profunda, el caballo relinchaba un aria, el gato maullaba una patética serenata, y el gallo, de todos modos, lo hacía mejor que cuando quiso actuar en Bremen.
No nos hemos olvidado del burro, que tiene también potente voz, pero haciendo honor a su nombre, no había logrado perfeccionarse, por lo cual los demás animales le pidieron que no desafinara. Estaba por allí tocando, discretamente, el triángulo.
La música celestial contaba también con el silbo, a cargo de la vizcacha, que lo hacía tan bien como el mirlo.
Quien bailaba era el oso, bamboleándose muy gustosamente, sin tener que obedecer ya el látigo del gitano.
También hacían piruetas los monos, a quienes fue imposible sujetar, y ni qué decir que las ardillas se movían más que nunca.
Desde luego que el buitre, invitado para refuerzo de la orquesta, rasgueaba su guitarra con gran entusiasmo, y el sapo, que era partidario de formar un orfeón, daba unos “do de pecho” con una voz de tenor bastante apreciable.
A todo esto, el loro hablaba y lanzaba vivas en todos los idiomas.
El sapo no las tenía todas consigo pensando en la vuelta y por eso, aprovechando un momento en que eran mayores la alegría y el alboroto, se metió de nuevo en la caja de la guitarra.
Terminada la fiesta, nadie notó su ausencia a la hora de despedirse. Nadie, salvo el urubú, que le guardaba rencor por haberlo puesto en ridículo.
Éste echó a volar al fin hacia la tierra y, como ya estaba receloso, advirtió el mayor peso de su instrumento.
Como no residía de firme en el cielo, tenía aún malos sentimientos, y se propuso vengarse del sapo que, por la misma razón de no vivir allí, se encontraba aún a merced de las trapacerías de sus enemigos.
El urubú voló sin hacer ninguna investigación hasta que le fue posible distinguir el suelo. En ese momento estaba también bajo la luna y, dando inclinación a la guitarra para que la luz entrara en la caja, distinguió al pobre sapo acurrucado en el fondo de ella.
—Sal de ahí —gritó el urubú.
—Por favor, no me eches —rogó el sapo, angustiosamente.
—¿No eres capaz de volar hasta el cielo? Sal, sal pronto —insistió el urubú.
—No, no puedo salir, porque tú me arrojarás… —se lamentaba el sapo.
El urubú continuó exigiéndole que saliera, cosa que no pudo conseguir, pues el sapo, de ningún modo quería exponerse a caer. Por último, el urubú volteó y agitó la guitarra hasta que consiguió disparar por los aires al clandestino ocupante.
El sapo movía las patas, cayendo vertiginosamente.
Por mucha que fuera la velocidad, la distancia era también muy grande, y el choque demoraba. El pobre sapo tuvo entonces tiempo para pensar y lamentarse:
—Ojalá no caiga en rocas ni piedras —decía—. Ojalá caiga en una laguna…, o en arena…, o en blanda yerba…
El urubú, entretanto, le gritaba:
—¡Qué rápido vuelas!... ¡Sin duda fue un águila tu madre!...
El pobre sapo ni le oía.
En cierto momento le pareció que caería en una laguna, pero un ventarrón lo alejó, haciéndole perder esa esperanza.
Luego creyó que se precipitaba sobre un prado, y, por último, sobre un frondoso ombú; mas siguió apartándose de la dirección de estos lugares.
Ahí estaban unos largos y duros caminos. Ahí, unos roquedales. Ahí, el patio de una casa.
Descendía dando volteretas, pues el viento arreció. Por último, cerró los ojos, prefiriendo no ver el sitio en el cual iba a estrellarse.
Al fin llegó. Se dio contra el suelo, de espaldas, en un lugar lleno de piedras.
Quedóse sin sentido y, cuando despertó, andaba rengueando más que nunca, y pasaron muchos días antes que se repusiera completamente.
Pero el golpe había sido tan fuerte que la espalda le quedó para siempre manchada y llena de protuberancias.
He ahí, pues, la razón por la cual el pobre sapo tiene tan fea presencia. También dicen que debido al golpe se le malogró la voz, pero esto no se puede asegurar.
sábado, 31 de marzo de 2018
Del arbol Pehuen que empezo a andar
En el sur de Chile el invierno llega en julio y agosto, con sus tormentas de nieve
y su frío intenso. Entonces la gente se reúne alrededor de la hoguera a contar
cuentos, y come nueces, uvas pasas y frutos del pehuén.
