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domingo, 27 de octubre de 2013

Buda evita una guerra

En cierta ocasión Buda evitó una guerra que estaba a punto de estallar entre los shakyas y los kolis. Entre las ciudades de Kapilavastu y Koli corría el río Rohini; a través del río había sido construido un dique que permitía a la gente de ambos territorios irrigar sus campos. Sucedió que hubo una gran sequía y los campesinos de ambos lados reclamaban el único derecho a la poca agua que quedaba. Los rivales reclamantes se trataron unos a otros de la peor forma posible, y el asunto, llegando a los oídos de los príncipes de cada territorio, muy exagerado por los rumores, llevó casi a un estallido de guerra, y la cuestión fue tan lejos que los ejércitos de los shakyas y los kolis acamparon contra cada una de las orillas opuestas del disminuido río. En medio de esta crisis Buda percibió lo que estaba sucediendo, y yendo por el aire, y al mismo tiempo haciéndose visible, llegó al lugar de la batalla. Los shakyas bajaron sus armas por respeto a él, a quien consideraban la joya de su raza, y los kolis siguieron su ejemplo. Buda preguntó si estaban reunidos para una fiesta del agua, y, siendo informado que era para una batalla, preguntó la causa. Los príncipes dijeron que ellos no estaban bien seguros, pero que le preguntarían a sus generales; éstos a su vez preguntaron a sus oficiales subalternos, y así hacia abajo hasta que llegaron a los campesinos vulgares. Cuando Buda fue informado de la causa preguntó por el valor del agua, y habiéndosele dicho que era muy bajo, preguntó cuál era el valor del hombre, y le dijeron que era muy alto. «¿Por qué entonces», preguntó, «proponéis tirar lo que es de mayor valor por el bien de lo de pequeño valor?» Este convincente argumento fue suficiente para terminar el asunto.
Al mismo tiempo se decidió que doscientos cincuenta príncipes de cada bando se convertirían en discípulos de Buda. Lo hicieron involuntariamente y no por su propia elección. Sus esposas no bien supieron de ello protestaron amargamente. Buda, sin embargo, pudo persuadir a los príncipes de que lo pensaran otra vez, y no pasó mucho tiempo hasta que entraron por las sendas de la Liberación y se convirtieron en arhats. Ellos permanecieron totalmente indiferentes cuando sus esposas enviaron otra vez mensajes implorándoles que regresaran a sus hogares.

La admisión de mujeres


Este asunto llevó a la primera admisión de las mujeres al sacerdocio: las esposas de los quinientos príncipes, junto con la reina-madre Prajapati, coesposa con Mayadevi y ahora viuda de Suddhodhana, quien había muerto recientemente. Ella pidió que fueran admitidas al sacerdocio. Buda denegó la petición tres veces, después de lo cual ella no quiso volver a insistir. Después de volver a casa, las damas, sin embargo, decidieron actuar vigorosamente; cortaron sus cabellos, se impusieron vestimentas pobres y partieron a pie hacia el lugar donde residía Buda. Ellas, que estaban acostumbradas a caminar sobre alisado mármol y a ser protegidas del calor del sol y de la violencia del viento, pronto quedaron exhaustas y llegaron a la ermita en una condición verdaderamente de desamparo y desvanecimiento. Otra vez Prajapati pidió ser admitidas. Ananda ahora suplicó por ellas teniendo en cuenta los esfuerzos que habían soportado. Buda todavía se negó. Entonces Ananda preguntó si una mujer, si era admitida, podría entrar por las sendas y alcanzar la Liberación. Buda sólo pudo responder preguntándo silos budas nacían en el mundo solamente para el beneficio del hombre. «El camino está abierto tanto para los hombres como para las mujeres», diio. Otra vez Ananda le recordó que en un ocasión anterior él había anunciado que en un postrer momento la mujer sería admitida. Buda entonces vio que había llegado el momento de establecer la orden de las monjas. Su resistencia había sido causada por su conocimiento de que el hacerlo así conduciría a dudas de habladurías escandalosas de su orden por aquellos que aún no eran sus seguidores.

Devadatta planea maldades


El ministerio de Buda no estaba completamente libre de oposición. No sólo los filósofos brahmanes eran frecuentemente sus fuertes oponentes en las controversias, sino también su primo Devadatta, quien a través de incontables pasados nacimientos había sido su amargo enemigo. incluso intentando asesinarlo. Aunque Devadatta había alcanzado grandes poderes mediante meditación y ascetismo, todavía estos poderes, debido a su malvada naturaleza, en lugar de ayudarle a alcanzar la Liberación, lo involucraban en absoluta ruina. Él se estableció a sí mismo en la corte del rey de Sewet, con quinientos monjes suyos, y, apoyado por el príncipe Ajasat, obtuvo mucha influencia. Por consejo de Devaratta. Ajasat primero intentó matar a su padre con violencia y posteriormente provocó su desnutrición hasta la muerte, para obtener el reino para sí mismo. No mucho después de la asunción de Ajasat, Devadatta le pidió una tropa de quinientos arqueros para matar a Buda. Eligió entre ellos treinta y uno, y ordenó al primero matar a Buda, a los dos siguientes matar al primero, a los cuatro siguientes matar a los dos, y a los últimos dieciséis los designó para matarlos él mismo, de modo que el asunto pudiera ser mantenido en secreto. Buda, sin embargo, aunque bien consciente de sus intenciones, recibió al primero y a todos los demás arqueros a su turno muy amablemente les predicó, de modo que ellos entraron en la senda para liberarse y se convirtieron en sacerdotes. En otra ocasión Devadatta mismo proyectó una gran roca hacia Buda cuando éste iba caminando bajo un alto acantilado, pero ésta se ronipió en pedazos y sólo hizo una herida insignificante al pie de Buda.
Devadatta elaboró un plan secreto. Había un feroz elefante llamado Malagiri, acostumbrado a beber cada día ocho medidas de cerveza. Devadatta ordenó que un determinado día debía recibir dieciséis medidas; una proclama real también fue emitida para evitar que alguna persona permaneciera en las calles; se esperaba que el elefante destruyera a Buda cuando éste saliera en busca de limosna. La noticia de esto llegó hasta Buda a tiempo, pero él no cambiaría su costumbre: y al día siguiente todos los balcones estaban llenos de amigos y enemigos de Buda, los primeros deseosos de ver su victoria, los últimos esperando su muerte. Cuando Buda se aproximó, el elefante fue soltado, y pronto comenzó a destruir las casas y a mostrar su malvado temperamento de otras formas. Los monjes suplicaron a Buda que escapara, dado que el elefante desconocía evidentemente sus méritos. Entonces muchos de los monjes pidieron permiso para ponerse delante de Buda a fin de protegerlo; pero él respondió que su propio poder era una cosa y el de sus discípulos otra. Cuando al final Ananda se aventuró a ponerse al frente, Buda con autocontrol le obligó a mantenerse atrás. Poco después una pequeña niña corrió fuera de una casa y el elefante casi la mata, pero Buda gritó: «No se pretendía que atacaras a otro que no fuera yo; no desperdicies tu fuerza en otro.» Pero cuando el elefante vio a Buda toda su furia amainó, y se aproximó a él de la forma más amable y se puso de rodillas ante él. Buda encargó al animal que nunca hiriera a nadie otra vez, sino que fuera amable con todo el mundo, y el elefante repitió los cinco mandamientos en voz alta en presencia de toda la gente; realmente, si él no hubiera sido una criatura de cuatro patas, podría haber entrado por la senda para liberarse. Cuando la gente vio esta maravilla el ruido de aplausos y gritos fue como el mar o la tormenta. Cubrieron al elefante con joyas, y ochenta y cuatro mil personas entraron en la senda. No mucho tiempo después de esto Ajasat se convirtió y se volvió un partidario del grupo de Buda. Cuando Ajasat partió del monasterio después de este evento Buda señaló: «Si el rey no hubiese asesinado a su padre, podría haber entrado hoy por la primera senda. Dado que lo ha hecho, será salvado del más bajo infierno, donde si no hubiera debido permanecer una época entera. Él pasará sesenta mil años en los otros infiernos; entonces después de largas épocas pasadas con los dioses nacerá en la Tierra y se convertirá en un buda.»
Devadatta ahora estaba en desgracia, pero odiaba a Buda aún más. Sin embargo, juntó otro grupo de discípulos, en número de quinientos. Pero Buda envió dos de sus seguidores más sabios para predicar a los de Devadatta, y citando él dormía todos partieron para seguir a Buda. Devadatta entonces cayó enfermo y permaneció así durante nueve meses, después de los cuales se decidió a ir a pedir el perdón de Buda. Buda no tenía mala voluntad hacia Devadatta, pero infonnó a los monjes: «Devadatta no verá a Buda; tan grandes son sus crímenes que ni siquiera mil budas podrían salvarlo.» Devadatta, sostenido en su palanquín. se acercó más y más al monasterio de Buda: pero cuando puso pie en tierra en la entrada se alzaron llamas desde lo más profundo del infierno y envolvieron su cuerpo en sus pliegues, primero los pies, luego su tronco, luego sus espaldas. Llamó a Buda pidiendo ayuda y repitió un verso de un himno, con el cual aceptó las tres piedras: el Buda, la Ley y la Iglesia; y esto le ayudó eventualmente, aunque de todas formas fue al infierno y recibió un cuerpo de fuego de mil seiscientas millas de alto.

