Vivia una vez, en el fondo de un puquio (fuente), una ranita
feísima pero muy buena. Siempre miraba a sus hermanas
que eran mejores que ella y pensaba suspirando: ¿Dios mío, por
qué seré tan fea? Pero no sentía envidia y vivía resignada con su
horrible cara.
Al lado del puquio se elevaba un cerro muy alto que llegaba
hasta las nubes. A ningún hombre se le había ocurrido jamás
vivir en ese lugar tan triste y tan frío, pero un gran cóndor, volando
un día por aquella montaña, la encontró muy de su agrado e hizo
en ella su casa. Era un precioso palacio, como tenía que serlo forzosamente,
porque el cóndor es el rey de todas las aves que moran
en los Andes. Las paredes y el suelo se hallaban por entero cu-
biertas con pieles de
formado con mullidas
vicuñas,
plumas y
magnífica presa cazada por el
el nido del inmenso pájaro estaba
en la despensa había siempre una
cóndor.
Pero eso sí, en una cosa no se parecía el cóndor a los reyes
que poseen siempre miles de sirvientes y de lacayos. El tenía como
servidora, solamente a una niña a quien había robado un día en que
la pobrecita iba por el campo, llevando su rebaño de llamas. Era
una preciosa chiquilla. Sus padres habíanle puesto por nombre
Coyllur que quiere decir, estrella; porque su hijita era tan linda
como un lucero.
La ranita veía a la niña, las pocas veces que el malvado pájaro
la dejaba asomar a la puerta del palacio. Al mirarla, el animalito
decía:
—(Pobre criatura, tan bella y tan desgraciada. Si yo pudiera
hacer algo por salvarlal
Una tarde, mientras el cóndor dormía, ocurriósele a Coyllur
ir al puquio a lavar. En cuanto sintió que el ave despertaba, se movía
en su lecho de mullidas plumas y comenzaba a bostezar, abriendo
el grueso pico tan duro como la piedra, entró en la alcoba. Tuvo
que taparse el rostro y cerrar los ojos, pues le dio en la cara un fuerte
ventarrón. Era que el pájaro se desperezaba, agitando sus enormes
alas.
—Ja ¡a ja; exclamó el ave. ¡Qué buen sol para salir a cazar
vicuñas!
Después esponjó la golilla blanca como la nieve, que le rodeaba
el cuello. En ese collar de plumas sin una sola mancha, cifraba
el cóndor todo su orgullo. En seguida, miró a la niña con ojos que
lanzaban chispas y díjole:
—¿Preparaste ya la comida?
—Sí, contestó Coyllur, ya está todo listo. Puedes ¡r a almorzar;
entre tanto, yo bajaré al puquio a lavar mi ropa.
—¿Al riachuelo a lavar la ropa. Estás loca? ¡Ah, bribona!
¿Para escaparte?; respondió el cóndor.
Entonces repuso ella:
—Mira, mientras lave, golpearé la ropa con fuerza y así,
oyendo el ruido, tendrás la seguridad de que estoy ahí.
—Bueno, anda. ¡Pero como trates de huir, pobre de ti!; replicóle
con voz terrible.
La pobrecita echóse a la espalda el atado de sus vestidos y
entonando una triste canción, bajó hasta el puquio. Por fin llegó a
la orilla y empezó a llorar amargamente.
La ranita que se hallaba en su casa hecha de verde musgo y
blancas piedrecillas, escuchó los sollozos y salió a tierra para ver qué
era aquello.
De pronto sintió Coyllur un extraño sonido:
—Rooque, rooque.
Descubrióse la cara y vio al animal que, sentado en una piedra,
la miraba con ojos llenos de cariño, y oyó que le decía, con voz
gangosa:
—Querida niña, no te aflijas. Hoy va a terminar tu desgracia.
Mira, yo tomaré tu forma, me convertiré en una chiquilla idéntica
a ti y seguiré golpeando la ropa, de modo qu& el cóndor no note
nada. Entre tanto, huirás y detrás de ese cerro, encontrarás gente
que te ayudará a volver a tu casa.
Entonces Coyllur levantóse y la ranita ocupó su lugar, mientras
le decía:
—Aprovecha, escapa antes de que ese malvado pájaro salga.
—Gracias, respondió la pobrecilla, no tengo con qué pagarte
e inclinándose hacia la rana la besó en la frente; y en ese mismo
instante, el horrible animalito convirtióse en una preciosa criatura
igual a Coyllur.
Luego la chiquilla corrió con todas sus fuerzas, hacia el pueblo
cercano, mientras la ranita transformada en ser humano, golpeaba
la ropa sin descansar.
Terminó el cóndor de almorzar una vicuña entera, bebió un
porongo de chicha y pensó:
—¡Cómo tarda esta ociosa! Seguro que está remoloneando
allá abajo. Voy a ver lo que le falta lavar. Y saliendo de su palacio
de rocas, se asomó al riachuelo.
Pero, cuál no sería su asombro, a! contemplar que la niña,
levantándose rápidamente de la piedra en que estaba sentada, se
sumergía en la corriente y se hundía, desapareciendo entre las ondas.
¿Qué sucedió a la ranita entonces?
Al volver su cuerpo a las aguas, recobró de nuevo su forma.
Tan luego tocó la arena del fondo, todas las ranas, los sapos y los
peces que vivían en el puquio la miraron extrañados. En un segundo
se vio rodeada de cientos de animales que la observaban con
asombro.
¿Pero, cuál era la causa de tal admiración? Al besar Coyllur
en la frente, al bondadoso animalito, había aparecido en el sitio mismo
en que se posaron los labios de la niña, una luz bellísima. Aquel
resplandor cubría el cuerpo de la ranita, alumbraba las aguas con un
fulgor tan intenso como el de un lucero y hacía brillar, cual piedras
preciosas, los guijarros del lecho del manantial.
Entonces los peces se cogieron unos de otros con sus aletas y
formando una ronda en torno a su amiga, comenzaron a cantar:
Glu-glu.
Señora Ranita,
¿qué tiene en la frente,
que está tan bonita?
En seguida los sapos estiraron sus cortas y gruesas manos y,
haciendo un círculo al rededor de ella, cantaron:
Cuac, cuac.
Llevas en la frente
un vivo destello
de luz refulgente.
Finalmente, las ranas, más felices que nunca, extendieron sus
chatos y largos brazos y, danzando en torno a su hermana, entonaron
esta canción:
Rooque, roooque.
Te puso en la frente
aquella doncella,
una luz que brilla
igual que una estrella.
Y desde aquel día la ranita fue la reina de la fuente.
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jueves, 7 de marzo de 2019
La Zorra Vanidosa
HABÍA una vez una zorra
que tenía un lindo hociquillo
delgado y puntiagudo,
piel muy sedosa y fina y
unos ojitos traviesos que todo
lo atisbaban con gran curiosidad.
Era la más bonita de todas
las zorras del lugar. Sabía
muy bien que era hermosa,
pero en vez de dar gracias
a Dios que la había hecho
así, despreciaba a sus hermanas
que no eran tan lindas
como ella.
¡Cómo le gustaba la luna!
En las noches, cuando el astro
brillaba en el cielo, la zorra
dejaba su madriguera oscura,
salía al campo y mientras su
familia se dedicaba a asaltar
los nidos de las huashuas y a
robarles sus polluelos para devorarlos;
ella, sentada en una
peña, se pasaba las horas,
pensando cómo podría hacer para subir al cielo y contemplar de cerca
a la Luna; hasta que por fin se le ocurrió una idea.
Una noche en que el astro fulgía más hermoso que nunca,
cogió una soga, se dirigió a un cerro en el cual vivía un cóndor y
aguardó a que su amigo volviera a casa.
De pronto oyó ruido de alas y vio que llegaba el ave. Púsose
entonces a suspirar para que el pájaro lo oyera."
—¿Qué tienes, por qué estás triste?; preguntó él, tan pronto
llegó junto a su amiga.
—Tiempo ha que sufro, respondió ella alzando tristemente
los ojos hacia el cielo. Hace muchísimos años que quiero subir hasta
la Luna, pero como desgraciadamente no tengo alas, no puedo conseguirlo.
—Oye, dijo luego, con tono zalamero; tú eres muy fuerte y
muy inteligente y si quisieras, podrías ayudarme.
—¿Y cómo?, preguntó el cóndor extrañado.
—Muy fácilmente, díjole la astuta zorra. Mira, coges con el
pico esta soga, en seguida vuelas hasta la Luna y una vez que has
llegado, amarras a ella la cuerda con toda tu fuerza. Luego avientas
a la Tierra el otro extremo y yo trepo por él.
Voló el cóndor hasta la Luna, hizo lo que su amiga le había
pedido y cuando todo estuvo listo dio la voz a la zorra.
Entonces ella, meneando la cola con gesto pretensioso, se
acercó al extremo de la cuerda que era nuevecita y muy blanca y
brillaba como si fuera de plata, y comenzó a subir con gran facilidad.
Había trepado apenas unos cuantos metros, cuando miró
hacia abajo y vio a sus hermanas que corrían, por el campo muy
atareadas, entrando y saliendo de sus madrigueras construidas en el
interior de los cerros. En el acto pensó: ¡Pobres animales miserables
que tienen que vivir siempre en la Tierra dentro de esos huecos
oscuros y sucios. Ni-nguna de ellas vale lo que valgo yo, que puedo
ir por los aires como los pájaros!
Reflexionaba de este modo, cuando sintió una voz que chillaba:
¡Ja, ja ja ja ja!
Inmediatamente, la zorra, que era muy amiga de armar
pendencias, pensó: ¿Quién será'el atrevido que se burla de mí?
En aquel mismo instante distinguió una lora de brillantes
plumas, que batiendo sus hermosas alas verdes, volaba muy cerca
de ella.
Al instante, la pretensiosa, sin pensar más, dejó de trepar y
se puso a gritar al pájaro que ni siquiera la había visto:
—¡Lora ridicula! ¿Tú sabes quién soy yo, para que te atrevas
a burlarte de mí?
La lora no la oía al principio y seguía cantando muy alegre:
¡Ja ja ja ja!
Más encolerizada todavía, al ver que el ave no le respondía,
volvió a gritarle:
—¡Lora pesada, que ni volar con gracia puedes. Tú jamás
llegarás tan alto como yo, que voy a la Luna!
Esta vez sí la escuchó el ave que tenía muy mal genio. Oírse
llamar pesada y sin gracia y ponerse furiosa, todo fue uno. Las coloradas
plumas de su cabeza se tornaron más encarnadas aún y toda
su cara enrojeció de tal modo, que parecía que iba a reventar de rabia.
Con voz ronca por la ira exclamó:
—¿Qué te he hecho yo para que me insultes de este modo?
Y abalanzándose sobre la soga, comenzó a dar en ella tan
fuertes picotazos, que la cortó.
