domingo, 28 de julio de 2013

La leyenda de Gilgames

El pueblo de Erek no podía sufrir el dominio de Gilgames, cuya fuerza se hacía sentir sobre todos sus habitantes. Las súplicas de aquellas pobres gentes llegaron al oído de la diosa Aruru y decidió crear, con un poco de barro, un hombre capaz de oponerse a Gilgames. Este hombre fue Enkidu. Para endurecer su naturaleza, se le acostumbró a vivir entre animales salvajes, y así se hizo un temible enemigo de los cazadores vecinos. Nadie podía perseguir a las fieras en su presencia. Por esto, los cazadores decidieron buscar un medio para alejar a Enkidu de aquellos bosques. Uno de ellos dio con la idea que había de surtir el efecto deseado. Enkidu era valiente y no había que pensar en vencerle por la fuerza. Por eso era necesario valerse de la astucia. Estaba acostumbrado a tratar con las fieras; pero nunca había conocido a una mujer. Por eso se valdrían de una cortesana para lograr sus designios.
Buscaron una hermosa mujer, y la encontraron. Le hicieron saber lo que deseaban de ella y, una vez aleccionada, marchó hacia el bosque, en busca de Enkidu.
Este, al verla, no pudo contener su asombro; toda su fuerza desapareció como por encanto y no supo resistir a las seducciones de la cortesana. Con ella pasó seis días y seis noches, dando rienda suelta a su pasión bestial. Después, cuando quiso volver con las fieras, vio que éstas huían de él. Entonces, sintiéndose solo, volvió en busca de la cortesana. Esta le propuso ir hacia Erek; para convencerle, le habló de las excelencias de la vida en la ciudad y de la fuerza de Gilgames, quien, valiéndosé de ella, tiranizaba a las gentes. Le dijo también cómo él, con su fuerza prodigiosa, podia disputarle el puesto. Cuando le hubo convencido, se encaminaron juntos hacia Erek.


Mientras tanto, Gilgames, cierta noche, tuvo un sueño extraño: vio caer ante él una especie de toro celeste. Quiso levantarle; pero era demasiado pesado. Quiso hacer que se tambaleara; pero fue inútil. Llamó a los príncipes; por último, se abrazó a él. Cuando despertó, pidió a su madre que le explicara todo esto y ella le dijo que esa aparición era la de un hombre semejante a él, en cuanto a poder; pero que Gilgames había de ser benévolo con él.
Poco tiempo después Gilgames soñó de nuevo. Veía en una encrucijada de Erek un hacha de doble filo. Se inclinaba ante ella para cogerla, y a partir de este momento la amaba como a una esposa. Su madre volvió a explicarle el sueño: el hacha no era más que la representación de Enkidu, que llegaría a ser su compañero.
Mientras tanto, Enkidu seguía su camino hacia Erek. Al entrar en la ciudad, conoció a Gilgames, y al momento se hicieron amigos, admirándose mutuamente su valor.
Los dos amigos decidieron ir a la montaña de Jumbaba. Llegaron a ella y no pudieron contener su asombro: se hallaban en la morada de los dioses. La tierra presentaba un aspecto fantástico. Lograron la victoria sobre los hombres que la custodiaban. Después dieron gracias a los dioses y ofrecieron libaciones.


Entonces la diosa Istar vio a Gilgames y se prendó de su belleza. Para que el héroe accediera a su amor, le prometió todo género de honores. Pero fue en vano, porque Gilgames no correspondió a sus deseos. Istar indignada por su desprecio, mandó contra él un toro celeste. Enkidu ayudó a su amigo a matar al animal.
Pasó algún tiempo y Enkidu enfermó gravemente. Al fin, la muerte se apoderó de él. Gilgames, al ver a su amigo sin vida, le habló con acento desgarrador y le llamó su amigo, su hermano; le comparó con la pantera del desierto y recordó las luchas en las que habían tomado parte juntos. En seis días y seis noches no cesaron las dolientes quejas de Gilgames. Después se sintió invadido por un profundo terror y corrió sin cesar a través del bosque. El miedo a la muerte le sobrecogió; vio a su amigo sin vida, dormido para siempre y le llenó de espanto pensar que un día cualquiera podía a él sucederle lo mismo.
(esta imagen la saque de aqui)
Cansado de errar por el campo, decidió preguntar a su abuelo Uta-Napistim acerca del secreto de la vida. Cuando llegó a su presencia, Uta-Napistim le dijo que la vida y la muerte están reguladas por el Destino y que ningún mortal puede saber cuándo llegará su fin. A continuación le contó la historia del diluvio. Le dijo cómo él fue avisado por los dioses antes de que las aguas cubriesen la tierra y cómo le indicaron que construyera un barco y se metiera en él, junto con todo lo que pudiera dar lugar a nueva vida.
En el séptimo día el diluvio se calmó. Entonces Uta-Napistim soltó una paloma, luego una golondrina, después un cuervo.
Al poco tiempo salió él e hizo ofrendas a los dioses, en agradecimiento.
Al acabar su relato, dijo a Gilgames que fuera en busca de la planta que da la juventud.
Gilgames logra cogerla, tras de grandes penalidades; pero al ir a bañarse en una fuente, una serpiente le quitó la planta.
Entonces decidió volver a su ciudad. Llegó a Erek; pero la idea de la muerte le siguió atormentando y decidió invocar a su amigo Enkidu para que le dijera cuál es la suerte que espera al hombre en la otra vida. Los dioses permitieron a Enkidu salir del Sol, y éste dijo a Gilgames que todo se convierte en polvo. Sin embargo, no a todos los mortales espera la misma suerte. Ensalzó la de los guerreros que mueren en la lucha.
Gilgames, después del coloquio con Enkidu, se sintió satisfecho.
Era un bravo guerrero, y si no había logrado alcanzar su puesto entre los dioses, podía llegar, entre los mortales, por su gran valor, al más elevado rango y ser el primero entre los primeros.
Gilgames regreso a Uruk y se sometio a "la ley de la tierra ".

