sábado, 31 de marzo de 2018

El día que el sol se apago en el cielo

Los gobernantes muiscas eran enemigos de todo lo malo. Siempre habían
respetado los consejos del gran Bochica, que había vivido entre ellos y les
había enseñado a manejar las tierras que les dio para vivir.
«Yo les ayudaré mientras sean laboriosos y honestos», les prometió antes de
despedirse; y así fue. Tan pronto como sembraban la semilla, él dejaba caer la
lluvia en abundancia, para que creciera, y luego hacía salir el Sol para que
calentara los días y pudieran recoger la cosecha. Y las cosechas eran
copiosas. Los hombres llevaban las mazorcas de maíz y las papas hasta los
altares, para que Bochica viera cuán agradecidos estaban.
La gente vivía en paz; parecía que la maldad había desaparecido, mas no era
cierto, sólo se había escondido; estaba oculta en las grietas oscuras y en los
abismos de las montañas; le tenía miedo a la luz del día -a la luz del Sol---, a
ese Sol que Bochica, el todopoderoso, había colocado en el cielo para que
alumbrara y calentara.
Una noche los espíritus de la envidia, de la discordia, de la furia y de la
infidelidad resolvieron reunirse. En ese entonces aún no se atrevían a mostrar
la cara de dia, y se preguntaban: «¿Por qué será que los hombres no pelean?
¿Por qué no se matan? ¿Por qué estarán tan contentos? ¡Trabajan todo el día!
¡Bregan con la tierra para sacar de ella su alimento! Le dan gracias a un dios
que nunca han visto. ¿Qué le agradecen, si están cosechando los frutos de su
propio esfuerzo? ¿Por qué bailan y cantan? ¡No hay nada que nosotros
podamos hacer en sus pueblos! ¡Esta paz no puede continuar!» Y después
agregaron:
«Tenemos que hablar con los gigantes de las montañas. Llevan dormidos
mucho tiempo debajo de los Andes, y ya es hora de que se hagan sentir».
Fue así como los espíritus del mal empezaron a cavar debajo de la tierra para
llegar a las cuevas donde los gigantes se encontraban dormidos, hasta que,
después de largas jornadas de trabajo, los encontraron.
Tuvieron que darles varias sacudidas, pero al fin lograron despertarlos. «¡Qué
bueno!», comentaban; «cada vez que los gigantes se mueven, todo tiembla a
su alrededor. Las casas de los hombres se derrumbarán, y éstos ya no
alabarán al gran Bochica. Pronto se darán cuenta de que nosotros somos más
poderosos que ellos».
Pero los gigantes no tenian ganas de moverse. Algunos ya les habían vuelto la
espalda a los espíritus y roncaban de nuevo. «Despierten», les decían éstos,
«a ustedes ya nadie los conoce ni los respeta. Los hombres los han olvidado y
se ríen de ustedes».
«Las palabras no los despertarán», dijo uno de los espíritus del mal. «Hay que
traerles algo muy rico de comer, y así escucharán».
Mientras unos prendían fuego, otros fueron a traer carne y maíz. «¿Qué es
esto?», exclamaron los gigantes, despertándose con el olor de la comida. Y se
sentaron a comer. ¡Cómo tragaban! Lomos enteros de carne y enormes arepas
desaparecían en minutos. Cuando terminaron, recordaron las palabras de los
espíritus, y bramaron: «¡Para trabajar necesitamos algo de beber! Tenemos
sed».
Entonces los espíritus del mal les hicieron llegar olladas llenas de chicha, que
los gigantes bebieron a grandes sorbos.
«¡No les den más!», gritó uno de los espíritus, «pues se volverán a dormir con
tanto trago». Pero no se durmieron. Al poco tiempo, uno de los gigantes
exclamó:
«*Qué quieren que hagamos? Nos han dado de comer y de beber, y queremos
agradecérselo».
«Queremos que nos demuestren su poder», contestaron los espíritus.
«Estamos ansiosos de que los hombres vuelvan a recordarlos. ¡Háganlos
temblar! ¡Abran este cerro del Tolirna sobre el cual estamos parados y dejen
salir el fuego!»