¡Pobre zorra! Empezó a descender por los aires, tan rápida
como una flecha.
(Hermanos míos, hermanas mías; gritaba la infeliz mientras
caía, recibidme que me voy a estrellar!
Pero sus hermanos que se hallaban durmiendo muy tranquilos
en sus madrigueras, no la oían, como justo castigo del Cielo por
su vanidad y la pobre fue a estrellarse contra una peña, destrozándose.
que tenía un lindo hociquillo
delgado y puntiagudo,piel muy sedosa y fina y
unos ojitos traviesos que todo
lo atisbaban con gran curiosidad.
Era la más bonita de todas
las zorras del lugar. Sabía
muy bien que era hermosa,
pero en vez de dar gracias
a Dios que la había hecho
así, despreciaba a sus hermanas
que no eran tan lindas
como ella.
¡Cómo le gustaba la luna!
En las noches, cuando el astro
brillaba en el cielo, la zorra
dejaba su madriguera oscura,
salía al campo y mientras su
familia se dedicaba a asaltar
los nidos de las huashuas y a
robarles sus polluelos para devorarlos;
ella, sentada en una
peña, se pasaba las horas,
pensando cómo podría hacer para subir al cielo y contemplar de cerca
a la Luna; hasta que por fin se le ocurrió una idea.
Una noche en que el astro fulgía más hermoso que nunca,
cogió una soga, se dirigió a un cerro en el cual vivía un cóndor y
aguardó a que su amigo volviera a casa.
De pronto oyó ruido de alas y vio que llegaba el ave. Púsose
entonces a suspirar para que el pájaro lo oyera."
—¿Qué tienes, por qué estás triste?; preguntó él, tan pronto
llegó junto a su amiga.
—Tiempo ha que sufro, respondió ella alzando tristemente
los ojos hacia el cielo. Hace muchísimos años que quiero subir hasta
la Luna, pero como desgraciadamente no tengo alas, no puedo conseguirlo.
—Oye, dijo luego, con tono zalamero; tú eres muy fuerte y
muy inteligente y si quisieras, podrías ayudarme.
—¿Y cómo?, preguntó el cóndor extrañado.
—Muy fácilmente, díjole la astuta zorra. Mira, coges con el
pico esta soga, en seguida vuelas hasta la Luna y una vez que has
llegado, amarras a ella la cuerda con toda tu fuerza. Luego avientas
a la Tierra el otro extremo y yo trepo por él.
Voló el cóndor hasta la Luna, hizo lo que su amiga le había
pedido y cuando todo estuvo listo dio la voz a la zorra.
Entonces ella, meneando la cola con gesto pretensioso, se
acercó al extremo de la cuerda que era nuevecita y muy blanca y
brillaba como si fuera de plata, y comenzó a subir con gran facilidad.
Había trepado apenas unos cuantos metros, cuando miró
hacia abajo y vio a sus hermanas que corrían, por el campo muy
atareadas, entrando y saliendo de sus madrigueras construidas en el
interior de los cerros. En el acto pensó: ¡Pobres animales miserables
que tienen que vivir siempre en la Tierra dentro de esos huecos
oscuros y sucios. Ni-nguna de ellas vale lo que valgo yo, que puedo
ir por los aires como los pájaros!
Reflexionaba de este modo, cuando sintió una voz que chillaba:
¡Ja, ja ja ja ja!
Inmediatamente, la zorra, que era muy amiga de armar
pendencias, pensó: ¿Quién será'el atrevido que se burla de mí?
En aquel mismo instante distinguió una lora de brillantes
plumas, que batiendo sus hermosas alas verdes, volaba muy cerca
de ella.
Al instante, la pretensiosa, sin pensar más, dejó de trepar y
se puso a gritar al pájaro que ni siquiera la había visto:
—¡Lora ridicula! ¿Tú sabes quién soy yo, para que te atrevas
a burlarte de mí?
La lora no la oía al principio y seguía cantando muy alegre:
¡Ja ja ja ja!
Más encolerizada todavía, al ver que el ave no le respondía,
volvió a gritarle:
—¡Lora pesada, que ni volar con gracia puedes. Tú jamás
llegarás tan alto como yo, que voy a la Luna!
Esta vez sí la escuchó el ave que tenía muy mal genio. Oírse
llamar pesada y sin gracia y ponerse furiosa, todo fue uno. Las coloradas
plumas de su cabeza se tornaron más encarnadas aún y toda
su cara enrojeció de tal modo, que parecía que iba a reventar de rabia.
Con voz ronca por la ira exclamó:
—¿Qué te he hecho yo para que me insultes de este modo?
Y abalanzándose sobre la soga, comenzó a dar en ella tan
fuertes picotazos, que la cortó.
¡Pobre zorra! Empezó a descender por los aires, tan rápida
como una flecha.
(Hermanos míos, hermanas mías; gritaba la infeliz mientras
caía, recibidme que me voy a estrellar!
Pero sus hermanos que se hallaban durmiendo muy tranquilos
en sus madrigueras, no la oían, como justo castigo del Cielo por
su vanidad y la pobre fue a estrellarse contra una peña, destrozándose.
Cómo Consiguió sus Espinas el Queshque
EN la falda de un cerro lleno de piedras, en el que no se veía
ni una brizna de hierba, había crecido una mata de queshque. En
aquel tiempo el queshque no tenía espinas como ahora.
Aunque no había gota de agua en ese lugar y apenas caía
por ahí la Nuvia, una que otra vez, la planta se hallaba siempre verdeciía
y el interior de sus gruesas hojas estaba constantemente lleno
de un líquido blanco y de una pasta muy suave.
Todos los días pasaban junto al cerro, rebaños de llamas,
vicuñas y alpacas y cuando tenían sed se acercaban al queshque y
mordían las anchas hojas para refrescarse con su jugo.
Claro está que al pobre le causaban dolor los mordiscos que
le daban y decía:
—¡Cómo tuviera con qué defenderme de los dientes de estos
animales!
Se hallaba una tarde, muy tranquilo cuando, de pronto, oyó
un ruido que venía de la cumbre del cerro. Miró hacia arriba y vio
que desde
piedra.
La
tirando las
lo más alto bajaban corriendo, una zorra
piedra llevaba la delantera y
piernas lo más que podía.
No me has de ganar!; gritó la
el animal iba
zorra.
y una gran
tras ella, es-
—¡Anda, palangana; si ya no puedes más, estás con la lengua
afuera!; contestóle la piedra que, dando vueltas y botes entre
las rocas, bajaba a cada instante con mayor rapidez, dejando atrás
a su contrincante.
De repente oyó el queshque que lo llamaban-.
—¡Tío Queshque, tío Queshque!
Puso atención y se dio cuenta de que la voz era de la zorra.
—¿Qué quieres?; preguntó la planta.
—¿Tío, Queshque, deseas hacermo un favor?
—¡Cómo no!; respondióle.
—Entonces, ataja a la piedra y yo, en pago, te regalaré mis
uñas.
¿Uñas?; se dijo la planta. Pero si eso era precisamente lo
que necesitaba. ¡Uñas, para poder defenderse de las llamas, las
vicuñas y las alpacas que la mordían todo el día sin compasión!
—En seguida te voy a ayudar, contestóle.
La piedra se le aproximaba más a cada rato, dando salto
tras salto. La planta esperó que se le acercara lo suficiente y cuando
ya la tenía a corta distancia, estiró cuanto pudo, sus largas hojas,
ni más ni menos que si fueran brazos y la atajó sujetándola fuertemente.
Mientras tanto, la zorra había ido avanzando. Pasó junto a
(a piedra la cual estaba prisionera sin poder moverse y llegó al pie
del cerro, que era la meta de la carrera. Una vez allí, levantó la
cabeza y comenzó a gritar con burla:
—¡Piedrucha, piedrucha, te gané! La otra hacía esfuerzos
por soltarse, pero la planta la sujetaba con firmeza.
—¡Todavía no la dejes libres, tío Queshque, suplicó la zorra.
Espera que me ponga a salvo porque, como me alcance, en venganza
me da un machucón que me deja muerta en el sitio. Gracias! Y
diciendo estas palabras partió a correr de nuevo, atravesó unos matorrales
y escondióse en una cueva.
Cuando el queshque vio que el animal se encontraba ya a
salvo, aflojó los brazos y soltó a la piedra que, gritándole mil insultos,
fuese a perder detrás de un cerro vecino.
Entonces la planta sintió algo raro. Miróse y vio que en los
bordes de las hojas habíanle crecido cientos de espinas parecidas a
las uñas de la zorra.
Desde aquel día la zorra y el queshque son grandes amigos.
ni una brizna de hierba, había crecido una mata de queshque. En
aquel tiempo el queshque no tenía espinas como ahora.
Aunque no había gota de agua en ese lugar y apenas caía
por ahí la Nuvia, una que otra vez, la planta se hallaba siempre verdeciía
y el interior de sus gruesas hojas estaba constantemente lleno
de un líquido blanco y de una pasta muy suave.
Todos los días pasaban junto al cerro, rebaños de llamas,
vicuñas y alpacas y cuando tenían sed se acercaban al queshque y
mordían las anchas hojas para refrescarse con su jugo.
Claro está que al pobre le causaban dolor los mordiscos que
le daban y decía:
—¡Cómo tuviera con qué defenderme de los dientes de estos
animales!
Se hallaba una tarde, muy tranquilo cuando, de pronto, oyó
un ruido que venía de la cumbre del cerro. Miró hacia arriba y vio
que desde
piedra.
La
tirando las
lo más alto bajaban corriendo, una zorra
piedra llevaba la delantera y
piernas lo más que podía.
No me has de ganar!; gritó la
el animal iba
zorra.
y una gran
tras ella, es-
—¡Anda, palangana; si ya no puedes más, estás con la lengua
afuera!; contestóle la piedra que, dando vueltas y botes entre
las rocas, bajaba a cada instante con mayor rapidez, dejando atrás
a su contrincante.
De repente oyó el queshque que lo llamaban-.
—¡Tío Queshque, tío Queshque!
Puso atención y se dio cuenta de que la voz era de la zorra.
—¿Qué quieres?; preguntó la planta.
—¿Tío, Queshque, deseas hacermo un favor?
—¡Cómo no!; respondióle.
—Entonces, ataja a la piedra y yo, en pago, te regalaré mis
uñas.
¿Uñas?; se dijo la planta. Pero si eso era precisamente lo
que necesitaba. ¡Uñas, para poder defenderse de las llamas, las
vicuñas y las alpacas que la mordían todo el día sin compasión!
—En seguida te voy a ayudar, contestóle.
La piedra se le aproximaba más a cada rato, dando salto
tras salto. La planta esperó que se le acercara lo suficiente y cuando
ya la tenía a corta distancia, estiró cuanto pudo, sus largas hojas,
ni más ni menos que si fueran brazos y la atajó sujetándola fuertemente.
