domingo, 27 de octubre de 2013

LOS CICLOS MITOLÓGICOS GALESES (I)

PWYLL, PRINCIPE DE DYFFEDD,

Y ARAWNN, REY De ANWYNN




En los momentos en que comienza esta historia, Pwyll príncipe regente de los siete cantrevs1 de Dyffedd, al suroeste de Gales, se encontraba de cacería en la región de Llwyn Diarywa, en el condado de Arberth, su corte principal. Allí, luego de adentrarse una mañana en los bosques de Glynn Cuch, soltó a sus perros y, soplando su cuerno de caza, salió en su persecución, perdiéndose muy pronto de vista del resto de la comitiva.
Concentrado en los ladridos de sus propios perros, oyó, sin embargo, los aullidos de otra jauría que se aproximaba y, al entrar en un claro del bosque, pudo ver a un ciervo que trataba de huir, aunque infructuosamente, pues antes de haber logrado salir del claro, fue alcanzado y derribado por la jauría que lo perseguía. Inmediatamente, la atención del príncipe se vio atraída por la extraña coloración de los animales que tenía ante sus ojos, ya que jamás había visto sabuesos similares; su color era de un blanco inmaculado y refulgente, al tiempo que sus orejas mostraban una tonalidad escarlata brillante como el ascua de una fragua.
Rápidamente cabalgó hacia los perros extraños, apartándolos para que dejaran el campo libre a su propia jauría, cuando se percató de la llegada de un jinete montado sobre un caballo gris, con un cuerno de caza terciado sobre el hombro y vestido con un impecable traje de caza del mismo color acerado del potro que montaba.
Adelantándose hacia él, el caballero dijo:
—Príncipe de Dyffedd, sé quién eres, pero no te honraré con mi saludo.
—Quizás tu rango sea tan alto que te permita no hacerlo.
—No es exactamente mi rango, sino tus malos modales y tu descortesía lo que me lo impiden —contestó el recién llegado.
—Pues, ¿qué falta de cortesía has notado en mí, caballero?
—Si tú no llamas una descortesía ahuyentar una jauría que ha cazado un ciervo, para permitir que la tuya se alimente, ¡entonces que los dioses pongan nombre a esa actitud!
—Caballero —respondió el príncipe—; creo que me he comportado en forma descortés contigo y deseo recuperar tu favor. ¿Podrías al menos decirme tu nombre y tu dignidad? ¡Ni siquiera sé con quién hablo!
—Soy Arawnn, rey coronado de la tierra de Annwyn.
—¿Y de qué forma, señor de Annwyn, podría recuperar tu buena disposición hacia mí? —preguntó Pwyll.
—Te lo diré. Hay un rey cuyos dominios quedan exactamente frente a los míos y que me hace la guerra continuamente. Su nombre es Hafgan, y si consigues sacarme de encima a esa peste de hombre, obtendrás mi benevolencia y mucho más.
—Me agradaría mucho ayudarte, pero ¿cómo? —preguntó Pwyll.
—Nos uniremos por medio de un juramento sagrado —dijo Arawnn— y te disfrazaré para que ocupes mi lugar en la corte de Annwyn, donde reinarás en mi lugar exactamente durante un año y un día a partir de hoy.
—Todo eso está muy bien y lo acepto, pero, ¿cómo haré para encontrarme con el rey Hafgan?
—Mi encuentro con él está arreglado para dentro de un año exactamente, en el vado que hay pasando el bosque. Irás a su encuentro con mi apariencia, le asestarás un solo golpe y Hafgan no sobrevivirá. Pero no le des un segundo golpe, aunque te lo suplique, pues en ese caso estará de regreso, luchando conmigo, a la mañana siguiente.

—¿Y qué pasará con mi propio reino? —preguntó Pwyll.
—Yo mismo ocuparé tu lugar, de manera que nadie en él sospeche siquiera que no eres tú quien está gobernando. Pero primero te llevaré a mi reino, para que comiences con tus tareas.
A continuación, Arawnn condujo a Pwyll a su palacio y le mostró sus distintas estancias y pabellones, tras de lo cual se despidió diciendo:
—Dejo en tus manos mi reino y mis dominios. Entra; nadie dudará de tu identidad y todos te servirán como lo harían conmigo mismo.
Y, efectivamente, tan pronto como Pwyll ingresó al salón, escuderos y sirvientes acudieron a atenderlo. Al conversar con la reina, el príncipe comprendió que se trataba de una mujer inteligente y culta, de carácter y lenguaje nobles. Cenaron opíparamente y luego se retiraron a descansar, pero cuando llegó el momento de acostarse, Pwylll dio la espalda a la reina, sin intentar otra actitud que la del sueño durante toda la noche; y por más gentiles y tiernos que se mostraran entre sí durante el día, todas las noches del año siguiente fueron igualmente gélidas entre ellos.
Cuando, finalmente, llegó el día fijado para el encuentro entre Arawnn y Hafgan, un hombre a caballo se situó frente a ellos y se dirigió a la concurrencia diciendo:
—Caballeros, en este juicio podrán intervenir exclusivamente los dos jefes que reclaman como propio el reino de Annwyn. El combate será sólo entre ellos y los demás no deberán intervenir.
A continuación se inició la justa, y Pwyll, como sustituto del rey Arawnn, fue quien asestó el primer golpe, que partió como si fuera de papel el escudo de Hafgan y la armadura que se encontraba detrás de él, derribando al jinete por sobre la grupa del caballo, mortalmente herido. Pero cuando Pwyll se acercó, el moribundo musitó:
—¡Señor!, no tienes ningún derecho a matarme, porque yo no te he desafiado ni retado en forma alguna, ni sé de nada que haya hecho por lo que puedas desear mi muerte; pero ahora que ya me has herido mortalmente, termina tu tarea con un segundo golpe.
—Caballero —respondió Pwyll—, quizás me arrepienta de lo que he hecho, pero debes encontrar a otro que te ultime, porque yo no lo haré. Y dirigiéndose a los vasallos de Hafgan, agregó—: En cuanto a vosotros, nobles, os aconsejo que decidáis si os convertiréis en mis vasallos, a partir de este día.
—Rey Arawnn —contestaron los cortesanos al unísono—, desde hoy, todos nosotros te reconoceremos como el único rey de Annwyn.
—¡Bien! —replicó Pwyll—. Acepto vuestra sumisión, ¡y que los arrogantes sean humillados por el filo de la espada! —agregó.
utilizando la tradicional fórmula de sumisión de los ancestros. A continuación recibió el homenaje de los nobles como único rey reconocido, y para el mediodía del día siguiente, los dos antiguos reinos de Annwyn se encontraban bajo su mando.
A continuación, habiéndose cumplido un año y un día de su previo trato con el verdadero Arawnn, Pwyll regresó al vado de Glyn Cuch, donde el primero lo recibió diciendo:
—He oído lo que has hecho por mí. ¡Que los dioses te recompensen por haber mantenido con tanta fidelidad tu promesa de amistad! —le agradeció, para luego devolverle su apariencia, recobrar la suya y regresar a su gente y su familia, a quienes no había visto en todo un año.
Sin embargo, ellos no habían percibido su ausencia, por lo que la cena no fue más animada de lo usual, hasta que llegó el momento de retirarse a descansar. Una vez en sus aposentos reales, el verdadero Arawnn conversó un rato con la reina y luego inició los juegos preliminares del amor, pero su esposa, que se había desacostumbrado a ellos, al cabo de un año y un día de abstinencia, pensó: —¡Por todos los dioses! ¿Cómo puede Arawnn tener hoy sentimientos tan distintos? ¡No recuerdo haber tenido una noche así desde hace más de un año!
Permanecieron en silencio durante un largo rato, hasta que el rey, notándola ensimismada, le preguntó la causa.
—Simplemente, es que te noto distinto. Anoche se cumplió un año desde el momento en que nuestros cuerpos se extasiaron por última vez. Claro que hubo entre nosotros hermosos momentos de conversación, ¡pero eso fue todo!
Ahora le llegó a Arawnn el momento de meditar: "En verdad —pensó para sí —no ha habido amistad más confiable y sólida que la de este compañero que conocí hace un año". Y narrándole toda la historia a su esposa, ésta confirmó su apreciación:
—Pongo a los dioses por testigos de que has encontrado a un amigo fiel y consecuente, tanto en las lides de la guerra como en las de la amistad. ¡Deberías dar gracias por ello durante todos tus días por venir!
Pwyll, por su parte, tan pronto regresó a sus dominios, comenzó a preguntar a sus aristócratas qué opinaban de su gobierno durante el último año.
—Soberano nuestro —respondieron éstos sin dudar—, nunca habías mostrado tanta sabiduría ni tanta amabilidad, ni habías administrado los bienes de la comunidad con tanta prodigalidad y prudencia. El pueblo jamás ha estado tan satisfecho y feliz como ahora.
—Yrofy a Duw2 —respondió Pwyll—, pero sería más justo que testimoniaran su agradecimiento al hombre a quien verdaderamente han tenido ante ustedes.
Y a continuación, les narró la aventura tal y como había ocurrido. Al terminar, el anciano más venerable del Consejo interpretó la voluntad de todos, preguntando:
—En verdad os digo, Señor, que todos debemos agradecer a los dioses por haberos procurado una amistad como ésa, pero... ¿seguiréis administrando el gobierno y la justicia en la misma forma en que lo habéis hecho este año?
—Así lo haré, mientras de mí dependa —confirmó el soberano.

Desde ese momento, Arawnn y Pwyll se concentraron en gobernar sus respectivos reinos y consolidar su amistad, que creció día a día a través del intercambio de regalos amistosos, como caballos, lebreles, halcones y, en fin, todo aquello que cada uno juzgaba que agradaría al otro.