La liberación final de Buda


Ésta fue la forma en que murió Buda, llamada Parinirvana, o Liberación Final. En el año cuarenta y cinco de su ministerio Buda sufrió una severa enfermedad y declaró que no viviría más. Mientras vivía en la ciudad de Pawa fue recibido por un buen herrero llamado Chunda. Éste preparó una ofrenda de cerdo, que fue la causa de una enfermedad que concluyó con la muerte. Buda se puso muy débil y partió para Kushinagara, pero tuvo que descansar muchas veces en el camino. Todo esto fue soportado para que otros pudieran recordar que nadie está exento de la avanzada edad, decaimiento y muerte. Al final Buda llegó a la ciudad, y allí se dirigió a Ananda como sigue: «Informa al herrero Chunda que su ofrenda traerá una gran recompensa, dado que será la causa inmediata de que yo alcance Nirvana. Hay, realmente, dos ofrendas que traerán gran recompensa: una fue dada por Sujata antes de que yo alcanzara la suprema sabiduría, la otra fue justo ahora habiendo sido hecha por Chunda. Éstos son los dos más destacados obsequios.» Buda habló así para que Chundra no sintiera remordimiento, o fuera culpado por otros; pero él había dado órdenes estrictas de que el sobrante de la ofrenda fuese enterrado. Buda se tumbó en un carro en un bosque de árboles sal cerca de Kushinagara. Envió un mensajero informando a los príncipes de Malwa de su llegada, sabiendo que su remordimiento sería muy grande si él muriera sin que ellos pudieran verlo una vez más. Así fue como una gran compañía de reyes y príncipes, nobles y damas de la corte, junto a innumerables sacerdotes, y los devas y brahmanes de los diez mil mundos, se reunieron alrededor del lecho de muerte de Buda. Todos lloraban y retorcían sus manos, y se inclinaban hasta el suelo por su pena. Esta ocasión ha sido objeto de incontables cuadros, similar en sentimiento a la Pietas cristiana.
Buda preguntó si los sacerdotes tenían alguna última pregunta que hacer, pero como ellos no tenían dudas en ningún punto permanecieron callados. Un brahmán de Kushinagara, sin embargo, llegó deseando discutir algunos asuntos; Buda no se negaría y al final él se convirtió en un discípulo. Ninguno de sus discípulos estaba más comnovido por la pena que Ananda. Buda le había dado instrucciones acerca de su entierro y de las reglas que debían ser observadas por los monjes y monjas. Entonces dijo: «Ahora parto para Nirvana; dejo mis ordenanzas; los elementos del Todo-lo-Sabe realmente pasarán, pero los tres grandes valores permanecerán.» Pero Ananda se abatió y lloró amargamente. Entonces Buda continuó: «Oh Ananda, no te atormentes; no llores. ¿No te he enseñado que debemos partir de todo lo que nos es más querido y placentero? No ha nacido o ha sido creada criatura alguna que pueda vencer la tendencia a la disolución inherente a sí mismo; una condición de permanencia es imposible. Por un largo tiempo, Ananda, tu amabilidad en la acción y en el pensamiento te han acercado mucho a mí. Siempre has hecho el bien; persevera y tú también ganarás la perfecta libertad de esta sed de vida, esta cadena de ignorancia.» Entonces se volvió a los otros deudos y les encomendó a Manda. Dijo también que ninguno de los presentes que ya hubiese entrado en la senda de la Liberación fallaría totalmente, sino que al final triunfaría y alcanzaría Nirvana. Después de una pausa dijo otra vez: «Mendigos, yo ahora les digo que las riquezas y poderes del hombre deben desaparecer; conseguid vuestra salvación con diligencia.» Poco después Buda se quedó inconsciente y falleció.

Los príncipes Malva, en cuanto se recobraron un poco de su pena, envolvieron el cuerpo pliegue sobre pliegue de finísima tela y durante seis días el cuerpo yació presente. Luego fue quemado en una magnífica pira en el salón de coronación de los príncipes. Ellos no fueron capaces de encender el fuego de la pira, sin embargo se encendió espontáneamente. El cuerpo se consumió completamente, dejando sólo restos como un montón de perlas. Lo principal de esto, posteriormente, fue sepultado en un monumento glorioso: los cuatro dientes, dos huesos del carrillo y el cráneo.

Buda visita el cielo de Tavatimsa

En otra ocasión Buda visitó el devaloka o cielo conocido como el Tavatimsa y permaneció allí tres meses. Indra se apresuró a preparar el trono para que Buda se sentara en él, pero temía que fuera demasiado grande; realmente, éste medía cerca de quince leguas de altura, mientras que la altura de Buda era de doce codos. Sin embargo, no bien Buda se acercó, se encogió hasta una altura conveniente. Permaneció, sin embargo, con su largo original, y Buda, por ello, hizo el milagro de extender su traje de todos lados por una distancia de más de mil millas, de modo que el trono parecía especialmente hecho para el predicador. Los devas, conducidos por Matru, que había sido recientemente madre de Buda, pidieron a Buda que expusiera el abhidharma. Muchos miles de devas y brahmanes entraron por las sendas.

Cuando llegó el momento en que Buda debía regresar a la Tierra, hidra hizo que tres escaleras se extendieran desde el cielo a la Tierra, dos de oro y una de plata. Por una de las escaleras de oro, cuyos escalones eran alternativamente de oro, plata, coral, rubí, esmeralda y otras piedras preciosas, descendió Buda, precedido de Indra soplando su concha. Por la otra escalera de oro bajaron los devas con instrumentos de música, y por la escalera de plata los bramanes, llevando paraguas. Así Buda volvió a su propia ermita.

Buda (Siddhartha)

La última encamación del Elegido-Buda de esta época era como rey Vessantara, respecto a cuya perfección en conceder limosna se relata un largo Jataka. Después de reinar muchos años el Elegido-Buda falleció, yendo al cielo de Tusita, para esperar su nacimiento final entre los hombres. Debe entenderse que un Elegido-Buda acorta su permanencia en el mundo divino lo más posible entre cada encamación, aunque sus méritos, por supuesto, le dan derecho a alargar su residencia allí; realmente, él podría haber alcanzado Nirvana en el momento de su primera promesa de futura condición de buda, si no hubiese elegido el continuo renacimiento en este mundo por el bien de todas las criaturas. Pero por estos sacrificios el Bodhisattva (Elegido-Buda) tiene algunas compensaciones; en sí mismo el alcanzar el condición de buda es un gran incentivo, una proeza ligada al difícil ascenso de un hombre a la cumbre de un árbol para arrancar su fruto. Nunca un Bodhisattva nace en algún infierno o en alguna condición deformada. Pero sobre todas las cosas, el dolor del constante sacrificio es dominado por la alegría que le da la gran recompensa de alcanzar el poder de iluminar a otros.
Cuando nace en cualquier cielo el Elegido-Buda puede ejercer su peculiar poder de encarnación a su voluntad; así él yace sobre un sillón y «muere» y renace sobre la Tierra en la forma y el sitio que él determina. Antes de esta última encarnación, contrariamente a lo que era su costumbre, se demoró durante mucho tiempo en el cielo de Tusita, donde era conocido como Santusita; y cuando al final los devas percibieron que estaba por renacer, se reunieron a su alrededor felicitándolo. Desapareciendo de allí fue concebido en el útero de Mahamaya, esposa de Suddhodana, el rey shakya de Kapilavastu. Su concepción fue milagrosa, teniendo lugar en un sueño. Mahamaya fue trasladada por devas de los cuatro puntos cardinales al Himalaya, y allí bañada y ceremoniosamente purificada por sus cuatro reinas. Entonces Bodhisattva apareció ante ella, como una nube iluminada por una luna, viniendo del Norte, sujetando un loto en su mano, o, como algunos dicen, en la forma de un elefante blanco. Esta aparición circunvaló a la reina tres veces; en ese momento, Santusita, que había seguido el curso del sueño, desapareció de la presencia de los devas y entró en el útero de Mahamaya. En ese momento grandes maravillas tuvieron lugar: las diez mil esferas se excitaron al mismo tiempo, los fuegos del infierno se apagaron, instrumentos de música sonaron sin ser tocados, el fluir de los ríos cesó —como para parar y observar el Bodhisattva— y los árboles y arbustos estallaron en flores, incluso varas de madera seca tuvieron floración de loto. Al día siguiente el sueño de la reina fue interpretado por sesenta y cuatro brahmanes, quienes anunciaron que tendría un hijo que se convertiría en un emperador universal o en un buda supremo. Durante nueve meses Mahamaya fue vigilada por los devas de otros mundos. Mientras tanto su cuerpo era transparente, de modo que el niño podía ser visto claramente, como una imagen encerrada en un estuche de cristal. Al finalizar el décimo mes lunar Mahamaya partió a visitar a sus padres, montando en una litera de oro. En el camino ella paró para descansar en un jardín de árboles sal, llamado Lumbini; y mientras descansaba allí nació Buda, sin dolor ni sufrimiento. El hijo fue recibido por Brahma, y luego por cuatro devas, y de allí por nobles acompañantes de la reina; pero inmediatamente él se puso en el suelo, y allí donde primero tocaron sus pies nació un loto. El mismo día nacieron Yashodhara Devi, quien posteriormente se convirtió en su esposa; el caballo Kantaka, sobre el que huyó de la ciudad cuando se marchó en busca de sabiduría; su cochero, Channa, quien le acompañó en esa ocasión; Manda, su discípulo favorito, y el gomero bajo el cual alcanzó la iluminación.