Mientras tanto, la zorra había ido avanzando. Pasó junto a
(a piedra la cual estaba prisionera sin poder moverse y llegó al pie
del cerro, que era la meta de la carrera. Una vez allí, levantó la
cabeza y comenzó a gritar con burla:
—¡Piedrucha, piedrucha, te gané! La otra hacía esfuerzos
por soltarse, pero la planta la sujetaba con firmeza.
—¡Todavía no la dejes libres, tío Queshque, suplicó la zorra.
Espera que me ponga a salvo porque, como me alcance, en venganza
me da un machucón que me deja muerta en el sitio. Gracias! Y
diciendo estas palabras partió a correr de nuevo, atravesó unos matorrales
y escondióse en una cueva.
Cuando el queshque vio que el animal se encontraba ya a
salvo, aflojó los brazos y soltó a la piedra que, gritándole mil insultos,
fuese a perder detrás de un cerro vecino.
Entonces la planta sintió algo raro. Miróse y vio que en los
bordes de las hojas habíanle crecido cientos de espinas parecidas a
las uñas de la zorra.
Desde aquel día la zorra y el queshque son grandes amigos.
Doña Zorra y su Compadre Gallinazo
DOÑA Zorra se hallaba sentada, una tarde, al borde de una
laguna clara como el cristal, contemplando el cielo. De pronto
vio a su compadre, don Gallinazo, que volaba allá arriba e inmediatamente
pensó:
—¡Ridículo animal. Con ese cuello pelado, ese color horrible
que tiene y poder volar tan alto! En cambio, yo, que soy bonita y
que poseo una piel tan fina, no puedo levantarme del suelo, ni siquiera
una cuarta.
Al cabo de largo rato, bajó don Gallinazo y fuese a parar
¡unto a doña Zorra.
—¡Hola, compadrito!; saludóle ella, amablemente. ¡Cuánto
gusto de poder hablarle! Durante media hora he estado contemplándolo.
¡Qué espléndidamente vuela usted!
—Gracias, gracias; contestó él complacido.
—Pero, vea; siguió ella,- no crea que solamente volando, se
va con rapidez de un sitio a otro. Yo le aseguro que corriendo se
llega mucho más ligero.
—Comadre, está usted equivocada; replicóle muy serio, su
amigo, moviendo a derecha e izquierda la pelada cabeza.
—¡Já, ¡á, já; rió ella. Ustedes, las aves, creen saberlo todo;
cuando, en realidad, somos nosotros los animales de cuatro patas,
los que más sabemos. Y si no, hagamos una apuesta.
—Bueno; respondió don Gallinazo.
—Compadre, le aseguro que yo liego antes que usted, al otro
lado de la laguna.
—¡Cuidado, que va a perder, comadrita!; contestó el pájaro.
—Esa es cuenta mía; dijo ella. Yo beberé primero, toda el
agua, para poder cruzar por en medio de la laguna y así tendré que
correr menos.
—Pero, si es tan profunda que ni siquiera se ve el fondo;
respondió él.
—Déjeme usted, no más. Párese en esa piedra y espere ahí
a que yo termine.
El ave obedeció y miró a la zorra que hundió el hocico en el
agua y principió a beber.
Shui-shui, sonaba el agua al entrar en su boca; glu-glu, hacía,
al pasar por su garganta.
Al cabo de un rato vio don Gallinazo que la barriga de su
amiga iba creciendo.
—Doña Zorra, no beba usted tanto. Le va a pasar algo. Mejor
dejemos la apuesta; díjole.
—¿Y a usted qué le importa, compadre?; contestóle y siguió
bebiendo.
Don Gallinazo volvió a mirarla y notó que el vientre de la
muy porfiada se iba inflando más y más a cada instante.
—¡Doña Zorra, va usted a reventar!; le gritó. Mas, la muy
terca, continuaba bebiendo.
De repente sintió el ave un ruido tremendo que retumbó en
los cerros y vio que su amiga había estallado, lo mismo que un globo.
En ese mismo instante asomó por entre las peñas, una huashua
y caminando con sus coloradas patitas, acercóse al cadáver de
la porfiada y luego dijo al otro pájaro:
—¡Gracias a Dios que murió esta ladrona! Al cabo podré
dormir tranquila, sin temor de que me robe a mis pobres hijitos y
se los coma!
—¡Por fin vivirán en paz los pájaros de estos contornos. Ya
nadie los asaltará para devorarlos!; exclamó don Gallinazo.
Y batiendo las alas muy contento, emprendió el vuelo hacia
su nido.
,
laguna clara como el cristal, contemplando el cielo. De pronto
vio a su compadre, don Gallinazo, que volaba allá arriba e inmediatamente
pensó:
—¡Ridículo animal. Con ese cuello pelado, ese color horrible
que tiene y poder volar tan alto! En cambio, yo, que soy bonita y
que poseo una piel tan fina, no puedo levantarme del suelo, ni siquiera
una cuarta.
Al cabo de largo rato, bajó don Gallinazo y fuese a parar
¡unto a doña Zorra.
—¡Hola, compadrito!; saludóle ella, amablemente. ¡Cuánto
gusto de poder hablarle! Durante media hora he estado contemplándolo.
¡Qué espléndidamente vuela usted!
—Gracias, gracias; contestó él complacido.
—Pero, vea; siguió ella,- no crea que solamente volando, se
va con rapidez de un sitio a otro. Yo le aseguro que corriendo se
llega mucho más ligero.
—Comadre, está usted equivocada; replicóle muy serio, su
amigo, moviendo a derecha e izquierda la pelada cabeza.
—¡Já, ¡á, já; rió ella. Ustedes, las aves, creen saberlo todo;
cuando, en realidad, somos nosotros los animales de cuatro patas,
los que más sabemos. Y si no, hagamos una apuesta.
—Bueno; respondió don Gallinazo.
—Compadre, le aseguro que yo liego antes que usted, al otro
lado de la laguna.
—¡Cuidado, que va a perder, comadrita!; contestó el pájaro.
—Esa es cuenta mía; dijo ella. Yo beberé primero, toda el
agua, para poder cruzar por en medio de la laguna y así tendré que
correr menos.
—Pero, si es tan profunda que ni siquiera se ve el fondo;
respondió él.
—Déjeme usted, no más. Párese en esa piedra y espere ahí
a que yo termine.
El ave obedeció y miró a la zorra que hundió el hocico en el
agua y principió a beber.
Shui-shui, sonaba el agua al entrar en su boca; glu-glu, hacía,
al pasar por su garganta.
Al cabo de un rato vio don Gallinazo que la barriga de su
amiga iba creciendo.
—Doña Zorra, no beba usted tanto. Le va a pasar algo. Mejor
dejemos la apuesta; díjole.
—¿Y a usted qué le importa, compadre?; contestóle y siguió
bebiendo.
Don Gallinazo volvió a mirarla y notó que el vientre de la
muy porfiada se iba inflando más y más a cada instante.
—¡Doña Zorra, va usted a reventar!; le gritó. Mas, la muy
terca, continuaba bebiendo.
De repente sintió el ave un ruido tremendo que retumbó en
los cerros y vio que su amiga había estallado, lo mismo que un globo.
En ese mismo instante asomó por entre las peñas, una huashua
y caminando con sus coloradas patitas, acercóse al cadáver de
la porfiada y luego dijo al otro pájaro:
—¡Gracias a Dios que murió esta ladrona! Al cabo podré
dormir tranquila, sin temor de que me robe a mis pobres hijitos y
se los coma!
—¡Por fin vivirán en paz los pájaros de estos contornos. Ya
nadie los asaltará para devorarlos!; exclamó don Gallinazo.
Y batiendo las alas muy contento, emprendió el vuelo hacia
su nido.
,
Espinito Timidín
LOS esposos Puerco-Espines, que vivían en el interior de un nogal
hueco el cual se encontraba caído en medio de un claro
del bosque, se hallaban muy felices. Habían tenido una magnífica
cría y, desde la puerta de su vieja casa, veían corretear a sus tres
hijitos. Espinico, llamábase el mayor; Espinica, la segunda y Espinito,
el tercero. Este era tan miedoso que los otros dos chiquillos habíanle
apodado Timidín.
—Epinito, le decían sus hermanos, ven con nosotros a buscar
hojas tiernas para el almuerzo.
—Tengo miedo de perderme, respondíales él.
—Epinito, vamos a apostar carreras detrás de los heléchos.
—No, puedo encontrarme con alguna fiera, contestaba.
Todos los días iba a beber a la laguna en compañía de su
madre y contemplaba su rostro en las aguas, como en un espejo.
—¿Por qué seré tan feo, mamá?; preguntaba. Mira estas horribles
espinas que me cubren Quisiera ser como los venados o los
pájaros, que son tan lindos.
—Hijo mío, respondíale ella, no desprecies lo que Dios te ha
dado. Las espinas son nuestro mejor tesoro, porque con ellas podemos
defendemos. No hay fiera, por brava que sea, que no buya lanzando
alaridos, si le clavamos unas cuantas flechas. En cambio, los
venados y los pájaros, tan hermosos, na tienen con qué defenderse.
LA I N U N D A C I Ó N
Una tarde en que toda- la familia roía trozos de madera fresca,
se oyó un ruido lejano. A los pocos momentos pasó, a todo correr,
una larga familia de jabalíes con caras espantadas; como si algo terrible
sucediera. Un minuto después, desfiló una bandada de loros,
batiendo las alas muy a prisa y en seguida, tres grandes osos, en loca
carrera.
¿Qué ocurriría, que hasta los bravos osos huían?
—Oye; dijo don Espino a su mujer, me parece sentir ruido
de agua.
No bien había acabado de hablar, cuando vieron avanzar
un torrente que rugía, levantando grandes olas.
Cada cual subió al árbol más cercano. Entre tanto, el agua
llegó donde estaban los esposos y los arrastró. Espinito los vio alejarse
flotando, hasta que se perdieron entre la selva y luego llamó
angustiado:
—¡Espinico, Espinaca!; mas nadie le respondió. Entonces el
pobrecillo se echó sobre una rama y lloró mucho, hasta que por fin
se quedó dormido.
S O L O
Al otro día lo despertaron las voces de las palomas. Las jóvenes
preguntaban:
—¿Cu cu, abuelitos queridos,
dónde haremos nuestros nidos?
Y los palomos viejos respondían:
—Cu cu;
en un campo llenecito
de granos al escoger
y junto a un lago clarito
donde podamos beber.
Espinito bajó del árbol y pasó sobre el barro por un tronco
que vio allí tendido. Al otro lado, el suelo estaba seco,- la inundación
no había llegado ahí. Pero, ¡qué batahola reinaba en ese sitio!
Miles de loros y papagayos gritaban, cientos de monos daban ensordecedores
chillidos; manadas de cutpes, tan gordos como sus primos,
los conejos de las ciudades, hociqueaban entre la hierba.
Mas, no bien Espinito había puesto el pie en tierra, aquellos
animales huyeron gritando:
—¡El ¡aguar!
Timidín tembló y subióse a un árbol. Desde allí vio avanzar a
la fiera enorme. Su piel amarilla con manchas negras, brillaba como
si la hubieran cepillado y sus bigotes lucían muy bien peinados. A
buen seguro que había estado arreglándose, y mirándose en las aguas
del río, antes de salir a cazar, el pretensioso. Por fortuna, pasó sin
ver a Espinito y se perdió en la espesura.
Al cabo de un rato, todos los animales salieron de sus escondites.
La mayor parte de ellos conocía a nuestro amiguito que acostumbraba
ir mucho con sus padres por ese lado. Al no verlo, don Venado
preguntó:
—¿Qué es de Espinito? ¿No vaya a habérselo comido el
¡aguar?
—¿Conoce usted a alguien que trague tanta espina? A Timidín
no se lo podrá comer nadie; se esconde porque es un cobarde,
dijo un papagayo.
En eso, la señora Ardilla gritó: ¡Aquí está!; y señaló al puerco
espin, con sus lindas rrianitas, el lado por donde se había marchado
la fiera. Baja, Espinito, no temas; añadió.
Mas Timidín permaneció en silencio, lleno de temor y de vergüenza,
con la cara escondida entre las. manos.
Las loras le gritaron;:
—¡Ja, ¡a, ja; tiene trescientas flechas para defenderse y se
muere de miedo!
—¡Ja, ja, ¡a!; rieron los demás, a grandes carcajadas.
' Sólo los venados no se mofaron de él y lo miraron con sus
hermosos ojos llenos de cariño.
A poco empezaron a cantar su cri-cri, los grillos, que son el
reloj del bosque y anuncian la hora de acostarse. En el acto, los animales
empezaron a bostezar, diéronse las buenas noches y fuese
cada cual a su casa.
EL PATO AZUL
A la mañana siguiente bajó Timidín del árbol en que había
dormido y púsose a pasear, con la cabeza baja, pensando en las
burlas que le habían hecho la víspera. De pronto, escuchó una voz
gangosa que le decía-.
—Cuac, cuac;
¡Oh Timidín, amiguíto;
mi muy querido Espinito!
[Ja, ¡a, ja! ¡Tiene trescientas flechas para defenderse,
y se muere de miedo!
—¡Hola, don Pato azul; respondió él, con un gorgorito.
Y conversaron así-.
—Cuac, cuac.
¿Dónde están tus padres?
—Los arrastró la inundación. ¡Qué solo estoy; qué miedo tan
horrible experimento!
—Cuac, cuac.
Ten coraje, ten valor.
¿Por qué has de sentir temor,
si posees trescientas flechas
muy duras y muy derechas?
—¿Y cómo debo utilizarlas?
—Cuac, cuac.
Si tú escondes la cabeza,
sin dudar y con presteza,
y caminando hacia atrás,
golpes con la cola das,
podrás vencer a cualquiera,
aunque sea una inmensa fiera.
—Cuac, cuac, adiós; añadió y emprendió el vuelo.
LA LUCHA
Entre tanto, comenzaron a llegar familias enteras de venados,
de tortugas, de violinistas y de cuanto animal había en la selva.
Cientos de mariposas amarillas como el oro, verdes como esmeraldas
y azules como el cielo, pasaban volando junto a Espinito y acariciábanle
el negro rostro.
—jAy, pensaba él, si en vez de ser tan feo y lleno de espinas
hubiera sido como estas lindas mariposas!
De pronto, las loras lanzaron un chillido:
—¡El ¡aguar!
Las mariposas y los pájaros; las ardillas, los añujes y hasta
las tortugas desaparecieron en un santiamén. ¡Ah, esos eran animales
chicos y podían esconderse en cualquier parte, pero los venados.
. .! Estaban ahí, en número nada menos que de cincuenta.
El Venado-padre gritó:
—¡Huyan los chicos primero! Así lo hicieron los pequeños,
desapareciendo entre el bosque; luego siguieron los grandes y el
padre quedóse viendo cómo escapaban todos. Cuando ya habíase
puesto a salvo el último, quiso huir, pero su cuerpo era demasiado
alto para pasar por entre las ramas que se hallaban cerca de él.
Espinito había trepado a un árbol y desde ahí vio al venado que
se hallaba preso sin poder correr. El hermoso animal tenía los ojos
enormemente abiertos por el terror, y sin dar un paso, contemplaba
a la fiera que se le aproximaba.
Espinito Timidín miró a su amigo, a aquel ser bondadoso
que jamás se había burlado de él. Un minuto más y el ¡aguar lo
devoraría.
Entonces, sin pensar en ninguna otra cosa, dio un salto y
plantóse frente al rey de la selva.
La fiera oyó un ruido, como de un objeto pesado, vio un
bulto negro que corría hacia él y escuchó que las espinas que lo cubrían
sonaban clac-clac.
Aquel jaguar era joven y jamás en su vida se había visto
frente a un puerco-espín. Contempló asombrado que aquel animalillo
tan raro se volvía de espaldas, escondía la cabeza entre las manos
y andando hacia atrás, se le acercaba más a cada instante.
—¡Qué ridículo bicho; pensó. Desafiarme a mí que soy el
rey del bosque! Y lleno de ira se lanzó sobre él.
Pero ya Espinito tenía listas, muy paradas, sus trescientas
flechas y la fiera fue a dar con la bocaza abierta en medio del lomo
mismo de Timidín, clavándose cinco espinas dentro del hocico. Entonces,
gritando de dolor, retrocedió pero, en seguida, rabioso, abalanzóse
de nuevo sobre él.
Mas, Espinito recordaba claramente las palabras del pato
azul. Entonces sintió dentro del corazón una voz que le decía: ¡Valor.
A la carga! Y batiendo la cola como un látigo retrocedió y de cada
coletazo clavó tres o cuatro espinas en el hocico, en las narices y
hasta en los ojos del ¡aguar. Este, después de recibir cinco o seis
chicotazos, refregóse la cara con las patas, para arrancarse las espinas
que se le habían clavado profundamente y luego, ciego de dolor,
huyó dando gritos que se escuchaban hasta el fin de la selva. Entre
tanto, Espinito continuaba agitando la cola en el aire, sin darse
cuenta de que su enemigo estaba ya muy lejos.
EL HÉROE
Entonces acercóse a él, el ciervo, que durante toda la lucha
había permanecido asombrado y sin moverse y le dijo con voz que
le temblaba por la emoción:
—Espinito, Espinito, ya se fue el ¡aguar lleno de púas hasta
los ojos. Lo has derrotado.
Al oír esto sacó Timidín la cabeza de entre las manos y levantó
la frente. Contempló a su amigo y sintió que la fina lengua
del venado, suave como el pétalo de una flor, lamía todo su negro
y áspero rostro. (Esta es la manera de besar de los animales, como
vosotros bien sabéis).
—¡Gracias, díjoie el ciervo, con la voz temblorosa y los ojos
llenos de lágrimas. Me has salvado la vida!
—¿Pero, estás seguro de que yo solo derroté al jaguar?; preguntó
Espinito.
—Tú y nadie más que tú. Eres el animal más valiente del
bosque.
Al escuchar estas palabras el puerco-espín se sintió el ser
más feliz de la tierra.
EL RESPETABLE DON ESPINO
En el acto, las loras que habían contemplado aquella extraña
pelea, se encargaron de repartir la noticia, cantando:
—¡Espinito Timidín venció al ¡aguar. Ja, ¡a, ¡a!
El canto llegó a oídos de los otros animales que habían visto
pasar al rey de la selva con la cara tan llena de flechas, que parecía
un alfiletero. Todos acudieron a felicitar a Espinito. No había quien
no se hallara gozoso. Nadie volvió a decirle Timidín a nuestro amigo.
Comenzaron a llamarlo: "Don Espino". Y tanto los jaguares,
los osos y las grandes serpientes, como los más pequeños gusanos,
le hacían una profunda venia, en señal de respeto, cuando lo encontraban
por el bosque.
hueco el cual se encontraba caído en medio de un claro
del bosque, se hallaban muy felices. Habían tenido una magnífica
cría y, desde la puerta de su vieja casa, veían corretear a sus tres
hijitos. Espinico, llamábase el mayor; Espinica, la segunda y Espinito,
el tercero. Este era tan miedoso que los otros dos chiquillos habíanle
apodado Timidín.
—Epinito, le decían sus hermanos, ven con nosotros a buscar
hojas tiernas para el almuerzo.
—Tengo miedo de perderme, respondíales él.
—Epinito, vamos a apostar carreras detrás de los heléchos.
—No, puedo encontrarme con alguna fiera, contestaba.
Todos los días iba a beber a la laguna en compañía de su
madre y contemplaba su rostro en las aguas, como en un espejo.
—¿Por qué seré tan feo, mamá?; preguntaba. Mira estas horribles
espinas que me cubren Quisiera ser como los venados o los
pájaros, que son tan lindos.
—Hijo mío, respondíale ella, no desprecies lo que Dios te ha
dado. Las espinas son nuestro mejor tesoro, porque con ellas podemos
defendemos. No hay fiera, por brava que sea, que no buya lanzando
alaridos, si le clavamos unas cuantas flechas. En cambio, los
venados y los pájaros, tan hermosos, na tienen con qué defenderse.
LA I N U N D A C I Ó N
Una tarde en que toda- la familia roía trozos de madera fresca,
se oyó un ruido lejano. A los pocos momentos pasó, a todo correr,
una larga familia de jabalíes con caras espantadas; como si algo terrible
sucediera. Un minuto después, desfiló una bandada de loros,
batiendo las alas muy a prisa y en seguida, tres grandes osos, en loca
carrera.
¿Qué ocurriría, que hasta los bravos osos huían?
—Oye; dijo don Espino a su mujer, me parece sentir ruido
de agua.
No bien había acabado de hablar, cuando vieron avanzar
un torrente que rugía, levantando grandes olas.
Cada cual subió al árbol más cercano. Entre tanto, el agua
llegó donde estaban los esposos y los arrastró. Espinito los vio alejarse
flotando, hasta que se perdieron entre la selva y luego llamó
angustiado:
—¡Espinico, Espinaca!; mas nadie le respondió. Entonces el
pobrecillo se echó sobre una rama y lloró mucho, hasta que por fin
se quedó dormido.
S O L O
Al otro día lo despertaron las voces de las palomas. Las jóvenes
preguntaban:
—¿Cu cu, abuelitos queridos,
dónde haremos nuestros nidos?
