sábado, 13 de abril de 2019

IRLANDA Y LA RELIGIÓN CELTA

Hemos dicho que solo los irlandeses, entre los pueblos celtas, poseen el interés de
haber traído a la luz de la investigación histórica moderna muchos de los rasgos de
una civilización celta autóctona. Sin embargo, hay una cosa que no trajeron desde el
otro lado del golfo que nos separa del mundo antiguo: su religión.
No se trata simplemente de que la transformaran: la dejaron atrás de tal modo que
se ha perdido todo registro de ella. San Patricio, un celta que cristianizó Irlanda
durante el siglo V, nos ha dejado un relato autobiográfico de su misión, un documento
de enorme interés y el más antiguo registro existente de la cristiandad británica; pero
en él no dice nada de las doctrinas que vino a suplantar. Aprendemos mucho más
sobre las creencias religiosas de los celtas en Julio César, cuyo acercamiento a ellos
fue bien distinto. La copiosa literatura legendaria que adoptó la forma actual en
Irlanda entre los siglos VII y XII, aunque a veces se remonta evidentemente a fuentes
precristianas, no muestra nada parecido a un sistema religioso, o siquiera ético, más
allá de la creencia en la magia y la adhesión a ciertas reglas ceremoniales o
caballerescas. Sabemos que ciertos jefes y bardos opusieron una larga resistencia a la
nueva fe y que esta resistencia se sometió al juicio de las armas en Mag Rath en el
siglo vi, pero de este periodo de lucha y transformación no ha llegado a nosotros el
eco de ninguna controversia intelectual, ningún enfrentamiento de doctrinas, como
los que encontramos, por ejemplo, en los anales de la polémica de Celso con
Orígenes. La literatura de la antigua Irlanda, como veremos, encarnó muchos mitos
antiguos; y conserva las huellas de seres que, alguna vez, debieron haber sido dioses
o potestades elementales; pero ha sido vaciada de sentido religioso y convertido en
belleza e historias de aventuras extraordinarias. Sin embargo, el propio César dice
que los galos no solo tenían un sistema religioso altamente desarrollado, sino que las
Islas británicas constituían el centro de autoridad de este sistema; eran, por así
decirlo, la Roma de la religión celta.
Ahora debemos analizar cómo era esta religión, a manera de preámbulo de los
mitos y cuentos que más o menos remotamente surgieron de ella.
LA RELIGIÓN POPULAR DE LOS CELTAS
Pero primero debemos señalar que la religión celta no era en modo alguno sencilla y
no puede resumirse en lo que llamamos «druidismo». Además de la religión oficial,
había un cuerpo de supersticiones y prácticas populares que provenían de una fuente
mucho más profunda y antigua que el druidismo y que estaba destinado a sobrevivirlo
—de hecho, aún hoy está lejos de haber muerto—.
EL PUEBLO MEGALÍTICO
Las religiones de los pueblos primitivos se centran o se originan fundamentalmente
en ritos y prácticas relacionadas con el enterramiento de los muertos. Los primeros
habitantes de los que tenemos noticia en el territorio celta de Europa occidental son
una raza sin nombre ni historia conocida, pero podemos averiguar mucho de ellos a
través de sus monumentos sepulcrales, que tanto abundan todavía. Fue el llamado
pueblo megalítico[30], los constructores de dólmenes, crómlechs y cámaras
tumularias, de los que tan solo en Francia se cuentan más de tres mil. Desde
Escandinavia hacia el sur pueden encontrarse dólmenes, por toda Europa occidental
hasta el estrecho de Gibraltar y a lo largo de la costa mediterránea de España. Los hay
en algunas islas occidentales del Mediterráneo y se los puede ver en Grecia; en
Micenas, todavía se yergue un antiguo dolmen junto a la magnífica cámara funeraria
de los Atridas. A grosso modo, si trazamos una línea desde la boca del Ródano en
dirección norte hasta el fiordo de Varanger, podría decirse que, salvo unos pocos
ejemplos mediterráneos, todos los dólmenes de Europa se hallan al oeste de esta
línea. Hacia el este no se encuentra ninguno hasta que nos adentramos en Asia. Pero
los dólmenes cruzan el estrecho de Gibraltar y aparecen a lo largo del litoral norte de
África y desde allí hacia el este hay en Arabia, India, e incluso en Japón.
DÓLMENES, CRÓMLECHS Y TÚMULOS
Un dolmen, cabría explicar aquí, es una especie de cámara formada por piedras
erectas sin cortar y generalmente techadas por una sola piedra enorme. Suelen tener
forma de cuña y a menudo presentan huellas de un pórtico o vestíbulo. La intención
primaria de un dolmen era representar una casa o morada para los muertos. Un
crómlech (que suele confundirse con el dolmen en el lenguaje popular) es
propiamente un círculo de piedras erectas, a menudo con un dolmen en el centro.

Dolmen en Proleek, Irlanda (según Borlase)
Se cree que la mayoría, si no todos, de los dólmenes hoy expuestos estaban
cubiertos originalmente por un gran túmulo de tierra o de piedras más pequeñas. A
veces, se forman grandes avenidas o alineamientos de piedras erectas independientes,
que sin duda estaban relacionadas con el culto celebrado en el lugar. Los
monumentos megalíticos posteriores, como Stonehenge, podían ser de piedra pulida,
pero siempre la crudeza de su construcción, la ausencia de esculturas (salvo por los
diseños o símbolos inscritos en la superficie), el propósito evidente de provocar una
impresión de poder mediante la fuerza bruta de los enormes monolitos y ciertos
rasgos secundarios de diseño que describiremos más adelante, todo ello confiere un
curioso aire de familia a estos monumentos megalíticos y lo distingue de las cámaras
funerarias de los griegos primitivos, de los egipcios y de otros pueblos más
desarrollados. Los dólmenes propiamente dichos dieron lugar a los túmulos, o
grandes montículos con cámaras subyacentes, como los de New Grange, que también
consideramos que pertenecieron al pueblo megalítico. Constituyen una evolución
natural del dolmen. Los primitivos constructores de dólmenes se hallaban en la fase
neolítica de su cultura, sus armas eran de piedra pulida. Pero en los túmulos no solo
se encuentran instrumentos de piedra, sino también de bronce, e incluso de hierro —
evidentes importaciones en un principio, pero de manufactura local posteriormente—.

ORIGEN DEL PUEBLO MEGALÍTICO



Túmulo prehistórico de New Grange.
Fotografía de R. Welch, Belfast.
El lenguaje original de este pueblo solo puede ser conjeturado a través de las huellas
que dejaron sus conquistadores, los celtas[31]. Pero un mapa de la distribución de sus
monumentos sugiere irresistiblemente la posibilidad de que sus constructores eran de
origen norteafricano: no estaban al principio acostumbrados a las travesías marítimas
de cierta extensión; emigraron hacia el oeste a lo largo del norte de África; cruzaron
hasta Europa por Gibraltar, donde el Mediterráneo tiene unos pocos kilómetros de
ancho; y desde allí se expandieron por las regiones occidentales de Europa,
incluyendo las Islas británicas, mientras que hacia el este se adentraron en Arabia

hasta Asia. Sin embargo, es preciso recordar que, si bien el pueblo megalítico era
originalmente una raza bien definida, finalmente llegó a representar, no una raza, sino
una cultura. Los restos humanos encontrados en estos sepulcros, con su gran
divergencia en la forma del cráneo, etc., lo demuestra con claridad[32]. Estas y otras
reliquias atestiguan que los constructores de dólmenes eran en general un tipo
humano superior y bien desarrollado, que conocía la agricultura, el pastoreo y en
alguna medida la marinería. Los propios monumentos, que a menudo resultan
imponentes por sus dimensiones y cuya construcción implica una planificación y un
esfuerzo organizado considerables, demuestran fehacientemente la existencia, en este
periodo, de una casta de sacerdotes a cargo de los ritos funerarios y capaz de
controlar a grandes grupos de hombres. Por regla general, no quemaban a sus
muertos, sino que los enterraban; los monumentos más grandes marcaban, sin duda,
los sepulcros de personajes importantes, mientras que la gente común era enterrada
en tumbas de las que hoy no quedan huellas.
LOS CELTAS DE LAS LLANURAS
De Jubainville, en su recuento de la historia primitiva de los celtas, hace referencia a
dos grupos fundamentales: los celtas y el pueblo megalítico. Pero A. Bertrand, en su
muy valiosa obra La religión del Gaulois, distingue dos elementos entre los propios
celtas. Además del pueblo megalítico, los dos grupos de los celtas de las tierras bajas
y los celtas de las montañas. Los celtas de las tierras bajas, según esta perspectiva,
partieron del Danubio y entraron en la Galia probablemente alrededor del 1200 a. C.
Fueron los fundadores de los asentamientos lacustres en Suiza, en el valle del
Danubio y en Irlanda. Conocían el uso de los metales y trabajaban el oro, el estaño, el
bronce y hacia el fin de su periodo, el hierro. A diferencia del pueblo megalítico,
hablaban una lengua céltica[33], aunque Bertrand parece dudar de su genuina afinidad
racial con los auténticos celtas. Acaso se trataba de un pueblo celtizado y no
verdaderamente celta. No eran belicosos; un tranquilo pueblo de pastores, labriegos y
artesanos. No enterraban a sus muertos, sino que los quemaban. En uno de sus
grandes asentamientos, en Golasecca, en la Galia cisalpina, se encontraron seis mil
enterramientos. En cada caso el cadáver había sido quemado; ninguno había sido
enterrado sin quemar.
Este pueblo entró en la Galia (según Bertrand), en su mayor parte, no como
conquistadores, sino por infiltración gradual, ocupando espacios vacantes que iban
encontrando a lo largo de valles y llanuras. Llegaron hasta los pasos de los Alpes y su
punto de partida fue la región del Alto Danubio que Heródoto dice que «nace entre
los celtas». Se mezclaron pacíficamente con el pueblo megalítico, con quienes se
asentaron y no desarrollaron ninguna institución política avanzada que solo la guerra
llega a fomentar, pero probablemente contribuyeron poderosamente al desarrollo del
sistema de la religión druídica y a la poesía bárdica.
LOS CELTAS DE LAS MONTAÑAS
Finalmente, tenemos un tercer grupo, el verdadero grupo céltico, que siguió de cerca
los pasos del segundo. Fue a comienzos del siglo VI a. C. cuando hizo su aparición en
la orilla izquierda del Rin. Bertrand llama céltico al segundo grupo, mientras que a
estos los denomina galáticos y los identifica con los gálatas de los griegos y con los
galos y belgas de los romanos.
El segundo grupo, como hemos dicho, eran los celtas de las llanuras. El tercero
eran los celtas de las montañas. Su primer asentamiento conocido fue en las
cordilleras de los Balcanes y los Cárpatos. Su organización era una aristocracia
militar —impuesta sobre las poblaciones sojuzgadas, de las que vivían mediante el
tributo o el saqueo—. Estos fueron los celtas guerreros de la historia antigua —los
saqueadores de Roma y Delfos, los mercenarios que lucharon a sueldo y por amor a
la guerra en las filas cartaginesas y después romanas—. Despreciaban la agricultura y
la industria, sus mujeres araban la tierra y bajo su dominio la población común quedó
reducida casi a la servidumbre: «plebs poene servorum habetur loco», nos dice César.
Tan solo Irlanda escapó en alguna medida a la opresión de esta aristocracia militar y a
la estricta división en clases creada por ella; sin embargo, un reflejo del estado de
cosas en la Galia, incluso allí encontramos tribus libres y cautivas y exigencias
opresivas y deshonrosas por parte del orden gobernante.
Pero si bien esta raza gobernante tenía algunos de los vicios de la fuerza indómita,
también tenía muchas cualidades nobles y humanas. Poseían un valor a toda prueba,
un fantástico sentido de la caballerosidad, una aguda sensibilidad para la poesía, la
música y el pensamiento especulativo. Posidonio encontró en ellos un florecimiento
de la institución bárdica alrededor del 100 a. C.; y cerca de doscientos años antes,
Hecateo de Abdera describe la elaborada liturgia musical celebrada por los celtas en
una isla del oeste —probablemente Gran Bretaña— en honor de su dios Apolo (Lug)
[34]. Arios entre los arios, tenían las condiciones para llegar a ser un país grande y
progresista; pero el sistema druídico fue su perdición —no a causa de su filosofía o su
ciencia, sino por su organización político-eclesiástica— y su adhesión a él constituyó
su debilidad mortal.
La cultura de estos celtas de las montañas difería notablemente de la cultura de
los celtas de las tierras bajas. Su edad era la edad del hierro, no del bronce; no
quemaban a sus muertos (lo cual consideraban un deshonor), sino que los enterraban.
Los territorios que ocuparon por la fuerza fueron Suiza, Borgoña, el Palatinado y
el norte de Francia, partes de Gran Bretaña hacia el oeste, e Iliria y Galacia hacia el
este, pero grupos más pequeños se adentraron profundamente por todo el territorio
céltico y obtuvieron una posición dominante dondequiera que fueron.
Había tres pueblos, según César, habitando en la Galia al inicio de su conquista:
«Difieren entre sí por su idioma, sus costumbres y sus leyes». Los denominó belgas,
celtas y aquitanos, respectivamente. Ubica grosso modo a los belgas en el norte y el
este, a los celtas en el medio y a los aquitanos en el oeste y el sur. Los belgas eran los
gálatas de Bertrand, los celtas eran los celtas y los aquitanos eran el pueblo
megalítico. Los tres habían caído, naturalmente, más o menos bajo la influencia
céltica y las diferencias de lenguaje percibidas por César no necesariamente serían
grandes; aún así resulta notable y muy acorde con las opiniones de Bertrand, que
Estrabón habla de los aquitanos como visiblemente distintos del resto de los
habitantes y parecidos a los iberos. El idioma de los demás pueblos galos, añade
expresamente Estrabón, son simples dialectos de la misma lengua.
[30] Del griego megas, grande y lithos, piedra. <<
Alineamientos de Kermaris, Carnac.
Arthur G. Bell.

LA RELIGIÓN DE LA MAGIA
Esta triple división se refleja más o menos en todos los países celtas y es preciso
tenerla presente cuando hablemos de ideas celtas y religión celta, e intentemos
evaluar la contribución de los pueblos celtas a la cultura europea. La literatura mítica
y el arte de los celtas probablemente se originaron en el segmento representado por
los celtas de las tierras bajas de Bertrand. Pero esta literatura de canciones y sagas fue
producida por una clase bárdica para el disfrute y la educación de una aristocracia
altiva, caballerosa y aguerrida, de modo que estaba inevitablemente moldeada por las
ideas de esta aristocracia. Pero también estaba matizada por la profunda influencia de
las creencias y prácticas religiosas del pueblo megalítico —creencias que solo ahora
se están desvaneciendo lentamente a la luz de la ciencia—. Estas creencias pueden
resumirse en una sola palabra: magia. Ahora deberemos examinar brevemente el
carácter de esta religión de la magia, pues fue un elemento poderoso en la materia de
los mitos y leyendas que abordaremos después. Y, como comentara el profesor Bury
en su Conferencia Inaugural en Cambridge, en 1903:
Para llevar adelante la más ardua de las investigaciones, la del
problema étnico, el papel jugado por la raza en el desarrollo de
los pueblos y los efectos de las mezclas raciales, es necesario
recordar que el mundo celta constituye una de las principales
puertas de acceso al misterioso mundo preario, del que bien puede
decirse que nosotros, los europeos modernos, hemos heredado mucho
más de lo que imaginamos.
No se conoce la raíz última de la palabra magia, pero esta deriva
aproximadamente de los magos, o sacerdotes de Caldea y Media en épocas prearias y
presemíticas, quienes fueron los grandes exponentes de este sistema de pensamiento,
tan extrañamente mezclado con superstición, filosofía y observación científica. La
concepción fundamental de la magia es la de la vitalidad espiritual de la naturaleza.
Esta vitalidad espiritual no era concebida, como en el politeísmo, como
personalidades divinas bien definidas, independientes de la naturaleza. Esta era algo
implícito e inmanente en ella; algo oscuro, indefinido, investido de un pavoroso
poder cuyos límites y características estaban envueltos en un misterio impenetrable.
Como muchos datos parecen demostrar, en su remoto origen estuvo asociada
indudablemente con el culto a los muertos, pues la muerte se veía como la
reincorporación a la naturaleza, la investidura con poderes vagos e incontrolables de
una fuerza espiritual anteriormente encarnada en límites concretos y manejables y por
tanto menos pavorosos, de una personalidad humana viviente. Sin embargo, estos
poderes no eran del todo incontrolables. El deseo de control y la noción de los medios

para lograrlo, probablemente se originaron a partir de los primeros rudimentos del
arte de la curación. Una de las primeras necesidades del hombre fue contar con
alguna forma de medicina. Y el poder de ciertas sustancias naturales, minerales o
vegetales, para producir efectos corporales o mentales a menudo sumamente
alarmantes, pudo haber sido tomado naturalmente como evidencia de lo que cabría
llamar la concepción «mágica» del universo[35]. Los primeros magos fueron aquellos
que alcanzaron un conocimiento especial de las hierbas curativas o venenosas; pero la
atribución de algún tipo de «virtud» a todo objeto y fenómeno natural daría pie con el
tiempo a una especie de ciencia mágica, hija en parte de la verdadera investigación,
de la imaginación poética y de las artimañas de los sacerdotes, que sería codificada en
rituales y fórmulas, vinculada con lugares y objetos especiales y representada por
símbolos. Todo este asunto ha sido tratado por Plinio en un pasaje extraordinario que
merece ser citado in extenso.
PLINIO HABLA ACERCA DE LA RELIGIÓN DE LA MAGIA
La magia es una de las pocas cosas que es importante explicar
con cierto detalle, aunque solo sea porque, siendo la más engañosa
de las artes, en todas partes y en todas las épocas se ha visto
poderosamente acreditada. No debiera sorprendernos que haya
alcanzado tan vasta influencia, pues ha reunido en sí las tres
artes que han ejercido un influjo supremo sobre el espíritu de un
hombre. Partiendo en sus inicios de la medicina —un hecho que
nadie puede dudar— y bajo la guisa de la preocupación por nuestra
salud, se ha deslizado dentro de la mente y adoptado la forma de
otra medicina, más sagrada y más profunda. En segundo lugar,
haciendo las más seductoras y halagadoras promesas, se ha apoyado
en el motivo de la religión, el asunto sobre el cual la humanidad,
incluso hoy en día, se halla aún en las mayores tinieblas. Además,
ha recurrido al arte de la astrología; y todo hombre está ansioso
por conocer el futuro y convencido de que este conocimiento puede
extraerse con total certidumbre de los cielos. Así pues, sujetando
las mentes de los hombres con esta triple cadena, ha extendido su
influjo sobre muchas naciones y el rey de reyes la obedece en
Oriente.
En Oriente fue inventada, a no dudarlo —en Persia, por Zoroastro
—[36]. Todas las autoridades coinciden en esto. Pero ¿no habrá
habido más de un Zoroastro? […] Yo he notado que en la Antigüedad
y de hecho casi siempre, uno tropieza con hombres que buscan en
esta ciencia el clímax de la gloria literaria —por lo menos
Pitágoras, Empédocles, Demócrito y Platón cruzaron los mares, como
exiliados, en verdad, más que como viajeros, para ser instruidos
en ella—. Al regresar a su tierra natal, ostentaron los
pretendidos poderes de la magia y perpetuaron su doctrina secreta
[…]. En las culturas latinas hay tempranas huellas de la magia,
por ejemplo, en nuestras Leyes de las Doce Tablas[37] y en otros
monumentos, como he dicho en un libro anterior. De hecho, no fue
sino hasta el año 657 después de la fundación de Roma, bajo el
consulado de Cornelio Léntulo Craso, que los sacrificios humanos
fueron prohibidos por un senatus consultum; un dato que demuestra
que hasta esa fecha se realizaban estos horribles sacrificios. La
magia ha cautivado a los galos, incluso hasta nuestros días, pues
fue el emperador Tiberio quien suprimió a los druidas y a toda la
caterva de profetas y curanderos. Mas ¿de qué sirve lanzar
prohibiciones contra un arte que ha atravesado el océano y
penetrado hasta los confines de la naturaleza? (Historia Natural,
XXX).
Plinio añade que la primera persona que él puede certificar que escribió sobre este
tema fue Ostanes, quien acompañó a Jerjes en su guerra contra los griegos y quien
propagó los «gérmenes de su monstruoso arte» dondequiera que estuvo en Europa.
La magia, según creía Plinio, no era autóctona de Grecia ni de Italia, pero se
arraigó especialmente en Gran Bretaña y era practicada allí con rituales tan
elaborados que dice Plinio que casi parecería que ellos la enseñaron a los persas y no
los persas a ellos.
HUELLAS DE LA MAGIA EN LOS MONUMENTOS
MEGALÍTICOS
Las imponentes reliquias que el pueblo megalítico nos ha dejado de su culto están
llenas de vestigios de su religión. Tomemos, por ejemplo, el extraordinario túmulo de
Mané-er-H’oeck en Bretaña. Este monumento fue investigado en 1864 por René
Galles, quien refiere haberlo hallado absolutamente virgen —la superficie de la tierra
intacta y tal como los constructores lo dejaron[38]—. A la entrada de la cámara
rectangular había una estela tallada y en ella grabado un misterioso signo, tal vez el
tótem de algún jefe. Al entrar en la cámara se veía de inmediato un hermoso
pendiente de jaspe verde más o menos del tamaño de un huevo. Sobre el suelo, en el
centro de la cámara, había un arreglo sumamente singular, consistente en un anillo
grande de jadita, de forma ligeramente oval, con una magnífica cabeza de hacha,
también de jadita, con la punta descansando sobre el anillo. El hacha es un conocido
símbolo de poder o divinidad, y es frecuente encontrarla en las rocas talladas de la
Edad de Bronce, así como en los jeroglíficos egipcios, las tallas minoicas, etc. A poca
distancia de estos yacían dos grandes pendientes de jade, luego una cabeza de hacha
en jade blanco[39], otro pendiente de jaspe. Todos estos objetos estaban dispuestos
con una evidente intención compositiva, formando una línea recta que coincidía
exactamente con una de las diagonales de la cámara, que iba de noroeste a sureste. En
una de las esquinas de la cámara se encontraron ciento una cabezas de hacha de jade,
jadita y fibrolita. No había ni rastro de huesos o cenizas, ninguna urna funeraria; la
estructura era un cenotafio. Bertrand se pregunta: «¿No estamos aquí en presencia de
una ceremonia relacionada con las prácticas de la magia?».
QUIROMANCIA EN GAVRINIS


