sábado, 31 de marzo de 2018

Y nuestro señor hizo crecer la hierba mate

De vez en cuando, a nuestro Señor le gusta venir a la Tierra. No revela su
nombre, pero va de país en país, para ver cómo se comportan los hombres y si
no han olvidado sus mandamientos.
Durante uno de esos viajes, el Señor llegó a nuestras tierras. Los caminos
estaban llenos de polvo y las distancias eran muy grandes; no había árboles y
el Sol calentaba en la llanura desde el amanecer hasta el atardecer.
El Señor estaba cansado, pero no decía nada. Fue San Pedro, su compañero
de viaje, quien exclamó: «Estoy muy cansado y me es imposible caminar más.
Es hora de que descansemos. Ahora entiendo por qué la gente de estos
pueblos siempre va a caballo y no a pie».
Miraron por todos lados, y pronto descubrieron un ranchito al lado del camino.
Allí vivían unos campesinos que, al verlos, los recibieron atentamente. La hija
corrió a sacar agua fresca de la olla de barro que guardaban para beber, pero
al darse cuenta de que los viajeros necesitaban bañarse, tomó dos chorotes y
se dirigió al arroyo para traer más agua.
Al poco rato, el puchero estuvo listo y comieron. Era la comida sencilla con que
se alimentaban los campesinos, pero se la ofrecieron a los peregrinos con
respeto y cariño. El Señor se sentía muy a gusto con esta familia y agradecido
por su gentileza. Una vez terminada la comida, la madre les tendió camas en el
piso sobre hojas de maíz, iguales a las de ellos. Todo estaba limpio y tenía olor
a tierra.
Nuestro Señor se acostó, descansó toda la noche, y se despertó muy contento.
San Pedro estaba esperándolo en la puerta para continuar el viaje, pero el
Señor tardaba: quería expresar su agradecimiento. Recogió una rama que
estaba en el suelo, la sembró delante del ranchito, la bendijo y les dijo a los
campesinos:
«Esta mata retoñará y se cubrirá de hojas verdes. Cosechen las hojas y
déjenlas secar al sol; con ellas podrán preparar una bebida que se llamará
mate, y que los refrescará y les dará ánimo. Tómenla con agrado, y al hacerlo
recuerden al viajero que vino de muy lejos y que estuvo contento en su casa».
Los campesinos hicieron lo que el Señor les dijo, y el bienestar y la suerte los
acompañó toda la vida. Los arbustos se multiplicaron, y en esta forma el
matrimonio pudo compartir el mate con sus vecinos, quienes le daban a cambio
carne y pieles.
Donde se bebía mate la gente estaba contenta y sana y gozaba de la vida.
«Fue un regalo del cielo que nos trajo el Señor», solían decir los campesinos,
cuando después del trabajo hacían circular el recipiente con mate y hablaban
de los tiempos pasados.

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