domingo, 31 de marzo de 2019

Maese Pérez el organista

En el convento de Santa Inés, allá por el siglo XVIII hubo un organista llamado
Maese Pérez, hombre tan enamorado de su oficio, que vivía sólo para la música. Tras
la misa de la mañana, permanecía pegado al teclado del órgano hasta mediodía sin
dejar de hacer ejercicios para descubrir en sus registros nuevos sonidos y nuevas
combinaciones de notas. Por las tardes, tan pronto almorzaba, volvía a la iglesia, y se
absorbía en tocar solemnes aires gregorianos o páginas de los viejos maestros
sevillanos como Guerrero y Morales, que en tiempos anteriores habían sido famosos
organistas de nuestra catedral.
Tenía el maestro Pérez una hija, que le acompañaba en sus ratos de trabajo en el
coro de la iglesia, y que solía reñirle cariñosamente a veces:
—Padre, no trabajéis más. Descansad un poco.
—No, hija mía. Tengo que conseguir que el órgano me entregue hasta sus más
recónditos secretos.
—Pero estáis estropeando vuestra salud.
—Está bien, hija; bajaremos a dar un paseo por el jardín. Pero en seguida habré
de volver al trabajo.
A medida que pasaban los años, mientras el viejo maese Pérez se abstraía más y
más en la música, su hija, de estar siempre en la iglesia, se fue abstrayendo más y
más en los rezos. Hasta que un día le dijo a su padre:
—No sé si os disgustaréis por lo que os voy a decir, padre. Desearía meterme a
monja en este convento, y os pido vuestra bendición y vuestra licencia.
—Si ésa es vuestra inclinación, hija mía, no seré yo quien me oponga a tan
piadoso deseo. Además, me place el que si habéis de entrar en religión sea en este
convento, donde os podré oír cada día a través de la reja de la clausura y reconocer
vuestra voz entre las monjas que cantan en el coro.
Entró, pues, la hija de maese Pérez, y tomó el nombre de sor María, en recuerdo
de la fundadora del convento, doña María Coronel.
Y siguieron corriendo los años, y mientras su hija pasaba de novicia a profesa, y
de profesa a vicaria, el organista maese Pérez se fue haciendo cada vez más viejo.
Y ocurrió que nombraron abadesa del convento a sor María. Para el viejo fue ésta
una alegría inmensa, pues viudo hacía algún tiempo, no tenía ya más ilusión que
cuanto se relacionase con su hija. Así que, al saber la noticia de su elección, le dijo:
—Yo os prometo, hija mía, que la primera fiesta que haya en el convento, en la
cual vos hayáis de presidir el coro, será un acontecimiento en Sevilla, porque tocaré
para vos tales músicas como nunca se hayan tocado en nuestra ciudad.
Y al saberse esto en Sevilla, todos los aficionados a la música quedaron
impresionados por las palabras del organista, no hablándose de otra cosa que de
aquella esperada ocasión.
No faltaba quien decía que las palabras de maese Pérez encerraban una jactancia
soberbia. Otros sonreían compasivamente:
—Pobre maese Pérez, está chocheando. Es tan viejo…
Y por fin no faltaban quienes esperaban confiados en la certeza de que el
organista haría buena su promesa y ofrecería tales músicas como nunca se hubieran
tocado en nuestra ciudad.
La primera fiesta solemne que habría en el convento de Santa Inés sería la Misa
del Gallo, puesto que se acercaba ya el mes de diciembre.
Pero a medida que iban pasando los días, maese Pérez mostraba un humor cada
vez más taciturno. Ensayaba hora tras hora en el coro pulsando el órgano, con
tremendos acordes, o sacaba los registros de voces angélicas, y hacía fluir los
aflautados más finos y suaves. Pero siempre interrumpía bruscamente, y se le oía
decir, hablando consigo mismo:
—No, no es esto, no es esto. Lo que yo quería es otra cosa.
A veces, cuando salía del convento para dirigirse a su casa, los vecinos le miraban
sorprendidos, sin sombrero ni bastón, con el pañuelo de cuello desanudado, y
hablando solo por la calle.
—El pobre maese Pérez está ido. Como el pobre es tan viejo…
A mediados de diciembre cayó enfermo. Hacía un frío cruel aquel invierno en
Sevilla, y el aire del Norte silbaba por las callejas en el silencio de las noches. Maese
Pérez, entre la pesadez de la fiebre, se agitaba en el lecho murmurando:
—No, no es esto. Tiene que sonar de otra forma.
Llegó por fin la Nochebuena. Como maese Pérez estaba tan enfermo, fue
necesario buscar otro organista que le supliese. Difícil encontrar en esa fecha un
organista, porque todos los de Sevilla tenían que tocar en las iglesias y conventos, por
ser la fiesta más solemne del año. Así que solamente se pudo contratar a un mal
organista, bizco y borrachín, al que llamaban «El Bisojo». Mala sustitución, cuando
tanta gente entendida en música iba a asistir a la Misa del Gallo en el convento de
Santa Inés.
Al acercarse las doce de la noche, la iglesia estaba “de bote en bote”, como suele
decirse, y los que no sabían la novedad del cambio de organista, a medida que iban
enterándose porque alguien se lo decía a media voz, mostraban su decepción y
sentimiento.
A las doce en punto, las campanadas de la torre anunciaron con el tercer toque el
momento de comenzar la Misa del Gallo. De repente, las conversaciones a media
voz, los murmurillos y susurros, se interrumpieron, haciendo un silencio inesperado.
Por la puerta de la iglesia acababa de entrar, despeinado, tambaleándose, con la barba
crecida y envuelto en la capa, con los ojos brillantes por la fiebre, maese Pérez el
organista. Acababa de levantarse de la cama para acudir a dar la más importante
audición de órgano de su vida.
Subió los escalones con un esfuerzo sobrehumano y ocupó el taburete, ante la
consola del órgano. Sus manos enflaquecidas sacaron los registros, y después las dejó
caer suavemente sobre el teclado, arrancándole un acorde dulcísimo.
Quienes le oyeron cuentan que jamás se había pulsado un órgano con tanta
delicadeza. Maese Pérez iba describiendo, con armonías nunca soñadas, el milagro
del nacimiento del Niño Dios.
Cantaban los ángeles y se abría el cielo en cataratas de celestiales arpas y
trompetas, lloraba la Virgen de alegría infinita, todo ello en compases de una
indecible ternura, con los registros de flautas y de voces angelicales graduados con
rigurosa precisión.
Más tarde, el viento entre los juncos y la nieve derritiéndose en leves gotas sobre
los tejados de Belén; y un lejano eco de bailes y cantos de los aldeanos y de los
pastores.
Y el suave respirar de la mula y el buey, como haciendo moverse tenuamente las
pajas del pesebre.
Todo iba desarrollándose con un puntual sentido evangélico, despertando en el
público que lo escuchaba la impresión de que era el propio evangelista quien tañía en
el órgano la descripción perfectísima de cada versículo y la intención oculta en cada
palabra.
Se iba acercando el momento de alzar. La Misa del Gallo, tal como la iba
interpretando maese Pérez, venía desde el Introito, con el paisaje de Belén, a
culminar con el nacimiento del Niño Dios, en el mismo instante en que culmina el
Santo Sacrificio con la Elevación de la Hostia.
Ya el cántico de los ángeles, antes tan suave y alto, iba haciéndose más fuerte,
más cerca del suelo. Dios iba a nacer ya. El órgano dio un acorde grandioso, inmenso,
que duró unos momento bajo la bóveda de la iglesia. Y después, inesperadamente, se
apagó. Se oyó ahora un ruido brutal, como de algo que se cae y se rompe,
El público miró hacia el coro y vio a maese Pérez, caído de espaldas, volcado el
taburete y con los ojos cerrados. Maese Pérez había muerto.
Doce meses habían transcurrido de este suceso, y aún no se había dejado de
hablar de él. Verdaderamente, maese Pérez había conseguido tocar como nadie lo
hubiera hecho antes. Lástima que sólo pudo interpretar la mitad de la partitura,
porque cuando la misa iba por el momento de alzar, maese Pérez había muerto,
debilitado su corazón por la enfermedad y por el esfuerzo.