La leyenda de la vainilla

La historia cuenta que en los tiempos del rey totonaca Teniztli III, una de sus hijas, Tzacopontziza “Lucero del Alba”, llamada así por su gran belleza fue consagrada al culto de Tonacayohua diosa de la siembra y los alimentos.
Tzacopontziza se enamoró de un joven príncipe llamado Zkatan-oxga “Joven Venado”, a pesar de que tal sacrilegio estaba penado con la muerte; al no encontrar refugio para su amor, huyeron hacia la montaña, donde se les apareció un monstruo que los envolvió en llamas obligándolos a retroceder.
A su regreso los sacerdotes los esperaban y sin explicación alguna fueron degollados y llevados al adoratorio, en donde tras sacarles el corazón y ponerlos en piedras votivas del ara de la diosa, fueron arrojados a una barranca. En el lugar en que se les sacrificó, la hierba empezó a secarse como si la sangre de las dos víctimas, allí esparcida, tuviera un maléfico influjo.
Tiempo después empezó a brotar un arbusto elevándose a varios palmos del suelo y cubierto de espeso follaje, al alcanzar su desarrollo total, comenzó a crecer junto a su tallo, una orquídea trepadora sobre el tronco del arbusto. Una mañana, la planta se cubrió de flores y todo el sitio se baño de exquisitos aromas.
Ante el asombro de los sacerdotes, no dudaron en creer que la sangre de los dos príncipes se había transformado en arbusto y orquídea; su sorpresa fue mayor, cuando las hermosas flores se convirtieron en largos y delgados frutos que al madurar desprendían un dulce y suave perfume, como si el alma inocente de Lucero del Alba esenciara en él, las fragancias más exóticas.
Así la vainilla fue declarada planta sagrada y se elevó como ofrenda divina en los adoratorios totonaca tomando el nombre de caxixanath que significa flor recóndita.