EL CICLO DE FINN McCUMHAILL, FENNIANO O CICLO DE OSSIAN (II)

 A diferencia del ciclo del Ulster, las narraciones del ciclo fenniano abundan en sagas de amor, tanto correspondidos como desdichados; la leyenda del origen del mismo Oissin, el primogénito de Finn, es un buen ejemplo de ello. Recordemos la forma en que Finn McCumhaill y la madre de Oissin unieron sus vidas, según la traducción de Eugene Connery de un manuscrito tomado del Libro amarillo de Lecan, recopilado en el siglo VII por un ignoto amanuense irlandés de la orden de San Patricio:
Un día, mientras Finn McCumhaill (acompañado de sus fieles mastines Bran y Skolawn) y su comitiva cazaban en los bosques de su fortaleza de Alien, una corza dorada cruzó repentinamente la senda que seguían, haciendo que los perros se lanzaran en su persecución.
Luego de varias horas de seguirla, llegaron a un hermoso valle, donde la corzuela, sin duda agotada por la carrera, se detuvo y cayó al suelo; inmediatamente los perros se lanzaron hacia ella pero, para asombro de Finn, en lugar de destrozarla, comenzaron a jugar a su alrededor, lamiendo su cara y su cuello. Extrañado, Finn dio órdenes de que nadie le hiciera daño, y todos comenzaron el regreso a la fortaleza, con la corza siguiéndolos y los perros jugando a su alrededor mientras lo hacía. Esa misma noche, Finn despertó, sobresaltado, y vio parada al lado de su cama a la mujer más bella que jamás hubieran contemplado sus ojos.
—Yo soy Sadv, oh, Finn —dijo la joven— y soy la corza que perseguiste hoy. Como no quise brindarle mi amor al druida del Pueblo de las Hadas, me condenó a llevar esa forma, que soporto hace ya tres años. Pero un esclavo suyo, apiadándose de mí, me dijo que, si lograba entrar en la fortaleza de Alien, recuperaría mi forma original.
Y así Sadv se quedó a vivir en el castillo, como la esposa de Finn, cuyo amor era tan profundo que la guerra y la cacería ya no tenían aliciente para él, y pasó largos meses sin moverse de la fortaleza. Sin embargo, un día le llegó noticia de que los barcos de guerra de los Hombres del Norte se encontraban en la bahía de Dublín, y su deber como rey lo obligó a marchar a la batalla, al frente de sus hombres.
Sólo siete días permaneció Finn ausente de su castillo. A su regreso, al no encontrar a Sadv esperándolo en la explanada y notando una expresión extraña en los rostros de sus servidores, exigió saber qué pasaba.
—El día antes del de ayer—contestó por fin el más antiguo de sus servidores— nos pareció veros llegar, acompañado por Bran y Skolawn, y todos nos apresuramos hacia el portal, pero en cuanto la reina Sadv lo cruzó un misterioso fantasma que apareció de la nada la cubrió con un halo de niebla y ¡oh! ya no había más reina, sino sólo la figura de una corza dorada; y entonces aquellos perros comenzaron a acosarla, y por más que se debatió, no la dejaron regresar al portal, sino que la hicieron huir hacia el bosque, donde se internó y ya no la volvimos a ver. ¡Oh, amo! Hicimos lo que pudimos, pero a pesar de nuestros esfuerzos, Sadv se ha ido.
Finn apretó las manos contra su pecho y se retiró a su cámara real, sin pronunciar una palabra. A partir de ese día, dirigió los destinos de los Fianna como antes, pero no cejó en su búsqueda de Sadv, recorriendo constantemente los bosques de toda Irlanda, hasta que al fin, luego de siete años, siguiendo el rastro de un jabalí en los montes de Ben Gulbann, en Sligo, oyó que el ladrido de los perros se convertía en fieros gruñidos y, precipitándose hacia ellos, descubrió a un niño desnudo, de largos cabellos rubios, acosado por la jauría y defendido por Bran y Skolawn.
Los Fianna alejaron a los perros y el niño fue llevado al castillo. Según contó cuando pudo hablar, no había conocido padre ni madre, sino sólo una corza dorada, con quien había vivido en un hermoso valle, rodeado por los picos más altos y los abismos más profundos de la tierra. Sólo se acercaba a ellos un anciano alto, de ceño fruncido, que hablaba con su madre, ora amablemente, ora amenazante, y luego se alejaba furioso cuando ella lo rechazaba. Finalmente, un día, el hombre la sujetó con un lazo de niebla y se volvió para irse, esta vez con ella siguiéndolo, pero mirando a su hijo con ojos lastimeros, mientras él permanecía allí, incapaz de mover sus piernas para seguirla.
Inmediatamente comprendió Finn que la corza no era otra que su amada Sadv, y el hombre el druida del Pueblo de las Hadas, pero por más que recorrió durante largo tiempo las laderas del Ben Gulbann ningún hombre pudo darle noticias de su paradero.
Finn adoptó al niño como su hijo y lo llamó Ossian (literalmente: "pequeño ciervo"), quien más tarde se transformó en un guerrero famoso, cuyas artes marciales sólo eran superadas largamente por las canciones y relatos que cantaba.

La derrota del gigante escocés


Sin embargo, la magia y las hazañas bélicas continuaban siendo el centro de las leyendas fennianas. En cierta ocasión, por ejemplo, Finn McCumhaill debió emplear sus conocimiento de las artes mágicas para derrotar a un gigante escocés, hazaña que dejó como saldo la creación de tres famosos rasgos de la geografía de las Islas Británicas: la Calzada de los Gigantes1 en la costa noroeste de Erín, la Isla de Man y el Loch Ness,2 en la región central de la actual Irlanda del Norte.
Finn se había enterado por los bardos ambulantes de que un gigante escocés ponía en duda y se mofaba de la valentía de aquél y de sus aptitudes para la lucha. Enfadado, envolvió una enorme roca con un mensaje de desafío, tomó su honda y lanzó el proyectil a 80 km de distancia, por sobre el mar de Irlanda, hasta llegar a Escocia.
El ogro recibió el mensaje y fríamente replicó (por medio de un mensajero) que iría gustoso a Irlanda a aceptar el desafío, pero era demasiado grande para encontrar una nave a su medida y no podía cruzar el océano a nado. Furioso por la evasiva, Finn desenvainó su colosal espada y cortó con ella algunos cientos de las gigantescas rocas basálticas que se encuentran desperdigadas a lo largo de la costa irlandesa, dándoles forma de pilares hexagonales que luego clavó en el fondo del mar de Irlanda, hasta formar una calzada que permitiera al gigante cruzar desde Escocia hasta Erín sin siquiera mojarse los pies.
Este, sin excusa para negarse, cumplió a regañadientes con lo que se esperaba de él, pero, al llegar al castillo de los Finn, sólo encontró allí a Sadv, su esposa, quien invitó al ogro a que pasara al interior de la fortaleza para esperar a su esposo, que no tardaría en llegar. Así lo hizo el gigante, sentándose junto a la supuesta cuna del hijo de Finn y contemplando con aprensión creciente al gigantesco niño, de más de seis metros de estatura.
—Si éste es el hijo de mi adversario —se preguntaba, ya que así se lo había asegurado Sadv—, ¿cómo será su padre?
Finalmente, la idea llegó a ser demasiado inquietante para el ogro, que salió disparado del castillo y atravesó de regreso la Calzada de los Gigantes, perseguido por los enormes terrones de greda que el bebé, que no era otro que el mismo Finn disfrazado, le arrojaba desde la costa. Y según cuenta la leyenda, el terrón más grande que arrancó, extraído del centro del Ulster (hoy territorio de Irlanda del Norte), provocó un profundo agujero que inmediatamente se llenó de agua, formando lo que luego (y hasta la actualidad) se conocería como Lough Neagh (o Loch Ness = Lago Negro). El gigantesco terrón así desarraigado y arrojado por Finn al gigante en fuga, cayó cerca de la costa escocesa, formando lo que hoy se conoce como la Isla de Man.

La muerte de Finn y el ocaso de los Fianna


A pesar de sus artes mágicas y su sabiduría adquirida al comer del Salmón del Conocimiento, la inteligencia y la astucia de Finn fue decreciendo con la edad y llegó un momento, como sucede con muchos ancianos que durante su juventud han sido hombres fuertes y poderosos, en que empezó a albergar dudas sobre su potencia y su vigor, enfrentando a menudo situaciones que estaban por encima de sus ya considerablemente mermadas capacidades físicas. Hasta que en una ocasión, participando de una competencia entre un grupo de jóvenes guerreros, trató de impresionarlos cruzando de un salto el río Boyne, pero fracasó en el intento, cayendo en el centro de la corriente y ahogándose.
Sin embargo, las hazañas anteriores de Finn McCumhaill había hecho crecer sobremanera el prestigio de los Fianna, de manera tal que, a la muerte del rey Cormack McArt, su hijo Cairbry se vio en la necesidad de poner coto a las pretensiones de la Orden, que por ese entonces agobiaba a los restantes clanes exigiéndoles pesados tributos en todo el país.
Cairbry convocó a todos los reyes provinciales a dejar de pagar las prebendas exigidas por los Fianna y a levantarse en armas contra ellos. La batalla decisiva de aquella guerra tuvo lugar en la llanura de Gowray y, según cuentan las leyendas, la matanza entre ambos bandos fue tan sangrienta que después de aquel combate, la población de Erín sólo contaba con ancianos, mujeres y niños.
Al cabo de varios días de lucha, los Fianna habían sido prácticamente exterminados, y Cairbry, Alto Rey de Irlanda, y Osgur, hijo de Oissin, se trabaron en combate individual, hiriéndose mortalmente el uno al otro, hecho que condujo al fin de la guerra y la pacificación, al menos temporal, del territorio de Erín.

EL CICLO DE FINN McCUMHAILL, FENNIANO O CICLO DE OSSIAN (I)

Al igual que las leyendas del Ciclo del Ulster giran alrededor de la mítica figura de CuChulainn, así las del Ciclo de Finn McCumhall, conocido también como Ciclo de los Fianna o de Ossián (fon.: Oissín) lo hacen en derredor de la imagen de Finn, hijo de Cumhaill, bardo a la vez que guerrero, y considerado el autor material de la mayoría de los relatos. Respecto de la ubicación histórica, mientras que los hechos del Ulster se asume que han ocurrido en forma contemporánea al nacimiento de Cristo, los acontecimientos fennianos se suponen ocurridos durante el reinado del rey Cormac McArt, quien vivió estimativamente alrededor del siglo III de nuestra época.
Durante este período, los Fianna de Irlanda, especie de Orden Militar integrada básicamente por miembros pertenecientes a dos clanes dominantes, el de los Bascna y el de los Morna, fueron, según la tradición, los encargados de servir al Eminente Monarca de Erín,1 y de repeler a los invasores foráneos, bajo la capitanía, a lo largo de casi toda su existencia, de Finn McCumhaill.