El convento de Santa Inés fundado por Doña María Coronel, y donde tambien se
desarrolló la leyenda de Maese Pérez el organista.
En la Nochebuena siguiente, el Bisojo, que se había quedado de organista en
Santa Inés, quiso demostrar que también él era capaz de atraer la admiración del
público. Y se dispuso a tocar aquella partitura que maese Pérez había dejado a medio
tocar.
También trascendió la noticia a Sevilla y no faltaron chuscos y gente de buen
humor que acudieron para ver cómo el Bisojo salía de aquella en que se había metido
y que era con mucho superior a sus fuerzas.
Comenzó la misa, pero contra lo que esperaban todos, el órgano guardó silencio.
El público, sorprendido, miró hacia el coro y presenció algo increíble y grotesco. El
Bisojo tiraba de unos y otros registros, manoteaba aporreando el teclado, pero
ninguna nota salía de los tubos. El órgano se había quedado mudo. No faltó quien
pensaba que el monaguillo que tenía que darle a la palanca del fuelle, estaba haciendo
una pesada burla a el Bisojo, pero fijándose bien, se advertía que el mecanismo de
cuerdas del fuelle se movía con regularidad, como siempre.
El Bisojo pulsaba las teclas en nerviosos acordes, pero no obtenía el menor
resultado. Así siguió batallando un largo rato, mientras abajo, en el altar, la misa iba
avanzando en su desarrollo litúrgico.
Por fin, el sonido de la campanilla anunció que era el momento de alzar. El
organista abandonó su estéril manoteo, y apartándose del órgano se arrodilló junto a
la barandilla del coro, dirigiendo sus miradas al altar mayor, mientras llevaba su
mano derecha para darse golpes de pecho, según la costumbre piadosa.
Pero en el momento en que el sacerdote levantaba la Hostia, el órgano empezó a
sonar solo. Un acorde grandioso, el mismo que el año anterior había marcado el fin
de la vida de maese Pérez el organista. Y tras ese acorde, otro y otros, con acentos de
cánticos celestiales, como debió ser el cántico de los ángeles al proclamar «Gloria a
Dios en las alturas».
El público, que durante el rato de alzar tuvo la vista en el sacerdote, al terminar la
elevación del Cáliz dirigió sus miradas al coro. Y todos vieron con estupor que el
órgano estaba sonando solo, mientras el Bisojo seguía arrodillado junto a la
barandilla, rezando sobrecogido, manifestando todo el miedo que le embargaba por el
extraordinario suceso.
Cuando terminó la misa, en el momento mismo del Ite missa est, el órgano lanzó
un último acorde, que sonó como un suspiro, y quedó callado.
Aseguran que en ese instante se vio ante el órgano una sombra, envuelta en una
capa, con los cabellos despeinados, los ojos brillantes y la barba crecida. Una sombra
de ultratumba que se desvaneció en el aire misteriosamente. La sombra de maese
Pérez el organista, que había vuelto del otro mundo, para terminar su partitura de
Nochebuena en el órgano del convento de Santa Inés.

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