La vigilancia de Siddhartha

Cinco días después de su nacimiento el joven príncipe fue llamado Siddhartha, y al séptimo día su madre murió. Cuando tenía doce años el rey pidió consejo a sus brahmanes, quienes le informaron que el príncipe se convertiría en un asceta, y que esto sucedería como resultado de ver la ancianidad, la enfermedad, la muerte y a los ermitaños. El rey deseó evitar ese evento diciéndose a sí mismo: «No quiero que mi hijo se convierta en un buda, dado que si lo hace estará expuesto a grandes peligros por los ataques de Mara; dejad mejor que se convierta en un emperador universal.» El rey por ello tomó todas las precauciones para mantenerlo alejado de los «cuatro símbolos», teniendo construidos tres palacios vigilados, donde abundaban todas las delicias y la pena y la muerte no podían ser mencionadas.
El rajá, además, pensó que un modo seguro de atar al príncipe a su rango real sería encontrándole una esposa. Para descubrirle secretamente una esposa que pudiera despertar su amor el rey había hecho un número de espléndidas joyas, y anunció que cierto día el príncipe obsequiaría éstas una a una a nobles damas del territorio. Cuando todos los regalos habían sido conferidos, vino una dama más, cuyo nombre era Yashodhara, hija del ministro Mahaflama. Ella preguntó al príncipe si tenía un obsequio para ella, y él, al encontrarse con los ojos de ella, se quitó su propio costoso anillo de sello y se lo dio. El rey había advertido debidamente las miradas intercambiadas, y envió por Mahanama para pedir a su hija en matrimonio para el príncipe. Era, sin embargo, una norma entre los nobles shakya que las más hermosas damas podían ser dadas sólo a aquellos que se demostraran victoriosos en ejercicios marciales. «Y yo temo», dijo, «que este príncipe criado con delicadeza puede no ser experto en arquería o lucha.» Sin embargo, un día fue fijado para la prueba, y los nobles jóvenes vinieron con el príncipe para competir por la mano de Yashodhara. Primero hubo una competencia en conocimientos tradicionales de literatura y matemática, y luego en arquería. Cada uno de los nobles jóvenes lo hicieron bien; pero el príncipe, usando un arco sagrado, una reliquia heredada de los tiempos de su abuelo, que nadie más podía tensar, mucho menos disparar, fácilmente les sobrepasó y sobresalió en cabalgar, en destreza con la espada y en lucha. Así, ganó a Yashodhara, y vivió con ella en un hermoso palacio hecho por su padre, aislado de cualquier conocimiento de sufrimiento o muerte. Alrededor del palacio había un gran jardín con una muralla triple, cada muralla con una puerta simple, bien vigilada por muchos soldados.
Mientras tanto los devas reflexionaban que el tiempo estaba pasando, y el Grande no debería demorarse más entre los placeres del palacio, sino que debía avanzar en su misión. Entonces ellos llenaron todo el espacio con un pensamiento: «Ya es tiempo de avanzar», de modo que éste alcanzó la mente del príncipe, y en el mismo momento la música de los cantantes y los gestos de los bailarines asumieron un nuevo significado, pareciendo no transmitir más deleites sensuales, sino de lo efímero e inútil de todo objeto del deseo. Las canciones de los músicos parecían llamar al príncipe a dejar el palacio y ver el mundo; así fue en busca de su cochero y anunció que deseaba visitar la ciudad. Cuando el rajá oyó esto ordenó que la ciudad fuera barrida, embellecida y preparada para la visita del príncipe, y ninguna persona vieja o débil ni tampoco objeto alguno de mal agüero debía dejarse a la vista. Pero todas estas precauciones fueron en vano, dado que un deva apareció ante él cuando avanzaba por las calles, en la forma de un tambaleante y viejo hombre acosado por la enfermedad y la edad, falto de aliento y arrugado. El príncipe preguntó el significado de esta extraña visión, y su cochero le respondió: «Éste es un hombre viejo.» El príncipe preguntó otra vez: «i,Cuál es el significado de esa palabra “viejo”?» El cochero explicó que los poderes del cuerpo del hombre estaban ahora disminuidos a causa de los años, y podía morir en cualquier momento. Entonces el príncipe preguntó otra vez: «i,Es este hombre sólo uno, o este destino ocurre a todos por igual y debo yo también volverme viejo?» Y cuando fue informado que esto era así, ya no vería nada más ese día, sino que regresaría al palacio para reflexionar sobre tan extraña cosa y pararse a pensar si no había forma de escapar.
Otro día el príncipe volvió a salir, y de la misma forma vio un hombre muy enfermo, y otro día vio un cadáver. «i,Debo yo también morir?», preguntó, y supo que esto era así. Otro día el príncipe salió y vio un monje mendigando y conversó con él; el yogui explicó que había dejadd el mundo para buscar la ecuanimidad, relacionada con el odio y el amor, para acercarse así a la libertad propia. El príncipe estaba afectado profundamente y adoró al mendigo vagabundo y, volviendo a casa, pidió a su padre que lo dejara seguir solo de la misma forma, dado que, dijo: «Todas las cosas mundanas, oh rey, son cambiantes y no permanentes.» El viejo rey fue golpeado como por una tormenta y no pudo sino llorar amargamente; y cuando el príncipe se retiró dobló la vigilancia alrededor del palacio y los deleites en su interior, y realmente toda la ciudad se esforzó para evitar que el príncipe se marchara de su casa.

La partida de Siddhartha

Por esa época Yashodhara tuvo un hijo del príncipe Siddhartha, y fue llamado Rahula. Pero ni siquiera este nuevo lazo pudo disuadir al príncipe de su propósito, y llegó una noche en que los devas lo visitaron para partir. Él miró por última vez a Yashodhara durmiendo, con un mano descansando sobre la cabeza del niño, de modo que no pudo ni siquiera alzarlo por última vez en sus brazos por miedo a despertarla; dejándoles a ambos, alzó la red adornada con joyas que separaba la habitación del salón exterior y, pasando despacio a través de las habitaciones exteriores, se detuvo ante la puerta oriental e invocó a todos los budas y se paró con la cabeza en alto contemplando el cielo con sus incontables estrellas. Entonces Sakra y los vigilantes devas de los cuatro puntos cardinales, e innumerables devas de los cielos, lo rodearon y cantaron:
«Sagrado príncipe, el momento ha llegado para buscar la más alta ley de la vida.» Entonces él reflexionó: «Todos los devas bajan a la tierra para confirmar mi resolución. Me iré: el momento ha llegado.» Envió por Channa, su cochero, y por su caballo, nacidos el mismo día que él. Channa trajo el caballo, espléndidamente equipado y relinchando con alegría; entonces el príncipe montó, haciendo la promesa de que lo hacía por última vez. Los devas levantaron los pies de Kantaka del suelo para que no hiciera ruido y cuando llegaron a las puertas cada una se abrió silenciosamente por sí misma. Así el príncipe Siddhartha dejó el palacio y la ciudad, seguido por multitudes de ángeles alumbrando el camino y esparciendo flores ante él.
Chana se esforzaba continuamente por disuadir al príncipe de sus propósitos, rogándole que mejor se convirtiera en un emperador universal. Pero el príncipe sabía que alcanzaría la Perfecta Iluminación, y hubiera preferido cualquier muerte a volver a casa. Desmontó de Kantaka por última vez y ordenó a Chaima que lo condujera a casa. A través de él también envió el mensaje a su padre de que no debería apenarse, sino alegrarse de que este hijo había iniciado el camino para descubrir un medio de salvar al mundo de su recurrencia de nacimiento y muerte, de pena y dolor. «Y ahora estoy liberado», dijo, «del amor debido sólo a parientes; coge el caballo Kantaka y parte.» Después de muchas discusiones Chaima fue forzado a ceder, y besó los pies del príncipe, Kantaka los lamió con su lengua, y ambos partieron.
Al poco tiempo el príncipe, prosiguiendo en su camino, se encontró con un cazador, y a él le dio sus ropas reales a cambio de trapos hechos jirones, más adecuados para un ermitaño. Este cazador era otro deva que había asumido esa forma para ese mismo propósito. Otro se convirtió en un barbero, y afeitó la cabeza del príncipe. El príncipe siguió hasta la ermita de una comunidad de brahmanes, quienes le dieron la bienvenida con veneración, y se convirtió en el alumno de uno de los más instruidos. Pero percibió que, aunque sus sistemas podían conducirles al cielo, sin embargo, ellos no proveían un medio de liberación final del renacimiento sobre la tierra o aun en el infierno.
«Mundo infeliz», dijo, «¡odiando al demonio Muerte y todavía buscando después de eso nacer en el cielo! ¡Qué ignorancia! ¡Qué falsa ilusión!»