Al probar estos frutos, se suele recordar que entre los antepasados el pehuén
fue un árbol sagrado y que los hombres lo respetaban como amigo y protector.
Y a veces se empieza a hablar de él...
Hace muchos siglos, cuando los blancos no habían llegado a nuestras tierras,
los araucanos eran los dueños de estas regiones. Vivían en toldos hechos de
cuero, y no les gustaba permanecer en el mismo lugar todo el año. Para ellos
era fácil recoger sus pertenencias y buscar un sitio distinto, más agradable,
donde abundara el pasto para los guanacos y los hombres encontraran qué
cazar.
Pero en invierno, a pesar de que se abrigaban con las pieles de los zorros y de
las nutrias, que sabían curtir, sufrían a causa del frío. Por eso temían la época
de la niebla, de la nieve y de las tormentas. Los hombres confeccionaban los
abrigos y los zapatos, y las mujeres hilaban la lana de los guanacos y tejían la
ropa interior y las medias. Pero toda esta ropa no lograba espantar el frío, pues
los toldos eran livianos y el carbón de palo no calentaba lo suficiente.
Nuike se acurrucó cerca del brasero El fuego crepitaba, pero sus manos
estaban tiesas del frío. Era difícil hilar con los dedos helados. Estaba sola en el
toldo. A veces alzaba la cabeza para poder oír mejor, pero no oía nada.
Afuera caía la nieve. Su esposo Futa Viedyá no había regresado de las salinas
de las montañas altas, adonde iba a con seguir sal. Generalmente regresaba
antes de que empezara a nevar, pero este año el invierno había llegado más
temprano..
El hijo, el pequeño Viedyá, entró en el toldo; sacudió su abrigo y su gorro, que
estaban cubiertos de nieve, y dijo:
«Estoy triste, mamacita; no traigo noticias de mi taita. No pude subir la
pendiente, pues es imposible pasar a causa de la nieve».
Nuike se levantó. Ayudó al hijo a quitarse las prendas mojadas y tiesas y le
puso un saco suave de lana. Sin las pieles, se notaba que Viedyá era todavía
un niño. La madre lo miraba con cariño.
«No sé qué hacer; ¡no tengo a quién mandar en busca de tu padre!», le dijo.
«Sé que corre un gran peligro. Soñé con él y lo vi acosado por los jaguares y la
nieve».
«Déjame ir, mamacita», pidió el niño. «Déjame ir en busca de mi taita querido».
La madre no quería dejarse convencer, pero al fin arregló carne seca y un
cuero con chicha,'1e entregó a su hijo la ropa para que se abrigara y le
recomendó que siempre buscara un pehuén.
«El árbol te amparará del frío y de la soledad», le dijo. «Recuerda que debes
volver a mi toldo. No puedo perderlos a ambos, a ti y a mi esposo».
Viedyá salió a la madrugada. Las nubes oscurecían el cielo, el Sol no se dejaba
ver, y las montañas apenas se veían en la lejanía.
El joven, sin dejarse desanimar, se colocó unas tablitas debajo de las
alpargatas para poder andar mejor, y así logró subir las pendientes, buscando
el camino que había tomado su padre unas semanas antes.
Era muy difícil orientarse, pues ni el Sol ni las estrellas lo podían guiar, y en
ninguna parte veía hombres ni viviendas. Al parecer, todos se habían
encerrado a causa del frío.
Al caer la noche se hallaba tan cansado que casi no podía mover los pies, pero
recordó lo que sus padres le habían dicho: «Nunca duermas sobre la nieve
porque jamás volverás a despertar».
Su madre le había recomendado que se resguardara en un pehuén, de modo
que debía buscar uno. Encontró un árbol con un tronco fuerte y una copa llena
de hojas verdes; amontonó la nieve a su alrededor hasta que casi llegó a las
ramas, y se sentó dentro de su albergue, donde los vientos fríos ya no podían
alcanzarlo. Comió carne y bebió algo de chicha. Los ojos se le cerraban de
cansancio, pero el árbol se movía tirándole nieve a la cara para despertarlo.
Toda la noche Viedyá bebió chicha' y la compartió con el pehuén como su
madre le había enseñado. Al llegar la madrugada sintió que había recuperado
sus energías con el descanso.
Le agradeció al árbol su protección, le colgó el gorro en las ramas en muestra
de gratitud, y siguió su camino. Al llegar nuevamente la noche no pudo
encontrar otro pehuén para guarecerse. De repente, olió humo y divisó una
hoguera, alrededor de la cual descansaban unos guerreros de un pueblo
desconocido.
Los hombres lo dejaron acercar al fuego, pues venía solo y les ofreció
compartir su chicha con ellos. Después se acostó al lado de,la hoguera, y se
durmió enseguida. Tenía el cansancio de dos días de camino y no había
dormido la noche anterior.
Pero aquéllos que lo habían recibido con aparente amistad no eran buenos. Le
quitaron la comida, le robaron el cuero con chicha y los abrigos de piel y
procedieron a amarrarle las manos y los pies, y lo abandonaron al lado de la
hoguera, que ya se estaba apagando. Sólo le dejaron sus interiores de lana.
Viedyá despertó muerto de frío. Estaba tieso, temblaba y casi no podía
moverse. Estaba solo en la nieve. Se puso a sollozar y a llamar a su madre:
«Nuike, Nuike, ayúdame». Pero Nuike no podía oírlo ni sabía del peligro en que
se encontraba su hijo.
En ese momento Viedyá no pretendía ser un hombre grande y valiente. Era un
niño que no sabía qué hacer y tenía miedo.
Entonces su mirada se fijó en un pehuén que se encontraba a poca distancia
de él, y en su soledad y su desamparo le rogó al árbol que le ayudara. El árbol
entendió su súplica. Sacudió su copa y empezó a sacar sus raíces del suelo sin
que se dañaran. ¡El pehuén se movió! ¡Se puso a caminar y se acercó a Viedyá
que no podía creer lo que estaba viendo! El árbol extendió sus ramas sobre él
formando un toldo protector; lo ocultó para que no pudieran verlo los animales
salvajes, y a la vez lo abrigó del frío; y, al sacudirse, sus frutos caían sobre
Viedyá. El niño logró soltarse las manos y los pies, y comió los frutos dulces
que le calmaron el hambre y la sed. Luego el árbol lo arrulló con el murmullo de
sus hojas.
Mientras tanto Nuike no lograba calmar su preocupación. No podía dormir ni
hilar. El temor por el hijo y el esposo no la dejaban descansar. Cerraba los ojos
y las visiones de tragedia y muerte se apoderaban de ella. Futa-Viedyá, su
esposo, ya no estaba vivo. La nieve lo cubría, y no volvería jamás. Después
veía a su hijo desamparado, también acostado sobre la nieve pero todavía vivo.
Nuike no esperó más. Aunque no se acostumbraba que las mujeres salieran
solas, no vaciló. Se abrigó, tomó una lanza de su esposo para defenderse,
empacó comida y bebida y salió, abriéndose camino a través de la nieve.
Jamás dudó de la dirección que debía tomar. Cerraba los ojos y encontraba el
camino a ciegas. El amor por el hijo la guiaba. Cuando vio el gorro de Viedyá
colgado del pehuén y descubrió las huellas de unas alpargatas, supo que
pertenecían al muchacho porque eran pequeñas. Siguió adelante, y de repente
su mirada se fijó en un árbol caído. Se acercó al pehuén, retiró las ramas y
descubrió a su hijo que dormía bajo el toldo de las hojas.
La madre lo despertó, y él le contó lo que le había sucedido, y le habló del árbol
milagroso que lo había salvado.
Nuike se arrodilló ante el árbol y le dio las gracias por lo que había hecho por
su hijo. Después, ambos alzaron el árbol y lo llevaron al lugar del cual había
sacado sus raíces el día anterior, pues creían que deseaba seguir viviendo allí.
Cuando emprendieron el camino de regreso y echaron una mirada atrás para
despedirse del árbol, vieron que éste los seguía y los acompañaba, dándoles
protección y abrigo durante todo el camino.
El pehuén se quedó con ellos cuando finalmente llegaron al toldo. Viedyá
excavó el suelo, trajo tierra negra del bosque y plantó el árbol con cuidado,
derritiendo nieve para mojarle las raíces.
El pehuén siguió creciendo, y Viedyá decidió quedarse en ese lugar toda la
vida, cultivando la tierra al lado del árbol milagroso.
Todo lo que emprendió en ese lugar le trajo suerte y bienestar.
Aunque Nuike se cortó el pelo, como era costumbre en aquellos tiempos
cuando una mujer enviudaba, volvió a gozar de la vida cuando Viedyá encontró
con quien casarse y le construyó a la esposa una casa de troncos con techo de
paja.
Fue así como el pehuén les enseñó a los araucanos a quedarse en un solo sitio
y a vivir como campesinos.
y su frío intenso. Entonces la gente se reúne alrededor de la hoguera a contar
cuentos, y come nueces, uvas pasas y frutos del pehuén.
