martes, 26 de julio de 2016

Historias de plantas y flores en la mitología japonesa

Ya tuvimos ocasión de hablar de los árboles y las flores, y de contar algunas historias respecto a los mismos. Tales historias son muy numerosas y todas se basan en la creencia popular de que las plantas están dotadas de almas semejantes a las humanas. No hay ni la menor insinuación de maldad en la naturaleza, pues se cree que los árboles y las flores son bellas hadas o seres similares, siempre amables y modestos. Hablan entre sí o con los humanos, se aman entre sí o se casan con los seres humanos, igual que el sauce que, como vimos, se transformó en una mujer. Acuden a los monjes budistas en demanda de las enseñanzas de su doctrina y hasta alcanzan cierto grado de iluminación religiosa. Cuando pelean, como hacen ocasionalmente, nunca lo hacen con ferocidad. En algunos casos la planta manifiesta gratitud, como los rábanos que aparecen en un cuento como hombres armados para defender al hombre que era extremadamente amante de esos vegetales.
Las plantas y las flores, como los insectos, son figuras más preponderantes en el arte y la poesía que en el folclore, y así a menudo se hallan personificados en la poesía, y algunos de esos poemas dan lugar a historias sumamente interesantes; además, las flores están frecuentemente pintadas en cuadros, habiendo llegado a asumir personalidades bien definidas en la imaginación popular. Finalmente, el sitio que las plantas y las flores ocupan en las fiestas estacionales se hallan estrechamente asociados con las personas míticas celebradas en tales festividades. Ya vimos que ciertas plantas están siempre asociadas con los Sennin, y sabremos más de ellas cuando lleguemos al «Calendario Floral».

 


           ÁRBOLES MÍTICOS



Muchos viejos árboles se consideran como semidivinos, siendo numerosos, famosos en todo el Japón. También hay árboles míticos, como creaciones puras de la imaginación. Aparte del árbol celestial del budismo, el folclore japonés tiene un árbol celestial que es el katsura (Cercidiphyllum japonicum), una especie de laurel que se cree que vive en la luna y es visible en los sitios oscuros de su superficie. Aunque esta idea parece ser de origen chino, se ha naturalizado tanto en el Japón que es una expresión común la del «katsura de la luna». Un poema del siglo IX dice:


¿Por qué brilla tanto la luna

en la noche clara de otoño?

¿Es posible que sea porque

el katsura celestial luce con resplandeciente carmesí,

como las hojas del arce en nuestro mundo?


Uno de los árboles gigantes atribuidos a la era mítica es el enorme kunugi (Quercus serrata,), una especie de roble del que se dice que se alzaba en la isla de Tsukuchi, tan inmenso que la sombra que arrojaba por las mañanas y en el crepúsculo vespertino alcanzaba centenares de millas a su alrededor. Cuando cayó, su tronco resultó ser tan largo como una cadena de montañas, y cientos y miles de personas pudieron caminar sobre el mismo. Al parecer, esta historia fue inventada para explicar el origen del carbón, tan abundante en dicha isla.
Otro árbol mítico es el gigantesco castaño que se alzaba en el distrito de Kurita («castañar»), en la provincia de Omi. Tanto se extendían sus ramas que las castañas caían a varias millas de distancia, y uno de los montones hechos con estos frutos cubrió tres distritos, y la gente de Wakasa, en el noroeste, se quejó de que las cosechas de arroz decaían a causa de esa sombra. Por eso, el gobernador de Omi ordenó talar el árbol, y muchos leñadores pusieron manos a la obra. Pero todos los cortes que le infligían al tronco del árbol quedaban de nuevo cerrados por la noche y a la mañana siguiente el castaño seguía medrando tan lozano como antes.
Este extraño fenómeno se debía al hecho de que los espíritus de los otros árboles y hasta las hierbas del suelo respetaban al gigantesco árbol como si fuese su rey, y cada noche acudían a cicatrizarle las heridas. Sin embargo, una noche cierta clase de hiedra, llamada hito-kusa-kazura, o «una humilde-hiedra», fue con los demás a curar al pobre árbol. Pero el castaño era demasiado orgulloso para dejarse curar por una hierba tan insignificante como la hiedra y rechazó sus servicios. La hiedra se sintió insultada y proyectó vengarse del arrogante castaño. Así, se les apareció la visión a los leñadores que ejecutaban su inútil tarea y les contó cómo se llevaba a cabo la restauración del árbol. Además, la vengativa hiedra les explicó cómo podían impedir la curación nocturna quemando el árbol. Una vez hecho esto, las heridas no podrían cicatrizar y el árbol caería. El sitio donde cayó es la «Costa del Árbol», en el lago Biwa de Omi.

