martes, 26 de julio de 2016

El pueblo, la tierra y el clima en relación con la mitología y el folclore en Japón.

El alargado archipiélago que serpentea por los mares orientales de Asia, conocido actualmente como Japón, en los tiempos primitivos estuvo habitado por unos aborígenes peludos llamados Ainus. La palabra ainu significa «hombre» en su lenguaje. Hace de dos a tres mil años, grupos invasores empezaron a acudir desde el continente, con toda probabilidad desembarcando en diversos puntos, en diferentes épocas. Estos invasores fueron empujando gradualmente a los naturales del país, primero hacia el Este y luego hacia el Norte. No se sabe con certeza de dónde procedían dichos conquistadores, si bien la hipótesis más probable es que atravesaron el Mar del Japón partiendo del continente asiático, por la península de Corea. Debemos olvidar que el núcleo básico de los japoneses, como el de los coreanos, difiere en muchos aspectos del de los chinos. El origen de los japoneses hay que buscarlo más al norte que el de los chinos o de la raza Han. Por otra parte, está bien establecida la afinidad de los coreanos con los japoneses[2] y es posible que algún día sea posible comprobar satisfactoriamente dicha afinidad con otras razas que habitan en el norte de Asia.
Pero los japoneses son un pueblo entremezclado y la raza incluso parece haberse ido modificando a lo largo de diversas inmigraciones, con más frecuencia desde las costas orientales de China, o desde las islas sureñas, y ocasionalmente desde el lado occidental del mar del Japón. Los distintos núcleos son diferenciados por la mayoría de expertos como sigue: usualmente, los japoneses auténticos tienen una cara oblonga con la nariz aguileña; el elemento chino, en cambio, tiene una cara más aplastada, y más prominentes los pómulos; y el tipo del sur o malayo está marcado por una cara redonda, como de bola, y los ojos muy estrechos. Los rasgos predominantes en los chinos de las islas occidentales se explican naturalmente por la fácil conexión por mar entre esa parte del Japón y la desembocadura del río Yangtse.
Por otra parte, podría deducirse la existencia de un elemento meridional del hecho de que los sectores del sur de las islas occidentales, según la historia legendaria, fueron perturbados de vez en cuando por turbulentos invasores del extremo sur, llamados Hombres Halcón (Haya-to) y la raza Oso (Kuma-so). Asimismo, en esta parte del país, principalmente en la provincia de Satsuna, donde se dan con más frecuencia los nombres personales compuestos de «oso». Además, las costas meridionales de la isla Shikoku son ricas en nombres tales como «Tal y cual Caballo», y estas costas fueron naturalmente las más favorecidas por los inmigrantes del sur. Hay que tener en cuenta que estos aumentos prehistóricos de la población del archipiélago, los recuerdos semihistóricos e históricos mencionan con frecuencia inmigraciones de China y Corea; y estas inmigraciones posteriores se mostraron muy activas en expandir su civilización más avanzada por todas las islas.
Tras haber visto las hipótesis de los actuales expertos, veamos qué nos dicen las antiguas leyendas[3] sobre el origen y la llegada de esa gente a su morada actual.
Se dice que los creadores de las islas fueron dos «dioses celestiales». Hablaremos más de ellos al considerar los mitos cosmológicos. Una de sus hijas fue la diosa-Sol, que rige el universo desde el Cielo y fue la progenitora de la familia que gobierna en Japón. Cierta vez, en agosto, la diosa-Sol bajó la vista hacia la «Tierra Media donde los juncos crecen abundantemente», o sea el archipiélago japonés; entonces vio que el país estaba conmocionado por varios «malos espíritus», y que alborotaban y revoloteaban como «moscardones azules». La diosa envió mensajes a dichos malos espíritus, y más tarde mandó varias expediciones punitivas contra ellos y los dioses terrenales, que finalmente rindieron sus tierras a los «dioses celestiales». Entre los que así quedaron dominados se hallaban los descendientes del dios-Tormenta, hermano de la diosa-Sol, que regía las costas del Mar del Japón, opuesto a las costas orientales de Corea.
Una vez estuvo así pavimentado el camino, la diosa-Sol envió a su ahijado a las islas para «gobernar el país hasta la eternidad». El grupo del ahijado llegó a la isla de Tsukushi (actual Kyushu), en la cumbre de un pico muy alto, y se asentaron en la región de Himukai (la tierra «que mira al sol»), en la costa del Pacífico de la isla occidental. En realidad, esa región es rica en antiguos montículos, que ahora están siendo excavados, gracias a lo cual salen a la luz muchas reliquias interesantes de la antigüedad prehistórica.