Al probar estos frutos, se suele recordar que entre los antepasados el pehuén
fue un árbol sagrado y que los hombres lo respetaban como amigo y protector.
Y a veces se empieza a hablar de él...
Hace muchos siglos, cuando los blancos no habían llegado a nuestras tierras,
los araucanos eran los dueños de estas regiones. Vivían en toldos hechos de
cuero, y no les gustaba permanecer en el mismo lugar todo el año. Para ellos
era fácil recoger sus pertenencias y buscar un sitio distinto, más agradable,
donde abundara el pasto para los guanacos y los hombres encontraran qué
cazar.
Pero en invierno, a pesar de que se abrigaban con las pieles de los zorros y de
las nutrias, que sabían curtir, sufrían a causa del frío. Por eso temían la época
de la niebla, de la nieve y de las tormentas. Los hombres confeccionaban los
abrigos y los zapatos, y las mujeres hilaban la lana de los guanacos y tejían la
ropa interior y las medias. Pero toda esta ropa no lograba espantar el frío, pues
los toldos eran livianos y el carbón de palo no calentaba lo suficiente.
Nuike se acurrucó cerca del brasero El fuego crepitaba, pero sus manos
estaban tiesas del frío. Era difícil hilar con los dedos helados. Estaba sola en el
toldo. A veces alzaba la cabeza para poder oír mejor, pero no oía nada.
Afuera caía la nieve. Su esposo Futa Viedyá no había regresado de las salinas
de las montañas altas, adonde iba a con seguir sal. Generalmente regresaba
antes de que empezara a nevar, pero este año el invierno había llegado más
temprano..
El hijo, el pequeño Viedyá, entró en el toldo; sacudió su abrigo y su gorro, que
estaban cubiertos de nieve, y dijo:
«Estoy triste, mamacita; no traigo noticias de mi taita. No pude subir la
pendiente, pues es imposible pasar a causa de la nieve».
Nuike se levantó. Ayudó al hijo a quitarse las prendas mojadas y tiesas y le
puso un saco suave de lana. Sin las pieles, se notaba que Viedyá era todavía
un niño. La madre lo miraba con cariño.
«No sé qué hacer; ¡no tengo a quién mandar en busca de tu padre!», le dijo.
«Sé que corre un gran peligro. Soñé con él y lo vi acosado por los jaguares y la
nieve».
«Déjame ir, mamacita», pidió el niño. «Déjame ir en busca de mi taita querido».
La madre no quería dejarse convencer, pero al fin arregló carne seca y un
cuero con chicha,'1e entregó a su hijo la ropa para que se abrigara y le
recomendó que siempre buscara un pehuén.
«El árbol te amparará del frío y de la soledad», le dijo. «Recuerda que debes
volver a mi toldo. No puedo perderlos a ambos, a ti y a mi esposo».
Viedyá salió a la madrugada. Las nubes oscurecían el cielo, el Sol no se dejaba
ver, y las montañas apenas se veían en la lejanía.
El joven, sin dejarse desanimar, se colocó unas tablitas debajo de las
alpargatas para poder andar mejor, y así logró subir las pendientes, buscando
el camino que había tomado su padre unas semanas antes.
Era muy difícil orientarse, pues ni el Sol ni las estrellas lo podían guiar, y en
ninguna parte veía hombres ni viviendas. Al parecer, todos se habían
encerrado a causa del frío.
Al caer la noche se hallaba tan cansado que casi no podía mover los pies, pero
recordó lo que sus padres le habían dicho: «Nunca duermas sobre la nieve
porque jamás volverás a despertar».
Su madre le había recomendado que se resguardara en un pehuén, de modo
que debía buscar uno. Encontró un árbol con un tronco fuerte y una copa llena
de hojas verdes; amontonó la nieve a su alrededor hasta que casi llegó a las
ramas, y se sentó dentro de su albergue, donde los vientos fríos ya no podían
alcanzarlo. Comió carne y bebió algo de chicha. Los ojos se le cerraban de
cansancio, pero el árbol se movía tirándole nieve a la cara para despertarlo.
Toda la noche Viedyá bebió chicha' y la compartió con el pehuén como su
madre le había enseñado. Al llegar la madrugada sintió que había recuperado
sus energías con el descanso.
Le agradeció al árbol su protección, le colgó el gorro en las ramas en muestra
de gratitud, y siguió su camino. Al llegar nuevamente la noche no pudo
encontrar otro pehuén para guarecerse. De repente, olió humo y divisó una
hoguera, alrededor de la cual descansaban unos guerreros de un pueblo
desconocido.