 


     LOS GENIOS DE LAS PLANTAS



Entre los árboles, el pino es el más conspicuo del paisaje y, por lo tanto, de la pintura, la poesía y el folclore.[87] Los pinos más famosos son los dos de Takasago, cuyos genios, según se dice, se aparecen a menudo bajo la luz de la luna, como un hombre de blancos cabellos, y su esposa, limpiando con escobas el suelo repleto de agujas de pino. Una versión de la historia quiere que el esposo sea el genio de un pino que se halla al otro lado del mar, y cuenta cómo va todas las noches a Takasago. La historia es muy tenue, y las circunstancias que hicieron famosos a esos árboles aparecen en un popular drama lírico, en el que la vieja pareja imparte bendiciones al pacífico reino del Emperador. La canción es, en parte, como sigue:

Las olas todavía están en los cuatro mares.

El viento del tiempo sopla suavemente, pero los árboles

no se balancean, ni crujen sus hojas.

En aquella época benditos eran los abetos

que se encontraban y envejecían juntos.

Ni miradas hacia el cielo ni reverentes

palabras de gratitud y alabanza

pueden expresar nuestro agradecimiento, que todos nuestros días

pasan en esta era con las bendiciones concedidas

por la generosidad de nuestro Señor Soberano


Ésta es una canción propia de las bodas, y los genios que simbolizan la longevidad y la fidelidad conyugal también están presentes en tales ocasiones, mediante tablillas en las que se hallan grabados en miniaturas.
El criptómero (en japonés, sugi) es mencionado casi tan a menudo como el pino en el folclore japonés. Claro que no adopta las formas fantásticas del pino, sino que, por el contrario, es famoso por su derechura y simetría, así como por la densidad de su follaje. Con frecuencia va asociado un sugi gigante o un grupo de esos árboles a una capilla sintoísta, y este árbol ha llegado a ser casi el símbolo del misterio sombrío de un santuario shinto: una estructura gótica edificada por las manos de la naturaleza. Se cree, asimismo, que el sugi es la morada favorita de los tengus, quienes celebran sus asambleas en los bosquecillos de tales árboles.
Una historia muy antigua en la que toma parte el sugi es la del santuario de Miwa, dedicado al Gran Señor de las Tierras.

Una mujer que vivía en Yamato era visitada todas las noches por un joven muy hermoso que no quería revelar su identidad. La mujer, deseando saber quién era él, le ató una cinta muy larga a sus ropas, y le siguió cuando él se marchó por la mañana. Así descubrió que el joven desaparecía en la montaña de Miwa, en el sitio donde se alzaban tres gigantescos sugi. A partir de entonces, se consideró aquel trío de árboles como la morada del divino Gran Señor de las Tierras, y por eso el santuario de Miwa no tiene edificios sagrados sino que queda abrigado por los árboles. Otras historias semejantes a ésta se cuentan respecto a diversos emplazamientos de santuarios sintoístas.

El genio de icho, o árbol gingko, es una anciana. El tronco y las ramas del gingko, cuando este árbol va envejeciendo, produce unas raras excrecencias colgantes que semejan los pechos femeninos. Por eso se cree que el gingko ejerce un cuidado especial en las madres lactantes, por lo que dichas mujeres suelen ir en adoración hasta uno de esos árboles.
En años bastante recientes empezó a circular una singular historia referente a un gingko que crecía en el parque Hibiya de Tokio, en el centro de esta ciudad. El parque había sido en tiempos primitivos un verdadero yermo en el que solamente crecía ese viejo gingko. Cuando diseñaron el parque, el gingko empezó a secarse, con gran pesar de los jardineros. Se probaron distintos métodos para conservarlo vivo, mas todo fue en vano. Un día, al anochecer, cuando el jardinero mayor se hallaba solo frente al árbol, considerando si sería posible probar algún otro remedio para impedir su muerte, vio de repente a una vieja a su lado. La vieja le preguntó qué le torturaba y el jardinero se lo contó. La vieja se limitó a sonreír y exclamó:
—Como sabes, el gingko es el árbol de la leche. Vierte abundante leche de vaca alrededor de sus raíces y el árbol volverá a prosperar.
Luego, desapareció tan misteriosamente como había aparecido. El jardinero siguió aquel consejo y casi al instante el gingko empezó a recobrar sus fuerzas y todo su vigor. Y hoy día continúa enhiesto en el centro del parque.

