martes, 26 de julio de 2016

Las hadas budistas, los tennin y los ryujin

En la India, los Devatas son diosas en general, aunque la palabra también se aplica a los genios hembra de los árboles y los manantiales y fuentes. El folclore budista está lleno de esos seres, algunos de los cuales están plenamente personificados, mientras otros son meras abstracciones. El Tennyo japonés, copiado de los Devatas, ronda por el cielo, ataviado con velos flotantes y sin alas. Tocan músicas y esparcen flores por el aire, y su presencia se percibe por su música y su perfume celestiales. A menudo, nacen en nubes iridiscentes y descienden a las colinas o promontorios, o iluminan los bosques en los crepúsculos. Custodian los piadosos budistas y ejecutan los deberes de los ángeles custodios; habitan en bosques floridos en calidad de hadas-flores; aparecen allí donde se toca música clásica, y se unen a los conciertos con los instrumentistas humanos. A veces se aparecen como mujeres, y se cuentan historias de sus amores con los hombres. Están representados en esculturas y se hallan en los paneles decorados de los templos budistas; se ven en pinturas, son cantados en poemas, celebrados en cuentos de hadas, y algunos son adorados en capillas situadas en parajes bellísimos. Ocasionalmente, se identifican con diosas sintoístas, y desde el siglo XIII estas confusiones son comunes en el folclore, en las artes y en la religión.
El Naga indio es una criatura que vive en el mar, cuyo cuerpo es como el de una serpiente. En los libros budistas se dice que algunas tribus Naga viven entre montañas, pero siempre se las nombra como guardianes de las aguas. Que la leyenda japonesa del dios del Mar sea o no producto de la influencia india, la concepción de Ryujin, el dios-Dragón, fue amalgamada muy pronto con la del dios del Mar, y éste, el padre de la «Dama con Abundancia de Joyas», a menudo era identificado con Sagara, uno de los reyes Naga hindúes. Los Ryujins habitan en el mar, en un magnífico palacio de coral y cristal, desde donde gobierna Ryu-wo, el Rey Dragón. Éste posee un cuerpo humano, lleva una serpiente en su corona y sus servidores son serpientes, peces y demás monstruos marinos. El Rey Dragón es un ser noble y sabio, custodio de la religión del Buda y los budistas. Pero su benevolencia se ve frecuentemente aniquilada por la conducta necia o maliciosa de sus ignorantes vasallos, y por esto el mundo de los dragones se halla a veces enzarzado en una guerra contra los reyes celestiales. Asimismo, se creía que las tribus de dragones tenían a su cargo la lluvia y la tempestad. Se narraban repetidamente historias de sacerdotes budistas muy sabios que podían controlar a esos monstruos marinos y lograr que lloviese en épocas de sequía, y también se hablaba de peregrinos y misioneros budistas que navegaban entre Japón y China, ordenando a los dragones que aquietasen el embravecido mar, y de un budista fanático que esperando la aparición del Buda futuro, se metamorfoseó en un dragón y vivió indefinidamente bajo el agua.
La figura más conspicua de esta clase en el folclore es la hija del Rey Dragón. Su nombre japonés es Benten, la Sarasvati india. Es la guardiana de la música y los discursos públicos, y también la dadora de riquezas. Se la representa como una diosa india, ataviada con vestidos de mangas largas y una gran joya en la corona. A veces se aparece en persona a un músico famoso, otras lo hace en respuesta a la plegaria de un piadoso budista que solicita riquezas, o bien bajo la forma de una hermosa mujer que atrae el amor de los seres humanos, Comparte la naturaleza de una doncella celestial con la de una Princesa Dragón y se la identifica a menudo con cierta diosa del mar en la antigua mitología. Es venerada en muchos sitios de la costa. Su aparición de entre las olas se ha representado en muchos cuadros como uno de los mitos clásicos de Venus, y su constante asociación con un instrumento musical, la biwa (en sánscrito vina, una especie de banjo) la equipara con las Musas. Su adoración fue muy popular desde el siglo XII, y en tiempos posteriores llegó a ser considerada como una de las siete deidades de la buena suerte, de las que hablaremos más.


 
  