Los hombres lo dejaron acercar al fuego, pues venía solo y les ofreció
compartir su chicha con ellos. Después se acostó al lado de,la hoguera, y se
durmió enseguida. Tenía el cansancio de dos días de camino y no había
dormido la noche anterior.
Pero aquéllos que lo habían recibido con aparente amistad no eran buenos. Le
quitaron la comida, le robaron el cuero con chicha y los abrigos de piel y
procedieron a amarrarle las manos y los pies, y lo abandonaron al lado de la
hoguera, que ya se estaba apagando. Sólo le dejaron sus interiores de lana.
Viedyá despertó muerto de frío. Estaba tieso, temblaba y casi no podía
moverse. Estaba solo en la nieve. Se puso a sollozar y a llamar a su madre:
«Nuike, Nuike, ayúdame». Pero Nuike no podía oírlo ni sabía del peligro en que
se encontraba su hijo.
En ese momento Viedyá no pretendía ser un hombre grande y valiente. Era un
niño que no sabía qué hacer y tenía miedo.
Entonces su mirada se fijó en un pehuén que se encontraba a poca distancia
de él, y en su soledad y su desamparo le rogó al árbol que le ayudara. El árbol
entendió su súplica. Sacudió su copa y empezó a sacar sus raíces del suelo sin
que se dañaran. ¡El pehuén se movió! ¡Se puso a caminar y se acercó a Viedyá
que no podía creer lo que estaba viendo! El árbol extendió sus ramas sobre él
formando un toldo protector; lo ocultó para que no pudieran verlo los animales
salvajes, y a la vez lo abrigó del frío; y, al sacudirse, sus frutos caían sobre
Viedyá. El niño logró soltarse las manos y los pies, y comió los frutos dulces
que le calmaron el hambre y la sed. Luego el árbol lo arrulló con el murmullo de
sus hojas.
Mientras tanto Nuike no lograba calmar su preocupación. No podía dormir ni
hilar. El temor por el hijo y el esposo no la dejaban descansar. Cerraba los ojos
y las visiones de tragedia y muerte se apoderaban de ella. Futa-Viedyá, su
esposo, ya no estaba vivo. La nieve lo cubría, y no volvería jamás. Después
veía a su hijo desamparado, también acostado sobre la nieve pero todavía vivo.
Nuike no esperó más. Aunque no se acostumbraba que las mujeres salieran
solas, no vaciló. Se abrigó, tomó una lanza de su esposo para defenderse,
empacó comida y bebida y salió, abriéndose camino a través de la nieve.
Jamás dudó de la dirección que debía tomar. Cerraba los ojos y encontraba el
camino a ciegas. El amor por el hijo la guiaba. Cuando vio el gorro de Viedyá
colgado del pehuén y descubrió las huellas de unas alpargatas, supo que
pertenecían al muchacho porque eran pequeñas. Siguió adelante, y de repente
su mirada se fijó en un árbol caído. Se acercó al pehuén, retiró las ramas y
descubrió a su hijo que dormía bajo el toldo de las hojas.
La madre lo despertó, y él le contó lo que le había sucedido, y le habló del árbol
milagroso que lo había salvado.
Nuike se arrodilló ante el árbol y le dio las gracias por lo que había hecho por
su hijo. Después, ambos alzaron el árbol y lo llevaron al lugar del cual había
sacado sus raíces el día anterior, pues creían que deseaba seguir viviendo allí.
Cuando emprendieron el camino de regreso y echaron una mirada atrás para
despedirse del árbol, vieron que éste los seguía y los acompañaba, dándoles
protección y abrigo durante todo el camino.
El pehuén se quedó con ellos cuando finalmente llegaron al toldo. Viedyá
excavó el suelo, trajo tierra negra del bosque y plantó el árbol con cuidado,
derritiendo nieve para mojarle las raíces.
El pehuén siguió creciendo, y Viedyá decidió quedarse en ese lugar toda la
vida, cultivando la tierra al lado del árbol milagroso.
Todo lo que emprendió en ese lugar le trajo suerte y bienestar.
Aunque Nuike se cortó el pelo, como era costumbre en aquellos tiempos
cuando una mujer enviudaba, volvió a gozar de la vida cuando Viedyá encontró
con quien casarse y le construyó a la esposa una casa de troncos con techo de
paja.
Fue así como el pehuén les enseñó a los araucanos a quedarse en un solo sitio
y a vivir como campesinos.