 


LAS HADAS DE LAS FLORES



Las hadas de las Flores del folclore japonés son esenciales en todo como los Tennin budistas, y en la mente popular siempre quedan asociadas a la música y la danza. Ya hemos hablado de las cinco hadas del cerezo; pero hay otras dos también relacionadas con los dramas líricos. Una es el hada de la glicina purpúrea que florece a comienzos de verano, y la otra es la del basho o bananero, cuyas hojas las desgarra el viento otoñal.
El argumento del drama de la glicina transcurre en la playa de Tako, en la costa del mar del Japón. A continuación transcribimos una parte del canto coral que acompaña a la danza de esta hada:

Sin ayuda de barca o carreta

viene deslizándose la Primavera,

dejando atrás las cantarillas cetonias y los pétalos revoloteadores.

Bajo las nubes blancas de las marchitas flores del cerezo,

la glicina deja caer sus gotas violetas de rocío.

Ved la luna en el brumoso cielo de la noche primaveral,

un borroso reflejo que la glicina tiñe con su brillo violáceo.

Rara es una vista como ésta en la playa de Tako

donde los pinos crecen en la lejana franja de tierra.

El suave céfiro de la noche primaveral

entona su melodía con las agujas de los pinos,

y el aire susurra: «Vive miles de años».

Y en las ramas cuelgan las flores de la glicina,

cuyos racimos violetas, como nieblas iridiscentes,

abren un surco en la densa maleza del bosque perenne.

Ved el hada danzando en medio del halo purpúreo,

agitando los brazos de plumosas nubes de los racimos de glicina.

¡Cantad, oh trémulas hojas de los colgantes sauces!,

¡danzad juntos, oh pétalos arremolinados de las flores!,

¡danza con ellos, oh Hada de los campos poblados de glicinas!

Los colores y los aromas de los árboles y las flores se funden

en el aire sereno de la playa de Tako,

donde las olas murmuran quedamente

bajo la hermosa luz de la luna,

reflejando los ondulantes velos del hada danzante.

Una y otra vez, atrás y adelante, atrás y adelante,

danza el hada de la glicina purpúrea,

hasta que el crepúsculo matutino asoma entre las nubes iridiscentes,

hasta que finalmente su figura se pierde entre los rastros de la niebla...



Existe otro drama lírico en torno a la danza, muy diferente, del hada Basho. Este drama transcurre en una ermita entre montañas, donde un monje eremita recita todas las noches la escritura Hokke-kyo. También todas las noches visita el lugar una mujer, sentándose al lado del ermitaño. Una noche, el monje le pregunta quién es, y ella confiesa ser el genio del basho que crece en el jardín.[88] Dice así:

¡Aparezco en este desolado jardín!

Bañada en el rocío de la gracia,

gracia concedida a las hojas del basho por la lluvia de la Verdad,

—de la verdad a la que no es fácil descubrir—.

Salud, oh Basho, así transformada y ataviada con ropas humanas,

pero sin flores.



(Ahora, el hada Basho y el coro se alternan)

La fragilidad y la evanescencia

no son sólo cualidades de la feminidad,

pero el hada Basho, con ropas de colores oscuros,

sin los tintes ni la belleza de las flores,

se yergue, tímida, con sus mangas en jirones.



(El hada Basho baila al son del coro)

Con sentido o sin él,

siendo una hierba o un árbol,

la vida no es sino una manifestación

de la última realidad, que carece de señales distintivas,

una formación alimentada por la lluvia y el rocío,

compuesta de escarcha y nieve,

apareciendo en el campo del alma universal,

del Cosmos, omnipresente en el polvo...[89]

La vida es sólo un sueño, fugaz como las hojas el hada Basho...