Piedras de Bretaña esculpidas con huellas, hachas, huellas dactilares, etc.
(Sergi)

Albert Maitre, inspector del Musée des Antiquités Nationales, hizo una observación
muy curiosa en relación con el gran monumento sepulcral de Gavrinis. Allí se
encontraron —como es común en otros monumentos megalíticos de Irlanda y Escocia
— varias piedras talladas con un diseño singular y característico de líneas onduladas
y concéntricas. Ahora bien, si se examinan bajo una lente las curiosas líneas trazadas
sobre la mano humana en la base y la punta de los dedos, se verá que guardan una
semejanza exacta con los diseños de la talla megalítica. Unos parecen casi el molde
de los otros. Estas líneas sobre la mano humana son tan distintas y peculiares que,
como es sabido, se han adoptado como método de identificación de delincuentes.
¿Puede esta semejanza ser fruto del azar? Jamás se ha encontrado nada parecido a
estos peculiares conjuntos de líneas salvo en estos monumentos. ¿No tendremos aquí
una referencia a la quiromancia —un arte mágico muy practicado en la Antigüedad e
incluso en épocas modernas—? La mano como símbolo de poder era un emblema
mágico bien conocido y ha permeado grandemente incluso el simbolismo cristiano —
véase, por ejemplo, la gran mano tallada en la parte inferior de uno de los brazos de la
Cruz de Muiredach en Monasterboice—.
PIEDRAS HORADADAS
Otro rasgo singular y aún no explicado que aparece en muchos de estos monumentos,
desde Europa occidental hasta la India, es la presencia de un pequeño agujero
horadado en una de las piedras que conforman la cámara. ¿Se trataba de una abertura
para el espíritu de los muertos, o del canal a través del cual debían llegar al sacerdote
o mago las revelaciones del mundo de los espíritus? Las piedras horadadas, que no
forman parte de un dolmen, están, por supuesto, entre las reliquias más comunes del
culto antiguo y continúan siendo veneradas y utilizadas en prácticas relacionadas con
la fecundación, etc. Aquí debemos interpretar indudablemente el emblema como un
símbolo del sexo.
EL CULTO DE LAS PIEDRAS
Además de los cuerpos celestes, encontramos que ríos, árboles, montañas y piedras
eran objetos de veneración de este pueblo primitivo. El culto de las piedras era
particularmente común y no resulta tan fácil de explicar como la adoración orientada
a objetos que poseen movimiento y vitalidad. Una posible explicación de la
veneración asociada a las masas grandes y aisladas de piedra sin cortar podría ser el
parecido con los dólmenes y crómlechs artificiales[40]. Ninguna superstición ha
durado tanto. En el año 452 vemos al Sínodo de Arles denunciando a aquellos que
«veneran a los árboles y los pozos y las piedras» y esta denuncia será repetida por
Carlomagno y por numerosos sínodos y concilios hasta épocas recientes. Sin
embargo, un dibujo realizado in situ por Arthur Bell evidencia que dicho acto de
adoración sigue en plena vigencia en Bretaña y muestra los símbolos y la
organización sacerdotal de la cristiandad puestos al servicio de este paganismo
inmemorial. Según Bell, el clero participa de muy mala gana en estas demostraciones,
pero la fuerza de la opinión local los compele a hacerlo. Los pozos sagrados, cuyas
aguas supuestamente curan enfermedades, siguen siendo muy comunes en Irlanda y
el culto de las aguas de Lourdes, pese a su adopción por parte de la Iglesia, puede ser
citado como un caso notable de este fenómeno en el continente.
Ejemplo de culto moderno a las piedras en Locronan, Bretaña
(Arthur G. Bell)
MARCAS DE COPAS Y ANILLOS

Marcas en copas y anillos (Escocia)

(Según Sir J. Simpson)

Otro emblema singular, sobre cuyo significado aún no se ha arrojado ninguna luz,
aparece a menudo relacionado con monumentos megalíticos. En la superficie de la
piedra se abren agujeros en forma de copa, a menudo rodeados de anillos
concéntricos y desde la copa parten líneas radiales hasta un punto exterior a la
circunferencia de los anillos. Ocasionalmente estas líneas unen un sistema de copas,
pero con mayor frecuencia terminan un poco por fuera del más amplio de los anillos.
Estas extrañas marcas se encuentran en Gran Bretaña e Irlanda, en Bretaña y en
varios lugares de la India, donde se los llama mahadéos[41]. También he encontrado
algo que parece un curioso ejemplo de esto en Monumentos de Nueva España, de
Dupaix. Aparece reproducido en Kingsborough, Antigüedades de México, vol. IV.
Sobre el círculo superior de un cilindro de piedra, conocido como la «Piedra
Triunfal», hay excavada una copa central, con nueve círculos concéntricos en torno a
ella y un ducto o canal que atraviesa desde la copa, cortando todos los círculos, hasta
el borde. Los diseños están aquí ricamente decorados y bien dibujados, pero se
asemejan mucho a la típica marca de copa y anillos europea. Es imposible dudar de
que estas marcas significan algo y que, donde quiera que estén, significan lo mismo,
pero qué significaban sigue siendo un enigma para los investigadores. Podría
aventurarse que son diagramas o planos de un sepulcro megalítico. La oquedad
central representa propiamente el sitio del enterramiento. Los círculos son las piedras
erectas, los fosos y terraplenes que a menudo los rodean; y la línea o ducto trazado
desde el centro hacia afuera representa el acceso subterráneo al sepulcro. La evidente
intención de «avenida» del ducto se pone de relieve en las variantes presentadas por
Simpson. Como el sepulcro era también un lugar sagrado o santuario, resulta natural
su representación en otras tallas de carácter sacro; parecería un modo simbólico de
indicar que se trataba de un terreno sagrado. Soy incapaz de determinar hasta qué
punto esta conjetura puede aplicarse al ejemplo mexicano.

Variedades de marcas en copas y anillos

EL TÚMULO DE NEW GRANGE

Uno de los monumentos megalíticos europeos más importantes y más ricamente
tallados es el gran túmulo de New Grange, en la margen norte del Boyne, en Irlanda.
Este túmulo y los que se alzan en sus inmediaciones, cumplen en la antigua literatura
mítica irlandesa dos funciones diferentes, cuya unión resulta significativa. Por una
parte se considera que son las moradas de los sidhe (se pronuncia shi), el pueblo
feérico, que representa probablemente a las deidades de los antiguos irlandeses, y
tradicionalmente son también las tumbas de los grandes reyes celtas de la Irlanda
pagana. La historia del funeral del rey Cormac, quien supuestamente había oído
hablar de la fe cristiana mucho antes de que san Patricio la predicara en Irlanda y
quien ordenó que no lo enterraran en el cementerio real junto al Boyne, debido a sus
asociaciones paganas, apunta a que dicho lugar era la sede de un culto pagano que
involucraba algo más que el enterramiento de personajes de la realeza en sus predios.
Desafortunadamente estos monumentos no están intactos; fueron abiertos y
saqueados por los daneses en el siglo IX[42], pero quedan suficientes evidencias para
demostrar que eran sepulcros en su origen y que estaban vinculados también con el
culto de una religión primitiva. El más importante de ellos, el túmulo de New Grange,
ha sido completamente explorado y descrito por George Coffey, conservador de la
colección de Antigüedades celtas del National Museum de Dublín[43]. Por fuera
parece un gran montículo, o loma, actualmente cubierta de maleza. Mide cerca de
ochenta metros de diámetro y unos catorce metros de altura. Alrededor se extiende un
amplio círculo de piedras erectas; al parecer eran originalmente treinta y cinco.
Dentro de este círculo hay un foso y un terraplén; y sobre el terraplén hay una cuneta
circular con grandes piedras de dos a tres metros de alto colocadas en su borde,
delimitando lo que ha demostrado ser un enorme montículo de piedras sueltas,
actualmente cubierto, como hemos dicho, de hierbas y arbustos. Es en el interior de
este montículo donde radica el interés del monumento. Hacia finales del siglo XVIII
unos trabajadores, mientras extraían de esta loma materiales para una carretera,
encontraron un pasaje que conducía al interior y que estaba marcado en la piedra
limítrofe que hay debajo, ricamente tallada con espirales y rombos. Esta entrada mira
directamente al sureste. El pasaje está formado por losas verticales de piedra sin
cortar y techado con otras similares y su altura varía entre un metro y medio y poco
más de dos metros; tiene casi un metro de ancho y se adentra unos veinte metros
hacia el corazón del montículo. Desemboca en una cámara cruciforme, de seis metros
de altura, cuyo techo, una especie de bóveda, está formado por grandes piedras planas
que se van solapando hacia adentro hasta casi unirse en el punto más alto. En cada
una de las tres estancias de la cámara cruciforme se alza un gran cuenco de piedra, o

tosco sarcófago, pero no quedan huellas de ningún enterramiento.

Entrada al túmulo de New Grange.
Fotografía de R. Welch, Belfast
TALLAS SIMBÓLICAS EN NEW GRANGE
Las piedras están en bruto y sin pulir y fueron seleccionadas para su propósito del
lecho del río y otros lugares cercanos. Sobre sus superficies planas, obtenidas
desprendiendo las losas de sus canteras originales, se observan marcas que
constituyen el interés exclusivo de este extraño monumento. Excepto la piedra grande
con tallas en espiral y la que está a la entrada del montículo, estas tallas no parecen
tener una intención decorativa, salvo en un sentido muy tosco y primitivo.