La llegada de Finn a la jefatura de los Fianna


Al igual que la mayoría de los héroes irlandeses, Finn McCumhaill tenía una ascendencia parcialmente relacionada con los clanes de la diosa Dana; su madre, Murna (La Dama del Níveo Cuello), era nieta de Nuadha El de la Mano de Plata, y su padre, Cumhaill, hijo de Trenmór (fon.: Tremmuir), era jefe del clan Bascna cuando fue derrotado y asesinado durante la batalla de Knock, que tuvo lugar entre su clan y el de los Morna por el liderazgo de la Orden de los Fianna.
Murna, luego de la derrota y muerte de Cumhaill, se refugió en la foresta de Slieve Bloom, donde dio a luz a un niño al que ella bautizó Demna. Por temor a que los integrantes del clan Morna lo localizaran y lo mataran, su madre lo entregó para su crianza a dos ancianas campesinas de Wildwood, mientras que ella se unía en matrimonio al Rey de Kerry. Con el correr del tiempo, sin embargo, el joven, al llegar a la pubertad, fue rebautizado Finn (el Rubio), a causa de la blancura de su piel y su dorado cabello, y con ese nombre se lo conoció de allí en adelante.
Su primer hecho de guerra conocido fue el de matar a Lia, custodio del tesoro de los Fianna, y de apoderarse de él, tras de lo cual partió en busca de Crimmal, un hermano de su padre quien, junto a otros pocos ancianos, sobrevivientes de los jefes del clan Bascna, habían escapado a la matanza de Knock. Los encontró viviendo una vida miserable en los bosques de Connaught, y les entregó el botín perteneciente a los Fianna, proporcionándoles, además, una guardia armada integrada por un grupo de jóvenes que reclutó en los pueblos próximos y que serían los encargados de formar las nuevas falanges Fianna.
Por su parte, se dirigió a estudiar poesía y ciencia bajo la tutela de un viejo druida, de nombre Finnegas, que solía frecuentar los bosques de robles de las riberas del río Boyne. Allí, en un tranquilo remanso, bajo los bosques de avellanos de los cuales caían a la corriente los Frutos del Conocimiento, vivía Finntan, el Salmón de la Sabiduría, del cual se decía que "quien comiera de su carne sería el depositario de toda la sabiduría del Universo".
Durante muchos años había tratado infructuosamente Finnegas de atrapar este salmón, sin lograrlo hasta que Finn llegó a convertirse en su discípulo. Pero a los pocos días de hacerlo, el druida logró pescar el pez, y lo entregó a su alumno para que lo cocinara, pidiéndole que no comiera ni una porción de él, sino que se limitara a avisarle cuando estuviera listo. Sin embargo, cuando el muchacho le trajo el pez, Finnegas advirtió que su apariencia había cambiado.
—¿Has probado el salmón? —preguntó a su discípulo.
—Ni una pizca —contestó el muchacho—, pero cuando intenté darlo vuelta en el asador, me quemé el pulgar con él y lo llevé a mis labios para calmar el dolor.
—Pues toma el Salmón de la Sabiduría y termina de comerlo —le dijo entonces el druida—, pues la profecía se ha cumplido en tu persona. Y luego vete, pues ya no tengo nada que enseñarte.
Y cuentan los hombres sabios —asegura la leyenda— que al término de aquella comida Finn se había convertido en un hombre tan sabio como fuerte y valiente era de joven, y que cuando quería adivinar lo que iba suceder, o lo que estaba pasando en algún lugar distante, sólo tenía que llevarse su dedo pulgar a la boca y morderlo, para que el conocimiento de lo que quería saber se hiciera accesible para él sin más demora.
Por aquel entonces el liderazgo de los Fianna de Erín recaía en manos de Goll, un integrante del clan Morna, pero Finn, habiendo llegado a la madurez, deseaba ocupar el lugar de su padre Cumhaill a la cabeza de la Orden, para lo que se dirigió a la ciudad de Tara y, durante la Gran Asamblea, se sentó junto a los guerreros del rey y las tropas de los Fianna. El rey lo aceptó de buena gana y Finn le juró obediencia eterna, juramento que tuvo ocasión de confirmar poco tiempo después, al llegar la época del año en que Tara se veía atacada por un duende o demonio que llegaba hacia el anochecer, arrojando sobre la ciudad bolas de fuego que provocaban incendios por doquier. Para agravar el problema, ninguno de los guerreros del rey podía combatirlo, porque el maligno demonio llegaba precedido por la música de su arpa, la cual tañía tan dulcemente que todos los que la escuchaban se sumían en un sueño inefable, olvidando todo lo demás sobre la tierra. Cuando Finn se enteró del problema, se dirigió al rey y le dijo:
—Si derroto al duende, ¿tendré el cargo de mi padre como capitán de los Fianna?
—¡Por supuesto! —aceptó inmediatamente el soberano—. Lo aseguro bajo solemne juramento.
Una vez obtenida la promesa, Finn se reunió con un antiguo e insobornable hombre de armas de su padre, de nombre Fiacha, que poseía una lanza mágica con la propiedad de que, si se tocaba con su hoja desnuda la frente de un hombre antes de comenzar una batalla, éste se veía instantáneamente poseído por una furia guerrera de tal magnitud que lo hacía invencible en combate.
Con esta arma en las manos y ansioso por usarla, Finn se apostó a esperar la llegada del duende en las murallas de Tara, y allí se encontraba cuando el sol comenzó a ocultarse y las nieblas del crepúsculo empezaron a levantarse de los prados alrededor de la sagrada colina de Tara.2 Sin embargo, una inquietante visión dispersó violentamente el encanto de la hora: una sombra ominosa se movía sigilosamente hacia el castillo, precedida por las notas mágicas de un arpa.
Un suave sopor comenzó a invadir insidiosamente sus músculos, pero un toque de la hoja de la lanza sobre su frente lo liberó del hechizo, permitiéndole ver la figura del duende que se abalanzaba sobre él. Rápidamente Finn se recuperó y, tomando la lanza, mató al engendro y le cortó la cabeza, que presentó al rey, reclamando lo prometido.

Así fue como Cormack McArt nombró a Finn McCumhaill al frente de la Orden de los Fianna, exigiendo a sus hombres que juraran obediencia a su nuevo jefe, o que buscaran ocupación en otro servicio.

TAIN BO QUAILNGE: EL GRAN MITO IRLANDES

El Tain bo Quailnge1 constituye, más allá de todo análisis, la piedra fundamental de la mitología y la literatura épica irlandesas. Es la epopeya nacional de Erín, equivalente a La Ilíada para Grecia, Beowulf para Inglaterra, El Cid Campeador para España y la Canción de Rolando para Francia. Por otra parte, la historia del toro de Quailnge recrea, aunque sea con algunas diferencias, un hecho histórico real, aunque de relativa importancia, sucedido entre los años 100 a. C. y 100 d. C., que fue reportado por varios historiadores romanos, entre ellos el propio Julio César.
Como ya hemos dicho, CuChulainn fue, probablemente, un guerrero real, pues en general los mitos se basan en personajes auténticos, que luego se revisten de las virtudes y acciones que les adjudica la imaginería popular. La malvada reina Maedbh (fonéticamente Meev), de Connaught, y Lug McEthlinn, por ejemplo, eran tradicionalmente dioses del panteón celta2 "humanizados" por los copistas cristianos, si bien, en algunas ocasiones, tuvieron la deferencia de dotarlos de grandes poderes mágicos.
El mito del Tain bo Quailnge sobrevivió al paso del tiempo en tres antiguos manuscritos irlandeses: el Libro de Dun Cow, el Libro amarillo de Lecan y el Libro de Leinster, los cuales, en conjunto, compendian veintitrés relatos, la mayoría de ellos referidos a las hazañas de los campeones en combate. El primero de los tres manuscritos es, sin duda, el más antiguo, ya que la versión más completa y difundida es la del monje Maelmuiri, escrita en el año 1106, pero se asume que sólo se trata de una copia ilustrada de una traducción anterior al siglo VIII.3
Otra de las características curiosas de la versión de Maelmuiri es el lenguaje directo y a veces hasta escabroso —respetado en la transcripción—, que hizo dudar a no pocos historiadores que hubiera sido escrito por un monje. Quizás por esta razón, Lady Augusta Gregory, una excelente traductora, autora de la primera traducción conocida del Tain bo Quailnge al inglés, pero también una típica dama victoriana, omitió algunos pasajes, como, por ejemplo, el que relata que la reina Maedbh, para satisfacer sus deseos carnales, necesitaba grupos de no menos de nueve hombres fornidos, costumbre que le valió el apodo de "Maedbh, la Reina de los Muslos Amistosos". Este tipo de escenas hizo que el respetado crítico irlandés D. O'hOgain, en su estudio Myth, Legend and Romance, comentara que "el personaje de la reina Maedbh4 es tan maligno y lascivo, que cuesta creer que no haya sido exagerado durante su transcripción, incluso hasta la deformación, por un célibe y probablemente reprimido monje cristiano, ansioso de demostrar la naturaleza demoníaca de las mujeres".
También el lenguaje del Tain bo Quailnge resulta espeluznante, especialmente en las descripciones de las batallas y las matanzas de sobrevivientes de éstas, mencionando constantemente episodios de cráneos aplastados, ojos y oídos manando sangre, cabezas y troncos partidos al medio, brazos arrancados y guerreros heridos tropezando con sus propios intestinos que salen de sus estómagos perforados por las espadas y las lanzas.
Respecto de su ubicación en el espacio y el tiempo, el Tain bo Quailnge se sitúa en la mitad norte de la antigua Erín, abarcando básicamente los condados de Connaught y Ulster, e involucrando en la acción las regiones intermedias de Roscommon, Meath y Fermanagh; acerca de la época en que transcurren los acontecimientos, en cambio, no resulta fácil aventurar una opinión, ya que, al igual que la mayoría de las leyendas orales, no ofrece demasiadas precisiones al respecto. Lo único que los especialistas en el tema han podido establecer con relativa certeza es que los sucesos referidos han debido desarrollarse después de finalizada la competencia por el premio del banquete de Briccriu y antes de la muerte de CuChulainn, datos que, si bien no permiten ubicar cronológicamente las acciones, sí permiten relativizarlas respecto del cronograma histórico irlandés. 

