martes, 26 de julio de 2016

Historias didácticas en la mitología japonesa

La adaptación de las historias a los propósitos didácticos

Casi toda historia puede tener un fin didáctico si el fabulista es hábil, pero para eso sirven más y mejor las historias de animales que las demás. En Japón se utilizan especialmente las leyendas y cuentos de animales agradecidos, puesto que los japoneses destacan siempre y ante todo la virtud de la gratitud. Sin duda, muchas historias de este tipo se inventaron originariamente para inculcar lecciones de moral, haciendo que el ingenio o la astucia de los animales contrastase con la necedad o la estupidez de la humanidad, y el ser humano queda desconcertado porque permite que su razón y su moralidad sean superados por la pasión o el apetito, y con más frecuencia por el pecado de la avaricia, como, por ejemplo, queda claro en la mujer malvada de la historia «El Gorrión de la lengua cortada», y por el hombre que cava en busca del tesoro en el caso del zorro vengador.
Numerosos cuentos tradicionales fueron aceptados con propósitos morales o religiosos por los monjes budistas. A éstos les gustaban especialmente las historias románticas, tales como las de Komachi o del príncipe Genji, a fin de enseñar el carácter fugaz de la belleza física y el triste karma del amor romántico. También hallaron muchos medios de pintar los tormentos causados por el odio, la cólera, la arrogancia y otras pasiones semejantes en historias como las de los tengus, que eran reencarnaciones de guerreros derrotados, o del desdichado demonio que no se saciaba con la venganza a pesar de desahogar su animosidad contra generación tras generación entre los descendientes de su enemigo.

Una de las historias que con toda seguridad se inventaron para dar una lección de moral es la de «El cazador y los monitos».
Érase una vez un cazador que mató a un mono. Se lo llevó a casa y lo colgó del techo delante mismo de la chimenea. Por la noche le despertó el ruido de unos pies que pataleaban. Se sentó en la cama y miró a su alrededor. De pronto, a la luz del fuego moribundo, divisó varios monos pequeños que se calentaban ante la chimenea, y que acto seguido, uno tras otro, trataban de calentar el cuerpo ya helado del mono colgado, abrazándole. Eran, según creyó comprender, los hijitos del mono muerto, y su corazón se sintió tan hondamente conmovido, que nunca más volvió a ir de caza, y buscó otros medios de ganarse el sustento.

Una advertencia contra la pereza se encuentra en la historia de Chin-chin Ko-bakama o «Los duendecillos de los mondadientes».[98] Érase una vez una dama que no hacía nada por sí misma, ordenándoselo todo a sus sirvientes. Por otra parte, tenía la extraña costumbre de esconder todos los mondadientes que usaba entre las esteras del suelo. Una noche, mientras dormía sola, oyó un ruido muy cerca de su almohada y vio a unos hombrecitos vestidos con un kamishimo (especie de prenda de hombreras cuadradas y una ancha falda, hakama) que bailaban y cantaban junto a la cama. Su sueño se vio perturbado de igual manera varias noches sucesivas. Cuando unos días más tarde su esposo, que había estado de viaje, volvió a casa, ella le contó cómo se había visto molestada. El esposo estuvo aquella noche de vigilancia y cuando aparecieron los duendes desenvainó la espada. Al momento, todos cayeron sin vida y, ¡ay! eran solamente los mondadientes usados que la dama solía esconder.

Un cuento didáctico de significado más profundo es la familiar historia de «El ciego que encontró un elefante», el cual intenta demostrar la necedad de las riñas sectarias y del peligro de tomar las medias verdades como verdades absolutas. La historia es de origen indio y relatan con frecuencia los maestros budistas. En cierta ocasión varios ciegos estaban discutiendo cómo era un elefante. Al no ponerse de acuerdo decidieron probar la exactitud de sus respectivas descripciones con el examen de primera mano de un auténtico elefante. Por consiguiente, fueron adonde había uno y cada cual palpó al gran animal con las manos. El primer ciego palpó una de las enormes patas del proboscidio y dijo que un elefante era como el tronco de un árbol gigante; otro palpó la trompa y aseguró que un elefante parecía una serpiente; el tercero trepó al lomo del elefante y anunció que aquel animal era como una colina; el cuarto se apoderó de la cola e insistió en que un elefante era como un hossu, un plumero hecho con pelos. La experiencia de esos ciegos nos enseña que las grandes verdades de la existencia cósmica jamás pueden comprenderlas aquellos que las abordan desde un solo punto de vista.
 LA HISTORIA DE BONTENKOKU
 En algunos casos, la finalidad didáctica se combinó con un florido vuelo de la fantasía. Así es la historia de «Bontenkoku, o el Reino de Brahma», que probablemente data del siglo XVI. Es uno de los cuentos de hadas más elaborados del Japón.
Érase una vez un joven príncipe de alto rango de la corte Imperial. Tras la muerte de sus padres, el príncipe dedicó su música al bienestar espiritual de los muertos,[99] tañendo una famosa flauta heredada de su familia. De esta manera pasó siete días, y al octavo, mientras estaba sentado tocando la flauta, apareció en el cielo un banco de nubes de una iridiscencia purpúrea. Las nubes se fueron aproximando, y entre ellas el príncipe divisó a un ser celestial cuyo porte era de gran dignidad, sentado en un carro de oro y asistido por hermosas figuras angelicales. Este resplandeciente ser le dijo al príncipe:
—Yo soy Brahma, el Señor de los Altos Cielos. La melodía de tu flauta ha conmovido a todo mi reino y aprobamos tu piedad filial y tu religiosa devoción. Deseo que te cases con mi única hija; si consientes, deberás esperarla esta noche cuando la luna salga un poco antes de medianoche.
El príncipe apenas pudo creer en la realidad de la visión, pero al oscurecer lo dispuso todo para recibir a su celestial novia, y luego se sentó para tocar la flauta. De repente, el cielo quedó iluminado por la luz de la luna, permitiendo ver el banco de nubes purpúreas que descendía de lo alto. El aire se llenó de perfumes deleitosos, y entre las nubes iba sentada una maravillosa y feérica princesa. Se celebró la ceremonia de la boda con acompañamiento de una misteriosa música celestial. Muy pronto fue conocido aquel casamiento milagroso, y tanta era la seráfica beldad de la novia que muchos hombres la desearon. El mismo emperador envidió la suerte del príncipe, y decidió deshacerse de éste y tomar para sí a la princesa. Para ello, le ordenó al príncipe llevar a cabo varias proezas imposibles de realizar. Un día le dijo:
—Puesto que eres el yerno del Señor celestial, seguramente podrás mostrarme la danza del pavo real del cielo con el acompañamiento musical de un ruiseñor celeste (kalivinka). De no hacerlo tendrás que abandonar este país, ya que incurrirás en mi enojo.
El príncipe se turbó ante esta orden y al respecto consultó con su esposa. Para la hija de Brahma fue cosa fácil convocar a aquellas aves celestiales, que bajaron a la tierra bajo su invocación. Todos fueron enviados a Miyako, donde deleitaron a la corte Imperial con la belleza de su danza y su música.
Después, el emperador le ordenó al príncipe que le trajese la hija del caudillo de los ogros, uno de los sirvientes de Brahma. Tampoco tuvo la esposa dificultades en llevar a la joven al palacio Imperial, para divertir a la corte con sus ropas multicolor y sus extrañas danzas. Más adelante, el emperador exigió que le fuesen presentados los Tronadores. Estos llegaron al momento, convocados por la princesa. Su clamor fue tan terrible que el emperador les suplicó que callasen, pero ellos sólo obedecían al príncipe, el esposo de la dama celestial.
Sin dejarse desanimar, el emperador aún le dijo al príncipe:
—Supongo que puedes conseguir la firma de tu suegro junto con su sello celestial. Consígalos para mí o no te permitiré seguir viviendo en mi país.
El príncipe no tuvo más remedio que subir al Alto Cielo y pedirle a su suegro su firma y su sello. Para ello, el hada princesa le proporcionó a su esposo un caballo que lo elevó hasta el Cielo. Cuando el joven llegó al palacio de Brahma, éste lo recibió con cortés hospitalidad y lo trató suntuosamente. Mientras el príncipe consumía el arroz celestial que acababan de servirle, su atención se vio atraída por una criatura alicaída y hambrienta de aspecto repulsivo que estaba encerrada en la estancia contigua. Aquel monstruo le pidió al príncipe un bocado de arroz, cosa que hizo el compasivo joven. Tan pronto como aquel ser hubo comido el arroz rompió sus ligaduras, huyó de la celda y voló hacia el cielo.
El príncipe, sobresaltado, se interesó por el prisionero fugado y así se enteró de que era el rey de los demonios del mar del sur, que había tratado de apoderarse de la hija de Brahma, por lo que lo habían mantenido atado y sin darle de comer. Pero ahora, como el arroz celestial daba poderes milagrosos a quien lo comía, el demonio había recuperado su antigua fuerza, y se ignoraba si los guerreros de Brahma podrían volver a dominarlo. Todo el asunto era sumamente desdichado, si bien parecía no tener ya enmienda, de modo que Brahma le entregó al príncipe su firma y su sello. El joven se apresuró a bajar a la tierra, donde descubrió que el rey de los demonios se había llevado a su querida princesa. A partir de entonces, el atribulado esposo rezaba continuamente, con lágrimas en los ojos, a Kwannon, la diosa de la piedad, que le fuese devuelta su esposa. Una noche, mientras oraba en el templo de Kwannon, se le apareció la diosa en una visión y le dijo cómo podía hallar el lugar donde su esposa estaba prisionera. Siguiendo las instrucciones de la diosa, el príncipe se embarcó rumbo al sur.
Tras navegar miles y miles de leguas, su embarcación tocó tierra en una playa rocosa. El príncipe desembarcó y empezó a tañer su flauta. Varios demonios de piel oscura se sintieron atraídos por aquel dulce sonido, hallado la música tan encantadora, que le dijeron dónde se hallaba cautiva la princesa. El príncipe fue hacia allí y al llegar a palacio hizo que su esposa conociese su presencia por medio de la flauta, a lo que ella contestó tocando en armonía con él, en su propia flauta. El rey de los demonios había sido llamado lejos de allí, yéndose en su carroza que podía viajar hasta tres mil leguas en un día. Los guardias que custodiaban a la princesa quedaron tan sugestionados por la música, que no ofrecieron oposición cuando el príncipe introdujo a la princesa en otra carroza que el rey de los demonios tenía aún en su cochera. La carroza partió, pero ésta sólo podía recorrer dos mil leguas por día.
Cuando los guardias despertaron de su encantamiento y vieron que la princesa había desaparecido, batieron sus tambores, que resonaron por todo el reino de los demonios, cuyo rey, al oír aquel estruendo, regresó apresuradamente, supo lo que acababa de suceder y se lanzó al instante en persecución de la pareja. Su carroza no tardó en atrapar a la otra y seguramente se habría apoderado de los príncipes, descargando en ellos su furor, si las aves celestiales no se hubieran presentado de improviso, azuzando a todos los demonios hacia el fondo de su mundo subterráneo. De este modo la principesca pareja pudo salvarse y llegar a su hogar.
Se dice que el príncipe y la princesa son el dios y la diosa venerados en la capilla de Ama-no-Hashidate, y que protegen a la humanidad contra las asechanzas de los demonios.


 [98]  Japanese Fairy Tale s Series, n.° 25.
[99]  Para la idea y la práctica de la «dedicación», en japonés, eko, véase Buddhist Art, cap. 1; se cree que toda obra interpretada con una intención piadosa obra un bienestar espiritual sobre el difunto.

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