sábado, 30 de marzo de 2019

Tradición de la Hermandad de los Negritos

En los últimos tiempos del siglo XIV existían en los reinos de Castilla, Aragón,
Navarra y Portugal, gran número de negros y mulatos, vestigios de los grupos
invasores llegados con los almorávides, y que tras la reconquista del Sur de España,
habían venido a convertirse en esclavos. Unos de los nietos de los que encadenados
rodearon la tienda de Miramamolín en la batalla de las Navas de Tolosa. Otros,
descendientes de los que desde el Senegal, incorporados a las tropas de los
Beni-Merín o Benimerines, habían ensangrentado las comarcas de Al-Andalus
occidental. Otros, que procedían de las familias negras traídas como sirvientes por los
primitivos invasores árabes de las oleadas del 711 y del 740. Otros, en fin, comprados
por los grandes señores andaluces que viajaban en peregrinación a La Meca, en los
mercados del Medio Oriente, niños negritos que se acostumbraban a traer como
recuerdo para ofrecerlos a las damas en calidad de pajes, del mismo modo que
pudiera traerse una media luna de plata batida comprada en el zoco de los bakalitos
en Bagdad, o una piedra negra amuleto para colgar del cuello, reproducción en
miniatura de la santa piedra que los creyentes de Alá veneran en el templo de La
Kaaba.
Sangre de guerreros vencidos o sangre de esclavos sumisos, los negros que
pervivían en España en los finales del siglo XIV componían un censo numeroso, acaso
el diezmo de la población, ya que toda casa, tanto de gente principal como de
artesanos burgueses o labradores, se tenía en menos si no disponía entre su
servidumbre blanca, de algún esclavo negro, testimonio permanente del bienestar y
holgura económica del dueño.
El número de negros esclavos en Sevilla sería probablemente superior al de otras
muchas ciudades, por la proximidad de África que permitía renovar con frecuencia
los esclavos, los cuales se vendían en el mercado público cada vez que arribaba a
nuestro puerto del Guadalquivir alguna galera real que hubiera tenido la fortuna de
apresar en aguas del estrecho de Gibraltar, alguna embarcación berberisca, cuyos
remeros, generalmente negros, pasaban de servir al sultán de Marruecos, a ser
propiedad del capitán de la galera castellana que los apresase.
Estos esclavos tenían una suerte bien miserable. Cuando ya por su edad o su
desgaste no estaban en condiciones de seguir rindiendo trabajo en las faenas
agrícolas, en el acarreo de aguas para usos domésticos, en la construcción de
edificios, o en el simple azacanear con el fardo al hombro tras su amo mercader
recibían generalmente la libertad o manumisión. Libertad bien irrisoria, puesto que
solamente les servía para encontrarse desamparados, pues que su dueño al
otorgársela, quedaba libre de la obligación de mantenerlos. Con esto se encontraban
en las calles, acurrucados en los quicios de las puertas, o sentados en las gradas del
pórtico de cada iglesia, docenas de negros famélicos, viejos, o enfermos o tullidos,
esperando una caridad de pan si alguien se la daba, o que les cerrasen los ojos si allí
les sorprendía la muerte.
Para remediar a esta masa desvalida de las pobres gentes de color, el arzobispo
piadosísimo, caritativo y al mismo tiempo enérgico, don Gonzalo de Mena, decidió
fundar un hospital.
Decimos que piadosísimo por la intención que le animaba de salvar aquellas
almas amenazadas de perderse en la desesperación a que les inclinaba su indigencia.
Decimos que caritativo, por el remedio que se proponía dar a las necesidades y
lacerías de aquellos cuerpos pecadores. Y decimos que enérgico porque don Gonzalo
de Mena fue el prelado que con pulso y brío supo regir la archidiócesis de Sevilla,
atreviéndose a pleitear cuando fue preciso contra los poderosos de la familia de los
Rivera, al imponer la paz y la concordia cuando las rivalidades y las banderías entre
los Ponces y los Guzmanes ensangrentaron Andalucía, como en Verona había
ocurrido entre los Capuletos y los Montescos.