Los vagabundeos de Siddhartha

Así que dejó la ermita, para gran pesar y desconcierto de los yoguis que vivían allí, y partió a la casa del famoso sabio llamado Alara. Sus sistemas también demostraron ser incompletos, y el príncipe partió, diciendo: «Busco un sistema en que no haya cuestionamiento de existencia o no-existencia, eternidad o no-eternidad, y la idea ilimitado o infinito debe ser percibida, pero no debe hablarse de ella.» Desde la ermita de Alara siguió a Rajagriha, y fue bienvenido allí por el rey Bimbisara. Este rey intentó persuadir al príncipe de que abandonara la vida errante; pero él no le escucharía y seguiría más lejos aún, a un pueblo cerca de Gaya, estableciendo su morada en un bosque vecino, comiendo diariamente una pequeña cantidad de semillas de mijo, justo lo suficiente para mantener la vida. Entonces su piel se volvió amigada, sus carnes se desintegraron y sus ojos se hundieron, y aquellos que lo veían sentían un extraño sentimiento de miedo y reverencia debido a sus austeridades.
Durante todos esos años su padre, Suddhodana, envió mensajeros de tanto en tanto pidiendo a su hijo que volviera, y exponiendo ante él un argumento para inducirle; ellos también llegaron a Gaya cuando el príncipe estaba a punto de morir; pero él no atendería a lo que le decían, y les dio esta orden: si moría antes de alcanzar la Perfecta Iluminación, llevar sus huesos de regreso a Kapilavastu y decir: «Éstos son los restos de un hombre que murió en el firme proceso de su búsqueda.»
Pero el príncipe encontró que estas austeridades no le beneficiaban nada; en cambio, experimentaba menos iluminación de Sabiduría que anteriormente. Resolvió, entonces, nutrir su cuerpo y aceptó comida y atención. En particular se cuenta la historia de una tal Sujata, la hija del señor de un pueblo, quien fue advertida por un ángel y preparó comida de la siguiente forma: reunió mil vacas, con su leche alimentó otras quinientas, y con ellas otras doscientas cincuenta, y así hasta quince vacas; entonces, mezclando su leche con arroz, lo esparció en una fuente de la mayor pureza y delicadeza. Cuando el Bodhisattva entró en el pueblo para pedir comida ella le ofreció el arroz con leche en una fuente de oro, pareciéndole de buen augurio. Cogió la comida, salió del pueblo y se bañó en un río, y hubiera cruzado a la otra orilla, pero la corriente lo arrastró y, si no hubiera sido porque un deva que habitaba en un gran árbol en la orilla más lejana estiró sus brazos adornados con joyas para traerlo a tierra, se hubiera ahogado. Luego, sin embargo, alcanzó la orilla y se sentó para comer; después de lo cual echó la fuente de oro al río, donde fue cogida por un naga que la llevó a su palacio. Sakra, sin embargo, en la forma de Garuda la arrebató de la mano del naga y la llevó a los cielos de Tusita.
Mientras tanto Bodhisattva prosiguió hasta el Árbol de la Sabiduría, bajo el cual budas anteriores habían alcanzado la iluminación. Al caminar por las sendas del bosque cientos de martín-pescadores se aproximaron a él, y después de hacer tres veces un círculo a su alrededor, le siguieron; detrás de ellos vinieron quinientos pavos reales y otros pájaros y bestias, de modo que él iba rodeado de devas, nagas, asuras y criaturas de todo tipo hacia el Árbol de la Sabiduría.
Un rey naga que habitaba cerca de la senda y era muy anciano, habiendo visto a más de uno de los anteriores budas viniendo por ese camino, cantó su alabanza y su esposa, con innumerables niñas-serpiente, le dieron la bienvenida con banderas, flores y adornos con joyas, y mantuvieron una canción perpetua de alabanzas. Los devas de los mundos de las formas colgaron banderas y estandartes sobre el Árbol de la Sabiduría y también sobre los árboles que llevaban hasta él, de modo que Bodhisattva pudiera encontrar fácilmente el camino. Al andar reflexionaba que no sólo la multitud de seres amigos, sino también Mara, el malvado, atestiguarían su victoria; y esta idea, como un rayo de gloria sobre la mancha de su frente, penetró en la morada de Mara y le trajo sueños y presagios. Un mensajero llegó a la carrera hasta Mara advirtiéndole de la aproximación de Bodhisattva al Árbol de la Sabiduría. Entonces Mara reunió a su ejército. Éste daba una horrible visión. Había algunos con cien mil bocas, otros con cabezas o manos u ojos o pies deformes, algunos con feroces lenguas, algunas serpientes devoradoras, algunos bebiendo sangre, otros con vientre de vasija y estevados, y todos con lanzas, arcos, porras, armas y armaduras de todo tipo. Todos éstos marchaban hacia el Árbol de la Sabiduría.

El Árbol de la Sabiduría


El Bodhisattva, sin embargo, llegó hasta el árbol, brillando como una montaña de oro puro, y se sentó del lado este, prometiendo no levantarse hasta que no hubiese alcanzado la iluminación. Entonces la tierra tembló seis veces. Mara cogió la forma de un mensajero llegando a toda prisa con correo de Kapilavastu con la noticia de que Devadatta, el primo de Buda, había usurpado el gobierno y estaba practicando todo tipo de crueldades y tiranías, y pidiendo al Bodhisattva que volviera y restituyera un buen gobierno y orden. Pero él razonó que Devadatta había actuado así por lujuria y malicia, y los príncipes shakya lo permitieron sólo por cobardía, y así, reflexionando sobre la debilidad humana, el Bodhisattva estaba aún más decidido a unirse a algo más elevado y mejor.
Mientras tanto la deva del Árbol de la Sabiduría gozaba y echó sus joyas delante de sus pies, rogándole que perseverara. Los devas de los otros árboles vinieron a preguntarle a ella quién era el ser glorioso que se encontraba sentado allí; y cuando les informó que era Bodhisattva ellos lanzaron flores y perfumes a su alrededor, y le exhortaron a seguir adelante con palabras y flores. Entonces Mara ordenó a sus tres hermosas hijas que tentaran a Bodhisattva de todas formas, y ellas fueron a cantar y bailar delante de él. Le cortejaron con canciones y danzas y todo artificio de amor; pero él permaneció imperturbable tanto en su cara como en su mente, como una lila descansando sobre aguas quietas, y firme como el monte Meru, como la paredes de hierro que ciñen el universo. Entonces ellas discutieron con él, describiéndole los placeres y las obligaciones de la vida mundana, y la dificultad y peligro de la búsqueda de la sabiduría; pero él respondió:

El placer es breve como el destello de un rayo.
¿Por qué, entonces, debería yo codiciar los placeres que describís?

Y las hijas de Mara, reconociendo su derrota, lo dejaron con una oración por su triunfo:

¡Alcanza aquello que tu corazón desea!
Y encontrando para ti mismo salvación, salva a todos.

La derrota de Mara

Entonces Mara mismo se comprometió en la discusión y, cuando tampoco tuvo éxito, condujo su ejército al ataque. Todos los devas estaban aterrorizados y huyeron, dejando a Bodhisattva solo. De todas formas, clases y colores, superando todo sonido terrenal, llenando el cielo con oscuridad y sacudiendo el suelo, el horrible ejército avanzó con amenazantes gestos hacia Bodhisattva; pero las lanzas se pegaron a sus manos, sus brazos y piernas se paralizaron y, aunque ellos lo hubiesen hecho polvo o quemado con feroces lenguas, no podían herirle ni un pelo; él estaba sentado inmóvil, mientras que las armas que llovían sobre él caían a sus pies como flores. Mara apeló a todos los recursos, y montando sobre el elefante Nube-montaña, se acercó personalmente al príncipe. Su arma, si hubiese sido tirada contra el monte Meru, lo hubiese cortado en dos como a un bambú, y si hubiese sido tirada al cielo, hubiese evitado la caída de lluvia durante veinte años; sin embargo, se negó a tocar a Bodhisattva, y en cambio flotó en el aire como una hoja seca y se mantuvo sobre su cabeza como una guimalda de flores en el aire. Entonces Mara se enfureció como un fuego dentro del cual se vierte aceite una y otra vez, y se acercó al príncipe y le ordenó: « ¡ Vete inmediatamente! » Pero él le contestó:
«Este trono es mio, en virtud del mérito lo he adquirido en muchas largas épocas. ¿Cómo puedes tú tomarlo cuando no tienes mérito?» Entonces Mara se jactó: «Mi mérito es mayor que el tuyo», y llamó a su ejército para atestiguarlo, y todos sus guerreros gritaron: «Lo atestiguamos», de tal forma que un rugido del mar se elevó al mismo cielo. Pero Bodhisattva respondió: «Tus testigos son muchos y parciales; yo tengo un testigo único e imparcial», y estiró sus brazos sacándolos de adentro de su túnica como rayos de una nube anaranjada y tocó la tierra y la invitó a atestiguar sus méritos. Entonces la diosa Tierra se levantó a sus pies y gritó con cien mil voces como el sonido de un tambor cósmico: «Lo testifico», y el ejército de Mara huyó y volvió al infierno como hojas dispersadas por el viento. Montaña-nube enrolló su tronco, puso su cola entre las piernas y huyó. Mara mismo cayó postrado y pidió disculpas al poder del Boshisattva, y se levantó para correr lejos de allí y esconder su vergüenza; dado que su mente estaba llena de pena al ver que todo sus esfuerzos habían fallado y el príncipe obtendría pronto la iluminación y predicaría la verdad, con la cual miles de criaturas podrían alcanzar Nirvana.