«Aquine, aquine... así será», gritaron los gigantes, levantando las primeras
rocas, y lanzándolas en todas las direcciones. Al instante se abrieron los
canales del fuego. Los chorros de lava comenzaron a ascender hacia el cielo, y
la tierra se estremeció. Los gigantes saltaban de alegría, y los espíritus del mal
no estaban menos contentos. La paz y el sosiego habían terminado para los
hombres, y sobre la Tierra reinaban el desorden y la miseria.
Pero el ruin trabajo de los gigantes no sólo había conmovido a los habitantes
de los valles y de las sabanas cerca del Tolima, sino también a los guardianes
celestiales, que miraban con asombro hacia la Tierra. ¿Qué estaba ocurriendo?
¿Por qué ardía la punta de aquella montaña? ¿Por qué huían los hombres
aterrorizados? ¿Quién estaba causando los terribles temblores que sacudían la
tierra? Mientras los guardianes celestiales se hacían estas preguntas, olvidaron
su tarea principal: cuidar el fuego que mantenía la luz del Sol. Dejaron apagar
las llamas que aclaraban el cielo y la Tierra, aumentando asi el terror que
sentían los hombres.
Los indígenas estaban convencidos de que había llegado el fin del mundo.
Bochica, mientras tanto, mandaba relámpagos y truenos para asustar a los
malhechores, pero, de repente se dio cuenta de que empezaba a oscurecer en
pleno día. El fuego del Sol se estaba apagando. «¿Dónde estarán los
guardianes?», se preguntaba desesperado.
Corno nadie respondía, él mismo corrió a echarle carbón de palo al fuego para
avivarlo, y llamó a los vientos para que volvieran a atizar la brasa. Estaba
furioso y no permitía que nadie se acercara a ayudarle.
Al fin logró que las llamas volvieran a fluminar. El Sol resplandecía de nuevo y
los hombres de la Tierra vieron renacer sus esperanzas.
Después de esta ardua labor, Bochica quedó exhausto. La barba y el pelo se le
habían chamuscado por haberse acercado demasiado a las llamas. La piel le
ardía terriblemente. Iracundo, llamó a los guardianes y les dijo: «Los expulsaré
del cielo por no haber cumplido sus obligaciones. Ahora tendrán la tarea de
vigilar el fuego del Sol desde la Tierra, y espero que esta calamidad no se
vuelva a repetir. Pero para qué no olviden lo que les he mandado a hacer, les
daré un cuerpo de pájaro con una cabeza roja y pelada, así como la tengo yo
después de haber atizado el fuego».
Fue así como Bochica creó a los cóndores, esas aves de majestuosas alas,
que en el momento en que fueron expulsados del cielo empezaron a dar
vueltas debajo de las nubes, cumpliendo así los deseos del dios. Sólo sus
polluelos dan una idea de cuán bellos eran antes de la maldición. Nacen con un
plumaje blanco y sedoso que les cubre todo el cuerpo, y que, temporalmente,
les hace recordar la vestimenta blanca que sus antepasados llevaban cuando
vigilaban el fuego del Sol desde el cielo.
Bochica, después de haber impuesto nuevamente el orden en el cielo y
habiendo contratado a otros guardianes para que cuidaran el fuego del Sol, se
ocupó del desorden que aún reinaba en la Tierra. Había que apagar ese
nefasto fuego que todavía brotaba de las entrañas del volcán del Tolima, así
que empezó a regar ceniza blanca del cielo para extinguirlo.
La ceniza cayó sobre los volcanes del Tolima, el Ruiz y Santa Isabel, formando
sobre ellos una capa blanca que todavía tienen. En las mañanas despejadas a
veces se puede ver.
Cuando los gigantes y los espíritus del mal vieron que el dios mismo se
ocupaba de imponer orden y tranquilidad sobre la Tierra, se volvieron a
esconder, atemorizados, en lo más profundo de las montañas.
Bochica les contó a los hombres cuáles habían sido las razones del desastre, y
ellos volvieron a creer en la bondad de su señor y le pidieron que mantuviera
siempre dormidos a los gigantes y alejadosr de sus tierras a los espíritus del
mal.
Durante muchos siglos Bochica así lo hizo. Sin embargo, parece que en
nuestros tiempos los espíritus del mal nuevamente han comenzado a obrar
tratando de despertar a los gigantes en las profundidades de las montañas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario