sábado, 31 de marzo de 2018

El orfebre de los incas

Un día en que Elías trabajaba el campo con su mujer, le dijo: «Nuestro maizal
es muy pequeño; no produce suficiente para alimentarnos a todos; he resuelto
que nuestros hijos mayores salgan a buscar trabajo. Sólo se quedarán con
nosotros los dos pequeños, y así podrán ayudarnos a trabajar el campo cuando
sean mayores».
La madre se opuso, pero el padre insistió. Así que la madre tejió lindos
ponchos de colores vivos, preparó chicha morada y amasó arepas para que
sus hijos pudieran comer y beber por el camino.
Los tres jóvenes se despidieron de sus padres y tomaron el camino que los lle7
varía a Lima. Habían oído que esta ciudad era muy grande y que en ella el
virrey había ordenado construir hermosas iglesias con torres muy altas y
altares cubiertos de oro y plata.
Los hermanos creían que allí encontrarían trabajo y además se harían muy
ricos.
La primera noche la pasaron en una posada al lado del camino. Al día siguiente
los dos hermanos mayores se despertaron muy temprano y decidieron
continuar solos, dejando atrás a Emiliano, el menor. «Es tan tonto que se deja
engañar fácilmente. No nos servirá para nada y tendremos que alimentarlo»,
dijeron.
Al menor no le sorprendió, cuando despertó, ver que sus hermanos se habían
marchado sin él. Siempre lo habían tratado mal y nunca lo habían llevado a
cazar con ellos. Pero él tampoco se había sentido a gusto en su compañía, y
en el pasado, cuando ellos salían, él solía dirigirse a la herrería del pueblo. Al
principio, sólo observaba al herrero, pero, poco a poco, había ido aprendiendo
a manejar las herramientas, y después el maestro le había encargado la
elaboración de pailas, adornos de plata y joyas que las niñas del pueblo
compraban. Y a Emiliano, el oficio de herrero le había parecido el más hermoso
del mundo, pues con sus manos podía producir cosas útiles y bellas.
Mientras recordaba todo esto, Emiliano salió al camino y tomó la determinación
de preguntarles a los indígenas si podía acompañarlos y ayudarles a llevar
carbón de palo a la gran ciudad; éstos aceptaron su oferta.
Al llegar a la ciudad, Emiliano miraba las calles de piedra, con sus grandes
casas e iglesias, y ante los portones de éstas se quedaba extasiado, sin
atreverse a seguir. Al fin, cobrando valor, se decidió a entrar en las iglesias
para ver los altares, y quedó asombrado al descubrir tanta riqueza y esplendor.
Al día siguiente preguntó por los talleres de los orfebres y recorrió las calles
buscando trabajo, pero todos le contestaron que no tenían nada para él.
¿Quién podía darle trabajo a un muchacho del campo que nadie conocía?
Emiliano comprendía la razón que habían tenido para no emplearlo, así que
tomó el camino de las montañas, alejándose de la ciudad. No entendía muy
bien por qué había elegido aquel camino, en el cual todo estaba desolado, pero
sin saberlo, Emiliano había tomado la ruta de los incas. Era un camino ancho;
las piedras estaban muy bien colocadas, de modo que él podía caminar
cómodamente.
Al atardecer, vio algo que resplandecía delante de sus pies. Era un pedazo de
oro, brillante y blando. Emiliano lo recogió y pensó: «¡Parece que la suerte me
acompaña, a pesar de todo!», y sacando sus herramientas, se puso a trabajar.
En ese momento se le acercó una figura alta, vestida de blanco, que parecía no
tocar el suelo.
Emiliano quiso huir pero el miedo no lo dejó mover. Entonces la figura se le
acercó y le dijo:
«Estás ante uno de los gobernantes del pueblo de los incas. Nosotros hemos
guardado muchos de nuestros tesoros para que los invasores jamás los
encuentren. Necesitamos un orfebre que trabaje los metales y elabore efigies
para alabar al Sol y a los demás dioses. Sé que eres muy honrado y que
podemos confiar en ti. ¿Quieres acompañarme?»
Emiliano se turbó y no supo qué decir, pero siguió a la figura, que lo guió hasta
un precipicio. En frente de ellos se elevaba una montaña muy alta, que de
repente empezó a abrirse. Los dos entraron en una cueva que estaba llena de
oro, plata y piedras preciosas.