El mago Tom-bu

Un hombre se detuvo en la plaza de un pueblo. Era un tipo extraño: alto, magrisìmo, con unos ojos que parecían encendidos en perenne cólera. Hablaba con voz estridente, mirando amenazadoramente a los que estaban en torno suyo. Abrió una cajita de madera y sacó de ella un hombrezuelo de un palmo de estatura.
-Pim-gritó-; divierte a hombres y mujeres, divierte a viejos y niños.
El enano, de pie, sobre la mano de su dueño, saludo a diestra y siniestra, mientras sus minúsculas pupilas, negrísimas y opacas, daban vueltas sobre su esclerótica amarillenta. La gente reía. Nang pensó que Ling, su hijita, habría celebrado con risas los ademanes y los guiños de Pin. Pero Lin, pobre niña, no podía moverse de su camita. Estaba enferma desde hacía dos años, la tristeza se aliaba con la dolencia para acabar con ella. Hacía mucho tiempo que el padre no había visto sonreír a su criatura.
“Si quiero tener a Pim, es necesario que me apodere de el” Nang era hábil y prudente. El hombre alto y magro volvió a meter al enanito en la caja y pasó el platillo entre los circunstantes. Entonces Nang se acercó y le dijo:
-Yo debo irme a mi pueblo, que dista a una legua de aquí. Tengo la barca a la orilla del ròp. Si quieres trasladarte a algún pueblo de los alrededores puedo llevarte.
Y Nang contribuyó al espectáculo con una moneda de cobre.
El dueño de Pim lo miró con desconfianza. Luego dijo con una mueca:
-Acepto- y continúo pasando el platillo.
Hubiérase dicho que dispensaba a Nang un favor supremo. Cuando hubo recogido una cierta suma, el dueño de Pim despidió con voces coléricas a la gente que no se decidía a abandonar la plaza.
-Siégueme- Invito Nang.
Ambos caminaron un largo trecho. La barca reposaba en la arena de la ribera. Era brillante y roja; una alfombre verde de lana le daba un aspecto cómodo y acogedor. El hombre larguirucho salto adentro sin doblarse. Tenía la imposibilidad y la rigidez de un palo.
-Puedes echarte-aconsejo Nang-; la barca es blanda como una cama.
El hombre se echó sin muchos cumplidos.
Estrechaba contra su pecho la cajita de madera.
Nang empujó la ligera embarcación hacia el agua. Y se puso a remar. Cantaba con dulzura:
La luna despierta
En su palacio de nubes.
Y dentro de poco
Se asomará a la ventana.
La barca se deslizaba sobre el agua apacible del río. En el cielo palpitaban las sombras violentas del crepúsculo. El larguirucho estaba cansado; la voz de Nang, armoniosa y amable, lo acunaba. Acabó por dormirse, estrechando como siempre la cajita de madera.
Cuando se convencido de que el sueño del compañero era profundo, Nang detuvo la barca y la varó en la orilla. Entonces se apodero de la cajita y echo a correr. Llegó a su pueblo en pocos minutos y se precipitó a su casa, donde lo esperaba la mujer y la enfermita.
-Traigo un regalo-gritó alegremente.
Abrió la cajita y ante todo asombro de la mujer y la niña, sacó de ella Pim.
El hombrecito se escabullo de su prisión  y púsose a hacer piruetas por la estancia, dando saltos sobre la cama de la niña.
De repente se puso grave:
-Oh, amigo mío!-dijo saltando velozmente sobre el hombro de Nang. Yo soy el príncipe Ven-Sa. Vivía feliz en mi palacio de madreperla y cristal. Mis padres me adoraban, mis amigos me querían y admiraban. Y fui a parar no sé cómo a la casa del Mago Tom-Bu. Un verdadero diablo. Tom-Bu odiaba a mi padre. Y precisamente para hacerle daño, me transformo en una especia de ridículo juguete, pronunciando algunas palabras mágicas. Hace diez años que me lleva consigo,  obligándome a hacer el bufón ante miles de espectadores.
Nang se conmovió. Y también se conmovieron profundamente su mujer y su hijita.
-Quiero librarte del mal encantamiento-dijo Nang, con generosidad.
-No es posible-Lámentose pin-; nadie en el mundo conoce las palabras misteriosas que poseen de hacer que recobre mis proporciones. En cambio, conozco muy bien  las palabras que hacen empequeñecer. Se necesitan pronunciarlas al aire libre. Sin embargo, yo no  puedo utilizarlas en mal de nadie. Porque no soy un hombre como los demás. Me veo reducido a un miserable estado, preso en las redes de un siniestro maleficio.
La enfermita estallo en sollozos.
-¡Oh, padre mío, ayuda a este pobrecillo!
Nang tuvo una idea genial.
-¿Cuáles son las palabras que se pronuncian para empequeñecer a un hombre?
-Estas Baquicá Coquequé
-¡Ah! Baquicá Coquequé. Muy bien no las olvidare: Baquicá Coquequé.
La enfermita ceso de llorar inmediatamente.
-Esperadme- dijo el hombre. Y hecho a correr hacia el río. La barca seguía en la orilla, en el mismo sitio en que la dejara. Tom-Bu seguía durmiendo.
Nang empujó la embarcación hacía el agua, salto adentro y se puso a remar, cantando.
El mago, finalmente se despertó y lanzó un grito de rabia.
-¿Y la cajita? ¿Dónde está mi cajita? Nang, sin inmutarse, pronunció las palabras mágicas:
Baquicá Coquequé.
El hombretón  se convirtió inmediatamente en un enanito de apenas un palmo de alto.
Era realmente cómico, y la cólera lo hacía más ridículo.
Quiero recobrar mis proporciones, yo no puedo ser un muñeco.
-Transfórmate, si quieres-dijo Nang.
-¡Ah! Lo haría con gusto y te aplicaría  un castigo tremendo, te lo aseguro. Mas así reducido, soy como una monda de manzana; no puedo hacer nada.
-Lastima-dijo Nang con ironía.
Tom-bu guardo unos momentos de silencio. Luego fingió cierta calma y se esforzó en hablar amablemente.
-Tú podrías ayudarme. A pesar de todo, no creo que seas malo.
-¿Y cómo podría ayudarte?
-¡Oh! Es muy sencillo. Pronunciando las palabras: Mitutú, napopó.
-Con mucho gusto, con muchísimo gusto. Pero temo que estas palabras sean demasiado difíciles para mí. ¿Sabes? Tengo un forúnculo en la lengua, y no puedo decir todo lo que quiero.
-Pruébalo, te lo ruego, Mitutú, napopó.
Nang había varado la barca.
-Espérame-gritó al hombrecito-; voy a ponerme en la lengua los polvos de zit. Los polvos de zit son milagrosos.
Echó a correr, y llegó  a su casa en un abrir y cerrar de ojos. Su mujer y su hija estaban consolando a Pim.
-¡Alegraos todos!-grito Nang.
Y exclamo victoriosamente:
¡Mitutú, napopó!
Pim volvió de golpe a ser el bellísimo príncipe que antes había sido. Y la niña enferma sintió tan grande alegría con el milagro, que sanó repentinamente de su enfermedad.
-¡Oh, Nang!-dijo el joven. Ven-Sa conoce la gratitud. Me voy al reino de mis padres. Pero volveré pronto. Y entonces vosotros me acompañaréis, y tu hijita será mi esposa.
-¿Y qué haremos con el mago que he transformado en enano?-preguntó Nang.
-Abandónalo a su suerte- aconsejó Ven-Sa, antes de alejarse de sus amigos.
Nang no pudo resistir la tentación  de volver a ver a Tom-bu. A pesar de todo, le daba lástima. Pero Tom-Bu ya no estaba en la barca. Dando saltos de impaciencia y de rabia, acabó por car al río, ahogándose lastimosamente.
Dos años más tarde, el príncipe Ven-Sa contraía nupcias con Flor de lila, la hijita de Nang. Fueron largos días de festejos y esplendor.


El Golem

Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de 'rosa' está la rosa
y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'.

Y, hecho de consonantes y vocales,
habrá un terrible Nombre, que la esencia
cifre de Dios y que la Omnipotencia
guarde en letras y sílabas cabales.

Adán y las estrellas lo supieron
en el Jardín. La herrumbre del pecado
(dicen los cabalistas) lo ha borrado
y las generaciones lo perdieron.

Los artificios y el candor del hombre
no tienen fin. Sabemos que hubo un día
en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
en las vigilias de la judería.

No a la manera de otras que una vaga
sombra insinúan en la vaga historia,
aún está verde y viva la memoria
de Judá León, que era rabino en Praga.

Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
de letras y a complejas variaciones
y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,

la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
sobre un muñeco que con torpes manos
labró, para enseñarle los arcanos
de las Letras, del Tiempo y del Espacio.

El simulacro alzó los soñolientos
párpados y vio formas y colores
que no entendió, perdidos en rumores
y ensayó temerosos movimientos.

