sábado, 31 de marzo de 2018

Porque la calandria sabe cantar más melodías que otros pájaros.

Se cuenta que hace muchos siglos, cuando los pueblos vivían apartados los
unos de los otros y los viejos les enseñaban a los jóvenes a hacer sus propias
armas, que como es de suponer, eran hechas de piedras, huesos, palos, fibras
de árboles y otros elementos que la naturaleza les daba, no existía la calandria.
Quién se imaginaría que este lindo pájaro gris, no más grande que una mano
extendida, con alas adornadas de azul y blanco y cuya voz saluda la mañana
con lindos trinos llenos de alegría, alguna vez fue un indio joven y esbelto, que
esperaba ser reconocido como adulto y guerrero.
Urijamo, que así se llamaba el joven, se preparaba para la gran fiesta en la cual
sería sometido a una prueba y consagrado como guerrero. Había tardado
mucho en terminar sus armas, pues se había entretenido en tocar una pequeña
flauta que él mismo había hecho de un pedazo de caña, y en la cual producía
diferentes y lindas melodías, imitando los cantos de las aves.
Finalmente Urijamo terminó de alistar su arco y sus flechas, y se puso a
practicar con ellos. Se sometería a la prueba porque la bella Oriú no lo quería
esperar más; lo iba a elegir como su pareja en el baile que se celebraría
después de la gran prueba.
Mas primero debía demostrar que sabía usar las armas, y entregarles al jefe y
a la asamblea de los sabios y ancianos del pueblo una gallineta, un pato y una
paloma.
Le quedaba una semana para cazarlos en las selvas del Orinoco. Tenía que ir
solo, pero él sabía prender fuego con un palo y unas piedras y preparar su
comida. Además, estaba seguro de que el Gran Espíritu le ayudaría a pasar la
prueba. Sin embargo, no fue así. Urijamo se presentó, pero la suerte no le fue
favorable y no pudo encontrar ninguno de los animales que debía cazar.
Lleno de furia le gritó al Gran Espíritu: «¿Por qué no quieres ayudarme? ¡Se
van a burlar de mí!» Y sacando una flecha se puso a disparar al cielo, matando
lo primero que veía.
Y así siguió; no recogía lo que cazaba, sólo quería demostrarle al Gran Espíritu
que él sabía usar las armas.
Todas sus flechas dieron en el blanco; los animales ensangrentados iban
cayendo, pero a Urijamo no le importaba cuántos mataba.
Al ver la forma en que Urijamo actuaba, el Gran Espíritu se enojó. ¿Cómo era
posible que se comportara así? ¿Acaso Urijamo no sabía que sólo se permitía
cazar lo que era necesario? ¿Por qué no respetaba las leyes de la naturaleza?
El Gran Espíritu se cansó de ver aquella matanza y dirigió los pasos del joven
hacia el gran pantano donde las aguas y el fango lo aprisionaron, impidiéndole
salir de allí.
Los pájaros, que se habían escondido para que no los matara, volvieron a salir
y lo rodearon. Cada cual cantaba su canción de alegría y se burlaba del
cazador cazado por el fango.
Cuando el Gran Espíritu vio que el joven perdía la vida, tomó su cuerpo y lo
convirtió en pájaro. Le dio los colores de los pájaros que lo rodeaban y le
permitió cantar todas las canciones que había escuchado antes de morir.
Así nació la calandria, pájaro de canto melodioso.
Al amanecer, cuando el baile estaba terminando y el Sol comenzaba a poner
un poco de luz en el cielo, los nuevos guerreros se fueron a descansar. De
pronto oyeron el canto de un pájaro que no habían visto antes, y pensaron que
era su amigo Urijamo, que regresaba tarde tocando su flauta. Pero su sorpresa
fue muy grande: sólo vieron un pajarito que no conocían; así que decidieron
llamarlo Urijamo. Con el tiempo este nombre se perdió y se le dio el de
calandria.

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