El arzobispo Don Gonzalo de Mena y Roelas, fundador de la Hermandad de los
Negritos.
No fue fácil a don Gonzalo de Mena allegar los medios necesarios para la
fundación de su hospital, pero firme en su propósito caritativo, consiguió al fin hacia
el año 1399 edificarlo, según se cree, al lado del entonces existente convento de San
Agustín. El hospital estuvo puesto bajo distintas advocaciones de la Virgen, como
Nuestra Señora de la Estrella, Nuestra Señora de los Reyes y Virgen de Gracia. Con
el fin de que los negros no acudieran solamente al hospital cuando estaban enfermos
a pedir que les socorriesen, sino que en salud fueran también a recibir enseñanzas de
la doctrina cristiana y a practicar los Sacramentos, instituyó también don Gonzalo de
Mena la fundación de una Hermandad o Cofradía que celebró sus cultos en la capilla
del mismo hospital. Y se dio tan políticas y pastorales trazas el buen prelado para
conseguir su objeto, convenciendo a los amos para que dieran permiso a sus esclavos
para asistir a las misas y actos de Cofradía, y para inculcar en éstos el deseo de
frecuentar la capilla donde se sentían, al menos unas horas sin otro dueño que Dios
Padre, que pudo asegurarse que pertenecían a la Hermandad, todos los negros de la
ciudad de Sevilla.
Esta Hermandad de los Negritos, durante el siglo siguiente comenzó a opular,
pues recibió ricas mandas testamentarias de algunos devotos, siendo la principal
acaso, mil maravedíes que el año 1463 y por testamento otorgado el 21 de enero,
dejaba a la Cofradía don Juan de Guzmán, duque de Medina Sidonia.
El haberse reunido los negros para esta finalidad religiosa implicó, tal vez como
lo previera el prudentísimo don Gonzalo de Mena, una importante mejora en la
condición social en que se encontraban, pues ya ningún amo se atrevía a maltratar a
su esclavo negro injustamente por temor a que la Hermandad, que contaba con el
apoyo de la Iglesia y de algunos principales señores, le pidiese cuentas de su
injusticia.
De este modo, gracias a la existencia de la Cofradía se suavizó notablemente la
aspereza en que hasta entonces habían vivido los pobres esclavos. Ya a finales del
siglo XV obtiene incluso cierta consideración política, puesto que los Reyes Católicos
conceden a la Comunidad negra el derecho de administrar justicia en las rencillas y
disputas que entre ellos se suscitaran, mediante la creación de un «mayoral» o juez de
los negros, que era él mismo negro también. Y este mayoral tenía además el cargo
público de representar a los negros ante las autoridades de la ciudad, de tal suerte, que
podía entablar con fuerza legal, querella contra los dueños que hiciesen mal uso de
sus esclavos.
Uno de estos mayorales fue el famoso Juan de Valladolid, negro que había sido
portero de cámara de la corte de Isabel la Católica, y que erigido en representante de
los negros, ejerció su cargo con tal dignidad, y consiguió de la reina tal apoyo, que
mereció con justicia que se le considerase, se le respetase y aun se le temiese tanto
como a cualquiera de los aristócratas de la Corte llamándosele el conde Negro, y, con
tal sobrenombre ha pasado a la Historia y aún se conserva dicho nombre en una de las
calles de nuestra ciudad.
Ya a mediados del siglo XVI la Hermandad de los Negritos tomó definitivamente
perfil en cuanto a su constitución orgánica, al tomar como advocación de la Virgen
para su patronazgo la de Nuestra Señora de los Ángeles y al ser aprobadas por la
autoridad eclesiástica las reglas de la Hermandad el 17 de junio de 1554. Sin
embargo, aún le faltaba lo principal que era una capilla independiente, tanto más,
cuando que con motivo de la reducción de hospitales, al desaparecer éstos, por
haberse creado el grandioso «Hospital de las Cinco Llagas» (hoy «Hospital Central»),
desapareció el fundado por don Gonzalo de Mena, quedando sin domicilio la
Hermandad. Vino a remediar esta dificultad la donación hecha por don Juan de
Vargas y Sotomayor, donde se construyó la capilla que actualmente se conserva y
sirve como sede a la Hermandad.