De la región «frente al sol» las oleadas de migración y conquista marcharon hacia el este, a lo largo del litoral del Mar Interior. El objetivo era la región central, conocida como Yamato,[4] que finalmente alcanzó Jimmu Tenno, el legendario fundador de la dinastía imperial. De nuevo los conquistadores encontraron la resistencia de los «Arañas de Tierra», los «Mochuelos-Ochenta», los «Piernas Largas», los «Gigantes Furias», etcétera; pero había otros de su parte que pertenecían a la misma tribu que los conquistadores y que se habían establecido antes en la región central. En esas batallas, los descendientes de la diosa-Sol fueron derrotados una vez por luchar frente al sol, de modo que a partir de entonces batallaron con el sol a su espalda. Al final, los descendientes solares quedaron victoriosos y se instalaron en la región de Yamato, que se convirtió en la sede de la residencia imperial hasta finales del siglo VII. La masa principal de japoneses, representados por los descendientes de esos conquistadores, se denomina desde entonces raza Yamato.
Sea cual sea el significado mítico o el valor histórico de estas leyendas, la raza Yamato siempre ha creído en su descenso desde el Cielo y en la adoración a la diosa Sol como antecesora de la familia reinante, si no de todo el pueblo. También procuraron imbuir esta creencia en el pueblo subyugado, y en parte lograron impresionarle con esta y otras ideas asociadas, listas leyendas y creencias, junto con las prácticas religiosas, formaron la religión original de la raza Yamato, conocida hoy día como Shinto, de la que hablaremos más adelante. Los datos antiguos del Shinto[5] fueron compilados en el siglo XVIII, con el propósito de confirmar el origen celeste de la raza Yamato y perpetuar la historia de ese pueblo. Estos datos contienen mitos cosmológicos y también historias legendarias, extraído todo ello principalmente de la tradición oral, pero modificada por ideas chinas; asimismo, gran parte del folclore está bordado con las leyendas de la raza, ya que los japoneses siempre han reverenciado cualquier clase de tradición ancestral. Estos datos oficiales del shinto contienen la masa principal de la antigua mitología, y se han mantenido relativamente libres de influencias foráneas que, en los últimos años, han tenido un gran efecto en la literatura y el arte japoneses.
Naturalmente, la propensión de la gente a contar historias y a utilizar mitológicamente sus propias ideas sobre los fenómenos naturales y sociales añadió más material mítico al de los archivos de datos oficiales. Parte de ello, sin duda, fue introducido por los inmigrantes de otras tierras y son, por tanto, extrañas a las tradiciones primitivas de la raza. No haremos ninguna afirmación acerca del “carácter racial” o la “inclinación innata” de la gente, manifestados en sus ideas o imaginería nativas. Mas no puede negarse que diferentes pueblos ofrecen, obviamente, diferentes rasgos mentales y espirituales en la visualización de su existencia y en sus reacciones ante los distintos ambientes. Los rasgos naturales y el clima de la tierra habitada por un pueblo tienen una gran influencia sobre su actividad formadora de mitos. Pero la manera cómo reaccionan ante estas condiciones externas viene determinada por su temperamento, su masa de ideas tradicionales y por las influencias ajenas a las que han estado sujetos. Los japoneses siempre fueron susceptibles a las impresiones de la naturaleza, sensibles a los diversos aspectos de la vida humana, y dispuestos a aceptar las sugestiones extranjeras. Consideremos de qué modo estas condiciones influyeron en el desenvolvimiento del folclore y la mitología de los japoneses.
La naturaleza parece haber favorecido al pueblo japonés presentándoles los aspectos más suaves y encantadores. Las islas ofrecen casi todas las fases de la formación geológica, y el clima abarca desde el calor semitropical del sudoeste a los fríos inviernos del norte. La magnitud continental es, claro está, nula, pero el paisaje está bellamente diversificado por montes y ríos, ensenadas y promontorios, llanos y bosques. Es fácil imaginarse a las hadas rondando por los bosques y las principales cascadas; en la bruma primaveral y entre las nubes del estío pueden visualizarse con facilidad a los seres semicelestiales; la oscura superficie de los lagos rodados por acantilados y elevados picos también se adapta a la morada de espíritus siniestros, o a ser escenario de conflictos entre genios fantásticos. Las flores de los cerezos las produce, dice la leyenda, la inspiración de una Dama-que-hace-florecer-los-árboles, y las hojas color carmesí de los arces son obra de una Dama-que-teje-brocados. El espíritu de la mariposa aparece en la noche primaveral, vistiendo ropas de color rosa y velada con tules verdosos. En el canto quejumbroso del «insecto del pino», el pueblo oye la voz del ser querido que ha renacido entre los matorrales del campo. En las altas cumbres de los picos nevados pueden morar grandes deidades, y entre las nubes iridiscentes es posible oír música celestial. Más allá del distante horizonte del mar se halla la tierra perpetuamente verde del palacio del Rey del Mar.
La susceptibilidad de la mente del pueblo ante su ambiente se demuestra en el temprano advenimiento de una poesía en la que se canta la belleza de la naturaleza y el patetismo de la vida humana, el amor y la guerra. Esta poesía temprana es sencilla en su forma y muy ingenua en sentimiento, pero es emotiva y delicada. El pueblo se sentía en armonía con los aspectos cambiantes de la naturaleza, exhibidos en los fenómenos de las estaciones, en las variedades de la flora, en los conciertos de los pájaros e insectos cantores. Sus sentimientos hacia la naturaleza siempre se expresaron en términos de emociones humanas; se personificaron las cosas de la naturaleza, y los hombres fueron representados como seres vivos en el corazón de dicha naturaleza. Los hombres y la naturaleza estaban tan cerca entre sí que los fenómenos personificados nunca quedaron disociados de sus originales naturales. Los observadores occidentales han malinterpretado a menudo esta circunstancia, por lo que han declarado que los japoneses carecen del poder personificador de la imaginación. Pero la verdad es que el grado de personificación no es tan completo como en la mitología griega, y que la imaginación nunca fue tan lejos como para oscurecer su origen en el mundo físico real.
También es verdad que los mitos y las historias del Japón no se hallan tan bien conectados y sistematizados entre los pueblos arios. En la mitología japonesa hay un cierto ciclo de ideas cosmológicas, pero a menudo se han perdido los eslabones y muchas historias están totalmente disociadas. La ligereza de toque es algo característico de la imaginación japonesa, y no es menos conspicua la facilidad de improvisación. La cuidadosa insistencia sobre la cuenta oficial de los antecesores del pueblo podría estar en conflicto con la falta de un sistema que aparece por doquier, y la influencia budista ciertamente modificó las peculiares características que determinaron la mitología de la raza. Sin embargo, el budismo fue adaptado por los japoneses de acuerdo con su disposición mental, y el gran sistema de la mitología budista quedó desmembrado en relatos sueltos o rebajado al nivel más humilde de la experiencia humana. Delicado, imaginativo, agradable, pero nunca aislado, sensible, pero poco penetrante, así podríamos caracterizar el temperamento del pueblo, manifestado en su mitología y su poesía, su arte y su música. Como consecuencia de esos rasgos hay en su mitología una carencia de fuerza trágica. Los japoneses no tienen idea de una tremenda catástrofe en el mundo; los conflictos casi nunca terminan en tragedia sublime sino en un compromiso. Incluso las tragedias de los relatos y dramas posteriores se caracterizan por una penosa sumisión del héroe, y sólo excepcionalmente por el conflicto de una voluntad demoníaca con el destino. Esto puede deberse en parte al menos a la suave influencia de la tierra y el clima, aunque en realidad sea el resultado del carácter del pueblo, como se observa al considerar sus ideas religiosas nativas.
La primitiva religión de ese pueblo se llamaba Shinto[6] que significa «Camino de los Dioses» o «Espíritus». Esta creencia se remonta a una visión animista del mundo, asociada con el culto tribal de las deidades del clan. Se emplea aquí la palabra animismo para indicar la doctrina de que las cosas de la naturaleza están animadas, igual que nosotros, por un alma o por una clase especial de vitalidad. Viendo el mundo bajo esta luz, los japoneses lo veneran todo, tanto un objeto natural como un ser humano, siempre que lo venerado parezca manifestar un poder o una belleza inusuales. Cada uno de esos objetos o seres se llama kami, una deidad o espíritu. La naturaleza está habitada por una cohorte infinita de esas deidades o espíritus, y la vida humaría se halla estrechamente asociada con sus pensamientos y acciones. Al genio de un monte que inspire temor se le llama deidad del monte, y puede ser considerado al mismo tiempo con el progenitor de la tribu que vive al pie de la montaña o, sino como el antepasado, sí puede al menos ser invocado como el dios tutelar de la tribu.