Como las cotorras llegaron a los toldos de los araucanos
os araucanos vivían antes en las regiones cálidas, en las cuales no se
conocían la nieve, ni el hielo, ni la oscuridad del invierno, ni la inclemencia de
los vientos helados y las tormentas. Sin embargo, los gobernantes Amancay y
Mutaquén decidieron que debían salir de sus comarcas y buscar otro lugar para
vivir. Alzaron sus toldos los subieron a los lomos de los guanacos, y se fueron
para el Sur. Pasó la Luna llena, la menguante y otra Luna llena, y todavía no
habían encontrado un sitio dónde establecerse.
Por último llegaron a una región montañosa llena de bosques, en los cuales era
muy difícil penetrar. Los troncos inmensos casi no los dejaban pasar, pero al fin
encontraron lagos de agua cristalina y pastos abundantes para los guanacos.
Armaron los toldos, los guerreros salieron de caza, y regresaron con zorros y
nutrias de piel suave y bella, animales distintos de los que estaban
acostumbrados a ver, y también, con el huemul fugaz, que era grande y que
hacía que la comida fuera buena y abundante. Las mujeres se dedicaron a hilar
la lana de los guanacos y a tejer vestidos nuevos. Todavía no sabían del frío
que estaba por venir, pero cuando la nieve y las tormentas llegaron, supieron
cómo abrigarse y cómo guardar comida para los meses de oscuridad.
Los hombres tenían que enfrentarse al puma, que bajaba de las montañas a
robarse los guanacos, la propiedad más valiosa de los araucanos. Como ellos
casi no podían salir de los toldos durante los meses de invierno, los guanacos
les daban leche y lana; por eso, nunca mataban a ninguno de estos animales, a
menos que fuese absolutamente necesario; además, se consideraba pecado
hacerlo.
Los araucanos vivían felices, y así pasaron los años. Ya nadie recordaba el
país de donde habían venido. Sólo en los cuentos se narraba la historia de la
gran marcha, de las comarcas que habían dejado, allá, donde el año pasaba
sin sentirse frío.
Los guerreros sabían usar armas, pero no había nadie contra quién pelear. Los
hombres se entrenaban luchando contra el puma y los gatos monteses. La paz
reinaba entre ellos. Se cuenta que fueron dos hermanos, Urutén y Amancá,
hijos del gobernante Amancay, quienes destruyeron la paz entre los araucanos.
Urutén y Amancá se enamoraron de la princesa Furuquená. Ambos hicieron
para ella un collar brillante de metal precioso, pero la princesa no le recibió la
joya a Urutén, pues amaba a Amancá.
Entonces los hermanos lucharon. Amancá logró vencer a Urutén, quien no
pudiendo soportar su derrota ni el rechazo de la princesa, decidió marcharse.
Se acordó de lo que les había oído contar a los bisabuelos y decidió buscar la
tierra de sus antepasados. No temía luchar contra los guerreros que se habían
apoderado de las comarcas del Norte.
Muchos jóvenes lo acompañaron. Urutén llevaba su rebaño, que era numeroso,
y sus armas. Las madres de los viajeros trataron de convencerlos de que era
mejor quedarse a buscar la paz, pero los jóvenes estaban decididos a
marcharse. Algunos llevaron a sus esposas.
Pasaron mucho tiempo buscando las tierras de sus antepasados, pero no
pudieron dar con ellas. Llegaron a lugares desolados y pobres, donde casi no
había árboles ni arbustos. Los animales no encontraban comida y fue
necesario matarlos. Sacaron las carnes de los guanacos y decidieron cruzar las
montañas, orientándose por el Sol al amanecer. Pensaron que no sería difícil
llegar al otro lado de los cerros, pero cada mañana otras montañas se alzaban
ante sus ojos.
Ya casi no tenían qué comer, y no había animales para cazar. Las rocas a su
alrededor se hallaban peladas por el viento y la sequía.
Muchos hombres se enfermaron por la altura, pero no quisieron regresar. Les
parecía más fácil proseguir.
Por último encontraron llanuras habitadas, pero los hombres que vivían allí
eran muy pobres y no hablaban el mismo lenguaje de ellos. Siguieron su
camino y no tardaron en llegar a unos ríos de agua limpia. ¿Habría sido aquélla
la región de sus antepasados? Encontraron allí a otros hombres, pero tampoco
entendieron su lenguaje.
Los guaraníes, el pueblo que habitaba esas tierras, los recibieron con respeto y
como a huéspedes.
Los araucanos se maravillaron de la riqueza de la comida. Los peces
abundaban en los rios, y en la selva había animales y frutos. Este pueblo no
conocía el frío ni el invierno. Se quedaron allí un buen tiempo. Aprendieron a
hablar con ellos; oyeron del gran Tupá, su dios, que les regalaba todo lo que
necesitaban.
«Vamos a llevarles a los nuestros lo que hay por aquí. Es necesario que sepan
que existe este paraíso al otro lado de las montañas», dijeron.
Urutén no quiso volver a las tierras araucanas. Se había enamorado de una
princesa guaraní, que le parecía más bella que aquella mujer que había
perdido; pero muchos jóvenes emprendieron el camino de regreso. Las
muchachas que los acompañaron, las que no tenían niños pequeños, llevaban
matas y semillas para sembrarlas en sus tierras, pero al llegar a las montañas
las plantas. murieron.
Fue duro el regreso; allí, en aquellas tierras lejanas, dejaban la mitad de sus
corazones.
Por fin llegaron a su tierra de origen y les contaron a sus familiares lo que les
había sucedido. Nadie, sin embargo, les creía lo que decían, pues era
imposible imaginar una vida sin invierno y sin frío.
«Están mintiendo. No existen pájaros de colores tan vivos ni frutos tan dulces
como ustedes dicen. Son mentiras, mentiras ... ».
Las muchachas lloraron de angustia. Los hombres se pusieron pálidos.
«No nos quedaremos. Verán que decimos la verdad». Y empezaron a
implorarle al gran Tupá que les ayudara. Y él, en su inmensa bondad, les
ayudó. Transformó a los viajeros en cotorras. Ahí estaban, ante los ojos
asombrados del pueblo, los pájaros de plumaje verde y rojo; sabían hablar,
sabían decir que regresarían al paraíso del Paraná, para volver, en la época
caliente del año, a las tierras araucanas, y contar lo que habían visto.
Desde entonces, las cotorras se encuentran al lado de los nevados del sur de
Chile. Pasan los meses de verano en las tierras araucanas y luego vuelven al
Norte.
Seguramente fueron ellas las que trajeron en su pico una planta de caña. De lo
contrario, ¿cómo se explica que esta planta tropical haya llegado al sur de la
cordillera?
Y a partir de entonces los araucanos ya no tuvieron que dividir el corazón entre
sus dos afectos, porque viajaban cada año de un lugar querido al otro.
conocían la nieve, ni el hielo, ni la oscuridad del invierno, ni la inclemencia de
los vientos helados y las tormentas. Sin embargo, los gobernantes Amancay y
Mutaquén decidieron que debían salir de sus comarcas y buscar otro lugar para
vivir. Alzaron sus toldos los subieron a los lomos de los guanacos, y se fueron
para el Sur. Pasó la Luna llena, la menguante y otra Luna llena, y todavía no
habían encontrado un sitio dónde establecerse.
Por último llegaron a una región montañosa llena de bosques, en los cuales era
muy difícil penetrar. Los troncos inmensos casi no los dejaban pasar, pero al fin
encontraron lagos de agua cristalina y pastos abundantes para los guanacos.
Armaron los toldos, los guerreros salieron de caza, y regresaron con zorros y
nutrias de piel suave y bella, animales distintos de los que estaban
acostumbrados a ver, y también, con el huemul fugaz, que era grande y que
hacía que la comida fuera buena y abundante. Las mujeres se dedicaron a hilar
la lana de los guanacos y a tejer vestidos nuevos. Todavía no sabían del frío
que estaba por venir, pero cuando la nieve y las tormentas llegaron, supieron
cómo abrigarse y cómo guardar comida para los meses de oscuridad.
Los hombres tenían que enfrentarse al puma, que bajaba de las montañas a
robarse los guanacos, la propiedad más valiosa de los araucanos. Como ellos
casi no podían salir de los toldos durante los meses de invierno, los guanacos
les daban leche y lana; por eso, nunca mataban a ninguno de estos animales, a
menos que fuese absolutamente necesario; además, se consideraba pecado
hacerlo.
Los araucanos vivían felices, y así pasaron los años. Ya nadie recordaba el
país de donde habían venido. Sólo en los cuentos se narraba la historia de la
gran marcha, de las comarcas que habían dejado, allá, donde el año pasaba
sin sentirse frío.
Los guerreros sabían usar armas, pero no había nadie contra quién pelear. Los
hombres se entrenaban luchando contra el puma y los gatos monteses. La paz
reinaba entre ellos. Se cuenta que fueron dos hermanos, Urutén y Amancá,
hijos del gobernante Amancay, quienes destruyeron la paz entre los araucanos.