Y los palomos viejos respondían:
—Cu cu;
en un campo llenecito
de granos al escoger
y junto a un lago clarito
donde podamos beber.
Espinito bajó del árbol y pasó sobre el barro por un tronco
que vio allí tendido. Al otro lado, el suelo estaba seco,- la inundación
no había llegado ahí. Pero, ¡qué batahola reinaba en ese sitio!
Miles de loros y papagayos gritaban, cientos de monos daban ensordecedores
chillidos; manadas de cutpes, tan gordos como sus primos,
los conejos de las ciudades, hociqueaban entre la hierba.
Mas, no bien Espinito había puesto el pie en tierra, aquellos
animales huyeron gritando:
—¡El ¡aguar!
Timidín tembló y subióse a un árbol. Desde allí vio avanzar a
la fiera enorme. Su piel amarilla con manchas negras, brillaba como
si la hubieran cepillado y sus bigotes lucían muy bien peinados. A
buen seguro que había estado arreglándose, y mirándose en las aguas
del río, antes de salir a cazar, el pretensioso. Por fortuna, pasó sin
ver a Espinito y se perdió en la espesura.
Al cabo de un rato, todos los animales salieron de sus escondites.
La mayor parte de ellos conocía a nuestro amiguito que acostumbraba
ir mucho con sus padres por ese lado. Al no verlo, don Venado
preguntó:
—¿Qué es de Espinito? ¿No vaya a habérselo comido el
¡aguar?
—¿Conoce usted a alguien que trague tanta espina? A Timidín
no se lo podrá comer nadie; se esconde porque es un cobarde,
dijo un papagayo.
En eso, la señora Ardilla gritó: ¡Aquí está!; y señaló al puerco
espin, con sus lindas rrianitas, el lado por donde se había marchado
la fiera. Baja, Espinito, no temas; añadió.
Mas Timidín permaneció en silencio, lleno de temor y de vergüenza,
con la cara escondida entre las. manos.
Las loras le gritaron;:
—¡Ja, ¡a, ja; tiene trescientas flechas para defenderse y se
muere de miedo!
—¡Ja, ja, ¡a!; rieron los demás, a grandes carcajadas.
' Sólo los venados no se mofaron de él y lo miraron con sus
hermosos ojos llenos de cariño.
A poco empezaron a cantar su cri-cri, los grillos, que son el
reloj del bosque y anuncian la hora de acostarse. En el acto, los animales
empezaron a bostezar, diéronse las buenas noches y fuese
cada cual a su casa.
EL PATO AZUL
A la mañana siguiente bajó Timidín del árbol en que había
dormido y púsose a pasear, con la cabeza baja, pensando en las
burlas que le habían hecho la víspera. De pronto, escuchó una voz
gangosa que le decía-.
—Cuac, cuac;
¡Oh Timidín, amiguíto;
mi muy querido Espinito!
[Ja, ¡a, ja! ¡Tiene trescientas flechas para defenderse,
y se muere de miedo!
—¡Hola, don Pato azul; respondió él, con un gorgorito.
Y conversaron así-.
—Cuac, cuac.
¿Dónde están tus padres?
—Los arrastró la inundación. ¡Qué solo estoy; qué miedo tan
horrible experimento!
—Cuac, cuac.
Ten coraje, ten valor.
¿Por qué has de sentir temor,
si posees trescientas flechas
muy duras y muy derechas?
—¿Y cómo debo utilizarlas?
—Cuac, cuac.
Si tú escondes la cabeza,
sin dudar y con presteza,
y caminando hacia atrás,
golpes con la cola das,
podrás vencer a cualquiera,
aunque sea una inmensa fiera.
—Cuac, cuac, adiós; añadió y emprendió el vuelo.
LA LUCHA
Entre tanto, comenzaron a llegar familias enteras de venados,
de tortugas, de violinistas y de cuanto animal había en la selva.
Cientos de mariposas amarillas como el oro, verdes como esmeraldas
y azules como el cielo, pasaban volando junto a Espinito y acariciábanle
el negro rostro.
—jAy, pensaba él, si en vez de ser tan feo y lleno de espinas
hubiera sido como estas lindas mariposas!
De pronto, las loras lanzaron un chillido:
—¡El ¡aguar!
Las mariposas y los pájaros; las ardillas, los añujes y hasta
las tortugas desaparecieron en un santiamén. ¡Ah, esos eran animales
chicos y podían esconderse en cualquier parte, pero los venados.
. .! Estaban ahí, en número nada menos que de cincuenta.
El Venado-padre gritó:
—¡Huyan los chicos primero! Así lo hicieron los pequeños,
desapareciendo entre el bosque; luego siguieron los grandes y el
padre quedóse viendo cómo escapaban todos. Cuando ya habíase
puesto a salvo el último, quiso huir, pero su cuerpo era demasiado
alto para pasar por entre las ramas que se hallaban cerca de él.
Espinito había trepado a un árbol y desde ahí vio al venado que
se hallaba preso sin poder correr. El hermoso animal tenía los ojos
enormemente abiertos por el terror, y sin dar un paso, contemplaba
a la fiera que se le aproximaba.
Espinito Timidín miró a su amigo, a aquel ser bondadoso
que jamás se había burlado de él. Un minuto más y el ¡aguar lo
devoraría.
Entonces, sin pensar en ninguna otra cosa, dio un salto y
plantóse frente al rey de la selva.
La fiera oyó un ruido, como de un objeto pesado, vio un
bulto negro que corría hacia él y escuchó que las espinas que lo cubrían
sonaban clac-clac.
Aquel jaguar era joven y jamás en su vida se había visto
frente a un puerco-espín. Contempló asombrado que aquel animalillo
tan raro se volvía de espaldas, escondía la cabeza entre las manos
y andando hacia atrás, se le acercaba más a cada instante.
—¡Qué ridículo bicho; pensó. Desafiarme a mí que soy el
rey del bosque! Y lleno de ira se lanzó sobre él.
Pero ya Espinito tenía listas, muy paradas, sus trescientas
flechas y la fiera fue a dar con la bocaza abierta en medio del lomo
mismo de Timidín, clavándose cinco espinas dentro del hocico. Entonces,
gritando de dolor, retrocedió pero, en seguida, rabioso, abalanzóse
de nuevo sobre él.
Mas, Espinito recordaba claramente las palabras del pato
azul. Entonces sintió dentro del corazón una voz que le decía: ¡Valor.
A la carga! Y batiendo la cola como un látigo retrocedió y de cada
coletazo clavó tres o cuatro espinas en el hocico, en las narices y
hasta en los ojos del ¡aguar. Este, después de recibir cinco o seis
chicotazos, refregóse la cara con las patas, para arrancarse las espinas
que se le habían clavado profundamente y luego, ciego de dolor,
huyó dando gritos que se escuchaban hasta el fin de la selva. Entre
tanto, Espinito continuaba agitando la cola en el aire, sin darse
cuenta de que su enemigo estaba ya muy lejos.
EL HÉROE
Entonces acercóse a él, el ciervo, que durante toda la lucha
había permanecido asombrado y sin moverse y le dijo con voz que
le temblaba por la emoción:
—Espinito, Espinito, ya se fue el ¡aguar lleno de púas hasta
los ojos. Lo has derrotado.
Al oír esto sacó Timidín la cabeza de entre las manos y levantó
la frente. Contempló a su amigo y sintió que la fina lengua
del venado, suave como el pétalo de una flor, lamía todo su negro
y áspero rostro. (Esta es la manera de besar de los animales, como
vosotros bien sabéis).
—¡Gracias, díjoie el ciervo, con la voz temblorosa y los ojos
llenos de lágrimas. Me has salvado la vida!
—¿Pero, estás seguro de que yo solo derroté al jaguar?; preguntó
Espinito.
—Tú y nadie más que tú. Eres el animal más valiente del
bosque.
Al escuchar estas palabras el puerco-espín se sintió el ser
más feliz de la tierra.
EL RESPETABLE DON ESPINO
En el acto, las loras que habían contemplado aquella extraña
pelea, se encargaron de repartir la noticia, cantando:
—¡Espinito Timidín venció al ¡aguar. Ja, ¡a, ¡a!
El canto llegó a oídos de los otros animales que habían visto
pasar al rey de la selva con la cara tan llena de flechas, que parecía
un alfiletero. Todos acudieron a felicitar a Espinito. No había quien
no se hallara gozoso. Nadie volvió a decirle Timidín a nuestro amigo.
Comenzaron a llamarlo: "Don Espino". Y tanto los jaguares,
los osos y las grandes serpientes, como los más pequeños gusanos,
le hacían una profunda venia, en señal de respeto, cuando lo encontraban
por el bosque.
El Arriero, la Serpiente y la Zorra
J UI, JUI, JUI; silbaba alegremente un arriero, mientras conducía
su rebaño de llamas cargadas de maíz. Era muy temprano
y no se veía un pastor ni un chacarero todavía, por esos lugares.
De pronto oyó otro silbido exactamente igual al suyo; como
si alguien le contestara. Miró a su alrededor, pero no distinguió a
nadie.
—Me habrá parecido; dijo, y siguió andando; mas en seguida
volvió a escuchar con toda claridad:
—Jui, jui, jui.
El sonido venía del lado del cerro.
—Será el viento que quiere burlarse de mí y que está silbando
entre las peñas, pensó; pero de nuevo sintió el jui, jui, ¡ui; muy
cerca de él. Miró entonces hacia las rocas y vio una serpiente aprisionada
por un árbol que había caído sobre ella. La infeliz no podía
moverse pues el tronco la oprimía de tal manera, que casi no la
dejaba respirar. La culebra tenía la boca inmensamente abierta y la
larga lengua colgábale por lo menos una cuarta, fuera del hocico.
Acercóse a ella el arriero y escuchó que le decía con voz tan
débil, que parecía un suspiro:
—Por favor, sácame de aquí; yo te lo agradeceré siempre y
seré tu amiga. Mira que si me dejas como estoy, moriré dentro de
unos momentos.
Al arriero no le gustaban las culebras; había oído decir que
eran ingratas y crueles, pero como tenía muy buen corazón, se compadeció
de la infeliz y tomando la soga con que amarraba sus
fardos, la ató al árbol y comenzó a tirar de ella, hasta que el animal
quedó libre.
Sacudióse la serpiente, respiró muy largo y cuando el arriero
esperaba que le diera las gracias por el favor tan grande que acababa
de hacerle, vio que se le acercaba rápidamente, que se abalanzaba
sobre él y sintió que se arrollaba a su cuerpo y comenzaba
a estrujarlo.
Era muy larga y fuerte la culebra. Se había envuelto al rededor
del pecho del infeliz y lo ajustaba más, a cada instante.
—¡Suéltame, no seas ingrata,- acabo de salvarte la vida y me
pagas así!; gritó el arriero.
