martes, 14 de mayo de 2013

El engañador engañado


Don lento y doña cahaza, dos gruesas tortugas  vivían en un islote del río Amarillo. Se habían construido un alojamiento cómodo y apacible en una caverna debajo del agua. Y pasaban días felices. Pero la tranquilidad de la pareja fue turbada. Doña cahaza, más bien gorda, tuvo una indigestión de anguilas y cayó enferma.
Don lento consultó al Lucio de plata, que tenía fama de ser un buen médico. También consulto al Gobio; pero ni el lucio ni el Gobio acertaron a prescribir un medicamento eficaz para su mujer.
Un día, un viejo cangrejo, llevado por la corriente fluvial, fue a parar a la caverna de las tortugas.
-Perdonad si os estorbo- dijo al señor de la casa-, pero el agua, bien lo sabéis, no admite réplica. Cuando renazca la calma entre las olas me marchare por donde he venido.
Doña Cachaza gimoteaba.
-¿Por qué os quejáis- preguntó el cangrejo.
La pobre tortuga sufría demasiado para poder contestar.
-¡Ay!- suspiró lento. Mi esposa está gravemente enferma. Y los médicos no aciertan  a encontrar un remedio para ella.
-Los médicos no saben nada. Pero ¿qué tiene la señora tortuga?
-Mal del estomago. Una comida harto abundante la puso como esta. Temo que no puedo contarlo.
-No exageréis. El mal de estomago se cura con hígado de mono.
¿Estáis seguro?
-Tengo la experiencia de la edad. Es lo mejor hígado de mono puesto a secar al sol.
El cangrejo, al darse cuenta de que las aguas estaban más calmadas, salió fuera de la caverna y se alejó  después de saludar a sus huéspedes.
Don Lento no perdió tiempo. Dijo adiós a su mujer, asegurándole que volvería con el remedio. Salió de su casa y se encamino hacia el bosque que poblaba la rivera del río.
El viaje no fue breve y Don Lento llegó a la orilla cerrada la noche. La luna llena iluminaba el bosque, y una familia de monos, exaltada por aquel resplandor que prestaba un encanto de cuento de hadas a cada tronco y a cada hoja, se divertían saltando de rama en rama.
Don Lento descubrió pronto a Pieligero, una antigua amistad.
Le llamó, procurando dar a su voz toda la amabilidad posible. El mono miró hacia abajo sorprendido.
-¿No te acuerdas de mí, Pieligero? Soy un viejo admirador tuyo. Hasta te envidio un poco ¿sabes?
-¡Ah !-riose el monito. Ahora caigo. Pobre Lento, tú no puedes experimentar el placer de la velocidad.
-No, por desgracia. La coraza que Buda me ha dado paralizaría incluso tus impulsos, si la llevaras a cuestas, querido amigo.
Pieligero, en cuatro saltos se reunió con la tortuga.
-¿Sigues viviendo allá abajo, en la isla?
-Habito en la isla. Y no puedes imaginarte lo hermosa que es mi casa. Diríase que en su interior brillan cien lunas multicolores.
-¿Cien Lunas?
Exactamente. Lunas rojas, verdes, azules.
Lunas rosadas y amarillas. Luego, frente a  mi casa, los peces cantan. Cantan al nacer el día y es un placer escucharlos.
-¡Que lastima!-Se lamento el mono. No se nadar. Nunca podre ver tanta hermosura, ni escuchare jamás el canto de los peces.
-Querido amigo, yo puedo arreglar las cosas. Creo que, puesto de cuclillas sobre mi coraza, no irías mal. Al amanecer, justamente cuando los peces empiezan a cantar, llegaríamos a la isla.
-Pero yo soy harto pesado para ti, te causaré gran molestia-objeto Pieligero, que tenía mucho miedo al agua.
Lento fue persuasivo, y el monito se decidió a hacer el pequeño viaje.
Cuando estuvieron lejos de la orilla, la tortuga terminó la comedia de la amistad.
-Eres bien estúpido, graciosísimo Pieligero. Solo un estúpido de tu ralea puede creerse que los peces cantan.
¿Pero qué estás diciendo ahora?- dijo el mono alarmado.
-Los peces no cantan, nunca han cantado, jamás cantarán.
¿Puedes revelarme entonces el motivo secreto de tus mentiras?
-Con mucho gusto. Has de saber que mi esposa está enferma. Y para curarla solo hay un medicamento: el hígado de un  mono. No me será difícil ahogarte cogiéndote por la cola. ¿Sabes? No quiero perder tu precioso cuerpo. Cuando estés muerto y bien muerto, entonces me las arreglar para sacarte el hígado.
El mono disimulo su terror.
-Lo comprendo; tú quieres salvar a tu mujer.
Pero si hubieses hablado con sinceridad, yo te habría facilitado las cosas. Ya que el hígado lo dejo, casi siempre en el árbol en que duermo. Si lo tuviese en el cuerpo, no podría dar los saltos altísimos que doy.
La tortuga se detuvo y volvió la cabeza hacia Pieligero, que hablaba con absoluta naturalidad.
-¿Dices la verdad?
-La pura verdad. Debería odiarte por tu engaño. Pero no te odio. Y además, quiero ayudar a tu mujer, que debe sufrir mucho la pobre. Llévame de nuevo al bosque. Subiré al árbol a buscar el hígado y te lo entregare. Como ves, yo sin hígado, vivo perfectamente.
Lento deshizo el camino y al amanecer llegó a la orilla. Pieligero trepó al árbol más alto del bosque. Y desde lo alto lanzó a la cabeza de la tortuga una gruesa piedra.
-Ahí tienes mi hígado, estúpido. Llévalo a tu mujer y mucha suerte.

2 comentarios:

  1. hola, estoy haciendo un trabajo relacionado con este cuento, me podrías decir de dónde sacaste este cuento? muchas gracias.

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    1. Hola en estos momentos no estoy seguro pero creo que de fabulas, cuentos y leyndas de la UTEHA

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