Perfectamente iluminado

El Sol no se había puesto todavía cuando Mara fue vencido. Buda permanecía sentado bajo el Árbol de la Sabiduría. Gradualmente a través de la noche la iluminación que había estado persiguiendo amaneció en su corazón: en la décima hora percibió la condición exacta de todos los seres que habían estado alguna vez en los mundos infmitos y sin fm; en la vigésima hora consiguió la divina comprensión mediante la cual todas las cosas lejanas o cercanas aparecían como al alcance de su mano. Entonces obtuvo el conocimiento que envuelve las causas de repetición de la existencia; los privilegios de las cuatro sendas y su goce, y al amanecer él se convirtió en el Supremo Buda, el Perfectamente Iluminado. Rayos de seis colores se esparcieron lejos y a lo ancho de su radiante cuerpo, penetrando los más lejanos límites del espacio y anunciando que había alcanzado la Condición de Buda. Ni siquiera cien mil lenguas podrían proclamar las maravillas que allí se manifestaban.
Entonces el mismo Buda proclamó su victoria en una canción de triunfo:

A través de muchos diversos nacimientos he pasado
Buscando en vano el constructor de la casa.

¡Ah, constructa de casas, ahora te he visto!
Nunca otra vez me construirás una casa.
He quebrado tus vigas,
He destruido el poste principal.
Mi mente es indiferente,
El deseo se ha apagado.

Entonces Buda permaneció siete días en meditación; durante siete días más fijó su mirada en el Árbol de la Sabiduría, y otra vez anduvo sobre un dorado camino preparado por los devas durante siete días ensimismado en pensamientos; después se sentó durante siete días en un palacio dorado, donde todo acontecimiento futuro de su vida fue revelado a él y la totalidad del dharma se hizo clara a su mente, desde la primera a la última palabra de su enseñanza; en la quinta semana se sentó bajo el árbol Ajapala y experimentó la Liberación (Nirvana); durante la sexta semana se sentó junto al lago Muchalinda, donde un naga del mismo nombre le protegió de las tomientas de lluvia; en la séptima semana se sentó en un bosque de árboles Nyagrodha.

Los mercaderes

Habían pasado cuarenta y nueve días desde que había recibido el arroz con leche de Sujata. También sucedió que dos mercaderes pasaban a través del bosque en su caravana. Durante muchas épocas y en muchas vidas habían deseado la oportunidad de hacer alguna ofrenda a Buda. En el mismo bosque había una devi —de hecho, una ninfa del bosque— que alguna vez había sido su pariente: ahora, para realizar su deseo, ella provocó que las ruedas de sus carros se pegaran fuertemente en un profundo barrizal. Los mercaderes hicieron una ofrenda de luces y perfumes, y oraron al dios que ellos suponían era responsable del infortunio. La devi apareció ante ellos, les ordenó que hicieran una ofrenda de comida a Buda y liberó sus carretes. Los mercaderes, contentos, fueron hacia él con un regalo de miel. Buda no tenía vasija para la limosna, dado que la vasija de Brahma, dada cuando Sujata trajo el arroz con leche, había desaparecido, y la bandeja dorada que ella misma le había dado había sido transportada a la tierra de las Serpientes. Ahora, por ello, los dioses guardianes de los cuatro puntos cardinales aparecieron con vasijas de esmeralda, y cuando Buda no la aceptó ellos le ofrecieron a cambio vasijas de piedra. Entonces como todos deseaban que su propia vasija fuera aceptada, Buda recibió las cuatro y las hizo aparecer como una. En esa vasija recibió la miel y a cambio enseñó la triple fórmula a los mercaderes, y ellos se convirtieron en discípulos laicos. Ellos también recibieron un mechón de pelo de él como reliquia.
En la octava semana Buda se sentó bajo el árbol Ajapala, y allí reflexionó que la doctrina es profunda, mientras que los hombres no son ni buenos ni sabios. Le pareció inútil proclamar la ley a aquellos que no pudieran comprenderla. Pero Brahma, percibiendo esta duda, gritó: «¡El mundo va a destruirse!», y el grito fue repetido como un eco por los devas del viento y la lluvia y por todos los otros innumerables brahmanes y devas. Y Brahma apareció frente a Buda y dijo: «Mi señor, la Condición de Buda es difícil de obtener, pero tú la has obtenido y puedes aliviar a los seres del mundo de la existencia; por ello proclama la ley que dice que esto puede suceder. ¡Oh sabio, enseña el dharma! Entonces Buda estuvo de acuerdo en que esto debía ser así, y miró a su alrededor buscando a alguien a quien pudiera predicar primero. Al principio pensó en dos de sus antiguos discípulos, pero se dio cuenta de que ya estaban muertos. Entonces partió a Benarés, con la intención de instruir a cinco ermitaños con quienes había practicado anteriormente austeridades.

Los ermitaños de Benarés

Cuando los cinco ermitaños lo vieron desde lejos dijeron: «Siddhartha ha recobrado su fuerza y belleza, y viene a nosotros habiendo fallado en cumplir la penitencia. Como es de nacimiento real, ofrezcámosle un asiento, pero no nos levantemos o vayamos a recibirle.» Buda percibió sus pensamientos y dirigió su cariñosa amabilidad hacia ellos. Inmediatamente, tal como una hoja indefensa que no sabe dónde posarse es llevada en un torrente, igualmente indefensos ellos, vencidos por la fuerza de su amor, se levantaron y fueron a rendirle honores. Lavaron sus pies y le preguntaron cómo estaba, y él les informó que se había convertido en un Buda Supremo. Entonces todo el universo se alegró, sabiendo que la ley sería predicada por primera vez. El atardecer, como una dama hermosa, vino a adorarlo; Meru bailó de alegría; las siete sierras se inclinaron ante él, y los seres de todos los mundos se reunieron para recibir el néctar de la buena doctrina. Se pusieron en círculos, cada vez más y más poblados por nuevos concurrentes, hasta que al final ellos estaban tan cerca que cien mil devas ocupaban un espacio menor que el que ocupa una punta de aguja; todos los cielos de los devas y los brahmanes se vaciaron. El sonido era como el de una montaña, pero cuando los señores de varios cielos soplaron sus conchas hubo un silencio absoluto. Entonces Buda abrió su boca.
«Hay dos cosas», dijo, «que deben ser evitadas por quien se convierte en un ermitaño: deseos equivocados y mortificación del cuerpo.» Éste fue el tema de discusión de su primer discurso, y pareció a todo oyente que se hablaba en su propia lengua, y todo tipo de animales lo oyeron con la misma impresión. Incontables devas entraron por la primera, la segunda, la tercera y la cuarta senda.

La predicación de Buda

A partir de ese momento Buda puso en marcha la rueda de la ley; es decir, que predicó la doctrina de Dios a todos los que lo escuchaban. Convertía a los adoradores del fuego con muchos milagros; Bhimasaha, rey de Rajagriha, se convirtió en su discípulo. Buda también visitó su ciudad natal. Ésta fue la forma de la visita:
El rey Suddhodhana oyendo de la condición de Buda de su hijo, envió una embajada de nobles pidiéndole que visitara Kapilavastu; pero todos los nobles, oyendo la doctrina de Buda, se convirtieron en sus discípulos y se quedaron con él. Lo mismo sucedió con muchos otros. Al final el rey envió un mensajero más confiable, el noble Kaluda, quien había sido compañero de juegos de Buda en la infancia. Él también se convirtió en su discípulo, pero cuando llegó la primavera y las calles se volvieron verdes y los árboles florecieron, él fue hasta Buda y comenzó a hablar de Kapilavastu. «Tu padre espera tu regreso», dijo, «como el nenúfar espera la salida del Sol; y las reinas te esperan como las lilas nocturnas esperan la Luna.» Buda comprendió que había llegado el momento adecuado para visitar su ciudad natal. El rey preparó un hermoso jardín para su bienestar. Finalmente, llegó ródeado de no menos de veinte mil sacerdotes, sus discípulos. Al principio los príncipes shakya no le harían homenaje; pero él se levantó en el aire y exhibió primero la emanación de arroyos de agua de su cuerpo, extendiéndose sobre la totalidad de los diez mil mundos y salpicando a todos los que le querían; luego la emanación de fuego, que se extendió a través de todo el universo, pero quemó menos que a una telaraña. Ensefló otras maravillas; entonces Suddhodhana adoró a su hijo diciendo:
«Mi señor, mí Buda, mi príncipe Siddhartha, aunque soy realmente tu padre nunca te volveré a llamar mi niño; no valgo lo suficiente para ser tu esclavo. Una y otra vez te adoro. Y site ofreciera mi reino, tú lo considerarías cenizas.» Cuando el rey se inclinó en reverencia los príncipes también hicieron su gesto de homenaje, como la inclinación de un bosque de bambú ante el viento.
El día siguiente Buda fue a pie a la ciudad a pedir limosna. A cada paso brotaba una flor de loto bajo sus pies y desaparecía cuando ya había pasado; rayos de luz partían de su cabeza y boca; y debido a estas maravillas todos los ciudadanos se acercaron a verlo. Todos estaban asombrados, dado que hasta ahora esa forma de pedir limosna era desconocida. Cuando Yashodara oyó esto fue hasta la puerta del palacio y le adoró, y dijo: «Oh Siddhartha, esa noche que Ránula nació tú te marchaste en silencio rechazando tu reino; ahora tienes en cambio un reino más glorioso.» El rey protestó a Buda por buscar comida de esa forma; pero éste le respondió: «Es la costumbre de mi raza», queriendo decir de todos los budas anteriores. Entonces se dirigió al rey y le enseñó la ley, de modo que éste ingresó por la primera y la segunda senda, convirtiéndose en discípulo de Buda.

