En
la mayoría de historias didácticas, se subrayan las cosas más importantes exagerando
los resultados de la maldad o la necedad humanas. Tales exageraciones suelen
ser humorísticas o satíricas, e incluso a veces esas historias acaban por no
ser más que meros relatos de humor o de ingenio satírico. La historia de los
Sennin de Kumé caídos es más humorística que seriamente didáctica,
especialmente cuando sabemos que el Sennin se casó con la mujer que le causó la
pérdida de sus poderes de Sennin. En la historia de Kaguya-hime, las
estratagemas y las invenciones de los pretendientes de la dama a fin de
conseguir o falsificar las cosas que el Hada de la Luna les pide como condición
para consentir en la boda, son realmente divertidas.
Los
motivos humorísticos y satíricos que hallamos en multitud de leyendas y cuentos
fueron utilizados libremente por los escritores de las farsas conocidas como
Kyogen, representadas en las obras No. Daremos aquí algunos ejemplos, y así, la
farsa llamada Zazen o
«Meditación»,[100] tiene este argumento:
Un
hombre deseaba ver a su querida pero, para ello tenía que engañar a su celosa
esposa. Entonces, le contó que iba a sentarse un día y una noche en «Zazen», un
sosegado estado meditativo, y que durante ese tiempo nadie, ni siquiera ella,
debía entrar en su habitación. Pero temiendo que su mujer, pese a todo, entraría,
le ordenó a su servidor que se sentara en su lugar y se cubriese por completo
con una tela muy grande. Luego marchó a visitar a su querida, confiando que
todo saldría a medida de sus deseos. Pero la esposa era demasiado suspicaz para
mantenerse fuera de la habitación tan largo tiempo. Abrió la puerta y vio a un
hombre sentado, con la cabeza tapada. Cuando le habló, el hombre no respondió,
y la mujer, tirando de la tela, descubrió que el hombre sentado era el criado y
no su esposo. Al momento, alejó a aquél y ocupó su lugar, cubriéndose igual que
el sirviente. Cuando a la mañana siguiente volvió el marido de casa de su
amante, sin sospechar lo ocurrido en su ausencia, le contó al supuesto
sirviente todo lo que había hecho con la querida. Una vez se hubo despachado a
gusto, la esposa se descubrió ante el inmenso susto del infiel marido.
Otro
Kyogen es el llamado «Los tres deformes». Un hombre rico, extremadamente
caritativo, anunció que todo hombre deforme, o que hubiese perdido la vista o
el oído podía acudir a su mansión, donde comería y sería bien cuidado durante
toda su vida. Un vagabundo que se había jugado toda su pequeña fortuna, fue a
reclamar la caridad del ricachón, siendo recibido hospitalariamente al fingirse
ciego. El siguiente que se presentó era amigo del primer impostor y se fingió
sordo, y el tercero pasó por tullido. El caritativo señor los recibió a todos
solícitamente, cuidándoles con todo cariño. Un día tuvo que salir de casa y
encargó a los tres deformes que cuidasen la bodega donde estaban almacenados el
vino, las sedas y otros artículos valiosos. Cuando se hubo marchado, los tres
bribones se despojaron de sus disfraces y entraron a saco en el vino,
obsequiándose a sí mismos con un verdadero festín, cantando y bailando. Estaban
tan animados que incluso olvidaron que su benefactor podía volver de improviso.
Y efectivamente, se presentó en medio de la fiesta, encontrando al sordo
cantando, al tullido bailando y al ciego contemplando la danza y llevando el
compás con las manos. Cuando los tres impostores vieron ante sí a su protector,
intentaron adoptar apresuradamente sus respectivos disfraces, pero era ya tarde
y fueron arrojados fuera de la casa.
Una
tercera farsa se titulaba «El vino de la tía». Un joven disipado sabía que su
tía poseía cierta cantidad de sake y le pidió una copa de dicha bebida. La tía
se negó porque sabía que para su sobrino una copa significaba una interminable
sucesión de copas. Cuando el joven comprendió que por la persuasión nada
conseguiría, decidió obtener la bebida asustando a la mujer. Para ello cogió
una máscara de diablo y así se le apareció disfrazado. La aterrada tía le
suplicó al supuesto diablo que se llevara todas sus provisiones, pero que la
dejase con vida. El joven al momento empezó a beber sin quitarse la máscara ya
medida que se iba emborrachando más a cada trago, empezó a hacer tantas muecas
y contorsiones que la máscara se le fue deslizando. Al darse cuenta, se la
colocó encima de una oreja, volviendo ese lado de su cara hacia la tía, pero
ésta sospechó la treta, observó fijamente al diablo y descubrió el engaño.
Naturalmente, no perdió tiempo en echar de casa a su embriagado sobrino.
UNA
ÉPOCA DE DESCONTENTO Y SÁTIRA
Hubo
una época particular en la que la sátira prevaleció en la literatura japonesa.