Gradualmente se vio (como nosotros)
aprisionado en esta red sonora
de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.

(El cabalista que ofició de numen
a la vasta criatura apodó Golem;
estas verdades las refiere Scholem
en un docto lugar de su volumen.)

El rabí le explicaba el universo
"esto es mi pie; esto el tuyo, esto la soga."
y logró, al cabo de años, que el perverso
barriera bien o mal la sinagoga.

Tal vez hubo un error en la grafía
o en la articulación del Sacro Nombre;
a pesar de tan alta hechicería,
no aprendió a hablar el aprendiz de hombre.

Sus ojos, menos de hombre que de perro
y harto menos de perro que de cosa,
seguían al rabí por la dudosa
penumbra de las piezas del encierro.

Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
ya que a su paso el gato del rabino
se escondía. (Ese gato no está en Scholem
pero, a través del tiempo, lo adivino.)

Elevando a su Dios manos filiales,
las devociones de su Dios copiaba
o, estúpido y sonriente, se ahuecaba
en cóncavas zalemas orientales.

El rabí lo miraba con ternura
y con algún horror. '¿Cómo' (se dijo)
'pude engendrar este penoso hijo
y la inacción dejé, que es la cordura?'

'¿Por qué di en agregar a la infinita
serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
madeja que en lo eterno se devana,
di otra causa, otro efecto y otra cuita?'

En la hora de angustia y de luz vaga,
en su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?
 (El Golem poema de Jorge Luis Borges)


Iniciare una serie de post sobre uno de los seres mas legendariaos que existen :El Golem , cuyo mito es de esos que tendran valor por todos los tiempos , y de hecho que en estos tiempos de robotica y biotecnologia parece ser una tajante advertencia.

Bajo el reinado del emperador Rodolfo, en la segunda mitad del siglo 16, vivía en la Judería praguense el rabino Yehuda Löw ben Becalel, un varón muy erudito y con mucha experiencia. Conocía perfectamente el Talmud y la Cabala y poseía excelentes conocimientos de Matemáticas y Astronomía. Detentaba claves de muchos secretos de la naturaleza, ocultos para los demás, y sabía obrar magnas maravillas de manera que la gente quedaba asombrada ante su poder mágico .
El poderoso rabino Löw creó a su servidor Golem de arcilla. Le infundió vida introduciéndole en la boca el shem, es decir una pequeña tira de pergamino con una inscripción mágica en hebreo que contenía el nombre de Yahveh, el Dios judío.
El Golem trabajaba por dos. Acarreaba agua, cortaba leña, barría el suelo en la casa del rabino y ejecutaba las demás labores agotadoras.
El Golem no comía, no bebía y no necesitaba descanso. Sin embargo, siempre que llegaba el sabat, los viernes por la tarde, cuando debían cesar todos los trabajos, el rabino le retiraba el shem de la boca. El Golem quedaba de inmediato inmóvil, y en vez de un infatigable servidor se veía en un rincón de la casa del rabino un muñeco inerte. Terminado el sabat, día de obligado descanso para los judíos, la arcilla muerta recuperaba la vida después de que el rabino introdujera en la boca del Golem el mágico shem.
Una vez, preparándose para oficiar la ceremonia del sabat en la Sinagoga Viejonueva, el venerable rabino Löw ben Becalel se olvidó del Golem y no le sacó el shem de la boca. Apenas el rabino hubo entrado en el santuario y entonado el primer salmo, llegaron corriendo personas de su casa y muchos vecinos.
Presas del pánico y de horror, contaron al rabino con voz entrecortada que el Golem estaba enfurecido y que destrozaba todo lo que estaba a su alcance. Nadie podía acercársele ya que el furioso Golem lo mataría.
El rabino vaciló un momento. Se iniciaba el sabat, el canto del salmo ya había comenzado. Toda labor, todo esfuerzo, por más insignificante que fuese, era a partir de entonces un pecado.
Pero, ¿era de verdad así en ese momento?, pensó el rabino. Él no había acabado de decir el salmo y por eso el sabat, de hecho, no había comenzado.
El rabino se levantó y con paso apresurado se dirigió a su casa. No había llegado todavía a su vivienda y ya escuchaba un tenebroso ruído y ensordecedores golpes. El rabino fue el primero en entrar, los demás se mantuvieron rezagados por temor...
Yehuda Löw contempló horrorizado los estragos causados por el Golem: platos rotos, mesas, sillas, arcas y bancos volcados, libros esparcidos por el suelo. Una vez devastado el interior de la casa, el Golem se ensañaba en el patio con los animales de la casa del rabino.
Las gallinas, el gallo, los pollos, el perro y el gato - todos los animales domésticos yacían muertos en el suelo. El golem estaba arrancando de la tierra un tilo de grueso tronco como si fuera una estaca de una cerca.
El rabino se fue directamente al Golem. Lo miró fijamente, teniendo los brazos tendidos. Cuando el sabio Yehuda Löw tocó al Golem con sus brazos, éste se estremeció. Miró atónito a los ojos del rabino como si la fuerza que de ellos emanaba lo hubiera inmovilizado. El rabino metió rápidamente la mano entre los dientes del Golem y sacó el mágico shem.
El golem se desplomó al suelo como si hubiera sido fulminado por un rayo. Yacía sin vida en el suelo, otra vez convertido en un muñeco de arcilla. Todos los judíos presentes, los viejos y los jóvenes, exclamaron de júbilo, y ahora, ya sin temor, se acercaron al Golem tumbado en el suelo y empezaron a burlarse de él y a injuriarlo.
Sin embargo, el rabino, respirando hondamente y sin proferir una sola palabra, volvió a dirigirse a la sinagoga donde a la luz de las lámparas retomó el salmo y concluyó la ceremonia de inicio del sabat.
Pasó el sagrado día del sabat, pero el rabino Yehuda Löw ben Becalel no volvió a introducir el mágico shem en la boca del Golem.
Y de esta manera el Golem ya no recuperó la vida y como muñeco de arcilla fue depositado en el desván de la Sinagoga Viejonueva, donde acabó por transformarse en polvo.