No hay ningún intento de cubrir una superficie dada con un sistema ornamental
apropiado a su tamaño y forma. Los diseños están, por así decirlo, garabateados en
las paredes de cualquier manera y en cualquier lugar[44]. En ellos se destaca la espiral.
Algunas de estas tallas se asemejan extraordinariamente a las supuestas marcas
dactilares de las piedras de Gavrinis. También se ven espirales triples y dobles y
rombos y zigzags. En la estancia oeste hay una talla singular que parece representar
una hoja de palmera o de helecho. El dibujo de este objeto es naturalista y resulta
difícil interpretarlo, como tiende a hacer Coffey, como una muestra del llamado
«diseño en espiga[45]». Un diseño similar de hoja de palmera, pero con la nervadura
dispuesta en ángulo recto respecto al eje central, se encuentra en el túmulo vecino de
Dowth, en Loughcrew y en combinación con un emblema solar, la esvástica, sobre un
pequeño altar en los Pirineos, descubierto por Bertrand.
EL SÍMBOLO DEL BARCO EN NEW GRANGE
Tallada en la esancia oeste de New Grange hay otra figura extraordinaria e inusual, al
menos en Irlanda. Ha sido interpretada por diversos críticos como una marca de
albañil, una inscripción fenicia, un conjunto de numerales y finalmente por Coffey
(con indudable acierto) como una tosca representación de un barco con hombres a
bordo y una vela desplegada. Justo encima puede verse un pequeño círculo que
forma, obviamente, parte del dibujo. Otro ejemplo se encuentra en Dowth.
Barco solar (¿con vela?)
en New Grange,
Irlanda
Barco solar en Loc mariaker, Bretaña
(según Ferguson)
La importancia de esta marca, como veremos, pudiera ser muy grande. Se ha
descubierto que, en ciertas piedras del túmulo de Locmariaker, en Bretaña[46], hay
algunas figuras muy similares, una de las cuales presenta en el círculo la misma
posición relativa que en New Grange. El hacha, un jeroglífico egipcio para denotar
divinidad y un conocido emblema mágico, también aparece representada en esta
piedra.

Barco solar en Hallanda, Suecia
(según Montelius)

Barco solar (¿con vela?), en Ryxö
(según du Chaillu)
Una vez más, en un folleto de Oscar Montelius sobre las tallas en piedra de
Suecia[47] encontramos una reproducción (que aparece también en Viking Age de Du
Chaillu) de una tosca talla que muestra a un grupo de barcos con hombres a bordo y
el círculo con una cruz inscrita —un inequívoco emblema solar— justo encima de
ellos. Me parece sumamente improbable que estos barcos fuesen dibujados tan
frecuentemente en conjunción con el disco solar tan solo por diversión o con un fin
puramente decorativo. Al igual que en el ejemplo irlandés, suelen estar representados
tan someramente que resultan meros símbolos que nadie podría identificar como
barcos si otras representaciones más elaboradas no aportasen una pista. En los
tiempos del pueblo megalítico un monumento sepulcral, el centro mismo de las ideas
religiosas, difícilmente estaría cubierto de garabatos ociosos y sin sentido. Como bien
ha dicho J. Simpson: «El hombre siempre ha juntado lo sagrado y lo sepulcral».
Tampoco estos garabatos, en la mayoría de los casos, muestran el menor atisbo de

intención decorativa. Pero si su intención era simbólica, ¿qué simbolizan?

Talla de madera (¿con emblema solar?),
en Scania, Suecia
(según du Chaillu)


EL SÍMBOLO DEL BARCO EN EGIPTO
Ahora bien, este símbolo del barco, con o sin la representación concreta del emblema
solar, es muy antiguo y muy común en el arte sepulcral de Egipto. Está relacionado
con el culto de Ra, que se originó cuatro mil años antes de Cristo. Su significado en la
simbología egipcia es bien conocido. Este barco era llamado la Nave del Sol. Era la
embarcación en la que el dios Sol realizaba sus viajes; en particular, el viaje que
emprendía por las noches hasta las playas del Otro Mundo, llevando en su barca las
almas de los muertos beatificados. El dios Sol, Ra, es representado a veces por un
disco, a veces por otros emblemas, cerniéndose sobre una embarcación o dentro de
ella. Cualquiera que observe los sarcófagos pintados o tallados del British Museum
hallará un sinfín de ejemplos. Encontrará representaciones de los rayos vivificadores
de Ra cayendo sobre el barco y sus ocupantes. Ahora bien, en una de las tallas de
barco suecas en Backa, Bohuslän, aportada por Montelius, se muestra una nave
atestada de figuras bajo un disco con tres rayos descendentes y otra nave con un sol
de dos rayos sobre ella. Cabría añadir que en el túmulo de Dowth, cercano al de New
Grange, que tiene el mismo carácter y pertenece al mismo periodo, abundan las
figuras con rayos y los círculos con una cruz inscrita, como en Loughcrew y en otros
lugares de Irlanda y en Dowth se ha identificado otra figura de barco.


Barca solar egipcia, XXII Dinastía
(British Museum)
En Egipto las representaciones del barco solar contienen únicamente el emblema
solar, o la figura de un dios y su séquito de deidades, o una multitud de pasajeros que
simbolizan las almas humanas o la figura de un único cadáver llevado en andas.
También las tallas megalíticas unas veces muestran el emblema solar y otras no; los
barcos pueden estar llenos de figuras o vacíos. Cuando un símbolo ha sido aceptado y
comprendido, cualquier representación convencional o sintética resulta suficiente.
Asumo que la forma completa del símbolo megalítico es un barco con figuras y con
el emblema solar encima.

Barca solar egipcia, con el dios Khnemu junto a deidades secundarias
(British Museum)
Estas figuras, suponiendo que la interpretación del dibujo sea correcta, deben ser
tomadas claramente por representaciones de los muertos en su viaje al Más Allá. No
puede tratarse de deidades, pues las representaciones de potestades divinas bajo un
aspecto humano eran desconocidas para el pueblo megalítico, incluso después de la
llegada de los celtas —aparecen por primera vez en la Galia bajo la influencia
romana—. Pero si estas figuras representan a los muertos, entonces estamos
evidentemente ante el origen de la llamada doctrina «celta» de la inmortalidad. Las
tallas en cuestión son precélticas. Se las encuentra en sitios donde ningún celta
penetró jamás. Sin embargo, apuntan a la existencia de la doctrina del Más Allá que,
desde la época de César, se ha asociado con el druidismo celta, una doctrina a todas
luces egipcia.

Barca solar egipcia, con la figura de Ra
portando un Ankh
dentro de un disco solar. XIX Dinastía
(British Museum)

LAS «NAVETAS»
En relación con este tema quisiera llamar la atención sobre la teoría de W. C. Borlase
de que el dibujo característico de un dolmen irlandés pretendía ser la representación
de un barco. En Menorca hay estructuras análogas, popularmente llamadas «navetas»
(naves) por su notable semejanza. Pero, añade Borlase, «mucho antes de conocer las

cuevas y las navetas de Menorca ya me había formado la opinión, que tantas veces he
expresado, de que la “forma de cuña” que tan universalmente se observa en las
plantas de los dólmenes se debía a la concepción original de un barco. Sabemos que
se han desenterrado auténticos barcos de los túmulos sepulcrales de Escandinavia en
varias ocasiones. En los cementerios de la Edad de Hierro, en el mismo país, así
como en las costas más meridionales del Báltico, el barco era una forma reconocida
de encierro sepulcral[48]». Si la opinión de Borlase es correcta, tenemos aquí una muy
sólida confirmación de la intención simbólica que yo atribuyo a las tallas de barcos
solares del pueblo megalítico.

EL SÍMBOLO DEL BARCO EN BABILONIA
Cabría señalar que el símbolo del barco se remonta aproximadamente al 4000 a. C. en
Babilonia, donde cada deidad tenía su propia embarcación especial (la del dios Sin
era llamada Barco de Luz) y su efigie era llevada en procesión sobre una litera con
forma de barco. Jastrow[49] considera que esto tuvo su origen en una época en que las
ciudades sagradas de Babilonia estaban situadas en el golfo pérsico y las procesiones
religiosas a menudo se realizaban por el agua.

EL SÍMBOLO DE LOS PIES


El símbolo de los dos pies
Pero hay motivos para pensar que algunos de estos símbolos eran más antiguos que
cualquier mitología conocida y que fueron, por así decirlo, mitologizados de forma
diferente por los distintos pueblos, que los obtuvieron de una fuente ahora
desconocida. Un ejemplo extraordinario es el del símbolo de los dos pies. En Egipto
los pies de Osiris eran una de las partes en que su cuerpo fue cortado, en el famoso
mito. Eran un símbolo de posesión o de visitación. «He venido a la tierra —dice el
Libro de los muertos (cap. XVII)—, y he tomado posesión con mis dos pies, soy
Tmu». Ahora este símbolo de los pies o huella está muy extendido. Se lo encuentra
en la India, como la huella del pie de Buda[50], se halla tallado en los dólmenes de
Bretaña[51] y figura en las tallas en Escandinavia[52]. En Irlanda se le llama las huellas
de san Patricio o de santa Columba. Lo más extraño es que se encuentra
inconfundiblemente en México[53]. Tyler, en su Cultura primitiva (ii, p. 197) se
refiere a «la ceremonia azteca del Segundo Festival del dios Sol, Tezcatlipoca,
cuando esparcían harina de maíz ante su santuario y el sumo sacerdote vigilaba hasta
contemplar las huellas divinas y entonces gritaba anunciando: “Nuestro Gran Dios ha
llegado”».

EL ANJ EN LAS TALLAS MEGALÍTICAS
Hay pruebas contundentes de la conexión del pueblo megalítico con el norte de
África. Así pues, como señala Sergi, en los dólmenes europeos pueden verse muchos
signos (probablemente numéricos) que Flinders Petrie ha encontrado en tabletas de
marfil en el cementerio de Naqada. Varios jeroglíficos egipcios posteriores,
incluyendo el famoso anj, o crux ansata, el símbolo de la vitalidad o la resurrección,
se hallan también en las tallas megalíticas[54]. Partiendo de estas correspondencias
Letourneau sacó la conclusión «de que los constructores de nuestros monumentos
megalíticos vinieron del Sur y estaban relacionados con las razas del norte de
África[55]».
El Ankh o Anj
EVIDENCIAS EN EL LENGUAJE
Abordando el tema desde un ángulo lingüístico, Rhys y Brynmor Jones consideran
que hay sólidos indicios de que la población primitiva de Gran Bretaña e Irlanda tuvo
un origen africano —al menos aproximadamente—. Se ha observado que las lenguas
célticas conservan en su sintaxis el hamítico y especialmente su variante egipcia[56].
LAS NOCIONES EGIPCIAS Y «CÉLTICAS» DE LA
INMORTALIDAD
Los datos conocidos no justifican, en mi opinión, la elaboración de ninguna teoría
que relacione históricamente a los constructores de dólmenes de Europa occidental
con el pueblo que creó la maravillosa religión y civilización del antiguo Egipto. Pero
cuando analizamos en conjunto las distintas evidencias que convergen en esta
dirección parece evidente que en verdad existió esta relación. Egipto fue la tierra
clásica del simbolismo religioso. Aportó a Europa el más hermoso y popular de todos
sus símbolos religiosos: la madre y el niño divinos[57]. Creo que también aportó a los
primitivos habitantes de Europa occidental el profundo símbolo de los espíritus
viajeros guiados hacia el mundo de los muertos por el dios de la luz.
La religión de Egipto, más que la de cualquier otro pueblo que conozcamos cuyas
ideas se han desarrollado en tiempos tan remotos, se centraba en la doctrina de una
vida futura. Las tumbas grandiosas y formidables, el complicado ritual, la imponente
mitología, la inmensa exaltación de la casta sacerdotal, estos rasgos de la cultura
egipcia estaban íntimamente relacionados con su doctrina de la inmortalidad del
alma.
Para los egipcios el alma desencarnada no era una forma sombría e inmaterial,
como creyeron las civilizaciones clásicas —la vida futura era una prolongación de la
vida presente; el hombre justo, habiéndose ganado su lugar en ella, se encontraba con
sus parientes, amigos, compañeros de trabajo, con tareas y placeres muy semejantes a
los de la tierra. La condena de los malvados era la aniquilación: morir a manos de un
monstruo invisible llamado el Devorador de los Muertos.
Ahora bien, cuando los clásicos comenzaron a interesarse por las ideas de los
celtas, lo que más los impresionó fue la creencia céltica en la inmortalidad, que los
galos decían que era «trasmitida por los druidas». Las culturas clásicas creían en la
inmortalidad, ¡pero qué retrato nos ofrece Homero —la Biblia de los griegos— de las
criaturas perdidas, degradadas, deshumanizadas que representaban a las almas de los
difuntos! Tomemos, por ejemplo, la descripción de los espíritus de los pretendientes
muertos por Ulises mientras son conducidos por Hermes al Inframundo:
Y Hermes el Cilenio llamó a las almas de los pretendientes […]
con el caduceo las tocó y las puso en movimiento y ellas lo
siguieron, chirriando. Como los murciélagos que en las oscuras y
misteriosas profundidades de una caverna revolotean estridentes
cuando uno de ellos se desprende del racimo en que cuelgan, todos
juntos, adheridos a la roca; así partieron todas, chillando y
Hermes el Benéfico las conducía hacia la oscuridad de abajo, por
húmedos y pútridos senderos[58]”.
Los escritores clásicos percibieron acertadamente que la idea céltica de la
inmortalidad era algo completamente distinto. Era más elevada y a la vez más
realista; involucraba la persistencia del hombre viviente como era en el presente, en
todas sus relaciones humanas. Observaron con sorpresa que un celta podía prestar
dinero a cambio de una nota en que se prometía su reembolso en el otro mundo[59].
Esta es una concepción absolutamente egipcia. Y Diodoro, al escribir sobre la noción
céltica de la inmortalidad, hace la misma analogía —no se parecía a nada que él
conociera salvo a Egipto—[60].

LA DOCTRINA DE LA TRANSMIGRACIÓN
Muchos escritores antiguos afirman que la noción céltica de la inmortalidad
encarnaba la concepción oriental de la transmigración de las almas y para explicarlo
inventaron la hipótesis de que los celtas habían aprendido esta doctrina de Pitágoras,
quien fue su mejor representante en la Antigüedad clásica. César, por ejemplo, dice:
«El punto principal de la enseñanza [de los druidas] es que el alma no perece y que
pasa de un cuerpo a otro después de la muerte». Y Diodoro: «Entre ellos prevalece la
doctrina de Pitágoras, según la cual las almas de los hombres son inmortales y tras un
plazo fijado vuelven a la vida, adoptando un nuevo cuerpo». Ahora bien, en las
leyendas irlandesas aparecen huellas de esta doctrina. Así pues, se dice que el jefe
irlandés, Mongan, un personaje histórico cuya muerte aparece registrada
aproximadamente en el año 625, hizo una apuesta sobre el sitio donde estaba
enterrado un rey llamado Fothad, muerto en batalla contra el héroe mítico Finn Mac
Cumhal en el siglo III. Mongan gana la apuesta convocando en su ayuda a un
revenant del otro mundo, Keelta, que este había matado a Fothad y que describe
acertadamente dónde se hallaba la tumba y qué contenía. Keelta comienza su relato
diciendo a Mongan: «Estábamos contigo» y luego, volviéndose a los hombres
reunidos, continúa: «Estábamos con Finn, viniendo desde Alba […]». «Calla —dice
Mongan—, no está bien que reveles un secreto». El secreto es, naturalmente, que
Mongan era una reencarnación de Finn[61]. Pero las evidencias demuestran que en
general los celtas no se regían por esta doctrina del mismo modo en que lo hacían
Pitágoras y los orientales. La transmigración no era, para ellos, constitutiva del orden
de las cosas. Era algo que podía suceder, pero que no sucedía; los muertos vestían su
nuevo cuerpo en el otro mundo, no en este y por lo que nos dicen las fuentes
autorizadas de la Antigüedad, esta forma de vida futura no parece vinculada a
ninguna idea de retribución moral. Mas que un artículo de fe, era una idea que
excitaba la imaginación y que, como indica la cautela de Mongan, no debía ser
sacada a la luz.
Independientemente de su origen, lo cierto es que la creencia en la inmortalidad
era la base del druidismo celta[62]. César lo asevera con claridad y declara que esta
doctrina era fomentada por los druidas para alentar el coraje más que por razones
puramente religiosas. Una intensa fe en el Más Allá, como la que tenían los celas,
resulta en verdad una de las herramientas más poderosas en manos de un clero que
custodia las llaves del otro mundo. Ahora bien, el druidismo existió en las Islas
británicas, en la Galia y, de hecho, donde hubiera una raza celta en una población de
constructores de dólmenes. Había celtas en la Galia Cisalpina, pero allí no había
dólmenes y tampoco había druidas[63]. Resulta evidente que, cuando los celtas
llegaron a Europa occidental, se encontraron un pueblo con un clero poderoso, una
liturgia, e imponentes monumentos religiosos; un pueblo inmerso en la magia, el
misticismo y el culto del inframundo. Según mi interpretación, de aquí se puede
inferir que los anteriores pobladores de Europa occidental, el pueblo megalítico,
impusieron a los celtas el druidismo en sus rasgos esenciales —recuérdese la
naturaleza imaginativa y sensible del celta y su «extraordinaria capacidad» para
incorporar ideas— y que dicha doctrina guarda determinada relación histórica, que no
soy capaz de exponer en mayor detalle, con la cultura religiosa del antiguo Egipto.
Este tema continúa siendo oscuro y tal vez lo sea para siempre; pero, si algo de
verdad hay en estos indicios, entonces el pueblo megalítico habrá emergido un poco
de la atmósfera de misterio sobrenatural que lo ha rodeado y se habrá demostrado que
jugaron un papel muy importante en el desarrollo religioso de Europa occidental y en
la preparación de esa parte del mundo para la rápida extensión del cristianismo.
Bertrand, en su muy interesante capítulo sobre «L’Irlande Celtique[64]», señala que
poco después de la conversión de Irlanda al cristianismo, encontramos el país
cubierto de monasterios, cuya perfecta organización parece indicar que se trataba de
colegios druídicos transformados en masse. César nos ha contado cómo eran estos
colegios en la Galia. Eran muy numerosos. A pesar de la severidad de los estudios y
de la disciplina, multitud de personas acudían a ellos atraídos por el poder y las
inmunidades civiles de que gozaban los miembros de la orden druídica de cualquier
grado. Allí estudiaban las artes y las ciencias y se memorizaban miles de versos que
atesoraban las enseñanzas del druidismo. Todo ello se asemeja mucho a lo que
conocemos del druidismo irlandés. A una organización como esta no le sería difícil
dar paso al cristianismo que se estableció en Irlanda. La creencia en los rituales
mágicos sobreviviría —la cristiandad primitiva irlandesa, como demuestra
claramente su copiosa hagiografía, estaba tan permeada de nociones mágicas como el
paganismo druídico—. La creencia en la inmortalidad seguiría siendo, lo mismo que
antes, la doctrina cardinal de su religión. Y permanecería incólume la supremacía del
orden sacerdotal sobre el poder temporal; seguiría siendo cierto lo que dijera de los
druidas Dion Crisóstomo: «Son ellos quienes mandan y los reyes en tronos de oro,
que moran en espléndidos palacios, no son más que sus ministros y los sirvientes de
su pensamiento[65]».

CÉSAR HABLA DE LA CULTURA DRUÓDICA

César habla con gran respeto de la cultura religiosa, filosófica y científica dirigida por
los druidas. «Otras muchas cosas disputan y enseñan a la juventud —escribe César—,
acerca de los astros y su movimiento, de la grandeza del mundo y de la tierra, de la
naturaleza de las cosas, del poder y soberanía de los dioses inmortales» (libro VI, 14).
Mucho daríamos por conocer algunos pormenores de la enseñanza aquí descrita. Pero
los druidas, aunque bien versados en las letras, prohibían estrictamente la
consignación de sus doctrinas por escrito; una precaución extremadamente sagaz,
pues de este modo no solo rodeaban sus enseñanzas de esa atmósfera de misterio que
tan potente influjo ejerce sobre la mente humana, sino que garantizaban que pudiesen
ser eficazmente contradichas.

SACRIFICIOS HUMANOS EN LA GALIA
Sin embargo, en extraña discordancia con las nobles palabras de César se alza la
abominable práctica de los sacrificios humanos, de cuya prevalencia entre los celtas
fue testigo. Prisioneros y criminales, y si no los había víctimas inocentes,
probablemente niños, eran encerrados en enormes jaulas de mimbre y quemados
vivos para ganar el favor de los dioses. La práctica de los sacrificios humanos no era,
por supuesto, especialmente druídica —se la encuentra en todas partes en el Viejo y
el Nuevo Mundo en cierto estadio de la cultura, e indudablemente constituyó un
vestigio de los tiempos del pueblo megalítico—. El hecho de que perdurase en tierras
célticas después de alcanzar un alto grado de civilización y cultura religiosa, puede
compararse con México y Cartago y atribuirse en ambos casos al dominio
descontrolado de una casta sacerdotal.


Sacrificios humanos en la Galia
SACRIFICIOS HUMANOS EN IRLANDA
Bertrand se empeña en desvincular a los druidas de estas prácticas, de las cuales dice
extrañamente que «no hay huella alguna» en Irlanda, aunque allí, como en todo el
mundo celta, el druidismo era todopoderoso. Sin embargo, no es posible dudar de que
también en Irlanda prevalecieran los sacrificios humanos. En un tratado muy antiguo,
el Dinnsenchus, preservado en el Libro de Leinster, se afirma que en Mag Slaught,
«la Llanura de la Adoración», se erguía un gran ídolo de oro, Crom Crúach (la
Medialuna Sangrienta). Los gaélicos solían sacrificarle niños cuando oraban por el
buen tiempo y la fertilidad —«leche y grano le pedían a cambio de sus hijos —¡cuán
grande era su horror y su lamentación!—»[66].
Y EN EGIPTO
En Egipto, donde el carácter nacional era marcadamente apacible, hedonista y poco
dado a la exaltación fanática, no encontramos registro alguno de estos crueles ritos en
las inscripciones y pinturas de sus monumentos, pese a la abundante información que
de ellos tenemos acerca de todos los aspectos de la vida nacional y de la religión[67].
De hecho, Manetón, el historiador egipcio que escribió en el siglo III a. C., nos dice
que Amosis I abolió los sacrificios humanos. Pero el absoluto silencio de los demás
documentos nos demuestra que, incluso si hemos de creer a Manetón, esta práctica en
épocas históricas debió haber sido muy rara y haber sido vista con repugnancia.

LOS NOMBRES DE LAS DEIDADES CELTAS
¿Cuáles eran los nombres y los atributos de las deidades celtas? Aquí nos
encontramos verdaderamente a oscuras. El pueblo megalítico no imaginó a sus
deidades bajo ninguna forma personal concreta. Para ellos piedras, ríos, pozos,
árboles y demás objetos naturales, eran los símbolos adecuados, o mitad símbolos,
mitad encarnaciones, de las fuerzas naturales que ellos veneraban. Pero la mente
imaginativa del celta ario no se contentaba con esto. La existencia de dioses
personales con títulos y atributos específicos nos ha sido relatada por César, quien los
equipara a las diversas figuras del panteón romano —Mercurio, Apolo, Marte y
demás. Lucano menciona una tríada de deidades: Esus, Tutatis y Taranis[68]; y hay
que destacar que, al parecer, con estos nombres estamos en presencia de una
verdadera tradición celta, esto es, aria. Belloguet deriva Esus de la raíz aria as, que
significa «ser», que proporcionó el nombre Asura-masda (l’Esprit Sage) a los persas,
Esun para los umbros, Asa (ser divino) para los escandinavos. Tutatis proviene de
una raíz celta que significa «valiente», «aguerrido» y designa a una deidad
equivalente a Marte. Taranis (¿Thor?), según De Jubainville, es un dios del trueno
(taran es el vocablo para «trueno» en galés, córnico y bretón). En la Galia y Gran
Bretaña han aparecido inscripciones votivas de estos dioses. Otras inscripciones y
esculturas dan fe de la existencia en la Galia de un sinfín de pequeños dioses locales,
que hoy son para nosotros meros nombres, o ni siquiera nombres. La forma en que
han llegado a nosotros estas nociones presenta claras huellas del influjo romano. Las
esculturas son copias toscas del estilo romano del arte religioso. Pero entre ellas
encontramos figuras de aspecto mucho más fantástico y extraño: dioses con triples
rostros, dioses de frente astada, serpientes con cabeza de carnero y otros símbolos de
la antigua fe, actualmente ininteligibles. Muy notable resulta la frecuente aparición de
la postura «búdica» de las piernas cruzadas, tan común en el arte religioso del Oriente
y de México, y la tendencia, tan conocida en Egipto, de agrupar a los dioses en
tríadas.


CÉSAR HABLA DE LAS DEIDADES CELTAS
César, quien intenta encuadrar la religión gala en la estructura de la mitología romana
—que fue exactamente lo que los galos hicieron después de la conquista—, dice que
tenían a Mercurio por el dios principal y lo consideraban el inventor de todas las
artes, la deidad tutelar del comercio, el guardián de los caminos y el guía de los
viajeros. Pudiéramos conjeturar que era, tanto para los galos como para los romanos,
el guía de los muertos, de los viajeros al Más Allá. Aún se conservan muchas estatuas
de bronce de Mercurio, de origen galo y muchos topónimos atestiguan que los galos
adoptaron su nombre[69]. Apolo era el dios de la medicina y la curación, Minerva la
iniciadora de las artes y los oficios, Júpiter gobernaba el cielo y Marte presidía la
guerra. Aquí César, indudablemente, está clasificando en cinco tipos y con nombres
romanos a una gran número de divinidades galas.

EL DIOS DEL INFRAMUNDO
Según César, una deidad muy prominente entre los galos era Dis (en la nomenclatura
romana), o Plutón, el dios del inframundo habitado por los muertos. Supuestamente
de él descendían todos los galos y por esa razón, dice César, ellos iniciaban la cuenta
de las veinticuatro horas del día al caer la noche[70]. El nombre de esta deidad no se
menciona. D’Arbois de Jubainville considera que, junto con Esus, Tutatis, Taranis y,
en la mitología irlandesa, Balor y los fomoireos, este dios representa los poderes de la
oscuridad, la muerte y el mal, e interpreta así la mitología celta como una variante del
mito solar universal, que encarna la concepción del conflicto eterno entre el día y la
noche.


EL DIOS DE LA LUZ
El dios de la luz aparece en la Galia y en Irlanda como Lug, o Lugus, y ha dejado sus
huellas en muchos topónimos tales como Lug-dunum (Leyden), Lyons, etc. Lug
aparece en las leyendas irlandesas con atributos nítidamente solares. Cuando se
encuentra con su ejército antes del gran conflicto con los fomoireos, sus hombres
sienten, dice la saga, como si contemplasen la salida del sol. Sin embargo, como
veremos, también es un dios del inframundo y pertenece por el linaje de su madre
Ethlinn, hija de Balor, a las potestades de las tinieblas.
LA CONCEPCIÓN CÉLTICA DE LA MUERTE
Es un hecho que la concepción céltica del reino de la muerte difería totalmente de la
que tenían los griegos y los romanos y se asemejaba, como ya he señalado, a la de la
religión egipcia. El Más Allá no era un sitio de oscuridad y sufrimientos, sino de luz
y liberación. El sol era un dios tanto de este mundo como del otro. El mal, el dolor y
la oscuridad existían, y sin duda los celtas irlandeses encarnaron estos principios en
sus mitos de Balor y los fomoireos, de quienes pronto hablaremos; pero que
estuvieran especialmente asociados a la idea de la muerte es, en mi criterio, una
suposición falsa basada en una analogía engañosa con las ideas de las culturas
clásicas. En este punto los celtas se regían más por concepciones norteafricanas o
asiáticas que por las de los arios de Europa. Solo si comprendemos que los celtas, tal
como figuran en la historia desde la disolución del imperio céltico centroeuropeo en
adelante, constituyeron una singular mezcla de características arias y no arias,
podremos llegar a entender cabalmente su contribución a la historia y su influencia en
la cultura europea.

LOS CINCO FACTORES DE LA ANTIGUA
CULTURA CÉLTICA
Resumiendo las conclusiones señaladas, pienso que podemos distinguir cinco
factores bien diferenciados en la cultura religiosa e intelectual de las tierras célticas
antes del advenimiento de las influencias clásicas o cristianas. En primer lugar,
tenemos un cúmulo de supersticiones populares y de prácticas mágicas, que incluían
los sacrificios humanos. Estas variaban más o menos de un sitio a otro, centrándose
principalmente en rasgos locales que eran considerados encarnaciones o vehículos de
un poder divino o diabólico. En segundo lugar, existía ciertamente un credo reflexivo
y filosófico, cuyo objeto de culto fundamental era el sol, como emblema del poder y
la constancia divinos y cuya doctrina central era la inmortalidad del alma. En tercer
lugar, se rendía culto a deidades personificadas, Esus, Tutatis, Lug y otras,
concebidas como representaciones de fuerzas naturales, o como guardianes de las
leyes sociales. En cuarto lugar, los romanos quedaron profundamente impresionados
con el hecho de que existiera entre los druidas un cuerpo de enseñanzas de carácter
cuasi científico sobre los fenómenos naturales y la constitución del universo, cuyos
detalles, por desgracia, desconocemos casi por completo. Y finalmente, tenemos que
destacar la prevalencia de una organización sacerdotal, que administraba todo el
sistema de la enseñanza y la literatura religiosa y secular[71]; dicha organización
confinó cautamente este conocimiento a una casta privilegiada y en virtud de su
supremacía intelectual y de la atmósfera de temor religioso de que supo rodearse, se
convirtió en el poder soberano, social, político y religioso, en todas las tierras
célticas. He mencionado estos factores como elementos independientes y de hecho
podemos distinguirlos a nivel conceptual, pero en la práctica estaban
inextricablemente entrelazados y la organización druídica lo permeaba y ordenaba
todo. Cabría preguntarse, ¿podemos actualmente distinguir lo que es de origen céltico
y lo que es de origen precéltico y probablemente no ario? Esta es una tarea más
difícil; pero considerando todas las analogías y probabilidades, creo que no
estaríamos muy errados al asignar al pueblo megalítico las doctrinas especiales, los
rituales y la organización sacerdotal del druidismo y al elemento celta las deidades
personificadas, junto con el gusto por el conocimiento y la especulación; mientras
que las supersticiones populares eran simplemente la forma local adoptada por
concepciones tan extendidas como la propia raza humana.

viernes, 5 de abril de 2019

Textos sobre el mito de El dorado

Origen del mito de El Dorado, en versión de Fernández de Oviedo

PREGUNTANDO yo por qué causa llaman aquel príncipe el cacique o rey Dorado,
dicen los españoles que en Quito han estado, e aquí a Sancto Domingo han
venido (e al presente hay en esta cibdad más de diez de ellos), que lo que de esto se
ha entendido de los indios, es que aquel grand señor o príncipe continuamente anda
cubierto de oro molido e tan menudo como sal molida; porque le paresce a él que
traer otro cualquier atavío, es menos hermoso, e que ponerse piezas o armas de oro
labradas de martillo o estampadas o por otra manera, es grosería e cosa común, e que
otros señores e príncipes ricos le traen cuando quiere; pero que polvorizarse con oro
es cosa peregrina, inusitada e nueva e más costosa, pues que lo que se pone un día por
la mañana, se lo quita e lava en la noche, e se echa e pierde por tierra; e esto hace
todos los días del mundo. E es hábito que andando como anda de tal forma vestido o
cubierto, no le da estorbo ni empacho, ni se encubre ni ofende la linda proporción de
su persona e dispusión natural, de que él mucho se prescia, sin se poner encima otro
vestido ni ropa alguna. Yo querría más la escobilla de la cámara de este príncipe, que
no la de las fundiciones grandes que de oro ha habido en el Perú o que puede haber
en ninguna parte del mundo. Así que, este cacique o rey dicen los indios que es muy
riquísimo e grand señor, e con cierta goma o licor que huele muy bien, se unta cada
mañana, e sobre aquella unción asienta o se pega el oro molido o tan menudo como
conviene para lo que es dicho, e queda toda su persona cubierta de oro desde la planta
del pie hasta la cabeza, e tan resplandeciente como suele quedar una pieza de oro
labrada de mano de un grand artífice. Y creo yo que si ese cacique aqueso usa, que
debe tener muy ricas minas de semejante calidad de oro, porque yo he visto harto en
la Tierra Firme, que los españoles llamamos volador, y tan menudo, que con facilidad
se podría hacer lo que es dicho.
(FERNÁNDEZ DE OVIEDO, GONZALO, «Historia General y Natural de las
Indias». Biblioteca de Autores Españoles, t. 121. Atlas. Madrid, 1959).

La ceremonia del cacique de Guatavita
VOLVÍ a él y he corrido mucha parte de ellas, y entre los muchos amigos que tuve
fue uno don Juan, cacique y señor de Guatavita, sobrino de aquel que hallaron
los conquistadores en la silla al tiempo que conquistaron este Reino; el cual sucedió
luego a su tío y me contó estas antigüedades y las siguientes.
Díjome que al tiempo que los españoles entraron por Vélez al descubrimiento de
este Reino y su conquista, él estaba en el ayuno para la sucesión del señorío de su tío;
porque entre ellos heredaban los sobrinos, hijos de hermana, y se guarda esta
costumbre hasta hoy día; y que cuando entró en este ayuno ya él conocía mujer; el
cual ayuno y ceremonia era como se sigue.


Era costumbre entre los naturales que el que había de ser sucesor y heredero del
señorío o cacicazgo de su tío, a quien
heredaban, había de ayunar seis años,
metido en una cueva que tenían dedicada y
señalada para esto, y que todo este tiempo
no había de tener parte con mujer, ni comer
sal, ni ají, ni otras cosas que les vedaban; y
entre ellas, que durante el ayuno habían de
ver el sol; sólo de noche tenían licencia
para salir de la cueva y ver la luna y
estrellas y recogerse antes que el sol los
viese; y cumplido este ayuno y ceremonias,
le metían en posesión del cacicazgo y
señorío, y la primera jornada que había de
hacer era ir a la gran laguna de Guatavita a
ofrecer y sacrificar al demonio que tenían
por su dios y señor. La ceremonia que en
esto había era que en aquella laguna se
hiciese una gran balsa de juncos,
aderezábanla y adornábanla todo lo más
vistoso que podían; metían en ella cuatro
braseros encendidos en que desde luego quemaban mucho moque, que es el
zahumerio de estos naturales, y trementina con otros diversos perfumes, y estaba a
este trance toda la laguna en redondo, con ser muy grande y hondable, de tal manera
que puede navegar en ella un navío de alto bordo, la cual estaba toda coronada de
infinidad de indios e indias, con mucha plumería, chagualos y coronas de oro, con
infinitos fuegos a la redonda, que luego que en la balsa comenzaba el zahumerio, lo
encendían en tierra, de tal manera que el humo impedía la luz del día.
A este tiempo desnudaban al heredero en carnes vivas y lo untaban con una tierra
pegajosa y espolvoriaban con oro en polvo y molido, de tal manera que iba cubierto
todo de este metal. Metíanlo en la balsa, en la cual iba parado, y a los pies le ponían
un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a su dios. Entraban con él en
la balsa cuatro caciques, los más principales, sus sujetos, muy aderezados de
plumería, coronas de oro, braceles y chagualas y orejeras de oro, también desnudos, y
cada cual llevaba su ofrecimiento. En partiendo la balsa de tierra, comenzaban los
instrumentos, cometas y fotutos y otros y con esto una gran vocería que atronaban
montes y valles, y duraba hasta que la balsa llegaba al medio de la laguna, de donde
con una bandera se hacía señal para el silencio; hacía el indio dorado su ofrecimiento
echando todo el oro, que llevaba a los pies, en medio de la laguna, y los demás
caciques que le acompañaban hacían lo propio, lo cual acabado abatían la bandera,
que en todo el tiempo que gastaban en el ofrecimiento la tenían levantada, y partiendo
la balsa a tierra comenzaba la grita, gaitas y fotutos, con muy largos corros de bailes
y danzas a su modo; con la cual ceremonia recibían al nuevo electo y quedaba
reconocido por señor y príncipe.
Sebastián de Benalcázar
De esta ceremonia se tomó aquel nombre tan celebrado de El Dorado, que tántas
vidas y haciendas ha costado. En el Perú fue donde sonó primero este nombre
Dorado; y fue el caso que habiendo ganado a Quito don Sebastián de Benalcázar, y
andando en aquellas conquistas, topó con un indio de este Reino de los de Bogotá, el
cual le dijo que cuando querían en su tierra hacer su rey, lo llevaban a una laguna, y
allí lo doraban todo, o le cubrían todo y con muchas fiestas lo hacían rey. De aquí
vino a decir el don Sebastián: «vamos a buscar este indio dorado». De aquí corrió la
voz a Castilla y las demás partes de Indias, y a Benalcázar le movió a venirlo a
buscar, como vino, y se halló en esta conquista y fundación de esta ciudad, como más
largo lo cuenta el padre fray Pedro Simón en la cuarta parte de sus Noticias
Historiales, donde se podrá ver; y con esto vamos a las guerras civiles de este Reino,
que había entre los naturales, y de donde se originaron, lo cual diré con la brevedad
posible, porque me dan voces los conquistadores de él, en ver que los dejé en las
lomas de Vélez, guiados por el indio que llevaba los dos panes de sal, a donde podrán
descansar un poco mientras cuento la guerra que hubo entre Guatavita y Bogotá, que
pasó como se verá en el siguiente.
(RODRÍGUEZ FREILE, JUAN, «Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino
de Granada». Col. Crónicas de América, n.º 18. Edición de Jaime Delgado. Editorial
Historia 16. Madrid, 1986, págs. 66-67.)


Origen del mito de El Dorado, según el cronista Castellanos
Después que con aquella gente vino
Añasco, Benalcázar inquiría
Un indio forastero peregrino
Que en la ciudad de Quito residía,
Y de Bogotá dijo ser vecino,
Allí venido no sé por qué vía;
El cual habló con él, y certifica
Ser tierra de esmeraldas y oro rica.
Y entre las cosas que les encamina
Dijo de cierto rey, que, sin vestido,
En balsas iba por una piscina
A hacer oblación según él vido,
Ungido todo bien de trementina,
Y encima cuantidad de oro molido,
Desde los bajos piés hasta la frente,
Como rayo del sol resplandeciente.
Dijo más las venidas ser continas
Allí para hacer ofrecimientos
De joyas de oro y esmeraldas finas
Con otras piezas de sus ornamentos,
Y afirmando ser cosas fidedinas:
Los soldados alegres y contentos
Entonces le pusieron el Dorado
Por infinitas vías derramado.
Mas él dentro de Bogotá lo puso,
O término quel nuevo reino boja,
Pero ya no lo pintan tan incluso
En él que su distancia lo recoja,
Antes por vanidad de nuestro uso
Lo finge cada cual do se le antoja,
Y en cuanto se descubre, corre y anda,
Se lleva del dorado la demanda.
(CASTELLANOS, JOAN DE, «Elegías de Varones ilustres de Indias».
Biblioteca de la Presidencia de Colombia, vol. II. Editorial A.B.C. Bogotá,
1955, t. III, págs. 332-333).

Sir Walter Raleigh narra la causa de la riqueza de
la Guayana y la versión de la rica ciudad de Manoa
o El Dorado, situada a orillas de una laguna.

Ala pregunta de cómo la Guayana pudo llegar a ser tan populosa y estar
adornada con tantas grandes ciudades, pueblos, templos y tesoros, puedo
contestar que el Emperador ahora reinante desciende de aquellos magníficos
príncipes del Perú acerca de cuyos vastos territorios, costumbres, conquistas,
edificios y riquezas tanto se escribe en las detalladas narraciones de Pedro de Cieza
[de León], Francisco López [de Gómara] y otros, que cuentan cómo Francisco
Pizarro, Diego Almagro y otros conquistaron el imperio del Perú, después de matar a
Atabalipa, hijo de Guaynacapa; el mismo Atabalipa que anteriormente había causado
la muerte de su hermano mayor Guascar. Uno de los hijos menores de Guaynacapa
pudo huir del Perú, llevando consigo muchos miles de aquellos soldados del imperio
llamados Orejones; y con ellos, y con muchos otros que le siguieron, conquistó toda
la región de América situada entre los grandes ríos de las Amazonas y Baraquona,
también llamados Orinoco y Marañón.
Sir Walter Raleigh
El imperio de la Guayana está situado directamente al este del Perú en dirección
al mar, debajo de la línea equinoccial, y hay en él oro en más abundancia que en
cualquier parte del Perú. Y tantas o más ciudades grandes que allí, aun en la época de
su mayor esplendor. Se gobierna con las mismas leyes, el Emperador y sus súbditos
pertenecen a la misma religión y tiene las mismas formas y maneras de gobierno que
las que se usaban en el Perú, sin ninguna diferencia. Los españoles que han visto
Manoa, la ciudad imperial de la Guayana, llamada por ellos el Dorado, me han
asegurado que su grandeza, sus riquezas y su excelente emplazamiento son superiores
a los de cualquiera otra del mundo, al menos del conocido por la nación española.
Está levantada sobre un lago de agua salada de 200 leguas de longitud similar al mare
Caspiu. Si la comparamos con la capital del Perú, con sólo leer los relatos de
Francisco López y de otros, nos parecerá más que verosímil.
(RALEIGH, WALTER, «El descubrimiento del vasto, rico y hermoso Imperio de
la Guyana», traducción castellana de Betty Moore. En «El mito del Dorado. Su
génesis y proceso». Caracas, 1973, págs. 529-531).

El mito del Meta
PUES hecha esta crueldad, se partió con su armada de doscientos hombres e diez e
ocho caballos el río arriba, e subieron por él más de doscientas leguas, hasta que
no pudieron pasar adelante, porque hallaron el río atajado naturalmente de peñas, e
hace un grand salto, de tal forma que fue imposible ir los navíos e gente adelante,
porque cae el agua más alta que dos estados y medio o tres, como de una presa de un
molino, e tiene de ancho casi un tiro de ballesta, e por los lados es peña tajada e
altísima. Así que, es imposible ningund hombre a pie, ni navío chico ni grande subir
de allí, e dicen los indios que en lo alto de donde baja el agua, está una grande laguna,
que es el origen o nascimiento deste río; y que aquélla está entre altas y asperísimas
montañas. Lo cual no pudieron ver los cristianos, ni se puede llegar allá, sino yendo
por la otra parte, por la vía que dicen de Meta, y con muchas leguas de rodeo.
Allí cerca se hobo un recuentro con indios, e
tomaron dos o tres dellos, para saber dónde
estaban y qué tierra era aquélla. Y éstos eran
caribes, e decían que la tierra adentro estaba una
provincia llamada Meta, ocho días de camino de
donde los habían prendido, y que habían de ir
allá por un estero. E probáronlo, pero no
pudieron subir porque el río menguaba más cada
día. Y es de tal manera, que me paresce que tiene
alguna conformidad con el Nito, del que dice
Isidoro que inunda e riega la tierra del Egipto e la
hace fecunda, en el cual, como el mismo auctor
dice, hay aquellos grandes cocodrilos: Solus ex
animalibus superiorem maxillam movere cicitur.
Pero quien largamente se quisiere informar del
Nilo, ocurra a la Historia Natural de Plinio, el
cual dice que la origen e nascimiento del Nilo es
incierto, porque corre por partes desiertas y
ardientes y por desmedido espacio; y dice que se crían en él cocodrilos, y que en
cierto tiempo del año, cresce y baña el Egipto e lo hace fértil, y segund sus
crescientes, así es el año más o menos abundante o estéril; y dice que su mayor
crescimiento, hasta la edad e tiempo de Plinio, fué diez e ocho codos.
Tened, pues, lector en la memoria, lo que estos auctores dicen, y oídme y sabréis
lo que supe de muchos testigos de vista que en este viaje de Ordaz se hallaron e
navegaron lo que he dicho por el río de Huyapari. El cual cresce y mengua veinte
estados o brazas, y comienza a crescer en el mes de junio, e tura cresciendo hasta el
mes de octubre, y de ahí adelante baja, menguando por la mesma orden hasta el mes
de mayo. Así que, seis meses cresce y otros tanto mengua. Y aquestos nuestros
españoles le vieron en fin del mes de diciembre.
Decían aquellos caribes, mostrándoles oro e plata, que no había plata; mas que
hallarían mucho oro, e que lo cogían en una sierra de la provincia de Meta, y que es
tierra muy poblada e hay mucha fertilidad e de comer en ella. E bien o mal
entendidos, estos indios loaban continuamente aquella tierra de Meta; mas porque el
agua bajaba, no podían ir a ella, y era tan veloce la menguante del agua, cuando se
tornaron los españoles desde donde es dicho, que por donde habían pasado, cortaron
los árboles y ramas en algunas partes para subir los navíos, e a la vuelta hallaron en
altura de una lanza, o más, cortadas las ramas que habían cortado al pasar, cuando
subían. E la nao capitana, que al subir del río la habían dejado en un estero junto al
río de Huyapari, la hallaron en seco más de dos leguas y media dentro de tierra, en
una sabana o campo, que apenas se parescía la nao entre la hierba; y para allegar
hasta allí, había ido por encima de los árboles guayabos e guayabonos. E desde allí,
subiendo el río arriba, cogían la fruta e cortaban ramas para poder pasar. Pero como la
hallaron en seco, se descargó, e pasaron lo que tenía a los navíos de remos, y como se
acabó de enjugar la tierra, la mandó deshacer y quemarla el gobernador Diego de
Ordaz.

Por manera que llegados estos españoles donde es dicho que está aquel salto del
río, algunos dellos quisieron ir adelante, pues que tanto habían trabajado para llegar
hasta allí; y el gobernador Diego de Ordaz decía lo mismo, e quería echar los navíos
todos al través e salir donde les paresciese, en la costa del río, para irse en demanda
de Meta. Pero otros le aconsejaron que se tornase al pueblo de Aruacay, e que desde
allí se fuese a Cumaná, e que desde el golfo de Cariaco, entraría por tierra e iría a
Meta por parte que fuese más a su propósito e con más facilidad e menos peligro. E
dió la vuelta, porque le paresció que se debía así hacer a un Alonso de Herrera, su
alguacil mayor, a quien este gobernador daba más crédito del que se debía dar.
Tornóse esta gente, sin ver más del dicho río y dejando en él muertos ochenta
hombres, o más, del trabajo de subir los navíos, e porque muchos dellos entraron
enfermos e otros con llagas; e los echaron al agua, después que murieron.
(FERNÁNDEZ DE OVIEDO, GONZALO, «Historia general y natural de las
Indias». Biblioteca de Autores Españoles, vol. 118. Madrid, 1959, t. II, págs. 394-
395).
El país de la canela

LA provincia de Quito es en la tierra que a la parte austral conquistaron los
adelantados don Francisco Pizarro e don Diego de Almagro, e en su nombre el
capitán Sebastián de Benalcázar. En cierta parte de aquella provincia se ha hallado
una cierta manera de nueva canela, porque, a la verdad, no es como la que tenemos en
uso e viene de la Especiería e islas de Maluco e Bruney e de por allá; sino de nueva
forma, e no semejante a la que todos conoscemos sino en el sabor e en el olor, y no en
la hechura; porque aquesta nueva canela es unos capullos o engastes o vasillos de
alguna fructa, de los cuales, mis amigos e conoscidos me han enviado algunos, y lo
que puedo conjecturar dellos es lo que digo. Y éstos son del tamaño que aquí les
debujo. Este primero está de espaldas, y el segundo está mostrando el vacuo. Tienen
un color pardo escuro, e a mi juicio su sabor no es turable: que presto se le pasa aquel
sabor e le pierde, o la mayor parte dél. E escríbenme que donde esta canela es fresca,
que es mucho mejor que la que se usa en España. El gordor destas cáscaras o vasillos
es como de un real de plata, e arrugadas por de fuera, e de dentro más lisas, e aquel
pezón paresce como de un higo paso. Créese que la fructa que en estos vasillos nasce,
debe ser excelente. Los cristianos no la han visto, porque a aquella provincia de Quito
les llevan a rescatar estas cáscaras o canela, si lo es, e les dicen que los árboles en que
nascen, son pequeños.
Después que esto escrebí estuvo en esta cibdad el dicho capitán Sebastián de
Benalcázar, que venía de España, donde Su Majestad le hizo mercedes e su
gobernador e capitán general e adelantado de la provincia de Popayán (dél se tractará
en el libro XLV de la III parte destas historias); e ha muchos años que nos conoscemos,
y en esta cibdad de Sancto Domingo, de donde se partió para la dicha su gobernación
el año próximo pasado de mil e quinientos y luarenta, en el mes de diciembre,
comuniqué esto desta canela con él, porque él fijé el primero de los españoles que en
la provincia de Quito hobo noticia della. E me dijo que iba muy puesto en la ver en
sus árboles, e que, segund la información tenía, nasce en la costa del gran río
Marañón que descubrió Vicente Yáñez, e por de dentro de la Tierra Firme. Desde la
dicha su gobernación de Popayán, dice que hay mucho aparejo para ello e para otros
grandes secretos de aquel río, e por allá piensa
hacer el pase e abrir su negociación e puertos
para estotra mar nuestra del Norte, aunque él, al
presente, para ir a su gobernación, entra por el
río de Sanct Joan, que es en la gobernación del
adelantado don Pascual de Andagoya, en la mar
del Sur, e plega a Dios que se haga buena
vecindad. Y esto baste cuando a la canela que
es dicho, hasta que más sepamos della.
(FERNÁNDEZ DE OVIEDO, GONZALO,
«Historia General y natural de las Indias».
Biblioteca de Autores Españoles, vol. 117.
Madrid, 1959, t. I, pág. 301).

Gonzalo Pizarro, en el país de la canela
LLEGÓ al Quito; reformó algunas cosas del gobierno, proveyó su ejército de
indios de carga y servicio, y de otras muchas cosas necesarias á su jornada; y
partióse en demanda de la Canela, dejando en Quito por su teniente á Pedro de
Puelles, con docientos y mas españoles, con ciento y cincuenta caballos, con cuatro
mil indios y tres mil ovejas y puercos. Caminó hasta Quijos, que es al norte de Quito,
y la postrera tierra que Guaynacapa señoreó. Saliéronle allí muchos indios como de
guerra, mas luego desaparescieron. Estando en aquel lugar tembló la tierra
terriblemente, y se hundieron mas de sesenta casas, y se abrió la tierra por muchas
partes. Hubo tantos truenos y relámpagos, y cayó tanta agua y rayos, que se
maravillaron. Pasó luego unas sierras, donde muchos de sus indios se quedaron
helados, y aun allende del frío, tuvieron hambre. Apresuró el paso hasta Cumaco,
lugar puesto á las faldas de un volean, y bien proveído. Allí estuvo dos meses, que un
solo día no dejó de llover, y ansí, se les pudrieron los vestidos. En Cumaco y su
comarca, que cae bajo, ó cerca de la Equinocial, hay la canela que buscaban. El árbol
es grande, y tiene la hoja como de laurel, y unos capullos como de bellotas de
alcornoque. Las hojas, tallos, corteza, raíces y fruta son de sabor de canela, mas los
capullos es lo mejor. Hay montes de aquestos árboles, y crían muchos en heredades
para vender la especería, que muy gran trato es por allí.
(LÓPEZ DE GOMARA, FRANCISCO, «Historia de las Indias». Biblioteca de
Autores Españoles. Historiadores Primitiuos de Indias, t. I. Edil. Atlas. Madrid, 1946,
pág. 243.)

Fernández de Oviedo confirma la intención de Benalcázar de buscar el
país de la canela y cómo se le anticipó Gonzalo Pizarro

Eaqueste Benalcázar, desde entonces, tuvo noticia mucha de la canela, e aun
segund él me dijo en esta cibdad de Sancto Domingo, cuando tornaba de
España proveído por gobernador de Popayán, su opinión era que hacia el río Marañón
la había de hallar, e que aquella canela se había de llevar a Castilla e a Europa por el
dicho río, porque segund los indios le habían dado noticia del camino, pensaba él que
no podía faltar, si su información no fuese falsa; la cual tenía por cierta e de muchos
indios. Cuando fué de aquí este capitán, pensamiento llevaba de la ir a buscar; pero
como ya Gonzalo Pizarro era ido mucho antes (o en tanto que Benalcázar por acá
andaba) en la mesma demanda de la canela, siguióse, de buscarla, el descubrimiento
de ella e del río Marañón, por la parte interior de la tierra, e de sus nascimientos de
aquel grand río, de la manera que se dirá en el siguiente capítulo (…).
Pues como el marqués don Francisco Pizarro supo que Benalcázar se había
partido de Quito sin su licencia, envió allá al capitán Gonzalo Pizarro, su hermano, y
enseñoreóse de aquella cibdad de Sanct Francisco e de parte de aquella provincia, e
desde allí determinó de ir a buscar la canela e a un grand príncipe que llaman el
Dorado, de la riqueza del cual hay mucha fama en aquellas partes (…).
Creía Gonzalo Pizarro que yendo aquel camino, había de resultar de su viaje una
próspera e rica navegación, con grandísima utilidad de las rentas reales e
aumentación del estado e patrimonio de la Cesárea Majestad e sus subcesores, e para
quedar muy ricos los cristianos que se hallasen en la conclusión de la empresa. Para
este efecto, con doscientos e treinta hombres de caballo e de pie, fué la vuelta de los
nascimientos del río Marañón, e hallaron árboles de canela; pero fué poca, y en
árboles muy lejos unos de otros, y en tierra áspera e deshabitada, de forma que la
calor de esta canela se enfrió, e perdieron esperanza de la hallar en cantidad (a lo
menos por entonces). Pero aunque aques to pensaron algunos que en aquello se
hallaron, otros de los mesmos me han dicho a mí que no creen que la canela es poca,
pues que se lleva a muchas partes. Y caso que los árboles que vieron de esta especie,
son salvajes e que por sí los produce naturaleza, los indios dicen que la tierra adentro
los cultivan e labran, e son muy mejores, e dan más perfecto fructo (…).
Después que hobieron descansado e recogido algún bastimento, procedieron estos
españoles en demanda de la canela, llevando consigo algunas lenguas que decían que
los llevarían hasta allá. E porque no trabajasen todos en esto, mandó Gonzalo Pizarro
que fuesen con él e aquellos guías hasta ochenta compañeros, e que los demás le
atendiesen. E así caminó sesenta días a pie, por ser la tierra tan fragosa que no podían
llevar caballos.
En fin de este tiempo halláronse los árboles de la canela; los cuales son grandes (e
también los hay pequeños) e apartados muchos unos de otros, e metidos en ásperas
montañas; las hojas de los cuales e unos capullos que tienen, son de sabor de canela;
la corteza ni lo demás no tiene gusto bueno, ni sabe sino a madera. E como eran
pocos los árboles que vieron, no les contentó lo que hallaron, paresciéndoles que era
poco el interese de la canela respecto de tanta fatiga, buscándola en tierra tan
despoblada.
(FERNÁNDEZ DE OVIEDO, GONZALO, «Historia general y natural de las
Indias». Biblioteca de Autores Españoles, t. 121. Atlas. Madrid, 1959).
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