Abarca la segunda parte del siglo XVIII y los primeros años del siglo XIX. Por
aquel entonces, el gobierno implantó la censura literaria y dictó diversas
reglas suntuarias, muy irritantes. Las historias, cuentos y novelas de la época
son obviamente morales y carecen casi de valor literario. Mas pronto se produjo
una reacción popular, y así hubo otro periodo con una excesiva libertad de
expresión. Muchos escritores se refugiaron en la misma, ocultando un propósito
satírico bajo una fingida seriedad, o escribieron sarcasmos contra el régimen
en forma velada. Solamente en esa clase de obras se encuentra cierto vigor y
originalidad. Las producciones normales no tienen vida y son tediosas, llenas
de convencionalismos y de literatura artificial. Entre las obras imaginativas
de este período, los más populares fueron dos libros de viajes imaginarios,
cuyo autor fue Bakin, el escritor más voluminoso de Japón. Se trata de Wa-So-Byo-ye, o las “Andanzas” del
japonés Chuang-Tse, siendo Chuang el taoísta chino que soñó haberse convertido
en mariposa, y dudaba entre si él se había transformado en mariposa, o una
mariposa se había transformado en Chuang; y Muso-Byoye o «El Hombre del sueño
visionario». El japonés Chuang-Tse era residente de Nagasaki. Una vez estaba
pescando desde una barca cuando empezó a soplar un intenso vendaval y la barca
fue derivando hacia alta mar, sin que él supiese adónde iba ni dónde estaba.
Así llegó a la Tierra de la Inmortalidad, donde no hay enfermedades ni muertes.
Todos sus habitantes están más que hartos de la vida y le ruegan constantemente
a Dios que la Muerte les prive de la vida, o al menos de la salud, mas todo es
en vano. El mismo Wa-So, tras vivir allí cierto tiempo, también deseó morir,
puesto que la muerte es lo único que allí puede desearse. Así, intentó
suicidarse arrojándose desde un alto acantilado, pero su cuerpo cayó en tierra
con tanta suavidad que salió ileso del trance. Después, intentó ahogarse, pero
flotó obstinadamente en la superficie del agua. Su única salida era huir a otro
reino, cosa que finalmente pudo hacer sobre la grupa de una grulla.
Ésta
le condujo a la Tierra de la Opulencia. Allí la gente ansiaba ser pobre, hasta
el punto de adorar al dios de la Pobreza, siendo en cambio la Riqueza la deidad
temida. Luego, la grulla llevó a Wa-So a la Tierra de la Vanidad, más tarde a
la Tierra de las Antigüedades, el país cuyos habitantes jamás consienten que
haya el menor cambio, luego a la Tierra de la Lascivia y finalmente a la Tierra
de los Gigantes. Uno de éstos cogió a Wa-So para examinarlo, y cuando lo soltó,
aquél se encontró de nuevo en su hogar de Nagasaki. Bajo el empeño de describir
las singulares costumbres de los habitantes de esos países imaginarios, Bakin
pudo pintar con gran humor satírico las peculiaridades de la vida social de su
época.
En
una continuación de este libro, Wa-So se cansa de su vida doméstica y
reemprende sus correrías. Se dirige al mar y aparece una tortuga que le lleva a
nuevas aventuras. El primer lugar al que le conduce es la Tierra de la Pureza,
donde el japonés acaba por aburrirse de tanta limpieza y tanto orden. Escapa de
allí y encima de la tortuga llega a la Tierra de los Piernas Largas y los Muy
Armados. Allí, los extraños pobladores jamás han pensado en reducir sus
deformidades mediante intercasamientos, pero Wa-So les induce a hacerlo de este
modo. Antes de tener la oportunidad de ver el resultado de este método, Wa-So
ha de viajar a través de unos pasos montañosos y diversas junglas hacia la
Tierra de la Miseria; y después, por grandes y aburridas praderas, a la Tierra
de la Intrepidez. Otras regiones por él visitadas son la Tierra del Oro y las
Joyas y la Tierra de los Bárbaros del Pelo Largo y las Orejas Grandes. Al fin,
arriba a la Isla de las Mujeres.[101] Allí Wa-So es recibido calurosamente por
las mujeres que pueblan la isla, puesto que casi se vuelven locas ante la idea
de poder ver y abrazar a un ser masculino. Wa-So es, pues, el huésped de honor
de la corte de la Reina, pero halla que su condición es como la de un
prisionero y se apresura a intentar la huida. Al despertar ve que sus aventuras
no han sido más que un sueño.
Muso
Byoye, «El Hombre del Sueño Visionario», es guiado en sus viajes por Urashima,
el antiguo héroe que fue novio de la Princesa Dragón. Urashima le entregó a
Muso su caña y sedal de bambú, y Muso fabrica con ellos una cometa, con la que
se pasea por los aires. El primer lugar que visita es la Tierra de los Niños,
donde el Padre, la Madre y la Nodriza son deidades representadas por imágenes,
y donde la gente no hace más que jugar, pelearse y llorar. La cometa le conduce
después a la Tierra de la Concupiscencia. Mientras Muso se siente apabullado
ante la lujuria desvergonzada de la gente, pierde la cometa y el joven no sabe
de qué manera puede continuar su viaje. Entonces, encuentra a Urashima, que
está viviendo como ermitaño entre la gente lasciva, quien entrega a Muso una
barca para que se dirija a la Tierra de la Bebida Perpetua. Mas no tarda en
unirse a los grupos de bebedores, pero en medio de la juerga se apodera de él
un águila enorme, la cual lo lleva a la Tierra de la Avaricia. Allí vuelve a
encontrar la cometa y en ella viaja a la Tierra de los Mentirosos, a la Tierra
de las Pasiones Nunca Satisfechas y, por fin, a la Tierra de las Delicias. El
rey de este reino vuelve a ser Urashima y cuando Muso ha saciado ya su sed de
placeres en tan dichosa región, gracias a Urashima regresa a su hogar en el
Japón.
[100]
The Classical Poetry of the Japanese,
de B. H. Chamberlain, págs. 199 y ss.
[101]
Para la Isla de las Mujeres, cf. The
Mythology of all races, vols. III, 117, y IX, 140, y sus referencias;
también The Religion of the Ancient
Celts, Edimburgo, 1911, pág. 385, de J. A. MacCulloch.
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