En las centurias posteriores se mantuvo la creencia de que Yehuda Löw había prohibido estrictamente que nadie osase subir al desván de la sinagoga, con exepción de un rabino.
Según relató un anciano servidor de la sinagoga, un día uno de los rabinos praguenses se aventuró a hacerlo. Tras haberse sometido a un severo ritual de purificación y prolongado ayuno, subió con un atuendo de penitente al desván, mientras que abajo sus alumnos entonaban salmos. Regresó temblando como una hoja y sin demora renovó la prohibición del rabino Löw de subir al desván de la Sinagoga Viejonueva.



Via : Leyendas del rabino Löw y su Golem

domingo, 14 de julio de 2013

Las tres monedas de cobre

Un vendedor ambulante de tabaco fue abordado en la calle por un anciano que llevaba una larga barba blanca.
-Anda, jovencito, llena mi pipa con tabaco del más fino.
El hombre examinó al cliente. Parecía muy pobre. Su cuerpo enjuto estaba cubierto de una túnica harapienta.
-No creo-dijo, mirando con suspicacia al viejo- que estés en condiciones de pagar lo que me pides.
El anciano se encolerizó. Sus ojuelos, hundidos en el lívido abismo de las orbitas, relampaguearon de desdén.
Dame el tabaco, calabacín. Y no te preocupes por la recompensa.
El vendedor llenó entonces de tabaco la pipa que el viejo le tendía.
-Bueno- dijo. Tu edad y tu abandono  me dan lastima. Y me gusta hacerte un regalito.
-No quiero regalitos; no necesito limosna.
El anciano, con ademan orgulloso, arrojo en uno de los cestos que el hombre llevaba, tres monedas de cobre  y se alejó sin mirar atrás.
“Mi tabaco vale más pensó el joven.” Anochecía; el vendedor había agotado casi su mercancía y se encamino hacia su cabaña.
“Si, el tabaco vale realmente más” Pero no importa. Estoy contento de haber hecho una buena obra. Buda, que ve todas las cosas y lee en el corazón de los hombres, sabrá ciertamente recompensarme de algún modo”.
Mientras recorría a buen paso una larga calle desierta, el vendedor se dio cuenta de que el cesto en que el viejo arrojara las tres míseras monedas de cobre pesaba mucho. Se detuvo un instante y vio, con enorme asombro, que las moneditas se habían multiplicado. Lucían de forma extraordinaria y formaban un pesado montón e iban aumentando misteriosamente por momentos.
El joven, para poder transportar sin excesiva fatiga, puso una parte de ellas en el cesto que llevaba en la otra mano, pero el dinero no cesaba de multiplicarse milagrosamente. Cuando medio muerto de cansancio, llego a su cabaña, los cestos eran insuficientes para contener las monedas, que comenzaron a derramarse, y a amontonarse  en el pavimento. Para guardarlas y esconderlas, el hombre cavó detrás de su pequeña cabaña un hoyo ancho y profundo. Hasta que lucio el alba no ceso el maravilloso chorro de monedas. Pero ahora el joven vendedor de tabaco poseía una suma considerable.
Decidió abandonar su humilde comercio. Aunque procuro disimular con tierra y maleza la abertura del hoyo que contenía el tesoro; al alejarse, no quería correr el riesgo de ser robado. Volviese suspicaz, desconfiado. La avaricia empezó a corroerle. De noche, en lugar de dormir, contaba las monedas. Le asaltó  el deseo loco de poseer más dinero. La codicia de ganancias sugiriole la idea de explotar a la gente pobre, prestando dinero con usura. Quitaba a los miserables lo poco que poseían, pagándoles poco o nada.
Un día se presentó un anciano. Parecía muy pobre; estaba enfermo y cansado. Sacó de su bolsa mugrienta dos medallas de oro macizo.
Hace cinco días que no cómo- dijo. Quiero comprar un poco de arroz para no morir de hambre.
El usurero examinó las medallas.
-¿Las vendes?
Si, las vendo. ¿Cuánto ofreces por ellas?
Puedo darte tres monedas de cobre. No más, te lo aseguro.
Los ojos del anciano brillaron misteriosamente.
-¿Te parece justo?
-Es justo. Te digo que es justísimo. Si mi propuesta no te satisface, vete. Y el arroz, conténtate en comerlo con la imaginación.
-No discutamos. El hambre no tiene espera. Dame las tres monedas de cobre, pues,  y toma las medallas.
El usurero fue a buscar la miserable cantidad y la entregó al viejo.
-Los tiempos son difíciles. Hoy en día nadie compra trastos inútiles. Pero tengo buen corazón y la pobre gente me da lástima.
-Mira-dijo el anciano-; ya anochece. Tú debes contar tus monedas. Nunca podrás contarlas todas. El hoyo está lleno.
-¿Qué sabes tú de mis monedas?- preguntó, alarmado, el usurero. ¿Eres un ladrón, tal vez? ¿Un espía?
El hombre no podía sufrir que alguien conociera su secreto.
-¿Quién te ha hablado del hoyo? No existe tal hoyo. Yo no soy rico.
El anciano había desaparecido. Cuando el usurero se dio cuento de ello, le entró una terrible inquietud. Y no paraba de gritar, como un loco:
-El hoyo no existe. Yo soy pobre, pobre y desnudo como un gusano. Buda lo sabe.
Oyó una voz que le helo la sangre en las venas:
-Sí, Buda lo sabe. Buda sabe que eres pobre. Más pobre que los mendigos, más pobre que las pobrísimas personas que explotas. Buda sabe que el hoyo no existe.

El usurero salió de la cabaña y arrojose sobre la tierra y la maleza que disimulaba la abertura del hoyo. Las apartó. Y encontró más tierra sobrepuesta y más maleza. Cavó aullando como una fiera herida, desesperadamente. Nada. No halló rastro de su tesoro. Volvió a la cabaña, trastornado. Comprendió entonces que su riqueza le había venido de Buda. No había sabido administrarla noblemente. Y Buda  había vuelto para llevársela. Y todavía comprendió otra cosa: que la fortuna es un don del cielo, que comporta deberes y responsabilidades. Quien no tiene alma limpia y el corazón caritativo, se hunde bajo su propio peso.

La flor azul

Jo-Fu, un joven muy inteligente, apuesto y bueno, se enamoró de Estrella Triste, la melancólica hija del rey. Pero Jo-Fu era pobre y de origen humilde. Jamás osaría declarar su sentimiento a la princesa de sus sueños. Con todo, el amoroso secreto era un gran peso para su corazón. Y fue a pedir consejo al anciano Mi.
El viejo Mi le dijo:
-Ve en busca de la flor azul. Mira ahí tienes una caja. Está hecha de madera de cerezo. La flor azul de la felicidad no crece en los jardines, ni en las praderas, ni en los bosques, aparecerá, por milagro, dentro de esa caja, tan pronto encuentres a quien te demuestre que no es egoísta.
Jo-Fu estaba radiante de alegría.
¿Podrá amarme, pues Estrella Triste?
-Te amara cuando vayas a ofrecerle la flor azul. Te amará y su melancolía desaparecerá de su corazón y de su rostro.
-¡Oh anciano! Entonces todo es fácil.
-No es tan fácil como crees, hijito. El egoísmo es el torvo dueño del alma humana.
-Tengo muchos amigos que son generosos.
-Ponlos a prueba, pidiéndoles algún sacrificio.
-Lo hare, sabio Mi.
-El primero que te de una prueba de altruismo, hará nacer la flor de la alegría. Entonces abre la caja, y verás cómo brilla con tierna luz su delicada corola.
Jo-Fu dio las gracias al anciano y se alejó con el ánimo lleno de esperanza.
Y se dirigió a la blanca casa de Wan, su amigo más querido.
Wan lo recibió con amabilidad y le ofreció dulces y licores.
Jo-Fu palpaba la cajita de madera oculta en el bolsillo de su chaqueta, y pensaba “Wan es realmente bueno. Me daría todo cuanto posee, si se lo pidiese”
-¿Cómo van las cosas?- pregunto el amigo.
-Por desdicha me van muy mal. Un incendio destruyo mi casa. No me ha quedado nada; tengo que ir errante de ciudad en ciudad. ¿Puedes hospedarme tú?
-Puedes quedarte aquí un día. No más. Ya que espero a un viejo tío, a quien debo mucho. Habita al otro lado del río. Estaba cansado de vivir solo.
-¡Oh, pero  tu casa es espaciosa! Los tres cabemos perfectamente.
-A mi tío le acompañan tres criados.
-La casa es grande –Insistió Jo Fu-; un rinconcito me basta.
-Dentro de poco tomaré esposa. Luego, naturalmente, vendrán los hijos.
-Comprendo- dijo Jo- Fu, decepcionado.
Saludó a Wan y fue a visitar a otro amigo. Este tenía mujer e hijos. Era de carácter muy expansivo. Lo acogió cordialmente.
-Estoy contento de verte- dijo.
Le presento a su esposa y a sus hijitos, lo invitó a comer. “Realmente me quiere”, pensaba Jo-Fu con alivio. “En su rostro alegre y sincero se lee la bondad”
¿Eres rico preguntó?
El amigo lo miro sin suspicacia.-Riquísimo. Me dedico al comercio ¿sabes? Mis colegas dicen que soy hábil. Tengo en verdad el instinto de los negocios.
¡Feliz tú! A mí en cambio la fortuna me es adversa. Tal vez, si me prestaras una suma, lograría rehacer mi vida.
La alegría del amigo se hizo trizas como un cristal golpeado por un palo de hierro.
-¿Una suma? En este momento mi caja de caudales está vacía. Mis acreedores no me pagan. Estos tiempos son malos.
Jo-Fu  comprendió que también este segundo amigo era esclavo del egoísmo. La florecilla azul ciertamente no se abriría gracias a él. Por eso fue a poner a prueba el corazón de otros jóvenes, de cuyo afecto no había dudado nunca. Mas ¡Pobrecito!, no hizo otra cosa que multiplicar sus decepciones. Convenciose, con el alma llena de amargura, que el altruismo no existe en la tierra.
Una tarde, cansado y descorazonado, fue a parar en casa de un leñador.
¿Puedes darme alojamiento por esta noche? Llueve y hace un día que ando sin descanso. No puedo con mis piernas.
El leñador era un hombre rudo.
-No creas que tu petición es de mi gusto. ¡Bah, échate en la yacija, allá en el rincón! ¿Tienes hambre? Pues has caído en mal sitio. A mí no me sobra nada. ¡Ah mira! Puedo ofrecerte un poco de pescado salado y un puñado de arroz. Agua  sí la hay en abundancia. La jarra está llena.
-No quiero que te sacrifiques por mí- dijo Jo-Fu. Me echaré en el suelo, sin más.
-¿Crees que no tengo una cama, una verdadera cama para mí? Tampoco me falta comida. Poseo una casita a poca distancia de aquí.