—¡Qué salvarme la vida, ni que nada!; contestó ella. Lo único
que yo sé, es que tengo mucha hambre y que me gusta más la carne
humana, que la de las llamas.
El pobre hombre agitaba manos y pies, tratando de librarse;
pero todo era inútil.
—¡Suéltame, ingrata!; dijo por última vez, ya sin fuerzas y
medio ahogado.
En eso, asomó detrás de una roca un afilado hociquillo; luego,
dejóse ver una cabeza, y por fin, apareció el cuerpo de una zorra.
—¡Hola, hola!; dijo la recién llegada, con voz burlona. ¿Qué
es esto? ¡Doña Culebra queriendo comerse al pobre arriero! ¿Oye,
podrías decirme, si no es indiscreción, qué daño te ha hecho este
buen hombre?
—¿A mí?; daño ninguno, respondió la serpiente, moviendo
su fina lengüecilla. Cuando yo estoy con hambre y encuentro alguna
presa, no necesito que me haya hecho daño, para comérmela.
—|Esta serpiente es una malagradecida; exclamó el arriero,
con la poca voz que fe quedaba; y ya casi agonizando, agregó:
Acabo de salvarle la vida y ve cómo me corresponde!
—Bueno, es verdad; pero tal vez yo sola hubiera podido
salir de debajo del árbol si tú no lo hubieras arrimado; dijo la
serpiente.
—(Mentira, jamás habrías logrado librarte sin mi ayuda!;
respondió el infeliz, respirando a duras penas.
La zorra entonces, levantó los ojos al cielo, pensativa; luego
miró hacia abajo; en seguido movió a derecha e izquierda su fino
hociquillo y dijo:
—A ver, a ver; este asunto es un poco enredado y no logro
comprenderlo. Mira, Culebra, ponte debajo del tronco, como estabas
y tú, arriero, haz en seguida lo mismo que hiciste hace un momento,
para salvarla. Sólo viéndolo con mis propios ojos, podré
entenderlo y decidir cuál de los dos tiene razón.
—Bueno, así lo haremos; contestó la culebra y soltando su
presa, se deslizó rápidamente hasta llegar ¡unto al tronco.
Entonces el hombre ató de nuevo el árbol con la soga y, tirando
con gran trabajo, logró colocarlo sobre el cuello del animal,
en la misma forma en que lo había encontrado. Inmediatamente, la
serpiente abrió la boca y comenzó a asfixiarse.
—¿Así era como estabas?; preguntóle en seguida la zorra.
—Sí; respondió ella con una voz tan delgadita que apenas
se le oía.
—¿Pero tienes seguridad de que era de ese modo?; interrogó
nuevamente la zorra.
—Síí; volvió a contestar la serpiente, con un débil resuello,
pues se estaba ahogando.
La zorra,entonces,miró al hombre, ¡lena de picardía, le guiñó
un ojo y le dijo:
—Querido arriero, tu enemiga está presa. ¿Dime, qué esperas
ahora: volver a libertarla para que te dé muerte o para que
devore a otra persona? No seas tonto, desata tu cuerda y vete tranquilo
a tu pueblo. Esta infame no merece que la salven, pues lo único
que sabe es hacer daño.
El buen hombre, al escuchar estas palabras tan sabias, desató
la soga, estrechó la pata que su consejera le tendía y tras de darle
las gracias, arreó alegremente el rebaño de llamas y siguió su camino.
Entonces la zorra, moviendo la cola, pasó contoneándose delante
de la serpiente, sin mirarla siquiera y tomó la senda que llevaba
al pueblo vecino, donde iba a visitar a una comadre.
su rebaño de llamas cargadas de maíz. Era muy temprano
y no se veía un pastor ni un chacarero todavía, por esos lugares.
De pronto oyó otro silbido exactamente igual al suyo; como
si alguien le contestara. Miró a su alrededor, pero no distinguió a
nadie.
—Me habrá parecido; dijo, y siguió andando; mas en seguida
volvió a escuchar con toda claridad:
—Jui, jui, jui.
El sonido venía del lado del cerro.
—Será el viento que quiere burlarse de mí y que está silbando
entre las peñas, pensó; pero de nuevo sintió el jui, jui, ¡ui; muy
cerca de él. Miró entonces hacia las rocas y vio una serpiente aprisionada
por un árbol que había caído sobre ella. La infeliz no podía
moverse pues el tronco la oprimía de tal manera, que casi no la
dejaba respirar. La culebra tenía la boca inmensamente abierta y la
larga lengua colgábale por lo menos una cuarta, fuera del hocico.
Acercóse a ella el arriero y escuchó que le decía con voz tan
débil, que parecía un suspiro:
—Por favor, sácame de aquí; yo te lo agradeceré siempre y
seré tu amiga. Mira que si me dejas como estoy, moriré dentro de
unos momentos.
Al arriero no le gustaban las culebras; había oído decir que
eran ingratas y crueles, pero como tenía muy buen corazón, se compadeció
de la infeliz y tomando la soga con que amarraba sus
fardos, la ató al árbol y comenzó a tirar de ella, hasta que el animal
quedó libre.
Sacudióse la serpiente, respiró muy largo y cuando el arriero
esperaba que le diera las gracias por el favor tan grande que acababa
de hacerle, vio que se le acercaba rápidamente, que se abalanzaba
sobre él y sintió que se arrollaba a su cuerpo y comenzaba
a estrujarlo.
Era muy larga y fuerte la culebra. Se había envuelto al rededor
del pecho del infeliz y lo ajustaba más, a cada instante.
—¡Suéltame, no seas ingrata,- acabo de salvarte la vida y me
pagas así!; gritó el arriero.
—¡Qué salvarme la vida, ni que nada!; contestó ella. Lo único
que yo sé, es que tengo mucha hambre y que me gusta más la carne
humana, que la de las llamas.
El pobre hombre agitaba manos y pies, tratando de librarse;
pero todo era inútil.
—¡Suéltame, ingrata!; dijo por última vez, ya sin fuerzas y
medio ahogado.
En eso, asomó detrás de una roca un afilado hociquillo; luego,
dejóse ver una cabeza, y por fin, apareció el cuerpo de una zorra.
—¡Hola, hola!; dijo la recién llegada, con voz burlona. ¿Qué
es esto? ¡Doña Culebra queriendo comerse al pobre arriero! ¿Oye,
podrías decirme, si no es indiscreción, qué daño te ha hecho este
buen hombre?
—¿A mí?; daño ninguno, respondió la serpiente, moviendo
su fina lengüecilla. Cuando yo estoy con hambre y encuentro alguna
presa, no necesito que me haya hecho daño, para comérmela.
—|Esta serpiente es una malagradecida; exclamó el arriero,
con la poca voz que fe quedaba; y ya casi agonizando, agregó:
Acabo de salvarle la vida y ve cómo me corresponde!
—Bueno, es verdad; pero tal vez yo sola hubiera podido
salir de debajo del árbol si tú no lo hubieras arrimado; dijo la
serpiente.
—(Mentira, jamás habrías logrado librarte sin mi ayuda!;
respondió el infeliz, respirando a duras penas.
La zorra entonces, levantó los ojos al cielo, pensativa; luego
miró hacia abajo; en seguido movió a derecha e izquierda su fino
hociquillo y dijo:
—A ver, a ver; este asunto es un poco enredado y no logro
comprenderlo. Mira, Culebra, ponte debajo del tronco, como estabas
y tú, arriero, haz en seguida lo mismo que hiciste hace un momento,
para salvarla. Sólo viéndolo con mis propios ojos, podré
entenderlo y decidir cuál de los dos tiene razón.
—Bueno, así lo haremos; contestó la culebra y soltando su
presa, se deslizó rápidamente hasta llegar ¡unto al tronco.
Entonces el hombre ató de nuevo el árbol con la soga y, tirando
con gran trabajo, logró colocarlo sobre el cuello del animal,
en la misma forma en que lo había encontrado. Inmediatamente, la
serpiente abrió la boca y comenzó a asfixiarse.
—¿Así era como estabas?; preguntóle en seguida la zorra.
—Sí; respondió ella con una voz tan delgadita que apenas
se le oía.
—¿Pero tienes seguridad de que era de ese modo?; interrogó
nuevamente la zorra.
—Síí; volvió a contestar la serpiente, con un débil resuello,
pues se estaba ahogando.
La zorra,entonces,miró al hombre, ¡lena de picardía, le guiñó
un ojo y le dijo:
—Querido arriero, tu enemiga está presa. ¿Dime, qué esperas
ahora: volver a libertarla para que te dé muerte o para que
devore a otra persona? No seas tonto, desata tu cuerda y vete tranquilo
a tu pueblo. Esta infame no merece que la salven, pues lo único
que sabe es hacer daño.
El buen hombre, al escuchar estas palabras tan sabias, desató
la soga, estrechó la pata que su consejera le tendía y tras de darle
las gracias, arreó alegremente el rebaño de llamas y siguió su camino.
Entonces la zorra, moviendo la cola, pasó contoneándose delante
de la serpiente, sin mirarla siquiera y tomó la senda que llevaba
al pueblo vecino, donde iba a visitar a una comadre.
Otorongo el Orgulloso
OTORONGO era mucho más grande que un gato, pero de tamaño
dos veces menor que un ¡aguar. Su rostro redondo, con
paradas orejas
y largos bigotes,
tenía una expresión
feroz y llena
de crueldad
cuando miraba
a algún animal
débil y pequeño
pero, en cambio,
se volvía todo
sonrisas si se encontraba
con
otro más fuerte
que él.
Por las mañanas,
se lavaba
cuidadosamente
• la cara, como lo
hacen los gatos,
peinaba sus bigotes,
se miraba en las aguas de la laguna, como en un espejo y decía
Soy idéntico a mi primo el jaguar. Si midiera yo, un metro
más, me confundirían con él.
Todo el día se peleaba con las loras, que le gritaban desde lo
alto de los árboles:
—¡Otorongo, eres un orgulloso y un palangana!
Y él, furioso, les contestaba:
—Pobres loras, habéis de saber que en mi familia no hay
animales ordinarios ni cobardes como vosotras. Yo soy primo de'
¡aguar, que es el rey de la selva.
Nunca se había visto ¡unios, a Otorongo y a su ilustre pariente,
pero todos creían que el monarca del bosque profesaba gran
cariño al orgulloso y nadie se atrevía a dudar de aquellas palabras.
Una tarde apareció el ¡aguar por entre la espesura, con los
ojos brillantes como focos de luz y la boca abierta, mostrando enormes
dientes. Felizmente, un añuje lo advirtió y lanzó la voz de alarma:
—El jaguar, el jaguar!