Nace una leyenda

La trama del Tain bo Quailnge se inicia a partir de una discusión entre la reina Maedbh y su esposo, el rey Aylill de Connaught, en su lecho conyugal, durante la cual ella exigió a su consorte que hicieran una exhaustiva comparación de las posesiones de ambos, con miras a saber quién de los dos había aportado mayores riquezas al matrimonio. Esta simple conversación derivó rápidamente en un verdadero arqueo que duró toda la noche y parte del día siguiente, y en el que debieron intervenir los escribas y contables de cada uno de ellos, convocados con carácter de urgencia, aportando listas en que se enumeraban las joyas, espadas, tierras, cabezas de ganado, ovejas, cerdos y sementales de cada uno de los cónyuges.
Al término del recuento, y para disgusto de la reina, se comprobó que por cada posesión de valor que cada uno de ellos tenía, el otro tenía otra igual o equivalente, lo que parecía arrojar un empate absoluto, hasta que Aylill jugó su carta de triunfo: su toro Finnbennach (cuernos blancos), que era el orgullo del reino, ya que copulaba diariamente con cincuenta vaquillonas seleccionadas, a las que mantenía constantemente preñadas. La reina, que carecía de una posesión equiparable, se sintió aún más enojada por el hecho de que Finnbennach le había pertenecido originariamente a ella, pero se lo había cedido a Aylill por impotente, pero resultó que, al cambiar de dueño, el toro pareció renacer y se convirtió en el mejor semental de la manada. Y lo peor para ella era que entre el pueblo se corría el rumor de que el toro había recobrado su virilidad por haber dejado de pertenecer a una mujer.
Furiosa por los resultados del arqueo, en la mente de la reina sólo había lugar para un pensamiento único y obsesivo: conseguir un toro que pudiera medirse de igual a igual con el de su esposo. Arteramente, comenzó a mover los hilos de la intriga y pronto logró averiguar, por intermedio de su senescal, de nombre McRoth, que solamente existía, en todo el territorio de Erín, un toro que pudiera compararse con Finnbennach: su nombre era Donn Quailnge5 y pertenecía a Dará McFiachna, quien vivía en el Ulster, en la región de Quailnge, de la cual tomaba su nombre, bajo el reinado del rey Connar McNessa.
Al conocer la noticia, Maedbh decidió que aquel animal debía ser suyo a toda costa, y envió a McRoth al dun de Dará McFiachna, con la consigna de pedirle prestado el Donn Quailnge por un período de un año, para poder así mejorar por cruza su rebaño y de esa forma igualar o superar las posesiones de Aylill. A cambio de este préstamo, Maedbh ofrecía a Dará cincuenta terneras producto de la cruza de Donn Quailnge con sus propias vacas selectas, un carro de guerra, veintiuna esclavas y sus propios "muslos amistosos". Sin embargo, en su fuero interno, la reina sabía que los habitantes del Ulster, celosos como eran de sus pertenencias, no permitirían que el toro abandonara el reino, por lo que, secretamente, ordenó a McRoth que, si no lograba obtener el toro en préstamo, debía conseguirlo por cualquier medio aunque fuera robándolo.
Sin embargo, en contra de sus previsiones, McRoth logró convencer a Dará McFiachna de que le entregara el toro en préstamo, pero, desgraciadamente, su conversación con Maedbh no había sido tan secreta como ambos pensaron, y la noche anterior a que el senescal iniciara su viaje de regreso con el toro, uno de sus sirvientes, borracho, se jactó ante uno de los soldados de Dará McFiachna del plan alternativo de robar el semental en caso de que las negociaciones no llegaran a buen puerto. Enterado el dueño de casa de la traición que se había planeado contra él, se enfureció y envió a McRoth de vuelta, sin el toro y con un violento mensaje de repulsa y de desafío, avalado por la firma de todos los señores del Ulster.
Al ver regresar a su sirviente sin el ansiado semental, la furia de la reina alcanzó niveles apocalípticos y, de inmediato, comenzó a convencer a su esposo Aylill para que enviara mensajeros a todos los rincones de Connaught, en busca de aliados para formar un ejército con que invadir el Ulster.
El primero en responder a la convocatoria fue Fergus McRoigh, movido por el deseo de venganza contra Connor McNessa, que aportó 4.000 hombres y 600 carros de combate; lo siguieron, casi al unísono, los siete hijos de Aylill y Maedbh, cada uno con su ejército privado, que en total sumaban más de 15.000 soldados experimentados; Anluan y Keth, los hijos de Maga, con 3.000 hombres armados hasta los dientes; el rubio Ferdia con su compañía de fir-bolg, y otros muchos señores de los vecinos condados de Meath y Fermanagh que, por ser limítrofes con Ulster, pensaban anexarse parte de las tierras expropiadas a cambio de su participación en la guerra.
Además de estas fuerzas aliadas, Maedbh y Aylill contaban con el ejército regular de Connaught, integrado por más de 6.000 efectivos, e incluso 3.000 exiliados del Ulster que, por una u otra razón, respondían a las órdenes de Cormac, hijo de Connor McNessa, que se encontraba ansioso de derrotar a su padre para instalarse él mismo en el trono del Ulster. Finalmente, al inicio de las acciones bélicas, prácticamente no había un solo condado en Erín que no hubiera aportado armas y soldados para la lucha contra Connor McNessa y su principal campeón, el invencible CuChulainn.
El proceso estaba en marcha y la suerte echada, pero antes de que se iniciaran las acciones, la reina Maedbh tuvo la premonición de que su capricho traería consecuencias aciagas para todos los que se plegaran a él. A esto se sumó la innata prudencia de su esposo, que le aconsejó cautela, e incluso la profecía del druida Fendellm, quien le aseguró que había tenido una funesta visión del ejército de Connaught bañado en su propia sangre; pero la omnipotencia de Maedbh no conocía límites y ésta siguió adelante con sus planes, sin importarle las consecuencias de ellos.
Y para afirmarla más aún en sus megalomaníacas pretensiones, sus espías destacados en el territorio del Ulster reportaron que todos los hombres del reino se encontraban afectados por la maldición de Macha,6 que los haría padecer los dolores del parto durante varios días y los mantendría en convalecencia por varias semanas a partir de entonces. En todo el Ulster, tan sólo un guerrero, CuChulainn —en realidad un joven, pues sólo contaba diecisiete años—, se encontraba libre de la maldición, precisamente a causa de su corta edad. Al enterarse de esto, Maedbh se reafirmó aún más en sus propósitos e ignoró las prevenciones de su esposo, del druida Fendellm e incluso del mismo McRoigh, que había experimentado premoniciones parecidas.
Las acciones bélicas se iniciaron con el ejército de Connaught, al mando de Fergus McRoigh, desplazándose hacia el este para reunirse con las tropas de Meath y Fermanagh, pero la reina Maedbh no tardó mucho en demostrar su natural maligno y desequilibrado: una tarde, observando que la tropa de Leinster que se sumara a su ejército se aprestaba para la batalla con mayor rapidez y eficiencia que sus propias huestes, barajó la posibilidad de prescindir de su apoyo y enviarlos de regreso a sus casas, pero luego, en un dictamen absolutamente incomprensible y arbitrario decidió, sencillamente, matarlos.
Su esposo, azorado ante una determinación tan descabellada, trató de contemporizar, señalando el impacto negativo que una medida de ese calibre podía provocar en el resto de las tropas, y sugirió que el ejército de Leinster fuera desmembrado y que sus falanges fueran redistribuidas entre el resto de la fuerza, a lo que Maedbh accedió de mala gana.
Poco después los hombres de Connaugt tuvieron su primer encuentro con CuChulainn, durante el cual, si bien no se produjo una verdadera contienda, se puso claramente de manifiesto el obstáculo que aquel joven guerrero de diecisiete años iba a resultar para los planes de los aliados.
Esto sucedió cuando el grueso de las tropas aliadas se encontraban en camino hacia la frontera, siempre guiados por Fergus McRoigh, quien los había prevenido hasta el cansancio sobre mantenerse atentos, para evitar que CuChulainn, que se encontraba a la sazón patrullando la frontera entre Ulster y Meath con su padre adoptivo Sualtham, cayera sobre ellos por sorpresa.
Pero toda precaución resultó inútil y el joven guerrero, intuyendo la aproximación de una gran fuerza, envió a su padre hacia el norte —más para protegerlo que por una necesidad real de refuerzos—, en dirección a Emain Macha, a prevenir al grueso de los hombres del Ulster. CuChulainn, por su parte, se adentró en la foresta y allí, parado sobre un solo pie y utilizando solamente una mano y un ojo, talló y retorció un joven roble hasta darle la forma de una herradura. A continuación talló en ella una serie de caracteres ogham, reseñando la forma en que la herradura había sido confeccionada y previniendo a las huestes de Maedbh, bajo la advertencia de un geis, de "no seguir avanzando, a menos que hubiera entre ellos un hombre capaz de construir una herradura similar, utilizando, como él lo había hecho, únicamente un pie, un ojo y una mano". Aclaró: "Eximo del peso de este geis a mi amigo Fergus McRoigh".
Así, cuando las huestes de Maedbh llegaron hasta el lugar, encontraron elgeis y lo llevaron a Fergus para que lo descifrara, y como no había entre ellos nadie capaz de emular la hazaña de CuChulainn, se adentraron en el bosque para acampar durante la noche.
Una vez que los soldados se detuvieron, CuChulainn los rodeó para observar sus rastros, y así comprobó que su número alcanzaba los dieciocho trincha cét (trincha = 3 y cét = 1.000: número de soldados que componen una legión), es decir, un total de 54.000 hombres.
Antes de que terminara la noche, volvió a la cabeza del ejército y se enfrentó con una avanzada compuesta por dos carros de guerra con dos hombres cada uno, a los que mató. Luego cortó de un solo tajo de su espada una horqueta de cuatro ramas de una encina, y la clavó en el vado de un río cerca de Athgowla, por donde las tropas debían cruzar, empalando en cada una de las ramas una cabeza ensangrentada.
Cuando las tropas arribaron al lugar, se asombraron y aterraron ante el espectáculo de las cuatro cabezas, y Fergus declaró que se hallaban bajo un nuevo geis y que no debían pasar el vado mientras no hubiera entre ellos uno que pudiera desclavar la horqueta del suelo de la misma forma en que había sido clavada, es decir, con las puntas de los dedos de una sola mano.
En realidad, la estrategia de CuChulainn radicaba en ganar el mayor tiempo posible hasta que los hombres del Ulster se recuperaran del hechizo arrojado por Macha, y para ello adoptó tácticas que hoy llamaríamos "de guerrillas", matando gran cantidad de soldados con su honda y disparando incluso contra la ardilla mascota que la reina Maedbh llevaba en su cuello y el ave que sostenía Ayllil en su puño. La caballerosidad impedía a CuChulainn matar a Maedbh, pero no lo inhibía de arrojarle piedras con su honda, con tanta precisión que durante largo tiempo la reina no pudo aparecer por el campo de batalla, si no era protegida por una verdadera muralla humana, formada por sus servidores más confiables.
Para ese entonces, y a pesar del relativamente escaso tiempo que llevaban en combate, los hombres se encontraban aterrorizados, y muchos de los soldados se preguntaban quién era aquel increíble joven que mantenía en jaque a lo más granado de los ejércitos de Erín.
Pero a pesar de su temor por CuChulainn, mayor aún era su terror por la ira de Maedbh. Mientras tanto, los ejércitos de la malvada reina continuaron su camino hacia Emain Macha, devastando las comarcas de Bregia y Murthemney; no obstante, no pudieron continuar hacia el Ulster, ya que CuChulainn los hostigaba continuamente, matándolos de a dos y de a tres y, a medida que su furia crecía, se volcaba con fuerza sobrenatural contra compañías enteras de las tropas de Connaught, exterminándolas sin compasión, a tal punto que, en una ocasión, cien guerreros de Maedbh murieron de terror al ver a CuChulainn en pleno frenesí de su "fiebre de combate".
Ahora bien, viendo que sus tropas eran diezmadas sin que pudiera continuar su camino hacia Quailnge, Maedbh propuso a CuChulainn, por intermediación de Fergus McRoigh, un acuerdo según el cual el héroe debería luchar cada día con un campeón diferente; el pacto permitía que el ejército avanzara mientras durara el combate, pero .debía acampar tan pronto como éste terminara. La estratagema de la reina dio resultado, y en el transcurso de uno de los duelos de CuChulainn con un famoso campeón de Fermanagh, de nombre Natchrantal, Maedbh, con un tercio de su ejército, llevó a cabo un ataque relámpago contra la fortaleza de Slievegallion, en el condado de Armagh, apoderándose del Donn Quailnge, que había sido llevado allí con su manada, en un infructuoso intento por protegerlo.