En el año 1653 ocurrió el asombroso episodio que ha dado verdadera fama a la
Cofradía de los Negritos. Debatíase entonces intensamente la cuestión teológica del
dogma de la Inmaculada, aún no definido por la Iglesia, pero aceptado como creencia
firmísima por Sevilla, que fue la primera ciudad de España en formular el voto de
defender la Inmaculada Concepción como punto dogmático. Las Hermandades
sevillanas y las corporaciones eclesiásticas y Cabildos, acordaron costear dicho año
cultos solemnes en honor de la Limpia y Pura Concepción de María, y la Hermandad
de los Negritos no quería dejar de hacerlo con tanta devoción como la que más. Sin
embargo había el obstáculo insuperable de la falta de medios económicos, lo que
produjo entre los negros cofrades la mayor aflicción. Siendo como eran gente
menesterosa, no pudieron recaudar entre ellos el dinero necesario y en aquellos
momentos la Hermandad que había realizado gastos para atender a otras necesidades,
no tenía un solo maravedí en caja.
Pero lo que faltaba de caudal suplíalo con creces el acendrado amor a la Virgen
que rebosaba la Hermandad y así ocurrióse a los dos principales cofrades, que se
llamaban Fernando de Molina, Hermano Mayor, y Pedro Francisco Moreno, Alcalde
de la Cofradía, un sorprendente y heroico arbitrio para allegar recursos.
Al día siguiente de haberse celebrado el Cabildo en que se acordó diputar a
ambos para organizar los cultos en honor de la Virgen, el pueblo de Sevilla presenció
estupefacto, cómo aquellos directivos de la Hermandad, que aun siendo negros eran
ciudadanos de condición libre, procuraban venderse como esclavos para con el dinero
que les valiera su libertad, pagar la función solemne que había de celebrarse en la
capilla de la fundación en honor de Nuestra Señora Inmaculada. Se sabe con
precisión el lugar donde ocurrió la venta. Fue en la calle de Manteras, en la acera
izquierda, tal como se va desde la Capillita de San José hacia la Plaza de San
Francisco. Lugar de mucho tránsito, punto de reunión de tratantes de ganado,
corredores de granos, mercaderes y vendedores de fincas, tal como aún hoy lo es ese
sitio. La presencia de los dos negros, decentemente vestidos, pregonando a voces que
voluntariamente se vendían como esclavos, debió causar escalofriante impresión
entre los sevillanos que los escuchaban. Tanto, que conmovidos por aquel
impresionante rasgo de devoción mariana, los espectadores del suceso se apresuraron
a comprar a ambos negros, devolviéndoles luego su libertad, con lo que ambos
pudieron volverse a la capilla de la Hermandad llevando el producto de la venta, con
que se costearon los solemnísimos actos religiosos, que superaron en esplendor a
cuantos hicieron las demás Hermandades de la ciudad aquel año.
Sin embargo, ellos no aceptaron por entero aquella libertad que se les devolvía,
sino que reconociéndose desde entonces como esclavos de la Virgen, dedicaron
totalmente su vida al servicio de la Hermandad, llevando un grillete al cuello en señal
de servidumbre, renunciando a sus nombres y apellidos de ciudadanos libres para
tomar otros más sencillos y propios de esclavos, de la Cruz, viviendo en la
inmediación de la capilla donde moraba su Dueña y Señora, la Virgen de los Ángeles.
En memoria de tal acontecimiento, se erigió en la calle de Manteros una cruz de
piedra que durante dos siglos justos permaneció en el lugar donde los dos cofrades se
vendieron. La cruz desapareció exactamente en 1753, en que se quitó con otras
muchas que adornaban piadosamente calles y plazas de la ciudad.

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