A la pálida pereza de la luz lunar, ataviada con ropajes de hielo, luciendo una falda de escarcha,

tejida con la urdimbre de la escarcha y la trama del rocío, (baila.)

Como el ropaje de plumas del hada de la luna,

como ella, yo ondeo mis mangas de hojas de bananero,

las mangas que se agitan como abanicos de hojas de bananero,

y hago que el viento lo barra todo,

los miscanthus y las patrinias, las hierbas y las flores,

que crecen en el desolado jardín de la ermita.

Delicadas como el rocío, sutiles como fantasmas,

todas son esparcidas por el viento

que sopla sobre los gigantescos pinos.

que sopla sobre millares de hojas y flores.

Ved esos millares de hojas y flores

que han sido arrancadas y esparcidas,

ninguna figura femenina puede ser rastreada,

pero las hojas arrancadas del basho yacen en el suelo.



Una historia en la que el elemento budista está muy claro es la de «El señor Mariposa y sus flores».[90]
Érase una vez un hombre que vivía en un suburbio de Miyako, el cual jamás se había casado, dedicándose exclusivamente a cultivar flores en su jardín. Aparte de dichas flores, no tenía otro amor que el de su madre, a la que adoraba profundamente. Nadie sabía su nombre, por lo que se le conocía como «señor Mariposa». Cuando falleció su madre, se quedó solo entre las flores, que aumentaron su melancolía, ya que estaban destinadas a ajarse y agostarse, y le entristecía verlas morir con las heladas del otoño. Cuando tendía la vista en torno a su jardín y oía el plañidero sonido de las campanas del templo budista que tañían en los crepúsculos vespertinos, meditaba dolorosamente sobre la evanescencia de las cosas de este mundo, hasta tal punto que al fin decidió abandonarlo.
Para ello se hizo ermitaño y se marchó a vivir entre los montes, lejos de Miyako. Una noche llamaron a su puerta. Al salir vio a una mujeruca vestida con ropas raídas, que le pidió que rezase por ella según la religión del Buda. Al principio, el ermitaño dudó si dejarla o no entrar, pero al fin decidió que bien podía admitir en la ermita a una mujer tan vieja. Mientras la mujeruca estaba sentada dentro de la ermita, escuchando el discurso del ermitaño, entró una joven ataviada de verde sauce y con un manto púrpura, y se sentó en silencio al lado de la anciana. Después, de extraña manera, como surgiendo de la niebla, aparecieron más mujeres jóvenes, una tras otra, algunas con ropas verdosas, otras blancas y rosadas, unas más blancas y púrpuras, etcétera. Finalmente, se congregaron unas treinta mujeres, viejas y jóvenes, adornadas con multitud de colores, todas las cuales escucharon atentamente el sermón del ermitaño. Éste, no obstante, no sabía qué hacer con aquella impremeditada asamblea, aunque prosiguió estólidamente con su sermón, subrayando la vanidad de la vida mundana y describiendo el destino final de todo lo existente, no sólo de la humanidad sino también de los vegetales y los animales. Cuando terminó, las mujeres le expresaron su estima y le confesaron que en realidad eran los espíritus de las flores que él tanto había amado, las cuales deseaban compartir con él la gracia del budismo. Cada una le dejó un poema, como expresión de gratitud y como confesión de fe.[91]
Una vez hubo desaparecido la última de ellas, alboreó el día; las plantas y los arbustos que crecían en torno a la ermita temblaron suavemente bajo el aire matutino y relucieron con las gotas de rocío. El ermitaño volvió a impresionarse con la verdad de la enseñanza según la cual todas las criaturas están destinadas a convertirse en Budas, y así vivió el resto de su vida movido por una gran piedad.