Ferdia McDamann


A pesar de que la guerra debería haber cesado en el momento mismo en que los invasores sacaron el toro fuera de los límites del Ulster, la reina Maedbh, demostrando que todo aquel despliegue bélico había sido solamente un capricho y un deseo de venganza hacia CuChulainn, continuó enviando campeones en su contra, hasta que llegó el turno de Ferdia McDamann, antiguo amigo y condiscípulo del héroe ulate que, después de él y de Fergus (quien, hasta el momento, se había negado terminantemente a luchar contra CuChulainn, a pesar de las repetidas instancias de la reina, que le había ofrecido hasta su propio cuerpo por hacerlo), era el guerrero más poderoso de Erín.
De modo que los ególatras caprichos de una mujer perturbada y desquiciada por el abuso del poder, tuvieron la fuerza suficiente como para hacer que Ferdia y CuChulainn, quienes habían sido amigos entrañables hasta pocos días atrás, se vieran ante el trágico destino de tener que enfrentarse en una lucha a muerte, de la cual uno de ellos no saldría con vida. El Libro de Leinster, traducido por George Roth, narra así el enfrentamiento:

Muy temprano en la mañana, Ferdia condujo su carro hacia el vado y descansó allí hasta que oyó el trueno provocado por el carro de guerra de CuChulainn aproximándose, y se levantó para enfrentarse con él a través del río. Una vez que se hubieron saludado afectuosamente, debatieron con qué armas debían comenzar el combate, y Ferdia recordó a CuChulainn una de las artes que habían aprendido de Scathagh: el lanzamiento de jabalinas livianas, y acordaron comenzar con ellas.
Durante todo el día zumbaron las jabalinas a través del río, pero al llegar el mediodía ninguna de ellas había logrado penetrar las defensas de los campeones, por lo que decidieron cambiar por lanzas más pesadas, lo que hizo que brotara la primera sangre. Finalmente, el día llegó a su fin.
—Terminemos por hoy —sugirió Ferdia, a lo que CuChulainn estuvo de acuerdo y ambos se abrazaron y besaron tres veces, antes de retirarse a descansar.
Al día siguiente, fue el turno de CuChulainn de elegir armas y optó por las pesadas lanzas de hoja ancha para combate a corta distancia, y con ellas lucharon desde los carros, hasta que el sol se puso; el cuerpo de ambos héroes estaba surcado por las heridas, pero ambos se saludaron tan afectuosamente como el día anterior y durmieron pacíficamente hasta la mañana.
Y así continuaron el combate, día tras día, sin sacarse ninguna ventaja, hasta que, al comenzar el sexto día, Ferdia comprendió que el duelo debía terminar y se armó cuidadosamente para la ocasión.
—Ferdia —preguntó CuChulainn cuando se encontraron—, ¿cuáles serán nuestras armas para este día?
—Hoy la elección te corresponde —contestó su amigo.
—Entonces que sean todas o cualquiera —dijo CuChulainn, a lo que Ferdia asintió, aunque sabía que eso significaba el fin de uno de los dos.
Hasta el mediodía lucharon sin alternativas importantes, pero finalmente el frenesí del combate embargó a CuChulainn, y su cuerpo comenzó a crecer como el de un gigante, hasta que sobrepasó a Ferdia por diez palmos; sin embargo, su misma locura lo distrajo por un instante, y su amigo logró hacerle sentir el filo de su espada, que se clavó profundamente en su carne. Ferdia continuó acosando fieramente a CuChulainn, que gritó a su cochero que le arrojara su ¿halad bolg.7
Al oír esto, Ferdia bajó instintivamente su escudo para proteger sus piernas, pero CuChulainn, desde su estatura de gigante, logró pasar su lanza por sobre el borde del escudo, clavándola en su pecho. Al recibir la herida, Ferdia volvió a levantar su defensa, pero fue entonces cuando CuChulainn tomó con sus pies la temible ghalad bolg y la arrojó contra Ferdia, cuyo cuerpo atravesó, soltando su mortífera carga.

—Es suficiente —clamó Ferdia al recibir el golpe. —Esta herida me causará la muerte. Es un hecho doloroso que haya caído por tus manos, amigo mío.
CuChulainn, a quien el frenesí guerrero ya había abandonado, lo tomó en sus brazos antes que cayera y lo llevó hacia el norte, a través del vado, de forma que su cuerpo descansara en las tierras del Ulster, y no del lado de los hombres de Erín. Y entonces llegaron de Emania algunos amigos de CuChulainn y lo trasladaron a Murthemney, donde sus compañeros de los tuatha de Danann esparcieron hierbas mágicas sobre sus heridas, aunque él permaneció muchos días en un estado de estupor y tristeza infinitos.

El fin de la guerra


La guerra del Tain bo Quailnge finalizó con la batalla de la Llanura de Garach, en el condado de Meath, entre las tropas irlandesas, al mando de Fergus McRoig y los hombres del Ulster, bajo las órdenes del propio rey Connor McNessa, ya que CuChulainn aún no se había recuperado de su letargo por la absurda muerte de su incondicional amigo Ferdia.
Fergus atacó a Connor, pero el hijo del rey, Cormac, rogó por la vida de su padre, ante lo cual McRoig se volvió a Connall Cernatch, "el de las Mil Victorias", compañero suyo de cien batallas y uno de los mayores héroes del Ulster.
—Te debes sentir muy valiente —lo acusa Connall— traicionando a tus compatriotas por un puñado de tierras.
Ante la dura acusación, Fergus deja de atacar a los hombres del Ulster y, en su desesperación al comprender la magnitud de su error, comienza a azotar con su espada los tres montes Maéla, que desde ese día tienen la cima plana, y así pueden verse todavía.


CuChulainn, oyendo los golpes de Fergus, vuelve en sí de su estupor y, tomando sus armas, se lanza a la batalla; Fergus, quien no desea combatir contra su amigo, abandona la lucha, y con él se van los hombres de Leinster y Munster, dejando a Maedbh y sus siete hijos sin más tropas que las de Connaught. Al caer la noche, el carro de guerra de CuChulainn no es más que un puñado de tablas destrozadas, y él mismo está cubierto de sangre de la cabeza a los pies, pero las tropas enemigas ya están en franca desbandada hacia la frontera.
—No tengo por costumbre asesinar mujeres —replica CuChulainn ante el pedido de gracia de Maedbh—. Te acompañaré hasta cruzar el Shannon, por el vado de Athlone, y de allí volverás a tu tierra para devolver el Donn Quailnge.
Sin embargo, todo sería en vano; el Toro Pardo de Cooley, al que Maedbh ha enviado a Connaught por un camino separado, se encuentra con el Toro Blanco de Aylill en los Llanos de Aei, y las dos bestias se traban en una lucha mortal. El Donn Quailnge mata de una furiosa cornada a su enemigo, pero luego rompe en una estampida desenfrenada hasta caer muerto, rugiendo y vomitando negros coágulos de sangre, en el Risco del Toro, entre el Ulster e Ivaegh.

LA MUERTE DE CUCHULAINN

Una  vez  finalizada  la  guerra  por  el  Donn Quailnge, y demostrando que todo el episodio había sido una mera excusa para vengarse de CuChulainn, Maedbh decide intentar la muerte del héroe por medio de su magia, respaldada por la de otros dos hechiceros, hijos de Caliatin, el mago-guerrero que había sido muerto por CuChulainn durante el Tain bo Quailnge.
Para satisfacer su venganza, los conspiradores esperan a que los hombres del Ulster hayan caído de nuevo bajo la maldición de Macha, y tienden una emboscada mágica a CuChulainn, haciéndole creer que miles de hombres armados marchan contra Murthemney.
Por todas partes cree ver CuChulainn el humo de los incendios, y durante muchos días lucha a brazo partido contra los fantasmas de guerreros que no existen, hasta caer rendido por el cansancio.
Los hombres del Ulster convencen a su héroe de que se retire a un valle solitario, donde será cuidado por cincuenta de las más bellas princesas del Ulster, entre ellas la esposa de su fiel amigo Connall de las Mil Victorias, pero los hechizos de los hijos de Caliatin crecen en virulencia con el agotamiento del héroe, y su descanso se ve interrumpido por los lamentos de los heridos, el sonido de los carros de combate, las trompas y los cuernos de guerra.
Al no poder soportar lo que creía una carnicería, CuChulainn interrumpe su descanso y regresa a la batalla, pero en el camino se ve sometido a dosgeasa1 contradictorios impuestos por los hijos de Caliatin: el primero de ellos le impide negarse a comer carne si le es ofrecida, mientras que el segundo provoca que, si incumple el primero, pierda, al entrar en batalla, los poderes mágicos que le permiten aumentar de tamaño y adquirirla fuerza de cien hombres.
Y es así que, en el camino hacia Murthemney, CuChulainn encuentra a un grupo de aldeanas (que no son otras que los hijos de Caliatin disfrazados de ancianas), que lo invitan a compartir su comida que, por supuesto, se compone principalmente de carne, que lo privaría de sus poderes al entrar en batalla.
Durante semanas enteras —cuenta la leyenda— combatió CuChulainn contra sus enemigos espectrales, en una batalla que quedaría en la memoria de Erín como "La masacre de Murthemney". Legiones enteras de espectrales contendientes cayeron bajo sus armas, hasta que, debilitado por el hechizo, una ghalad bolg2 disparada por él mismo, después de destrozar una cohorte entera de sus enemigos, fue desviada por artes mágicas y se volvió contra él, clavándose en su pecho y derramando sus entrañas por el piso de su carro de guerra.
—Voy a acercarme hasta la orilla de aquel lago a beber —dijo CuChulainn a sus enemigos, sabiendo que el fin estaba cerca. Ante su promesa de regresar, los soldados no se atrevieron a negarse y CuChulainn, recogiendo sus entrañas contra su pecho, se dirigió a la orilla del lago, bebió y lavó la sangre de su cuerpo, después de lo cual regresó para morir. Instantáneamente fue rodeado por las huestes enemigas, pero ninguno se atrevía a acercarse, pues aún latía la vida en sus venas y el halo de los héroes brillaba sobre su frente.
Pero entonces Morrigú, la Diosa de la Muerte,3 tomando la forma de un cuervo, llegó a posarse en el hombro de CuChulainn, señal indudable de su próxima muerte. Aquello animó a Lugaid, hijo de Curoid, a quien el héroe había matado en duelo, quien se acercó al cuerpo malherido de CuChulainn y separó la cabeza del cuerpo, haciendo que la espada del héroe cayera y le seccionara una mano a la altura del codo. En un pueril gesto de venganza, indigno de un guerrero y movido más por el temor que por la ira, Lugaid cortó a su vez la mano de CuChulainn y la llevó, junto a su cabeza, hacia Tara, donde las enterró. Más tarde, sin embargo, comprendiendo su error, mandó erigir sobre ellas un monte, sobre el cual edificó, con sus propias manos, un túmulo que durante muchos años fue venerado como el reconocimiento de un guerrero a un héroe inmortal.


Pero Connall, el de las Mil Victorias, que, al cesar el sortilegio de Macha, había salido en ayuda de CuChulainn, descubrió el cuerpo decapitado del héroe junto al lago, donde lo habían atado Para que no cayera, y cabalgó hacia el sur, en busca de Lugaid, a quien encontró junto al río Liffey. Luego de matarlo, tomó su cabeza y regresó a Emain Macha, pero su entrada en la ciudad no fue festejada con trompetas y festines, corno lo hubiera sido bajo circunstancias usuales, porque CuChulainn, el Mastín del Ulster, ya no se encontraba más entre los vivos.