Al escuchar este grito, todos corrieron a ocultarse, no quedando
bicho viviente, en el claro del bosque y, naturalmente, en esos
momentos de angustia, nadie se fijó dónde estaba Otorongo ni si
conversaba con su pariente o no.
Cuando la fiera se hubo marchado ya, reuniéronse de nuevo
y entonces el orgulloso dijo:
—¡Qué gusto he tenido de ver a mi primo! Charlamos mucho
rato, detrás de aquel árbol de nogal. Me ha invitado a almorzar
mañana con él. Me va a convidar un venado entero, una docena
de garzas rosadas y cien pajaritos.
Todos le escucharon con atención y envidiaron el suculento
banquete que iba a tener en casa del jaguar.
Al día siguiente, muy temprano, cuando habían comenzado
a cantar las aves, los habitantes del bosque vieron pasar a
Otorongo hacia su madriguera, llevando entre los dientes un cutpe
muerto, que acababa de cazar. Todos los animales miraron llenos de
ira a aquel perverso, pues el cutpe era muy querido en el bosque,
donde había vivido durante varios años, sin hacer daño a nadie.
Al cabo de un rato, el malvado salió de su cueva, relamiéndose
y alisándose los bigotes.
—¡Otorongo; gritóle con voz chillona, una cucarachita blanca,-
quisiera saber por qué has dado muerte al cutpe, hoy que vas a almorzar
con tu primo!
—¿Y quién te manda a ti, meterte en mis asuntos, miserable
cucaracha?, respondió la fierecilla, lanzándose sobre ella. Pero el
insecto escondióse rápidamente, dentro de su casa abierta en la
tierra.
Otorongo gruñó de cólera al ver que su presa se le había
escapado, y se indignó aún más, al escuchar que una lora cantaba
desde un árbol:
"Orgulloso,
anda a ponerte buenmozo.
¡Ja ja ¡a!"
Y que otra lora añadía:
"De una vez, anda a almorzar
con tu primita, el ¡aguar.
¡Ja ¡a jal"
Entonces una tortuga dijo:
—¿Por qué será que lo que dice Otorongo me parece
mentira y que, en realidad, no hay tal invitación de su primo? Jamás,
en todo el tiempo de vida que tengo, he visto conversar a un otorongo
con un jaguar.
No bien había acabado de pronunciar estas palabras, cuando
dos venados que comían hierba, tranquilamente, dieron un brinco y
perdiéronse en la espesura. La cucarachita blanca que había vuelto
a salir de su casa, chilló en seguida:
—¡Cuidado, el jaguar!; y se escondió debajo de una piedra.
Al escucharla, Otorongo fue a parar, de un enorme salto, sobre
unas hojas de plátano que había en el suelo,- pero, en el instante
mismo, las ramas se hundieron, dejando ver un hueco profundo,
y el orgulloso desapareció en un santiamén, dentro del oscuro
agujero. Había caído en una de las trampas que acostumbran preparar
los chunchos en la selva, para cazar animales.
En ese momento apareció la fiera detrás de un árbol, mirando
a todas partes con sus ojos brillantes. No pudo ver a nadie, pues todo
el mundo había huido, pero escuchó el ruido que hacía Otorongo
dentro del hoyo, del que no lograba salir, por más vueltas que daba.
—Aja, pensó el ¡aguar. En ese hueco debe haber algo. Veamos
si es una buena presa para el almuerzo. Y empezó a avanzar
lentamente hacia la trampa.
—¡Ay; dijo un pishtaco que miraba todo desde un árbol, con
las plumas erizadas de espanto; menos mal que es su primo el que
ha caído ahí, porque si hubiera sido cualquier otro, pobre de él!
El ¡aguar, entre tanto, se acercaba al hoyo, paso a paso y al
llegar al borde, observó el fondo.
—Ahora va a ayudarlo a salir; dijo un violinista, y luego lo
llevará a su casa, para almorzar con él, los cien pajaritos que ha cazado.
¡Pobres hermanitos míos!; y se puso a llorar amargamente.
El jaguar volvió a mirar dentro de la trampa y vio a Otorongo
que saltaba sin lograr escapar. Entonces, ante el asombro de los
animales que contemplaban aquello desde los árboles, lanzóse al
interior del hueco y, en vez de ayudar a salir, a su pariente, lo devoró
en un abrir y cerrar de ojos. Luego dio un brinco y salió relamiéndose,
fue hasta el arroyo y bebió en él cuanto quiso. En seguida miróse
en las aguas, como en un espejo, peinóse los bigotes cuidadosamente,
alisóse el pelo que se le había revuelto y, muy satisfecho, emprendió
el camino hacia la cueva donde vivía.
Cuando los animales del bosque fueron a mirar dentro de la
trampa, no hallaron en ella sino los huesos del orgulloso Otorongo.
dos veces menor que un ¡aguar. Su rostro redondo, con
paradas orejas
y largos bigotes,
tenía una expresión
feroz y llena
de crueldad
cuando miraba
a algún animal
débil y pequeño
pero, en cambio,
se volvía todo
sonrisas si se encontraba
con
otro más fuerte
que él.
Por las mañanas,
se lavaba
cuidadosamente
• la cara, como lo
hacen los gatos,
peinaba sus bigotes,
se miraba en las aguas de la laguna, como en un espejo y decía
Soy idéntico a mi primo el jaguar. Si midiera yo, un metro
más, me confundirían con él.
Todo el día se peleaba con las loras, que le gritaban desde lo
alto de los árboles:
—¡Otorongo, eres un orgulloso y un palangana!
Y él, furioso, les contestaba:
—Pobres loras, habéis de saber que en mi familia no hay
animales ordinarios ni cobardes como vosotras. Yo soy primo de'
¡aguar, que es el rey de la selva.
Nunca se había visto ¡unios, a Otorongo y a su ilustre pariente,
pero todos creían que el monarca del bosque profesaba gran
cariño al orgulloso y nadie se atrevía a dudar de aquellas palabras.
Una tarde apareció el ¡aguar por entre la espesura, con los
ojos brillantes como focos de luz y la boca abierta, mostrando enormes
dientes. Felizmente, un añuje lo advirtió y lanzó la voz de alarma:
—El jaguar, el jaguar!
Al escuchar este grito, todos corrieron a ocultarse, no quedando
bicho viviente, en el claro del bosque y, naturalmente, en esos
momentos de angustia, nadie se fijó dónde estaba Otorongo ni si
conversaba con su pariente o no.
Cuando la fiera se hubo marchado ya, reuniéronse de nuevo
y entonces el orgulloso dijo:
—¡Qué gusto he tenido de ver a mi primo! Charlamos mucho
rato, detrás de aquel árbol de nogal. Me ha invitado a almorzar
mañana con él. Me va a convidar un venado entero, una docena
de garzas rosadas y cien pajaritos.
Todos le escucharon con atención y envidiaron el suculento
banquete que iba a tener en casa del jaguar.
Al día siguiente, muy temprano, cuando habían comenzado
a cantar las aves, los habitantes del bosque vieron pasar a
Otorongo hacia su madriguera, llevando entre los dientes un cutpe
muerto, que acababa de cazar. Todos los animales miraron llenos de
ira a aquel perverso, pues el cutpe era muy querido en el bosque,
donde había vivido durante varios años, sin hacer daño a nadie.
Al cabo de un rato, el malvado salió de su cueva, relamiéndose
y alisándose los bigotes.
—¡Otorongo; gritóle con voz chillona, una cucarachita blanca,-
quisiera saber por qué has dado muerte al cutpe, hoy que vas a almorzar
con tu primo!
—¿Y quién te manda a ti, meterte en mis asuntos, miserable
cucaracha?, respondió la fierecilla, lanzándose sobre ella. Pero el
insecto escondióse rápidamente, dentro de su casa abierta en la
tierra.
Otorongo gruñó de cólera al ver que su presa se le había
escapado, y se indignó aún más, al escuchar que una lora cantaba
desde un árbol:
"Orgulloso,
anda a ponerte buenmozo.
¡Ja ja ¡a!"
Y que otra lora añadía:
"De una vez, anda a almorzar
con tu primita, el ¡aguar.
¡Ja ¡a jal"
Entonces una tortuga dijo:
—¿Por qué será que lo que dice Otorongo me parece
mentira y que, en realidad, no hay tal invitación de su primo? Jamás,
en todo el tiempo de vida que tengo, he visto conversar a un otorongo
con un jaguar.
No bien había acabado de pronunciar estas palabras, cuando
dos venados que comían hierba, tranquilamente, dieron un brinco y
perdiéronse en la espesura. La cucarachita blanca que había vuelto
a salir de su casa, chilló en seguida:
—¡Cuidado, el jaguar!; y se escondió debajo de una piedra.
Al escucharla, Otorongo fue a parar, de un enorme salto, sobre
unas hojas de plátano que había en el suelo,- pero, en el instante
mismo, las ramas se hundieron, dejando ver un hueco profundo,
y el orgulloso desapareció en un santiamén, dentro del oscuro
agujero. Había caído en una de las trampas que acostumbran preparar
los chunchos en la selva, para cazar animales.
En ese momento apareció la fiera detrás de un árbol, mirando
a todas partes con sus ojos brillantes. No pudo ver a nadie, pues todo
el mundo había huido, pero escuchó el ruido que hacía Otorongo
dentro del hoyo, del que no lograba salir, por más vueltas que daba.
—Aja, pensó el ¡aguar. En ese hueco debe haber algo. Veamos
si es una buena presa para el almuerzo. Y empezó a avanzar
lentamente hacia la trampa.
—¡Ay; dijo un pishtaco que miraba todo desde un árbol, con
las plumas erizadas de espanto; menos mal que es su primo el que
ha caído ahí, porque si hubiera sido cualquier otro, pobre de él!
El ¡aguar, entre tanto, se acercaba al hoyo, paso a paso y al
llegar al borde, observó el fondo.
—Ahora va a ayudarlo a salir; dijo un violinista, y luego lo
llevará a su casa, para almorzar con él, los cien pajaritos que ha cazado.
¡Pobres hermanitos míos!; y se puso a llorar amargamente.
El jaguar volvió a mirar dentro de la trampa y vio a Otorongo
que saltaba sin lograr escapar. Entonces, ante el asombro de los
animales que contemplaban aquello desde los árboles, lanzóse al
interior del hueco y, en vez de ayudar a salir, a su pariente, lo devoró
en un abrir y cerrar de ojos. Luego dio un brinco y salió relamiéndose,
fue hasta el arroyo y bebió en él cuanto quiso. En seguida miróse
en las aguas, como en un espejo, peinóse los bigotes cuidadosamente,
alisóse el pelo que se le había revuelto y, muy satisfecho, emprendió
el camino hacia la cueva donde vivía.
Cuando los animales del bosque fueron a mirar dentro de la
trampa, no hallaron en ella sino los huesos del orgulloso Otorongo.