También existen muchas historias románticas y bellísimas sobre el origen de diversas plantas y flores. La Ominameshi (Patriniascabio saefolia), por ejemplo, es una hierba que tiene un tallo esbelto y diminutos racimos de flores amarillas que florecen a principios de otoño. Junto con las delicadas espigas del susuki (Miscanthus sinensis), se doblan y ondulan bajo la brisa otoñal y dan una idea de ternura y sumisión. Por eso a la ominameshi se la conoce como la «flor femenina».[92]
La historia de su origen es como sigue:
Cierta mujer, como resultado de un mal entendimiento, creyó estar abandonada por su enamorado, llamado Ono-no-Yorikaze. Desesperada, se suicidó arrojándose a un río que discurría cerca de su casa. Después de enterrada, en su tumba creció una planta especial. Era la patrinia. El enamorado, Yorikaze, lloró amargamente por su infeliz amada, y al final también se ahogó. Fue enterrado al lado de la joven, y de su tumba surgió el miscanthus. Desde entonces las dos plantas crecen juntas, y raras veces lo hacen separadas.
Se relata otra historia muy parecida respecto a una clase de hiedra que crece entre las piedras. Se denomina Teiba-kazura, siendo Teika el nombre de un poeta que vivió en el siglo XIII. Este poeta amaba a una princesa, también poetisa, que falleció y fue enterrada en el recinto de Nisonin, un monasterio budista de Saga, cerca de Miyako. Teika lloró tan apasionadamente por ella que su amor se encarnó en la hiedra que se aferraba a la tumba de la joven. Aún hoy día la losa cubierta con hiedra se enseña a los que visitan dicho monasterio.

Sin embargo, no todas las plantas son amorosas e inofensivas; la siguiente es una historia en la que se muestran celosas y combativas.
En Yoshino, famosa por sus floridos cerezos, había uno que daba unas flores de ocho pétalos, llamada por eso Dama Yaye-zakura o «cerezo de ocho pétalos». Muy cerca vivía un príncipe, Susuki (miscanthus), joven y valiente, el cual se enamoró de la Dama Yaye-zakura, que se hallaba en la plenitud de su floración. Ella se resistió por algún tiempo al amor del joven Susuki, pero cuando sus pétalos empezaron a caer se sometió a su amado y le permitió sostener los pétalos entre sus verdes hojas.
Un Umé (en japonés, ciruelo) también estaba enamorado de Yaye-zakura, por lo que se sintió celoso de su más afortunado rival y decidió vengarse, para lo cual convenció a los otros árboles que eran todos unos desdichados por haberse enamorado el más hermoso de todos los árboles de una simple planta. Entonces, todos los árboles se reunieron bajo la copa del ciruelo y se dispusieron a presentar batalla a las plantas y hierbas del bosque.
Las plantas se apresuraron a defender a Susuki y a su dama, y acto seguido se libró un combate tan feroz como los de los hombres. La victoria parecía inclinarse más hacia el bando de las plantas, pero cuando el famoso general Kusu-no-ki (alcanfor) acudió en favor de los árboles y puso fuego entre las plantas, la batalla se inclinó en favor de los árboles. El príncipe Susuki murió en el campo de batalla, lo mismo que muchos de sus seguidores. La Dama Yaye-zakura, en su pesar, se afeitó el cabello y vistió las ropas de monja. Desde entonces se la conoce con el nombre de Zumi-zome-zakura («el cerezo con ropaje negro»).[93]

 


IV. EL CALENDARIO FLORAL



Las plantas y las flores, naturalmente, están asociadas a la estación en que florecen, y están presentes en las fiestas que acompañan a cada estación. Existe un «calendario floral» muy conocido, donde se enumeran los lugares famosos de cada flor y pueden leerse las poesías y leyendas relativas a las mismas. El simbolismo de las flores deriva principalmente de sus respectivas características y su asociación con las estaciones, y las leyendas, hasta cierto punto, tienen su origen en las figuras poéticas o en las narraciones míticas, tanto nativas como extranjeras. Entre estas últimas, la mayor es la poesía china.[94]
En el Calendario Floral las estaciones solían disponerse según los meses del antiguo calendario lunar, y la alteración provocada por la adopción del calendario gregoriano en 1873 ha sido reajustado mediante métodos muy ingeniosos. Transcribiremos algunas historias del Calendario Floral, tal como hoy día aún se cuentan en Tokio.