A modo de conclusión


Ahora bien, más allá de la aparente coherencia que parece presentar la línea estructural de los distintos relatos de la saga de CuChulainn y sus camaradas, Connall Cernatch y Loegaire Buladach, un análisis pormenorizado permite comprender que, a lo largo de toda la epopeya del Tain bo Quailnge, todos sus participantes están combatiendo, más que entre sí, contra fuerzas preternaturales que se han sumado a la lucha, favoreciendo a uno u otro bando.
Así, por ejemplo, a favor de CuChulainn interviene su padre biológico, Lugh, El del Largo Brazo, quien cada noche, mediante un brebaje y la aplicación de hierbas mágicas, repone sus fuerzas y cura sus heridas. El héroe, a pesar de su agotamiento, reconoce en él a un aedh sidhi,4 aunque no a su padre, y lo considera un dios amistoso que conoce sus padecimientos y se ha apiadado de él.
—Eres un bravo, ¡oh, CuChulainn! —expresó Lugh en una de estas ocasiones, según una de las leyendas del Libro amarillo de Lecan.
—Lo único que he hecho es cumplir de la mejor forma posible con mi patria y con mi rey —respondió el héroe—. Pero ¿quién eres tú, que así te arriesgas a socorrerme en este trance? —preguntó a su vez CuChulainn.
—Soy Lugh, hijo de Ethné, tu padre de los sidhi —respondió el dios, tras de lo cual vendó y curó las heridas del guerrero y lo sumió en un sueño mágico que duró tres días con sus respectivas noches, obligando a los espectros invocados por Maedbh a que respetaran su descanso.
Por su parte, Morrigan, la diosa de la guerra, quien lo ayudara en sus comienzos, lo apoyara con sus hechizos e incluso le ofreciera su amor, luego, al verse rechazada, vuelve hacia él su despecho y su odio impotentes y devoradores. Todos estos personajes, cerniéndose sobre los protagonistas, conforman una trama mítica que va mucho más allá de un relato bélico, histórico o mitológico.

EL CICLO DEL ULSTER O DE CONNOR McNESSA

EL JOVEN CUCHULAINN


 Si bien —como es constante en las leyendas celtas— no se han conservado registros exactos de las fechas en que se desarrollaron las acciones del llamado "ciclo del Ulster", sí se sabe que todas ellas tuvieron lugar dentro   del   reinado  de   Connor  (fonéticamente, Conahar) McNessa, por lo que deben ubicarse antes de la cuarta década de la Era Cristiana, fecha asumida de la muerte del joven rey.
Por otra parte, los rasgos costumbristas, ropas, vehículos y armas de guerra, etc. mencionados tanto en el Leabhar Gabhalla como en el Dunn Cow, tipifican el período La Tene, cuya etapa final encaja perfectamente dentro de la época especificada; esto indicaría también que las hazañas de CuChulainn (fonéticamente Cu-ju-linn) serían contemporáneas de la llegada del cristianismo a las tierras de Erín.
El héroe máximo de la raza celta, posteriormente rebautizado CuChulainn, nació durante el reinado del primer Soberano de Todos los Reinos de Erín, Connor McNessa, en la región próxima al río Boyne, en el reino del Ulster.
En realidad, el rey Connor había accedido al trono de una forma no del todo ortodoxa, ya que, ante la muerte del gigante Fachtna, anterior rey del Ulster, lo sucedió en el trono su medio hermano Fergus, quien estaba secretamente enamorado de la esposa de Fachtna, Nessa, hija de Echid Gwrruagh ("Talón amarillo") y madre de Connor.
Al morir su medio hermano, Fergus propone matrimonio a Nessa, pero ésta le impone, como condición para aceptarlo, que permita que su hijo Connor reine por un año, para que sus futuros nietos puedan ser recordados como hijos de un rey.' Fergus acepta y Connor sube al trono, pero su mandato resultó tan próspero y beneficioso para el Ulster que el pueblo lo obligó a permanecer en el cargo, con gran beneplácito de su medio tío, que era más afecto a la vida cortesana y las expediciones de caza que a las tareas de gobierno. 
Sería imposible aquí pretender narrar todas las hazañas del héroe de los ulates (habitantes del Ulster), ya que sólo sus hechos de guerra se distribuyen en más de setenta relatos diferentes, algunos de los cuales constan de varias versiones que difieren considerablemente entre sí. Por lo tanto, mencionaremos aquí las leyendas más difundidas sobre sus hazañas, tratando de mantener la secuencia coherente de una vida épica, plena de episodios bélicos y de servicio a su rey, a su gente y a la tierra que lo vio nacer.
Cuenta la leyenda que la doncella Dectera, hija de Cathbad, uno de los más destacados nobles de la corte de Connor McNessa, desapareció un día, junto con otras cincuenta jóvenes vírgenes, y durante más de dos años ninguna búsqueda fue suficiente para descubrir su paradero ni quién las había secuestrado.


Ya hacía tiempo que había cesado la búsqueda de las vírgenes desaparecidas, cuando un día en que los grandes señores del Ulster se encontraban en una partida de caza —entretenimiento principal de la nobleza en los tiempos de paz—, vieron posarse sobre una llanura vecina a Emain Macha, capital de la provincia, una bandada de pájaros de extraña conducta, ya que devoraban las plantas y la hierba de los prados sin dejar siquiera las raíces.
Preocupados por el daño que aquellas aves podrían hacer si caían sobre los sembrados, los nobles decidieron cazarlas, por lo que comenzaron a perseguirlas con sus carros, lanzándoles venablos y piedras con sus hondas, ya que los arcos no existían por aquellas épocas.
Nueve fueron los carros que partieron en persecución de las aves, marchando al frente de ellos el del propio rey y, en los restantes, los principales guerreros del Ulster: Connall Cernatch, por aquel entonces mano derecha del monarca, Fergus McRoig, Celtchar McUithetchar, Bricrui Nemthenga ("El de la lengua bífida") y otros destacados cortesanos de Emain Macha.
A campo traviesa, atravesando arroyos y pequeños bosques, los nobles persiguieron a los pájaros durante todo el día, observándolos mientras lo hacían. Pronto notaron que se trataba de aves muy extrañas, ya que volaban divididas en nueve grupos, cantando mientras lo hacían, y cada grupo, integrado por veinte pájaros, era guiado por una pareja sujeta entre sí por un delgado yugo de plata, mientras que los demás también estaban unidos por parejas, pero con delgadas cadenas del mismo metal.
Sin embargo, llegó la noche sin que los cazadores hubieran podido dar alcance a los pájaros y mucho menos capturar alguno, por lo que el rey Connor ordenó desenjaezar los caballos, agotados por la carrera, y envió a Conall Cernatch y Bricriu Nemthenga a buscar un refugio donde pernoctar a salvo de la nevada que había comenzado a caer. Para ello, los dos nobles marcharon siguiendo la ribera del Boyne, hasta llegar a las cercanías del Brug na Boyne,2 donde descubrieron una humilde choza que parecía muy pobre y parcialmente destruida. Sin embargo, viendo que pronto sería ya noche cerrada, los exploradores se acercaron a la cabaña, siendo recibidos por un hombre joven, de encantadora apariencia, junto al cual se encontraba una hermosa dama —su esposa, como se supo más tarde—, quienes salieron a la puerta a recibir a los enviados, aceptando de buena gana compartir por aquella noche con el rey su humilde morada. Sin otro comentario, los nobles volvieron junto al grupo e informaron al rey lo que habían descubierto, comentándole que la casa quizás no fuera digna de él, pero que siempre sería mejor que pasar la noche al raso.
Pero la primera sorpresa se produjo cuando la comitiva cruzó la puerta de la cabaña y la pequeña habitación que se adivinaba desde afuera se convirtió en un verdadero castillo, con su correspondiente salón de banquetes, aposentos, cocinas y hasta establos para sus carros y sus caballos.3 Pero la sorpresa fue mayor aún cuando el rey reconoció en la joven a la hermosa Dectera, en su esposo a Lugh, el del Largo Brazo,4 hijo de Ethlin. y en las doncellas que los acompañaban, a las cincuenta vírgenes que habían desaparecido con la joven.
La velada pasó sin más incidentes, entre amenas conversaciones, risas y una opípara cena, hasta que llegó el momento de retirarse a descansar.
Sin embargo, un motivo más de asombro llegaría para los nobles a la mañana siguiente cuando, al despertarse, se encontraron yaciendo sobre la hierba, ya que tanto el lujoso salón, como la pareja, las doncellas y hasta el mismo castillo habían desaparecido y, en su lugar, sólo podía verse un reducido pabellón, dentro del cual había una pequeña cuna y en ella un niño. Era el regalo que Dectera hacía al pueblo del Ulster, a través de su rey, Connor McNessa, para lo cual lo había atraído, con el señuelo de los pájaros, hasta el mágico sidh5 de Brug na Boyne.
El niño fue llevado por los nobles hasta el palacio real y entregado a Finchaum, la hermana de Dectera, quien lo aceptó de buena gana y lo bautizó Setanta, aunque para esa época se hallaba criando a su propio hijo, Conall. Y aunque él no podía agradecerlo ni comprenderlo, el monarca concedió a la madre adoptiva una extensa zona que recibía el nombre de Llanura de Murthemney, en el condado de Meath, al norte del Ulster, que abarcaba desde Usna hasta Dundalk, ciudad en la que posteriormente establecería su vivienda y su fortaleza.
También se cuenta que el archidruida Morann, cuando se enteró de su llegada, profetizó:
"Sus hazañas le ganarán el aprecio de los hombres y estarán en las bocas de todos. Reyes, sabios, guerreros y aurigas cantarán sus alabanzas, pues este niño vengará las injusticias que los afligen, luchará en sus combates y paliará sus necesidades".

Y cuando Setanta tuvo edad suficiente para comenzar su aprendizaje de guerrero, junto a los hijos de príncipes y señores, se dirigió voluntariamente a la corte de Connor McNessa, donde tuvo lugar el incidente que le dio el nombre de CuChulainn, por el cual se lo conoció de allí en adelante.
Todo se inició una noche en que el rey Connor y sus caballeros más notables debían concurrir a una fiesta a realizarse en el aun (castillo) de un adinerado herrero llamado Cullainn, en la región de Quelny donde, además, tenían planeado pasar la noche. Junto a los nobles concurrirían asimismo los aprendices recién incorporados, pero Setanta, quien también estaba invitado, se encontraba participando en un partido de hurling, por lo que solicitó permiso al rey para seguirlos más tarde, cuando finalizara el juego.
El séquito real arribó a su destino cuando ya estaba anocheciendo, y de inmediato fueron recibidos por el herrero, cuya hospitalidad quedó plenamente demostrada en el gran salón, donde comieron y bebieron, mientras los criados cerraban los aposentos interiores, dejando afuera a un enorme y salvaje dogo alsaciano, bajo cuya protección quedaba todas las noches el dun, cuyos habitantes se sentían tan tranquilos como si estuvieran rodeados por un ejército.
Pero, en medio de la algarabía de la fiesta, nadie recordó a Setanta hasta que, en medio de las risas y la música, se oyó el estremecedor gruñido del mastín de Cullainn (que había advertido la presencia de un extraño) que pronto se transformó en el estruendo de un combate a brazo partido, cuyo estremecedor crescendo culminó repentinamente en un silencio ominoso. Y cuando los asombrados espectadores lograron finalmente abrir las puertas, a la luz de las antorchas se recortó la figura de un joven de corta edad, agachado sobre el cadáver del fiero dogo tendido a sus pies.
Aunque todo estaba perfectamente claro, un atribulado Setanta quiso explicar lo sucedido:
—No lo vi hasta que se me echó encima, y entonces sólo tuve tiempo para aferrarlo del cuello y estrellarlo contra el muro, hasta que murió. Lo lamento sinceramente, pero no pude hacer otra cosa.
Viendo que el incidente no había pasado a mayores, los nobles se mostraron distendidos y contentos, pero pronto cambiaron de actitud al ver a su anfitrión guardando un silencio triste y compungido, mientras se inclinaba sobre el cuerpo de su antiguo amigo, muerto en defensa suya y de su casa.
—Realmente siento haber tenido que matar a tu perro, Cullainn. Entrégame un cachorro suyo y me comprometo a entrenarlo para que llegue a ser tan valiente como su padre. Y mientras tanto, ¡yo mismo cuidaré de tu casa, como ningún perro podría hacerlo jamás!
Cullainn agradeció un ofrecimiento que sabía sincero, y todo el séquito de nobles aplaudió la salida de Setanta quien, desde ese instante, quedó rebautizado con el nombre de CuChulainn, que significa, literalmente, "el Mastín de Cullainn".