Por consiguiente, la religión shinto es una combinación de adoración a la naturaleza y culto ancestral, y en la mayoría de casos el mito-naturaleza es inseparable de la historia relativa a la deidad ancestral y la de su adoración, porque la curiosidad por saber los orígenes de las cosas actúa con enorme fuerza tanto hacia el mundo físico como hacia la vida individual y social de cada uno. Por este motivo las tradiciones shinto combinan la poesía sencilla de la naturaleza con las especulaciones filosóficas acerca del origen de las cosas. Estos dos aspectos del shinto se hallan tremendamente mezclados en los cultos comunales existentes y han dado lugar a muchos mitos y leyendas locales. En tales historias la fantasía desempeña un papel preponderante, pero nunca hay exclusión de la creencia religiosa. Esto se debe a la tenacidad de las leyendas del shinto entre la gente.
La influencia extranjera más importante de cuantas llegaron a Japón, ciertamente en lo tocante a la religión, el arte y la literatura, fue la del budismo. En el campo de la mitología, el budismo introdujo en Japón una ingente cantidad de la imaginación india, que se caracteriza por la grandeza de escala, la riqueza de la imaginería, los amplios vuelos de la fantasía. La literatura budista, importada a Japón y muy bien recibida por el pueblo, pertenecía a la rama del budismo conocido como Maliayana, o la «Comunión más amplia». En esos libros, se dice que existen un número infinito de tierras de Buda o paraísos, y cada uno de éstos se describe con un lenguaje colorido y fantasioso. En uno de esos paraísos hay avenidas con árboles adornados con joyas, estanques llenos de flores de loto, pájaros que entonan perpetuamente un concierto con la música interpretada por los seres celestiales. El aire está lleno de perfumes milagrosos y la tierra se halla pavimentada con piedras preciosas. Innumerables variedades de seres celestiales, budas, santos, ángeles y deidades habitan estos paraísos. Al hablar de un gran número, siempre se refieren a «miríadas de miles de millones» (koti-niuta-asankhya). Una larga época se describe así: Supongamos que pulverizas el «gran millar» de mundos y lo transformas en un polvo finísimo y que llevas cada partícula a uno de los innumerables mundos esparcidos por el vasto cosmos; el tiempo requerido para esa interminable tarea podría compararse con el número de períodos terrenales que el Buda pasó en su obra.
No solamente expandieron y estimularon los vuelos de la imaginación budista el desarrollo de la mitología japonesa sino que las numerosísimas historias budistas influyeron notablemente en el nacimiento del folclore japonés. Se representó al Buda como habiendo vivido existencias pasadas sin cuento, vidas que ofrecen inagotables aventuras y actos compasivos, que se encuentran en los Jatakas («Historias del Nacimiento»), Nielarías y Avadarías (historias de las causas de la iluminación del Buda). Las doctrinas budistas también se elucidan mediante muchos símiles y parábolas pintorescos. Como bien saben los estudiantes de la literatura india y budista, casi todas estas historias hablan de la experiencia del Buda y de otros seres relacionados con su existencia en todas las formas de ser humano, animal o planta[7]. A menudo, tales historias se utilizaban con propósitos didácticos en los sermones budistas, aunque también ayudaron a estimular el folclore, familiarizando al pueblo con la idea de animales y plantas personificadas, y suministrando temas y moralidad a los fabulistas.
De estos canales del folclore japonés derivó gran parte de los materiales cuyo origen era el mismo del que Esopo tomó sus fábulas, y muchas historias indias se naturalizaron tan completamente en Japón, que la gente ignora su procedencia extranjera. En este libro sólo consideraremos unas cuantas de esas historias indo-japonesas, y no haremos más hincapié en el tema del influjo indio en este folclore nativo. Debemos llamar la atención, no obstante, en el hecho de que el folclore japonés está afectado, no sólo por estas contribuciones extranjeras, sino también por el tipo general de idea e imaginación amparado por la religión budista.