Las plantas de los días de Año Nuevo (del 1 al 7 o 15 de enero) son el pino, el bambú y el ciruelo. El pino, por sus agujas siempre verdes, representa la prosperidad; el bambú la virtud de la honradez.
La flor del ciruelo se elige porque es la primera en florecer. Ya hablamos del genio del pino; dijimos que el del ciruelo es una concepción china, Rafu-sen, «el Hada del velo flotante», que aparece de noche entre sus flores y esparce por el aire su perfume. El animal asociado al pino es la grulla, símbolo de la longevidad; el del bambú es el gorrión, que baila entre sus ramas: y el compañero de la flor del ciruelo es el ruiseñor[95]. Otras flores de comienzos de la primavera son el narciso, símbolo de la pureza; el adonis (en japonés, fukujuso), que representa la fertilidad de vida hasta debajo de la nieve, y se cree que trae la buena suerte y la salud; y la yuzuri-ha (Daphniphyllum ma-cropodum), cuyo nombre sugiere la infinita continuidad.
A la primavera la anuncia el sauce, cuyas ramas colgantes sugieren una gracia elegante y sus hojas de verde claro una vida siempre fresca. Las hojas del sauce, junto con las flores del cerezo y otros árboles, componen el brocado de la primavera tejido por las manos de la Dama del Monte Sano, el genio de la primavera. Las flores de cerezo florecen por obra y gracia de la Dama-que-hace-florecer-los-cerezos, de la que ya hemos hablado. Después del cerezo, el melocotonero, tanto en sus flores como en sus frutos, está dotado de poderes contra la peste. Las flores del melocotonero están principalmente asociadas con el día de las muñecas (de las niñas), que se celebra el 3 de marzo, y representan la fecundidad. La serie de flores primaverales se concluye con la azalea, con la que el pueblo adorna un pequeño altar erigido al niño Buda en su cumpleaños, que se celebra el 8 de abril, aunque en realidad tuvo lugar un mes más tarde.
Floreciendo casi al mismo tiempo que la azalea, pero considerada ya como heraldo del verano, está la glicina, la globularia (Kerria) y la peonía. La glicina es el símbolo del resplandor y asimismo de lo transitorio, una de las historias ya contadas. El lirio es más conocido como kakitsubata, una de sus numerosas variedades. Está asociado en la pintura decorativa con la yatsu-hashi («el puente de las ocho planchas»), mencionado en una de las leyendas de amor de Narihira. Otra variedad, el shobu[96], es la flor de la fiesta de los muñecos (para niños), que se celebra el 5 de mayo, y protege contra los malos espíritus. Para este propósito, se cuelgan sus hojas del alero de la casa o se sumergen en un baño de agua. Esta práctica tuvo su origen en China. La globularia (en japonés yamabuki) es muy admirada por su brillante color amarillo. Las ramas del arbusto yamabuki, que se inclinan hacia abajo, se asocian en la poesía y la pintura con los arroyuelos, en cuyas orillas suelen crecer. La peonía es el símbolo de la belleza encantadora. El mismo significado se le atribuye al fuyo (Hibiscus Mutabilis) y ala hortensia; el primero simboliza una joven hermosa pero desdichada, y la segunda a una joven fascinante y voluble.
La flor del verano mencionada más a menudo en la poesía clásica es la de una especie de naranjo, el tachibana (Citrus nobilis), cuyas flores diminutas son muy fragantes. La leyenda afirma que, a petición del soberano, fue llevada al Japón por un noble desde Tokoyo-no-kuni, o la Tierra Eterna, una isla del sur donde los árboles siempre están verdes. La fragancia de esta flor se asocia al canto del cuclillo. Más populares son el dondiego de día y la pálida flor de la calabaza vinatera, o dondiego de noche. El dondiego de día está asociado a Corea, tal vez porque su otro nombre es «Chosen» o «Calma matinal», que en japonés es otro nombre para Corea. El lector recordará el cuento del Capítulo V sobre el dondiego de noche, extraído de las aventuras del príncipe Genji, y el drama lírico basado en él. La amiga de la luna en verano es la prímula nocturna, cuyo nombre japonés es tsukimiso, o «la hierba que mira a la luna». La espadaña y otras plantas similares se comparan a las lanzas de las ranas, la nariz de los tengus, etcétera, y son corrientes en el arte japonés divertidas pinturas de estas hierbas y estos animales, aunque no existen historias especiales acerca de ellos.