El hombre encendió la lámpara, porque ya la noche invadía la estancia.
-Arréglate como puedas. Yo me voy.
Jo-Fu comió el arroz  y el pescado que el hombre había dejado sobre una mesita, bebió agua fresca de la jarra y se echó en la yacija. Mas, a pesar de estar muy fatigado, no lograba conciliar el sueña. Pensaba en la princesa Estrella Triste, tan dulce, tan melancólica, tan lejana. Tenía en su pensamiento la flor azul que nunca podría ofrecerle para hacerla feliz y ser amado por ella.
Recordó las palabras del anciano Mi “El egoísmo es el torvo dueño del alma humana”. Paso la  noche en la inquietud. Al amanecer se levantó  y salió de la cabaña. Ya no llovía. El cielo, sobre la oscura cabellera de los arboles tenía un luminoso, delicadísimo color azul. El joven dio unos cuantos pasos y se detuvo. Un hombre estaba echado al pie de una encina. Jo-Fu se inclinó ansioso sobre él, le agarro un brazo, lo sacudió.
-¿Duermes? Cuidado el suelo esta empapado de agua. Levántate, haz un esfuerzo. Te acompañare a la cabaña del leñador.
El sueño del leñador era pesado.
-Te digo que despiertes.
De repente, Jo-Fu lanzó un pequeño grito de asombro. El durmiente no era otro que el mismo leñador. El buen hombre le había ofrecido su modestísima casa, su poca comida. Y para que aceptara la hospitalidad sin remordimiento, le había  contado la mentira de otra casa con un lecho cómodo y comida en abundancia.
“Entonces el altruismo existe”, pensaba  el joven satisfecho.
En su corazón, como en el cielo, renacía la esperanza. Ayudó a su bienhechor a levantarse, lo acompaño a la cabaña, lo despojó de los vestidos calados y lo obligó a echarse en la yacija. Luego abrigo con una manta el cuerpo del anciano. El hombre pronto se quedó dormido.
Jo-Fu salió de la cabaña emocionado y alegre. Atravesó  el bosque a paso ligero. El sol hacía de brillar las hojas llevadas por la lluvia nocturna; llegaba con sus rayos a todos los rincones, borrando las últimas sombras. Los pajaritos gorjeaban, las mariposas confiaban al aire del nuevo dìa sus pequeñas alas multicolores.
Jo-Fu tocó instintivamente la caja que hacía tanto tiempo  guardaba en el bolsillo. La tomo con ansiedad, abriola y vio, conmovido, la mágica flor de la alegría que libera el alma de la tristeza, la delicada flor azul.
Dirigiose resueltamente al palacio real.
Y dijo a los recelosos guardias que intentaban negarle el paso:
-La princesa Estrella Triste no sabe sonreír, tiene el alma oscura como la noche. Yo le traigo un don que disipara su melancolía.
-Mientes- dijeron los guardias, que eran seis hombres fuertes como colosos. Mientes.
Trataron de rechazarlo.
Pero Jo-Fu se sentía protegido por Buda.
-me ire- dijo-; pero antes quiero entregar mis ofrenda a Estrella Triste.
-¿Crees, tonto de ti, que Estrella Triste, nuestra maravillosa princesa, la hija del monarca más poderoso de la tierra, pude recibir a un joven de tu estampa? Vete, si no quieres salir mal parado.
Un viento formidable se levantó de improvisó, echó a tierra a los tozudos guardias, empujó  a Jo-Fu arriba, por una escalera de mármol rojo, hizole atravesar con prodigiosa rapidez, galerías, claustros, salones, corredores, terrazas… y finalmente lo izó, como  hubiese sido una pluma, en la cumbre e la torre de oro. La princesa estaba sola allá arriba: contemplaba la ciudad, el río lejano, las nubes. Llevaba un vestido de raso blanco adornado con perlas.
La aparición de Jo-Fu la sobresaltó.
-¿Quién eres?- preguntó la muchacha con débil voz emocionada.
También el joven estaba conmovido.
-Un día te vi- explicó. Pasabas entre la multitud en tu carroza de oro. Y me dije “La princesa no sabe sonreír. Su esplendor no tiene alegría”. Desde aquel instante, sólo pienso en ti, tan hermosa y tan inexplicablemente infeliz.
El joven abrió la cajita de madera y ofreció a Estrella Triste la flor azul. La muchacha se animó, brillaron sus ojos, su boquita se abrió en una radiante sonrisa.
-Te esperaba-dijo. Buda me había advertido en sueños que un joven de almo limpia, confiado en la bondad de los hombres, vendría un día a ofrecerme la flor azul de la alegría. La duda de no verte llegar me atormentaba, encendía en mi animó  un ansia  dolorosa y ardiente.
-Debo decirte-confesó el joven- que ya no tengo demasiada confianza en la bondad de los hombres. Pero estoy seguro de que existe todavía algún hombre generoso. Si no tuviese este convencimiento, la flor que te ofrezco, la flor del milagro, no se habría abierto.
Estrella Triste llevó al joven a presencia de su padre, el emperador.
El anciano monarca, que veía sonreír a su amantísima hija por primera vez, abrazó a Jo-Fu con  paternal ternura. Y llamó a Pa-Tu, su ministro y amigo para encargarle la organización de los festejos nupciales.