Entonces el espíritu del Inca dijo:
«Aquí encontrarás todo lo que necesitas para tu trabajo; también tendrás
comida y vivienda. Cuando hayas terminado, recibirás una recompensa».
Y habiendo dicho estas palabras, desapareció.
Feliz, Emiliano trabajó sin descanso. Por fin podía demostrar que él sabía
trabajar el oro y la plata. Por las noches soñaba con las cosas maravillosas que
haría al día siguiente, y así, poco a poco, fueron amontonándose a su
alrededor las más lindas piezas y las más perfectas imágenes. Sus manos eran
cada día más hábiles y podían elaborar trabajos cada vez más finos.
Un día en que había terminado de trabajar todo el metal, nuevamente apareció
ante él el espíritu del Inca, y le dijo:
«Estamos satisfechos de tu trabajo; en recompensa, te regalo esta figurita de
oro con ojos de esmeralda. Si le frotas los ojos, todos tus deseos serán
cumplidos. Mas no debes contarle a nadie lo que has visto».
De nuevo se encontró el muchacho en el lugar en donde había hallado el
pedacito de oro, pero tenía en las manos la figurita con ojos de esmeralda, que
le demostraba que no había soñado. Frotó los ojos de la figurita y dijo:
«Deseo tener una orfebrería en la capital». Al instante fue trasladado a una
casa grande que tenía un taller con todas las herramientas que necesitaba.
Emiliano se puso a trabajar, y pronto todos venían a admirar su arte y a
comprar las piezas él creaba.
Pero un día tocaron a la puerta de su casa dos mendigos. Emiliano los
reconoció: eran sus hermanos; dejándolos pasar, les dio vestidos y comida y
los invitó a quedarse para que se recuperaran de todas sus desventuras.
Los hermanos se sorprendieron de la buena suerte del joven y, llenos de
curiosidad, le preguntaron cómo se había hecho tan rico. El les contó todo lo
que había pasado, y cómo había logrado lo que tenía.
Los hermanos no entendían por qué Emiliano no se había apoderado del
tesoro de los incas y por qué prefería seguir trabajando.
«Es el mismo tonto de siempre», dijeron. «Nosotros nos disfrazaremos de or
febres y el gran espíritu nos empleará; así podremos apoderarnos de los
tesoros».
Y así lo hicieron. Llevaron herramientas y plata para trabajar, tomaron el
camino que Emiliano les indicó y esperaron... pero no vieron ninguna figura que
volara, ni encontraron el lugar del que les había hablado su hermano.
Regresaron a la casa y siguieron viviendo a expensas de él; le exigían dinero
para gastarlo en la taberna con los amigos.
Como el trabajo del orfebre no era suficiente para el sostenimiento de los tres,
Emiliano tuvo que pedirle a la figurita que le diera más, y, habiéndolo
sorprendido, sus hermanos lo obligaron a revelarles el secreto.
Desde ese día los hermanos sólo pensaron en robarle a Emiliano la pequeña
figura.
Por fin, un día descubrieron el lugar en donde la guardaba, y le dieron unos
polvos para adormecerlo. El hermano mayor tomó la figurita y, frotándole los
ojos, le ordenó que trasladara a Emiliano a la selva más oscura en los límites
del virreinato, para que nunca pudiera regresar.
Cuando los hermanos vieron los poderes que tenía la joya, cada cual quiso ser
su dueño, y fue tal la lucha en que se enredaron, que terminaron matándose el
uno al otro.
La casa quedó desocupada durante algunos años, y, poco a poco los ladrones
se llevaron todo lo que había en ella, incluyendo la figurita de oro, que un día
fue vendida y jamás se supo que alguien volviera a utilizarla por sus poderes.
Después de muchos años llegó a la ciudad un viejecito de pelo gris. Era
Emiliano, que luego de viajar durante mucho tiempo, regresaba a la ciudad de
Lima. Recorrió las calles buscando su casa pero no pudo hallarla. Finalmente,
una ancianita lo reconoció y le contó todo lo que había sucedido.
Dicen que Emiliano regresó a buscar a sus amos, los incas, y cuentan que de
vez en cuando se oye el ruido de metales en las alturas de la cordillera, como
si alguien estuviera trabajando allí.
Lo que sí es cierto es que nadie ha encontrado jamás el tesoro de los incas.

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