Pero la flor más real del verano es la flor del loto, primitivamente introducida desde la India por el budismo, y siempre asociada al ideal budista de la pureza y la perfección. Es el símbolo de la pureza porque la planta surge de las aguas legamosas, y no obstante, ni el tallo ni las hojas ni las flores ostentan mancha alguna. La flor del loto encarna el ideal de perfección, porque su fruto madura cuando la flor se abre, simbolizando así la unicidad de las instrucciones y el conocimiento del budista. El paraíso del budismo posee, al parecer, una balsa llena de ambrosía, donde crece y florece el loto de varios colores y fragancia celestial. Por consiguiente, en todos los templos budistas hay una balsa con lotos. También afirman las leyendas que las flores del loto crecen en las tumbas de los budistas piadosos. Por tanto, la flor del loto es el emblema del budismo y se utiliza ampliamente en la decoración de los templos y las pinturas budistas. Los Budas y los santos budistas siempre se ven sentados sobre una flor del loto con pétalos. El alma del budista difunto es transportada hacia lo alto, y en los cementerios la losa funeraria suele descansar sobre un loto tallado en piedra.
La llegada del otoño la indica la aparición de las «siete hierbas», que son: la kikyo (Platycodon grandiflorum), una especie de campánula azul; la ominameshi, «la flor femenina», ya mencionada; la fuji-bakama (Eupatorium sinensis); la glicina; la waremoko, una flor parecida a una espadaña pequeña; la karukaya o miscanthus, también mencionada; y la hagi (Lespecleza bicolor), un arbusto. Todas ellas están asociadas siempre a insectos cantores, y la gente acude a los campos para admirar esas flores silvestres y al mismo tiempo escuchar la música plañidera de insectos músicos. El miscanthus es la flor de la fiesta de la luna llena del noveno mes lunar, cuando se ofrecen dulces a O-Tsuki-sama o el «Señor Luna».
En octubre y noviembre rigen el crisantemo y el arce. Los colores blanco y amarillo del crisantemo silvestre envían bendiciones desde el manantial de la juventud donde reside Kiku-Jido, o el «Joven Crisantemo». Sus pétalos y sus hojas se sumergen en la cerveza de sake que confiere a la humanidad las bendiciones de salud y longevidad.
Las flores multicolores y domesticadas del crisantemo tienen diversos nombres relacionados con varias figuras poéticas y personajes legendarios. El cuento del «Manantial del Joven Crisantemo» y del río que del mismo fluye proporciona el tema de una festividad denominada «Fiesta del Río Sinuoso». Todo río sinuoso tiene su origen en un jardín espacioso plantado de crisantemos. Los hombres y las mujeres que saben versificar se sientan por las orillas del río. Se echan diminutos vasos de madera, lacados en rojo y de forma plana, en donde mana el agua del manantial, y éstos bajan por la corriente del río. En cada uno de ellos hay un pedazo de papel con un tema poético escrito en él. Cada una de las personas sentadas en las riberas coge uno de los vasitos, bebe un sorbo de sake y compone un poema sobre el tema que ha extraído del vaso. La fiesta es un concurso floral y al mismo tiempo simboliza una comunión en la ambrosía del manantial del crisantemo o de eterna juventud.
Las hojas del arce, aunque no sean flores, se consideran como afines a ellas. En poesía y pintura el color carmesí del arce se asocia al melancólico gimoteo del ciervo, porque a este animal se le oye cuando las hojas empiezan a enrojecer. A veces, el arce también se asocia en poesía con la brillante luz de la luna en una noche otoñal; hay, por ejemplo, un poema en el Kokin-shu, una antología del siglo IX, que dice:

La helada luz de la luna, fría y blanca,

brilla tan clara, que deja divisar

cada hoja de arce al caer del árbol,

para tejer una perfecta alfombra,

en el silencio de la noche otoñal.[97]


El poema del árbol katsura de la luna, ya mencionado, también enlaza a la luna con el arce en la imaginación del artista, pero esta asociación es mucho menos popular que la del arce con el ciervo.
Esto cierra el «Calendario Floral» del año. Varias bayas que maduran en el puente invernal cubren el abismo existente entre el otoño y la primavera siguiente.