Don Perezoso
ERA una mañana clara y linda, el sol brillaba
alegremente sobre los árboles y todos
los animales del bosque se
hallaban muy atareados,
dedicado cada cual a su
trabajo.
De pronto se oyó en toda la selva, un grito agudo, como
de alguien que se quejara:
—jAy, ay, ay, ay!
Una mariposa de alas transparentes como el cristal fue, en
el acto, a posarse sobre el árbol de donde colgaba el personaje
que había lanzado ese alarido.
El escandaloso se hallaba ahí, prendido con manos y pies(
de la rama de un mango, mirando hacia el cielo, tan tranquilo
como si nada hubiera hecho.
—¿Perezoso, qué tienes?; preguntóle.
—¡Ay, Mariposa, quién como tú, que no necesitas caminar
para ir de un lado a otro, sino que de un vuelo llegas a donde
quieres!; respondió él.
—¿Cómo es eso; que de un solo vuelo llego a donde quiero.
Y acaso no tengo que trabajar batiendo las alas hasta cansarme y
volar, a veces horas enteras, para encontrar un sitio seguro donde
poder descansar?
—Digas lo que quieras, mariposa, es muy fatigoso esto de
cambiar de postura cada seis horas.
Ella iba a responderle, pero él no la dejó y gritó de nuevo,
con voz tan fuerte que la dejó sorda:
—¡Ay, ay, ay, ay!
Una hormiguita de cabeza colorada, que pasaba al pie del
árbol, llevando su carga, la soltó y trepó a una piedra para ver
mejor.
—¿Qué hay, Perezoso; qué te ocurre?; preguntóle.
—¡Ay, Hormiguita, qué feliz eres tú, que posees comida
en tus graneros y la tienes a la mano cuando la necesitasl
—Perezoso, hablas como un loco; le contestó ella indignada,
moviendo con mucha agitación las finas antenas de su roja
cabecita. ¿Acaso los granos han venido solos a mi despensa. Quién
los recoge y quién los carga, sino yo sola, sudando la gota gorda
bajo el ardiente sol y a veces ensuciándome las patas entre el barro;
yo, que soy tan limpia?
Pero él, sin hacer caso del discurso de doña Hormiguita,
volvió a gritar:
—¡Ay, ay, ay, ay. Qué feliz eres tú; yo en cambio, tendré
que arrastrarme durante media hora, para alcanzar ese mango!
—¡Perezoso, eres la vergüenza del bosque!; respondió ella
y con la cabeza más roja aún por la indignación, bajó de la piedra
donde había subido y emprendió el camino hacia su casa.
Mientras se alejaba oyó de nuevo la voz del animal que se
quejaba:
—¡Ay, ay, ay, ay!
Esta vez fue la tortuga la que reconvino a Perezoso.
—¿Pero, se puede saber por qué te quejas. Te duele algo?;
le preguntó.
—No me duele nada; pero, ¡ay, ay, ay, ay, Tortuga, quién
como tú, que llevas tu casa siempre contigo y que no tienes que
buscar dónde abrigarte cuando cae la lluvia!
Doña Tortuga sacó la cabeza lo más que pudo, fuera de la
concha y moviendo pausadamente la pata derecha, con aire sentencioso,
díjole con su voz de anciana, ya gastada por el tiempo:
—Escúchame Perezoso, yo soy el animal más viejo del bosque,
bien sabes que pronto voy a cumplir cien años; pero jamás he
escuchado, en mi larga vida, tantos disparates juntos, como los que
tú acabas de decir. ¿No te das cuenta de que yo tengo que llevar
sobre mí, invierno y verano, mi concha que es pesada y apenas
me permite mover? Si tú soportaras una carga igual, hace tiempo
que te habrías dejado morir por no sufrirla. Y después de decir estas
palabras volvióle la espalda y se alejó caminando pausadamente.
Tanto gritaba noche y día que ya todos los animales del
bosque estaban hartos de él y se preguntaban:
—¿Qué haremos para vernos libres de este quejumbroso?
Una tarde en que Perezoso se lamentaba más que de costumbre,
en una forma terrible, crujió de pronto una rama y una
mariposa que se hallaba cerca de aquel sitio vio brillar por entre
los árboles, varios ojos negros y muchas plumas de colores. Inmediatamente
la bella mariposita levantó el vuelo, espantada, dando voces:
—¡Los chunchos, los chunchosl
En efecto,- ahí estaban ellos, con sus largas cushmas que les
cubrían hasta los pies y con una extraña coronita de paja en la
cabeza, adornada de lindas plumas verdes, rojas y amarillas.
—Los chunchos, los chunchos!; repitieron los cutpes y los
periquitos y cada cual echó a correr o a volar, lo más rápidamente
que pudo.
Cuando los salvajes llegaron al lugar, ya todos habían huido,
menos Perezoso, que estaba ahí, colgado de una rama, gritando
desaforadamente: ¡Ay, ay, ay ay!; sin haber escuchado las voces de
alarma de sus compañeros, a causa del ruido que hacía él mismo al
chillar.
Los salvajes volvieron a todos lados sus caras pintadas con
achote, buscando presas y, viendo que no quedaba en aquel sitio
ningún otro animal que nuestro amigo, apuntaron hacia él sus flechas
y le dieron muerte.
Perezoso cayó a tierra pesadamente. Entonces uno de los
chunchos lo recogió, lo cargó sobre sus hombros y emprendió alegremente
el camino hacia su choza, pensando en el sabroso almuerzo
que iban a tener aquel día.
alegremente sobre los árboles y todos
los animales del bosque se
hallaban muy atareados,
dedicado cada cual a su
trabajo.
De pronto se oyó en toda la selva, un grito agudo, como
de alguien que se quejara:
—jAy, ay, ay, ay!
Una mariposa de alas transparentes como el cristal fue, en
el acto, a posarse sobre el árbol de donde colgaba el personaje
que había lanzado ese alarido.
El escandaloso se hallaba ahí, prendido con manos y pies(
de la rama de un mango, mirando hacia el cielo, tan tranquilo
como si nada hubiera hecho.
—¿Perezoso, qué tienes?; preguntóle.
—¡Ay, Mariposa, quién como tú, que no necesitas caminar
para ir de un lado a otro, sino que de un vuelo llegas a donde
quieres!; respondió él.
—¿Cómo es eso; que de un solo vuelo llego a donde quiero.
Y acaso no tengo que trabajar batiendo las alas hasta cansarme y
volar, a veces horas enteras, para encontrar un sitio seguro donde
poder descansar?
—Digas lo que quieras, mariposa, es muy fatigoso esto de
cambiar de postura cada seis horas.
Ella iba a responderle, pero él no la dejó y gritó de nuevo,
con voz tan fuerte que la dejó sorda:
—¡Ay, ay, ay, ay!
Una hormiguita de cabeza colorada, que pasaba al pie del
árbol, llevando su carga, la soltó y trepó a una piedra para ver
mejor.
—¿Qué hay, Perezoso; qué te ocurre?; preguntóle.
—¡Ay, Hormiguita, qué feliz eres tú, que posees comida
en tus graneros y la tienes a la mano cuando la necesitasl
—Perezoso, hablas como un loco; le contestó ella indignada,
moviendo con mucha agitación las finas antenas de su roja
cabecita. ¿Acaso los granos han venido solos a mi despensa. Quién
los recoge y quién los carga, sino yo sola, sudando la gota gorda
bajo el ardiente sol y a veces ensuciándome las patas entre el barro;
yo, que soy tan limpia?
Pero él, sin hacer caso del discurso de doña Hormiguita,
volvió a gritar:
—¡Ay, ay, ay, ay. Qué feliz eres tú; yo en cambio, tendré
que arrastrarme durante media hora, para alcanzar ese mango!
—¡Perezoso, eres la vergüenza del bosque!; respondió ella
y con la cabeza más roja aún por la indignación, bajó de la piedra
donde había subido y emprendió el camino hacia su casa.
Mientras se alejaba oyó de nuevo la voz del animal que se
quejaba:
—¡Ay, ay, ay, ay!
Esta vez fue la tortuga la que reconvino a Perezoso.
—¿Pero, se puede saber por qué te quejas. Te duele algo?;
le preguntó.
—No me duele nada; pero, ¡ay, ay, ay, ay, Tortuga, quién
como tú, que llevas tu casa siempre contigo y que no tienes que
buscar dónde abrigarte cuando cae la lluvia!
Doña Tortuga sacó la cabeza lo más que pudo, fuera de la
concha y moviendo pausadamente la pata derecha, con aire sentencioso,
díjole con su voz de anciana, ya gastada por el tiempo:
—Escúchame Perezoso, yo soy el animal más viejo del bosque,
bien sabes que pronto voy a cumplir cien años; pero jamás he
escuchado, en mi larga vida, tantos disparates juntos, como los que
tú acabas de decir. ¿No te das cuenta de que yo tengo que llevar
sobre mí, invierno y verano, mi concha que es pesada y apenas
me permite mover? Si tú soportaras una carga igual, hace tiempo
que te habrías dejado morir por no sufrirla. Y después de decir estas
palabras volvióle la espalda y se alejó caminando pausadamente.
Tanto gritaba noche y día que ya todos los animales del
bosque estaban hartos de él y se preguntaban:
—¿Qué haremos para vernos libres de este quejumbroso?
Una tarde en que Perezoso se lamentaba más que de costumbre,
en una forma terrible, crujió de pronto una rama y una
mariposa que se hallaba cerca de aquel sitio vio brillar por entre
los árboles, varios ojos negros y muchas plumas de colores. Inmediatamente
la bella mariposita levantó el vuelo, espantada, dando voces:
—¡Los chunchos, los chunchosl
En efecto,- ahí estaban ellos, con sus largas cushmas que les
cubrían hasta los pies y con una extraña coronita de paja en la
cabeza, adornada de lindas plumas verdes, rojas y amarillas.
—Los chunchos, los chunchos!; repitieron los cutpes y los
periquitos y cada cual echó a correr o a volar, lo más rápidamente
que pudo.
Cuando los salvajes llegaron al lugar, ya todos habían huido,
menos Perezoso, que estaba ahí, colgado de una rama, gritando
desaforadamente: ¡Ay, ay, ay ay!; sin haber escuchado las voces de
alarma de sus compañeros, a causa del ruido que hacía él mismo al
chillar.
Los salvajes volvieron a todos lados sus caras pintadas con
achote, buscando presas y, viendo que no quedaba en aquel sitio
ningún otro animal que nuestro amigo, apuntaron hacia él sus flechas
y le dieron muerte.
Perezoso cayó a tierra pesadamente. Entonces uno de los
chunchos lo recogió, lo cargó sobre sus hombros y emprendió alegremente
el camino hacia su choza, pensando en el sabroso almuerzo
que iban a tener aquel día.
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