Urutén y Amancá se enamoraron de la princesa Furuquená. Ambos hicieron
para ella un collar brillante de metal precioso, pero la princesa no le recibió la
joya a Urutén, pues amaba a Amancá.
Entonces los hermanos lucharon. Amancá logró vencer a Urutén, quien no
pudiendo soportar su derrota ni el rechazo de la princesa, decidió marcharse.
Se acordó de lo que les había oído contar a los bisabuelos y decidió buscar la
tierra de sus antepasados. No temía luchar contra los guerreros que se habían
apoderado de las comarcas del Norte.
Muchos jóvenes lo acompañaron. Urutén llevaba su rebaño, que era numeroso,
y sus armas. Las madres de los viajeros trataron de convencerlos de que era
mejor quedarse a buscar la paz, pero los jóvenes estaban decididos a
marcharse. Algunos llevaron a sus esposas.
Pasaron mucho tiempo buscando las tierras de sus antepasados, pero no
pudieron dar con ellas. Llegaron a lugares desolados y pobres, donde casi no
había árboles ni arbustos. Los animales no encontraban comida y fue
necesario matarlos. Sacaron las carnes de los guanacos y decidieron cruzar las
montañas, orientándose por el Sol al amanecer. Pensaron que no sería difícil
llegar al otro lado de los cerros, pero cada mañana otras montañas se alzaban
ante sus ojos.
Ya casi no tenían qué comer, y no había animales para cazar. Las rocas a su
alrededor se hallaban peladas por el viento y la sequía.
Muchos hombres se enfermaron por la altura, pero no quisieron regresar. Les
parecía más fácil proseguir.
Por último encontraron llanuras habitadas, pero los hombres que vivían allí
eran muy pobres y no hablaban el mismo lenguaje de ellos. Siguieron su
camino y no tardaron en llegar a unos ríos de agua limpia. ¿Habría sido aquélla
la región de sus antepasados? Encontraron allí a otros hombres, pero tampoco
entendieron su lenguaje.
Los guaraníes, el pueblo que habitaba esas tierras, los recibieron con respeto y
como a huéspedes.
Los araucanos se maravillaron de la riqueza de la comida. Los peces
abundaban en los rios, y en la selva había animales y frutos. Este pueblo no
conocía el frío ni el invierno. Se quedaron allí un buen tiempo. Aprendieron a
hablar con ellos; oyeron del gran Tupá, su dios, que les regalaba todo lo que
necesitaban.
«Vamos a llevarles a los nuestros lo que hay por aquí. Es necesario que sepan
que existe este paraíso al otro lado de las montañas», dijeron.
Urutén no quiso volver a las tierras araucanas. Se había enamorado de una
princesa guaraní, que le parecía más bella que aquella mujer que había
perdido; pero muchos jóvenes emprendieron el camino de regreso. Las
muchachas que los acompañaron, las que no tenían niños pequeños, llevaban
matas y semillas para sembrarlas en sus tierras, pero al llegar a las montañas
las plantas. murieron.
Fue duro el regreso; allí, en aquellas tierras lejanas, dejaban la mitad de sus
corazones.
Por fin llegaron a su tierra de origen y les contaron a sus familiares lo que les
había sucedido. Nadie, sin embargo, les creía lo que decían, pues era
imposible imaginar una vida sin invierno y sin frío.
«Están mintiendo. No existen pájaros de colores tan vivos ni frutos tan dulces
como ustedes dicen. Son mentiras, mentiras ... ».
Las muchachas lloraron de angustia. Los hombres se pusieron pálidos.
«No nos quedaremos. Verán que decimos la verdad». Y empezaron a
implorarle al gran Tupá que les ayudara. Y él, en su inmensa bondad, les
ayudó. Transformó a los viajeros en cotorras. Ahí estaban, ante los ojos
asombrados del pueblo, los pájaros de plumaje verde y rojo; sabían hablar,
sabían decir que regresarían al paraíso del Paraná, para volver, en la época
caliente del año, a las tierras araucanas, y contar lo que habían visto.
Desde entonces, las cotorras se encuentran al lado de los nevados del sur de
Chile. Pasan los meses de verano en las tierras araucanas y luego vuelven al
Norte.
Seguramente fueron ellas las que trajeron en su pico una planta de caña. De lo
contrario, ¿cómo se explica que esta planta tropical haya llegado al sur de la
cordillera?
Y a partir de entonces los araucanos ya no tuvieron que dividir el corazón entre
sus dos afectos, porque viajaban cada año de un lugar querido al otro.
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