Ya que nos ocupamos de los cuentos y leyendas referentes a plantas y animales, debemos decir unas palabras acerca de la heráldica japonesa. Todas las familias del Japón, por pobres que sean, poseen su blasón familiar. Este amplio uso de los blasones tuvo su origen en los dibujos pintados en banderas y otros artículos militares, y data de la época de las guerras feudales que duraron del siglo XIV al XVI. El crisantemo, que es el emblema de la familia imperial, ya se utilizaba a principios del siglo IX; y la mariposa de los Taira y el sasarindo, las hojas y las flores del bambú, de los Minamoto, fueron adoptados probablemente en el siglo XII.
Es un hecho significativo que la heráldica japonesa utilice muy poco a los animales y sí, en cambio, a las flores. Estas se dibujan con líneas simples, mientras que son muy raros los dibujos complicados como los que se ven en las armaduras europeas. Hay pocos cuentos y relatos que traten de la elección de los blasones en particular; una familia, no obstante, que muestre el corte de un pepino, asegura que sus miembros fueron primitivamente adoradores de un cierto dios, el genio del pepino, el cual los tomó bajo su protección cuando consintieron en no comer el fruto de su planta.
[87]   El tributo pagado al pino es de origen chino, pero su perennidad sugiere prosperidad, y las dimensiones que a menudo alcanza simbolizan la longevidad.
[88]  El basho es el bananero, pero el nombre tiene asociaciones en chino y japonés muy distintas del nombre en otros idiomas. En Japón, el bananero no da frutos, sus hojas se asocian siempre con la idea de fragilidad y su aspecto mustio en el otoño sugiere la evanescencia.
[89] Se dice más en el poema acerca de la relación entre la realidad y la apariencia, desde el punto de vista budista del “Sendero del Medio”. Para ello ver Nichiren, de Anesaki.
[90]  Kocho Monogatari del siglo XVII.
[91]  Las flores se enumeran en la historia como sigue: calabaza-vinatera (o «Dondiego de noche»), yamabuki (Kirria japónica), omiruimesh, o la “dama-flor” (Patrinia scabiosaefolia), lirio, enredadera, crisantemo, glicina, loto, etc. Esta historia fue sugerida evidentemente por la similitud de las plantas en el capítulo V del Loto de la Verdad
[92]  El nombre puede significar «Según el viento», «Pequeño campo». No es posible saber si el nombre fue inventado para la historia o si era un nombre real.
[93] Sus flores ofrecen un tono azulino.
[94]  Cf. Japanese floral Calendar, de E. V. Cleinent, Chicago, 1905; «Fiestas de la Flora y las Flores», en su Japan and his Art, Londres, 1889; Japan`s Year, de Carrtithers.
[95] El uguisi japonés, llamado comúnmente “ruiseñor” tiene asociaciones muy diferentes a las de su homólogo occidental. Su alegre canto se considera como el heraldo de la primavera. Se dice que sus notas repiten Hokke-Kyo, el nombre japonés de la escritura budista El Loto de la Verdad.
[96]   Un colchón puede ser con frecuencia de hojas. Según el profesor Weiner, de la Universidad de Harvard, los colchones de esta clase se exportaban desde China al Asia Central y aún más al oeste, y de aquí el nombre de “bed” o “Bett” corrupción de la palabra china But, correspondiente a la última sílaba de shobu.
[97] Clara A. Walsh, The Master Singers of Japan, pág. 103. Con referencia a este poema Miss C. E. Fuerness, del Vassar College, nos dice algo interesante: ella escribe: «Me gustaría mencionar un poema porque se refiere a un punto que he observado a menudo, pero que nunca lo he visto referido a algún sitio. A veces he visto caer la luz de la luna sobre un árbol cuyas hojas se han agostado con las escarchas del otoño. Hay varios cerca de nuestro observatorio, y como mis tareas me obligan a salir por la noche, miro a la luna a través de esas hojas o la veo brillar sobre un árbol. El efecto es más bello cuando las hojas amarillean que cuando están rojas. Entonces, el paisaje semeja la tierra de las hadas, o incluso algo más etéreo, que yo no puedo ya asociar a las hadas con el silencio nocturno. A menudo es tan inmenso el silencio que oigo caer una hoja, rozando otras hojas a su paso hacia tierra. Los poemas japoneses parecen ser más íntimos, más melancólicos que los nuestros.»

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