El budismo es ante todo una religión preeminentemente panteísta, enseñando que cada ser, consciente o no, está en comunión espiritual con nosotros mismos, y está destinado, junto con nosotros, a alcanzar el manto del Buda. Todos los seres están separados aparentemente, pero unidos en una continuidad, unidos por un lazo indisoluble de causación moral, y basados en una y misma realidad. La continuidad de la vida que penetra todas las existencias es lo que inspiró a los japoneses una gran compasión hacia sus compatriotas y todos los seres vivos así como a la naturaleza de su medio. El ideal religioso del budismo consiste en realizar en pensamiento esta verdad de la unicidad de la existencia, y en vivir una vida llena de la mayor de las compasiones. Viendo el universo bajo este prisma, es solamente una fase de la comunión espiritual, y nada en ello queda fuera del más estrecho compañerismo.
Esta enseñanza, este último ideal, fundamentales, se acercaron aún más a nuestra vida de compasión gracias a la enseñanza del karma, que significa el lazo de la causación moral. Según esta doctrina, hay que considerar a la vida presente como un eslabón de la cadena infinita de la causación moral; la vida actual del ser está determinada por las cualidades de los hechos pasados de cada uno y está destinada a determinar la vida futura. Esta es la «continuidad serial» de nuestra existencia, pero además hay una continuidad colateral.
Esta expresión significa que la vida individual no es el producto aislado del karma propio, sino que siempre desempeña una parte en el amplio destino común, gozado o sufrido junto con los demás. «Hasta el mero roce de las mangas de dos personas, por puro azar, es el resultado del karma que los une.» Este sentimiento se experimenta en todas las relaciones humanas. Los padres y los hijos, el esposo y la esposa, y otras relaciones menos íntimas, son manifestaciones de la continuidad que persiste a través de la vida y puede persistir en el futuro.
No sólo las relaciones humanas sino los entornos físicos de la vida están asimismo conectados por el mismo lazo de karma. «Si un budista ve una mariposa volando entre flores, o una gota de rocío reluciendo sobre la hoja de una planta de loto, cree que la conexión y afinidad que existe entre estos objetos son fundamentalmente como los lazos que unen a los seres humanos en sus relaciones vitales. Que disfrutemos con el gozoso canto de las cigarras entre las flores del ciruelo se debe a la necesidad del karma que nos conecta con esas criaturas.»
En una religión panteísta siempre hay un gran incentivo en el desempeño de una fantasía poética así como un constante apremio hacia la íntima simpatía con los demás seres y el entorno físico. El mismo Buda, según los relatos de la India, experimentó en sus innumerables reencarnaciones una infinita variedad de vidas animales. Por eso, sus seguidores pueden haber pasado por tales experiencias, y muchas historias cuentan cómo el narrador fue una vez un ave que cantaba entre las flores, y cuyo espíritu, más tarde, se convirtió en su esposa.
Si el budismo estimula la imaginación que se refiere a los lazos que relacionan nuestra vida con otras existencias, el taoísmo representó y representa el genio poético y la tendencia romántica del valle chino de Yutzu en contraste con los rasgos prácticos y sobrios del chino del norte, representados por el confucianismo. Éste enfatiza de modo especial la necesidad de volver a la naturaleza, entendiendo por esto una vida liberada de todas las taras humanas, de todos los convencionalismos sociales y de todas las relaciones morales. Su ideal consiste en alcanzar, a través de un entrenamiento persistente, una vida en comunión con el corazón de la naturaleza, «alimentándose con las ambrosíacas gotas del rocío, inhalando neblinas y éter cósmico». El taoísta que alcanza esta condición ideal se llama Sennin u «Hombre de la Montaña», y se supone que ronda libremente por los aires, llevando una vida inmortal. El ideal de la existencia inmortal estuvo (y está) a menudo combinado con el ideal budista de una emancipación perfecta de las pasiones humanas, y esta religión de misticismo naturalista fue el origen natural de muchos relatos imaginarios de hombres y superhombres que vivieron en el «corazón de la naturaleza» y llevaron a cabo sus hazañas milagrosas en virtud de su mérito religioso.
Aparte de los milagros atribuidos a esos «hombres de las montañas», algunas de las personificaciones populares de objetos naturales deben su origen a una combinación de creencias taoístas con el naturalismo budista, representada por la escuela Zen. Veremos uno de esos ejemplos en la historia de la «Doncella de la Montaña».
El ambiente físico de los japoneses y las influencias religiosas que se han mencionado fueron favorables a un crecimiento opulento del cuento y la leyenda en que los fenómenos de la naturaleza eran personificados y desempeñados libremente por la imaginación. Sin embargo, hubo una fuerza contraria: el confucianismo.