Algunos años más tarde, cuando se acercaba el tiempo en que debía tomar las armas de la edad adulta, CuChulainn acertó a pasar un día por un paraje del bosque donde Cathbad, uno de los druidas más considerados de la región, enseñaba a algunos de sus filidh6 el arte de la adivinación mediante las hojas del roble.
—Druida —preguntó en ese preciso momento uno de los aspirantes—, ¿para qué tipo de empresa resultará favorable el día de hoy?
Y el maestro, arrojando al aire algunas hojas de roble, observó su vuelo, consultó las posiciones en que habían caído y respondió:
—El joven guerrero que tome hoy sus armas de la edad adulta será famoso entre todos los hombres del Ulster y de Erín por sus proezas, y si bien su vida será breve, resplandecerá con el fulgor de una estrella fugaz.
CuChulainn no pareció darse por enterado de haber oído las palabras, pero marchó directamente a ver al rey Connor McNessa.
—¿Qué deseas? —preguntó el soberano.
—Tomar las armas de la edad adulta —respondió CuChulainn sin dudar un instante.
—Que así sea, entonces —accedió el rey, entregándole dos robustas lanzas.
Pero el joven aspirante a guerrero, tomando las armas en sus manos las quebró con un solo movimiento de sus muñecas, como si fueran simples ramillas de sauce. Y lo mismo hizo con todas las que le presentaron y con los carros de combate que le ofrecieron para que los condujera, y que él rompió a puntapiés, demostrando tanto la fragilidad de los elementos como la fortaleza de sus músculos. Hasta que finalmente, le presentaron el carro de guerra y las dos lanzas del propio rey, con los cuales quedó satisfecho al ver que no podía romperlos.
A medida que se entrenaba con sus nuevas armas y tomaba parte (y ganaba) en cuanto concurso de destreza con las armas se organizaba, su cuerpo joven fue tomando la contextura del de un atleta, hasta que, al llegar a la mayoría de edad, resultaba tan atractivo a todas las doncellas y matronas del Ulster, que el Consejo de Ancianos le sugirió que tomara una esposa. Pero pasaron los meses sin que encontrara ninguna doncella que le agradara, hasta que en un banquete de la casa real conoció a la hermosa y codiciada Ehmet, hija de Forgall, señor de Lugach, y su joven y ardiente corazón se inflamó de pasión por ella, a tal punto que de inmediato decidió pedirla en matrimonio. Y con ese propósito, al día siguiente hizo enganchar su carro y, acompañado por Laeg, su amigo y auriga, se dirigió sin demoras al dun de Forgall.
Pero mientras él se acercaba, la hermosa Ehmet se encontraba en la balaustrada de una de las torres, departiendo graciosamente con su comitiva de doncellas de la corte, hijas de los nobles súbditos de su padre, y enseñándoles los secretos del bordado, ya que ninguna dama de la corte osaba competir con ella en ese arte. Algo más lejos, sentada sobre un canapé y con los enseres de costura sobre el regazo, su madre Fredia la contemplaba con orgullo, sabedora de que su hija, a pesar de su temprana edad, poseía ya los seis dones de la mujer madura: el don de la belleza, el de la conversación ponderada, el de la voz dulce, el de la aguja, el de la sabiduría reservada y el más importante de todos, el don de la castidad y la pureza de pensamientos.
Pero los pensamientos halagüeños de Fredia pronto se vieron interrumpidos por el estruendo de un carro de guerra que se acercaba por el camino de Math y, reuniéndose madre e hija junto a una de las almenas, enviaron a una de las damas de compañía a la muralla, a ver quién era el que se aproximaba sin haberse hecho anunciar previamente.
—Se acerca un carro de guerra —anunció la criada— tirado por dos briosos potros, negros como la noche; ambos echan fuego por los ollares y sus poderosos cascos levantan trozos de tierra tan grandes como cabezas humanas. En el carro viajan dos hombres; uno de ellos parece ser el hombre más atractivo de todo Erín, pero su expresión es melancólica y su boca parece esbozar un rictus de tristeza. Va vestido con una túnica blanca como la nieve y envuelto en un manto carmesí sujeto con el broche de oro más hermoso que he visto en mi vida. A su espalda cuelga un escudo del mismo color que el manto, con un dragón de plata labrado en su centro y un reborde del mismo metal. Conduciendo el carro, como su auriga, viene un hombre alto, esbelto y pecoso, con el pelo rojo y rizado cubierto por un casco de reluciente bronce, tachonado por rodeles de oro sobre ambos lados del rostro.
Cuando, finalmente, el carro se detuvo en el patio interior del castillo, Ehmet se acercó a saludar a CuChulainn, pero cuando éste le reveló que la razón de su presencia allí era el amor que sentía por ella, la doncella le explicó el rígido control que su padre ejercía sobre su vida, y le mencionó la fuerza y la destreza de los campeones que el señor de Forgall había dispuesto que la guardaran día y noche, para evitar que se casara contra la voluntad paterna. Y cuando él, presionado por sus anhelos, insistió en sus requerimientos, ella le respondió:
—No puedo desposarme antes que mi hermana Fiall, ya que ella es mayor que yo, y ésas son las reglas de la familia.
—No me interesaría por ella ni aun siendo la única mujer en el mundo —respondió de inmediato CuChulainn. No es a ella a quien amo, sino a vos. —Pero mientras ellos hablaban, los ojos del joven descendieron hasta la nívea piel que dejaba entrever, pudorosa pero sugestivamente, el escote de la túnica, y sus inflamadas palabras brotaron incontenibles—: ¡Mía será esa llanura, la dulce y mágica llanura que conduce al valle de la doble esclavitud!
—Nadie llega a esta llanura sin antes haber cumplido con sus deberes, y los vuestros aún están por comenzar a ser cumplidos —fue la cauta pero no desalentadora réplica de la dulce Ehmet.
Ante estas palabras, CuChulainn ordenó a su auriga dar media vuelta los caballos, y ambos regresaron a Emain Macha.

El despertar del guerrero

Las palabras de la doncella calaron muy hondo en el espíritu del joven guerrero, quien al día siguiente ya se encontraba listo para iniciar su preparación para la guerra y las hazañas heroicas que Ehmet le había pedido que realizara. Recordando las conversaciones con sus compañeros de armas y con sus mentores en las artes bélicas, volvieron a su mente las menciones a una poderosa mujer guerrera, de nombre Scatagh,7 que vivía en la Isla de las Sombras y preparaba a los jóvenes que acudían a verla para que pudieran acometer grandes empresas bélicas y hechos de armas de todo tipo.
Sin pérdida de tiempo CuChulainn salió en busca de la diosa guerrera, para lo cual debió enfrentar, desde el comienzo mismo de su viaje, graves peligros, cruzando bosques encantados, llanos gélidos y tórridos desiertos, hasta que, al llegar a la llanura de Iall-Fedhuc (Mala Suerte), se vio detenido por interminables ciénagas de pestilente lodo que inmovilizaba sus pies y elevados riscos resbaladizos donde sus manos no podían afirmarse.
Agotado por los sucesivos e inútiles esfuerzos y ya a punto de darse por vencido, alcanzó a distinguir, a corta distancia de donde se encontraba, la imagen de un hombre joven y apuesto,8 cuya visión, luminosa como el sol naciente, puso nuevas energías en su corazón. Sin que el joven se lo pidiera, el recién llegado le entregó una rueda de madera, indicándole que, cuando tuviera dudas respecto del camino a seguir, la hiciera rodar delante de él y la siguiera, sin apartarse del camino que ella le marcara.
Animado por una nueva esperanza, CuChulainn puso en práctica los consejos del luminoso desconocido, viendo que el artefacto comenzaba a girar y, desde su eje, brotaban rayos centelleantes que consolidaban el camino a su paso, al tiempo que lo guiaban en los tramos más oscuros del camino. Así, siguiendo la rueda, logró salir del peligroso llano de Iall-Fedhuc y, luego de vencer a las indescriptibles bestias del Desfiladero Peligroso, se encontró frente mismo a la entrada del Puente Infranqueable, más allá del cual se levantaba el castillo de la diosa guerrera.
Allí, agrupados en el extremo más cercano del puente, pudo ver a muchos hijos de los príncipes de Erín, que habían acudido a aprender de Scatagh las artes de la guerra, y entre ellos se encontraba su amigo Ferdia, hijo del fir-bolg Damoinn. Al reconocerlo, varios de ellos se acercaron a pedirle noticias de Irlanda, y cuando CuChulainn se las hubo contado, pidió a Ferdia que le explicara la forma de cruzar el puente, ya que éste se veía muy estrecho, inseguro y elevado, a lo que éste le respondió:
—Ninguno de nosotros ha cruzado este puente aún, pues las dos proezas que Scatagh enseña en último término son, precisamente, la forma de cruzar el puente y el lanzamiento de la temible ghalad bolg.9 Para cruzar el Puente Infranqueable deberás esperar a que ella te llame, pues si pisas más acá de la mitad del puente, éste inmediatamente se levanta y te devuelve a la orilla, y si intentas saltar sobre él y no llegas a la otra margen, se agita de tal forma que te hace caer directamente en las fauces de los monstruos que esperan debajo, en el río de lava.
Pero la impaciencia de CuChulainn no le permitió esperar demasiado tiempo, y apenas hubo descansado de su largo viaje, intentó la proeza que ninguno de sus amigos había osado enfrentar. Ante la mirada sorprendida de los príncipes, en el cuarto intento, después de haber sido rechazado en los tres primeros, se encontró en el centro del puente y en uno más lo había cruzado, irguiéndose orgulloso frente a la puerta de la fortaleza de Scatagh. En ella, asombrada por la hazaña, pero sonriendo con satisfacción por lo que había presenciado, se encontraba la diosa, quien inmediatamente lo tomó bajo su tutela, como su alumno predilecto.
Un año y un día permaneció CuChulainn en el feudo de la diosa guerrera, aprendiendo con facilidad todos los hechos de guerra que ella le enseñó, hasta que, finalmente, le demostró el manejo de la letal ghalad bolg, obsequiándole una de aquellas mortales lanzas, que ella misma, y sólo ella, podía construir en su fragua mágica.
—Tómala, es tuya —le dijo al entregársela—; fue el arma predilecta de tu verdadero padre Lugh Lamfada, y es la misma que yo fragüé para que la utilizara en la batalla contra los formaré, y con la que ultimó al cíclope Balor y definió la batalla de Mag Tured.
Una de las primeras hazañas guerreras en que CuChulainn tomó parte activa ocurrió, precisamente, mientras se encontraba aún en la Tierra de las Sombras. Sucedió que la diosa Scatagh se encontraba en guerra con su vecina, la princesa Aiffa, considerada como una de las mujeres-guerreras más fuertes del mundo, razón por la que Scatagh había postergado hasta ese momento el enfrentamiento armado, pues no quería arriesgar las vidas de sus hombres ni la suya propia en combates inútiles y carentes de fundamento.
Pero ante las repetidas agresiones y desafíos de Aiffa, Scatagh no pudo dilatar más el enfrentamiento, y en la primera de las batallas CuChulainn y los dos hijos de la diosa-guerrera mataron a seis de los soldados más fuertes de su enemiga, razón por la cual ésta, enfurecida, la retó a un combate personal.
Sin embargo, CuChulainn, que había sido uno de los responsables de aquel desafío, lo tomó como cosa propia y declaró que él iría en representación de su maestra, para lo cual quiso saber cuáles eran los puntos débiles de su enemiga, a lo cual Scatagh respondió:
—Las cosas que Aiffa más ama en su vida son sus dos caballos de guerra, su carro y su auriga.
A la mañana siguiente, CuChulainn y Aiffa se enfrentaron en combate a muerte y lucharon toda la mañana y la tarde con diferentes alternativas, aunque sin sacarse una ventaja visible uno al otro. Hasta que, ya próximo el atardecer, un golpe afortunado de la amazona quebró la espada del joven a la altura del puño, dejándolo inerme frente al despiadado ataque de Aiffa. CuChulainn retrocedió ante la furia de la mujer defendiéndose como podía, hasta que, mirando más allá de su enemiga, gritó:

—¡Mirad! ¡El carro y los caballos de Aiffa se despeñan por el risco, arrastrando el cuerpo de su auriga!
Instantáneamente, ella detuvo su ataque para mirar a su alrededor, momento en que el joven guerrero aprovechó para atraparla por la cintura y apoyar una daga en su cuello, amenazándola con degollarla si no aceptaba sus condiciones. Imposibilitada de defenderse e impresionada por la sagacidad y la destreza del joven, la reina guerrera suplicó por su vida, a lo que CuChulainn replicó:
—Respetaré tu vida si haces las paces con Scatagh y devuelves los rehenes que tienes prisioneros en tu castillo —a lo que Aiffa accedió de buena gana, ya que se había enamorado perdidamente del joven, y desde ese instante CuChulainn y ella fueron no sólo amigos y compañeros de armas, sino también amantes.
Pero el espíritu inquieto y aventurero de CuChulainn no le permitía permanecer estático durante mucho tiempo, por lo que, al año y un día exactamente, decidió dejar la Tierra de las Sombras, aunque no sin antes entregar a Aiffa, quien se encontraba embarazada de un hijo suyo, un anillo de oro, diciéndole:
—Si el hijo mío que llevas en tus entrañas resultase un varón, le impondrás como geis10 que nunca trate de destacarse injustamente por la fuerza de las armas, que jamás se deje intimidar por hombre alguno y que nunca rechace un combate. Cuando nazca, bautízalo con el nombre de Connla y envíalo a que se reúna conmigo en Erín, tan pronto como su dedo llene el anillo que te dejo.
Y con estas palabras de despedida, CuChulainn se marchó de las tierras de Aiffa, a quien nunca volvería a ver y que, a su debido tiempo, se convirtió en la madre de su único hijo, a quien el héroe mataría con sus propias manos algunos años más tarde.

El regreso del guerrero

Una vez concluido su período de aprendizaje con Scatagh, CuChulainn emprendió su regreso a Erín, ansioso por demostrar su valor y ganar de esa forma su camino hacia el corazón de su amada Ehmet. De modo que ordenó a su auriga que enjaezara los caballos y los encaminara hacia la frontera entre Connaught y Ulster, ya que era de todos sabido que en esa zona limítrofe los combates por cuestiones territoriales estaban siempre a la orden del día.
Siguiendo sus indicaciones, el auriga dirigió los caballos primero hacia White Cairn, el pico más alto de los Montes Bourne, y ambos pudieron contemplar a lo lejos sus añoradas tierras del Ulster, sonriéndoles desde los lejanos valles inferiores. Luego se encaminaron hacia el sur, deteniéndose a ver los Llanos de Bregia, mientras el auriga le señalaba las colinas de Tara y Teltin, el sepulcro de Brug na Boyne y la fortaleza de los hijos de Nechtan, ante cuya vista CuChulainn preguntó al auriga:
—¿Son ésos los mismos hijos de Nechtan de los que se dice que han matado a innumerables guerreros del Uster, pero que, aún así, todavía están vivos?
—Los mismos —contestó su acompañante, ante lo cual CuChulainn ordenó:
—Entonces vayamos hacia allá; quiero encontrarme con ellos personalmente.
Sin ocultar su disgusto, el auriga condujo los caballos hacia la fortaleza de los hijos de Nechtan, pero en el prado, antes de llegar a ella, encontraron un enorme mojón de piedra rodeado por un collar de bronce que mostraba una escritura en caracteres ogham que rezaba textualmente:
"A todo aquel hombre en edad de portar armas que ingrese a estas tierras, se le impone el geis de salir de ellas sin haber retado a un combate personal a ninguno de los habitantes del dun".
Al leer esto, CuChulainn montó en cólera, abrazó fuertemente el pilar y haciéndolo oscilar con violencia, lo arrancó de su sitio, arrojándolo luego a las aguas de un torrente cercano. Al verlo hacer eso, el auriga comentó irónicamente:
—No cabe duda, por tu actitud, de que estáis buscando una muerte violenta, y puedes estar seguro de que no demorarás en hallarla.
Como si las palabras del hombre lo hubieran convocado, Foil, hijo de Nechtan, llegó directamente desde la fortaleza y contemplando a CuChulainn, a quien tomó por un joven imberbe, se sintió tentado a ignorar su actitud, pero éste, firme en su posición, le dijo:
—Os ruego que vayáis a buscar vuestras armas, porque yo no mato sirvientes, mensajeros ni hombres desarmados.
Foil regresó a la fortaleza, momento en que el auriga aprovechó para explicarle a CuChulainn:
—No podréis matarlo, ya que es invulnerable, por estar protegido por un hechizo, contra toda arma de hoja o de punta.
Al oír aquello, el joven guerrero colocó en su honda una pesada bola de acero templado, y cuando Foil apareció de regreso del castillo, la disparó contra él con tal violencia que el proyectil le atravesó limpiamente el cráneo, matándolo instantáneamente. A continuación, CuChulainn recogió su cabeza y la colgó al frente de su carro de guerra, dirigiéndose de inmediato hacia la fortaleza, con la intención de enfrentar a los restantes hijos de Nechtan. Pero éstos, al ver lo sucedido con su hermano mayor, huyeron cobardemente, dejando el dun en manos de su vencedor.
Ante aquella cobarde huida, los defensores de la fortaleza también depusieron sus armas, y el joven atacante pudo llenar su carro con el botín de los triunfadores, dejando el castillo en manos de sus habitantes, y regresar directamente hacia el dun del señor Forgall, donde solicitó la mano de la princesa Ehmet, no sin antes abonar, como lo indicaba la costumbre, la dote correspondiente a la hermana mayor, Fiall.
Y así, Ehmet fue conquistada como ella lo deseaba, y CuChulainn la llevó inmediatamente a Emain Macha y la hizo su esposa, y ya sólo la muerte logró separarlos.
Una segunda versión de la leyenda11 afirma que:
Una vez que CuChulainn hubo matado al primero de los hermanos, los restantes salieron uno a uno a desafiarlo, y uno a uno fueron muertos por el joven, por lanza o espada, hasta que la fortaleza quedó íntegramente en sus manos, así que recogió su botín de vencedor, incendió el dun y marchó exultante hacia el Ulster.
Sin embargo, aquel combate desigual había desatado nuevamente en él su qwarragh mawn,12 y ya no podía detenerse. En su camino encontró una bandada de gansos salvajes, y a dieciocho de ellos los cazó vivos con su honda, atándolos por las patas a su carro; más adelante divisó una manada de ciervos y, ante la imposibilidad de sus caballos de darles alcance, bajó del carro y los persiguió a pie, cazando dos grandes machos que fueron a engrosar su botín de guerra.
Pero para entonces ya había llegado a la vista de los centinelas de Emain Macha, y un vigía del rey Connor McNessa fue corriendo a notificar al rey de que algo extraño estaba sucediendo fuera de las murallas:
—Majestad, un carro de guerra solitario se está aproximando al castillo; a su alrededor vuela una veintena de pájaros salvajes blancos y lleva atados a sus costados los cadáveres de dos ciervos y las cabezas ensangrentadas de al menos cinco enemigos.
Subiendo a las almenas, Connor reconoció el carro de guerra de CuChulainn y se dio cuenta de que el joven aún estaba en las garras de la qwarragh mawn, por lo que ordenó que un grupo de mujeres fueran a su encuentro, llevando una tina y varios odres con agua helada. También envió un contingente de hombres, amigos del joven, a los que sabía que éste no atacaría sin una verdadera razón. Una vez que llegaron junto a él, los hombres lo sujetaron y lo despojaron de sus vestiduras, mientras las mujeres emanias llenaban la tina con el agua helada, donde fue sumergido.
La operación debió ser repetida varias veces, pero poco a poco la furia bélica fue retrocediendo, hasta que CuChulainn, profundamente avergonzado, se recuperó lo suficiente como para acudir a un banquete en su honor, servido en el salón de banquetes del castillo real.
Al día siguiente, CuChulainn marchó hacia el dun de Forgall el Astuto, padre de Ehmet, saltó la elevada muralla como había aprendido en el feudo de Scatagh, y enfrentó, él solo, a los más valientes adalides de los que custodiaban a la dama de sus sueños. Cuando ellos lo atacaron, el joven sopló tres veces, matando con cada soplido a ocho de sus enemigos, hasta que el camino quedó libre, y el mismo Forgall resultó muerto al intentar saltar desde la muralla para escapar a la furia de CuChulainn.
Ejerciendo su derecho de victoria, CuChulainn se llevó a Ehmet y a su hermanastra, junto con dos cargamentos de oro y plata, pero al salir del castillo y aproximarse a las márgenes del Boyne, Fiall, la hermana mayor de Ehmet lanzó sobre la pareja una hueste de sus soldados mejor entrenados, y esto hizo que nuevamente se apoderara de CuChulainn su furia de batalla. Y tal fue su posesión en esta ocasión, y tanta la furia de sus golpes, que el vado de Glondath se tino de rojo y el césped se transformó en barro sanguinoliento desde Olbigny hasta el río Math.
Y así fue conquistada Ehmet, tal como ella lo había pedido, tras lo cual CuChulainn la llevó a Emain Macha y la hizo su esposa, para no separarse más hasta el momento de su muerte.