La princesa es consolada

 Entonces el rey hizo informar a Yashodara que ella también podía venir a adorar a Siddhartha. Buda, sin embargo, se acercó a su palacio; mientras iba informó a sus discípulos Seriyut y Mugalana que la princesa obtendría Liberación. «Ella sufre por mí», dijo, «y su corazón se romperá si su pena es suprimida. Ella seguramente abrazará mis pies, pero no la apartéis, dado que el final será que ella y sus acompañantes abrazarán la ley.» Cuando Yashodara oyó que Buda venía ella cortó sus cabellos y fue con prendas humildes a su encuentro, seguida de quinientas de sus damas. Debido a su abundante amor, ella estaba como un recipiente rebosante y no se pudo contener y, olvidando que ella era solo una mujer, cayó a los pies de Buda y se abrazó a él llorando. Pero recordando que su suegro estaba presente, se levantó y se mantuvo algo apartada. Realmente, ni siquiera Brahma puede tocar el cuerpo de un buda, pero él le permitió a Yashodara que lo hiciera. El rey habló de su fidelidad: «Ésta no es una repentina expresión de su amor», dijo, «durante todos estos siete años ella ha hecho lo que tú has hecho. Cuando ella oía que tú te afeitabas la cabeza, o te ponías pobres vestidos, o comías sólo en momentos señalados y de una vasija de barro, ella hacía lo mismo, y ha negado cada nuevo ofrecimiento de matrimonio; por ello perdónala.» Entonces Buda relató cómo, en una vida previa, Yashodara había hecho la petición de convertirse en la esposa de un buda, y por ello en muchas largas épocas había sido su compañera y ayudante. Por este medio la princesa se calmó. No mucho después Ránula fue admitido en la orden de los monjes. Buda, sin embargo, se negó a admitir a Yashodara en la orden de sacerdotes. Muchos años más tarde él instituyó la orden de monjas budistas, en la cual Yashodara fue admitida; y ella, que había nacido el mismo día que Buda, alcanzó Nirvana dos años antes de la muerte de él.

La silueta de liebre sobre la Luna

Una vez, cuando Brahmadatta era rey de Benarés, el futuro buda nació como una liebre y vivió en un bosque. Tenía tres amigos: un mono, un chacal y una nutria; todos estos animales eran muy sabios. La liebre acostumbraba predicar a los otros, exhortándolos a dar limosnas y guardar días de ayuno. Uno de esos días de ayuno la liebre y sus amigos estaban buscando comida, como era usual; la nutria encontró un pez, el chacal algo de carne, el mono algunos mangos. Pero la liebre, echada antes de comer su hierba, reflexionó que si alguien le preguntaba por un obsequio de comida, la hierba no serviría. Como no tenía ni grano ni carne, se decidió a dar su propio cuerpo si alguien le pedía comida.
Mientras cosas maravillosas como ésta sucedían en la Tierra, el trono de Sakra en los cielos se calentaba. Sakra miró hacia abajo para ver qué sucedía, y viendo a la liebre, se decidió a probar su virtud. Tomó la forma de un brahmán, y primero fue a la nutría y le pidió comida. La nutría le ofreció pescado. El chacal y el mono a su turno le ofrecieron carne y fruta. Sakra rechazó todas estas ofertas y dijo que volvería al día siguiente. Entonces fue hasta la liebre, quien estaba contentísima ante la posibilidad de entregarse como limosna. «Brahmán», dijo, «hoy daré limosnas que nunca antes he dado; recoge madera, prepara un fuego y dime cuando esté listo.» Cuando Sakra oyó esto hizo una pila de carbón encendido y dijo a la liebre que estaba todo listo; entonces la liebre, que algún día podía ser buda, vino y saltó dentro del fuego, tan feliz como el flamenco real posándose sobre una cama de nenúfares. Pero el fuego no quemaba, parecía tan frío como el aire sobre las nubes. Inmediatamente preguntó al disfrazado Sakra qué podía significar esto. Sakra respondió que él realmente no era un brahmán, sino que había venido del cielo para poner a prueba la generosidad de la liebre. La liebre respondió: «Sakra, tus esfuerzos fueron desperdiciados; cualquier criatura viviente podría probarme a su turno, y nadie podría encontrar en mí alguna mala disposición.»

Entonces Sakra respondió: «Sabia liebre, deja que tu virtud sea proclamada hasta el fm del ciclo de este mundo.» Entonces cogió una montaña y la retorció, y cogiendo a la liebre bajo su brazo dibujó una silueta de ella sobre la Luna, usando el jugo de la montaña como tinta. Entonces bajó a la liebre sobre una hierba tierna en el bosque y partió a su propio cielo. Por eso ahora hay una liebre dibujada en la Luna.

El dios árbol

Tiempo atrás, cuando Brahmadatta era rey de Benarés, vino esto a su mente: «En todas partes en la India hay reyes cuyos palacios tienen muchas columnas; ¿qué sucedería si yo construyera un palacio soportado por una sola columna? Entonces yo sería el primero y único rey entre todos los otros.» Reunió a sus artesanos y les ordenó construir un magnífico palacio soportado por un solo pilar. «Será hecho», dijeron, y se marcharon al bosque.
Allí encontraron un árbol alto y recto, apropiado para ser el único pilar de tal palacio. Pero el camino era demasiado difícil y las distancias demasiado grandes para que ellos trajeran el tronco a la ciudad; entonces volvieron al rey y le preguntaron qué hacer. «De una forma u otra», les dijo, «traedlo, y esto sin demora.» Pero ellos contestaron que nadie ni de ninguna forma podía hacerlo. «Entonces», dijo el rey, «debéis elegir un árbol de mi propio parque.»
Allí ellos encontraron un señorial árbol sal, recto y hermoso, adorado igualmente por la ciudad y el pueblo y la familia real. Se lo dijeron al rey, y él les dijo: «Bien, derribad el árbol inmediatamente.» Pero ellos no podían hacerlo sin hacer al dios-árbol que allí vivía las ofrendas de costumbre, y pidiéndole a él mismo que muriera. Entonces hicieron ofrendas de flores y ramas y lámparas encendidas, y dijeron al árbol: «Oh el séptimo día a partir de éste derribaremos el árbol, por orden del rey. ¡Permite que cualquier deva que pueda estar habitando en el árbol parta a cualquier sitio, y que la culpa no caiga sobre nosotros!» El dios que habitaba en el árbol oyó lo que decían, y pensó esto: «Estos artesanos están de acuerdo en derribar mi árbol. Yo mismo moriré cuando mi árbol sea destruido. Y los jóvenes árboles sal junto a mí en los que viven muchos devas de mis parientes y amigos también serán destruidos. Mi propia muerte no me afecta tanto como la destrucción de mis hijos, por ello, dejadme, si es posible, por lo menos salvar sus vidas.» Así a media noche el dios árbol, divinamente radiante, entró en la cámara resplandeciente del rey, iluminando con su gloria toda la habitación. El rey se sobre-saltó y tartamudeó: «i,Qué haces tú, tan divino y tan lleno de pena?» El príncipe deva respondió: «Me llaman en tu reino, oh rey, el árbol de la suerte; durante sesenta mil años todos los hombres me han amado y adorado. En muchas casas y en muchos pueblos y muchos palacios, también, ellos nunca me hicieron mal. ¡Honradme vos como ellos lo hicieron, oh rey!» Pero el rey respondió que un árbol así era justamente el que necesitaban para su palacio, un tronco tan fino y alto y recto; y en ese palacio, dijo, «tú durarás mucho tiempo, admirado por todos los que te miren». El dios árbol contestó: «Si debe ser así, entonces tengo un deseo para pediros: Cortad de mi primero la copa, luego el medio y después la raíz.» El rey protestó que esto era una muerte más penosa que la de ser derribado entero. «Oh señor del bosque», dijo, «j,qué ganas así al ser cortado parte por parte y pieza por pieza?» A lo que el árbol de la suerte respondió: «Hay una buena razón para mi deseo: mis amigos y parientes han crecido a mi alrededor, bajo mi sombra, y yo los aplastaría si caigo entero sobre ellos y sufrirían excesivamente.»
Ante esto el rey se quedó profundamente conmovido, y pensó en las razones nobles del árbol, y, alzando sus manos a modo de saludo, dijo: «Oh árbol de la suerte, señor del bosque, dado que tú salvas a tus parientes, yo te salvaré a ti; así que no temas nada.»

Entonces el dios árbol dio al rey buen consejo y se fue por su camino; y el rey al día siguiente dio generosas limosnas y gobernó hasta que llegó el momento para su partida al mundo celestial.

El elefante de seis colmillos

Sucedió una vez que el Elegido-Buda nació como hijo de un elefante jefe de una manada de ocho mil elefantes reales, que vivían cerca de un gran lago en el Himalaya. En el medio de este lago había agua clara, y alrededor crecían mantos de nenúfares blancos y de colores, y campos de arroz, calabazas, caña de azúcar y llantén; estaba rodeado de un bosque de bambúes y por un anillo de grandes montañas. En la esquina nordeste del lago crecía un gomero gigante, y en lado oeste había una enorme cueva dorada. En la estación de las lluvias los elefantes vivían en la cueva, y durante la estación cálida merodeaban bajo las ramas del gomero para disfrutar de la sombra fresca. Un día el Elegido-Buda con sus dos esposas fueron a un pequeño bosque de árboles sal, y él golpeó uno de esos árboles con su cabeza de tal modo que una lluvia de hojas secas, ramitas y hormigas rojas cayeron sobre el lado de donde venía el viento, donde estaba su esposa Chullasubhadda, y una lluvia de hojas verdes y flores del otro lado, donde estaba su otra esposa, Mahasubhadda. En otra ocasión un elefante trajo un loto de siete pétalos al Elegido-Buda, y él lo recibió y lo entregó a Mahasubhadda. Por estas cosas Chullasubhadda se ofendió y sintió rencor hacia el Gran Ser. Así un día cuando él había preparado una ofrenda de frutas y flores, y estaba recibiendo a quinientos budas de bajo rango, Chullasubhadda también hizo ofrendas, y les rogó renacer como hija de un rey y convertirse en reina consorte del rey de Benarés, y así tener el poder de hacer que el rey enviara un cazador con una flecha envenenada para herir y matar ese elefante. Entonces ella se murió de pena. En su debido momento sus malvados deseos se cumplieron, y ella se convirtió en la esposa favorita del rey de Benarés, querida y agradable a sus ojos. Ella recordaba sus vidas pasadas, y se dijo a sí misma que ahora se haría traer los colmillos del elefante. Entonces se fue a la cama y fingió estar muy enferma. Cuando el rey oyó esto fue a su habitación y se sentó sobre la cama y le preguntó: «¿Por qué estás muriendo de pena, como una guirnalda de flores marchitas pisoteadas bajo un pie?» Ella contestó: «Es por un inalcanzable deseo.» Ante lo cual él prometió cumplir cualquier cosa que ella deseara. Así ella hizo convocar a todos los cazadores del reino, llegando a ser seis mil, y les dijo que había tenido un sueño de un magnífico elefante blanco de seis colmillos, y que si su deseo por los colmillos no era satisfecho ella moriría. Eligió uno de los cazadores, que era un tosco y no agraciado hombre, para hacer su trabajo, y le enseñó el camino al lago donde el Gran Ser vivía, prometiéndole una recompensa de cinco pueblos cuando recibiera los colmillos. Él se sintió muy temeroso por el desafío, pero finalmente consintió cuando ella le dijo que también había soñado que su deseo era cumplido. Ella le aprovisionó de armas y necesidades para el viaje, dándole un paracaídas de cuero para descender desde las colinas hasta el lago.
Él penetró más y más en la selva del Himalaya, mucho más allá de los sitios frecuentados por los hombres, superando increíbles dificultades, hasta que después de siete años, siete meses y siete días de fatigoso viaje se paró junto al gran gomero donde el Elegido-Buda y los otros elefantes vivían tan pacífica y confiadamente. Cayó un agujero en el suelo y, poniéndose las ropas amarillas de un ermitaño, se escondió en él, cubriéndolo y dejando sólo un pequeño espacio para su flecha. Cuando el Gran Ser pasó le disparó con una flecha envenenada, que lo volvió casi loco de enojo y pena. Y justo cuando iba a matar al malvado cazador notó sus ropas amarillas:


Emblema de santidad, semblante de sacerdote,
Y considerado inviolable por los sabios.

Viendo estas ropas, el elefante herido recobró su autocontrol y preguntó al cazador cuál era la razón por la que lo mataba. El cazador le contó la historia del sueño de la reina de Benarés. El Gran Ser comprendió todo el asunto muy bien y permitió al cazador coger sus colmillos. Pero él era tan grande y el cazador tan torpe, que no los pudo cortar; sólo consiguió que el elefante sufriera un dolor insoportable y se llenara su boca de sangre. Entonces el elefante cogió una sierra de su propia trompa y los cortó y se los dio al cazador diciendo: «Los colmillos de la sabiduría son cien veces más preciados por mí que éstos, y con este acto muestro la razón de que tengo infinita omnisciencia.» También le dio al cazador poderes mágicos para volver a Benarés en siete días, y luego murió y fue quemado en unapira por los otros elefantes. El cazador llevó los colmillos a la reina y, evidentemente desaprobando su maldad ahora que él conocía su total significado, anunció que había matado al elefante hacia el que ella sentía rencor por una ofensa frívola. «i,Está muerto?», ella gritó. Dándole los colmillos, el cazador respondió: «Descansa segura de que está muerto.» Cogiendo los hermosos colmillos sobre su regazo, ella observó esas señales de quien habían sido su querido señor en otra vida, y al mirarlos se llenó de pena inconsolable, y su corazón se rompió y murió ese mismo día.

Muchas épocas más tarde nació en Savatthi, y se convirtió en una monja. Un día fue con otras hermanas a oír la doctrina de Buda. Mirándole a él, tan lleno de paz y radiante, recordó en su corazón que había sido una vez su esposa, cuando él había sido señor de una manada de elefantes, y se alegró. Pero también llegó a ella el recuerdo de su maldad —cómo había sido la causa de su muerte sólo por un imaginario desaire— y su corazón se encendió, y se puso a llorar y sollozar en voz alta. Entonces el maestro sonrió, y cuando ella le preguntó por qué se reía, él contó la historia, al ofr la cual, muchos hombres siguieron el camino y la hermana misma posteriormente alcanzó la santidad.

Buda

El fundamento histórico



La historia de Buda, puede decirse, no es un mito. Es verdad que es posible desenredar de la leyenda de Buda, como de la historia de Cristo, un núcleo de hechos históricos. Para hacer esto, y para claramente exponer su propia enseñanza, ha habido un gran esfuerzo de erudición oriental durante el último medio siglo. Aquí, sin embargo, nos referiremos a la totalidad de la historia mítica de Buda como es relatada en varios trabajos que no son, estrictamente hablando, históricos, pero tienen verdadero y distintivo valor propio tanto espiritual como literario. Pero antes de proceder a dar a conocer el mito de Buda, será útil resumir brevemente su núcleo histórico tanto como podemos determinarlo, y hacer cierto relato de las doctrinas de Buda.

La vida de Buda


Hacia el siglo y antes de Cristo los invasores arios de la India habían ya avanzado más allá de Panjab bien dentro de las planicies, y se establecieron en pueblos y pequeños reinos a lo largo del Ganges. Sólo una de las tribus arias, los shakyas, se estableció en Kapilavastu, unas cien millas al nordeste de la ciudad de Benarés y treinta o cuarenta millas al sur del Himalaya. Ellos eran agricultores, cuya supervivencia dependía principalmente del arroz y el ganado. El rajá de los shakyas era Suddhodana, quien se casó con dos hijas del rajá de una tribu vecina, los koliyans. Ninguna tuvo hijos hasta que a los cuarenta y cinco años (cerca del 563 a.C.) la mayor fue madre de un niño, muriendo ella misma siete días después. El nombre de familia del niño era Gautarna, y posteriormente se le dio el nombre de Siddhartha. Gautama se casó tempranamente con su prima Yashodhara, la hija del rajá de Koli, y vivió felizmente con ella, libre de preocupaciones por el cuidado o la necesidad. En su vigésimo noveno año, como resultado de cuatro visiones —de edad, de enfermedad, de muerte y, finalmente, de un retiro digno— o de alguna otra forma más normal, el problema del sufrimiento se expuso ante él repentina e impresionantemente. Embargado por la sensación de que toda felicidad era en realidad insegura, y con pena por los sufrimientos de los otros, sintió un creciente desasosiego e insatisfacción con la vanidad de la vida; y cuando, diez años después de su matrimonio, nació de él un hijo, sólo sintió que había una atadura más que romper antes de que pudiera dejar su protegido mundo para buscar una solución a los profundos problemas de la vida y un camino para escapar del sufrimiento que parecía inevitablemente asociado con ella.
La misma noche, cuando todos dormían, dejó el palacio, cogiendo sólo su caballo y atendido sólo por su cochero, Channa. Hubiera querido coger a su hijo en brazos por última vez, pero, encontrándolo dormido con Yashodhara, temió despertar a su madre, y entonces se marchó para siempre de todo lo que más había amado para convertirse en un vagabundo sin hogar. ¡Realmente, es el peligro y la privación, y no la seguridad y la felicidad, lo que resulta para el hombre un aliciente para las acciones!
Gautama se unió por turno a varios brahmanes ermitaños en Rajagriha en las colinas de Vindhyan; luego, insatisfecho con sus enseñanzas, se esforzó haciendo penitencias solitarias en el bosque, siguiendo los modos de los ascetas brahmanes, para alcanzar poder sobrehumano y comprensión de las cosas. Pero después de soportar las más severas privaciones y practicar automortificación durante un largo período, no se encontró a sí mismo más cerca de la iluminación, aunque adquirió gran reputación como santo. Entonces abandonó esa vida y otra vez comenzó a tomar comida regularmente; sacrificó su reputación y sus discípulos le abandonaron.

La tentación


En este tiempo de soledad y fracaso llegó a él la gran tentación, simbólicamente descrita como presentada a él por Mara, el malvado, en la forma de tentación material y asalto. No derrotado, sin embargo, Gautama vagó por las orillas del río Nairanjara y se sentó bajo un gomero, donde recibió una simple comida de las manos de Sujata, hija de un poblador vecino, quien al principio lo confundió con una deidad de la selva. Durante el día estuvo sentado allí, todavía invadido por la duda y la tentación de volver a su casa. Pero al avanzar el día su mente se aclaraba más y más, y finalmente sus dudas se desvanecieron, y llegó a él una gran paz mientras el significado de todas las cosas se hizo aparente. Así pasó el día y la noche hasta que hacia el amanecer llegó el perfecto conocimiento: Gautama se convirtió en Buda, el iluminado.
Con perfecta iluminación vino hacia Buda una sensación de gran aislamiento; ahora ¿podía ser posible compartir su sabiduría con hombres menos sabios, menos ardientes que él?i,Era posible que pudiera persuadir a alguien de la verdad de la doctrina de autosalvación a través del dominio de sí mismo y con amor, sin ninguna dependencia sobre tales rituales o teologías como aquellas en las que el hombre se apoya en todas partes y tiempos? Ese aislamiento llega a todos los grandes líderes; pero el amor y la piedad por la humanidad decidió a Buda, ante todos los peligros de malentendido o fracaso, a predicar toda la verdad que había visto.
Buda de acuerdo con esto se dirigió a Benarés para «poner en marcha la rueda de la ley»; esto es, poner a rodar la rueda del carro de un imperio universal de verdad y rectitud. Se estableció en el «Parque del Ciervo» cerca de Benarés y, aunque su doctrina al principio no fue bien recibida, no tardó mucho en ser recibida por sus antiguos discípulos y por muchos otros. Algunos se hicieron sus seguidores personales; otros se convirtieron en discípulos laicos sin dejar su vida hogareña. Entre los que aceptaron sus enseñanzas estuvieron su padre y madre, su esposa e hijo. Después de un ministerio que duró cuarenta y cinco años, durante el cual predicó la nueva doctrina en Kapilavastu y los estados vecinos, y estableció una orden de monjes budistas, y también, aunque a disgusto, una orden de religiosas, Buda falleció o entró en Nirvana (cerca del 483 a.C.) rodeado de sus afligidos discípulos.

Las enseñanzas de Buda


Si sabemos comparativamente poco de la vida de Buda, tenemos, por otra parte, un confiable conocimiento de sus enseñanzas. Las concepciones de la personalidad del mismo Buda realmente han cambiado, pero la sustancia de sus enseñanzas se ha preservado intacta desde aproximadamente el 250 a.C, y hay una razón para creer que los trabajos aceptados formalmente como canónicos incluyen la parte esencial de su doctrina.
Es necesario, en primer lugar, darse cuenta que aunque un reformador, y tal vez desde el punto de vista de un sacerdote un hereje —si tal palabra puede usarse en conexión con un sistema que permite absoluta libertad de especulación—, Buda nació y fue criado y murió como un hindú. Comparativamente poco era original en su sistema, ya sea de doctrina o ética, o calculado para privarlo del apoyo y simpatía de los mejores entre los brahmanes, muchos de los cuales se convirtieron en sus discípulos. El éxito de su sistema fue debido a varias causas: la hermosa personalidad y dulce sensatez del mismo hombre, su coraje y constante insistencia sobre unos pocos principios fundamentales, y la forma en que hizo que su enseñanza fuera accesible a todos sin distinción de aristocracia de nacimiento o intelecto.
La idea de la no permanencia, de la inevitable conexión entre el dolor y la vida, y de la vida con el deseo, la doctrina del renacimiento, del karma (todo hombre debe cosechar lo que él mismo siembra) y una compleja y formal psicología —todo esto pertenece a la atmósfera intelectual del propio tiempo de Buda—. En lo que difería más profundamente con los brahmanes era en la negación del alma, de una entidad duradera en el hombre separada de sus asociaciones temporales produciendo la ilusión de una persona, el ego.
Esta diferencia es más aparente que real, y encontramos en tiempos posteriores que se volvió casi imposible distinguir entre el budista «vacío» y el brahmán «mismo». Como característica distintiva de cada uno está la misma ausencia de características; cada una es otra que Ser y otra que no-Ser. Incluso la palabra «Nirvana» es común al budismo y al hinduismo, y la controversia se desplaza a si Nirvana es o no es equivalente a la extinción. La pregunta es realmente impropia, dado que el significado de Nirvana no es más que liberarse de las trabas de la individualidad —dado que el espacio encerrado en la vasija terrenal es liberado de su limitación y se convierte en uno con espacio infinito cuando la vasija se rompe—. Si llamamos a este espacio infinito un Vacío o un Lleno es más un asunto de temperamento que de hechos; lo que es importante es darse cuenta de que las aparentes separaciones de cada porción de él son temporales e irreales, y son la causa del dolor.
La herejía del individualismo, entonces, es la gran desilusión que debe abandonar el que se va a proponer ir en busca del camino de la salvación por el budismo. El deseo de mantener esa ilusión, la propia individualidad, es la fuente de todo el dolor y maldad en nuestra experiencia. La idea del alma o individualidad es ilusoria, porque hay, de hecho, no un ser, sino sólo un porvenir eterno. Aquellos libres de esas ilusiones pueden entrar en la senda que lleva a la paz de conciencia, a la sabiduría, a Nirvana (liberación). Más brevemente, este pasaje es resumido en el celebrado verso:

Para cesar todo pecado,
Para conseguir la virtud,
Para purificar el propio corazón,
Esa es la religión de los budas.

Pasemos a otro asunto. Ahora veamos qué leyendas ha tejido la imaginación acerca de esta historia de El Iluminado. Debemos comenzar con su larga vida previa hasta convertirse en un buda, y con su posterior encamación en muchas formas, hasta que nació como el príncipe Shakya de que hemos hablado.

 

Cómo Sumedha se convierte en un elegido-buda


Hace unas cien mil edades, un rico, culto y recto brahmán vivía en la gran ciudad de Amara. Un día él se sentó y reflexionó sobre la miseria del renacimiento, ancianidad y enfermedad, exclamando:

¡Hay, debe haber, una evasión!
¡Es imposible que no la haya!
¡Haré la búsqueda y encontraré el camino Que nos alivie de la existencia!

Consecuentemente se retiró al Himalaya y vivió en una choza de hojas, donde alcanzó gran sabiduría. Mientras estaba en trance nació El-que-Superaba, Dipankara. Sucedió que este buda iba avanzando en su camino cerca de donde vivía Sumedha, y unos hombres estaban preparando una senda para que sus pies pisaran. Sumedha se unió a este trabajo, y cuando el buda llegó se tumbó en el barro, diciéndose a sí mismo:

Puedo evitarle el barro,
Grandes méritos se acumularán para mí.

Mientras estaba allí tumbado la idea vino a su mente: «¿Por qué no me deshago ahora de toda la maldad que hay en mí y entro a Nirvana? Pero no me dejéis hacerlo sólo; mejor dejadme también algún día alcanzar la omnipotencia y transportar a una multitud de seres a salvo hasta la lejana orilla con el barco de la doctrina sobre el océano del renacimiento.»
Dipankara, quien todo lo sabía, se detuvo a su lado y proclamó ante la multitud que en épocas posteriores él debía convertirse en un buda, y nombró su lugar de nacimiento, su familia, sus discípulos y su árbol. Ante esto la gente se alegró; pensando que, si no alcanzaban Nirvana ahora, en otra vida, enseñados por este otro buda, podrían otra vez tener una buena oportunidad para aprender la verdad, dado que la doctrina de todos los budas es la misma. Toda la naturaleza enseñó entonces símbolos y presagios en testimonio del compromiso y la dedicación de Sumedha: cada árbol tenía un fruto, los ríos se quedaron quietos, una lluvia de flores cayó del cielo, los fuegos del infierno se extinguieron. «No te vuelvas», dijo Dipankara. «¡Continúa! ¡Avanza! Con toda seguridad sabemos esto; seguramente serás un buda!» Sumedha estaba decidido entonces a cumplir con las condiciones de un buda: perfección en las almas, en guardar los preceptos, en renunciación, en sabiduría, en coraje, en paciencia, en verdad, en resolución, en buena voluntad y en indiferencia. Comenzando, entonces, a cumplir con las condiciones de la búsqueda, Sumedha volvió al bosque y vivió allí hasta que falleció.
Posteriormente renació en incontables formas: como un hombre, como un deva como un animal, y en todas estas formas se aferró al camino trazado, de modo que se dice que no existe una partícula en la tierra en que Buda no hubiese sacrificado su vida por el bien de las criaturas. La historia de estos renacimientos se da en el libro Jataka, en que se relatan quinientos cincuenta nacimientos. A