Las enseñanzas de Confucio fueron racionalistas, y su ética tendía a coartar la imaginación humana y a limitar la actividad del ser humano a la esfera de la vida cívica. Aunque la influencia de las ideas de Confucio quedó limitada en el Japón antiguo a las instituciones sociales y cívicas, esas ideas no desalentaron el desarrollo de las creaciones imaginativas y folclóricas. Había mitos y leyendas en la China antigua, pero Confucio los despreció y ridiculizó. Los literatos confucianistas del Japón, a su vez, consideraron con desdén esos cuentos románticos. Especialmente durante los trescientos años existentes entre los siglos XVII y XIX, el completo dominio de la ética confucianista como la moral normal de las clases rectoras, significó un enorme obstáculo para el desenvolvimiento natural del poder imaginativo de la raza[8]. Sin embargo, las antiguas tradiciones se conservaron en el pueblo, y en Japón existe por eso una gran cantidad de mitos y leyendas casi sin rival en las demás naciones.
Al considerar la mitología y el folclore de los japoneses, es conveniente dividir tales historias en cuatro clases, que son: 1) mitos e historias de origen cosmológico, o mitos explicativos; 2) productos de la imaginación, o sea cuentos mágicos y vuelos similares de la fantasía; 3) el juego del interés romántico en la vida humana, o sea, las románticas historias de amor y los cuentos heroicos, y 4) historias contadas por su lección moral, o las que pueden interpretarse como moralejas implícitas: fábulas o historias didácticas, junto con el humor y la sátira.[9]
  
 [1] Conocido en español como Cantar de Heike, es un poema épico clásico de la literatura japonesa, fuente de numerosas leyendas, personajes e historias que tienen en ella su origen. Relata la aparición de la clase guerrera de los samuráis y su violenta irrupción en la política del país, evocándose además con nostalgia la vida cortesana y elegante de la capital. Desde el punto de vista histórico es el relato literario del fin de una época, el período Heian (792-1185), y del comienzo de otra, la de los clanes militares, que se prolongará hasta la entrada de Japón en la era moderna, en 1868. (N. del T.)
[2] Está basado en la semejanza de fisonomía y lenguaje. En la mitología y el folclore, los coreanos han estado muy influidos por China, y no obstante, su parentesco con los japoneses obtuvo más adelante nuevas pruebas mediante cuidadosas investigaciones en este terreno.

[3] Kojiki, pag. 93 f. Nihogni, i 64 y ss.
[4] Se discute la etimología de la palabra Yamato. Según la teoría más comúnmente aceptada, significa “Salidas de la montaña”, porque la región está rodeada de montes por todas partes y se abre a través de muy pocos pasos a las regiones situadas más allá de la cadena montañosa. Al parecer, es esta una plausible interpretación porque es la más natural en el lenguaje japonés. Pero resulta extraño que el nombre escrito en ideogramas chinos signifique «gran paz». Sin embargo, el ideograma que significa «paz» parece haber sido usado simplemente por la denominación china del japonés «wa» que designado por otra letra, parece haber significado «enano». La teoría de Chamberlain es que Yamato fue Amu en origen y significaba “Castaño y Balsa”. Pero esto es improbable si tenemos en cuenta el hecho de que las balsas, numerosas en la región, fueron mis adelante obras de irrigación.
[5]  Las dos principales compilaciones fueron: Kojiki, or Records of Anciens Matters (compilado en 712), accesibles en la traducción inglesa de B. H. Chamberlain; y Nihondi, or Chronichles of Japan (720), traducidas al inglés por W. C. Aston.
[6] O Sinto. También es correcto llamarla shintoísmo o sintoísmo. Nuestro criterio será utilizar shinto y sintoísmo indistintamente. (N. del T.)
[7]  Vease T. W. Rhys Davids Buddhist Birth Stories, or Jataka Tales, Londres, 1880.
[8] Es un hecho curioso que el más importante escritor de cuentos moderno, Iwaya, conocido de los niños como «Tío Sazanami». fuese escritor después de una larga lucha contra la resistencia de su padre, que era un sabio confucianista.
[9] La intención del autor fue hablar de las fuentes originales para el tratamiento de este tema y de los diferentes períodos de formación de la mitología y el folclore japoneses, pero algunos puntos referentes a diversos períodos ya se tocan en algunos temas particulares.

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