Jo-Fu y Estrella Triste, que tomó luego el nombre de Estrella Radiante, se desposaron con gran pompa. Todos notaron, sobre los negrísimos cabellos de la princesa, una extraordinaria diadema: la flor de la felicidad.

miércoles, 10 de julio de 2013

Algunos apuntes de mitología nórdica II : El fresno Yggdrasil y los nueve mundos

 Aunque existen incongruencias entre las diversas fuentes,  podemos afirmar que en la mitología nórdica   se representaba al universo como un árbol inmenso, el fresno Yggdrasil,  cuyas raíces y ramas mantienen unidos los 9 mundos existentes 

Los 9 lugares en los que se dividía el universo se distinguen por la terminación -heimr (hogar, reino, o mundo) y en algunas ocasiones -garðr (jardín o tierra).

Midgard: La tierra media el mundo de los hombres.

Asgard : La morada de los  Ases, uno de los dos clanes de Dioses,  gobernado por Odín y su esposa Frigg.

Helheim: El reino de la muerte  gobernado por Hela, monstruosa hija de Loki, su   entrada era custodiada por un perro conocido como Garm. En este mundo terminaban los que habían muerto por enfermedad o vejez, y una vez se entraba en él ni siquiera los dioses podían salir, a causa del interminable, inagotable e intransitable río Gjöll, que lo rodeaba.
Por supuesto todos los criminales irán al Helheim, pero para estos hay unas áreas especiales dentro del Helheim.
El Nastrand (playa de cadáveres) también conocido como Naströnd y Nastrandir es una sala dentro del reino de Hel donde irán las almas de las personas viles, los asesinos, los perjuros y los mentirosos notorios. También en Nastrand como en el resto del Helheim el sol nunca brilla y los puertos de la sala se abren todos hacia el norte. Las paredes están cubiertas con serpientes que miran todas hacia adentro, escupen sin parar veneno así que esto fluye en torrenciales por la sala y llena todo con vapores venenosos. Se supone que el Nastrand fue el modelo para la representación cristiana de su infierno.
El término "Hell" (infierno en inglés) es un derivado de Hel o Helheim.


 Hermod ante Hela

Niflheim: Es el reino de la oscuridad y de las tinieblas, envuelto por una niebla perpetua En él habita el dragón Níðhöggr que roe sin cesar las raíces del fresno perenne Yggdrasil.
En uno de los mitos cosmogónicos, Niflheim es la materia fría, lo opuesto al Muspelheim o materia caliente. El mundo nació del choque de éstas en el espacio mágico, llamado Ginnungagap.


Muspellheim: El Muspelheim, también llamado Muspel (del nórdico antiguo Múspellsheimr y Múspell, respectivamente), es el hogar de los Gigantes de Fuego, de los cuales Surt era el más poderoso. Muspelheim significa mundo del fuego u hogar del fuego, siendo Muspel fuego y Heim, hogar o mundo.
                  Surt soberano de los gigantes de fuego
Svartalfheim. En él habitaban los elfos oscuros, denominados también Svartalfar, y, muy posiblemente, los enanos nórdicos, según Snorri Sturluson
Otro nombre usado para este mundo es Niðavellir.

Alfheim: El hogar de los elfos luminosos.

 Vanaheim o Vanaheimr es el hogar de los Vanir o Vanes, uno de los dos clanes de dioses en la mitología nórdica aparte de los Æsir o Ases. 
Jötunheim o Jotunheim es el mundo de los gigantes (de dos tipos: Roca y Hielo, llamados colectivamente jötnar, en singular jötunn) en la mitología nórdica. Desde allí amenazan a los humanos de Midgard y a los dioses de Asgard, de los que están separados por el río Iving. La ciudad principal de Jotunheim es Utgard. Gastropnir, hogar de Menglad, y Þrymheim, hogar de Þjazi, estaban ubicadas en Jotunheim, que era gobernado por el rey Þrymr.Glæsisvellir era el lugar dentro del Jotunheim donde vivía el gigante Gudmund, padre de Höfund.

El árbol cuenta con tres raíces  la primera se dirige hacia la Fuente de Hvergelmir en el helado Niflheim, la segunda a la fuente de Mimir,la fuente de toda la sabiduria, la última a la Casa de las Nornas,  quienes tejen los tapices de los destinos y riegan el fresno con las aguas y la arcilla provenientes del pozo de Urd para que éste no pierda su verdor ni se pudra. La vida de cada persona es un hilo en el telar de las nornas, y la longitud de cada cuerda es la duración de la vida de dicha persona.
De esta manera, todo está preordenado en la religión nórdica: incluso los dioses tienen sus propios tapices, aunque las nornas no se los dejan ver. Este claro sometimiento de los dioses a un poder fuera de su control y la implicación de que ellos, también, tendrán un final algún día, son temas trascendentes en la literatura que rodea la mitología nórdica.
A los pies del árbol se encontraba el dios Heimdall que era el encargado de protegerlo de los ataques del dragón Níðhöggr y de una multitud de gusanos que trataban de corroer sus raíces y derrocar a los dioses a los que este representaba. 

Yggdrasil rezuma miel y cobija a un águila sin nombre que entre sus ojos tiene un halcón que se llama Veðrfölnir, a una ardilla llamada Ratatösk, al dragón  Níðhöggr y a cuatro ciervos, DáinnDvalinDuneyrr y Duraþrór

La ardilla  Ratatösk corre de arriba a abajo por el arbol del universo llevando insultos entre el aguila sin nombre  y el halcon Veðrfölnir (en la parte alta) y el dragon  Níðhöggr (en la base) con el fin de provacar una guerra entre ellos.




Nidhogg royendo las raíces de Yggdrasil