Muchas leyendas locales se refieren a ella y sus capillas. La más famosa de las dedicadas a ella es la de Itsku-shima o Miya-jima, la «isla del Templo», bien conocida por los turistas de la isla donde no estaba permitido que tuviese lugar ningún nacimiento ni ninguna muerte, una especie de Elíseo "japonés. Dicha isla está situada en el Mar Interior, y en su playa hubo una capilla dedicada a la diosa del Mar desde tiempo inmemorial. Más adelante fue ampliada y adaptada a la adoración de Benten, que acabó identificándose con la primitiva diosa del Mar. El templo actual es tremendamente extraño y bello. Consiste en un grupo de edificios y galerías que se levantan en una playa arenosa que inunda la marea hasta parecer que el templo flota sobre las aguas: imagen auténtica del palacio del Rey Dragón. En las galerías hay colgadas hileras de linternas de hierro, y sus luces se reflejan en el mar, mientras los sagrados ciervos corretean por la playa, cerca del templo, cuando bajan las aguas. Las alturas rocosas y empinadas de la isla se elevan detrás del templo, ocasionando un fondo espléndido al pintoresco y suntuoso palacio del Dragón. El hombre que concibió la idea de combinar la grandeza de la naturaleza con la belleza de la arquitectura, y que encajó la historia del palacio del Dragón con la veneración a la Princesa Dragón, fue Kiyomori, el dictador militar del siglo XII y héroe del poema épico Heike Monogatari.
Mientras Kiyomori era gobernador de la provincia a la que pertenece la isla, salió un día a navegar y divisó una barquita que se aproximaba a su embarcación. Estaba hecha de conchas y resplandecía con el brillo de las-perlas, luciendo una vela escarlata de fino satén. En la barca iban tres jóvenes semejantes a hadas. Kiyomori las recibió con suma cortesía y ellas le dijeron que eran Benten (o las antiguas Ichiki-shima-hime japonesas) y sus dos hermanas. Le prometieron al guerrero una carrera extraordinariamente afortunada si ampliaba el templo y renovaba la adoración a las deidades. Kiyomori se apresuró a obedecer aquel mandato y desde entonces la familia del militar lució la insignia escarlata que antaño flotaba sobre todo el Japón.
Otro lugar famoso por la veneración de Benten es Chikubu-shi-ma en el lago Biwa. La isla se eleva abruptamente desde el mar y sus acantilados están poblados de siemprevivas. Los poetas nunca se han cansado de cantar su belleza, y la fantasía popular atribuye toda clase de maravillas mágicas al lugar. Hay allí un santuario dedicado a Benten, cuya música se oye entre las olas que se estrellan contra los rocosos acantilados, y su imagen se ve flotando en el cielo cuando la luna transforma la isla y sus alrededores en un reino de luz plateada. Se dice que cierto día de primavera, estando la luna llena en el firmamento, todas las deidades y hadas del país se reunieron en Chikubu-shima y formaron una gran orquesta. Un cuento relacionado con ese concierto de los dioses y diosas trata de un muchacho que fue transformado en un ser feérico y sumado a tan elevada compañía. El muchacho desapareció, dejando a su padre adoptivo el instrumento que él solía tañer. Naturalmente, los músicos tienen a gran honor practicar su arte en Chikubu-shima, y se dice que uno incluso llegó a ver a la diosa, la cual le enseñó más secretos de su arte.
Hay otra célebre capilla dedicada a Benten en E-no-shima, «la isla de la Pintura», cerca de Kamakura, en la costa del Pacífico. La leyenda relacionada con esta capilla dice que la Reina de las Hadas allí adorada estuvo casada con un Rey Dragón que vivía en una balsa de la isla principal, cerca de la playa arenosa que une la isla al continente. Según esta historia, el dragón era un ser semejante a una serpiente feísima, y se asegura que Benten sólo cedió al amor apasionado de dicho ser tras una larga resistencia.

La creencia en tribus de serpientes marinas es general, y hay muchos relatos a ellas concernientes y a los misterios de las profundas aguas donde viven. Frecuentemente se las relaciona con las tempestades que el Rey Dragón puede promover o acallar, y con las luces misteriosas que se ven en el mar. Estas luces se llaman Ryu-to o «linternas del dragón», y aparecen en noches de fiesta en ciertos santuarios de la costa. La más famosa es la Ryu-to que anuncia la llegada de los dragones que brindan obsequios a las deidades reunidas en la Gran Capilla de Izumo, en el Mar del Japón. Nadie, salvo los sacerdotes, baja a la playa a recibir las ofrendas de esos dioses del Mar. El flujo y reflujo de las mareas se atribuyen al poder de estas hadas marinas, que poseen un misterioso joyel de cristal que puede elevar o descender el mar. Las tribus de serpientes ambicionan poseer otros cristales similares a fin de gozar del mismo poder mágico.
Hay un cuento interesante que ilustra esta historia. Se refiere a la madre de Fujiwara-no-Fusazaki, famosa ministro de Estado. Dice así:

Una vez el Emperador de China envió a través del mar cierto tesoro sagrado de su país que deseaba depositar en un templo budista, fundado y sostenido por la familia de Fujiwara. El barco que transportaba los tesoros al Japón padeció una espantosa tormenta cuando se aproximaba a la costa de Sanuki, en el Mar Interior. La tormenta se presentó con misteriosa brusquedad y se calmó también repentinamente. Pasada la tormenta el capitán de la nave observó que faltaba uno de los tesoros. Era un cristal donde la imagen del Buda se reflejaba perpetuamente. Los otros tesoros fueron trasladados al templo y después Fubito, el cabeza de familia de los Fujiwara, empezó a considerar la mejor manera de recuperar el perdido cristal. Sospechaba que lo había robado el Rey Dragón, culpable ya de otros delitos semejantes.
Fubito, pues, bajó a la costa de Sanuki y contrató a todos los buceadores de la provincia para que buscasen el tesoro. Ninguno tuvo éxito y Fubito ya había abandonado toda esperanza de recobrar el cristal, cuando una pobre pescadora le pidió intentarlo. Como recompensa solamente pidió que su único hijo[42] lo criase la noble familia de los Fujiwara si hallaba el divino cristal. Nadie pensó que pudiera tener éxito, pero se le permitió intentarlo.
La mujer se lanzó al agua y se fue hundiendo cada vez más hasta que divisó el palacio del Rey Dragón, viendo cómo brillaba el cristal en lo alto de una torre. Ésta se hallaba rodeada por varias clases de monstruos marinos, y al principio ella no vio manera de acercarse al cristal. Pero por suerte los guardias se durmieron y la pescadora trepó audazmente a la cima de la torre. Se apoderó del cristal y trató de alejarse nadando, pero los guardias se despertaron y la persiguieron tan de cerca que su huida era casi imposible. De pronto se le ocurrió pensar que la sangre les resultaba horrorosa a aquellos monstruos y a todos los servidores del Rey Dragón. Entonces se clavó un cuchillo y los monstruos marinos no se atrevieron a seguir persiguiéndola por aquellas aguas enturbiadas por la sangre. Cuando un hombre la ayudó a salir del mar por medio de una larga cuerda que ella llevaba atada a su cintura, estaba agonizante, pero encontraron el tesoro escondido en su pecho. De forma que el tesoro fue recuperado por la mujer que sacrificó su vida por su hijo.
El niño, prosigue la historia, fue adoptado por Fubito y llegó a ser el famoso estadista Fusazaki, quien construyó un templo budista en el mismo sitio donde falleció su madre, en su memoria. El templo existe aún en la actualidad[43].

Todavía podemos añadir otra leyenda que ilustra la naturaleza del Rey Dragón como guardián del budismo y de las rutas del mar. En la Edad Media, muchos sacerdotes intentaron ir a China y después a la India, pero sólo algunos llegaron a China y ninguno a la India. Uno de los monjes, ansioso por visitar la patria del budismo, pasó varias noches en el santuario de Kasuga rogando para que el viaje fuese tranquilo. Una noche, apareció un Rey Dragón que custodiaba el santuario de Kasuga y convenció al monje para que abandonase su proyecto, porque la escena del sermón del Buda en el Pico del Buitre podía serle mostrado en una visión. El monje siguió el consejo y percibió la visión.
Inferior a la tribu del Dragón pero, igual que sus componentes, habitantes del mar, es Ningyo, la mujer-pescadora[44]. Tiene cabeza de mujer con larga cabellera, pero su cuerpo es como el de un pez. Esta especie de sirena suele aparecerse a los seres humanos para darles un consejo o una advertencia. Sus lágrimas son perlas y, según una leyenda, un pescador que la atrapó en su red pero la dejó luego en libertad recibió lágrimas como premio, llenándosele todo un cofre con las perlas. Otra creencia acerca de ella es que la mujer que come de su carne logra la juventud y la hermosura perpetuas, y se cuentan muchas historias de mujeres que tuvieron la suerte de poder comer tan milagroso alimento.

Otro ser semejante a un ser feérico de origen marino es el Shojo; aunque no pertenece al mar se cree que llegó al Japón a través de las aguas. Probablemente es una personificación idealizada del orangután, que no es nativo ni de China ni el Japón, aunque algunos parecen, sin saber cómo, encontrarse ambas naciones. El Shojo es una feliz encarnación del epicureísmo que, obteniendo su mayor placer de la bebida perpetua, se le considera como el genio del sake. Su rostro es rojizo o escarlata, y su aspecto es muy juvenil. El largo cabello le cuelga casi hasta los pies; ama sobre todo el sake, lleva ropas chillonas de rojo y oro, y baila una especie de danza bacanal.
No existen leyendas bien definidas sobre esos seres, pero a menudo se los ve pintados grupos de dos o tres Shojos en cuadros o en estatuillas, y su danza característica se baila con acompañamiento coral, con cantos que alaban a tales seres y a la bebida que aman.

 [41]  En las costas del Japón hay varios montículos que, según creencia popular, son otras tantas tumbas de Urashima. Una de éstas, cerca de Kanagawa, la utilizó Bakin, que escribió un “Gulliver” japonés sobre un pescador que vivía cerca de dicho montículo. Véase cap. IX.
[42]   Una versión es que el niño era hijo natural de Fubito.
[43] Esta historia se teatralizó en una de las obras No, que representan una visita hecha por Fusazaki, el hijo de la mujer difunta. La historia la relata más detalladamente Y. Ozaky en “El Buda de Cristal”.
[44] El hombre es Same-bito, «el hombre-tiburón». Cf. Lafcadio Hearn, Shadowings, Londres, 1900.



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